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Tipografía y Encuademación del
Seminario C. Central, • Santiago
EX LIBRIS
WALTER MUIR
WHITEHILL JÚNIOR
DONATED BY
MRS. W. M. WHITEHILL
1979
WHITEHILL
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HISTORIA
DE LA
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I
HISTORIA
DE LA
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DE GOMPOSTELA
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jLiIC. p. yiNTONIO pÓPEZ J^ERREIRO:
CANÓNIGO DE LA MISMA
y correspondiente de la Real Academia de la Historia.
(CON LICENCIA DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA)
Imp.Jy Enc. del Seminario Conciliab CentbIl
1900
Es PKOPIEDAD. — €íucda
LIBRO SEGUNDO
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA IGLESIA
COMPOSTELANA
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CAPITULO I
Continúa el pontificado de D. Diego Peláez. — Refor-
mas que introdujo en su Iglesia. — Donaciones de
las Infantas D." Urraca y D.^ Elvira.
(*)
IFICULTADES liarto
graves , como era
natural, debió ha-
llar en la práctica
la introducción del
Hito Romano en
las iglesias de Gali-
cia y en las deoiás
comprendidas en los Estados que formaban el Reino de
León y Castilla (1). Ante todo, era necesario surtir á las
I
(*) Todas las iniciales de los capítulos en este tomo, están escrupulosa-
mente calcadas so'bre las del Códice de Calixto II.
Las iniciales de los párrafos están tomadas de breviarios y misales com-
postelanos de los siglos XIII, XIV y XV.
(1) En algunas iglesias parece que aún continuaron usando simultá-
neamento los dos Oficios. Así resulta de una Escritura del año 1098 que se
8 LIBBO SEGUNDO
Basílicas de libros que contuviesen las fórmulas litúrgi-
cas usadas en Roma; y dada la disposición de ánimo con
que en estas regiones fué recibido el nuevo Rito, no es
de creer que en esto se hubiese puesto grande empeño,
ni mostrado gran entusiasmo. Era necesario, además, que
el Clero olvidase el antiguo Ceremonial, á que se hallaba
tan acostumbrado, y que se impusiese en el nuevo, el
cual, en ciertas cosas accidentales, discrepaba no poco
del Grótico ó Isidoriano. También aquí es de suponer que
las deficiencias que á cada paso tenían que ocurrir, fue-
sen suplidas instintivamente, según los hábitos de atrás
contraídos.
No deben, pues, extrañarnos la variedad y confusión
que por largo tiempo reinaron en este punto; de lo cual,
como hemos visto en el tomo I, pág. 413, se lamentaba
el Papa Calixto II quejándose de que en el Coro de Com-
postela no había uniformidad, ni regla fija alguna al
cantar el Oficio y Misa de Santiago; y así, p. ej., en el
Introito de la Misa unos cantaban el de Vírgenes, otros
el de Mártires, otros el de Confesores, etc. (1).
conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid; por la cual Escritura
Bermudo Alfonso dona al Monasterio de Samos la iglesia de San Juan
de Civissa, en tierra de Lemos y en ella, signos tres et alias fres campanas,
crucem unam, calicem unum, capsam unam, coronam unam, mantos dúos de
sirgo, templum unum, vestimenta linea de sacerdote et alia de diácono, duas
stolas ohtimas et una lucerna et uno candelabro et uno turibulo, libros toleta-
nos, psalterium obtimum et alio minore, et romanos parvos.
(1) cAlii ad Missam Sci.Iacobi introitum QjLudeamus omnes in Domino
cantant, quod Ecclesia solummodo de Sanctis Virginibus proprie utitur can-
tare, Agathae, scilicet, Mariae Virginis et Mariae Magdalenae; alii introi-
tum Z/aeíemwr omnes in Domino; alii autem, Michi autem nimis; alii iuxta
animi sui arbitrium, ut ita dicam suas strophas cantant. •»
Má.8 arriba había hecho mención del Arcediano Juan Rodríguez, el-
LOS TEES PBIMEKOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 9
Tal era el vasto campo que se ofreció á D. Diego Pe-
láez desde los comienzos de su pontificado para ejercitar
su discreción y prudencia; y esto bajo el apremio de Don
Alfonso VI, que en tales materias mostró más celo y se
atribuyó más competencia de la que convenía á un
seglar, por más que se hallase investido de la dignidad
Real. Y con tanta mayor circunspección debía proceder
D. Diego, cuanto que no podía ocultársele, que el Mo-
narca se hallaba prevenido contra él, por haber sido
nombrado Obispo por su hermano D. Sancho. No por
otra causa el Prelado de Braga D. Pedro, nombrado
también por D. Sancho de Castilla, cayó en desagrado
del Rey D. Alfonso (1).
Mas D. Diego hubo de inaugurar su difícil y penoso
pontificado con un fuerte castigo impuesto al presbítero
Visclamundo (no Viselamundo, como generalmente lo
llaman), reo de una grave ofensa á su persona (2). El
delito que suelen imputar á Visclamundo los historiado-
res, fué el de traición; pero de la Escritura publicada
por Yepes, en el Apéndice IV del tomo VI de la Cró-
nica general heneclktina, que fué la fuente de donde se
tomó esta, noticia, resulta que ha sido detracción ó ca-
cual haciendo en cierta ocasión su semana, aplicó á Santiago un responso-
rio de San Nicolás, pero alterándolo y diciendo en lugar de: novit suis famu-
lis praebere praesentia commoda¡''nohis suis famulis praehere praesentia com-
moda.
(1) Así lo refiere Fr. Jerónimo Román en su obra manuscrita intitula-
da: La Metrópoli de Braga, citada por Flórez (Esp. Sag., tom. XY, pág. 185).
(2) ¿Sería ésto, Visclamundo el Arcipreste del mismo nombre, presi-
dente ó prepósito del Cabildo compostelano? Esto parece bastante probable;
y en tal caso Visclamundo debió ser despojado de su dignidad por el
Prelado.
10 LIBBO SEGUNDO
lumnia (1); si bien no se dice en que sentido fué difa-
mado el Prelado. El castigo que sufrió el difamador fué
la pérdida de gran parte de sus bienes, y entre ellos, la
villa de Esteriz con todas sus pertenencias, sita cerca de
Santiago (2).
Entretanto pasaban estos desagradables sucesos, Don
Diego anduvo acompañando á las Infantas D.^ Urraca
y D.^ Elvira, que por este tiempo visitaron á Gralicia,
como se ve por el Diploma que otorgó la primera á la
Iglesia de Tay en 13 de Enero de 1071, y los que la se-
gunda concedió á las Iglesias de Lugo y de Orense en 29
y en 31 de Julio del referido año.
Tales atenciones no distraían á D. Diego de otros
cuidados, si se quiere más urgentes y más en conformi-
dad con su carácter. Dio cima á la obra de la Canónica
Iriense, que ya había dejado en buen estado D. Cresco-
nio (3), y construyó, además, un gran palacio y levantó
nuevas fortificaciones en la cindadela de Oeste, destina-
das, no ya á defender la tierra contra las invasiones de
los Normandos, sino á rechazar las acometidas de los pi-
ratas sarracenos (4). Confió la custodia de la fortaleza y
el gobierno de las comarcas vecinas, Iria, Amala y Post-
(1) Pro suo s?oler3 et dstractions quara fecit (Visolamuadus) super
suo Episcopo.
(2) Poco tiempo después, á 6 de Enero de 1073, D. Diego permutó con
la Condesa D.^ Ermesinda esta villa de E^^eriz por la de Centenia, que la
Condesa había heredado de su madre D.^ Urraca. (V'éase la Ei3ritura cita-
da de Yepes).
(3) Apud Iriam quoque ampia et magna palatia ab antecessore bonae
memoriae domino Didaco (Pelagii) Episcopo aediíicata hab^bintur. (Histo-
ria Composfelana, lib. II, cap. LV).
(4) Successor quoque ejus Didacus Episcopus ejusdem Castolli partem
aedificaverat. (Hist. Compost., lib. II, cap. XXIII).
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS Dfi LA I. COMPOSTELANA 11
marcos, á un caballero de su confianza, llamado Gelmi-
rio, cuyo nombre hizo después célebre uno de sus hijos,
el Arzobispo D. Diego (1).
En el edificio moral de su Iglesia no demostró menor
celo, ni desplegó menor actividad. Al tiempo en que fué
promovido á la Cátedra compostelana, el número de
Canónigos, efecto de las guerras y trastornos políticos,
se hallaba reducido á siete. Y no sólo eran pocos en nú-
mero, sino que en sus costumbres y en sus maneras, se-
gún la Compostelana f2j, dejaban mucho que desear. No
se cuidaban de afeitar la barba, prescindían de la ton-
sura, y se presentaban en Coro sin sobrepelliz y sin capa
coral, ó con capa descosida y de variados colores; pero
en cambio no olvidaban las espuelas á modo de caballe-
ros (rostatis pedibiis et hujusmodi ad modum equitum). Re-
uníanse en el refectorio para comer; pero cada cual te-
nía su servicio particular; unos comían opíparamente;
otros tenían que contentarse con parcos y mezquinos
manjares, pues sus facultades no llegaban á más.
D. Diego elevó á veinticuatro el número de Canóni-
gos, si bien para completarlo, al decir de la Compostelana,
no pudo hallar personas que fuesen igualmente hábiles y
merecedoras de esta dignidad. No obstante, elogíalo por
esto la Compostelana, y dice de él que sobresalió en gran
manera en tiempo de D. Alfonso VI (3).
(1) Gelmirius miles ac praepotens fuit teinporibus Didaci Pelagides,
Compostellani Episcopi; a quo Episcopo habuit et rexit Castellum nomine«
Honestum et lionorem ei circuinquaque adjacentem, Iriain et ei adjacentia,
Amaeam, Pistomarchos. (Hist. Compost., lib. II, cap. II).
(2) Lib. I, cap. III, pág. 25G; y lib. III, cap. XXXVI, pág. 544.
(3) Dominus Didacus Pelaez Episcopus, qui tempere piae memoriae
Kegis Adefonsi multum claruit. (Lib. III, cap. XXXVI, pág. 544).
12 LIBEO SEGUNDO
Esto hace suponer que uno de los cuidados á que
atendió principalmente D. Diego, fué el restablecimien-
to de la disciplina en su Iglesia y aún en toda la Dióce-
sis. Restableció la dignidad de Arcediano, y de su tiem-
po se cuentan por lo menos tres, Juan Rodríguez, Arias
Cipriániz y Froila Muñiz.
Después de la muerte ó privación del Arcipreste
Visclamundo, nombró D. Diego para sucederle, como
Presidente del Cabildo, al Canónigo presbítero Gunde-
sindo, con título de Abad. Así subscribe en muchos Pri-
vilegios (1), y así lo llama siempre la Compostelana; sin
embargo, en algún Diploma, como en el otorgado por la
Infanta D.^ Elvira á la Iglesia compostelana en 25 de
Abril de 1087, firma con el título de Arcipreste.
Por este mismo tiempo, era Tesorero de la Iglesia
compostelana el presbítero Sigeredo, como se ve por los
dos Privilegios citados de D.^ Urraca y D.^ Elvira. Esta
es la primera mención que se halla de Tesorero en nues-
tra Iglesia; pero la dignidad y el cargo ya debían de ser
mucho más antiguos. Desgraciadamente no se conserva
ningún inventario de los vasos sagrados, alhajas, paños
y demás objetos que por estos tiempos debían estar con-
fiados al cuidado del Tesorero. Únicamente en el Diplo-
ma otorgado por D. Ordeño II en 20 de Abril de 911, se
enumeran varios objetos sagrados de gran valor, que
entonces donó dicho Rey á nuestra Iglesia (2). Sin em-
bargo, el mismo D. Ordeño, en el Privilegio de 30 de
(1) En el concedido por la Infanta D.* Urraca á la Iglesia de Santiago
en 30 de Mayo de 1087, subscribe: Gundesindus abbas super ipsam canovi-
cam. En un documento de Antealtares, firma: Gundesindus ahba archipreshy-
ter loco sancto.
(2) Véase tom. II, Apéndices, núm. XXX.
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 13
Enero de 915 (1), dice que la Iglesia se hallaba ya bien
surtida de capas, cruces, cálices, patenas, coronas, etc..
San Isidoro, en su Carta al Obispo Leudefredo,
cuenta, entre las dignidades de las Iglesias Catedrales,
al Primicerio ó Primickro, á cuya vigilancia estaban enco-
mendados los Clérigos inferiores, corno acólitos, exorcis-
tas, salmistas y lectores (2). Por este tiempo era Primi-
clero en la Catedral compostelana Pelayo González,
según aparece de un documento de San Martin Pinario,
del año 1085.
Constan, asimismo, los nombres de varios jueces ecle-
siásticos, los cuales eran también Canónigos, y conocian
en grado de apelación en los pleitos que se ventilaban
en la tierra de Santiago. Por entonces fueron jueces
eclesiásticos Sarracino González, Fruela Recamúndiz,
Pelayo Gudésteiz y Pedro Daniéliz. Uno de ellos, Pela-
yo Gudésteiz, figura como juez regio de Santiago, judex
regiiis Loci, Sancti, en un Privilegio dado por el Conde
de Galicia D. Ramón, á la Santa Iglesia de Mondoñedo
en el año 1096 (3).
La firma de D. Diego aparece en varios documentos
de estos años. Léese en el Diploma que la Condesa
D.* Ermesinda Núñez concedió al Monasterio de Chan-
tada en 6 de Enero de 1073: Didacus iriensis episcoims
confirmo (4). En un Privilegio que se conserva en el Ar-
chivo de Antealtares, fechado en 22 de Abril de 1073,
(1) Véase tom. II, Apéndices, núm. XXXVIII.
(2) Divi Isidori Hispalensis episcopí opera; ed. de Madrid, 1778;
tom. II, pág. 520.
(3) Esp. Sag. tom. XVIII, Apéndices, núm. XVIII.
(4) Yepes, Coron. gen. de S. Benito, tom. VI, Apéndices, núm. IV.
14 LIBBO SEGUNDO
subscribe D. Diego en esta forma: Guhernante iriense si-
muí cmn sede heati lacobi apostoli diclacus aepiscoyus. Arregló
también la cuestión, que el Abad de Samos, Fromarico,
tenía con los vecinos de Santa Eulalia de Dena, con
motivo de un coto que su Monasterio poseía en dicha
parroquia.
Con estos y otros hechos semejantes, había continua-
do D. Diego granjeándose el afecto y consideración de
D. Alfonso VI y de las Infantas D."^ Urraca y D.^ Elvi-
ra. En varios Diplomas de aquella época, otorgados por
D. Alfonso, como en el de Sahagún de 8 de Ma3^o
de 1080, y en el de Astorga de 18 de Febrero de 1085,
nuestro Prelado firma el primero después de las Perso-
nas Reales. En el año 1087 las dos Infantas otorgaron
cada una su Privilegio á la Iglesia compostelana y á su
Obispo D. Diego. D.^ Elvira ofrece «al muy invicto,
triunfador y glorioso Apóstol Santiago» (invlctlssimo ac
triumphatorí glorioso Apostólo lacoho), al Pontífice D. Diego
y á los Clérigos que allí perseveran consagrados al ser-
vicio de Dios fpontifíci domino Didaco et Clerícis in Dei ser-
vitío permanentihusj la mitad del Monasterio de Santa
María de Fílonio (Pilono), y la mitad de los demás Mo-
nasterios sitos en esta tierra de Pilono entre los ríos
UUa y Deza, á saber: del de Atiriólos (Santa María de
Oirós); del de Ahcohre (Alcobre, lugar de la parroquia
de Pilono); del de San Miguel de Branderici (Brandariz),
y del de San Vicente de Pausada (Pousada, lugar de Pi-
lono). Dona, además, D.^ Elvira la iglesia íntegra de San
Martín en el valle de Olegio (Eijo), que debe ser la de
San Martín de Arines, cerca de Santiago. Resérvase la
Infanta el usufructo de todas estas propiedades durante
su vida; y declara ser voluntad que en el coto del Mo-
LOS THES PBIMEROS SIGLOS BE LA I. COMPOSTELANA
15
ñasterio de Pilono no pueda entrar el merino ó alguacil
del Rey ni aún en caso de homicidio, robo ó parricidio,
Fotografía de J. Limia. Fotograbado de Laporta.
Miniatura del Tumbo i, fol. 34 vuelto, que representa á la Infanta D.* Elvira.
sino tan sólo el ministro del Prelado compostelano. Da-
tóse el Diploma en 25 de Abril de 1087 (1).
(1) Véanse Apéndices, núm. III.
16
LIBBO SEGUNDO
En el Diploma otorgado por D,^ Urraca á 30 de Ma-
Fotografía de J. Liinia. Fotograbado de Laporta.
Miniatura del Iwiiho A, fol. 3B, que representa ii la Infanta I)."" Urraca.
yo del referido año, se dona á la Iglesia de Santiago y
LOS TEES PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 17
al Obispo D. Diego y á la Congregación de Clérigos, que
allí sirven á Dios (Eyiscopo domino Didaco una cmn Collegio
Clericoriün Deo miUtantmmJ, cierto lugar llamado Villa
Albín en el Campo de Toro, para que en él se funde é ins-
tituya, bajo el régimen de los Obispos compostelanos,
un Monasterio en honor de San Nicolás y Santiago
Apóstol (1).
Solícito D. Diego por conservar íntegro el patrimo-
nio de su Cátedra episcopal, arrancó de poder de segla-
res la iglesia de San Esteban de Piadela, la cual había
sido dada in atónito por sus antecesores á ciertos caballe-
ros que pretendían poseerla como verdaderos dueños.
Recobrada la iglesia, encomendó al arcediano Juan Ro-
dríguez el cuidado de reedificarla desde los cimientos.
, La nueva iglesia fué consagrada por D. Diego Gelmírez
el 25 de Noviembre de 1101 (2).
(1) Véanse Apéndices, núm. IV.— Por estos dos Diplomas de Do-
ña Elvira y D.* Urraca conocemos el nombre de un Obispo de Orense hasta
ahora omitido en los Episcopologios de dicha Iglesia. Es el Obispo Juan,
el cual, en el Privilegio de D.^ Elvira, subscribe: Johannes adefonsiz epi-
scopium auriense obtinens voluntarle confirmo. En el de D.* Urraca: Jahan-
nes aurie)isis episcopiis confirmo. Entre las subscripciones del concilio de
Husillos, ya aparece la de su sucesor Pedro: Ego Petrus in ecclesia Oriensi
electiis confirmo.
(2) Véanse Apédices, núm. XVI.
Tomo III. —2.
iiiiiiiiiiMmmiiiiiMMnimiinmmmlTTrmmiiiiiimiiliiiiiiMi^
HiniinmiMiminiMiiiiiiiiiiinmnmMimiii
'^^^^!^Q) (q^^^^^
CAPITULO II
Emprende D. Diego Peláez la construcción de la ac-
tual Basílica compostelana.— Concordia con San
Fagildo, Abad de Antealtares.— Muerte de este
Santo Abad en el año 1084.
E todas cuantas
obras hicieron
acreedor á D. Die-
go Peláez á que la
Compostelana le tri-
butase los elogios
de haber florecido du-
rante mucho tiempo
por su nobleza y generosidad (1), y de haber brilMo sobrema-
nera (2), ninguna es comparable á la empresa de levan-
(1) Multo tempore nobilitate ac generositate in liac praesenti vita flo
ruit— (Lib. I, cap. II, núin. 12).
(2) Multuin claruit.— (Lib. III, cap. XXXVI, pág. 544).
20 LIBRO SEGUNDO
tar un Templo digno, por sus dimensiones, por su estruc-
tura, por sus formas arquitectónicas, por su riqueza
escultural, del gran Apóstol, Patrón de España. Las difi-
cultades con que debió tropezar en la realización de tan,
para aquella época, colosal proyecto, ni aún fácilmente
pueden adivinarse. Tres, desde luego ocurren, capaces
de liacer retroceder á cualquiera otro que no fuera Don
Diego Peláez; y son la expropiación de los terrenos ne-
cesarios para el gran ensanche de la Basílica; el arbitrar
recursos para la obra; y el contar con arquitectos y
maestros hábiles para llevar á cabo una fábrica tan fae-
ra de los principios de construcción hasta entonces ge-
neralmente admitidos.
Comencemos por la expropiación. En torno de la an-
tigua Basílica se levantaba un sinnúmero de edificios,
como tiendas de objetos de devoción, de hierbas medici-
nales, de especias y otras cosas parecidas, puestos de
cambiadores, oficinas de notarios y escidbientes, alber-
guerías, viviendas particulares, etc. No estaba aquí la
principal dificultad, pues tales edificios, formados de
materiales ligeros y de poco coste, podían fácilmente
mudar de emplazamiento; la dificultad estaba en la igle-
sia monasterial de Antealtares, comprendida toda ente-
ra, con más alguna parte del claustro, dentro del ensan-
che. El Prelado no podía prescindir de este solar, porque
siendo el altar mayor de la Catedral con el Sepulcro del
Apóstol, que estaba debajo, el punto fijo de partida para
trazar las proporciones de la nueva Iglesia, el que había
de dar la pauta y el módulo para establecer la debida
relación entre las diversas partes del edificio, á él nece-
sariamente había que atenerse.
I
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COiCPOSTELANA 2 i
Como los Monjes directamente no recibían beneficio
alguno de las obras, antes por el contrario, sufrían gra-
vísimos perjuicios, con dificultad se resignaban á aban-
donar su antigua iglesia, que era como una prolonga-
ción de la del Apóstol. En especial, el Abad San Fagildo
se opuso con toda energía y entereza á la nueva fábrica;
y cuando vio que D. Diego, á pesar de sus protestas, no
desistía de la prosecución de la obra y de llevarla ade-
lante, según los planos que estaban trazados, apersonóse
en la Corte y ante el Rey D. Alfonso VI formuló sus
quejas contra el proceder del Prelado.
A todo esto, á lo que parece, se habían abierto ya
las profundas y anchurosas zanjas en que habían de
asentarse los cimientos del nuevo Templo; y San Fagil-
do se había visto precisado á construir, para cumplir con
el Oficio del Coro, en el mismo sitio en que antiguamen-
te había estado el oratorio del anacoreta Pelayo, una
pequeña iglesia provisional con tres altares ó ábsides,
dedicados, el uno á San Pedro, el otro á Santo Tomás y
el tercero á San Nicolás, además de otro altar consagra-
do al niño mártir San Pelayo. Probableinente D. Diego
ofrecería una razonable compensación para después de
terminada la obra; pero los Monjes creían que no había
compensación posible para una iglesia en que ellos te-
nían tantos recuerdos, que estaba casi en contacto con
el Sepulcro del Apóstol, del cual por tanto tiempo lia-
bían sido considerados como ministros y servidores jun-
tamente con el Clero de la Catedral.
D. Alfonso prestó atento oído á las reclarnaciones
del santo Abad; oyó también al Prelado, y reconoció
que, en efecto, la iglesia existente era mezquina, y que
la que se hiciese, si había de corresponder al nombre del
22 LIBBO SEGUNDO
gran Apóstol, en cuyo honor se levantaba, del gran
Apóstol bajo cuya protección se hallaba, como dice el mismo
D. Alfonso (1), la tierra ¡j el régimen de toda España, no
podía menos de imponer grandes sacriñcios. Trató, sin
embargo, de conciliar, por medio de una avenencia, los
intereses del Monasterio con las exigencias del culto de
Santiago. San Fagildo, ya que no pudiese impedir la
obra, quería que se estipulase la manera de dejar á sal-
vo los derechos del Monasterio sobre los Altares del Sal-
vador, de San Pedro y de San Juan Evangelista, y aún
sobre el de Santiago. Esto fué lo que estableció el Mo-
narca al proponer el 17 de Agosto de 1077, de acuerdo
con varios Obispos y Magnates, las bases para la ave-
nencia, que fueron aceptadas y firmadas por ambas
partes.
Las bases eran las siguientes: primera, que el Monas-
terio poseyese desde aquel punto para siempre el Altar
y ábside de San Pedro que se estaba edificando, no á la
derecha de el del Salvador como se hallaba antes, sino á
la izquierda como aún está actualmente, y juntamente
la puerta para servicio de este Altar (2); segunda, que
así que se terminase la obra, se restituyesen también al
Monasterio los Altares y ábsides de San Salvador y de
San Juan Evangelista; tercera, que el Monasterio pu-
diese edificar por su cuenta, después de terminada la
obra, arrimada al muro exterior de la Catedral, una
(1) Véase el Privilegio, nP XXVÍ, en los Apéndices del toin. XXXVI
de la Esp. Sag.
(2) Este Altar 6 ábside, que es el llamado de la Azucena, 6 del Sr. Ma-
gistral, vino á construirse junto al sitio donde antea estaba la Sala Capitular
del Monasterio. La puerta de que aquí se habla, es la que hoy llamamos
Puerta Santa.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 23
nueva iglesia en la cual se celebrasen los Oficios Divi-
nos; cuarta, que entretanto se hacía la obra, el Prelado
retuviese en su poder la antigua iglesia monasterial con
las limosnas ofrecidas á los dos Altares de San Salvador
y San Juan Apóstol, más en las que se ofrecían en me-
tálico al Altar de Santiago en la Catedral, la mitad, que
por antiguos acuerdos pertenecía al Monasterio; quinta,
que concluida la obra, se entregase al Monasterio jun-
tamente con los dos ábsides ó capillas de San Salvador
y San Juan Apóstol, la tercera parte de las limosnas en
dinero que viniesen al Altar de Santiago, en vez de la
mitad que se le destinaba antes; sexta, que el Monasterio
había de conservar intacta la propiedad del terreno de-
marcado en los antiguos Diplomas de D. Alfonso II y
D. Ramiro I, á partir desde el signo A) que se pondrá
entre el Altar de Santiago y las capillas de San Salva-
dor, San Juan y San Pedro, y siguiendo los límites en
dichos Diplomas señalados.
Tal fué, en substancia, la avenencia ó concordia que
subscribió D. Diego con consentimiento del Cabildo, obli-
gándose por sí y por sus sucesores á en ningún tiempo
faltar á ella bajo la pena de diez libras de oro, y de res-
tituir doblados los daños causados al Monasterio. Subs-
criben el documento, además de D. Diego, el Rey D. Al-
fonso con sus hermanas D.^ Urraca y D.^ Elvira, los
Obispos Gonzalo de Mondoñedo y Auderico de Tuy, los
Condes Pedro Ansúrez, Froilán Díaz y otros muchos
Magnates (1).
(1) Véanse Apéndiceg, núin. I. — Como era consiguiente, la ejecución
(le la concordia, al menos en todas sus partes, se fué aplazando indefinida-
mente. Hacia el año 1 147, se celebró otra nueva concordia entre el Arzobig*
po D. Pedro Helias y el Abad D. Rodrigo.
24 LIBRO SEGUNDO
Lo que D. Diego Peláez hizo con los Altares de
San Salvador, San Pedro y San Juan, debió también
hacerlo con la capilla de Santa María de la Corticela,
cuyo solar probablemente quedó asimismo incluido en el
ensanche de la Catedral proyectada. De esto no se con-
serva ni acta, ni concordia alguna; pero en el Privilegio
otorgado en 1115 por D. Diego Gelmírez al Monasterio
de San Martín (1), manifiesta el otorgante que entrega
al Monasterio la iglesia de Santa María de la Corticela
con sus bienes, casas y oficinas, según la había obtenido
su antecesor el Obispo D. Diego fsecundum dns. Dídacus
Episcoptis oUinuitJ. Para que D. Diego Peláez se incau-
tase de la iglesia de la Corticela, que siempre había sido
de San Martín, no se alcanza más razón, que la necesi-
dad de expropiar los terrenos absolutamente precisos
para la obra. Demarcado el perímetro de ésta, D. Diego
Peláez hubo de construir otra iglesia de la Corticela,
verosímilmente en el mismo sitio que ocupa la actual (2),
con las dependencias y servicios necesarios para uso del
convento; y esto fué sin duda lo que Gelmírez consigna
en su Escritura como devuelto á los Monjes.
Bien á las claras había dado á conocer D. Diego su
propósito de no retroceder en su empresa ante ningún
género de obstáculos; y por lo tanto, al mismo tiempo
que iba allanando las dificultades que ofrecía la expro-
piación de los solares necesarios, ideaba la manera de
allegar recursos, acopiar materiales y contar con los me-
dios suficientes para proseguir la obra. Tenía, en primer
(1) Véanse Apéndices, núm. XXXIII.
(2) Empero, el edificio que hoy se conserva, por más que es bastante
antiguo, no es el que debió edificarse en tiempo de D. Diego Peláez,
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAKA 25
lugar, el fondo de las cuantiosas limosnas que venían al
Altar de Santiago, con el cual fondo se acumulaban, en
virtud de la concordia estipulada con San Fagildo, las
que se ofrecían ante los Altares de San Salvador y San
Juan Apóstol. Esto, empero, era muy poco para obra
de tal magnitud, tanto más que de las limosnas y ofren-
das, había que deducir la parte correspondiente para sos-
tenimiento del culto y del personal de la Iglesia.
Para evitar dudas y confusiones, puso en la iglesia
una arca destinada á recoger las limosnas que venían
expresamente para la obra. Así lo indicaba un letrero
puesto en sitio visible que decía: Arca operis Bti. lacobi.
La administración de lo en esta arca recaudado, sino
desde entonces, al menos con el tiempo, coriió por cuenta
del maestro y de los oficiales que trabajaban en la obra.
En segundo lugar, solicitó del Rey, de las Infantas,
de los Magnates, como también lo había hecho el Obis-
po de León D. Pelayo para la obra de su iglesia, auxi-
lios y donativos. Ya hemos visto en el capítulo anterior
las cuantiosas donaciones hechas por las Infantas Doña
Urraca y D.^ Elvira. De las donaciones de los Magnates
apenas se conserva noticia alguna; porque, según ya he-
mos advertido en otra parte, el libro del Tumbo destina-
do á coleccionarlas, ó no se lia escrito, ó se ha per-
dido (1).
(1) En el año 1079 el Conde D. Sancho Bermiídez, sobrino de la In-
fanta D.* Teresa, con su esposa D.* Onega, donó á Antealtares el coto de
Bóveda. Lo dá en obsequio á San Pedro, San Pablo y San Pelayo, cuyas reli-
quias sunt in cimiterio vocitato Antealtares secus tumbam bti. lacobi apostoli,
y al abad Fagildo, qui nunc eiusdem congregationis sicut bonus pastor pre-
fulget. — Donaciones parecidas á ésta, debieron hacerse por entonces á la
Iglesia de Santiago.
26 LIBBO SEGUNDO
Consiguió también de D. Alfonso — aunque esto sólo
se puede asentar por racional conjetura — privilegio
para acuñar moneda. La primera noticia que trae la
Compostelana (1) acerca de la moneda de Santiago, se re-
fiere al año 1105; pero allí ya se dá por supuesta la exis-
tencia de la casa de la fabricación, y sólo se trata
de darle mayores franquicias ó inmunidades. Monetam
Sci. lacohí modís ómnibus liberatam... concessit. En un Di-
ploma que otorgó la Infanta D.^ Elvira en 1^ de No-
viembre de 1100, dona á la Iglesia de Santiago el corti-
jo y casas, que en Compostela había poseído el monede-
ro Ademarlo fquae fuerunt de Ademctrio ynonetarío) y que
ella había comprado (2). De esto resulta que ya antes
del año 1 100 había monederos y casa de moneda en
Santiago, y que por lo mismo nada tiene de inverosímil
que esta fabricación, cuyos productos se habían de apli-
car principalmente á la construcción de la Iglesia, data-
se desde que se comenzó la obra, ó poco después.
Otro recurso ideó D. Diego, que aunque no consistía
en moneda sonante, no por eso era de menor aprecio; y
fué el obtener del Rey D. Alfonso VI en favor de todos
los oficiales que trabajasen en la obra de la Iglesia, la
exención de todo tributo, así real, como personal. Que
esta exención databa de este tiempo, lo dá á entender
D. Alfonso VII en el Diploma que en 1181 otorgó al
maestro y oficiales de la obra de Santiago; pues les dice
que les confirma sus faeros y privilegios y exenciones
según la mejor forma en que los gozaron, desde que se
comenzó la obra; postquam opiis ecclesiae incoephcm fuit.
(1) Lib. I, cap. XXVIII.
(2) Véanse Apéndices, núm. XV.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 27
Por Último, debemos hacer aquí especial mención de
una manera que discurrieron los peregrinos para contri-
buir más directamente á la obra de Santiago. Toda la
comarca de Compostela es pobrísima, ó carece en abso-
luto de rocas calizas, y sin embargo, inmenso tenía que
ser el consumo de este material. Las canteras de cal
más próximas distaban unas veinte leguas, y por lo tan-
to, su acarreo tenía que ser costosísimo. Mas la piedad
sincera y el celo fervoroso ofrecen los más inesperados
recursos. Refiere el Abad de Santa María en St, Fierre
Siir-lJive, Aimón, que floreció á mediados del siglo XII,
que en la construcción de la iglesia de su abadía, gran
parte de los materiales fueron conducidos en carros tira-
dos por personas de todas condiciones, por Condes, caba-
lleros, plebeyos, mujeres nobles y humildes (1), los cua-
les en servicio de Dios, y de su Santísima Madre, idearon
este nuevo género de ipiedsiá^novum quoddam pietatis gemís.
Los peregrinos de Santiago, en el deseo de demostrarle
su gran amor y devoción, recurrieron también á este
expediente. Al pasar por Triacastela, en la provincia
de Lugo, donde abundaban las canteras de cal, cada
uno tomaba una piedra del tamaño que permitían sus
fuerzas ó el brío de su cabalgadura, y la llevaba has-
ta el lugar de Castaníolla (2)^ en donde en hornos conve-
nientemente preparados se hacía la cal, que desde allí
era traída en carros á Compostela. Puede, pues, decirse
que la argamasa empleada en la fábrica del Templo
Apostólico, fué en buena parte amasada con el sudor de
los peregrinos de Santiago.
(1) Migne, Fatrol Sat., tom. CLXXXI, col. 1707.
(2) Santa María de Caatañeda, cerca de Arzúa.
28 . LIBKO SEGUNDO
Los materiales más pesados como el granito, abun-
daban en las cercanías de Compostela (1). Empleáronse
en la obra dos clases de granito; uno de grano grueso y
áspero, como el de las canteras inmediatas á la esta-
ción del ferrocarril, y otro de grano fino y compacto,
susceptible hasta de cierto pulimento. Con el primero se
levantaron las paredes y machones; el segundo se destinó
para los capiteles y otras obras de talla (2).
Y ¿quiénes eran los artistas encargados de dar for-
ma á estos materiales, de asentarlos en hiladas hasta
erigir con ellos robustos pilares y macizas paredes, y
lanzar al aire membrudas bóvedas, que pudiesen admi-
rarnos por su elevación y por la firmeza y solidez de su
asiento, pero no inquietarnos por el temor de imprevistos
desplomes ó movimientos? ¿Eran nacionales ó extranje-
ros? Para averiguar esto tenemos dos medios; primero,
examinar la estructura del edificio, y compararla con la
de otras construcciones extranjeras de la misma época,
(1) Inde Tria Castella....ubi peregrini accipiunt petraní et secum defe-
runt usque ad Castaniollam ad faciendam calcem ad opus basilice apostoli-
ce. (Lib. V del Códice de Calixto 11, cap. III}. — Los cimimientos de la igle-
sia están formados por un núcleo espeso y firmísimo de cal y canto, revestido
por ambas caras de hiladas de sillares. La cal, que debió emplearse en la
formación de este núcleo tan sólido y compacto, es incalculable. Este dato
también demuestra la habilidad de los canteros que tuvieron parte en la
obra, los cuales en su gran mayoría eran, sin duda, indígenas.
(2) También se recurrió al mármol, que probablemente vendría de algu-
na de las canteras que hay en la provincia de Lugo, y á una piedra esquis-
tosa ó pizarrosa, de fácil trabajo, que se empleó para relieve de poco resalto.
De esta piedra hay abundantes canteras en las cercanías de Santiago. De
mármol se hicieron algunas columnas, y varias esculturas de mayor ó me-
nor relieve, que según la antigua práctica se embutieron en las portadas.
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 29
para deducir sus analogías y discrepancias, y decidir si
es obra propiamente indígena ó simple imitación de al-
guna de afuera; segundo, investigar la patria y filiación
de los primeros artistas á quienes se encomendó la ejecu-
ción de la obra.
Reservaremos para el siguiente capítulo el ensayar
y discutir la eficacia del primer medio, como cosa más
difícil y complicada. Sólo como preliminar observare-
mos, que nuestro país, por las muchas edificaciones que
se hicieron por entonces, no debía de hallarse tan esca-
so de artistas hábiles y poseedores de los secretos de la
construcción. Prescindamos de las obras considerables
que llevaron á cabo D. Fernando I en el templo de San
Isidro de León, y el Obispo D. Pelayo, que había sido
Canónigo compostelano, en la Catedral de la regia ciu-
dad; pero habremos de citar las que hizo D. Cresconio
en la propia Compostela, en las Catedrales de Iria y de
Braga, y en la cindadela de Oeste. Habremos de citar
también el claustro de Antealtares, que ya existía al
tiempo en que comenzó á edificarse la nueva Catedral
Apostólica, el cual claustro era tan capaz, que según la
Compostelana (1), pudo contener cómodamente hasta cer-
ca de unos mil hombres durante la sublevación del
año 1117 (2). No se desconocía, pues, en Compostela el
papel que podía y debía desempeñar el arco eji las cons-
trucciones.
Mas como este punto es sobrado interesante para co-
nocer la historia de la Arquitectura en España, y al
(1) Lib. I, cap. CXIV, pág. 235.
(2) En el cap. CXVI, pág. 243, se hace mención de otro claustro i)crte-
ueciente también no sabemos, si á Antealtares, ó á la Catedral.
30 LIBBO SEGUNDO
mismo tiempo los antecedentes arquitectónicos que de-
bieron preparar el trazado y construcción de nuestra
Basílica, nos detendremos algún tanto en dilucidarlo
según nuestra posibilidad. De entre todos los Bárbaros,
los que más fácilmente se adaptaron á las costumbres y
á la civilización romanas, fueron los Godos. En una de
las Lecciones explicadas sobre la Historia del Arte por
el sabio arqueólogo Luís de Courajod, desde el año 1887
al 1896 (1), se ha demostrado de una manera evidente
la aptitud de los Godos para la construcción sistemática
de edificios en piedra. De su tiempo aún se conservan
en nuestra Península algunas construcciones, como la
iglesia de San Juan de Baños, cerca de Falencia, y las
bóvedas subterráneas que están á su pie, la iglesia de
San Millán de Suso en la Rioja, la de San Torcuato de
Santa Comía (Columba) en Gralicia, las famosas rui-
nas de Cabeza del Griego, etc., etc., que conservan
cierto sello especial, cierto aire de familia, que á todas
las hace considerar como producciones de la misma es-
cuela. De los Godos, como arquitectos, puede repetirse
lo que de ellos, como orífices, decía Julio Labarte, á sa-
ber: «que se inspiraban á la vez en los monumentos que
les legaran los Romanos y en las ricas y elegantes pro-
ducciones del Arte bizantino; pero que con frecuencia
su talento y su imaginación les hacían apartarse de sus
modelos y dar á sus obras cierta originalidad» (2).
Después de la pérdida de España, las artes y la in-
dustria, tal cual se ejercían bajo el imperio de los Go-
(1) Es la primera del curso dado en el Louvre de 1892 á 1893. — Estas
Lecciones fueron publicadas en París el año de 1899 en casa de A. Picard.
(2) Histoire des Arts industriéis; 2.* ed., tom. I, pág. 282.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 31
dos, hubieron de refugiarse principalmente en el Noroes-
te de la Península, en donde, en especial desde Don
Alfonso II, hallaron favorable acogida y recursos para
vivir y perpetuarse en las obras emprendidas por dicho
Monarca y sus sucesores D. Ramiro I, D. Alfonso III, y
D. Ordeño II, y por muchos Obispos y Abades.
El arco de herradura era familiar á los Godos, como
se ve por las construcciones que de ellos nos quedaron y
por la misma definición de arco que nos dá San Isido-
ro (1); y esta forma, no sólo persistió en España después
que comenzó la Reconquista, como lo demuestran las
iglesias de San Miguel de Escalada, la de Santiago de
Peñalba, la de San Miguel en Celanova, la de Villanue-
va de las Infantas, la de Santa María de Lebeña, la de
San Juan de Socueva, las miniaturas del Códice Emilia-
nense, etc., sino que cundió á Francia, según resulta de
la iglesia de Germigny-les-Prés, de la de San Jorge de
Boscherville, de la de Saint Genou, de la abadía de
Ronceray en Angers, y de algunas miniaturas de Códi-
ces de la época carolingia (2).
Desde mediados del siglo X, esta forma de arco co-
menzó á caer en desuso en los países cristianos; pero esto
mismo es argumento de cuanto persistieron en el arte
de construir, las normas y maneras usadas por los Go-
dos; así es que Friedegode aún en el año 950, escribien-
(1) Arcus dicti quod sint SiTCisí conclusione curvati. (Etimol. ,\ih. XV,
cap. VIII).
(2) De estas miniaturas de los Códices carolingios, dedujo Mr. de Las-
teyrie, que entonces el arco de herradura debía de ser muy usado.
Aún se extendió al Norte de Italia, como se ve en un bajo relieve del si-
glo IX que se coní-'erva en el Baptisterio de San Marcos de Venecia. (Cat-
taueo, L' Architettura in Italia; Venecia, 1889, pág. 250).
32 LIBRO SEGUNDO
do de la iglesia de St.-Ouen de Roán, decía que estaba
edificada con magnificencia, con piedras cuadradas á la
manera gótica f7níro opere, quadrís lapidibus manu gotliica).
Hizo notar Emerico David, en un articulo que publicó
en el Bidktin monumental del año 1839, que en el lengua-
je de la Edad Media se hallaba la manera gótica contra-
puesta á la manera galicana: todo lo que se edificaba con
madera, era llamado galicano; todo lo que se hacía con
piedra, recibía el nombre de gótico. \ A tal punto llegó la
fama que como constructores se adquirieron los Go-
dos! (1).
Mas la influencia siria en la Arquitectura y en espe-
cial en la ornamentación — ^ya que el mismo Choisy
confiesa en su excelente tratado de UArt de hatir chez les
Byzantins, pag. 162, que la ornamentación escultural fué
lo único de que el Arte bizantino es deudor á los Sirios —
data de mucho más antiguo y particularmente del tiem-
po de los Godos. Para convencerse de ello, basta exami-
nar los capiteles de las columnas bajas de la Catedral
de Córdoba. Sabido es que todos estos preciosos materia-
les fueron recogidos por orden de Abderrahman I de las
basílicas cristianas de Mérida, Toledo y otras ciudades
levantadas en tiempo de los Godos. Ahora bien, compá-
rense los capiteles de la Basílica compostelana con los
de la de Córdoba, y no podrá menos de notarse entre
ellos cierto aire de familia, ciertas analogías que más ó
menos directamente los reducen á un mismo tipo.
(1) El mismo Viollet-le-Duc (Dictionnaire raisonné de V Architectu-
re franc/iise; tom. VIII, pág. 124), dice que en la Aquitania — y con mayor
razón en España — dominada por los Visigodos, antes del siglo XII, se
desarrollaron de un modo especial las Escuelas de Escultura.
LOS TBES PMMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 33
Añádanse á esto ciertos rasgos arquitectónicos que
quedan como huellas del paso del arte oriental en nues-
tra patria; cuales son la planta de algunas iglesias y la
forma de su techumbre. La planta de San Torcuato de
Santa Comba (siglo VII) en la provincia de Orense, y la
de San Miguel de Lino (siglo IX) cerca de Oviedo, y la
de San Miguel de Celanova (siglo X), es próximamente
una cruz griega. El ábside de esta pequeña ermita, lo
mismo que el de la iglesia inmediata de Villanueva de
las Infantas, que es de la misma época, y el de la capilla
de la aldea de San Martíñi, cerca de Castroverde, en la
parroquia de Santa Eulalia de Bolaño (1), está cubierto
por una cúpula bastante achatada. Podría creerse que
tan interesantes monumentos nacieron aquí espontá-
neamente; pero admitamos que son producto de impor-
taciones extranjeras.
Para el desenvolvimiento de esta su natural aptitud,
contaban los Godos con dos elementos, pasivo el uno,
activo el otro. El primero lo constituían los muchos
monumentos de la época romana que tenían á la vista,
así en Italia, como en España, y que les brindaban para
que tratasen de imitar y estudiar sus formas y su estruc-
tura. El activo se refundía en el influjo, que no podían
menos de ejercer entre los Godos, los Sirios, que como
ha demostrado Mr. de Vogüé en su tan recomendable
obra V Architedure civile d religkiise de ¡a Sj/rie Céntrale,
desde los siglos IV y V sobresalían como grandes y acti-
(l) En este lugar debió de habjr un antiquísimo Monasterio dedicado
á San Martín. De él hace mención D. Alfonso III en el Diploma que otorgó
á la Santa Iglesia de Lugo en 897. (Esp. Sag., tom. XL, pág. 388); Mona-
sterium Sci. Martini de Volanio et ecclesiam Scae. Eulaliae,
' Tomo III. -3.
34 LIBEO SEGUNDO
VOS constructores. Por otra parte los Sirios, desde el si-
glo IV y antes, según advierte San Jerónimo (1), que
les llama negotiatores et mortaUum avklissimi, se hallaban
extendidos por todas partes y especialmente en las re-
giones meridionales de Europa. En el tratado De guber-
natione Dei, Salviano nos presenta á los Sirios como á
manipuladores de toda clase de negocios en las princi-
pales ciudades.
España, tan visitada ya desde el tiempo de los Feni-
cios, no debió de ser de las naciones que menos sintiesen
el influjo de los Sirios; los cuales, si tenían aptitud para
el negocio y para el comercio, también en otras indus-
trias y profesiones demostraron notoriamente su compe-
tencia. En el siglo VI vino de Oriente un médico,
llamado Paulo, que andando el tiempo ocupó una de las
Sedes más importantes de España, la de Mérida. Poco
después, acompañando á unos comerciantes, llegó un
joven que resultó ser sobrino de Paulo, al cual sucedió
en la Sede Emeritense, que igualmente se vio ennoble-
cida por las virtudes de tío y sobrino (2). Los Sirios
fueron, sin duda, los que trajeron á España la Regla
que San Efrén trazó para los anacoretas; de la cual Re-
gla el presbítero Félix, en el año 1029, donó un ejemplar
al Monasterio de San Miguel, que él había fundado cer-
ca de León (3).
Y por lo que toca á Santiago, la plaza del Paraíso
(1) Usque hodie autem permanet in Syris ingenitus negotiationis ar-
dor, qui per totum mundum lucri cupiditate discurrunt. (In Ezechiel,
cap. XXVII, ver. 16).
(2) Paulo Diácono, De vita Patrum Emeritensium, en el tom. XIII de
la Esp. Sag., cap. IV y V.
(3) Esjj. t¿ag., tom. XXXVI, Apéndices, XV, pág. XXXIV.
tos TEES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 35
ofrecía á los Sirios un poderoso motivo de atracción;
pues en ella podían dar fácil salida á sus géneros favo-
ritos de comercio, como telas, especias, incienso, marfil,
esmaltes (1), pieles, aceites, etc.. El Paraíso venía á ser
como un laboratorio en que se ponían en contacto, se
compenetraban, se fundían y se combinaban todas las
ideas y tendencias de la época. Y lo cierto es que el
nombre de Santiago era muy conocido entre los Sirios,
lo mismo que entre sus vecinos, los Armenios y los Cal-
deos: por los cuales, hasta el siglo XVII, fué frecuente-
mente visitado el Sepulcro de nuestro Apóstol.
La influencia, pues, que de hecho ejercieron los Si-
rios desde el tiempo de los Godos y desde antes, debió
también sentirse, en mayor ó menor dosis, en Compos-
tela. Y como esta influencia no pudo menos de ser pre-
ponderante, como impuesta por un pueblo sagaz, em-
prendedor y de gran cultura, tuvo que extenderse á
todas las esferas de la actividad humana, incluso al arte
de construir. Prescindiendo de la estructura de los mu-
ros de la Basílica compostelana, formada como la de los
edificios de Siria, de grandes hiladas de sillares, la ana-
logía y semejanza que en las líneas arquitectónicas ge-
nerales presentaban las tres fachadas de nuestra Basíli-
ca con varias iglesias de aquella región, como las de
Tafkha, Rueiha, Turmanin, revelan cierta comunidad
de procedimientos y cierta conexión de nociones y prin-
cipios técnicos. Téngase, además, en cuenta que muchos
de los materiales empleados en la reedificación de la
(!) Probablemente el esmalte que se halla engarzado eu la cruz de oro
donada por Alfonso III, tendría esta procedencia.
36 LIBEO SEaUNDO
Iglesia compostelana, procedían, como los de Córdoba,
de otros edificios mucho más antiguos, probablemente
del tiempo de los Godos, en los que, por lo tanto, era
dado ver el arte y la manera de los Sirios.
Durante el siglo X y gran parte del XI, se edifica-
ron ó reedificaron en Galicia innumerables iglesias,
como aparece por los Turribos de Celanova, de Sobrado y
de Samos, y por los Tomos de pergaminos del Archivo
episcopal de Lugo. Se construyeron también puentes de
piedra, y en sólo la comarca de Deza y Trasdeza, á
principios del siglo X, se construyeron tres puentes, al-
gunos de los cuales — el de Tabeada — aún subsiste.
Claro es que en todas estas obras, regularmente di-
rigidas ó ejecutadas por Monjes, se siguieron las tradi-
ciones artísticas, que arrancando de la época romana,
habían sufrido las influencias bizantinas y habían pene-
trado el medio gótico, recibiendo de él á su paso impor-
tantes modificaciones, sino en la estructura, al menos
en la forma. Debían abundar, pues, en nuestro país los
recursos técnicos para la ejecución de una gran obra;
sólo faltaba una cabeza que supiese agrandarlos y dar-
les las proporciones convenientes, perfilarlos y atildarlos
con mayor corrección y combinar todos estos elementos
de un modo armónico para que resultase un todo gran-
dioso, magnífico, sorprendente, y que en su conjunto re-
sumiese todo cuanto de bello y artístico, en materia de
construcción, hasta entonces se había concebido y eje-
cutado. Esta cabeza, en el momento oportuno, no faltó;
era la del insigne Bernardo.
El Códice de Calixto II cita los nombres de algunas de
las personas que desde un principio intervinieron en la
obra. Según esta cita, hubo dos comisiones: una adminis-
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 37
trativa, y otra técnica ó facultativa (1). La primera la
componían el presidente, el abad Grandesindo, el Teso-
rero Sigeredo,y un tercero llamado Wicarto (si es que no
deba leerse Vicario, en cuyo caso este título habrá de
aplicarse á Sigeredo). Los dos primeros eran indudable-
mente gallegos; del tercero (si es que, efectivamente,
hubo un tercero) no puede decirse otro tanto; por su
nombre parece más bien extranjero (2).
Entre los que componían la comisión técnica sólo
menciona el Códice de Calixto al maestro Bernardo (mi-
rabilis magister), y á Rotberto. Este, á juzgar por el nom-
bre, debía de ser extranjero, probablemente francés. El
nombre del maestro Bernardo parece indicar también la
misma patria; pero entonces este mismo nombre ya era
llevado por algunos que no eran franceses, sino gallegos.
Entre los Canónigos que en el año 1102 prestaron jura-
mento de fidelidad y obediencia á D. Diego Gelmírez,
figura un Bernardo Gutiérrez, que de seguro no era ex-
tranjero, pues el nombre de su padre, (lutierre, es ge-
nuinamente gallego. ¿Quién sería, pues, el maestro Ber-
nardo? ¿Sería el famoso Tesorero de Santiago del mismo
nombre, que después fué Canciller de D. Alfonso -Vil?
Que el Tesorero D. Bernardo tuvo á su cargo la dirección
(1) He aquí las palabras del Códice, al fin del cap. IX, del lib. V.:
«Didascali lapicide qui prius bti. lacobi basilicam aedificaverunt, notaban-
tur donnus Bernardus senex, mirabilis magister; et Rotbertus cum caeteris
lapicidibus circiter quinquaginta, qui ibi sedule operabantur ininistrantibus
fidelissimis dominis Wicarto (Vicario?) et domino canonice Segeredo et ab-
bate domino Gundesindo.»
(2) El abad Gundesindo falleció hacia el año lili, pues en Mayo
de 1112 ya era prior de la Canónica, Pedro, sobrino de Gelmírez. Sigeredo
había fallecido antes. En 1107 aparecen como Tesoreros Munio Alfonso y
Munio Gelmírez.
38 LIBBO SEGUNDO
de las obras de la Iglesia, consta de la Compostelana, la
cual en el cap. VIII, del libro III, refiere que proponién-
dose D. Bernardo ir en peregrinación á Jerusalén, se lo
impidió D. Diego Gelmírez en atención á lo necesaria
que era su .presencia y dirección en las obras de la Igle-
sia. Ipsius Ecclesiae optis ejits magisterio multum indigere (1),
Obra de D. Bernardo fué también el acueducto y la
magnífica fuente elevada delante del pórtico septentrio-
nal de la Iglesia, de la cual fuente decía el Códice de Ca-
lixto II que no tenía igual en el. mundo. Fons mirábilis
lidbetur, cid similis in tolo mundo non invenitur. Terminóse la
obra en el año 1122 como consta de la inscripción que
en ella hizo grabar D. Bernardo; pero el famoso pilón
que recogía las aguas que brotaban de los cuatro caños
en forma de bocas de león, como dice la Compostelana (2),
ya estaba hecho de mucho antes. La inscripción de-
cía así:
Ego Bernardtis Beati laccbi T. S. (Thesaurarius) hanc
aqiiam huc adduxí, et presens opus composui ad mee et anima-
rum meormn parentum remedium, E. ICLX, III idus aprilis.
Vacante el cargo de Tesorero, primero por promo-
(1) Esto pasaba hacia el año 1129 cuando se había terminado j^a la
obra de la Iglesia; pero se estaba comenzando la del claustro.
En substitución de la romería á Jerusalén, donó D. Bernardo á la Iglesia
compostelana, por consejo de Gelmírez, un precioso cáliz que le había costa-
do 800 onzas de plata. Pero por magnífico que fuese este cáliz, de mucho
mayor valor para la Iglesia fué la obra que emprendió el mismo año 1129, á
saber, la compilación del Tumbo A, cuyas primeras miniaturas son proba-
blemente de su mano.
¿Seria éste el Bernardus ejusdem Ecclesiae magister que subscribió la
Escritura de concordia otorgada en 1 109 entre el Arzobispo de Braga y el
Obispo de Santiago? (Hist. Gomp. tom. I, cap. LXXXI, pág. 146).
(2) Lib. II, cap. LIV, pág. 370, al fin.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 39
ción de D. Munio Alfonso á la Sede de Mondoñedo, y
después, por muerte ó ausencia de D. Munio Gelmírez,
fué nombrado D. Bernardo para desempeñarlo; y en el
año 1122 ya lo ejercía como vemos por la inscripción de
la fuente (1).
Tenemos, pues, que D. Bernardo fué maestro y arqui-
tecto insigne de la Iglesia compostelana. Ahora, ¿habrá
algo que impida identificarlo con el domnus Bernar-
diis senex, mirdbllis magister del Códice de Calixto II? Lo
único que, á nuestro juicio dificultará tal identificación,
será el tóner que admitir en este caso que D. Bernardo
gozó de gran longevidad llegando hasta cerca de los 90
años. La obra de la Catedral se comenzó, como luego
veremos, hacia el año 1074. Desde éste al 1134 en que
falleció D. Bernardo, van 60 años, que con veintitantos
que es necesario suponer en nuestro arquitecto al tiem-
po en que se encargó de la dirección de la obra, suman
cerca de 90. Es cierto que esta edad no es muy común,
pero nada tiene de inverosímil. Como quiera que sea,
consta que D. Bernardo tuvo por mucho tiempo la di-
rección de las obras de la Iglesia, y que dada su pericia
y competencia, Gelmírez lo juzgó irreemplazable.
Y ¿cuál era la patria de D. Bernardo? Su nombre lo
declara francés; pero por la de sus parientes mas allega-
dos, podemos venir en conocimiento de cual era su ver-
dadera patria. En el año 1127 el Rey D. Alfonso VII
exigió como rehenes, para el pago de cierta cantidad
(1) Ya era Tesorero en el año 1118, como se ve por la Compostelana,
lib. II, cap. VIII. Probablemente D. Bernardo no estaba ordenado, ó si lo
estaba, sería sólo de Menores. Dejó descendencia, y en el año 1188 fué justi-
cia ó alcalde de Santiago su nieto Bibiano Bernárdez. (Véase Tumbo C,
folio 261).
40 LIBEO SEGUNDO
exorbitante que exigía del Arzobispo de Santiago, al Te-
sorero D. Bernardo, á su hermano Pedro Esté vez y á su
sobrino Gonzalo Peláez (1). Todos estos nombres, Esté-
vez, Gonzalo, Peláez, son claramente gallegos, ó por
lo menos españoles (2).
Respecto del año en que comenzó la obra de nuestra
Catedral, hay gran variedad y confusión entre los auto-
res. El P. Flórez (3), de un pasaje de la Compostelana, al
principio del cap. I, del libro III, dedujo que la obra se
había comenzado en el año 1082; sin embargo, la deduc-
ción no está bien fundada, porque como la Compostelana
en su narración no siempre siguió rigurosamente el or-
den cronológico, aunque el pasaje citado se halla entre
los que se refieren al año 1128, no por eso puede afir-
marse que lo allí referido sucediese realmente en dicho
año (4). Así, en el cap. II del mencionado libro, habla la
Compostelana del fallecimiento y funerales de la Condesa
D.^ Mayor, y en el capítulo siguiente trata de la muer-
te de su esposo el Conde D. Pedro de Traba; y sin em-
bargo éste había fallecido antes que la Condesa (5).
(1) Dominum Bernalclum Bd. Jacobi Thesaurarium, et Petrum Stepha-
nidem ejus germanum et Gundisalvum Pelagiadem ejus nepotem. fCompo-
atelana, lib. II, cap. LX.XXVI, pág. 449).
(2) En un capitel de una de las naves superiores, se halla grabado el
nombre GVDESTEVS, que sin duda sería el de alguno de los sobrestantes
de la obra.
(3) Esp. Sag. tom. XIX, pág. 204.
(4) El pasaje en cuestión, qs covao úgxxQ'. Quadraginta et sex anni ah
inchoatione novae Ecclesiae Bti. Jacobi traiisaeti erant etc.... Ergo, concluye
el P. Flórez en la nota, anno 1083, sub Rege Alfonso VI inclioata a Didaco I
Compostellano Episcopo. Así era, en efecto, en el supuesto de que los 46 años
debían descontarse desde el 1128; pero tal suposición es inadmisible.
(;■)) lia misma Compostelana advierte (lib. I, cap. XLVI), que en su
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 41
Otra fecha más segura que la deducida por el P. Fló-
rez, nos dá la inscripción grabada en las jambas de una
de las puertas de la fachada de las Platerías; la cual ins-
cripción nos dice que la obra se hizo en la Era MCXVI,
ó sea año 1078 (1); pero tampoco este dato, apesar de
ser tan seguro, resuelve la cuestión; porque sólo debe
referirse á la fecha en que quedó terminada aquella
portada.
En la Escritura de concordia con el Abad de Ante-
altares, San Fagildo, fechada á 17 de Agosto de 1077,
se dá á entender que la obra ya estaba comenzada, y
por lo tanto en construcción, si no se había terminado,
la capilla absidal de San Pedro. El libro V, del Códice
Calixtino, pone también el comienzo de la obra en la
Era MCXVI, año 1078; pero, además, ofrece otros datos
cronológicos que vienen á coincidir con la fecha indicada
en la Escritura de San Fagildo. Dice, que desde que se
había comenzado la construcción de la Iglesia, habían
transcurrido hasta la muerte de D. Alfonso I de Aragón,
59 años; 62 hasta la muerte de Enrique I de Inglaterra,
y 63 hasta la de Luís VI de Francia (2). Ahora bien,
Alfonso I de Aragón, falleció en Septiembre de 1134;
Enrique I de Inglaterra, á principios de Diciembre de
1135; Luís VI de Francia, á 1."^ de Agosto de 1137: y si
narración no siempre había seguido el orden cronológico: ordine minime
obsérvalo.
(1) Esta misma fecha trae la Compostelana al fin del cap. LX XVIII
dellib. II.
(2) Ab anno vero quo incepta fait us^uc ad letum Adefonsi fortissimi
ot famosi regis ara^onensis habentur anni LIX; et ad necem Henrici
regís anglorum LXII; et ad mortem Ludovici pinguissimi regis franco-
rum LXIII.
42 LiBBo Segundo
colocamos el comienzo de la obra en 1074 ó 1075, que es
la fecha que también resulta de lo expuesto en la Escri-
tura de Concordia^ se verifican casi con rigurosa puntua-
lidad los tres diversos cómputos del Códice de Calixto.
Esto está también en conformidad con las prácticas
qae seguían los arquitectos en la construcción de las
iglesias, pues solían comenzar la obra por el coro ó ábsi-
de, el cual como opina Viollet-le-Duc (1), venía á dar la
pauta para trazar las medidas respe3tivas de las diver-
sas naves de que habría de constar la iglesia. Y en efec-
to, los capiteles de las tres capillas absidales, que forman
la cabecera del templo, tienen carácter más arcaico que
los del resto de la iglesia, incluso los de la portada de
las Platerías.
En los capiteles de las dos columnas que están á la
entrada de la capilla del Salvador, se lee en dos carteles
la siguiente inscripción:
REGNANTE PRINCIPE ADEFONSO CONSTRVCTVM OPVS (2)
TEMPORE PRESVLIS DIDACI INCEPTVM OPVS FVIT.
Aquí sólo se dice que la obra se comenzó reinando
D. Alfonso VI, y siendo Obispo D. Diego Peláez; pero
como acabamos de advertir, el corte y molduras de los
capiteles acusan anterioridad al año 1078, en que se le-
vantó el pórtico de las Platerías,
Según esto, puede creerse que, al tiempo en que Don
Diego fué despojado de la Mitra, se hallaban ya cons-
(1) Dictionnaire..., tom. II, pág. 334.
(2) Algunos, uniendo la M de constructum con opus, leyeron MORVS;
y dieron este nombre al arquitecto de esta iglesia.
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 43
traídos por lo menos, además del ábside, la corona, las
capillas absidales y la portada meridional, todo el cru-
cero y gran parte de la nave principal con las bóvedas
bajas de las naves menores (1). Podía, pues, proceder
D. Diego á la consagración de la nueva iglesia; porque
si bien se hallaba muy lejos de estar terminada, esto no
Estatua yacente del sepulcro de San Fagildo.
impedía, como se ve por otros muchísimos casos, que sin
perjuicio de proseguir las obras, se consagrase la parte
que de algún modo podía habilitarse para el culto. En
el año 1088 se dedicó la iglesia nueva de San Martín (2),
que el abad Adulfo había comenzado á levantar al tiem-
po en que empezaban las obras de la Catedral; y mucho
(1) Decimos por lo menos, porque los años que se siguieron al del
encarcelamiento de D. Diego, fueroú muy calamitosos pora la Iglesia de
Santiago; durante los cuales, las obras debieron estar poco menos que para-
das. Mas como en los primeros años del pontificado de Gelmírez, el cuerpo
de la iglesia aparece ya casi del todo construido, es dado inferir que D. Die-
go Peláez dejó muy adelantadas las obras, y próximas á su terminación.
(2) Véase una Escritura de este año entre los índices que del Archivo
de este Monasterio se guarda en la Biblioteca del Seminario Central Com-
postelano. Es una donación del Rey D. Alfonso VI.
44 LIBRO SEGUNDO
antes debió de haber hecho lo mismo con la suya el Abad
de Antealtares, San Fagildo.
A esta época deben referirse, á nuestro juicio, los tres
grupos de Apóstoles en mármol blanco (véase el graba-
do del tom. I, pag. 279), sobre los cuales estaba sosteni-
da la mesa del altar mayor. Es lo único que se conserva
de la reedificación de San Fagildo; el cual, después de ha-
*ABBAS:FA6ILDU8:SCSi SGISiSOClATUR:
hftC i VlTA;M.MLlS:NHC-:C6LIS{6L0RlFlCATaRi
I8TlUSiISTe:LOCI)X)líX{GT:lUXiLUGn)A:f(l01V
e^SCTSiíílORITISi GOTUSiRGXITiJfíOMGh^ w :
€(R}i:jiíMLLGnAiCGTaiDaii?^:EUíríi^uobGna:-
FetS^O-CftLLISZl-XQLO.-LOEíeSTiDft^üS^I (1)
ber gobernado el Monasterio por espacio de unos treinta
años, con gran fama de santidad y prudencia, falleció en
el ósculo del Señor el 14 de Octubre del año 1084. En tal
opinión de santidad falleció, que su cadáver fué sepulta-
do dentro de la iglesia; cosa que entonces sólo se concedía
en España á las personas de reconocida y bien probada
virtud. Cubrióse su sepulcro, á mediados del siglo XIII,
(1) Albas Fagildus Sandus Sancfi's sociaíur
Hac vita humil/s nunc celis glorificatur
Istius iste loci dux et lux lucida morum
Et sanchs moni'is cetus rexü monachorum
Festo Callistí celo locus est datus isti
Era mülena centum dena cum duodena.
En el grabado, por distracción, se invirtió el orden de los dos últimos
renglones.
LOS TRES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 45
con una gran losa en la cual se esculpió su imagen y
más arriba se grabó la inscripción de la página an-
terior (1).
(1) He aquí lo que nos dice Yepes (Cor. gen. de S. Benito, tom. IV,
fol. 47), del sepulcro de San Fagildo:
«Está sepultado en el Templo de San Payo al lado del Evangelio en vn
sepulcro á lo antiguo, con su figura de bulto, que representa el abito, que
.entonces se vsaba en nuestra Religión, algo diferente del de aora con vn
letrero, encaxado en la pared, en vna piedra escrita de letra antigua, que
dize....
Arriba está pintada su alma, que la llenan los Angeles, es tradición
muy celebrada que fue Santo, y que por vn agujero que estaua debaxo de
su sepulcro, manó mucho tiempo azeyte, con que ardian las lámparas y se
hazian grandes milagros.»
Cuando en el siglo pasado se reedificó la iglesia de San Payo, el sepul-
cro de San Fagildo se embutió en el muro que separa el coro de la iglesia, 3^
en el mismo muro se incrustó por la parte de afuera la antigua inscripción
sepulcral.
üJT?TiHjuijiiiimmujJiiuuuuTmiiiTmin|iui^[^^
— Jl. _^¿^ u-1li :,^'u .^* iilLI
¡^^'i^''^^ié!I^^^>^>ff<x?'^^''í^!^^
CAPITULO III
Descripción de la Basílica trazada y comenzada á edificar
en tiempo de D. Diego Peláez.
lERTA ocasió]!, en
que se celebraba
una gran solemni-
dad en la Cate-
dral de Amiens ,
uno de los concu-
rrentes — y no era
de los entusiastas por el Arte cristiano — encarándose
con VioUet-le-Duc, que también estaba presente, no pu-
diendo contener su emoción ante aquel espectáculo:
«¡Que maravillosa idea, prorrumpió, la de haber queri-
48 LIBRO SEGUNDO
do y sabido elevar la Catedral como testigo perenne de
todos los grandes acontecimientos de una ciudad, de un
país; la de haber hecho que este testigo viva y hable
para recordar al pueblo tantos ejemplos tomados de la
Historia de la humanidad, ó más bien de la del corazón
humano!» (1) Sí, ciertamente; la Catedral es un ser vivo;
en lo moral y social el ser más vivo y elocuente de un
pueblo; y nuestra Basílica compostelana es como un
pregón que narra y publica con voz pausada, sonora y
solemne las vicisitudes, si, de nuestra ciudad, pero á la
vez las ansias de muchjedumbres de otras muchas nacio-
nes que sólo aquí hallaron reposo, consuelo y aliento pa-
ra su corazón desolado por los amargos lances y comba-
tes de la vida. Permítanos, pues, el lector que nos deten-
gamos algún tanto en hacer la descripción de esta cró-
nica singular, trazada por el arquitecto y el escultor con
caracteres indelebles, y levantada primariamente como
monumento á la gloria de Dios y de su bienaventurado
Apóstol (2).
El abate Pardiac dedicó el último capítulo de su in-
teresante libro, Histoíre de Saint-Jacques le Majeur et du pele-
rinage de Compostelle foj, á demostrar la influencia del
(1) VioUet-le-Duc, Didionnaire raisonné de V Archilec'ure francaise^
tom. II, pág. 892, nota.
(2) Con tanta más razón debemos hacer esto, cuanto que nuestro
monumento, aunque parezca increíble, es poco conocido.
Mr. Luís Cloquet, en su hermosa obra intitulada: Les grandes Cathedra-
les dumonde catholique; Lila, 1897, ni aún mención hace de nuestra Basí-
lica. Ya desde el año 1860, el Sr. Villa-Amil y Castro, que quizás fué el
primero que hizo resaltar el mérito singularísimo de nuestra Basílica, se
lamentaba (Descripción de la Catedral de Santiago; Prólogo), de lo poco
que era conocida en Europa.
(3) Bordeaux, 1863.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
49
culto de Santiago en el Arte cristiano (1). La verdad
de esta tesis resalta con solemne evidencia al con-
templar en todo su conjunto la magnífica Basílica com-
postelana. Esto, empero, no ha de eximirnos de entrar
en el estudio minucioso y detallado de tan admirable
fábrica, para que mejor se aprecien la belleza y origina-
lidad de ciertos miembros, que necesaTÍamente habrían
de quedar inadvertidos en medio de tanta combinación
de líneas y formas arquitectónicas.
L alemán Guillermo Lubke (2), dice
que er Templo de Santigo es la obra
maestra del estilo románico primario en España.
Aún pudiera extenderse algo más esta calificación,
y afirmar que la Basílica compostelana no teme la com-
paración con ninguno de los templos levantados en Eu-
ropa en su época. Puede decirse que la Iglesia de Com-
postela tiene algo de todos los estilos comprendidos bajo
la denominación general de románico-bizantino, que es-
taban en boga en el último tercio del siglo XI; y, sin
embargo, por completo á ninguno de ellos puede afiliar-
se. Para la. obra de la Iglesia de Santiago, que, según
(1) Capit. XIV. Infiuencc <Ju cuite de Saiid Jacques sur V Art dirtticn.
(2) EssaliV lUatoire de V Art.; versión francesa de KoOHa, tom. I, pá-
gina 381).
Tomo UI. -4.
60 LIBRO SEGUNDO
advierte el abate Pardiac (1), es en cierta manera, como
las de Jerusalón y Roma, propiedad de las naciones ca-
tólicas, todos los pueblos contribuyeron aportando las
i'egias de construcción que conocían y las formas ar-
(juitectónicas que les eran más familiares; pero estas
Ibrmas y estas reglas, en la mente del Arquitecto com-
postelano, se fundieron y amoldaron hasta tal punto,
que sin repugnar la variedad, resultase un todo admira-
blemente armónico.
Los estilos que á la sazón predominaban en Europa,
eran, el propiamente Bizantino, peculiar de las regiones
de Oriente, el Lombardo, que tenía su centro en el Norte
de Italia, desde donde se extendió á otros países; el Ee-
niano que se extendió á lo largo del Rhin desde Basilea
hasta Holanda; el Normando que se usaba en el Norte
de Francia y después pasó á Inglaterra; el del centro de
Italia en donde se continuó el tipo basilical de la época
romana; y el Francés con las variedades adoptadas en
las diversas comarcas, como la de Champaña, la de Bor-
goña, la de Poitou, la de Perigord, la de Auvernia, y la
del Mediodía de Francia.
El estilo propiamente Bizantino, se caracteriza por el
empleo de la cúpula como elemento indispensable de
construcción; por el gran papel que desempeña el arco
en todos los miembros del edificio; por las extrañas for-
mas con que están tallados los capiteles, á manera de
cubo, de tambor; de doble pirámide truncada, invertida
y sobrepuesta, etc.; por la ornamentación de los muros,
consistente principalmente en mosaicos y pinturas; por
la ausencia casi absoluta de imágenes de talla ó de bul-
1) Obra citada, pág. 182.
tos TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COl^fPOSTELANA 51
to, al menos desde el siglo VIII; por la carencia de con-
trafuertes aparentes al exterior.
Distinguen al estilo Lonibardo, las pequeñas arquerías
pensiles que e-ostienen la cornisa; el uso de la cúpula,
pero elevada de distinto modo de el de que se valieron
los bizantinos; la tendencia á exornar con esculturas
todas las piezas de aparejo destinadas á desempeñar al-
guna función especial, que las haga resaltar entre los
demás miembros del edificio, como capiteles, arcliivoltas,
ménsulas, etc.; la imitación de los capiteles bizantinos,
tallados con muy poco relieve; el frecuente uso de ban-
das ó tajas entrelazadas, formando caprichosas combi-
naciones; el empleo de la bóveda generalmente cupuli-
forme para cubrir los edificios, y la construcción de gale-
rías ó tribunas altas sobre las naves pequeñas; las fajas
verticales llamadas handas loinhardas, etc.. Todos estos
caracteres se ven, p. ej., en la iglesia de San Ambrosio
de Milán (1).
En el estilo Reniuno ó Alemán , predominan los capite-
les llamados cvhicos, que como advierte Reusens (2),
constituyen una nota muy propia de este estilo. Otras
hay no menos especiales, como se ve en las Catedrales
de Maguncia, Spira y Worms, edificadas desde fines del
siglo XI y durante el siglo XII, las cuales ofrecen dos
ábsides, uno al Este y otro al Oeste, rodeados de una ga-
lería que mira al exterior, y están flanqueadas por torres
redondas.
En el estilo Normando las cabeceras de las iglesias
afectan la forma cuadrangular, como se observa en las
(1) V¿a-<e Dartein, Etude sur V Archifedure louibarde.
(2) Elénienla (C Archéolo<jie chrétienne; 'J.** ed.; toui. I, pág. 384.
52 LIBRO SEGUNDO
de Cerisy-la-Foret, la del Monte de San Miguel, las de la
Trinidad y San Esteban de Caen, y las de Peterborough
y Waltham en Inglaterra. Prevalecen en este estilo las
molduras geométricas, y los arcos apoyados, especial-
mente en las iglesias de Inglaterra, sobre capiteles cúbicos
que coronan robustos machones ó gruesas columnas mo-
nocilíndricas.
Por regla general en los templos elevados por las di-
versas escuelas francesas y alemanas con anterioridad al
siglo XII, el presbiterio carecía de corona ó deambulato-
rio y la nave mayor estaba cubierta con artesonado. Los
Muestra de los capiteles llamados cúbicos.
arquitectos no se encontraban con fuerzas ó con recursos
suficientes para lanzar en el espacio la masa considera-
ble de bloques necesaria para cubrir una vasta nave. En
Compostela, sin esperar al siglo XII, se vio resuelto cum-
plidamente este problema. Para la concepción y ejecu-
ción de su obra poco pudieron, pues, aprender los arqui-
tectos compostelanos en estas escuelas. Algunas, sin em-
bargo, hay entre ellas, cuya influencia al parecer debió
dejarse sentir de un modo marcadamente ostensible en
Compostela; tales son, la borgoñona, la lombarda, la del
Langucdüc y Provenza y aún la normanda. Admitamos
LOS TRES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 53
que con el Conde de Galicia, D. Ramón de Borgoña, vi-
niesen algunas personas de este país, inteligentes en ma-
teria de obras; pero para nuestro caso, ya llegaron tarde;
cuando el Conde de Borgoña se encargó del Gobierno de
nuestra región, ya la fábrica de la Catedral compostela-
na se hallaba muy adelantada, y por consiguiente, per-
fectamente ultimados los planos para la obra. Y en efec-
to, en nuestra Basílica no se ven ciertos detalles arqui-
tectónicos muy característicos del estilo borgoñón, como
las pilastras estriadas, la ornamentación exuberante, las
ovas, canecillos uniformes, etc..
Los artistas lombardos, por entonces, se extendieron
casi por toda Europa, y en especial los maestros de
obras, los tan nombrados magistri comacini, ya que no fue-
sen todos de esta región, de ella derivaron su apelativo.
En Compostela, tenemos desde los primeros años del si-
glo XII, al frente de la Casa de la Moneda, al lombardo
Tandulfo, y como oficiales á sus compatriotas Juan y
Gaufrido(l). A juzgar por este dato, pudiera creerse que,
así como vinieron estos artistas, así vendrían otros pe-
ritos en el arte de construir. Pero la fábrica compostela-
na, ora en el plan, ora en los motivos do ornamentación,
es tan distinta de las que solieron levantar los maestros
lombardos, que por esta razón de ningún modo puedo
atribuírseles. Las iglesias construidas por entonces en el
Norte de Italia, carecían dé corona ó deambulatorio, de
manera que el presbiterio quedaba circunscripto al ex-
tremo oriental del edificio. Por otra parte, en la Iglesia
compostelana se nota la ausencia absoluta de las arque-
rías pensiles, tan características en el estilo lombardo.
(l) Vóaííe KisL Comp., lib. I, cap. XXVIII.
54 LIBRO SEGUNDO
Ea el MeJioiía de Fraacia — ^Langaeloc y Proven-
za — floreció desde ñnes del siglo XI una gran Escuela
de Arquite3tui^a, que elevó magníficos monumentos.
Baste citar la iglesia de San Saturnino de Tolosa, la de
San Pedro de Moissac, la de St.-Gilles, la de San Tró-
fimo de Arles, la de Santa Marta de Tarascón, etc.. (1).
La proximidad á España de estos monumentos, parece
que debió ser ocasión para que más fácilmente fuesen
visitados y propuestos por modelos por los maestros de
obras. Mas respecto de Galicia, y en especial de Com-
postela, esta proximidad era puramente material y esté-
ril; porque las vías por qué nuestra ciudad solía comuni-
carse óon el resto de Europa, estaban más al Oeste y
pasaban á bastante distancia de dicha comarca. Ade-
más, casi todos los monumentos citados (de el de San
Saturnino ó Sernln de Tolosa, habremos de ocuparnos
más adelante), son posteriores á la Basílica de Compos-
tela: y por consiguiente, mal pudieron influir con su
arte y manera en la formación de lo que ya existía. Por
otra parte, nótanse tantas discrepancias, así en el plan
como en la composición de las portadas (2), que clara-
mente indican procedimientos y principios muy distin-
tos en el arte de construir.
Por último, las relaciones, á veces amistosas, á veces
( 1) Véase Revoil, Árchüecíure romane da Midi de la t^r aii ce.— Anúiy-
me St. Paul, Álbum des monumenfs et de V art anden du Midi de la Frauce,
(2) Compónense, p. ej., las de San Trófimo, St.-Gilles y Moissac, de
columnatas salientes, ya paralelas, ya perpendiculares al muro de la facha-
da con estatuas y relieves en los intercolumnios. Además, en la ornamen-
tación se conservan patentes reminiscencias del Arte clásico, como ovas,
doandros, estrías, etc.,,.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 55
de muy distinta índole, que nuestro país sostenía con los
Normandos, y hasta el mismo nombre de Roberto, que
llevaba uno de los maestros que dirigieron la obra de
Sa.ntiago, pudieran hacer concebir la sospecha de si ha-
bría alguien que aplicase á nuestra Iglesia las normas se-
guidas por los maestros de esta Escuela en el arte de
construir. Tal sospecha se desvanecería por completo,
tan pronto se comparase nuestra Basílica con cualquiera
de los monumentos típicos de dicho estilo. Basta para
convencerse, echar una ojeada á las cornisas; en la Cate-
dral compostelana son muy salientes; en las iglesias nor-
mandas, como advierte Viollet-le-Duc (1), son sumamen-
te sencillas y de muy poco vuelo.
Una serie hay, empero, de monumentos con los cua-
les la Iglesia compostelana guarda" gran analogía, y
son los de la región de Auvernia en el centro de Francia.
El abate I^ouillet (2) resumió con toda precisión y clari"
dad los caracteres que distinguen los edificios de esta
Escuela. «La planta generalmente adoptada es en for-
ma de cruz latina. La nave mayor cubierta con bóveda
de cañón está flanqueada por dos naves laterales que se
prolongan alrededor del ábside formando un deambula-
torio, sobre el cual se abren varias capillas á manera de
radios. Estas últimas, lo mismo que el ábside, están cu-
biertas con bóvedas de cascarcm, al paso que las naves
menores lo están con bóvedas de arista hechas do mani-
postería y sin nervaduras. Las bóvedas de las naves me-
nores están separadas por robustos cinclios ó ai'cos.
(1) Didiovnaire raisoniié de V Architeclure fmvcaise, tom. IV, jíÚ-
gina 330.
(2) Sainte-Foy de Conques, Sf. Serniu de Toulouse, St. Jac2ves de Com"
podtclle; París, 18^3,
5f) LIBBO SEGUNDO
» Sobre estas naves corre una galería, que por aber-
turas ordinariamente geminadas derrama sobre la nave
central la luz que entra por las ventanas exteriores. Una
bóveda de cuarto de cañón ó de cuarto de círculo cubre
esta galería, y al mismo tiempo refuerza el muro de la
nave alta. Es la primera solución, y la más sencilla del
problema que se presentaba para contrarrestar el empu-
je de la gran bóveda.
»Los pilares, ya monocilíndricos, ya cruciformes,
sostienen capiteles de una gran riqueza y de una admi-
rable variedad. Su ornamentación se inspira, ó en la libre
imitación de los capiteles antiguos, ó en la reproducción
de los entrelazos propios del arte oriental, ó en la repre-
sentación de escenas históricas, alegóricas y aún fabulo-
sas. La base de las columnas es la ática, más ó menos
modificada según el desarrollo dado á alguno de sus di-
versos elementos. Las enjutas de los zócalos están ador-
nadas de grapas.
» Al exterior los contrafuertes, ora de planta cuadra-
da, ora en forma de columnas empotradas, correspon-
den á los arcos cinchos; y las cornisas y entablamentos
descansan sobre modillones ó canecillos, en cuya orna-
mentación el escultor dio rienda suelta á su fantasía.
>Un campanario octógono de dos pisos se eleva por
fin sobre el crucero.»
Tal es la disposición que en lo substancial se ve com-
pletamente guardada en la estructura del Templo com-
postelano. Apesar de esto, nótanse en varios detalles ar-
quitectónicos tales discrepancias, que con dificultad se ex-
plican, á no admitir independencia de criterio y propia
inventiva en los respectivos maestros. Por de pronto, el
aparejo de los monumentos de Auvernia — cuyas igle-
LOS TRES PHIMEBO.^ SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
57
sias típicas son la de Nuestra Señora del Puerto en Cler-
mont, la de San Pablo de Issoire, la de Santa María de
Orcival, San Julián de Brioude, la Catedral de Puy-en-
Velay, etc... — es multicolor, es decir, está formado de
sillares de diversos colores, ordinariamente blanco y ne-
gro. Son también muy peculiares de este estilo los cane-
cillos tallados á manera de los ripios que levanta la gar-
lopa al labrar la madera. En la Catedral de Santiago,
entre los muchos que aún se conservan, son muy conta-
Mxiestra de los canecillos ó copeaus ó de ripios.
dos los de esta clase; y éstos sólo se ven en las cornisas
que rodean los ábsides (1). En Santiago la galería alta
rodea el coro, lo mismo que el resto de la iglesia; en
las iglesias auverniesas, la galería alta queda cortada
en el transe pto. En algunas de estas iglesias, en la de
San Pablo de Issoire, p. ej., cada bóveda de la nave
(l) Si estog canecillos derivaron, como quieren algunos, del arte de la
carpintería, entonces debierou labrarse en otras regiones más que en Auvar-
nia. Así es en efecto; y en las excavaciones practicadas, habrá cuatro ó cinco
años en el coro de nuestra Basílica, se halló un antiguo canecillo en todo
semejante al del grabado de esta página.
58
Lt^RO SEGUNDO
mayor corresponde á dos de las naves pequeñas; en
Santiago se corresponden exactamente las bóvedas de
las naves pequeñas con las de la nave grande. Las por-
tadas de las iglesias de Auvernia suelen escasear de es-
tatuas é imaginería; en e^to eran riquísimas las portadas
de la Iglesia de Santiago. Obras diferencias no menos
notables se observan en la disposición de los contrafuer-
tes y de otros miembros arquitectónicos (1).
Resulta, pues, que ni aún con las de Auvernia ofrece
nuestra iglesia tales señales de afinidad y parentesco,
que pueda reputársela como de la misma escuela y fami-
lia. Resta, ahora, que investiguemos y estudiemos las no-
tas que particularizan á nuestro monumento, y lo consti-
tuyen un ejemplar especialísimo en Arquitectura.
II
La planta
RiNCiPiAHEMOS nuestra descripción por
la planta, que casi se conserva intacta,
y tal cual la trazó el primer arquitecto á
quien se confió la dirección de la obra (2).
Como era consiguiente, se atuvo en su trazado á las nor-
(1) La ií^lesia de Nuestra Señora del Puerto sólo tiene cuatro capillas
absidales; la central de las de Issoire, es de planta cuadrangular.
(2) De pocas Catedrales puede decirse otro tanto; pues la mayor parte
LOS TBKS PRIMEROS SIGLOS I>E LA í. COMPOSTELANA 59
mas generales que entonces se hallaban en práctica res-
pecto de la forma de las Basílicas , y que se veían
escrupulosamente guardadas en ejemplares tan clási-
cos, como los del Vaticano, Letrán, San Pablo, y otros
de Roma. Según estos datos, el templo debía cons-
tar de tres partes bien marcadas; una nave bastante
prolóngala; el transepto ó crucero; y el presbiterio. Es-
tas eran las líneas generales de todo templo puramente
basílica 1, pero además, nuestro Arquitecto se permitió
trazar otros miembros (que iremos detallando), los cua-
les ya se salían de la icnografía ó programa basili-
cal; pero se hallaban admitidos, unos en unas iglesias,
otros en otras de diversas escuelas. Tales eran las bóve-
das, especialmente la de la nave mayor; la torre central
y la de los ángulos de la Basílica; la corona ó deambu-
latorio; las capillas absidales, que la Compostelana (í) lla-
ma criptas, etc..
Mas al delinear sus planos el Maestro de Composte-
la, además de los modelos arquitectónicos, tuvo á la
vista, por lo que dice el que describió nuestra Iglesia en
el Códice de Calixto II (2), otro modelo viviente, la for-
sufrieron tales reformas y adiciones, que en muchos casos es muy difícil fi-
jar con certeza cual haya sido su plano primitivo.
Aquí, en nuestra T^ílesia, el trazado tenía que pairar sobre el primitivo
mausoleo del Apóstol, que todo entero quedó incluido dentro del ábside
principal.
(1) Lib. I, cap. XV, núm. 5.
(2) Ecclesia vero. .. habet.... lauream unam, unum corpus et dúo meni-
bra. (Cap. IX, §. 2, De ecclesiae moisnra). — La laurea es el presbiterio; el
cuer}X) la nave más larga; y los dos miembros, los dos brazos del crucero. En
este mismo capítulo se miden las dimensiones de la Ip^lesia por la estatura
del hombre; de lar^^o, 53 hombres; de ancho, 39; y de alto, 14. El Códice de
Calixto parte del supuesto, que la estatura del hombre es de ocho cuartuí?.
m
LIBRO SEGUNDO
METROS
4
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANÁ 61
ma humana, tipo de toda belleza corpórea. Quiso que la
gran nave representase el cuerpo; los lados del crucero
los brazos; el ábside la cabeza, que inclinó algún tanto
hacia la derecha para recordar aquel pasaje de San
Juan: Et inclínato capite, tradidit spirltum, y para que asi
apareciese más viva la imagen de la cruz. De aquí, que
resultase una planta esbelta, gallarda y de una perfecta
euritmia; cuya belleza resalta más cuando se le compa-
ra con otras, p. ej., con cualquiera de las treinta plan-
tas de Catedrales que trae VioUet-le-Duc en el tomo II
de su Diccionario de Arquitectura ó con las que publica
Mr. Cloquet en su apreciable obra Les grandes Cathedra-
les du monde catholique (1),
Y esto es tanto más de notar, cuanto que el Arqui-
tecto compostelano tenía que contar con un pie forzado,
cual era el de dejar convenientemente incluido dentro
de la planta el antiguo mausoleo del Apóstol. Y en efec-
to, lo que Aymerico llama laurea, ó sea el presbiterio,
rodea por todas partes el mausoleo: por los lados tocan-
do casi con sus muros; y por delante y por detrás dejan-
do un espacio, próximamente igual, de unos cuatro ó cin-
co metros. El pavimento del presbiterio ó capilla mayor
que cubría el mausoleo, se elevó unas seis gradas sobre
el resto de la capilla mayor, la cual, á su vez, igualmen-
te que el deambulatorio que la rodeaba, estaba elevada
(1) La planta de las Catedrales ojivales, especialmente francesas, resul-
ta deforme á causa de las exaí^eradas proporciones dadas al coro. Este
se parece á una cabeza enorme puesta en hombros de un pigmeo. Para con-
vencerse de esto basta comparar la primitiva traza de la Catíídral de Tur-
nay, que es muy semejante á la de la nuestra, con la modificada en el si-
glo Xill. (Véase eu Ub gniudoí Cathcdralca, por Cloquet, págs. 98 y U'J).
G2 tIBRO SEGUNDO
unas dos gradas sobre el pavimento del cuerpo y miem-
bros de la iglesia (1).
Podría suscitarse la duda de si el Arquitecto al tra-
zar los planos de la Basílica, tendría presente la cons-
trucción de las bóvedas. Respecto de las bóvedas de las
naves menores no hallará lugar á duda el que observe
atentamente la planta de los machones y la disposición
de los arcos formeros y de los contrafuertes exteriores.
Por lo que toca á las bóvedas de las naves altas, para
convencerse de que también estas bóvedas entraban en
la composición ideada por el Maestro, bastará fijarse en
la estructura y disposición de las bóvedas que cubren la
galería, las cuales, claramente están dirigidas á contra-
rrestar el empuje de la bóveda grande. Si las naves ma-
yores en la mente del Arquiteoto hubiesen de estar sólo
cubiertas con artesonado, sería inútil y aún peligroso to-
do aquel aparato de arcos y bóvedas que cubren las na-
ves menores, pues no hallaba suficiente compensación
en la nave mayor.
Las dimensiones de la Iglesia, sin contar el espesor de
las paredes, son las siguientes: en largo, desde el fondo
del Pórtico de la Gloria hasta el muro en que se apoya
el altar del Salvador, 97 metros; y desde la puerta del
N. hasta la del S., 65 metros. El ancho de las tres naves,
tanto en el trascoro, como en el crucero, es de 19°'64;
pero no es el mismo el ancho de las naves laterales. En
(1 ) El pavimento del deambulatorio ó corona debió rebajarse y ponerse
al nivel de el de la Iglesia en el siglo XVI.
El nivel del pavimento que cubría el mausoleo se rebajó también unas
dos gradas en la segunda mitad del siglo XVII, al tiempo en que se hizo el
actual retablo ó baldaquino.
LOS TRES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTE LAÍÍÁ 63
el trascoro, la nave del Evangelio tiene 4°"75; la de la
Epístola, 4'94. En el crucero, la nave del Este 5'4;la del
Oeste 4'95. En el trascoro la nave mayor tiene 9"'74; en
el crucero 9'65. El ancho de cada entrepaño de pared, y
por consiguiente, de cada intercolumnio y de cada bóve-
da es, por término medio, de 4"'50 (1).
La elevación hasta la parte más alta de la bóveda,
alcanza hasta unos 22 metros.
Viollet-le-Duc (2) pondera como dignas de todo enco-
mio las proporciones de la iglesia de San Saturnino de
Tolosa, las cuales con poca diferencia vienen á ser las
mismas que las de la Basílica compostelana. De los pro-
fundos estudios que el célebre Arqueólogo hizo sobre di-
cha iglesia, dedujo que el arquitecto al trazar los planos
tomó como módulo una medida de unos 81 centímetros
de largo, y que señaló 10 módulos para la nave mayor; 2
para los pilares que la separan de la primera nave late-
ral; 4 para esta misma nave; otros 2 para los pilares que
dividen las dos naves laterales; otros 4 para la segunda
nave lateral; 2 para el muro de la iglesia; y 1 para los
contrafuertes que la rodean.
El módulo de la de Santiago es de 91 centímetros, y
su distribución es próximamente la siguiente: 10 para
la nave central; 2 para los machones medidos por el zó-
calo; o para la nave lateral; 2 para el muro de la Igle-
sia; y otros 2 para los contrafuertes.
(1) Decimos, por iérmino iuedio, ponqué los entrepaños comprendidos
entre cada intercolumnio, no son todos exactamente iguales.
(2) V'idion. (V Archa., tom. VII, pág. 531».
ü-4
LIBRO SEGUNDO
III
El crucero ó transepto
NA de las singularidades de nuestra
/ Iglesia, está reconocido que es el des-
^^^^¡^^ arrollo del crucero, que próximamente
< tiene casi la misma extensión que el
cuerpo de la Basílica (1). Entre las iglesias notables de
Europa, sólo hay cinco que ofrezcan esta particularidad;
la de Santa Fe de Conques, la de San Saturnino de Tolo-
sa, la Catedral de Pisa, la de Salisbury, y la de San Pe-
(1) Creemos que aplicando el misino juicio al Pórtico de la Grloria y á
la Galería, nadie tendrá diñcultad en subscribir lo que acerca del transepto
sentó el Sr. Villa- Amil (Descripción de la Catedral de Santiago, pág. 76), á
saber: «Es sin disputa la parte más curiosa y notable de toda la Basílica
compostelana y puede asegurarse que no tiene rival en el mundo por su ex-
traordinaria extensión, uniformidad y majestuosa desnudez.»
En nuestra Basílica hubo necesidad desde un principio de dar tanta
extensión al crucero, para ofrecer espacio y comodidad á las turbas de pere-
grinos que incesantemente llegaban; toda vez que el cuerpo de la iglesia
ya cutouces estaba ocupado por el coro,
LOS TRES PBIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 65
tronío de Bolonia (1). La planta de la Catedral de Pisa,
comenzada en el año 1003, prescindiendo del detalle del
crucero, es muy diversa de la de Santiago, pues carece
de deambulatorio y capillas absidales. Queda, pues, limi-
tada la comparación, no sólo por razón de la época, sino
también por el conjunto de todos los accidentes arqui-
tectónicos, á las iglesias de San Saturnino de Tolosa y
Santa Fe de Conques.
Acerca de la fecha y estilo de la célebre iglesia de
San Saturnino, hizo un minucioso estudio el eminente
arqueólogo Mr. Anthyme Saint-Paul, que leyó en el
Congreso de Sociedades Científicas de Francia, celebra-
do en Tolosa el año de 1899. Sus conclusiones fueron;
que los caracteres arquitectónicos del coro no ofrecían
inconveniente alguno para que pudiera considerársele
el mismo que consagró Urbano II en el año 1096 (2); que
sólo la parte alta pudo ser reconstruida en la primera
mitad del siglo XII; que es probable que en 1096 tenía
ya á su cargo Raymundo Gayrard la dirección de las
obras que conservó hasta su muerte en 1118, dejando
terminados los muros exteriores de la iglesia hasta la
altura de las primeras cornisas; que si los brazos del cru-
cero no estaban concluidos del todo al tiempo de la
muerte de Raymundo, lo. fueron inmediatamente des-
pués; que seguidamente entre los años 1135 y 1140 se
(1) Adviértase, sin embargo, que la Catedral de Salisbury es de media-
dos del siglo XIII, y la iglesia de San Petronio es de fines del siglo XIV;
pero no llegó á terminarse según los planos de Antonio Vincenzi!
(2) El mismo Mr. Anthyme Saint-Paul en el tomo I, pág. 75, de su
Álbum des monuments du Midi de la France, dice que lo que en el ano
1096 pudo ofrecerse á Urbano II para la consagración, sería la cripta y el
coro á medio hacer.
Tomo III.-5.
(^Q LIBBO SEGUNDO
emprendía la construcción de la parte alta de la nave
mayor, entrepaño por entrepaño, y al mismo tiempo la
parte alta del coro ó ábside (1); que la obra de la nave
mayor se continuó después muy lentamente (traína assez
2?éniblement) ; que entretanto se proseguía la obra, se pro-
longó la iglesia y se deshizo la fachada que estaba
comenzada, para hacer otra nueva, que al fin quedó sin
concluir; que existe en el Mediodía una familia de igle-
sias románicas, cuyo grupo íntimo lo constituyen Santa
Fe de Conques, San Saturnino de Tolosa y la célebre
Catedral de Santiago de Compostela; que la primera es
el origen del tipo y las otras dos son su completo des-
arrollo; y que, por último, la Catedral española se inspi-
ró directamente en la Basílica tolosana, y que si no son
ambas obra de un mismo arquitecto, lo son de dos, de
los cuales el primero, el de Francia, tuvo al segundo por
imitador y discípulo. El Presidente Mr. de Lahonde de-
claró, que á su juicio Mr. Anthyme Saint-Paul, había es-
tablecido definitivamente las fechas de la construcción
de la iglesia de San Saturnino (2).
Dejando á un lado la cuestión de la antigüedad de
la iglesia de Conques, pues al íin sólo se trata del origen
del tipo, y esta prelación pueden disputarla otras igle-
sias, p. ej., las de Auvernia (3), nos concretaremos á la
de Tolosa, la cual, según Mr. Anthyme Saint-Paul, con
(1) Viollet-le-Duc, que conocía perfectamente esta iglesia (véase la nota
de la pág. 541, en el tomo VII del Dict. de Árchif.), también la coloca en el
siglo XII. — (Véase pág. 67, la vista del crucero compostelano tomada des-
de el ángulo S. O.)
(2) Revue de V Art chrétien, cuaderno de Mayo de 1899, pág. 248.
(3) El ilustre Abate Bouillet cree que la iglesia de Conques estaba
terminada al entrar el último tercio del siglo XI; Viollet-le-Duc (Vidion-
mire,,,, tom, V, pág. 171, nota 6), la juzga del siglo XII,
LOS TRES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. C0MP0STELA2TA 67
Fotografía de J. Ltiiiia Folograbndo de Lo/n rta.
Vista del crucero de la Basílica compostelana, tomada desde el Ángulo Sudoeste*
68 LIBRO SEGUNDO
la de Santiago fué la que desenvolvió hasta su último
complemento el germen contenido en la iglesia de Santa
Fe. Por de pronto, salta á la vista, que si en el curso de
la construcción de la iglesia tolosana se dio más exten-
sión á las naves, ya se alteró el plano primitivo; y por
consiguiente, por el estado en que hoy se conserva, no
podemos formarnos idea cabal de cómo en un principio
fué proyectada.
En vista de esto, habrá que decir que la tarea de des-
arrollar el tipo de Conques, quedó á cargo del arquitecto
compostelano que se adelantó bastantes años al de Tolo-
sa. Veámoslo sino. Mr. Anthyme Saint-Paul, dice que la
nave mayor de San Saturnino se fué construyendo muy
poco á poco desde el año 1135, y que posteriormente aún
se ensanchó la iglesia. En Santiago tenemos, que por lo
menos en el año 1128 ya la Catedral estaba casi por codi-
pleto terminada (1), y que por lo tanto podía ponerse
mano ya á la obra del claustro. No es esto sólo. En el
año 1080, según Mr. Anthyme Saint-Paul, comenzó la fá-
brica de la iglesia de Tolosa; la obra de la de Santiago
se comenzó, no en el año 1082 como por dos veces repite
(1) «Quadraginta et sex anni ab inchoatione novae Ecclesiae Bti. Ja-
cob! transacti erant, et major ipsius Ecclesiae pars per Dei gratiam jam
erat completa.» (Hist. Compostelana,Yih. III, cap. I). — Y hemos dicho por lo
menos en el año 1128, porque, aunque la Composfelana coloca esta narración
entre los sucesos de dicho año 1128, indudablemente debe referirse á tiem-
po anterior, al año 1 124, en que por el cómputo mismo de la Compostelana
se cumplían 4G años desde que se había comenzado la obra. En realidad, en
el año 1 117 ya debía estar la Catedral toda cubierta de bóvedas, porque el
horroroso incendio con que los rebeldes compostelanos pretendieron en di-
cho año envolver la Iglesia y aún la torre de las campanas, no se sabe que
en el interior haya causado grandes deterioros; lo cual no sucedería si las
naves estuviesen cubiertas de artesonado.
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA
69
FIórez en las notas á las pag.^ 1^^ y 473 de la Composte-
lana, sino en el año 1078 como se ve grabado en una de
las jambas de la portada del Mediodía, y como trae la
misma Compostelana al fin del cap. LXXVIII del li-
bro I (1). Es indudable, por tanto, que, ó el discípulo se
adelantó al maestro, ó que se trocaron los papeles (2).
Consecuencia de todo esto es, que no en vano se pon-
dera como una especialidad de nuestra Iglesia, la lon-
gitud relativa de su crucero.
IV
Las bóvedas
IGNA es igualmente de atención y enco-
mio la técnica con que están fabricadas
las bóvedas de nuestra Basílica. En las
iglesias lombardas, normandas, alemanas y varias de
(1) En este año de 1078 se construyó la portada del Mediodía; las
capillas absidales se habían comenzado á edificar antes. (Véase el cap. II, pá-
gina 46 y siguientes).
(2) Después de todo, nada tiene de extraño que así sucediese, porque
la gran Basílica elevada sobre el sepulcro de San Martín de Tours, se hizo á
semejanza de la de Santiago. Ad similitudinem scilicet ecclesiae BU, Jacobi
70
LIBEO SEGUNDO
Francia construidas en su tiempo, á cada entrepaño de
la bóveda que cubre la nave mayor, corresponden dos
entrepaños de las bóvedas de las naves menores. El mis-
mo VioUet-le-Duc (1), notó los inconvenientes de esta
disposición; y advierte que desde el año 1220 los arqui-
tectos, en lugar de la planta cuadrada, adoptaron la
rectangular para las bóvedas de la nave mayor. Esta
Ejemplar de bóveda cupuliforme.
(Véase pág. 71).
disposición se ve ya puesta en práctica desde fines del
siglo XI en el Templo de Santiago; y con ella también
se evitó el que los pilares que sostienen los arcos y las
bóvedas fuesen, como en otras muchas iglesias, desigua-
les alternativamente en volumen, lo cual siempre perju-
dicaba á la euritmia y á la armenia que debe reinar en-
tre todas las partes del Templo.
Del mismo modo se ve feliz y sagazmente resuelta
miro opere fahricatur. (Lib. IV (es el V) del Códice de Calixto II, publica-
do en París, 1882, por el P. Fita, con la colaboración de Mr. Vinson, pá-
gina 33).
(1) Dictionnaire.,., tom. IV, pág. 173).
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
71
la dificultad que ofrecía la construcción de las bóvedas
de arista sobre planta cuadrada, como lo son las de las
naves menores de nuestra Iglesia. En estas bóvedas, los
arcos trazados por las aristas diagonales C y D, como de
mayor diámetro, tienen que elevarse más que los arcos de
los lados A, B, que son de menor radio, y por con-
Muestra de las bóvedas de arista en la Iglesia compostelana.
siguiente, de menor altura. Tales bóvedas ofrecían la
ventaja, como nota Viollet-le-Duc, de exigir menos es-
mero y precaución, pero resultaban más bien cúpulas que
bóvedas; y su aspecto, según advierte Carlos Blanc (1),
era poco agradable, como que cortaba con su forma de
embudo la aparente continuidad de las masas y de las
líneas (2). Esta dificultad la obvió el Arquitecto compos-
(1) Grammaeire des Arts du Dessin; 2.^ ed.; pág. 290.
(2) Tal disposición se nota aún en las bóvedas que cubren las naves de
la famosa iglesia de San Ambrosio de Milán; las cuales, como demostró Cat-
taneo (L^ Archüettura in Italia dal seculo VI al mille circa; Venecia, 188í);
pág. 209) impugnando á Dartein, no son del siglo IX, sino del XI ó de priu-
72 LIBKO SEGUNDO
telano haciendo peraltados los arcos B, C, D y E, de
modo que su clave quedase al mismo nivel que la de los
arcos ó aristas diagonales (1).
Julio Qaiclierat expuso admirablemente en sus tan
recomendables Melanges cV Archéologie los esfuerzos, las
tentativas, los ensayos, que durante todo el siglo XI
hicieron los arquitectos para cubrir con bóvedas exten-
sas áreas, como las de las naves mayores de las iglesias
catedrales y monasteriales. Aún en muchos casos pare-
ce se consideraron impotentes para llevar á cabo esta
empresa; asi es que en muchos templos levantados entre
el siglo XI y XII y todavía después, y entre ellos algu-
nos notabilísimos, tales como las Catedrales de Turnay,
Peterborough, y las que cita Lubke en su Historia del
Arte (2), la nave mayor se cubrió con artesonado. De
aquí que, no sin sorpresa, pueda contemplarse aquella
inmensa techumbre semicilíndrica, formada de cal y can-
to, interrumpida á trechos por los arcos cinchos, con tan-
ta firmeza asentada á veinte metros de altura sobre ro-
bustos machones escalonados convenientemente, y que
detiene la vista con la severidad y majestad de sus
líneas. Y obra tan grandiosa, trazada ya indudablemen-
te desde que se hicieron los primeros planos, se llevó á
cipios del siguiente. Lo propio se observa en la bóveda de la nave de
Vézelay de principios del siglo XII (Viollet-le-Duc, Dict. d' Archit., to-
mo IX, pág. 486).
En otras iglesias, p. ej., en la parte antigua de la Catedral de Lugo,
y en algunas del Mediodía de Francia, se adoptó otro sistema; el de cubrir
con bóvedas demedio cañón, tanto la nave ma5'or, como las laterales.
(1) El Maestro Mateo, en el Pórtico de la Gloria, en lugar de arcos
peraltados, empleó para este objeto arcos apuntados ú ojivales.
(2) Versión francesa^ lib. I, págs. 341-344.
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
78
cabo antes que terminase el primer cuarto del siglo XII.
Las bóvedas de la corona ó deambulatorio, en la
parte curva carecen de arcos cinchos; sin duda, para
evitar que el demasiado peso de los sillares aparejados
en dovelas perjudicase la estabilidad de los pilares que
por allí cierran el ábside; los cuales son monocilindricos
y mucho menos sólidos.
V
Pilares. — Columnas anilladas. — ^Bases.
os pilares, sobre cuya forma tanto ti-
tubearon, según VioUet-le-Duc (1),
los arquitectos en el siglo XI y aún en el XII, aparecen
en nuestra Iglesia como un miembro que ha adquirido
su completo y definitivo desarrollo. Todos se ven flan-
queados por cuatro columnas, siendo así que en un prin-
cipio sólo tenían dos ó tres (2), como aún se nota en al-
gunos de San Saturnino de Tolosa. Todos son entre sí
(1) Diction. raison. de Archit., tom. VII, págs. 152 y 156.
(2) Véase Courajod, Leqons professées a V école clu Louvre; París,
1899; tom. I, pág. 467.
LlBBO SEGUNDÓ
uniformes, y su distribución es perfectamente simétrica.
Los unos son de planta cuadrada, y en cada lado tienen
empotrada, como de ordinario, hasta el tercio una co-
lumna; los otros en forma de cuadrifolios, y en cada una
de las caras, en la misma disposición que en los cuadra-
dos, tienen empotrada una columna. De las columnas
empotradas, la una sostiene el arco cincho de la bóveda
principal; la opuesta, el arco cincho correspondiente de
la nave menor; y las otras dos, los arcos formeros que se-
paran las naves. Los zócalos en que descansan los pri-
meros, son cuadrados (1); los de los otros, son circulares,
alternando rigurosamente los unos con los otros.
No se nota más excepción, que la que ofrecen los cua-
tro grandes machones que sostienen los cuatro arcos
torales sobre que descansa la cúpula. La planta ó sec-
ción de éstos, es una cruz griega, en cuyos cuatro ángu-
los se ven empotrados segmentos de columnas que suben
hasta la imposta. La cruz está flanqueada en sus cuatro
extremos por robustas columnas empotradas hasta el
tercio ó poco más. El zócalo describe el mismo perfil que
los pilares que sostiene (2).
Las columnas empotradas en la parte que mira á la
nave principal, son todas anilladas, á excepción de las
de los machones grandes. Fácilmente se adivina el mo-
tivo que tuvo el Arquitecto para cortarlas de trecho en
trecho, por medio de los anillos. Estas columnas suben
desde el suelo hasta la bóveda principal, y corriendo de
un tirón hasta esta altura, aparecerían demasiado del-
gadas y sutiles. Para evitar esto, hizo correr las impos-
(1) Tienen de lado l"i82. Este es también el diámetro de los circulares.
(2) Véase el grabado de la página siguiente.
LOS TEES PBIMEEOS SiClLOS DE tA t. COMPOSTKLAIÍA
75
tas (ó bandeaux, como dicen los franceses) rodeando las
columnas, de manera que éstas apareciesen divididas en
tres secciones (1). Por tal vía se consiguió también que
no quedasen interrumpidas las lineas horizontales que
rodean las grandes naves y les dan majestad y grandeza.
Reusens (2), siguiendo á Viollet-le-Duc, dice que las
Planta de los grandes machones que sostienen los arcos torales (3|.
columnas anilladas no se usaron hasta el período de
transición entre el estilo románico-bizantino y el ojival.
En Santiago ya las vemos usadas con gran acierto y
discreción desde fines del siglo XI (4).
(1) En épocas recientes se picaron algunos de estos anillos; pero
quedaron las hiladas en que estaban tallados; las cuales como de granito
más blanco y más fino, dan testimonio de la existencia de aquellas anti"
guas molduras.
(2) Eléments d' Archéologie chretienne; 2.* ed.; tom. I, pág. 380.
(3) Sus dimensiones, de extremo á extremo, son unos tres metros.
(4) Se ven, sin embargo, en la nave de Vézelay reedificada hacia el
ftño 1120. (Véase Viollet-le-Duc, Dict. de Archit., tom. VII, pág. 264).
76
LIBBO SEGUNDO
i
Las bases de las columnas, todas son áticas; es decir,
que constan de dos toros, uno mayor y otro menor, una
escocia y dos filetes. En algunas, el toro menor está
reemplazado por un cable. El plinto de las bases en los
Bases de las columnas adosadas á los pilares cuadrados.
pilares cuadrados y cruciformes, es cuadrado; en los pi-
lares redondos, redondo. En todas las enjutas de los plin-
tos cuadrados, se ven esculpidas grapas en forma de bo-
las ó pomas.
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 77
VI
Capiteles
UY dignos de atención y estudio son tam-
bién los capiteles que coronan las colum-
nas de nuestra Basílica; tanto más cuanto
que rarísima será la Iglesia de la época que ofrezca una
colección (muy cerca de mil contando con los de las ven-
tanas y los de las capillas absidales), tan variada y com-
pleta y trabajada con tanto primor y esmero. De ello
es prueba, el que como ya hemos advertido, los del inte-
rior de la Iglesia están casi todos tallados en granito
escogido y de una apariencia casi marmórea. En la talla
de algunos se empleó el trépano para calar las molduras
y darles más movimiento y ligereza. Hay algunos en que
las figuras en ellos esculpidas tienen los ojos de azabache.
En otros el follaje está tallado con tal delicadeza, que
parece como un encaje aplicado sobre el tambor. De
estos nuestros capiteles del siglo XI podemos decir, pues,
lo que Viollet-le-Duc (1) ponderaba de los de Francia en
el siglo XII. «Ninguna época de nuestra Arquitectura
presenta tan gran número de capiteles variados como el
siglo XII; ni en ninguna fué ejecutada con tanto amor la
(l) Didionnaire raisonné de V Architeciure franr/iise, torn. II, pá-
gina 498.
78 LIBBO SEGUNDO
escultura de este miembro tan importante de la colum-
na. > En Francia fué en el siglo XII cuando, según el cé-
lebre arqueólogo que acabamos de citar (1), la talla de
los capiteles alcanzó singular perfección. tUna vez admi-
tido, dice VioUet-le-Duc, que los capiteles de un mismo
templo conservando todos un corte uniforme habían de
ser variados, se presentaba á los escultores una excelente
ocasión para trabajar á competencia, y demostrar su ta-
lento en la composición, su habilidad en la ejecución, y
su paciencia y esmero. Eran los capiteles en el interior
de los templos como numerosas páginas que había que
cubrir para cautivar la atención é instruir al pueblo. »
Mas esto que según Viollet-le-Duc sólo tuvo lugar en
Francia en el siglo XII, aquí en nuestra Iglesia ya lo
vemos llevado á cabo en el siglo XI.
Las líneas generales de los capiteles de otros monu-
mentos de esta época, p. ej., los de la iglesia de Vézelay
de fines del siglo XI y los del claustro de Moissac del si-
glo XII, resultan más duras y rudimentarias. En los de
Moissac el perfil general dá, según Mr. Rupín (2), una
pirámide truncada é invertida; en los de Vézelay un
cono truncado invertido, penetrado en su parte superior
por un cubo (3). El perfil de nuestros capiteles es de un
tambor cilindrico que desde la base se va ensanchando
por igual con el follaje, hasta tocar en el abaco ó en la
imposta, bajo cuyos cuatro ángulos las molduras se ex-
tienden y encorvan para delinear la antigua voluta clá-
sica. Sin embargo, los de las capillas absidales, que
(1) Dictioñ. raison. de V Archit. frang., tom. II, págs. 488-190.
(2) Jy' Abbaye et les cloitres de Moissac.
(8) Véase Viollet-le-Duc, Diction., tom. II, págs. 488 y.491.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA . 79
como luego advertiremos, son los más antiguos, afectan
o
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O
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la forma de los de Vézelay ó la de los do Moissac.
80 LIBBO SEGUNDO
En la distribución de los capiteles de nuestra Basílica,
se ve seguida la norma que Viollet-le-Duc (1) advirtió en
los capiteles de San Saturnino de Tolosa y de otras igle-
sias del Mediodía de Francia; según la cual norma en
las portadas se ponían capiteles historiados, simbólicos,
íantásticos ó grotescos; y en el interior, con raras excep-
ciones, sólo capiteles de follaje. De formas fantásticas ó
Capitel del lado izquierdo á la entrada de la capilla del Rej- de Francia.
grotescas hay varios en la portada de las Platerías; en la
misma se ven también algunos historiados, como el que
representa á Adán y Eva. En el interior, prescindiendo
de los de las capillas absidales^ casi todos son de follaje
y afectan la antigua forma corintia. Hay algunos que
tienen esculpidos leones, cuya saliente cabeza, en los
ángulos, hace el papel de la voluta en el capitel clásico.
Cuatro tipos deben distinguirse en nuestros capite-
(1) Diction. raisson...j tom. II, pág. 499.
LOS TRES PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
81
les, que sin duda corresponden á los diversos períodos
por qué pasó la construcción de la obra. Unos afectan
el perfil piramidal ó cónico; casi todos son historiados; y
su imposta (ó taiUoir, como dicen los franceses, ó jpulviyio,
según los italianos), está cubierta de molduras. Son los
más antiguos (año 1074 ó 1075) y se ven á la entrada
de las capillas absidales (1). Otros aparecen como rudas,
sumarias y tímidas tentativas para imitar los antiguos
capiteles clásicos. Son los que coronan las columnas de
la galería que rodea el ábside principal, tanto en el inte-
rior como en el exterior (2). Siguen en antigüedad á los
que acabamos de citar (año 1076 y 1077). Otros, talla-
dos con mayor delicadeza y perfección, tratan de repro-
ducir las formas elegantes de aquellos capiteles bizanti-
nos que presentan la apariencia de canastillos de
juncos ó mimbres con flores y hojas (3). Hállanse éstos
principalmente en la portada de las Platerías (año 1078).
En otros, por fin, — y son los de las naves y sus corres-
pondientes galerías — el escultor demuestra mayor do-
minio del arte; sabe que puede imitar perfectamente el
antiguo capitel corintio; pero se enoja de repetir siem-
pre un mismo tema, y aspira á ensayar hasta qué
punto se puede dar primor, variedad y armonía á aquel
miembro soberano de la Arquitectura, sin salir del for-
zado perfil clásico (4).
(1) Véase el grabado de la página anterior.
(2) Algunos de estos capiteles fueron tomados, sin duda, de la obra
antigua. Y en efecto, algunos carecen do astrágalo.
(3) Cattaneo, L' Archítetíura in Italia; Venecia, 1889, pág. 208.
(4) Algunos hay, sin embargo, en (jne el follaje está sólo bos^^uejado.
Tal vez se pensaría en rematarlos después de colocados en su sitioi
Tomo ni. -6.
82
LIBBO SEGUNDO
Vil
í
Canecillos. — Billetes
Ás de quinientos canecillos — y casi to-
dos variados — sostenían la cornisa ó el
alero del tejado de la iglesia. Todo
cuanto de fantástico y de grotesco puede inventar la
imaginación más fecunda, se halla esculpido en estos
modillones. No arredraban á los escultores las formas
más extrañas y bizarras, ni las posturas más inverosí-
miles; pues su cincel sabía imprimir tal naturalidad, tal
brío, tal espontaneidad á aquellas estrambóticas figuras,
que su interminable serie se diría una In.rga comparsa
de duendes ejercitándose en difíciles juegos de gim-
nasia (1).
Acerca de los canecillos, debemos hacer la misma
advertencia que acerca de los capiteles; á saber, que en-
tre ellos también se nota diferencia de estilo y de tiem-
po. Como era de suponer, los más antiguos son los que
sostienen el alero de los ábsides; los más modernos, sos-
tienen el alero del cuerpo de la iglesia. Estos son los
más complicados y en los que el escultor extremó sa 1 la-
bilidad é inventiva. Los primeros son más sencillos, y
en su mayoría consisten en una larga y estrecha hoja de
acanto, apenas bosquejada, pero muy saliente y plegada
sobre sí misma en su extremo para figurar una voluta.
Algunos hay entre éstos como los de AuvGinia.
1 ) Véase el fotograbado de la página siguiente.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 83
Entre todos los canecillos, debemos llamar la aten-
Ful ,»]><' fin de J. Lii.in.
Fut'ii/r ii d lie ¡,!¡i vtn.
Si'iio lie canecillos t-n d ludo Norte de la liasilica.
ción sobre los que sostenían la imposta ó cornisa, que á
84
LIBRO SEGUNDO
iBcanera del entablamento clásico, dividía en dos cuer-
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pos, en el sentido de la altura, las fachadas de la iglesia.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 85
Aquí, entre canecillo y canecillo, había tallado sobre el
muro un gran florón, que recordaba las metopas dóricas,
viniendo de este modo los canecillos á representar los
triglifos. En la cara inferior de la cornisa, y en corres-
pondencia con los del muro, estaban también esculpidos
otros hermosos florones del mejor gusto y ejecución. To-
dos estos florones son variados y de relieve, no tallados
en hueco como los de Nuestra Señora del Puerto, en
Clermont, que cita VioUet-le-Duc (1).
Dase el nombre de billetes á ciertas molduras talladas
en las impostas y en las archivoltas de las puertas y
ventanas, que consisten en una serie de pequeños cilin-
dros equidistantemente espaciados. Es una de las mol-
duras más í renuentemente empleadas durante los si-
glos XI y XII. Eq Auvernia y aún en San Saturnino de
Tolosa, suelen ser tres las series de billetes, combinadas
de modo que los cilindros de una correspondan con los
espacios de otra. Eq la Catedral de Santiago también
se emplearon los billetes: pero casi siempre formando
una sola serie (2). Los billetes tallados en la imposta ó
faja que rodea los muros de la iglesia por la parte de
adentro, son de una forma espeoial; son como cilindros
huecos cortados e:i el sentido de la altura hasta el tercio,
que alternan rigurosamente, presentando, el uno, la
parte convexa, y el otro, la parte cóncava.
(1) Dictlon. de Archit., tom. IV, pág. 322.
(2) Exteriormente, en la parte alta, S3 ven algunas archivoltas con
tres series de billetes.
En las impostas de los capiteles, apenas se encuentran. Debe citarse
como nota especialísimamente característica de la Arquitectura compostela-
na, la poca altura de las impostas con relación á la que tenían las que sq
usaban en casi todos los demás países.
RG
LIBRO SEGUNDO
VIII
Galería
siMiSMO cuéntase como una de las co-
a^ sas especiales que enaltecen á nuestra
Basílica, la espaciosa galería que la
recorre en toda su extensión, desde el pórtico
occidental hasta el extremo del ábside (1). De
esta galería decía Aymerico — ó quien quiera que sea
el autor del libro V del Códice de Calixto II — que todo
el que á ella subiere, aunque estuviera triste, con sólo
contemplar desde allí la belleza del Templo se pondría
alegre (2).
Por este tiempo, es decir, á fines del siglo XI, las ga-
lerías, aiin en las iglesias más principales, incluso la de
San Saturnino de Tolgsa, quedaban cortadas en el
transepto; en nuestra Basílica, la galería conservando
siempre el mismo ancho, sigue después del transepto y
rodea por completo el presbiterio. Está cubierta por una
(1) Advierte VioUet-le-Diic (Didionnalre raissom é d^ Architedure,
tora. lI,pAg. 288), que las galerías superiores del mismo ancho que las na-
ves sobre que descansan, son raras en Francia dnrants el primer período
del estilo ojival. — Merece consignarse que en donde por primera vez apa-
rece la voz galería, es en ol Concilio Compostelano del año lOGO, según el
ejemplar del Escorial.
(2) Qui enim sursum per naves palatii uadit, si tristis ascendit, uisa
obtima pulcritudine eiusdem tcmpli, letus et gauisus efficitur. (De ecde^
§iae mensura).
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
87
bóveda de cuarto de círculo; y de treclio en trecho apa-
rece sostenida en correspondencia con los arcos cinchos
de la nave mayor, por arcos de medio punto abiertos en
los muros que sirven de contrafaertes. Es de advertir,
que la bóveda arranca de sobre las ventanas, ó sea á
unos cinco metros sobre el pavimento de la galería.
Hállase (ó más bien hallábase) (1) iluminada la ga-
lería por numerosas ventanas abiertas, una en cada en-
trepaño de la pared. Las ventanas son altas y anchas
(3°^20x 1^ de luz).
En la parte de galería que rodea el ábside principal,
la bóveda arranca desde el nivel del suelo, y con su otro
extremo se enlaza con la bóveda mayor para contrarres-
tar su empuje. Aquí la bóveda toda es seguida, y no es-
tá dividida en entrepaños como en las naves; sólo al
empezar á rodear de uno y otro lado el ábside, se vé re-
forzada por dos arcos de cuarto de círculo, que al tocar
en la bóveda central descansan, los dos primeros sobre
columnas y los otros dos sobre pilastras (2).
Desde la galería se dá vista á las naves por medio
de arcos ajimezados sostenidos por columnas empotra-
das en las pilastras y en el punto de conjunción de los
dos arcos por columnas pareadas. Las columnas descan-
san sobre un poyo ó basamento de unos 40 centímetros
de alto, que servía como de valla para contener á los
curiosos que quisiesen acercarse demasiado á la orilla.
En las pilastras qué sostienen los arcos de la galería
que rodea la parte semicircular del ábside, las columnas
que en otras pilastras aparecen empotradas, están como
(1) Casi todas han sido cegadas por las obras que sucesivamente se fue-
agregando.
(2) Véanse los fotograbados de las páginas 88 y 89,
88
LIBEO SEGUNDO
Fotoym/ia de J. Limta. Fotograbado de Laporta.
Lft GaleriR, en la parte que íodea el ábside principal,
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. CÓMÍOSTELANA
89
Fotografía de J. Liiuia. Fotograbado de Laporta,
La Galería, en la parte que rodea el ábside principal.
90
LIBRO SEGUNDO
desprendidas y forman grupos de cinco ó más colmnnas.
En esta parte de la galería, en época muy posterior, qui-
zás en el siglo XVII, en los intercolumnios se picó el po-
yo de que acabamos de hacer mención, y en su lugar se
puso una balconada.
IX
Contrafuertes
GR demás ingenioso y original es el sis-
tema de contrafuertes que rodeaban á
nuestra Basílica. El contrafuerte, como es sa-
bido, es una pilastra que se enlaza con un
muro para darle más firmeza y estabilidad, y al mismo
tiempo acusa la presencia de otro miembro interior con
el cual la pilastra está en combinación. Constan, por lo
común, de varios relejes, tanto en el sentido de la altura,
como en el del espesor, para que su asiento sea más firme.
Los contrafuertes de la Basílica compostelana (1), care-
cen de relejes, y suben con el mismo resalto y el mismo
espesor, desde el fondo hasta la cornisa; pero no por eso
dejan de ser más sólidos y macizos, porque todos están
(1) Esto que vamos á decir aquí de los contrafuertes, se refiere á los
del cuerpo de la Basílica; los de los ábsides tienen otra disposición.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTE LATÍA 91
unidos entre sí por medio de arcos que sobre ellos des-
cargan su peso, y con esto los hacen más rígidos (1). De
este modo, todos los contrafuertes de cada lienzo de pa-
red se resuelven en uno sólo, ó más bien en una pétrea
armadura que por todas partes ciñe y sostiene la iglesia.
Para llenar mejor este objeto, en los ángulos, así salien-
tes como entrantes del edificio, que eran los puntos dé-
biles en este sistema de contrafuertes, se construyeron
torres de planta cuadrada, que además de dar realce y
esbeltez al monumento, servían de puntos de apoyo en
que se amarraba y afirmaba la gran cadena de los con-
trafuertes.
Cuenta Viollet-le-Duc (2), entre una de las mas im-
portantes innovaciones que á mediados del siglo XII
introdujeron los maestros de obras de la Escuela laica, el
nuevo sistema de construcción, por el cual los contra-
fuertes vinieron á ser los miembros principales de todo
edificio abovedado. Según esto, los entrepaños de pared
que quedaban entre los contrafuertes, podían dejarse al
aire, sin que padeciese la solidez del monumento (3).
(1) En muy raras iglesias S3 ve este sistema de contrafuertes, pues
todos están separados unos de otros, formando cada uno un miembro inde-
pendiente. Los contrafuertes de Nuestra Señora la Grande de Portiers y los
de la iglesia parroquial de Calles en Bélgica (Rsusens, Eléments d' Archéol-
chrét., tom. I, pág. 348), tienen una disposición análoga á la de los de San-
tiago. Lo mismo se observa en algunas Catedrales del N. de Italia, p. ej., la
de Módena; pero aquí esta disposición de los contrafuertes es principalmente
ornamental, no orgánica como en Santiago. También se nota la misma dis-
posición en algunos monumentos de Rávena, como en el mausoleo de Gala
Placidia (siglo V), }- en la iglesia de San Apolinar in classe (siglo VI).
(2) Didion. d' Architecture, tom. IV, pág. 288.
(3) Y en efecto, vemos que muchos de estos entrepaños fueron impune-
mente abiertos para dar paso á varias capillas como la del Espíritu Santo, U
de Ifi Comunión, la de Carrillo, etc.
92
LIBRO SEGUNDO
Mas tal principio de construcción se ve sabiamente prac-
fotuyrnfia de J Limin. Fotjyrub.do de Laporta.
Algunos de los antiguos contrafuertes que nos (lueUan en el lado Norte de la Basílica.
ticado en nuestra Basílica mucho antes que los maestros
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 93
laicos de Francia comenzasen á hacer ensayos para es-
tablecer definitivamente esta novedad (1).
El ábside principal no tiene más contrafuertes que
las cinco capillas absidales, cuya bóveda de cascarón
hace hincapié contra la de la corona ó deambulatorio.
Las capillas absidales aparecen exteriormente divi-
didas por cuatro contrafuertes en tres compartimientos.
Los dos contrafuertes de los ángulos, son pilastras de
planta cuadrilonga; los otros dos son columnas empotra-
das hasta el tercio. Unos y otros suben, sin interrupción
alguna, hasta el alero del tejado (2). La disposición de
estos contrafuertes difiere, como se ve, tanto de la de los
de Auvernia, como de la de los de San Saturnino de To-
losa y de Conques. En estas dos iglesias los contrafuertes,
incluso los de los ángulos, en el sentido de la altura, es-
tán divididos en tres secciones; la inferior es en forma
de pilastra; la del medio hasta la imposta en forma de
columna empotrada; y la superior en forma de columni-
11a aislada que sube hasta el alero. En Auvernia estos
contrafuertes constan sólo de dos partes; la columna
empotrada, dividida en dos por la imposta.
(1) Dosgraciadaraente, de los primitivos contrafuertes sólo hay visibles
varios de los del hastial del N., que mira al Palacio Arzobispal. (Véase el
fotograbado de la pág. 92).
Debemos advertir, sin embargo, que los arcos que unen los contrafuer-
tes, debieron ser echados terminada la obra, ó al estar á punto de ser ter-
minada. Decimos esto, porque dichos arcos no están trabados con el muro,
como lo está el resto de los contrafuertes.
(2) Sin embargo, no hay completa uniformidad entre estos contrafuer-
tes compostelanos. Algunos (quizás con el tiempo fueron modificados. Los
del ábside central son semejantes á los del cuerpo de la Basílica.
9-4
LIBRO SEGUNDO
X
Torees
FORTUNA era la costumbre de rodear y es-
coltar las iglesias con torres que indicasen
la eminencia ó importancia de aquel lugar.
Estuvo muy en boga desde ñnes del siglo XI, especial-
mente en las regiones centrales de Europa, y partícula i*-
mente en Normandía (1). La Basílica compostelana en
antigüedad y en número de torres, puede competir con
las más renombradas de todo el Occidente. Nueve con-
taba, según la descripción del Códice de Calixto II; dos á
los extremos de cada una de las tres portadas; una, la
torre linterna, en el centro del crucero, sustituida hoy por
la cúpula; y dos en los ángulos que forman los muros del
crucero con los del cuerpo de la iglesia (2).
Tan costosas construcciones, que pocas veces llega-
(1) En Italia de ordinario las Catedrales sólo tienen una torre, que for-
ma un cuerpo separado é independiente de la iglesia.
(2) De estas dos torres aún se conservan vestigios en los lugares mar-
cados en el texto. Eran las que según Aymerico, se levantaban super sin-
(julas vites, que probablemente venían á ser las escaleras de caracol por
donde se descendía á la Cripta ó Catedral vieja.
LOS TEES PBIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
95
ban á feliz término, se consideraban como complemento
necesario de las grandes basílicas. En esto puede decirse
que ninguna precedió á la nuestra; porque las de Char-
tres y de Reims, en cuyo plan entraban las nueve torres,
son muy posteriores á la compostelana (1).
La gran torre, que estaba sobre el centro del cruce-
ro, debía ser octogonal sostenida por los cuatro arcos to-
rales y cuatro trompas insertas entre los cuatro arcos;
mas no nos atrevemos á afirmar que las trompas que sos-
tienen hoy el cimborio sean las antiguas que sostenían
la torre.
(l) De estas nueve torres sólo se conserva hoy el primer cuerpo y
quizás el segundo de las dos de la fachada occidantal. Por él podemos formar
juicio de suplanta (que era cuadrada), de su estructura, de sus admirables
proporciones. Da alto á bajo S3 hallaban reforzadas por bandas lombardas, ó
sean miembros salientes- que en la parte sup3rior se enlazaban por medio de
arcos. Se adelantaban sobre la fachada como gigantas 23s centinelas que
custodiaban el templo .
En una de estas torres, probablemente en la de la derecha, se hallaban
las campanas, las cuales en el gran incendio dol auo 1117 quaiaron del
todo fundidas. La Compostelana (lib. I, cap. CXIV^, pág. 23-3), dice que
tenían 1500 libras de bronce; pero no sabamos si esto ha de entenderse de
todas, ó de cada una de ellas; si bien lo primero parece lo más probable.
Observa Mr. Donnet fLes cloclies d* Anvers \ que en el siglo XT, una cam-
pana de 2^)00 libras, pasaba como extraordinaria. Probablemente las libras
á que se refiere Mr. Donnet, eran menores que las que cita la Comiwstelana.
Antes del siglo XIII, las campanas eran de muy reducidas dimensiones.
La otra debe ser la que la Compostelana (loe. cit., pág 230), llama torre
del palacio episcopal: turrim ¡¡alatli Eptscopi.
96
LIBEO SEGUNDO
XI
La portada del Mediodía ó de las Platerías.
o negaremos que á principios del siglo XII
hubiese en Francia magníficas y hermosas
portadas, cubiertas de geniales y simbólicas escul-
turas, que embelesasen á los fieles que se dispo-
nían á penetrar en el templo (1); mas á juzgar por
el entusiasmo y aún admiración con que el Autor
francés del libro V del Códice de Calixto II (el cual sobre
ser entendido en Arquitectura, debía conocer las princi-
pales iglesias de su patria), habla de las portadas del
Templo compostelano, claramente se infiere la sorpresa
que sin duda produjo en su ánimo la magnificencia, la
composición y la rara belleza de aquellos monumentos.
Describámoslos, pues, para participar en algún modo de
la admiración, que tan desde antiguo causaban; y co-
(1) En Italia aún por entonces se continuaba exornando los muros de
las iglesias con mosaicos, pinturas, relieves de estuco ó incrustaciones de
mármoles. En Alemania, aunque ya en aquella época la orfebrería y bron-
cería habían llegado á envidiable altura, de escultura propiamente monu-
mental, las primeras obras notables que cita Lubke (Essai cf histoire de V
Árt., tom. I, pág. 400), son las de Externstein, cerca de Detmold enWestfa-
lia, que datan de principios del siglo XII.
En el Norte de Francia, en algunas comarcas, como se ve por el Liher
miraculorum Sanctae Fidis, cap. XIII, á principios del siglo XI la estatua-
ria ex'a considerada poco menos que idolátrica.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
97
meneemos por la portada del Mediodía, que es la única
que se conserva; y con esto también veremos como exac-
tísimamente coincide con el original la descripción atri-
buida al Canciller de Calixto II, Aymerico.
Hay una cosa que desde luego salta á la vista, y que
encarece sobre toda ponderación la habilidad y pericia
de los obreros compostelanos; y es la clase de material
empleado para la obra. En los países en donde abunda
el granito, como observa Mr. Brutails (1), la ornamen-
tación suele ser ruda y tosca, aún en monumentos relati-
vamente modernos. Compostela se halla en una región
en donde abunda el granito; y sin embargo, las obras
de escultura llevadas á cabo en la Catedral á fines del
siglo XI, exceden en perfección á las de otros muy no-
tables monumentos elevados después.
Esta portada — como hacían las otras dos — ofrece
dos puertas separadas por un machón, que corresponde
al que por la parte interior sostiene por aquel sitio la
galería. Sus respectivas jambas se van ensanchando
majestuosamente de dentro á fuera; y en los tres codi-
llos, que forman de cada lado, cobijan esbeltas columnas
coronadas por primorosos capiteles. En la distribución
de las columnas, se nota cierto estudio y aún afectación;
las más exteriores y visibles, son de mármol y están pro-
fusamente talladas; las segundas, son de granito, pero
adornadas de anchas estrías en espiral y con florones y
gruesas perlas en las fajas cóncavas; los fustes de las
terceras, enteramente lisos. Todas las impostas de los
capiteles, ostentan esculpidas hermosísimas palmetas.
(1) V Archéologie du Moycn Age] París, 1900; pág. 211.
Tomo III.— 7.
98
LIBBO SEGUNDO
Tres grandes bocelones lisos, separados por medias ca-
Ftl'iij rafia de ./. Li.ída. Fotoy rabudo de Lajior ia.
Esta lo actual da la fachala meridional ó de las Platerías.
ñas y poquüuos bocoles también lisos, continúan on se-
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAIÍÁ
03
03
a
es
08
Pí
100 LIBRO SEGUNDO
micirculo las líneas que trazan las columnas para deco-
rar cada una de las dos puertas (1). Estas tres archivol-
tas forman el marco que rodea el tímpano ó dintel de
cada puerta; y un caveto, graciosamente tallado, marca
el punto de conjunción del tímpano con la última archi-
volta. En vez de tornalluvias, ó archivo Ita adicional,
hay un chaflán adornado de un junquillo entre cuatro
filetes, que naciendo del zócalo sobre que descansan las
columnas, recorre y constituye como el perfil exterior
de las dos portadas.
Mas antes de entrar en la enumeración de los relie-
ves esculpidos en el tímpano, nos detendremos algún
tanto en la descripción de las tres columnas de mármol,
de las cuales decía Street (2), que estaban talladas con
extremado primor y con la delicadeza propia de la me-
jor época del estilo románico. La columna del centro,
que es de mayor diámetro que las otras dos, está dividi-
da en sentido horizontal, en cinco zonas. En las tres zo-
nas inferiores están representados, á nuestro juicio, los
doce Profetas menores. Todos están en pie, visten túni-
ca (paenulaj ó capa cerrada (3), y sostienen en la diestra,
envuelta en los pliegues de la capa, un libro. A cada
uno, lo cobija una hornacina formada de una concha
(1) Estas molduras tóricas en las puertas y ventanas, en otros países
apenas se usaron hasta el siglo XII. Lo mismo decimos de las grapas en las
bases de las columnas, si bien éstas ya se encuentran en las columnas del
palacio que labró Diocleciano en Spalatro á fines del siglo III.
(2) Some account of gothic Archiíeciure in Spaiv; 2." ed., Londres 1869;
pág. 150.
(3) La abertura para meter la cabeza tiene una vuelta, que alternati-
vamente, en unos os lisa, en otros cortada en ondas formando picos.
x^^
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.^^iin^ciTiV^^:''^^
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 101
Fotogrofia de J. Limia. Fotograb ido de LaportQt
Pilar central do la portada de las Plaierias,
102 LIBRO SEGUNDO
con su arco, sostenida por dos columnas en espiral. La
composición de estas hornacinas está, sin duda, tomada
de los dípticos consulares que se usaban en los siglos IV
y V (1), ó de los nichos de algunos antiguos sarcófagos,
como el célebre de Junio Basso. En la zona cuarta,
se ven sentados cuatro personajes alados, que también
sostienen cada uno su libro, y están vestidos como los
de las zonas inferiores. En la zona superior, está escul-
pido dos veces este asunto: dos palomas bebiendo en un
cáliz. Entre estos dos grupos, se ve un personaje de ros-
tro imberbe y nimbado, que en cada mano sostiene una
pahua.
Las otras dos columnas están divididas en cuatro zo-
nas. En las tres inferiores están seis Apóstoles, dos en
cada zona, y en hornacinas semejantes á las de la colum-
na central. Unos están vestidos de túnica y manto: otros
de túnica y paenida; otros de alba y rica casulla; y todos
llevan libro, á excepción de San Pedro, que ostenta las
llaves. En la zona superior aparecen esculpidos dos án-
geles, que señalan con el índice á los Apóstoles (2).
(1) Pueden verse algunos de los publicados por Gori en el Thesaurus
diptycorum, ó por Labarte en la Histoire des arts industriéis. Composiciones
semejantes, trazadas en mosaico, también se ven en el coro de San Apolinar
in classe de Rávena.
(2) De estas columnas, con tanto esmero y perfección labradas por cier-
tos indicios, habría que decir que, sino fueron esculpidas por un artista grie-
go, debieron serlo por un maestro que conocía perfectamente todos los recur-
sos del arte oriental. Ya hemos notado la semejanza que presentan las hor-
nacinas con los dípticos consulares del siglo IV, V ó VI. Añádase á esto que
los galones de las casullas de los Apóstoles, están adornados de flores radia-
das ó margaritas, como las que se usan en el díptico del Cónsul Anastasio,
de principios del siglo VI; y que en las archivoltas de las hornacinas de los
Apóstoles están esculpidas como franjas de perlas, las cuales, como afirma
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTE LAXA
103
En lo alto de las jambas (liminaribus) ^ había incrusta-
das, según Aymerico, cuatro imágenes de Apóstoles en
actitud bendecir y con un libro en la siniestra. El autor
del libro V del Códice de Calixto II nombra á los cuatro
Apóstoles que había en las puertas del Norte; á saber:
San Pedro, San Pablo, San Juan y Santiago. De las
puertas del Mediodía dice que también había en ellas
cuatro Apóstoles; pero sin nombrarlos. En la puerta de
la izquierda (1) vemos, en efecto, en la jaixiba izquierda
á San Andrés que sostiene un libro cerrado, al cual se-
ñala con el índice de la mano derecha. A sus pies se ve,
entre dos jabalinas grabadas en hueco, una figura puesta
de cuclillas que tiene derecha entre las piernas una es-
pada. Frente á San Andrés, está otro personaje, que de-
be ser Moisés, á juzgar por las dos tablas que sostiene
entre las manos. La figura que estaba á los pies ha des-
aparecido. En la jamba izquierda de la puerta de la de-
recha está incrustado un Apóstol vestido de casulla y al-
ba con un libro que sostiene entre ambas manos. Sírvele
de pedestal un zorro que está devorando una liebre ó
conejo. En frente vese representada una matrona poco
recatadamente vestida. Está sentada, y en su regazo
tiene un cachorro de león. A sus pies está sentado un ex-
Labarte (Hist. des arts industriéis, 2.* ed.; tom. I, pág. 2G8), son muy carac-
terísticas del Arte bizantino, Pero por otra parte se siente como palpitar en
toda la obra el genio occidental. Así lo atestiguan las formas enteramente
latinas de las inscripciones; la omisión de ciertos rasgos característicos del
arte oriental, como la manera de la bendición; la introducción de ciertos
asuntos, como anécdotas, extraños por completo á las prácticas de los ima-
gineros bizantinos; la naturalidad y espontaneidad de ciertas actitudes que
repugnan al formalismo y convencionalismo de los griegos, etc....
(1) Nos referiremos siempre á la del espectador.
104 LIBRO SEGUNDO
traño personaje, que tiene un gallo entre las piernas. El
gallo está admirablemente esculpido.
Todas estas imágenes están labradas de medio relie-
ve en mármol blanco, y liállanse incrustadas en el muro.
Aunque adolecen de algunos de los defectos de la época,
como rigidez de los miembros, inverosimilitud de ciertas
actitudes, amaneramiento en los pliegues, son sin disputa
de lo mejor que se esculpió en el último tercio del si-
glo XI. En las túnicas de algunas estatuas nótanse cier-
tos cordones salientes que recuerdan los davi ó franjas
longitudinales que adornaban las ropas de los Romanos.
Los tímpanos ó dinteles tienen una disposición espe-
cial, que puede decirse propia del arte galaico. En otras
escuelas el tímpano se compone de dos partes; el dintel
que es el largo sillar que descansa sobre las ménsulas y
jambas de la puerta, y el tímpano propiamente dicho
que cierra el espacio comprendido entre el dintel y las
archivoltas. Los escultores extranjeros siempre se atuvie-
ron, al menos en los monumentos de alguna importancia,
á esta división del tímpano, y distribuyeron la composi-
ción, por lo menos, en dos zonas, una para el dintel, y
otra para el tímpano. En las puertas compostelanas,
ni del lado arquitectónico, ni del escultural, se observa
esta distinción.
Descansa el tímpano de cada puerta sobre dos cabe-
zas de monstruos esculpidas con gran brío y energía, las
cuales con el arco trilobulado y otras molduras que las
rodean, desempeñan el papel de ménsulas. En el tímpano
de la izquierda están tallados de medio relieve en varias
piezas de mármol aplicadas sobre el gran sillar que sirve
á la vez de tímpano y dintel, los asuntos siguientes. Co-
menzando por la izquierda se ve, en primer lugar, al
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 105
Espíritu Santo guiando al Salvador al desierto (1); al
Señor tentado por dos feos demonios para que convierta
las piedras en pan y uu ángel con un incensario; luego
otro demonio de rodillas mostrando al Señor los reinos
del mundo (2); más arriba un tercer demonio poniendo
al Señor sobre el pináculo del templo (3); varios mons-
truos como retozando bajo un arco trilobulado; por
último, una anécdota de una mujer adúltera que está sen-
tada en silla de tijera, con una calavera en el regazo (4).
Entre estos cuadros y la linea de la archivolta, que-
daron algunos espacios que el escultor llenó como pudo,
incrustando varios asuntos, como cabezas, un hombre
montado sobre un melenudo cuadrúpedo, etc., que no se
alcanza que relación puedan tener con el asunto princi-
pal. Quizás algunos de ellos pertenecieron á la portada
del Norte, y fueron allí embutidos al tiempo en que ésta
se deshizo y se reedificó de nuevo, como consta que se
hizo con otras esculturas.
(1) Esta representación plástica está tomada del caf». IV del Evange-
lio de San Mateo, que comienza: Tune Jesús ductus est in desertuyn a Spiri-
tu, ut ieiitaretur a diaholo. Al pie de la imagen del Salvador, aún se lee:
DVCTVS.... DESERT....
(2) Al pie las palabras de San Mateo (IV, 8): (In) MONTEM EX
(celsum).
(3) Debajo de este demonio se l^e lo de San Mateo (IV, 5): l(n) S(an)
QíajM GlVlTA(teyn).
(4) Aymerico explica así el significado de este cuadro. Un marido sor-
prendió á su mujer en adulterio; cortó la cabeza al adúltero y se la entregó
á la esposa infiel para que ésta la tuviesa siempre entre sus manos y la be-
sase dos veces al día. Esta interpretación ¿es real ó puramente fantástica?
La actitud de la mujer es muy parecida á la de la que tiene el cachorro en
su regazo. ¿Estará figurada también aquí alguna otra anécdota sobre el
castigo de algún otro vicio semejante?
lOC) LIBHO SEGUNDO
El tímpano de la derecha está mejor conservado. En
él se ven representados los asuntos siguientes, comenzan-
do por la izquierda; el cojo curado por Sin Pe 1ro ante
la puerta Especiosa; Pilatos sentado en silla de respaldo,
lavándose las manos: el Señor azotado y atado á la co-
lumna; el Señor entre tres sayones, de los cuales uno lo
tiene cogido por las manos. En los espacios que quedan
hasta la archivolta, se ve una cabeza humana; otra cabe-
za de ángel; la adoración de los Reyes magos; más arri-
ba el ángel que les anunció que no volviesen junto á
Herodes; la Santísima Virgen sentada con el Niño Dios
en los brazos; otro ángel bajando con una corona.
Las enjutas ó espacios del muro que quedan entre las
archivoltas, están asimismo exornados de esculturas. So-
bre las impostas y en el arranque de las archivoltas, hay
cuatro feroces leones que están como custodiando las
puertas. Los dos del medio están unidos por los cuartos
de atrás. Son dignas de atención estas fieras por la vida,
la fuerza, la energía que en ellas supo imprimir el escul-
tor. Más arriba y casi al nivel de las claves de las archi-
voltas, aparecen cuatro ángeles convocando al son de
trompeta á la nueva ley á todas las naciones. Todas
estas esculturas son de granito (1).
En la enjuta del centro, comenzando por abajo, está
representado el Chrismón con el alfa y la omega: más arri-
ba, Agar, la esclava de Abraham, oprimidos sus hombros
con el peso de un abultado fardo. Y henos aquí ya en el
asunto más interesante de esta parte del monumento.
Agar era la esclava; en lugar más eminente está repre-
sentado su señor. En un hermosísimo relieve de mármol
^1) Véase el fotograbado de la pág. 98.
LOS TRES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 107
blanco se destaca la figura de Abraham saliendo de su
sepulcro y contemplando absorto un florido tallo, que en
el lenguaje simbólico del antiguo Arte cristiano indica
su descendencia, y en especial, á Aquel de sus nietos, en
el cual habían de ser bendecidas todas las naciones. Con
esto quiso el artista aludir al conocido pasaje de San
Juan^ en que el Salvador, dirigiéndose á los Judíos, les
dice: «Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi
día; lo vio y se regocijó» (1). A ambos lados de Abraham,
para que no quedase lugar á duda, se grabó en sentido
vertical esta inscripción: svrgit abraham de tvmvlo (2).
Al pie, horizontalmente, se lee: tra • sfigv...o ihesv (3).
Esta inscripción está grabada en el borde del mismo se-
pulcro. Más abajo aparecen esculpidas dos aves puestas
de frente, cuyos cuellos y cuyas colas se retuercen y en-
sortijan de la manera más caprichosa.
Sobre la línea que forman las archivoltas de las puer-
tas sigue una serie de estatuas, cuyo centro ocupa la del
Salvador, la cual, considerada artísticamente, también
se destaca entre todas las que se extienden en fila á sus
dos lados. Está en pie el Señor, y su actitud y su semblan-
te están llenos de majestad. Con la diestra bendice y en
la izquierda sostiene un libro, símbolo de su celestial
doctrina. Un nimbo crucifero rodea su cabeza, la cual
además está ceñida de una corona, que quizás en otro
tiempo tuvo chatones como lo indican los alvéolos que
aún hoy se conservan.
A la diestra del Salvador, entre dos cipreses que
(1) Evang. VIII, 56.
(2) cLevántase Abraham de su sepulcro
(3) € Transfiguración de Jesús.»
108 LIBRO SEGUNDO
simbolizan el monte (1), está el Apóstol Santiago con-
templando la gloria de su Maestro. Asi lo revela su ac-
titud 3' la siguiente inscripción grabada en sentido ver-
tical á los lados: Hic IN monte ihesv miratve. glorifica-
TV (2). En el nimbo que rodea su cabeza, se lee: iacobvs
ZEBEDEi; y en el libro que sostiene en sus manos: pax
voBis. Otra inscripción vertical se lee entre Santiago y
el ciprés de la derecha, á saber: A'ÑFfonsusJ rex. Se re-
fiere al Rey Alfonso VI, en cuyo tiempo se levantó esta
portada.
Después de Santiago, siguen su hermano San Juan,
algunos otros Apóstoles, Moisés, Aarón y otras imáge-
nes, que por su mal estado de conservación, es muy
difícil identificar. Según Aymerico, á la izquierda del
Salvador estaba San Pedro y luego se seguían otras esta-
tuas de Apóstoles y Santos hasta diez ú once, que eran
las que había de cada lado. Entre estatua y estatua ha-
bía antes (las del lado derecho aún se conservan casi
todas) tablas de mármol blanco con tallos de vid ó esca-
mas ó imbricaciones. Como las estatuas y las tablas de
mármol estaban aplicadas y sujetas al muro con grapas
de hierro, en el transcurso del tiempo, muchas se fueron
desprendiendo de sus respectivos lugares, y las que al
caer no se hicieron pedazos, pasaron á ocupar otro lugar
muy distinto del que antes tenían. Asi el San Pedro que
en un principio era el primero á la izquierda del Sal-
vador, ahora ocupa el noveno lugar á la dereoha (8).
(1) Según lo del Ecles.: Sicut cypressus in monte Sion.
(2) «Aquí en el monte contempla á Jesús glorificado.»
(3) Nos queda, no obstante, la duda de si este San Pedro procedería
de otro sitio; pues su actitud no es la propia para estar á la izquierda del
K^Jalvador. (Véase el fotograbado de la página 84).
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 109
Con los años se fueron haciendo otras restauraciones y
restituciones, las cuales casi todas pecaron de falta
de acierto.
Aymerico dice que esta parte de la fachada se halla-
ba adornada en todas direcciones, además de las esta-
tuas, con flores, cuadrúpedos, aves, peces y otras muchas
obras que él difícilmente podía enumerar. Mas no todo
lo que hoy se vé incrustado en esta fachada, lo estaba
ya en tiempo de Aymerico. Muchas de las imágenes allí
embutidas pertenecieron indudablemente á la antigua
fachada del Norte; tales son la escena en que se vé al
Señor lanzando del Paraíso á Adán y á Eva, el signo de
Sagitario, etc.. Lo mismo debe decirse de varias de las
esculturas incrustadas en los muros laterales, perpendi-
culares á la fachada. Baste citar la creación de Adán y
la formación de Eva, que debían estar en la parte de la
fachada del Norte que representaba el Paraíso.
Sobre tan espléndida y magnífica alineación, como
sirviendo de dosel se extiende la imposta con canecillos
y florones de que hemos hablado en la pág. 85. De aquí
para arriba el paramento exterior de la fachada recibió
en diversas épocas, y especialmente en el siglo XIV,
considerables modificaciones . A dicho siglo debemos
atribuir el pesado antepecho que está sobre la im-
posta y el colosal, pero inexplicable capitel que lo di-
vide. De la misma época debe de ser la triple ar-
chivolta cuajada de molduras que rodea las ventanas (1);
(l) Probablemente estas arcbivoltas se labrarían inmediatamente des-
pués que se desistió de construir el grandioso pórtico que por este tiempo
se proyectaba, y cuyo arranque aún se ve apoyado sobre el muro de la torre,
del Reloj. (Véase el fotograbado de la página 98).
lio LIBRO SEGUNDO
las cuales en su origen, probablemente, no tuvieron más
que la cuarta archivolta interior formada por cinco ló-
bulos. También de esta época deben ser las retorcidas y
estriadas columnas que sostienen las tres arcliivoltas ex-
teriores, pues para la cuarta se reservaron las antiguas
columnas con sus capiteles. Lo que no es de esta época,
sino de la primitiva, es la preciosa y clásica estatua de
la Santísima Virgen, que está más arriba, entre las dos
ventanas, asentada sobre una tosca ménsula y abrigada
por un bien tallado doselete. A cierta distancia se con-
servan otro doselete y otra ménsula, entre los cuales re-
posaría la estatua de San Grabriel. Verosímilmente estas
dos estatuas serían las que, según Aymerico, estaban
sobre la puerta izquierda de la fachada del Norte (1).
Termina la fachada una mezquina cornisa del siglo
XV con pomas ó bolas, sobre la cual en el siglo pasado
se elevó una balaustrada muy poco propia de aquel sitio
á pesar de sus pretensiones. La antigua cornisa con sus
correspondientes canecillos, debía estar un poco más ba-
ja para dejar ver el antiguo frontón que aún hoy se con-
serva y que está más retirado, porque se funda sobre el
muro que por aquella parte cierra la nave mayor. En
su centro se abría una ventana, cuyo dintel constaba
probablemente de cinco lóbulos, como el del ático ó
frontón de la facha.da del Norte. A los lados había
dos arcaturas en las cuales estaba practicada una es-
trecha y larga rendija á manera de saetera. Las ar-
chivoltas de estas arcaturas, son semicirculares; pero la
más saliente y exterior estaba formada por un arco de
(1) ....Super portam que est ad sinistram.... bte. Marie Virginis annuu-
ciacio isculpitur; loquitur etiam ibi ángelus Gabriel ad eam.
LOS TBES PRIMEROS SIOLOS DE LA I. COMPOSTELANA lll
herradura, lo cual es un indicio de su antigüedad (1).
Desde aquí hasta la cornisa, la iglesia debió de estar
cubierta con láminas de plomo ó con pizarras en forma
de escamas á la manera normanda. Corona el vértice
del frontón el simbólico Cordero sosteniendo sobre sus
lomos una gran cruz griega de piedra hecha de una sola
pieza (2).
Después de describir el centro de la fachada desde el
fondo hasta su coronamiento, réstanos decir dos pala-
bras de los costados, de los cuales el de la derecha que-
dó embebido en la gran torre del Reloj que se le cons-
truyó delante, y el de la izquierda permanece medio
oculto por el cuerpo de fábrica sostenido por la famosa
Concha, que por mucho tiempo fué objeto de tanta ad-
miración. A juzgar por el resto que aún logra verse por
encima de dicho cuerpo, las dos alas debían estar forma-
das por altas y salientes arcadas semejantes á las de los
contrafuertes que rodeaban la iglesia. En el fondo esta-
ban abiertas dos ventanas, una para dar luz á la gale-
lía, y otra inferior para iluminar las naves laterales. La
archivolta de la primera fué modificada al tiempo en
(1) Las arcliivoltas de la arcatura de la izquierda, debieron ser modifi-
cadas en los primeros años del siglo XII. En el transcurso del tiempo, tam-
bién se cegó la ventana central, y en su lugar se abrió la ventana circular
que hoy existe.
(2) Vulgarmente se atribuyen á' los Templarios estas cruces con el
Cordero. Esta de Santiago es anterior algunos años á la institución de dicha
Orden. Compárense los siguientes textos. Suh cruce sanguínea niveo stat
Christus in aguo. (San Paulino de Ñola), y: Emitte Agnum, Domine, domi-
natorem terrae. (Isaías). En casi todas las iglesias de Galicia en la Edad
Media, sobre el vértice que exteriormente coronaba el arco triunfal, se ponía
la Cruz con el Cordero. Era el lugar que convenia al símbolo del Eterno
Rey de los siglos.
112 LIBRO SEGUNDO
que lo fueron las de las dos ventanas centrales. Los dos
ánofulos extremos de la fachada estaban reforzados, ca-
da uno por su torre, que haciendo juego con el frontón
del centro, prestaban esbeltez y gallardía al edificio.
Tal es (ó era) la fachada meridional de nuestra Ba-
sílica. Decorada con más de cien imágenes, esculpidas
gran parte de ellas en mármol blanco pulimentado,
aparte de las piezas puramente ornamentales, á los ra-
yos del sol reflejaba esplendorosamente fpulcre refulget^
decía Aymerico) la gloria de aquel Apóstol que allí
aparecía contemplando la inenarrable de su excelso
Maestro. Y los peregrinos al admirar tanta grandio-
sidad y tanta belleza , proclamaban llenos de emo-
ción y entusiasmo, como hacía el Autor del libro V
del Códice CaUxtino, que verdaderamente era gloriosa la
Tumba del Evangelizador de España. Y si tan monu-
mental era la fachada del Mediodía, ¿cómo no serían
las otras dos elevadas algunos años después, cuando ya
los tallistas habían adquirido .mayor destreza en labrar
las piedras, y cuando los maestros tenían ya mayor ex-
periencia para conocer los defectos que debían evitar y
las modificaciones que debían introducir al trazar los
planos ó modelar y delinear las figuras?
El tiempo, y luego la mano del hombre, deformaron
no poco esta fachada meridional, la cual, á pesar de sus
deterioros y mutilaciones, siempre será considerado como
uno de los monumentos más interesantes del Catolicis-
mo. No hallaremos en él la acabada y maravillosamente
estética expresión de las ideas artísticas de una época,
como en el Pórtico de la Gloria; pero sí una de las pá-
ginas más brillantes é instructivas del Arte cristiano.
¿Y cuál era la síntesis de esta maravillosa composi-
LOS TBESPEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 113
ciüii escultural, porque según dice muy bien Revoil (1),
Fotogrnfiu de J. l.iiuin. Futngrabado de Lnporta.
Coronamiento del machón central de la pórtala de las Platerías
(Véase el fotograbado de la pág. 101).
en todos estos grandes cuadros plásticos, como en un
(1) Arcliitecture ronifine du Midi de la France, tiiii. 11, pág. 38.
Tomo lll,^H.
114
LIBBO SEGUNDO
discurso sagrado, dominaba un pensamiento principal?
La glorificación del Salvador flesum miratur glorifxaium) ,
por medio de su humillación y sus sufrimientos. En los
tímpanos está representada la humillación del Señor; so-
bre los tímpanos su exaltación.
Daremos fin á este párrafo poniendo como la partida
de nacimiento de esta fachada, pues esto viene á ser la
inscripción grabada en las jambas de la puerta de la
derecha; la cual inscripción os como sigue:
ERA
iC
H
t4é
Jamba izquierda (1).
Jamba derecha (2).
(1 ) Era MCVl, Y idus luUi M(agister?)
(2) Qui fecitojms?...
LOS TEES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 115
XII
La portada del Noete ó de la Amhacheria
RAN las líneas generales de esta fa-
chada, como puede suponerse, muy
semejantes á las de la fachada meridional. Los detalles
de ornamentación eran también muy parecidos, y sólo
existía diferencia en los asuntos y escenas religiosas
esculpidas.
Era regla constante entre los maestros del Arte ro-
mánico-bizantino y ojival, el establecer tal enlace y co-
nexión entre el exterior y el interior de un edificio, que
por los miembros de que constaba el primero, fuese fácil
formarse idea de la disposición del segundo. La cons-
trucción de nuestras fachadas, tanto de la meridional,
como de la septentrional, parece se hizo contraviniendo
esta regla. La vista de dos puertas distintas, sugiere por
de pronto la idea de dos habitaciones también distintas,
que con aquellas estén respectivamente en inmediata
comunicación. Y sin embargo, aquí las dos puertas dis-
tintas dan paso á un mismo local. Mas el Arquitecto
compostelano de tal modo supo trazar y disponer las
puertas, que ambas aparecen como gemelas, como par-
tes de un mismo vano, dividido en dos por un inmenso
montante ó parteluz. En la fachada meridional, la co-
lumna del centro es común para las dos puertas; de su
capitel arrancan las dos archivoltas exteriores que ro-
116 LIBRO SEGUNDO
clean el tímpano de cada puerta. En la fachada septen-
trional, este enlace no era tan íntimo; pues cada puerta
tenía en ambas jambas tres columnas propias é indepen-
dientes; pero entre las dos columnas de las dos puertas
que quedaban próximas, se alzaba una tercer columna
que las ponía en contacto, y en todo el miembro impri-
mía tal unidad, que resultaba un verdadero parteluz.
De las columnas de las jambas, unas eran de mármol
y otras de granito, con el fuste maravillosamente escul-
pido (1). En lo alto de las cuatro mochetas estaban in-
crustados cuatro Apóstoles, San Pedro y San Pablo en
la puerta de la izquierda; Santiago y San Juan en la de
la derecha. Los cuatro tenían la misma actitud; con la
diestra bendecían á los que entraban en el templo; y en
la siniestra sostenían un libro. Los dos dinteles que en
la portada del Mediodía descansan sobre cuatro cabezas
de leones, aquí descansaban sobre cuatro cabezas de
toros (2).
Sobre la columna central, que había entre las dos
puertas, y debía ser mucho más elevada que las que le
estaban contiguas, aparecía la figura del Salvador, sen-
tado en un trono, bendiciendo con la diestra y con un
libro en la siniestra, y acompañado de los cuatro Evan-
gelistas (8). A su derecha estaba representado el Paraí-
(1) Prol)ablemente los cuatro fustes de mármol que se conservan en la
Catedral Vieja, y algún otro trozo de fuste marmóreo que se guarda en la
Iglesia, pertenecieron á estas columnas.
(2) Mr. Marignan (Le Moyen Age, primer cuaderno de 1893, pág. 26,
nota), cita la siguiente inscripción que se leía en la portada del Monasterio
do Moreaux, á siete leguas de Poitiers: Vt fuit introitus Ternpli Sancti Sa-
lomonis, sic esf istius in medio bovis atque leonis.
{f\) Esta imagen, es á nuestro parecer, la que está en el centro de la
crestería que corona el lienzo del Tesoro.
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 117
so; á su izquierda los doce signos del Zodíaco, como em-
blemas de los meses del año.
De las escenas representadas en el Paraíso, Aymeri-
00 no menciona más que dos: la reprensión dada por
Dios á Adán y á Eva, y la expulsión de éstos de aquel
lugar de delicias (1). Otras escenas del triste drama allí
desarrollado debía haber esculpidas; pero sólo nos quedan
otras dos, conservadas, según ya liemos indicado, á los
lados de la portada del Mediodía; la una, es la infusión
que hizo el Señor en el rostro de Adán del soplo de la
vida; y la otra, la formación de Eva, la mater ciindorum
viventium, que, para indicar esta circunstancia, aparece
rodeada de un largo tallo, que sube hasta los hombros.
Sobre esta puerta de la izquierda, estaba esculpido el
misterio de la Anunciación. La estatua de San Gabriel
ha desaparecido; pero la de la Santísima Virgen es, á
nuestro juicio, la bellísima que se destaca en lo alto en-
tre las dos puertas de las Platerías,
Los signos ó meses que estaban representados sobre
la puerta de la derecha, debían ser los usados en esta
clase de representaciones; á saber, Acuario (Enero), Pis-
cis (Febrero), Aries (Marzo), Tauro (Abril), Gáminis (^La-
yo), Cáncer (Junio), Leo (eJulio), Virgo (Agosto), TÁhra
(Septiembre), Scorpio (Octubre), Sagitario (Noviembre) y
Capricornio (Diciembre). De todos estos signos, sólo se
conserva el Sagitario embutido, como ya hemos visto,
en la portada del Mediodía.
Además de estas esculturas había, según Aymerico,
(t) Ambas escenas se conservan; la primera empotrada sobre la puer-
ta de una huerta en el barrio de Pítelos; la segunda incrustada en la por*
tada del Mediodía.
118
LIBEO SEGUNDO
otras muchas imáo;enes de ángeles, de santos, de liom-
Y
ni
cS
(3
e3
a
o
^3
breS; de mujeres, de animales, de flores, etc... Probable-
LOS TRES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
119
mente á esta portada pertenecieron el gran relieve que
representa á David y el del sacrificio de Abraliam, in-
crustados hoy á los lados de la portada meridional. A
los dos extremos de la fachada, colocados probablemen-
te sobre la imposta, había dos corpulentos leones como
guardando las puertas (1). Hoy sólo nos queda, además
de las esculturas citadas, el curioso frontón que corona-
ba la fachada y que formaba juego con el de la parte
meridional. Está también bastante modificado; y sólo
conserva el arco de cinco lóbulos que coronaba la ven-
tana central y las dos agudas arcaturas rectilíneas de
los lados (2).
Delante de esta portada era donde se hallaba el
Paraíso^ que venía á ser una plaza — mucho más exten-
sa de la que hay actualmente — en que tenían sus pues-
tos los cambiadores, los concheros ó los vendedores de
las insignias de los peregrinos del Apóstol Santiago, los
especieros ó expendedores de especias y hierbas aromá-
ticas y medicinales, y los tenderos de zapatos, cinturo-
nes, bolsas, alforjas, botas de vino, etc..
Pocos años pudieron mediar entre esta portada y la
de las Platerías; y sin embargo, á juzgar por las estatuas
que de ella se conservan, considerable debió ser el pro-
greso que en tan poco tiempo realizaron los escultores
compostelanos. Algunas de las estatuas de la portada
meridional, como la del Salvador y de Santiago, están
llenas de majestad y de expresión; pero no aparecen del
todo despojadas de la dureza y rigidez propias de las
esculturas de aquella época. Los miembros, y éspecial-
(1) Esta hermosa y monumental fachada fué sustituida á fines del si-«
glo pasado por la actual.
(2) Véase el fotograbado de la pág. 1 18.
i-20
LIBRO SEaUNDO
Foloorcfía de J. Lúu ia. Fotograbado de Laporta.
Jibtatuas incrustadas hoy on la portada meridional que pertenecieron á la antigxia
facliada do la Axabacheria,
LOS TUES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPÓS^ELAÍÍA 121
mente las manos, son desproporcionados; y los paños es-
tán cortados por surcos angulosos ó semicirculares que
quieren figurar los pliegues. Con tales surcos está tam-
bién marcado imprescindiblemente el sitio de las rodi-
llas. En las actitudes se nota como torpeza y dificultad
en los movimientos: parece que los miembros no son
aptos para ejecutar lo que la voluntad les ordena. No así
en la portada septentrional; las figuras son más airosas
y esbeltas; los perfiles más suaves y correctos; los miem-
bros más proporcionados; y el ropaje, no flotante y en-
cañonado, como en muchas esculturas francesas de la
época, sino ceñido y plegado según exige su forma y
la de los miembros que cubre (1).
XIII
La fachada occidental
UE la fachada occidental era, como ma-
nifiesta Aymerico, la más sorprendente
y espléndida de todas, es indudable. No
sólo brillaba por la riqueza, magnificen-
cia y multitud de sus esculturas, sino por ciertos ele-
mentos arquitectónicos de que carecían las otras. Una
espaciosa escalinata, vencía, como aliora, el gran des-
nivel existente entre la plaza y el umbral de las gran-
diosas puertas, y facilitaba el contemplar de cerca el
mundo de estatuas, de relieves, de imágenes, de orna-
(1) Véase el fotograbado de la pág. 120.
122 LIBEO SEaUNDO
mentos de toda suerte que decoraban el monumento.
En el centro de tan magnífica composición, entre las de
Moisés y Elias, se destacaba majestuosa é imponente la
marmórea estatua del Salvador transfigurado á la voz
de su Padre Omnipotente que le hablaba desde radian-
te nube; y más abajo San Pedro, Santiago y San Juan
contemplaban arrobados y absortos la gloria de su
Maestro.
En relación con este cuadro, estaban las demás par-
tes de la fachada. A los lados se erguían dos torres mo-
numentales, de planta cuadrada, con cuatro bandas lom-
lardas en cada cara, y los ángulos cortados por un
segmento de fuste cilindrico que llegaba hasta la corni-
sa. Entre las dos torres debía correr una galería que tal
vez fuese el coronamiento de la fachada (1). Más retira-
do se elevaba el frontón fundado sobre el muro que por
esta parte cerraba la nave mayor.
De esta antigua fachada, sustituida en el último ter-
cio del siglo Xri por la del Pórtico de la Gloria — la
cual á su vez, á mediados de la pasada centuria, lo fué
por la actual — sólo quedan hoy el primer cuerpo de las
dos torres y las dos puertas que ponían en comunicación
las torres con la galería que acabamos de citar.
A la misma época debe pertenecer, á nuestro juicio,
el pequeño ábside de planta cuadrangular que se en-
cuentra en el fondo de la llamada Catedral Vieja, Sus
caracteres arquitectónicos así lo indican. Es de suponer
que debajo do la gran escalinata que daba acceso á la
(1) Esta galería tuvo que desaparecer cuando se elevó el segundo
cuerpo del Pórtico de la Olor ¿a. En su lugar puso Mateo un magnífico ro-
setón.
LOS TEES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 123
Basílica, quedase algún espacio abovedado, del cual for-
mase parte dicho ábside; á no ser que quiera suponerse
— y en ello no hallamos dificultad — que este ábside
perteneció á alguna de las torres que fabricó D. Cresco-
nio en esta parte para defensa de la Basílica. En tal
caso se vería en cierta manera justificado el título de
Vieja que lleva esta capilla subterránea (1).
Verosímilmente, esta espaciosa cripta ya entonces
comunicaba con la iglesia alta por medio de dos corre-
dores practicados debajo de las naves pequeñas; los cua-
les por medio de una escalera de caracol (vis) desembo-
caban ambos en el transepto por las puertas cuyo mar-
co aún hoy se percibe en el muro. Estas escaleras eran
las vites sobre que se elevaban las dos torres de que
habla Aymerico. Duae (turres) super singulas vites (2).
De la portada principal de la célebre iglesia de San-
ta Magdalena de Vitiliaco ó Vézelay en Francia (3),
construida en los primeros años del siglo XII, decía
Viollet-le-Duc que como composición era una de las
(1) Street (Some account of gothic architeciure in Spain; 2.* ed., pági-
nas 147-148), examinó atentamente esta interesante cripta y notó en el fon-
do la arcada compuesta de tres arcos, medio oculta detrás del actual retablo,
que se amañó con diferentes piezas de otros sitios á mediados del siglo pa-
sado. De esta arcada, dijo el célebre arquitecto inglés, que formaba una
especie de retablo. Ni retablo, ni altar, en aquella forma, son propios de
aquella época. De los tres arcos que componen la arcada, los de los extre-
mos son simulados; y el del medio debió estar siempre abierto, aunque de
poco tiempo acá está tapiado. A nuestro juicio, este arco debió ser una ven-
tana como las abiertas en el fondo de los ábsides; y en tal caso, recibe nueva
fuerza la conjetura de que primitivamente aquella construcción fué debida
al Obispo D. Cresconio.
(2) Véanse Apéndices, núm. II, pág. 16.
(3) Diction., etc., tom. VII, pág. 387.
124 LlBlftO SEGUNDÓ
obras más notables y extrañas de la Edad Media, y que
debía presentársela en primera línea porque había ser-
vido de modelo á otras muchas composiciones del si-
glo XII. La portada de Vézelay es inferior, como com-
posición y como ejecución, á cualquiera de las tres de
nuestra Basílica, y por consiguiente, cualquiera de ellas
merecería ser considerada como monumento de primer
orden y de los más notables de la Edad Media.
XIV
Puertas menores y ventanas
DEMÁS de las tres puertas principales, cuenta
Aymerico otras siete menores en la Basílica
compostelana. La primera, que se llamaba
de Santa María (sin duda porque por ella se
salía á la iglesia de Santa María de la Corticela), estaba
abierta en el entrepaño por donde hoy se pasa á la ca-
pilla del Espíritu Santo. La segunda, llamada de la Vía
Sacra, estaba en el deambulatorio, á la izquierda de la
capilla del Salvador, y fué sustituida por la que hoy dá
paso á la capilla de Nuestra Señora la Blanca ó de las
Españas. La tercera, puerta de San Pelayo, porque por
ella se servían los Monjes de Antealtares, correspondía
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 125
á la actual Puerta Santa. La cuarta, puerta de la Canó-
nica, se abría en el último entrepaño que por la parte
del transepto cierra la capilla del Pilar. La quinta y la
sexta se llamaban de la loetraria ó del taller de los pica-
pedreros, quizás porque entonces se estaba edificando
por allí el claustro. La quinta corresponde hoy á la del
claustro actual; y la sexta estaba abierta en el cuarto
entrepaño del muro lateral de la derecha en la nave del
trascoro. La séptima, la de la Escuela, era la que usa-
ban los Prelados, y estaba abierta frente por frente á la
sexta.
Además de estas siete puertas menores que salían al
exterior, había otras por las cuales se subía á las torres
y á la galería. De ellas aún se conservan dos; una, que
hoy se utiliza como alacena para guardar los frontales
del Altar mayor, y otra, hoy tapiada, del otro lado del
coro, abierta también como la primera en el muro occi-
dental del crucero. Eran las que daban servicio á las
torres edificadas sobre las viteí^.
Todas estas puertas eran sumamente sencillas; con
dintel adovelado y de medio punto y sin moldura
alguna.
Sesenta y tres ventanas había, según Aymerico, en
la iglesia baja; las cuales pueden distribuirse de la ma-
nera siguiente: 36 en el cuerpo de la iglesia, y tres en
cada una de las nueve capillas absidales. En la galería,
según el mismo Aymerico, había 48; y cinco en la bóve-
da que cubría el ábside principal. Total 111, sin contar
las cuatro oculi que se abrían sobre las cuatro ventanas
del deambulatorio.
Llama desde luego la atención la amplitud de las
ventanas, las cuales, como es sabido y como nota Catta-
126 LIBRO SEQXJNDO
neo de las de Italia (1), desde el siglo X hasta el XII
eran más bien saeteras que ventanas.
No consta que estas ventanas estuviesen adornadas
de vidrios de colores; pero las inferiores^ tanto interior,
como exteriormente, estaban, ó están, inscriptas en un
cuerpo arquitectónico, que consta de jambas acodilla-
das, columnas en los codillos, imposta y ai-cliivolta lisa
por la parte de adentro (2); y de archivolta compuesta
de boceles, medias cañas y saliente tornalluvias con bi-
lletes por la parte de afuera. La imposta de los capiteles
no se extiende como en otras iglesias, particularmente
en las de Auvernia (3), á lo largo del muro en forma de
platabanda; sino que queda reducida al mero papel de
abaco. Es ésta otra de las especialidades arquitectóni-
cas de nuestra iglesia.
Es de advertir que las ventanas del deambulatorio,
como que habían sido las primeras que se habían edifi-
cado, por la parte de fuera tenían también archivolta
lisa como por adentro; pero posteriormente (si bien antes
que se terminase la obra de la iglesia), se modificó la
archivolta, y se puso como la de las otras ventanas con
molduras y tornalluvias salientes; el cual tornalluvias
mordió en el marco también saliente que rodeaba los
ociilos que estaban mas arriba, y de aquí resultó el que
parezcan mal ajustados los ociilos con las ventanas, como
(1) L' Architectura in Italia, pág. 221.
(2) A juzgar por el paramento de la pared, las ventanas bajas por el
interior, primitivamente sólo tenían un doble alféizar. Posteriormente se
añadió el cuerpo arquitectónico en que están inscriptas.
(3) Ya se ve algo de esto en la iglesia de Sar, construida hacia el
año 1130.
LOS TRE S PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 127
notó Street (1) en la que está sobre la Puerta Santa (2),
Las ventanas del segundo cuerpo, ó sea de la galería,
tienen también dintel semicircular, y exteriormente es-
tán rodeadas, como las inferiores, de miembros arqui-
tectónicos. Interiormente el alféizar aparece inscripto
en una sencilla arcada. Las ventanas que iluminan la
parte de galería que rodea el ábside principal, son mu-
cho más pequeñas que las otras. Interiormente no tienen
más que el alféizar; pero exteriormente sus vanos for-
man parte de una serie de arcaturas que decoran el
muro (3). La arcliivolta de estas arcaturas es lisa, y re-
posa sobre dos columnas. Entre cada dos arcaturas se
abría una ventana (4) , cuyo vano estaba cubierto por dos
archivoltas lisas, una más alta y exterior, practicada en
el mismo paramento del muro; y otra más pequeña é
interior que propiamente era el dintel de la ventana.
Posteriormente se reformaron las archivoltas exteriores
de estas ventanas, haciéndolas molduradas, en vez de
lisas.
Este muro que cierra la galería es semicircular; pero
(1) Some account of gothic Architecture in /S'pmw; 2.^ed., pág. 150,
nota.
(2) Véase el fotograbado de la página 128.
(3) De aquí que este cerramiento presente cierta analogía con las gale-
rías que rodean la cabecera de varias Catedrales de Alemania. No hay más
diferencia, que en las Catedrales alemanas las galerías están abiertas al ex-
terior; y en la nuestra, la galería está cerrada, iluminada sólo por algunas
ventanas y decorada exteriormente por una serie de arcaturas.
(4) No hay más excepción que en la cabecera de la galería; en la cual
hay dos ventanas juntas. La razón de esto está, en que si en dicha cabecera
hubiera una sola ventana, entonces daría en ella el vórtice de la techumbre
de la capilla del Salvador; mientras que así el referido vértice arrima en el
miembro que separa las dos ventanas. Actualmente una de ellas está
tapiada.
128
LIBBO SEGUNDO
Ftitoijrafia de J. Liwia. Fotor/rabado de Laporta.
Vista exterior del muro que cierra la galería del ábside principal.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 129
el que' cierra la parte superior del ábside principal,
es poligonal. Esta parte de la iglesia ofrece sumo in-
Tomo III.— 9.
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130
LIBRO SEGUNDO
teres por su estructura y por la antigüedad que re-
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presenta. Las juntas de los sillares están muy mal ajus-
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMtOSTELANA 13 1
tadas; los ángulos del polígono están cubiertos por co-
lumnas estriadas y salomónicas y adornados de pomas;
132 LIBEO SEGUNDO
casi todos los capiteles parecen tomados de otra obra
mucho más antigua; y los canecillos, que sostienen el ale-
ro decorado en su parte más saliente con un cable ó fu-
nículo y con una especie de dentículos , son de lo más senci-
llo y rudimentario (1). Cinco ventanas iluminaban, se-
gún Aymerico, la gran bóveda del ábside; otras tantas
la iluminan hoy; pero dudamos que sean las mismas que
las antiguas, ó por lo menos debieron sufrir tales modifi-
caciones, que alteraron por completo su forma primiti-
va. A juzgar por las arcaturas que quedaron intactas
(pues en cada lado- del polígono había una ventana ó
una arcatura), los dinteles que cubrían estas ventanas
estaban formados por un arco trilobulado (2).
Por lo demás, á esta parte alta del cerramiento del
ábside, á causa sin duda de dar más fácil salida á las
aguas pluviales, exteriormente se le hicieron tales agre-
gados, que no poco lo desfiguraron. Por la parte de arri-
ba se le impuso un muro ó tapias muy impropias de aquel
sitio. Por la parte de abajo se elevó el tejado hasta tocar
casi en el dintel de las primitivas ventanas.
(1) Véanse los fotograbados de las págs. 130 y 131.
(2) Street (Some account ofgothic Árchitecture in Spain)^ no deja pasar
inadvertidos estos arcos lobulados de nuestra Iglesia, y más bien que á in-
fluencia morisca, los atribuyó á importación de la escuela de Auvernia, en
cuyas iglesias se ven con frecuencia dichos arcos. No es esta ocasión de
investigar \)or parte de quién está la prioridad en el uso de estos arcos. Hoy
por boy nos inclinamos á Compostela; y creemos que nuestra hipótesis no
])arecerá atrevida á los que juzgan que tales arcos proceden de Oriente.
Por entonces nuestra ciudad se hallaba en más directa comunicación que
Auvernia, con las regiones de Levante.
LOS TKES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 133
XV
La CABECERA DE LA IGLESIA VISTA EXTERIORMENTE
RANDE debía ser la impresión que cau-
sase la vista de cualquiera de las tres
fachadas de nuestra Iglesia; pero no po-
día ser menos digno de admiración el aspecto que tenía
que ofrecer la cabecera contemplada exteriormente. En
el centro de una superficie plana de unos 80 metros de
desarrollo por 20 de altura, se destacaba un gran cuer-
po saliente terminado en hemiciclo y formado por varios
compartimientos escalonados á guisa de anfiteatro. Bor-
daban el perímetro de este cuerpo saliente otros cinco
cuerpos menores también salientes (las capillas absi da-
les), de planta semicircular, é iluminados cada uno por
tres ventanas. El paramento exterior de estos peque-
ños ábsides aparecía dividido en tres tercios ó comparti-
mientos, incluidos entre las dos pilastras que se erguían
en el punto de inserción con el muro de la iglesia, y dos
columnas que se levantaban á conveniente distancia. Fai
cada uno de estos tercios, se abría, según acabamos do
indicar, una ventana; la cual, como las otras del templo,
tanto interior, como exteriormente, estaba adornada
de miembros arquitectónicos, como archivolta, colum-
nas, etc.. De estos cinco ábsides, el central se distinguía*
134
LIBBO SEGUNDO
de los demás en ser más ancho y más prolongado; pero
3u disposición arquitectónica era la misma. Esta serie
LOS TEES PHIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 135
de ábsides se extendía á ambos lados del cuerpo central,
hasta alcanzar el número de nueve, contando con los
dos que de cada lado se incrustaban en la parte plana
de la cabecera ó sea en los brazos del crucero. La te-
chumbre de estos ábsides, probablemente formada por
pizarras á modo de escamas, era semicónica; y el vérti-
ce lo ocupaba un monstruo de formas las más bizarras
y caprichosas. En cada uno de los entrepaños que media-
ban entre los nueve ábsides se abría una ventana de las
mismas dimensiones que las del resto de la iglesia.
A la altura que señalaban los vértices de los ábsides,
corría ó corre una sencilla imposta desde la cual co-
mienza el muro que cierra la galería del ábside princi-
pal (1). Este muro no podía menos de estar cubierto con
un alero sostenido por canecillos, como los del cuerpo de
la iglesia; pero en el siglo XVII ó XVIII, alero y cane-
cillos fueron sustituidos por la exótica balaustrada que
hoy subsiste. Aquí sobre el tejado aparecen dos arbotan-
tes rudimentarios, uno de cada lado, que van á apoyar
el último arco cincho de la bóveda del ábside principal.
Sobre este muro y retirado como unos cinco metros,
se levantaba un segundo muro, que era el del cerra-
miento del ábside principal, adornado de columnas y
ventanas y arcaturas trilobuladas. Aquí se conservaron
el alero y los canecillos; pero sobre ellos se construyó
un macizo paredón como zócalo de la pretenciosa ba-
laustrada con que se quiso desfigurar nuestro monu-
mento.
Más arriba se veía un frontón triangular, que cobi-
jaba un arco trilobulado, y gobre el cual aparece enar-
(1) Véanse los fotograbados de las págs. 128 y 129,
136
LIBRO SEGUNDO
Fotografía de J. Liiuia.
Fotograbado de Laporta.
LOS TBES PBIMEKOS SIGLOS DE LA I. COMPOSÍELAIÍÁ
137
bolada sobre el lomo del simbólico Cordero, una gran
cruz de cobre, que parece debió ser procesional (1).
Más allá de la cruz, se elevaba la gran torre central,
que al parecer debía de ser octógona, con una ventana
en cada entrepaño.
Mérito especial de los grandes artistas, es piramidar
sus composiciones y equilibrar las masas que entran en
ellas. A la vista de nuestro monumento, habrá que re-
conocer que no se ocultaban al Arquitecto compostelano
ninguno de los secretos en cuya posesión se cifra la glo-
ria de todo consumado artista.
XVI
Altares y coro de la Basílica
NOS once altares contaba la Basílica en
la parte baja, y tres en la galería. To-
dos ellos debían de ser de muy reduci-
das dimensiones, pues así lo exigía la
práctica de entonces; tanto más que el altar mayor que
(1) Es la que vulgarmente llaman Cruz dos (arrapos ó de los harapos.
En esta cruz hacían estación antiguamente los peregrinos; y algunos deja-
ron en ella grabados sus nombres.
138 LIBBO SEGUNDO
se hallaba, como hoy, en el centro del hemiciclo del
ábside principal, no llegaba á un metro de extensión.
Detrás del altar mayor estaba el de Santa María
Magdalena, cuya situación no podemos precisar con fije-
za. Sólo por conjetura diremos que estaba en el interco-
lumnio que cierra el ábside por la parte de atrás, dando
frente al altar de San Salvador.
Los otros nueve altares estaban dedicados á San Ni-
colás, á la Santa Cruz, á Santa Fe, á San Juan Evan-
gelista, al Salvador, á San Pedro, á San Andrés, á San
Martin y á San Juan Bautista. Todos estaban en el cen-
tro de su respectivo ábside. De los ábsides primitivos,
sólo se conservan el de Santa Fe (hoy San Bartolomé),
el de San Juan Evangelista, el del Salvador y el de San
Pedro (hoy la Virgen de la Azucena). Los otros cinco
ábsides y sus respectivos altares, estaban, comenzando
su enumeración por el lado del Norte, el de San Nicolás
en el entrepaño en que está abierta la puerta para la
Corticela; el de la Santa Cruz en la capilla de la Concep-
ción; el de San Andrés estaba del otro lado del deambu-
latorio en correspondencia con el de Santa Fe; el de San
Martín y el de San Juan Bautista tenían colocación
equivalente á los de la Santa Cruz y San Nicolás (1).
La ornamentación arquitectónica de todos estos áb-
sides era muy sobria; sólo consistía en las dos columnas
(1) El solar que ocupaban los de San Andrés y San Martín quedaron
incluidos en la actual capilla del Pilar. El de San Martín, después que á
principios del siglo XII se colocó en él el cuerpo de San Fructuoso, tomó la
advocación de este santo. Cuando á principios del siglo XVIII se construyó
la capilla del Pilar, los altares de San Andrés y San Fructuoso, se traslada-
ron al sitio que hoy conservan. A la sazón se deshizo también el ábside de
San Juan Bautista para abrir en su lugar la puerta de la Quintana.
LOS TBEá PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA l39
de la entrada; en las jambas délas tres ventanas que
los iluminaban con sus columnas, capiteles y archivolta
lisa; y en la imposta de billetes que corría al nivel de la
base de las ventanas. Su planta era semicircular y de
unos cuatro á cinco metros de radio; la bóveda de cas-
carón.
El coro en nuestra Basílica (contra lo que general-
mente se usaba en otras muchas iglesias, en las que el
coro estaoa ó dentro del presbiterio ó alrededor del al-
tar), siempre debió estar en el mismo sitio que hoy ocupa;
porque la continua afluencia de peregrinos que llegaban
con el exclusivo afán de besar las losas del altar y vene-
rar de cerca las Reliquias del Apóstol, no permitía en el
presbiterio comodidad para cantar las Horas Canónicas.
Hasta el año 1111, el coro estuvo, á lo que parece, en la
parte de la antigua Basílica que permanecía en pie den-
tro de la obra nueva (1); la cual parte se extendía pró-
ximamente desde la reja de los pulpitos hasta donde co-
mienzan los asientos del actual coro. En el año 1111
ó 1112, D. Diego Gelmírez hizo desaparecer estos restos
de la antigua Basílica, y en su lugar construyó el coro,
como veremos más adelante (2).
(1) Lo mismo aconteció en la Catedral de París, en la cual la iglesia de
San Esteban que debía quedar incluida dentro de la obra nueva, se dejó
estar en pie por mucho tiempo. (Viollet-le-Duc, Diction. etc., tom. II, pági-
na 286).
(2) Vetustissimam ecclesiolam obrui praecepit, quae intra immensam
novae Ecclesiae capacitatem, etc.... fHist. Compost., lib. I, cap. LXXVIII).
140
LIBRO SEGUNDO
XVII
Pavimento y tejado de la iglesia
^Mm/K ROBABLEMENTE el pavimento de nuestra
^^-^^^^^ Iglesia siempre estuvo formado, ó de
hormigón, ó de grandes losas de granito. No
es de creer que en ningún tiempo se hubiesen
empleado para el pavimento las baldosas de ladrillo es-
maltado con adornos y figuras de diversos colores, que
tanto se usaron en otras iglesias. Los acerados regato-
nes con que estaban armados los báculos de los innume-
rables peregrinos que visitaban nuestra Basílica, hacían
imposible tal clase de pavimento, aún en el presbiterio,
pues allí era donde más se apiñaban las turbas de los
devotos romeros.
El mismo inconveniente ofrecían las baldosas de
mármol, grabadas y con incrustaciones de plomo ó mas-
tic de variados colores; las cuales tuvieron gran aplica-
ción en las iglesias de Francia é Italia.
Según Aymerico (1), la Iglesia estaba cubierta con
teolis y planchas de plomo. A nuestro juicio, con la voz
teolis no se quiso significar las tejas hechas de ladrillo,
sino baldosas de pizarra asentadas á manera de las
(IJ Véanse Apéndices, núm. II, §. XI.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 141
tejas. El sistema de tejas no se empleó en nuestra Igle-
sia, al menos de un modo completo, hasta mediados del
siglo XVII. Por lo que refiere la Gompostelana (1), se ve
que en el año 1117 no toda la Iglesia estaba cubierta
con baldosas de piedra; pues una buena parte aún lo
estaba con tablas y paja. (Xon módica enim pars Ecclesiae
erat cooperta miricís et tálndis).
XVIII
El claustro
I hubiéramos de tomar al pie de la letra las
palabras que trae la ComjposteJana (2) al ha-
blar del claustro que se comenzó hacia el año 1124, ten-
dríamos que decir que hasta dicha fecha la Basílica de
Santiago liabía carecido de claustro. Illa tamen Eccksia,
dice, en efecto, la Compostelana, mdlum adJnic daitstrnm,
nullam competentem ofp^cinam habébat.
En la misma Compostelana (S), al tratar de la rebelión
de los compostelanos del año 1117, se habla de dos
claustros existentes entre la iglesia de Antealtares y la
Catedral. El uno de ellos era el del Monasterio; el otro
que estaba tocando con la Catedral y próximo á la Ca-
nónica, tenía que ser el de la Basílica. También la Com-
postelana (4) hace mención del claustro al referir la tras-
(1) Lib. I,cap. CXIV, núm. 2.
(2) Lib. III, cap. I.
(3) Lib. I, cap. CXVI, pág. 243.
(4) Lib. I, cap. XV, pág. 4L
142 LIBRO SEGUNDO
lación de las Reliquias de San Fructuoso, de Santa Su-
sana y San Silvestre. Señalando los lugares de la Cate-
dral en que faé colocado cada uno de estos Cuerpos
Santos, dice que el de San Fructuoso fué definitivamen-
te depositado hacia el año 1106 en la capilla de San
Martín, en donde se le edificó y consagró un altar. Al
precisar el sitio en que estaba dicha capilla, añade que
se hallaba entre la capilla mayor y la puerta que con-
ducía al claustro; infer pirtarn qiiae mittít in daiistrum et Al-
tare Sci. Jacohí (1). Este claustro no podía ser otro que el
de la Canónica, el propio de la Catedral.
En vista de esto habrá que admitir, que lo que la
Compostelana dijo en el año 1124, debe entenderse en el
sentido de que el claustro entonces existente — que sin
duda sería muy pequeño y quizás estaría arruinado^ — ■
era indigno de la gran Basílica compostelana, y que ni
aún merecía mentarse.
(1) Esta puerta es la que Ajmerico llama de la Canónica. (Véase más
atrás, pág. 125).
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 143
I
XIX
Signos lapidarios
INALMENTE, para completar este estudio
debemos decir algunas palabras acerca de
las marcas ó signos lapidarios, grabados en los
sillares, sobre los cuales signos podemos hacer
algunas interesantes deducciones acerca del
curso que so siguió en la construcción de la
Iglesia.
En lo que queda de los muros antiguos que
cerraban el deambulatorio, apenas se nota signo
alguno lapidario. Esto demuestra que esta parte
se fué haciendo normalmente, es decir, con solos
los canteros que tenía á jornal la Fábrica. En el bra-
% T + X B $ / í ai
XRCe^F Ais
Algunos de los signos grabados en el brazo meridional del crucero.
zo meridional del crucero, que es el más antiguo, ya
se notan con frecuencia algunos signos lapidarios; de lo
que debe colegirse que además de los canteros que tra-
bajaban á jornal, se recurrió á otros que trabajaban á
destajo, los cuales grabaron su marca en cada una de las
piezas que iban labrando.
144 LIBBO SEGUNDO
En la construcción del brazo septentrional del cru-
cero debió precederse con suma rapidez, como lo exigía
la circunstancia de que por aquel lado era por donde so-
lían venir las caravanas de peregrinos. Hay algunos
w ^ <2i/v a "K /? t
Signos grabados en los machones del brazo septentrional además de los impr3H0 3
en los machones del brazo meridional.
machones, cuyos sillares están casi todos marcados con
algún signo lapidario. Esto demuestra cuantos opera-
rios á destajo hubo necesidad de llamar para terminar
en breve plazo la obra.
En la obra de la nave del trascoro ya se procedió
con más calma, pues son raros los signos que se notan en
las paredes y en los machones. No obstante, los muros
que cierran el área de la Iglesia, á juzgar por las mar-
cas lapidarias que se ven al exterior — en las pocas par-
tes que de estos muros quedaron descubiertas — debieron
iU
^ZV' A
<is>
vL DC 1£
construirse con bastante actividad; la cual actividad fué
en aumento, á medida que se iban elevando los muros.
Así es que á la altura de las segundas ventanas, ó sea
las de las galerías, los signos lapidarios se multiplican
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS BE LA I. COMPOSTELANA 145
considerablemente. Otra prueba de la premura con que
se construyó esta parte alta de la iglesia, nos la ofrece
el poco esmero que se advierte en el asiento de los silla-
res, cuyas juntas están bastante separadas.
Por lo común, los signos están profundamente graba-
dos, y son de bastantes dimensiones; algunos de 20 cen-
tímetros y más de alto. En su mayoría son letras mayús-
culas, acaso las iniciales de los nombres de los opera-
rios, como P (Petrus), Gr (Gundesindus), S (Suarius),
A (Arias), etc.; pero también abundan los signos con-
vencionales, como el llamado sello de Salomón, el trián-
gulo, el hacha, el compás, el candelabro, etc.
Es de notar que algunos de estos signos, lo mismo se
encuentran en las partes por donde se comenzó á cons-
truir la iglesia, que en las últimas y más elevadas; lo
cual demuestra que la obra se llevó á cabo de un golpe
y sin interrupción.
XX
Mobiliario
iMvr M ^^ i^obiliario de aquella época, como
"-^"^"'^ V±í^ era consiguiente, pocas piezas nos que-
dan. Prescindiendo do algunas mucho más antiguas,
como la cruz de Alfonso III, la de Ordeño II, la primiti-
va pila bautismal, contemporáneas, con poca diferencia,
de la reedificación de la i)rimitiva Basílica, sólo podre-
Tono m.— 10.
14G
LIBBO SEaUNDO
nios citar la columna de cobre fundido que contiene los
restos del férreo bordón de Santiago y la cruz dos farra-
¡JOS ó de los harapos; llamada así poi* las ropas que al
pie, en un gran depósito de piedra, solían dejar los pe-
Columua de (;obre íuiitlido (jue contiene los restos del bordón de Santiagfj.
regrinos (1). Como ya hemos dicho, esta cruz, á juzgar
por el tubo que tiene en la base para enchufar en el
asta, parece haber sido procesional. Es también do co-
bre, y tiene unos dos metros de alto (2).
(1) Parece que estos paños se recogían y subastaban, repartiéndose el
producto entre* la Fábrica de la Iglesia y el Alcalde inaj^or del Arzobis-
pado. En el año 1400, (pie fué año de Jubileo, produjeron 5^.000 mara-
vedises.
(2) Véase el fotograbado de la pág. 136.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 147
XXI
Conclusión
ERDÓNNENOS nuestros lectores si la belle-
za íntima y profunda de nuestro monu-
mento, nos obliga á detenernos aún en algu-
nos detalles que hieren la imaginación, pero
con la dulce herida que cautiva al alma y produce el
entusiasmo. Si con el pensamiento nos remontamos á la
época en que fueron construidas aquellas armoniosas ar-
cadas que cierran las grandes naves (1), aquellas tan
bien concertadas bóvedas de la galería (2), todo aquel
conjunto de miembros los más diversos y sin embargo
marcados todos con el sello de la más perfecta unidad, se
sobrecoge el ánimo al considerar la pericia, el talento,
la energía de los que pusieron mano á obra tan acaba-
(1) Véase el fotograbado de la pág. 148.
(2) Véase el fotograbado de la pág. 149.
148
LTBEO SEGUNDO
Fotografía de J. limia^
Fotograbado de í^a^orta.
LOS TRÉá PHIiíElaOS SlGÍLOá DEl LA I. COMPOSÍELA.N'A 149
fotogrq/ta de J. Limia
fotograbado de Laforta%
150 LIBRO SEGUNDO
da en tiempo en que en otros países no se salía aún de
tímidos y á veces frustrados ensayos.
¡Loor eterno á nuestros padres que supieron erigir
un monumento, que pudiera ser siempre el orgullo de
sus nietos!
CAPÍTULO IV
Prisión y anticanónica deposición de D. Diego
Peláez en el Concilio de Husillos. — Intrusión
de D. Pedro, Abad de Cárdena.
á esta
realce
NA (le las épo-
cas más me-
morables de
nuestra Histo-
ria, es la que
señala la con-
quista de To-
ledo. Merced
gloriosa empresa, la Autoridad Real cobró nuevo
y esplendor, y atrajo á la vez el amor y la consi-
152 LIBEO SEGUNDO
deración de todos, no sólo dentro, sino fuera de la Pe-
nínsula. D. Alfonso VI, después que el 25 de Mayo
de 1085 hizo su entrada triunfal en la antigua capital
del Imperio Visigótico, se dedicó con premura á poner
en asiento, tanto las cosas de aquella tan ansiada Me-
trópoli, como las de todo el reino, que bien lo necesita-
ban después de tantas y tan porfiadas luchas.
Con el ensanche del reino y el establecimiento de la
Corte en Toledo, quedó Galicia más alejada de los cen-
tros gubernamentales; pero por esto mismo pudo conser-
var cierta prudente autonomía, que redundó en gran
bien suyo, é hizo recordar los días de D. Ordeño II y de
su hijo D. Sancho. La fama de la guerra de Toledo y de
la irrupción de los Almorávides, había atraído á España
á muchos adalides extranjeros, ávidos de honra y de
gloria. Entre ellos se había señalado el Conde D. Ra-
món de Borgoña; y el Rey D. Alfonso para premiar sus
servicios, y utilizar los que en lo sucesivo pudiera pres-
tarle, quiso retenerlo en la Península dándole muy ho-
norífica y ventajosa colocación. Era D. Ramón hijo de
Guillermo, Conde de Borgoña, y hallábase emparentado
con la familia real de Francia, y de consiguiente, con
la Reina de España, D.'^ Constanza. Por de pronto le
dio D. Alfonso el gobierno de Galicia con título de Con-
de, y le prometió la mano de su hija primogénita, la in-
fanta D.^ Urraca (1).
(1) El primer documento en que D. liamón aparece intitulándose Con-
de de Galicia, es un Privilegio concedido por D. Alfonso VI en el año
1088, al Monasterio de San Martín de Santiago. Dona el Monarca por esta
escritura, al Monasterio, el lugar de Barcena, en tierra de Saines, parroquia
do San Juan de Boione (Bayón), i la falda del Castro Lupario. Después do
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELAIÍÁ l63
FutofjrdfiudeJ. Limia.
Fotogrchudu de Laporta,
Miniatura del Tiunho A, fnl. 20 vuelto, que representa á D. Alfonso VI,
154 LIBBO SEGUNDO
Pero no debemos adelantar ideas, sin hacer ver pre-
viamente cuánto necesitaba D. Alfonso de una persona
de bastante prestigio y de lealtad probada, á quien pu--
diese confiar el gobierno de Galicia. En primer lugar el
Re}^ de Galicia, D. García, era para D. Alfonso una con-
tinua pesadilla (hac necessüudine anxms, dice el SüenseJ,
No bastaban á tranquilizarlo, ni los muros del castillo
en que se encontraba D. García, ni los grillos y cadenas
que lo aprisionaban. Escribe el Arzobispo D. Rodrigo (1),
que D. Alfonso amaba ciertamente á su hermano, y
quería que á su muerte le sucediese en el Trono, y que
habiendo sabido que D. García se hallaba enfermo, ha-
bía dado orden para que se le aflojasen los grillos, aun-
que no del todo; porque recelaba, que, como era tan dís-
colo, si llegaba á recobrar la libertad, le revolviese y
perturbase el reino.
En segundo lugar, no todos los gallegos podían re-
acotar el lugar con piedras levantadas y escritas, hace cesión al Convento de
varias voces ó derechos Reales que dentro de dichos términos correspon-
dían á la Corona. Entre otros, menciona el derecho de cliaritel, (que era la
facultad de poner marcos ó sellos), y las multas por homicidio, rapto y hurto.
No es original este documento que se guarda en la Biblioteca de la Univer-
sidad de Santiago entre los procedentes de San Martín; y aún pudiera suce-
der que la firma de D. llamón fuese posterior al año 1088.
Sandoval (Historia de los Reyes de Castilla y León.—D. Alfonso VI',
Pamplona 1634; fol. 82), cita una escritura del Monasterio de Jubia, por la
cual Osorio Velázquez con su hijo Pelayo Osóriz, vende á D. Rodrigo Frói-
laz la iglesia de Santa María de Vilar en el Obispado de Mondoñedo. La
fecha, según Sandoval, estaba así: Era MCXXV. III Kal. Aprilis, regnan-
te Adefonso Bex in Toleto regni sui, tenente Qaletie prejussa illius Regis ge-
ner ejus Comité Reymundus ortus ex stirpe francorum. El erudito Obispo de
Pamplona ya estimaba que esta fecha estaba viciada; pero si se lee así:
Era MCXXVIII. Kal. Aprilis, es perfectamente admisible.
(1) De rehus Hispaniae, lib. VI, cap. XXX.
LOS TBES. PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 155
signarse á ver en prisiones á su antiguo Monarca; y mu-
chos de ellos soportaban con disgusto el yugo de D. Al-
fonso, y buscaban sin rebozo la ocasión de sacudirlo.
Descollaba entonces entre los Magnates gallegos el Con-
de D. Rodrigo Ovéquiz, de la esclarecida familia de los
Osorios; el cual era señor de muchas tierras y posesio-
nes que con sus hermanos D. Vela y D. Bermudo, ha-
bía heredado de su padre D. Oveco Bermúdez y de su
abuelo D. Bermudo Vigílaz ó Vélaz. Los primeros años
de su juventud los había pasado en la Corte del Rey
D. Alfonso; quien prendado de sus excelentes cualida-
des, y quizás también por motivos políticos, lo había
siempre distinguido con particular afecto (1).
Cuando D. Rodrigo Ovéquiz volvió á Galicia, ya
eran generales la desazón y descontento; y el intrépido
Magnate, que sin duda participaba en secreto de los
mismos sentimientos, no tardó en convertirse en centro
y cabeza de los conjurados. Su madre, D.^ Elvira Suárez,
señora de varoniles alientos, lejos de disuadirle de sus
arriesgados y temerarios propósitos, lo animaba á la in-
surrección. A las órdenes de D. Rodrigo acometen los
rebeldes la ciudad de Lugo, se apoderan de sus fortifi-
caciones, dan muerte á Ordeño, merino del Rey, y enar-
bolan descaradamente el estandarte de la rebelión.
Alentados por el feliz éxito de este primer golpe, procu-
ran con frecuentes correrías tener en continua alarma
(1) En un Diploma otorgado á la Iglesia de Lugo, dice T). Alibnso de
D. Hodrigo: Quefn ego ut filium nutrieram, et honore et mumre ditaveram.
En 18 de Febrero de 1085 aun firma D. Rodrigo con su hermano D. Vela
una donación hecha por D. Alfonso VI á la Santa Iglesia de Astorga,
156 LIBRO SEGUNDÓ
el pcaís, allegar recursos y aumentar el número de sus
parciales; asaltan las fortalezas y castillos de los alrede-
dores; y llegan á hacerse dueños de gran parte de
Galicia.
Hallábase á la sazón D. Alfonso ocupado en dar
asiento á las cosas de la ciudad de Toledo que acababa
de conquistar; pero, laego que tuvo conocimiento exacto
de la gravedad de la insurrección, acudió en persona á
sofocar en su foco aquel incendio que con sus llamas po-
día acarrear la ruina de la patria. Lanza primero sus
tropas al asalto de las murallas de Lugo; después al del
castillo; y por último al de la Catedral, en donde se ha-
bían encerrado y fortificado gran número de rebeldes.
Todo cayó en poder de D. Alfonso; el cual hizo ejemplar
castigo en los revoltosos. A unos los condenó á la última
pena; á otros les confiscó los bienes; á otros los desterró
del reino; y á los fugitivos los declaró incursos en caso
de alta traición. D. Rodrigo Ovéquiz, con algunos de los
principales jefes de la insurrección, fué desterrado á
Zaragoza.
Parece que el turbulento Conde gallego fué bien re-
cibido por el Rey de Zaragoza Almutamin (si es que no
le había sucedido ya su hijo Almostaín 11, lo que tuvo
lugar en el año 1085); el cual tenía á su servicio á otros
muchos caballeros cristianos, y entre ellos al célebre
Cid Campeador.
Al poco tiempo invadieron á España los Almorávi-
des á las órdenes del Emperador de Marruecos, Jusef-
ben-Tachufín; y D. Alfonso VI, que á la sazón se halla-
ba sitiando á Zaragoza, tuvo que abandonar la empresa
para salirles al encuentro y atajarles el paso. Fuele ad-
versa la fortuna en este lance; y la desgraciada jornada
LOS TEES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 157
de Zacala ó Sacralias (1), quebrantó sus fuerzas, pero no
su ánimo.
Aprovechando la ocasión D. Rodrigo Ovéquiz, y tal
vez estimulado por el Rey moro de Zaragoza, que que-
ría de esta manera vengarse de D. Alfonso, vino de
nuevo á Galicia, levantó gente, estableció su centro de
operaciones en el castro de San Esteban de Ortigueira,
cerca de la costa del Cantábrico, desde donde corría de
continuo la tierra para alentar á sus parciales, sacar de
su indecisión á los flojos y remisos, y atraer nuevos cóm-
plices y fautores.
Dicha fué para D. Alfonso el que el Miramamolín
Jusef, después de la de Azagala, diese vuelta para Áfri-
ca. Con esto el Monarca cristiano quedó en libertad
para caer de nuevo con poderoso ejército sobre los in-
surrectos gallegos y castigar y domar su rebeldía. A Don
Rodrigo Ovéquiz le confiscó todos sus bienes en favor de
la Santa Iglesia de Lugo, á la cual tantos daños había
ocasionado (2).
En esta segunda venida á Galicia, que debió tener
lugar entre el año 1087 y el 1088, fué cuando D. Alfon-
so VI mandó poner en prisiones al Obispo de Santiago,
D. Diego Peláez. No se saben á punto fijo las causas que
impulsaron á D. Alfonso para tomar, como dice Maria-
na, esta grande y notable resolución de poner las manos en
(1) Azagala, dehesa, en el partido judicial de Al burquerque, provincia
de Badajoz.
Diose esta sangrienta batalla el 23 de Octubre de 1086; y es de notar
que á pesar de haber sido tan gloriosa para las armas musulmanas, sólo con
el auxilio de las Crónicas cristianas pudo precisarse su fecha. (Véase Dozy,
Histoi^e des Musulmans d' Espagne; Leyde, 1861; tom. III, págs. 292 y 293).
(2) Esj). Sag., tom. XL, pág. 182 y siguientes.
158 LIBRO SEGUNDO
hombre consagrado; pero después de lo que dejamos ex-
puesto, parece que fácilmente se adivinan. La Historia
Coynpostelana (1) dá á entender que D. Diego fué declara-
do reo de alta traición. Qiiem Episcopum (Didacimi) prae-
didus Rex Alfonsus expulit ah Ecclesia Bti. Jacohi, et diu te-
miit captum, imposito ei nomine proditoris. Proí^i/or llama tam-
bién el Rey á D. Rodrigo Ovéquiz en el diploma que otor-
gó á la Iglesia de Lugo el 18 de Junio de 1088; y es
muy verosímil que entre el Conde y el Prelado hallase
D. Alfonso, fundada ó infundadamente, ciertos motivos
de complicidad (2). Graves eran las razones que impul-
saban á D. Alfonso á mostrarse en aquella ocasión sus-
picaz y receloso. Las continuas sublevaciones de los ga-
llegos; el carácter de su hermano D. García; la actitud
de muchos nobles castellanos, no eran sucesos á propósi-
to para llevar la tranquilidad á su ánimo; y que no le
obliga.sen á vivir siempre en zozobra.
Por otra parte, á D. Diego Peláez no le faltaban
enemigos implacables que á toda costa deseaban su per-
dición. La energía con que supo reprimir la insaciable
ambición de los sacrilegos usurpadores de los bienes y
haciendas de su Iglesia, en las manos de algunos de los
cuales aún quedaban rastros de la sangre de su santo
predecesor Gudesteo, había levantado contra él el odio
(1) Lib. II, cap. II.
(2) Para justificar D. Alfonso su manera de proceder al confiscar los
bienes al Conde D. Rodrigo, se escuda con la autoridad de varios textos,
tomados de la Sagrada Escritura, del Derecho Canónico y del Fuero Juzgo,
de los cuales quiso deducir que al Príncipe para con el traidor todo le era
lícito. (Véase Esp. Sag., tom. XL, Apéndice, núm. XXIX, pág. 424). Pro-
bablemente tam})ién con estos textos se armó D. Alfonso para perseguir al
Prelado compostelano.
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA lo9
y rencor de muchos y poderosos caballeros, que no
pudiendo perderle por medio de la fuerza, trataron de
conseguir su objeto recurriendo á la astucia y á la intri-
ga. Además, ya entonces los Prelados de Santiago eran
considerados, no sólo como Obispos de los más respeta-
bles y venerados, sino como altos dignatarios del Estado,
con amplias atribuciones en lo civil y administrativo (1).
Esto tampoco podía menos de suscitar contra D. Diego
grandes celos y rivalidades. Y en efecto, prosiguiendo la
Compostelana el relato del procesamiento de D. Diego,
dice que algunos de sus enemigos presentaron contra él,
llenos de envidia, la falsa acusación de que andaba en
tratos con los Ingleses y Normandos para entregarles el
reino de Galicia (2).
(1) Non tantum Episcopi (Praesules Coinpostellani), sed quasi Princi-
pes fuerant.... Tanto, igitur, honoris culmine Pontifices in Ecclesia Bti. Ja-
cobi praediti prae caeteri Episcopi Hispaniae regiam potestatcm a Regibus
liabebant. (Hist. Compost., lib II, cap. I).
(2) «Quidam, enim, ejus inimici invidiae zelo dixerunt, quod Gallae-
ciae regnum prodere Regi Anglorum et Normannorum, et auferre Regi Hi-
spanorum Satageret.» (Lib. II, cap. II).
Para esta calumniosa acusación es fácil que no faltase algún pretexto.
Según advierte Dozy (Recherches, etc., tom. II, pág. 316), los Normandos,
que desde fines del siglo XI habían dejado de infestar las demás regiones
de Europa, continuaron, no obstante, saqueando las cestas de Galicia, y á
veces en número tan considerable, que echaban pie á tierra en nuestro país
(como hizo Sigurd en 1112 y Ronald en 1152), y en él se detenían el tiem-
po que les venía bien, exigiendo de los moradores por medio de contratos y
arreglos, víveres y lo demás necesario para la vida. Pudo suceder también,
que, así como treinta años antes habían mediado tratos en Santiago para ca-
sar al Rey D. García, el hermano de D. Alfonso VI, con una hermana del
Emperador de Alemania, Enrique IV, así ahora no faltase quien procurara el
enlace de D. García con alguna Princesa normanda, hija acaso de Guiller-
mo el Conquistador. Claro es que esto de ningún modo lo toleraría D. Al-
fonso VI, quien no dejaría de ensañarse contra el que hallase sospechoso de
connivencia en tales trabajos.
160 LIBEO SEGUNDO
Téngase en cuenta asimismo, que D. Diego además
de la de Obispo, gozaba de doble representación en la
sociedad, la de Señor de Santiago y la de Señor de ex-
tensas comarcas, cuyo dominio iba anexo á la investidu-
ra de la Mitra compostelana. Por cada uno de estos dos
conceptos, así como le incumbían arduos deberes, así
también le correspondían altos honores y preeminencias.
Como á Señor de Santiago, todos los ciudadanos le de-
bían acatamiento, sumisión y respeto; todos debían lle-
var ante él sus públicas querellas, y esperar de él la reso-
lución de sus pleitos. Como el Prelado no podía entender
por sí en todos los negocios, tenía establecidos tribuna-
les especiales, el del vülicus y el de dos Jueces eclesiásti-
cos. El primero era una especie de corregidor encargado
de velar por la seguridad pública y por la observancia
de las ordenanzas municipales, y de recaudar las penas
pecuniarias. Los segundos eran los que dentro de la ciu-
dad conocían en toda clase de pleitos entre los ciudada-
nos, y en los que, ó por costumbre ó por la gravedad del
asunto, venían de las comarcas sujetas á la Iglesia de
Santiago.
En cuanto Señor de la tierra de Santiago, el Prela-
do compostelano tenía la obligación de levantar tropas
y conducirlas por sí mismo, ó por jefes de su confianza,
hasta incorporarlas en la hueste regia (1). Para la me-
jor organización de este servicio, el Prelado encomen-
daba á distinguidos caballeros bajo el título de praesti-
monia, honores, mandationes. el gobierno y administración
de alguno de los distritos de que se componía la Tierra
(1) Do ín[\\\ el adagio de que habla la Compostelana (lib. IT, cap. 1);
Obispo de Santiago báculo y ballesta.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA l6l
de Santiago; y los caballeros estaban obligados á recibir
sus órdenes y á acudir á sus llamamientos. Por tales ra-
zones se ve que entre todas las demás, debía de descollar
la figura del Obispo de Santiago, y que podían ser no
siempre benévolas las miradas que sobre él fijase el So-
berano.
Mas D. Alfonso comprendió que se hallaba en el
caso de dar alguna apariencia de legalidad al acto de
violencia cometido con el Obispo compostelano: y para
esto, aprovechándose de la oportunidad del Concilio de
Husillos, celebrado á principios del año 1088, y contando
con la excesiva complacencia del Cardenal Legado, Ri-
cardo de Marsella, propuso en el Sínodo la deposición
de D. Diego. Ni el Cardenal Legado, ni los Padres mos-
traron valor para contrariar en este punto la voluntad
del Monarca; y la deposición, previo un vano simulacro
de renuncia, fué decretada sin dificultad. Oigamos cómo
la Compostelana describe lo que pasó en Husillos: «El Rey
D. Alfonso asistió en persona al Concilio, é hizo compa-
recer en su presencia sin grillos, pero entre sayones, al
Obispo D. Diego, al cual desde mucho tiempo tenía
aherrojado; su intento era deponerlo de la Dignidad
episcopal. El Obispo por temor al Rey y con la esperan-
za de obtener más fácilmente la libertad, no se resistió
á la vejación del Cardenal de Roma, y declarándose in-
digno del Episcopado, hizo entrega al Nuncio del n-nillo
y báculo pastoral» (1).
(1) ídem Rex Adefonsus affuit, et praedictum Episcopum, quem diu-
tius vinculis mancipari fecerat, quem solutum, sed tamen sub custodia, ad
Concilium venire jussit; videlicet ut eum a pontificali dignitate dejiceret.
'J'uuc piaedictus Episcopus metu Regis et spe liberatiouis perjudicium Ro
mani Cardinalis passus est; et coram omni Concilio &e indignum Episcopa-
ToMonL-il.
162 LIBBO SEGUNDO
Y como si los Almorávides estuviesen ya á las puer-
tas de la aula conciliar, y como si del pronto despacho
de este asunto pendiese el desbaratar á estos bárbaros,
D. Alfonso apremió para que en el acto se procediese á
la elección del sucesor de D. Diego. Fué, en efecto, ele-
gido Obispo de Compostela, D. Pedro, Abad de Cárdena;
para con el cual á esto se limitó la generosidad de Don
Alfonso; pues, por lo que parece, se reservó el Señorío
temporal de la ciudad compostelana. A D. Diego Peláez
lo restituyó á sus grillos y cadenas (1).
De esta manera terminó de hecho su pontificado el
sucesor de D. Gudesteo. A la verdad sus méritos, aún á
juzgar por los datos que nos suministra la Compostelana,
no requerían tal desenlace. D. Diego había sabido ha-
cerse respetar de los turbulentos Señores, que querían
tu proclamans, annulum et virgam pastoralem Cardinali reddidit. (Lib. I,
cap. III, pág. 17).
A esto, sin embargo, según la Compostelana, llamaba D. Alfonso celo é
interés por el bien de la Iglesia del Apóstol. «ínter haec siquidem Domi-
nas Rex Adefonsus, vir Catholicus intima consideratione comperiens quod
bmi. Apostoli Ecclesia in periculo viduitatis posita, nisi pastorali munire-
tur providentia, sine damno, nullo modo constare posset, alium in Pontifica-
km Ecclesiae Bti. Jacobi sublimare cathedram satagebat.» (Loe. cit.)
(1) La Compostelana (lib. I, cap. II, núm. 12), dice que D. Diego per-
maneció encarcelado por espacio de quince años. Unde a domino Rege Ade-
fonso, suis exigenlibus meritis, capfus spatio XV amiorum permansit in vin-
culis. Esto, por lo que resulta de otros documentos, y por lo que se despren-
de de la misma Compostelana, no puede ser exacto. En el año 1087 aún Don
Diego gozaba de libertad; pues subscribe los dos Diplomas otorgados por las
Infantas D.^ Elvira y D.^ Urraca (véase cap. I, pág. 14-16). Según la Com-
postelana (lib. I, cap. VH), al tiempo del fallecimiento del Obispo D. Dal-
macio, que tuvo lugar á fines del año 1095, ya D. Diego había reco-
brado su libertad; (a captione Begisjam liheratiis). Por lo tanto, lo más que
D. Diego pudo estar preso, fueron ocho años.
LOS TRES PRIMEBOS SIGLOS BP. LA I. COMPOSTELANA 163
engrandecerse á costa del patrimonio de su Iglesia; á
pesar de ser hechura del Rey D. Sancho, había sabido
granjearse la consideración y afecto del mismo D. Al-
fonso VI, y de las Infantas D/ Urraca y D.^ Elvira;
abrió las zanjas, trazó el esqueleto y modeló algunas de
las principales partes de la Basílica compostelana, que
será siempre un monumento perenne de la grandeza de^
su ánimo; no menos solícito del edificio espiritual, que
del material, promovió la ilustración de su Clero, au-
mentó el personal de su Iglesia elevando hasta veinti-
cuatro el número de sus Canónigos; y en Iria y en el
castillo Honesto llevó á cabo notables construcciones;
ninguno de estos hechos en los que consumió toda su ac-
tividad durante el Pontificado, entraña motivos para
ser tratado con tanta dureza; por lo que habrá que con-
cluir con el P. Flórez, que fué Varón de grande espíritu,
jpero no afortunado.
Tan pronto se supo en Roma por aviso del Arzobis-
po de Toledo, D. Bernardo, la arbitraria deposi<?ión del
Obispo de Compostela, el Papa Urbano II recién eleva-
do al Trono Pontificio no pudo menos de levantar su
voz para reprobar un hecho que por el modo y forma
con que se había llevado á cabo, revestía todo el carác-
ter de un verdadero atentado. El Papa después de poner
en entredicho á toda la Diócesis de Santiago (1), dirigió
sus Letras Apostólicas á D. Alfonso VI; y en ellas no sa-
bemos si es más de admirar la firmeza y dignidad, ó la de-
(1) Así resulta de una Bula, que el Cardenal Aguirre publicó (Collectio
máxime Coucüiorum Hispaniae; Roma 1755; toin. V, pág. 13), entre las de
Urbano II, y en la cual se lee: Tune etiam in Gallaecia omms dioecesis
Sancti Jacohi ah omni est officio excommunicata divino, quia Sancti Jacobi
Epiacopus in Regís carcere depoaitus fuerat.
164: LIBBO SEGUNDO
N
licadeza y cortesía con que Urbano II procura hacer ver
al Monarca lo grave de aquella injustificable medida, que
le ha sido, dice, tanto más sensible, cuanto menos la es-
peraba. Prosigue Urbano II exponiendo cuan ineludible
le es el deber de declarar nulo y de ningún valor, lo que
por sí no puede tener efecto alguno. Disipa la aparien-
cia de legalidad, en que se apoj^aba el Monarca al invo-
car la autoridad del Cardenal Legado; pues, prescindien-
do de que lo que se había hecho con el Prelado compos-
telano, estaba en abierta contradicción con los Sagrados
Cánones fCanonihus est omnino contrarium) , Ricardo no
tenía entonces representación alguna, pues ya había si-
do privado de la Legacía por el Papa Víctor III. Conclu-
}^e, por fin, avocando á sí la causa, y rogando, exhortan-
do y mandando á D. Alfonso que ponga en libertad al
Obispo de Santiago, que lo restablezca en su Dignidad,
y que, cuando éste vaya á Roma para ser juzgado cano-
nicalmente, envíe con él sus apoderados que asistan al
juicio. El Papa reprendió muy severamonte al Cardenal
Ricardo por haberse arrogado facultades que no tenía
para consumar una iniquidad. Escribió también al Ar-
zobispo de Toledo para que trabajase con todo empeño
en la reposición del Prelado de Santiago, y le diese
cuenta de lo que en este asunto se fuese actuando (1).
Mucho debió vacilar D. Alfonso VI al recibir las
Letras del Pajm, y lo que parece que por de pronto hizo
fué ir buscando pretextos para diferir su cumplimiento.
p]nti'otanto D. Diego permanecía en la pi-isión, y el
(1) Id, vero, praccipue te laborare volumus et rogamus, ut Sancti Jaco-
bi Episcopus, emancipatus vinculis, suo restituatur officio. De quo quicquid,
auxiliante Domino, egeria, tuis nobis litteris indicabi.s. (Aí^juirre, Collectio
máxima j tom. V, pág. 14).
I-
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 165
Abad do Cárdena, aunque intruso, continuó rigiendo la
Diócesis compostelana. Es probable que hubiese sido
consagrado en el mismo Concilio de Husillos, ó poco
después; pero de su presidencia en Santiago apenas se
conserva memoria; sólo recordamos haber visto una
subscripción suya en un documento de San Martín Pi- '
nario del año 1088, redactada en esta forma: Petras
Apostolice Sedís presid.
Mas Urbano II no dejaba de la mano el asunto, y á
fines del año 1089 envió á España por su Legado al
Cardenal Raynerio, persona de excelente carácter, de
sólida virtud y de gran tacto en el manejo de los nego-
cios. El cual, al poco tiempo de su llegada, promovió la
celebración de un Concilio que se congregó en León en
la primavera del año 1090. En él se tomaron importan-
tes resoluciones, como la de que los Oficios Divinos se
ordenasen según la Regla de San Isidoro, y la de que en
lo sucesivo, dejada la letra gótica, se adoptase en las
escrituras la letra francesa. Y por lo que toca á nuestro
asunto, se declaró nula la elección del Abad de Carde-
ña, y se le desposeyó de la Mitra de Santiago; por cuan-
to había sido nombrado sin consentimiento de la Santa
Iglesia de Roma. (Quia sine consensu ^Jatris yiostrae, San-
dae Romanae Ecclesiae, ad tanti honoris arcem jn^ovedus fuit,
dice la Compostelana flj.
Por su parte D. Alfonso envió, al fin, los anteceden-
tes relativos á la causa del Obispo de Santiago; y en su
(1) Lib. I, cap. III.— Al tiempo en c^ue se celebraba este Concilio, fué
cuando ocurrió el fallecimiento del Rey de Galicia, D. García. (Véase to-
mo II, cap. XXIX, pág. 5.54).
166 LIBRO SEGUNDO
vista el Papa, después de detenido examen y madura
deliberación, sentenció que debía separarse á D. Diego
del gobierno^de la Diócesis compostelana, pero sin decla-
rarlo indigno de la Dignidad Pontifical, pudiendo, por lo
mismo, confiársele el régimen de cualquiera otra Iglesia
que lo eligiese por Pastor. Quamvis eí (Didaco) dominus nos-
ter Urhamis offícium Epíscopctle permiserit, si quando a vacanti
evocar etur Ecdesia flj.
Antes de esto, y todavía antes de que se celebrara
el Concilio de León del año 1090, vino D. Alfonso á
Santiago, en donde lo hallamos á 28 de Enero del refe-
rido año 1090. Las cosas de Gralicia, los últimos chispa-
zos de la insarrección del Conde D. Rodrigo Ovéquiz, el
estado de la Iglesia compostelana, la prosecución de la
conquista de Portugal, etc., atraían faertemente su'^
atención hacia nuestro país. Ea Santiago hospelóse el
Monarca (pues al parecer se hallaba ausente el Obispo
D. Pedro), en casa de un caballero llamado Pedro Vi-
máraz, al cual D. Alfonso remvmeró largamente el hos-
pedaje. De esto no hubiéramos tenido noticia alguna á
no habérnosla conservado un Privilegio del Monasterio
de San Sebastián de Ficosarjro^ dado con motivo de las
quejas que presentó un Velasco, monje de dicho convento,
contra varios señores de aquella comarca que no dejaban
en paz á los monjes, ni á sus servidores, y cometían toda
clase de atropellos en sus cotos y haciendas. D. Alfonso
escuchó benignamente las quejas de Velasco, y comisio-
nó á sus alguaciles Antonino y Fernando para que rehi-
ciesen los antiguos mojones del coto monasterial, pro-
(1) Carta de Pascual II al Rey D, Alfonso en la Hisf. Compost, li-
]jXQ Ij cap, VII,
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 167
mulgando severísimas penas contra los quebrantadores
de la inmunidad del convento y de sus bienes (1).
De Compostela pasó D. Alfonso á León para asistir
al Concilio de que acabamos de hablar; y desde aquí se
encaminó á Burgos, en donde celebró la Pascua (21 de
iVbril), acompañado del Abad de Cluny, San Hugo, que
acaso había venido á España á visitar el Sepulcro de
Santiago, y á saludar á su pariente el Conde de Galicia,
D. Ramón.
A todo esto la Iglesia compostelana yacía en lamen-
table orfandad privada legalmente de Pastor. Esto en
lo espiritual; porque para lo temporal D. Alfonso, tuvo
buen cuidado de nombrarle por administrador después
de la deposición de D. Pedro de Cárdena, á D. Pedro
Vimáraz, que la administró como pudiera hacerlo un
verdadero dilapidador (2). Su mano, pesada y cruel, no
hizo más que agravar las heridas de la Iglesia compos-
telana. El delegado de D. Alfonso VI administraba la
Diócesis á estilo de campamento ó de país conquistado.
Todas sus disposiciones eran ejecutivas, y la fuerza ar-
mada, la encargada de llevarlas á debido efe3to. Para
mejor asegurarse el buen Vimáraz, no tuvo reparo en
dividir la presa; y con la mayor indiferencia veía como
otros usurpaban á la Iglesia la tierra de Montes con el
(1) Véanse Apéndices, núm. V.
(2) Si hubiésemos de atender á las subscripciones del Diploma otorga-
do al Monasterio de Picosagro, debiéramos decir que por entonces el Admi-
nistrador en lo temporal de la Iglesia compostelana, era D. Diego Gelmírez;
el cual en dicho documento firma: Didacus Oilmiriz majorinus et dominator
Compostelle honoris; pero probablemente esta subscripción la puso Gelmírez
hacia el año 1093, al tiempo en que consta que tuvo los cargos que se enun-
cian en la firma.
108 LIBRO SEGUNDO
rastillo de San Jorge, y parte de la parroquia, de Cor-
deiro, cerca de Padrón (1). ¡A tan miserable estado se
vio reducida la Iglesia compostelana poco después de la
prisión del Obispo D. Diego!
Por lo que toca al Prelado, no recobró su libertad, á
lo que parece, hasta después que en el año 1094 fué ins-
tituido canónicamente su sucesor el venerable Dalma-
cio. Aún entonces tuvo que refagiarse con algunos de
sus parientes, en Aragón, al amparo de los Reyes Don
Sancho I, D. Pedro I y D. Alfonso I, y expiar en el des-
tierro, como el Cid, quizás algún rasgo de noble altivez.
Lo cierto es que la fama se ensañó con el nombre de
D. Diego, rodeándolo, primero de espesas sombras, y
luego presentándolo como capaz de ejecutar horrendos
crímenes. No faltó quien insinuase la horrenda sospecha
de que D. Diego había sido el verdugo de San Fagildo.
Abad de Antealtares, el cual, por esto, mereció el dic-
tado de Mártir (2); mas, como ya advirtió Flórez (3), en
su inscripción sepulcral no se hace la menor alusión á
martirio.
(1) Tantum crudelitatis pau peres ac divites depr¿iedando instan ter
exercuit (Petrus Vimaraz), quod universa hostili more dissipando destru-
xit; et quia ipse omnia sine intermissione conffaturum ac rapturum sese
praesumpserat, quorumdam benevolentiam iniquissime captando, terram
illam quae Montanos nostro vocabulo vocitatur, et quoddam castellum
Sci. Jurgii, si ve quamdam partem illius parochiae, quae Corderium dicitur,
huic Patrono nostro Bto. Jacobo funditus auferri consentiendo permisit.
(Hist. Compost, lib. I, cap. III, pág. 18). /
(2) La Sociedad Laureada, tom. III, pág. 392.
(3) Esp. Sag., tom. XIX, pág. 205.
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CAPÍTULO V
Nombra D. Alfonso VI Condes y Señores de Galicia á
la Infanta D-'^ Urraca y á su esposo D. Ramón de
Borgoña.— Concilio de Santiago en que fué electo
Administrador de la Diócesis D. Diego Geimfrez.
la muerte del
Rey D. García,
acaecida, según
hemos visto, en
22 de Marzo de
1090, quedó Don
Alfonso en plena
libertad para po-
ner en ejecución los planes que abrigaba sobre
Galicia. Viendo ya en edad nubil á su hija Doña
Urraca, la unió en matrimonio á D. Ramón de
Borgoña, é instituyó á ambos consortes Condes
de Portugal y de Galicia. De este modo, restituyó
hasta cierto punto á este país, su perdida au-
tonomía.
D.*'^ Urraca y su esposo inauguraron su go-
170
LiBKo Segundo
pictografía deJ. Liuiia. Fotograbado de Laporta,
Miniatura del TumOo Á, fol. 133, «xue reproseiita ¿v D.^ Urrae{^
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAlíA l7l
bierno en Galicia con un gran acto de reparación. Los
Fotografía de J. Limia. Fotograbado de Laporta,
Miniatura del Tumbo A, fol. 2^ vuelto, que representa al Conde de Galicia D. Ramón.
males qne sufría la Iglesia compostelana llegaron á su
172 LIBBO SEaUNDO
colmo; la tiranía que allí ejercía el cruel Pedro Vimá-
raz, se liizo intolerable; sus excesos eran demasiado
públicos, y ya nadie podía desconocer el espíritu de
destrucción de que se hallaba animado el infame admi-
nistrador. Los Condes de Galicia no quisieron hacerse
cómplices con su silencio é inacción de los atropellos de
Vimáraz; por lo cual, llegados á Santiago, lo privaron
ignominiosamente de la administración de la Diócesis y
en su lugar nombraron á un caballero llamado Arias
Díaz (1). Tuvo esto efecto á fines del año 1092.
Había entonces en la Iglesia compostelana un joven
Clérigo, que se distinguía por la afabilidad de su trato,
por la suavidad de sus maneras, por su ilustración y na-
tural despejo, y por el interés y asiduidad con que se
dedicaba al desempeño de cualquier encargo que se le
confiase. No en otra parte que en la Iglesia de Santiago
había adquirido la instrucción que poseía; y en el Pala-
cio del Obispo D. Diego Peláez, cuyo familiar había si-
do, aprendió aquel trato de gentes que le hacía tan
recomendable (2). Tanto caj^ó en gracia al Conde Don
Ramón, D. Diego Gelmírez (pues éste era el nombre de
nuestro joven Clérigo), que, previo consentimiento del
(1) Eo (Petrus Vimaraz) quoque deposito, et venerabilissimo comi-
té Domino Raimundo augustissimam filiam catliolici Regis Adefonsi in
conjugium suscipiente, Arias Didaci majorinus hujus terrae effectus est.
(Hist. Compost., lib. I, cap. 111).
(2) Didacus ille, de quo agimus, bonus adolescens fuit, eruditas litteris
in Ecclesia Bti. Jacobi, et adultus in curia hujus Episcopi (Didaci Pelagi-
des). (Hist. Compost , lib. II, cap. II, pág. 254). — En la página siguiente, lo
llama adolescentem perspicacem^ bonis moribus adornatum, veloci ingenio
praeditum. — D. Diego Gelmírez tendría á la sazón veintidós ó veinticuatro
aRos de edad.
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 173
Cabildo, lo nombró su Secretario y Notario mayor de su
casa y Corte (1). D. Diego era hijo de un noble caballe-
ro llamado Gelmiro ó Gelmirio que había gozado de
toda la confianza y estimación de D. Diego Peláez, has-
ta tal punto, que este Prelado le había encomendado la
custodia del castillo Honesto (Torres de Oeste), y el go-
bierno y administración de Iria y de todo el territorio
dependiente de esta ciudad, que comprendía las comar-
cas de Amaía y Postmarcos entre el Ulla y el Tambre.
En el desempeño de estos cargos, que Gelmirio tuvo por
mucho tiempo, por su prudencia y moderación se gran-
jeó el aprecio de todos y la pública y general estima-
ción (2).
Gelmiro era además un rico propietario, que poseía
cuantiosos bienes en Santiago, Padrón, Saines y otras
partes; pero D. Diego, no fué su único heredero; pues
también eran hijos suyos Juan, Munio, Pedro y Gunde-
sindo.
Colocado D. Diego al frente de la Cancillería de los
(1) . Donnum Didacuin, Ecclesiae Sci. Jacobi canouicuiu, qiiem per
manum et licentiam omnium Canonicorum pro Cancellario et Secretario suo
secuiii in Curia honorifice tenebat (comes Raimundus). (Kist. Compost., ca-
pítulo IV, pág. 20).
(2) Cujus Patrem Iriam et ei vicinam provinciam videlicet inter dúos
fluvios IJliam et Tamarein mira arte discretioiiis et summo rigore modera-
minis et mullis annis gubernasse recolebant.... (Hist. Compost., lib. I, ca-
pítulo IV).
Pater ejus nomine Gelmirius miles ac praepotens fuit temporibus Dida-
ci Pelagides, Compostellani Episcopi; a quo Episcopo habuit et rexit castel-
lum nomine Honestum, et honoremei circumquaque adjacentem, Iriam et ei
adjacentia Amaeam, Pistomarchos. (Lib. II, cap. II, pág. 254. — De la Com-
'postelana (lib. I, cap. C, pág. 188), resulta que Gelmiro era dueño de las
iglesias de San Pedro deErbogo,8an Miguel de Castanella, Santiago de R¡-
basar, y Suu Antolín de Castro Lupario, ó sea el lamoso Castro d^ JT raucos.
174
LIBRO SEGUNDO
Condes de Galicia, tuvo ocasión de enterarse, como va-
mos á ver, de graves y trascendentales secretos de Esta-
do. A principios del año 1093, un tristísimo aconteci-
miento vino á turbar la calma y felicidad de que goza-
ba D. Alfonso VI en el Trono. Nos referimos al falleci-
miento de la piadosa Reina D. Constanza, cuya pérdida
causó tanto más profunda herida en el corazón de D. Al-
fonso, cuanto que la ilustre Princesa bajó al sepulcro en
lo mejor de sus años y sin haber dejado sucesión mascu-
lina. En este trance fué cuando sin duda D. Alfonso,
quebrantado su ánimo por tan irreparable desgracia,
juró á su yerno el Conde D. Ramón, deudo por otra par-
te muy cercano de la difunta Reina, que á su muerte lo
declararía su sucesor y heredero en todos sus estados (1).
Ahora podremos comprender el alcance y significación
del convenio estipulado este año de 1093 entre los Con-
des D. Ramón y D. Enrique de Borgoña. Declarado
D. Ramón heredero de la Corona de León y de Castilla,
su primo el Conde D. Enrique, deudo igualmente de la
Reina D.^ Constanza (2), y casado con D.^ Teresa, hija
ilegítima de D. Alfonso VI, habida en D.^ Jimena Nú-
ñez, se creyó desairado; y como ambicioso que era, no
ocultó su disgusto y resentimiento. El Abad de Cluny,
San Hugo, llegó á tener noticia de las desavenencias de
los dos Condes; y puesto que ambos estaban emparenta-
(1) Reimundo Burgundiae Comité Palatino, quem Rex Adefonsus a
Burgundia in Hispaniam venire fecerat, et cui totum suum regaum jure-
rsináo poWidtus íxiersLÍ. (Chronicon Compostelano en ei tom. XXTII de la
España Sagrada^ pág. 329, ó el tom. XX, pág. 611).
(2) D. Enrique de Borgoña era hijo de otro D. Enrique, el cual era
hermano de D. Cluillermo de Borgoña, padre del Conde D. E/amón. Ambos
descendían de Roberto, hermano de Enrique II de Francia.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 175
dos con él y además eran sus hijos espirituales, para
atajar en su origen esta discordia, que tan funesta po-
día ser para la cristiandad, envió á España un legado
con la misión de poner en paz á los dos primos. Tan
afortunado fué en sus gestiones el comisionado de San
Hugo, que pudo traer á los dos Condes á un acuerdo,
cuyas principales bases eran las siguientes: que ambos
se ayudarían y protegerían mutuamente; que D. Enri-
que reconocería á D. Ramón como á su Rey y Señor na-
tural; que posesionado éste del Trono á la muerte de
D. Alfonso, daría en feudo á D. Enrique la tierra de To-
ledo, ó no pudiendo ser ésta, la de Galicia. Después de
haber jurado en manos de Dalmacio Greret, que era el
comisionado de San Hugo, el guardar y cumplir leal-
mente estos capítulos, remitieron una copia del Acta de
convenio al Santo Abad de Cluny, para que éste en ca-
so necesario, pudiese reclamar su cumplimiento (1). A la
luz de este documento se ve clara la razón por qué la
Infanta D.^ Teresa, viuda del Conde D. Enrique, man-
tuvo sus pretensiones sobre Galicia. Esto explica tam-
bién la facilidad con que D. Alfonso VII reconoció la in-
dependencia de su primo, D. Alfonso I de Portugal;
pues al fin éste de hecho renunció á los derechos que pu-
diese tener sobre Galicia en virtud del convenio cele-
brado por su padre con el Conde D. Ramón.
El duelo por la muerte de la Reina D.^ Constanza
no distrajo del cuidado de las atenciones públicas á Don
Alfonso, el cual, en la primavera de dicho año 1093 pre-
paró una expedición contra los moros de Portugal. Como
(1) Publicó esta Acta el Cardenal A^uirre eu la Collectio máxima con-
ciUorum omnium Hispaniae; Roma 1755; tom. V, pág. 17.
176 LIBRO SEGUNDO
si el Cielo hubiera querido consolar con prósperos suce-
sos el ánimo del atribulado Monarca, las armas de D. Al-
fonso no hallaron en su camino obstáculo serio. El 30 de
Abril rindió por hambre á Santarém, en donde dos días
después hizo su entrada triunfal; el 6 de Mayo se apoderó
de Lisboa; y el 8 del mismo mes se hizo dueño de Cin-
tra (1). D. Alfonso, encomendado el gobierno de estas
ciudades á su yerno D. Ramón, dio vuelta á Toledo. Don
Ramón, á su vez, nombró su delegado en aquellas tierras
á Suero Menéndez, y se vino á Santiago (2). Es casi segu-
ro que en esta expedición acompañó á D. Ramón su
canciller el Canónigo compostelano, D. Diego Grelmirez.
Con una novedad se encontró D. Ramón en Santiago
de vuelta de su expedición á Portugal; y fué la muerte
del Administrador de la Diócesis compostelana. Arias
Díaz. Su pérdida fué bien poco de lamentar; porque el
buen Arias no hizo más que seguir en todo las huellas
de su predecesor Vimáraz. Merced á tales Administra-
dores, la Iglesia de Santiago yacía en tal miseria, que
los Canónigos no hallaban que comer en el refectorio de
la Canónica, y hasta carecían de recursos para presen-
tarse en el coro con traje eclesiástico (3).
(1) Cron. Lusitano, en el tom. XIV de la Es^). Sag., pkg. 419.— Crow. Co-
nimhriceiise en el tom. XXIII de la Esp. Sag., pág. 331.
(2) Praeposuitque eis generum suum comitem domnum Raymundum,
maritum íiliae tuae domnae Urracae, et sub manu ejus Suarium Menendi;
ipao antem Rox reversus est Toletum. (Crov. Tjusifano, en el lugar citado).
(3) Iste (Arias Didaci) quippe crudelis ardentissima cupiditate exi-
stens quaecumque extorquere et rapere potuit, sitibunda mente vehementius
rapuit, et destruxit; unde tam potens, quaní impotens, tantae aflictionis into-
lerabiliori pondere oppressi, usque ad illius obitum in afflictione acérri-
ma [Kírmanseruut.
Cauonici itaque huju.s Ecclesiae, qui dispeusatores Ecclesiasticae digni-
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 177
El Conde D. Ramón quiso con todas veras poner
cuanto antes término á tan aflictiva situación; y para
ello convocó en Santiago á los Obispos de Galicia y á las
personas más significadas por su reputación y poder.
Acudieron al llamamiento los Obispos, D. Pedro de Lu-
go (1), D. Gronzalo de Mondoñedo, D. Auderico de Tuy,
y D. Pedro de Orense, y varios de los Magnates más
caracterizados de Gralicia. Después que D. Ramón expuso
los motivos que le habían movido para reunir aquella
Junta, y después de haber deliberado con los concurrentes
acerca de las medidas que se debían tomar en aquel caso,
convocó al Clero y pueblo compostelano, para que ellos
tuviesen también parte en la resolución del asunto. Lo
tatis esse deberent, ad tantum inopiae tune temporis deven erunt, quod pau-
pertatis vinculis obligati, cibis corporeae sustentationis in ipsa etiam Canó-
nica modis ómnibus indiguerunt. Quod autem valde indigunm est, ac flebi-
ter condolenduin, vilissimis etiam et variis vestimentis induti, quasi totius
doctrinae ecclesiasticae consuetudinis expertes in choro laudes Dei inordi-
nate cantabant. (Hist. Compost., lib. I, cap. III, pág. 18).
(1) El Obispo de Lugo entonces era D. Amor. Este Obispo D. Pedro,
que el P. Hisco no quiere admitir en la serie de los Obispos lucenses,
debía ser dimisionario; subscribe como tal Obispo de Lugo (Petrus lucen-
sis Seáis episcopus), una Escritura de la Santa Iglesia de Astorga, fechada
el 25 de Abril de 1087. Poco tiempo después, debió hacer renuncia de la
Sede y retirarse al Monasterio de Caaveiro, en donde por este mismo tiempo
residía un Obispo llamado D. Pedro Amíguiz, el cual era confesor, magister,
del Conde de Traba D. Pedro Fróilaz. En su lugar, en 1088, se nombró á
D. Amor.
No nos empeñaremos, no obstante, en sostener la identidad del Obispo
D. Pedro, retirado en Caaveiro con el Obispo D. Pedro de Lugo. Si alguno
prefiere que el D. Pedro de Caaveiro sea el mismo que el D. Pedro Obispo
de Braga, el cual según el P. llomán (citado por Florez, Esp. Sag., to-
mo XV, pág. 18G), fué privado en el año 1096 del ejercicio de la Dignidad
episcopal y encerrado en un Monasterio, no por deméritos, sino por recelos
de D. Alfonso VI, no nos parecerá mal tan racional conjetura.
Tomo III.— 12.
17S LIBBO SEGUNDO
que por de pronto urgía era nombrar una persona ecle-
siástica, cual las circunstancias la requerían, á quien se
confiase el gobierno y tutela de la Diócesis. Por esto Don
Ramón al dirigirse á la popular asamblea: «Id, les dijo,
y conferenciad entre vosotros; que al que, mediante la
ayuda de Dios, quisierais tomar por protector y defensor,
yo de buen grado desde ahora os lo concedo.»
Reuniéronse, en efecto, Clero y pueblo; y todos sin
necesidad de grandes discusiones, convinieron en que
D. Diego Gelmírez, el Canciller del Conde de G-alicia, era
la persona que se necesitaba. Así se lo hicieron presente
á D. Ramón: el cual, no ocultando cuan grato le era aquel
nom^bramiento, instituyó á D. Diego Administrador de
la Diócesis compostelana, entre tanto no se declarase
definitivamente vacante la Sede, y no se procediese á la
elección canónica de nuevo Prelado (1).
En esta misma Junta ó Concilio, compareció la noble
señora D.'^ Argilona, viuda de Arias Pépiz, ó hija de los
Condes Pelayo y Aldonza. Después de exponer como
había fundado un Monasterio en tierra de Bergantiños,
cerca del mar, en un sitio llamado Vülanueva (hoy San
Juan de Borneiro), manifestó su intención de poner
dicho Monasterio bajo el régimen y gobierno del venera-
ble Hodorio, y de sus sucesores los Abades de San Julián
de Moraime, para que estos procurasen siempre que en
Villaniieva se observase, según la posibilidad del lugar, la
Regla de San Benito. Por lo cual pidió á los Obispos pre-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. IV. — Por entonces, quizás fuese cuando
Golinírcz ptisicse su subscripción; Didacus Gilmiriz Diajorinus, et dominator
Compostelle lionoris, confirmo, al Privilegio del Convento de Picosagro que
tenemos citado,
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 179
sentes que confirmasen y decretasen la anexión de Villa-
nueva á Moraime, como en efecto así se hizo (1).
El año anterior, á 6 de Septiembre, el Obispo de Lu-
go D. Amor había consagrado la iglesia de San Isidro de
Callobre, sita en tierra de Pruzos y fundada por el pia-
doso Presbítero Sentarlo. Como la Sede compostelana
se hallaba á la sazón vacante, sin duda por esto Senta-
rlo con autorización del Arcediano Juan Rodríguez,
invitó al Obispo de Lugo para hacer la consagración (2).
(1) Documentos pj'ocedentes de San Martín Pinario, en la Biblioteca
de la Universidad compostelana. — El Monasterio de San Julián de Morai-
me (cuya hermosa iglesia, de estilo románico-bizantino del tercer período,
es muy digna de ser visitada), debía de ser muy antiguo; pero sólo desde
esta época comienzan á aparecer sus memorias. Hacia este tiempo Froilán
Pérez (al cual creemos yerno de la Condesa D.* Argilona), con su esposa
Marina Ariániz, donó al Monasterio Mor láñense ó de Moraime, qui ab anti-
quis Sabuceto ad portum Árenam majorem, y al abad Hodorio, la villa de
Sartevagos (Sarteguas), con la cláusula de que los colonos de dicha villa ó
granja sirviesen al Monasterio, no como siervos, sino como ingenuos.
(2) Véanse Apéndices, núm. VI. — El P. Risco (Esp. Sag., tom. XL,
pág. 185), coloca la consagración en el año 1088; masen este año el 6 de
Diciembre no cayó en domingo; y el primer año de los siguientes en que
esto tuvo lugar, fué el de 1092.
1
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CAPITULO VI
Elección canónica de D. Dalmacio para Obispo de
Composteia. — La Iglesia de Santiago es declarada
inmediatamente sujeta á la Santa Sede.
CCEDió por fin el
Papa Urbano II
á que se nombra-
se Obispo para
Composteia; y en
el año 1094,
cuando 5^a Gel-
mírez llevaba un
año de Administrador de la Diócesis, se procedió
á la elección, que recayó en un ilustre Monje de
Cluny, llamado Dalmacio. A no dudarlo, éste de-
be ser el Dalmacio Geret que en el año 1093, en
nombre del santo Abad de Cluny, Hugo, arregló
las diferencias de los dos Condes D. Ramón y
D. Enrique. Por lo menos se sabe que por este
tiempo Dalmacio se hallaba en España comisio-
182 LIBRO SEGUNDO
nado por San Hugo para visitar los Monasterios que en
nuestro país estaban sujetos al de San Pedro de Clu-
ny (1). Con general aplauso y previa licencia de su
Abad, sentóse al fin en la Cátedra de Compostela é Iria
el venerable Dalmacio, cuya ciencia y virtud le hacían
sobresalir entre todos los Monjes cluniacenses de aquel
tiempo. La Iglesia compostelana salió entonces de su
estado de viudez y desamparo, y pudo abrir su coi'azón
á las más gratas y halagüeñas esperanzas (2).
Dedicóse desde luego D. Dalmacio, con todo ahinco,
al cultivo de aquella viña, cuyo cuidado se le había en-
comendado, y á la cual hallara, por abandono de pési-
mos agricultores, cubierta de maleza y sofocada por las
zarzas y abrojos (3). Era, ante todo, necesario proveer
al Clero Catedral de medios de subsistencia, regularizar
el servicio del coro y del Altar, y cortar los grandes
abusos que por efecto de tanta penuria y de tanto
abandono, no pudieron menos de introducirse.
Pero pronto se vio interrumpido en esta noble y
santa tarea. En el año 1090 vino por segunda vez á Es-
paña, al frente de numeroso y aguerrido ejército, el
Rey de los Almorávides Jusef (4). Después de haberse
hecho dueño de Sevilla, Córdoba, Almería y de otras
plazas fuertes de la España árabe, en el año 1094 diri-
gió sus fuerzas contra el Rey moro de Badajoz. Los Al-
(1) Yepes, Coránica gen. de San Benito, al año 1094, fol. 435.
(2) Hist. Compost.^ lib. I, cap. V.
(3) Hic Sedem, quasi incultam reperiens vineam, sicut formam san-
ctae doctrinae noverat, utilitati Sanctae Ecclesiae ardentissimo amore in-
studuit. (Hist. Compost., loe. cit.)
(4) Dozy, Histoire des Musulmans d^ Espagne, lib. IV, pág. 237 y si-
guientes,
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 183
moravides vencieron aquí como en todas partes; y pro-
siguiendo su marcha victoriosa, se apoderaron de Lisboa.
El Conde D. Ramón, reunidas las fuerzas de que pu-
do disponer en Gralicia, corrió no sólo á poner dique á
aquella inundación que amenazaba asolar la mayor par-
te de la Península, sino también á recobrar la antigua
ciudad de Ulises, cuya custodia y gobierno un año antes
se le había confiado. Acompañaban al Conde el Obispo
de Santiago D. Dalmacio, el de Lugo D. Amor, D. Die-
go Gelmírez y la flor de la nobleza de Galicia. El 13 de
Noviembre de 1094 ya se hallaba D. Ramón en Coim-
bra; pues con esta fecha hizo donación á la Iglesia co-
nimbricense del Monasterio de Vacariza (1).
Mientras tanto el Conde de Galicia observaba los
movimientos del enemigo, y se aprestaba para la próxi-
ma campaña, no descuidaba el poner en orden y asien-
to las cosas de aquel país. El 25 de Febrero de 1095
otorgó una Carta de fuero á los pobladores y vecinos de
Montemayor (Montemor, á una legua de Coimbra), volns
qi(í prhis ad presar iam venistis (2), D. Diego Gelmírez fué
el encargado de extender y redactar este documento. La
fecha dice así: Facía cartlia V. Kls. Martii, Era MOXXXIII
regnante et imperante Toleto domino Adefonsiy TJeo auxiliante.
Ego comes Raijmundus totius Galletie princzps et dominus
hoc meum datum roboro et sigmim meum appono.
(1) Brandao, Monarchia lusitana, lib. VIII, cap. VII. — Subscriben el
Privilegio D. Dalmacio, J). Amor, y varios Proceres y Magnates. La firma
de Gjlmírez está concebida así: Didacus Qelmtrii, Ecclesiae Sci. Jacobi cano-
nicus et supradi'cti Raymundi Comitis scriptor lianc donatioms pagiuain ma-
nu propria scripsi et una cum ceteris afjlrmavi, et ad re¿ vigorem signuní
meum injeci.
(2) Herculano, Historia de Portugal, tom. I, pág. 195, y nota V, al fin,
184 LIBRO SEGUNDO
Similíter ego Urraca sub Dei gratia Adeplionsi Imperatoris
filia nostrurn datum et grato et perfecto animo...
Didacus Gelmirez clericus et scrijptor Comitis domini Ray-
mundi lianc cartam a me editam... (1).
Luego que todo estuvo dispuesto para la guerra, em-
prendió D. Ramón la marcha hacia Lisboa. Caminaban
animosos los nuestros, confiados acaso en que el recobro
de esta ciudad no les había de ser más difícil de lo que
había sido su conquista dos años antes; esperaban en-
valentonados los Moros con las pasadas victorias, no
menos que en el número formidable de sus escuadrones.
Ya los cristianos tenían asentados sus reales al pie de los
muros de Lisboa; ya probablemente habían dado algún
combate á la ciudad, cuando de repente los sitiados, en
combinación sin duda con Cir, generalísimo de los Almo-
rávides, hicieron una impetuosa salida y envolvieron por
todas partes el campamento cristiano. Una espesa nube
de dardos cayó sobre las huestes cristianas, sembrando
por do quiera la confusión y espanto. Muchos cayeron
mortalmente heridos, otros prisioneros; y en poco pendió
el que aquella expedición no terminase en tremendo é
irreparable desastre. Los mismos que se habían salvado
de la catástrofe, no sabían darse cuenta de cómo habían
escapado de las garras de la muerte, y lo atribuían á
milagro. Uno de ellos fué D. Diego Gelmirez, que como
vemos por la Compostelana^ conservó siempre de esta jor-
nada dolorosos recuerdos (2).
(1) Sandoval, Historia de los Reyes de Castilla y de León, fol. 85.
(2) Cum Ídem Archiepiscopus (Dns. Didacus Gelmirez) ante episcopa-
tum in procinctu cum comité Raimundo et cum Optimatibus Gallaeciae ad
extirpandam tenderet perfidiam Gentilium, Sarraceni collectis undique
viribus, Chriaticülarum castra prope Ulisbonam circumdantes immensa
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS CE LA 1. COMPOSTELANA 185
D. Ramón ya no hizo poco, si pudo recoger los fugi-
tivos, rehacerse al amparo de los muros de Coimbra, é
imponer respeto al enemigo, que por cierto no osó lle-
var más allá sus victoriosas armas. Hecho esto, el Conde
de Galicia volvió á Santiago, en donde ya se hallaba en
la segunda mitad de Septiembre. Después de cumplidos
los deberes religiosos que su gratitud y reconocimiento
le imponían por verse libre de una ruina que parecía
inevitable, tuvo que conocer de un asunto, que demues-
tra la gran importancia que ya entonces tenía adquiri-
da la ciudad del Apóstol. Presentáronsele varios comer-
ciantes compostelanos para quejarse de las vejaciones
que sufrían al conducir sus mercancías. Sucedía con fre-
cuencia que algunos hombres maliciosos les salían al pa-
so, y justa ó injustamente, ante el Señor de la tierra
por donde, por ventura, transitaban, les ponían deman-
da, é instaban hasta conseguir que se les embargase to-
do su equipaje. De aquí resultaba que ellos perdían su
trabajo y su dinero, y se veían imposibilitados de ejer-
cer su profesión.
D. Ramón no desoyó sus quejas, con tanta más ra-
zón, cuanto que no eran ellos solos los perjudicados, si-
no también el público; llamó á consejo á los principales
Magnates de Galicia, les propuso el caso, y les pidió su
dictamen. Asistieron á la Junta los Obispos de Mondo-
obsederunt bellatorum multitudine. Tanta confluxerat incredulae gentis
multitudo, tanta convenerant Barbarorum agmina ad Christianorum perni-
ciem impetum facturi. Denique cum Christianorum alios caederent, alios in
vinculis menciparent, ipse licet inermis, protegente eum Omnipotentia dex-
tera, a telorum grandine, a tanta sanguinis effusione immo ab ipsis Sarra-
cenorum manibus liber et incolumis evasit. (Lib. III, cap. LUÍ, pág. 3G0J,
188 LIBRO SEGUNDO
ñedo, Lugo, Orense, Coimbra y Compostela, los Condes
D. Froilán Díaz, D. Sancho y D. Nano Velázquez, y
los grandes de Palacio D. Pedro y D. Rodrigo Fróilaz,
D. Lúcido Arias, D. Juan Ramírez, D. Froilán Menén-
dez, D. Cid Ansemóndez, D. Ordoño Egícaz y D. Gutie-
rre Menéndez. Después de madura deliberación, se esta-
bleció que á ningún mercader de Santiago, ni de sus
cercanías comprendidas entre los humilladeros (1) que
rodeaban la ciudad, se le pudiesen embargar en toda
Galicia los géneros de comercio que condujera para la
venta; y que el que tuviese que entablar alguna deman-
da contra algún comerciante de Santiago, sólo en esta
ciudad pudiese ser oído, con tal que ante el Obispo, ó el
Cabildo y Concejo, probase legítimamente su acción.
Establecióse, además, contra el transgresor, la multa de
60 sueldos, la mitad para el Fisco, y la mitad para el
Señor de la tierra en donde se hubiese verificado el em-
bargo, sin perjuicio de abonar al Obispo de Santiago, á
su Clero y al comerciante, lo doble de lo seouestrado.
Expidióse el Decreto, que va dirigido al venerable Padre
y Obispo D. Dalmacio, el 24 de Septiembre de 1095.
D. Diego Gelmírez que lo redactó, subscribe en esta for-
ma: Ego Didaciis Gelmirici, derícus, apucl sedern ScL lacobi
nutritus, et Comitis domni Raimundi publicus notarius; lianc
institutionem edídi et confirmo (2),
(1) Estos humilladeros estaban en el monte de San Marcos ó del Gozo,
en la carretera de Lugo; en el Crucero de la Coruña, en la carretera de esta
ciudad; en el lugar de Miñadoiro, en la de Padrón.
(2) Véanse Apéndices, núm. VIL — Confróntese con el cap. XXIII,
lib. I de la- Compostelana, que debió confundir este Privilegio con el de
16 c|o Diciembre de 1105.
LOS TBES PEIMEBOS SIOLOS DE LA I. COMPOSTELANA 187
En el mismo año ratificó D. Alfonso VI este Decreto,
y confirmó al mismo tiempo la franquicia de que desde
antiguo gozaban los vecinos de Santiago, según la cual
no podían ser citados ante otro Tribunal que el de su
propia ciudad, ni emplazados por otro sayón ó alguacil
que el compostelano (1). Grandes eran, según esto, las
consideraciones que en lo civil se guardaban á los ciuda-
danos de Santiago; y de todo ello eran deudores al Após-
tol y quizás á algún Prelado que para ellos las habría so-
licitado.
El comercio de Santiago ya por entonces no se ali-
mentaba por solas las vías de tierra, sino también por
las marítimas, como veremos más adelante. La numero-
sa cl-ase de los cambiadores cuya institución en Compos-
tela databa de muy antiguo, y cuyos procedimientos, no
siempre inspirados en las normas de la rectitud y justi-
cia, con tanta viveza se hallan descriptos en el Códice de
Calixto II, no podía menos de ser ya entonces un impor-
tante factor para las transacciones comerciales.
Poco tiempo pudo permanecer D. Dalmacio en Com-
postela después de la fecha del Decreto que acabamos
de citar. El Papa Urbano II, deseoso de librar del yugo
musulmán los lugares en que se habían efectuado los
inefables Misterios de nuestra Redención, convocó á
Concilio para el 18 de Noviembre del referido año 1095,
á todos los Obispos de Occidente. A este llamamiento
no faltaron los Prelados de Galicia, si bien parece que
D. Dalmacio se adelantó á todos. Encaminóse, pues, á
Clermont, que era el punto designado en la convocato-
ria; y ya en Francia, no se creyó dispensado de hacer
(1) Véanse Apéndices, número VIII,
188 LIBBO SEGUNDO
una visita á su amada casa de Cluny, con tanta más
razón cuanto que el Papa Urbano también había hecho
lo mismo, y aún para dejar allí memoria suya, el 25 de
Octubre consagró el Altar mayor de la nueva iglesia,
que seis años había comenzado á edificar el abad San
Hugo (1).
El Papa consagró en Cluny el Altar mayor; el Obis-
po compostelano consagró en la misma Basílica un Al-
tar dedicado á Santiago, como de ello nos dá testimonio
la siguiente inscripción que allí se grabó: Hoc altare
CONSTRUCTUM EST A DOMINO DALMACHIO SCI. JACOBI APO-
STOLI EPISCOPO ET ISTIUS LOCI MONACHO IN HONOREM EIUS-
DEM BTI. JACOBI AC OMNIUM SANCTORTJM; IN QÜO CONTINEN-
TUR PLURES RELIQUIE SANCTORUM, QUORUM NOMINA NON
SUNT, NISI DE DUOBUS, VIDELICET EMETERII ET ZELEDONII
MARTYRUM.
Hemos dicho que Dalmacio se había adelantado á
los demás Obispos gallegos que concurrieron al Concilio
de Clermont. En efecto, consta por la Compostelana que
algunos otros Prelados de esta provincia, además de
Dalmacio, acudieron al llamamiento del Papa (2). A la
primera sesión, sólo asistieron doscientas ocho Mitras,
entre Obispos y Abades, entre los cuales, de España sólo
(1) En el año 1090 vino San Hugo á España y celebró la Pascua (21 de
Abril), en Burgos, acompañando á D. Alfonso VI. (V. Aguirre, Collectio
máxima conciliorum; Roma, 1755, tom. V, pág. 4). — Probablemente en esta
ocasión no dejaría San Hugo de hacer una visita á Santiago.
Cinco años después, vino también á visitar al Apóstol el Arzobispo de
Lyón, Hugo.
(2) Religiosus idem Dalmatius cum quibusdam comprovincialium
Episcoporum, qua germana juncti charitate ejus sanctitati inhaeserant, in
eodem Concilio Domino Papae se praesentavit. (Lib. I, cap. V, pág. 20).
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 189
figuran Dalmacio y Pedro de Pamplona. En las sesiones
siguientes, fué aumentando el número hasta llegar al
de 225 Obispos y 90 Abades. Entre los Obispos debemos
incluir á los comprovinciales de D. Dalmacio, que por
testimonio de la Compostélmia, se presentaron con él á
Urbano II. Lo que solicitó el Prelado compostelano en
esta audiencia, fué la exención de su Iglesia, la cual, si
llegaba á restablecerse definitivamente la Metrópoli de
Braga, como de ello se trató en el Concilio (1), quedaba
reducida á la condición de mera sufragánea, y sufragá-
nea de una Iglesia que hasta entonces había estado en
cierto modo supeditada á la de Santiago. Y la con-
siguió, y tan completa, como pudiera desear. En Bula
expedida el 5 de Diciembre del mismo año de 1095,
declara el Papa extinguido el título de la Sede Iriense y
lo traslada definitivamente á la Iglesia de Compostela.
Declara asimismo exenta á esta Iglesia, y dispone que
sus Prelados sólo estén sujetos al Romano Pontífice, por
el cual en lo futuro habrán de ser consagrados como es-
peciales sufragáneos suyos. Confirma, además, á los Pre-
lados de Compostela en la posesión de todos los territo-
rios y parroquias que le perteneciesen, tanto por razón
de este título, como por el extinguido de Iria (2).
Una cosa hubo, que D. Dalmacio no pudo recabar de
Urbano II, y fué la concesión del Palio. Hablando en el
año 1104 el Abad de Cluny, San Hugo, con D.Diego
Gelmírez, le recuerda que su predecesor había pedido
(1) Véase Esp. Sag., tom. XL, pág. 190.
(2) Véase la Bula de exención en la Compostelana, lib. I, cap. V.
190 LIBBO SEGUNDO
esto con mucha instancia, pero que no lo pudo ob-
tener (1).
(1) Cum multis religiosis Episcopis Domnum Papam pro dignitate
Pallii.... summis precibus exoraret (Dalmachius).... nihil tamen apud ejus
gratiam impetrans, repulsara passus fuit. (Compost., lib. I, cap. XVI, pá-
gina 45).
I
(iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiii iiiiirijiiiiiiriiiiii>iiiiiiiiriiMiiiiiiiiiiiiiiiniiiiiiTiiiririiiijiiriiiiiiMíiiiiniMMiMiiiiiiMiiiiniiinniiiiiitiiiiiiiiiiiiin
2t:
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CAPITULO Vil
Segunda prepositura de D. Diego Geimfrez.— Donaciones de
D. Enrique de Portugal, D. Pedro I de Aragón y D. Alfon-
so VI.— Bulas de Pascual II acerca de la provisión de la
Mitra compostelanai
TEN funesto para la Igle-
sia asomó el año 1096;
como antes de que se
terminase, faltaron la
mayor parte de los Obis-
pos gallegos. D. Dalma-
cio no vivió más que ocho días después que se expidió
en Privat la Bula de la exención de su Iglesia'; viniendo,
por tanto, á fallecer el IB de Diciembre de 1095. La
192 LIBRO SEGUNDO
Compostelana llora su muerte en esta breve, pero sentida
elegía:
«Sed quia non durat, quem mors prosternere curat,
Octo dies durat, quod nos dolor ejus adurat.»
A la muerte de D. Dalmacio, se siguió la del Obispo
de Lugo, D. Amor. En el año 1096 cesan también las
memorias del Obispo de Tuy, D. Auderico. Del año 1097
tampoco pasan las del Obispo de Orense, D. Pedro. Las
tres últimas vacantes se cubrieron al poco tiempo; pero
la de Santiago ofreció más dificultades. Por una parte,
parecía irreparable el vacío que dejaba en Compostela
el antiguo Monje de Cluny. No sólo se había perdido en
él un modelo de virtud, de entereza y de consumada
prudencia, sino que se echaban de menos aquellas sua-
ves maneras, aquella mansedumbre, aquella actitud re-
posada y apacible, que tanto contrastaban con los mo-
dales bruscos y ásperos de los caracteres de aquellos
tiempos. No es, pues, de extrañar que Munio y Hugo, al
hablar de la muerte de D. Dalmacio, digan que este in-
fausto acontecimiento fué para la Iglesia compostelana,
lo que para una nave desprevenida la deshecha tormen-
ta, que se levanta de improviso. Mas aún no estaba aquí
toda la gravedad del mal, sino en el propósito de Don
Alfonso VI de alargar la vacante, y en las gestiones
que hizo en Roma el Obispo depuesto D. Diego Peláez,
tan pronto tuvo noticia del fallecimiento de D. Dalma-
cio, para conseguir su rehabilitación y volver á Santiago.
Bueno fué que en tan críticas circunstancias se ha-
llase presente el joven piloto que en otras ocasiones ya
había sacado á salvo la zozobrante barquilla; así es que
todos de consuno. Clero y pueblo, pidieron con grandes
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 193
instancias al Rey D. Alfonso y á su yerno D. Ramón,
que ya que no proveyesen la vacante, no les mandasen
administradores como Pedro Vimáraz y Arias Díaz, sino
á D. Diego (xelmírez; pues que, con este nombramiento,
á juzgar por lo pasado, los Príncipes quedarían servidos
y ellos contentos y satisfechos. Condescendieron D. Al-
fonso y D. Ramón; y por segunda vez se confió á Gel-
mírez la administración de la Diócesis compostelana (1).
De este período de la vida de Gelmírez, la Composte-
lana sólo dice que rigió la Iglesia y los Señoríos de ella
dependientes ftotiim lionorem), con común consejo y asen-
timiento de los buenos (2); pero no individualiza, ni dá
pormenores acerca de los actos de su gobierno. Uno de
sus principales hechos fué, sin embargo, la fundación
(ó quizás restauración) y dotación del antiguo hospital
de Santiago, que estaba frente á la puerta septentrional
de la Basílica, y cuyo destino era dar asilo á todos los
peregrinos pobres que venían á visitar el Sepulcro del
Apóstol (3). Otra de sus más preferentes atenciones
sería el proseguir, en cuanto lo permitiesen las circuns-
tancias, que no eran muy favorables, y dar feliz cima á
(1) En un Diploma de la Santa Iglesia de Mondoñedo de '21 de Agosto
de 109G, subscribe ya D. Diego en esta forma: Didacus Gelmirez clericus^ et
vicarius in Ecclesia Sel. Jacobi Apostoli, et notarius Comiiis.
(2) Per illos autem quatuor annos continuos, dominus Didacus Gelmi-
rez, Vicarius, totum liujus Ecclesiae honorem communi bonorum consilio
et assensu gubernavit. (Hist. Compost., lib. I, cap. VIIj.
(3) Medias omnium eleemosynarum largitiones a fidelibus superpositas
(in altaribus Scae. Mariae Magdalenae et Scae. Crucis) peregrinorum et
debilium hospitalium domui concessit (Gelmírez); quam sane ante Episcopa-
lis consecrationis adeptionem, suo pretio acquisivit et propriis íacultatibus
propensius dilatavit. (Hist. Compost., lib. I, cap. XIX, pág. 53).
Tomo III.— 13.
194: LIBBO SEGUNDO
las obras de la Catedral; en cuya difícil y ardua tarea
entonces debió ser ciertamente ayudado por el maestro
Bernardo, después Tesorero de la Iglesia y Canciller de
Alfonso VII.
Como se desprende de un documento que estracta
Risco en el tomo XL de la España Sagrada, pág. 191, en
el año 1096 vino D. Alfonso VI á Compostela. Más de
un motivo pudo tener D. Alfonso para hacer este viaje
á la ciudad del Apóstol; primero la provisión de la va-
cante en la cual, á su juicio, se hallaba su honor intere-
sado; y luego el componer á sus dos yernos D. Ramón y
D. Enrique, que no acababan de entenderse. En el
año 1093 hicieron los dos primos el convenio que hemos
visto (1), para repartirse, después de la muerte de Don
Alfonso, los dominios de León y Castilla. A principios
del año 1095 aparece D. Enrique gobernando el distrito
de Braga, pero con dependencia de su primo D. Ramón (2).
En 1097 ya D. Enrique mandaba en Portugal sin reco-
nocer más superioridad que la del Rey D. Alfonso. In
nostro dominio et ditione, dice en una Escritura de Santia-
go que luego veremos, consístit omnis portugalensls provin-
cia. Estas diversas fases con que se presenta D. Enrique
en nuestra historia, indican que su posición no era fran-
ca y que sobre cuestión de autoridad, debió sostener con
su primo D. Ramón vivos altercados, á los que contri-
buiría la volubilidad del mismo D. Alfonso. Lo cierto es
que desde el año 1097 se intitula sin reserva Comes
portuf/alensis. '
D. Enrique sería ambicioso é intrigante, como es de
(1) Púg. 175.
(2) Herculano, Historia de Portugal, tom. I, pág. 194, y nota IV.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 195
suponer, pero no descreído; así es que juzgó que con nin-
gún acto podía inaugurar mejor su gobierno, que ponien-
do sus estados bajo la protección del Patrón* de las Espa-
ñas. Con este objeto, á fines de dicho año 1097, vino en
romería, causa orationis, á Santiago; y después de hechas
sus devociones, escuchó benignamente las quejas que de
los ministros del Fisco le presentó el Cabildo compostela-
no. Lamentábanse los Canónigos de que dichos funciona-
rios no permitían á los habitantes del coto de Cornelíana
(Cornelhá), vasallos de la Iglesia de Santiago, cortar
leña (licjna)y ni madera (materia), en los bosques públicos,
ni apacentar sus ganados en los montes del contorno.
D. Enrique por devoción al Apóstol, amore hujus ApostoU,
y en atención á las quejas de los Canónigos, dio amplia
licencia á los vecinos de Cornelhá para que pudiesen
llevar sus ganados aún á los bosques del Real fisco y
cortar en ellos leña y madera, sin que ningún adminis-
trador, ni alguacil pudiese impedírselo. Todo esto lo con-
signó D. Enrique en un Privilegio despachado el 9 de
Diciembre de 1097; en el cual subscribe: Henrrictis comes
¡yortugalensis et coniíix mea Tarasia hoc factum et dayynis et
covfirmamns. Subscriben varios Magnates, y al fin los dos
Jueces Canónigos de Santiago, Pelayo Grudésteiz y Pe-
dro Daniéliz (1).
Antes qu(3 D. Enrique, había venido á Compostela la
Infanta D.^ Elvira, entre otras cosas, para disponer co-
mo lieredera y albacea de la hacienda de sus ma3'ordo-
mos Cipriano Sisnández y su esposa Aragonta; los cuales
poseían un campo y cortijo en nuestra ciudad. De estos
bienes hizo donación D.^ Elvira al Monasterio de Cela-
(1) Véanse Apéndices, niím. X.
196
LIBBO SEGrNDO
nova en siifiagio por las almas de sus mayordomos.
Miniatura del Titinho .4, fol. 39, quo representa á D. Enrique, Conde de Portugal.
yubscribe la donación, que se fechó el 19 de Mayo de
I
LOS THES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 197
1097, D. Diego Grelmírez en esta forma: Dldacus Gehui-
rus deríciis et vícarius iii casa domni Jacohi Apostolí (1).
Hemos visto cuan pronto la nación portuguesa apren-
dió á venerar al Apóstol Santiago, y á visitar su Santa
Casa; veamos como desde antiguo los Monarcas de Ara-
gón dieron también testimonio público de su devoción
al Santo Tutelar de España. Después que el Rey D. Pe-
dro I de Aragón á fines de 1096 hubo arrancado con va-
lor y constancia incomparables del poder de los Moros
la ciudad de Huesca, no se olvidó de presentar, como
ofrenda á Santiago, alguna parte de los despojos de la
victoria. En efecto, por su Carta de donación, otorgada
en 3 de Marzo de 1098, concedió á la Iglesia del Após-
tol unas casas en Huesca, que habían sido de Aben-
Abtalib, y todo cuanto á ellas estaba anejo en Benastas
(Benasque), en Ekada, en Gimellas, en Vebo y en Baíavem,
Subscriben los Obispos Pedro de Jaca y Huesca, Pedro
de Irún y Poncio de Roda (2).
D. Pedro I meditaba, adamas, la reconquista de
Barbastro, y para tener de su parte el poderoso favor
de Santiago, el 3 de Julio del año siguiente otorgó á la
Iglesia compostelana un Privilegio por el cual le hizo
donación de una almunia que en el suburbio de dicha
ciudad había poseído Aben-Barbicula. Donó asimismo
en dicho suburbio un campo y una viña frente á la
puerta de Bébulfege; y no satisfecho con esto, prometió,
para cuando el Señor le concediese el apoderarse de
Barbastro, las casas que en esta ciudad tenía el referido
Aben-Barbicula. Todo lo ofreció. al Señor Dios y á San-
(1) Véanse Apéndices, núm. IX.
(2) Véanse Apéndices, núui. XI.
198
LIBEO SEGUNDO
Fotografía de J. Limia,
Fotograbado de Laporta.
Miniatura del Twjiho A, fol. 38 vuelto, que representa á D. Pedro 1 de Aragón,
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 199
tiago de Galicia (Domino Deo et Sánelo lacoho de Gallicia},
en remisión de sus pecados y en sufragio por las almas
de sus padres, de su esposa y demás parientes (1). En el
año 1100 vio D. Pedro coronados sus esfuerzos con la
toma de Barbastro, y pudo de este modo dar cumpli-
miento á la oferta que había hecho á nuestro Apóstol.
Es de notar, que de los bienes concedidos por el pri-
mer Privilegio, se dona el usufructo por toda su vida al
Obispo D. Diego Peláez; y que en el segundo se expresa
que la donación se hizo en presencia del Obispo D. Die-
go, in presencia de illo Epíscopo don Didaco. Ya hemos dicho
que D. Diego Peláez, para evitar la persecución de que
era objeto por parte de D. Alfonso VI, después que ob-
tuvo la libertad, se había refugiado en Aragón, en don-
de el Rey D. Sancho y luego su hijo D. Pedro I le pres-
taron favorable acogida. Contando, pues, con el apoyo
del Monarca aragonés, tan pronto tuvo noticia del falle-
cimiento de D. Dalmacio y de que aún se difería la pro-
visión de la va.cante, se encaminó sin tardanza á Roma
con ánimo de solicitar del Papa Urbano II autorización
para volver á su amada Diócesis de Compostela. No
presentaba mal aspecto el asunto para D. Diego; y sa-
bedor de ello D. Alfonso VI, despachó con premura sus
legados á Roma para impedir que el desposeído Prelado
con sus alegatos y con sus informaciones, consiguiese su
objeto. Juntamente con sus legados envió D. Alfonso á
los dos Arcedianos de Santiago, el Abad Oduario y Juan
Rodríguez (2). Parece que D. Diego Peláez esperaba
(1) Véanse Apéndices, núm. XII.
(2) La Conqjostelana (lib. I, cap. VII, pág. 24), sólo dic3 que D. Alfon-
so VI envió sus legados con algunos Clérigos de la Iglesia de Santiago; mi'
200 LIBRO SEGUNDO
tranquilo, y ya de vuelta en España, el resultado de la
cuestión; pero en esto ocurrió el fallecimiento del vene-
rable Urbano II (15 de Julio de 1099), y la elección de
su sucesor Pascual II (13 de Agosto de 1099).
A pesar de que el nuevo Papa se hallaba ya en au-
tos, pues había intervenido en la causa estando de Le-
gado en España, no quiso decidir de plano la cuestión,
y sólo después de cuatro meses, á contar desde su elec-
ción, expidió el 29 de Diciembre las dos Bulas Petítionem
tuam, y Qiiantis jam diu. La primera iba dirigida al Rey;
y en ella manifiesta el Papa cuan urgente era poner fin
á un estado de cosas tan incierto y precario, certum tan-
lis varietatibus fínem imponere; y que por lo mismo estaba
dispuesto á condescender con el deseo del Monarca, de
nombrar Pastor para la Iglesia de Santiago. En su vir-
tud, Pascual II, dando por sentado que el Obispo Don
Diego Peláez había sido justa y canónicamente depues-
to, manda que sin excusa, ni tergiversación de ningún
género, se proceda en la Iglesia compostelana á la elec-
ción de una persona digna de ocupar aquella Cátedra;
y que el elegido venga á Roma para recibir la consa-
gración de sus propias manos. Concluye suplicando á
D. Alfonso que, al menos, suministre al Obispo depuesto
la renta necesaria para su decorosa subsistencia. En la
Bula Quantis jam diu, dirigida al Clero y pueblo de Com-
sit Bomam nuntios suos cum clericis hujus Ecclesiae; pero no expresa quie-
nes hayan sido éstos. Por la sentencia dada por el Arzobispo de Toledo, Don
Bernardo, entre los Obispos de Oviedo y de Burgos, sobre el territorio de
JSca. Juliana (Santillana), que publicó Risco en el Apéndice XXIX del to-
mo XXXVIII de la España Sagrada, se ve que los Legados regios fueron el
famoso gramático Alón y el notario Pelayo Bodán, y que los Clérigos de
Santiago fueron el Abad Uderio y el Arcediano Juan Rodríguez. El Abad
Uderio debe ser el Oduario que figura como Arcediano en el año 1105,
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 201
postela y á los Obispos de la provincia, pondera el Papa
el calamitoso estado de la Iglesia compostelana, que era
notorio en todos los ángulos de la Península. (Hispania-
riiyn anguhis jam nullus ignorat). Añade, que la Iglesia de
Roma no puede consentir que esto continúe por más
tiempo, y que por consiguiente, ordena que cuanto an-
tes se proceda á la elección en los términos expresados
en la Bula Petítmiem tiiam (1). Asi terminó en la vía
legal y canónica la causa de D. Diego Peláez; en el te-
rreno de los hechos aún duró por algún tiempo.
Como para dar á entender que al perseguir al Obis-
po D. Diego Peláez, no era su ánimo vejar á la Iglesia
de Santiago, quiso D. Alfonso VI remediar generosa-
mente la escasez y falta que padecían los ministros ads-
criptos al culto del Apóstol. A este fin, les hizo donación
de la mitad del rico Monasterio de Santa María de Pi-
lono, á la falda del Castro Alcobre — cuya otra mitad
había dado ya la Infanta D.^ Elvira — y de la mitad
de otro Monasterio, el de San Miguel de Brandariz,
no tan rico como el de Pilono, non tam magnae yotentiae,
del cual ya la misma D.^ Elvira donara la otra mitad.
Fué voluntad de D. Alfonso que los frutos de ambos
Monasterios se destinasen exclusivamente para el Cabil-
do, sin que en ellos tuviesen derecho, ni participación
los Prelados. (Voló ut utrumque monasterium proprie serviat
Canonicís Apostolicae Ecdesíae absque omni Episcopali subje-
ctione). Y la razón que dá para esto, es su deseo de me-
jorar la poco ventajosa situación de los Canónigos, y de
estimularlos para que lo tengan presente en sus oracio-
(1) Véanse ambas Bulas en la Compostelana^ lib. I, cap. VII, págs. 25
y 26.
202 LIBRO SEGUNDO
nes ante el Altar del venerando Apóstol. fAd augmentum
cibí potiisque ipsortim Canonicorum) . Concluye D. Alfonso
rogando á los Canónigos que designen á un Presbítero
que celebre Misa todos los días á fin de que en vida le
conceda el Señor victoria contra sus enemigos, y des-
pués de muerto la eterna bienaventuranza (1).
Esta concesión la hizo D, Alfonso el 16 de Enero de
1100, al tiempo en que tenía convocado á su ejército
para contener y reprimir la audacia de los Almorávides.
En el mismo año, á 13 de Noviembre, la Infanta D.^ El-
vira estando para morir, ratificó la donación que de la
mitad de dichos monasterios había hecho en 25 de
Abril de 1087 (2); y además, añadió la iglesia de San
Martín de Arilís (Arís ó Arines), y las casas y cortijo en
Compostela que habían sido del monedero Ademar ó
Ademarlo. Encarga también que se nombre un Presbíte-
ro que diga Misa por su alma, por la de su hermano
D. Alfonso y por las de sus padres (3).
En el año 1101 falleció la Infanta D.^ Urraca; y á la
hora de su muerte, encomendándose al Apóstol, legó á su
Iglesia un solar que tenía en Santiago, junto al foro ó
sea el Preguntoiro (4).
(1) Véanse Apéndices, núm. XIV. — El coto del Monasterio de Pilono,
era de tal extensión, que abrazaba desde la sierra del Garrió hasta el río
Ulla. Debía poseer ua importante archivo; porque la Infanta D.^ Elvira en
su donación hace referencia á antiguos títulos de pertenencia; scripiuras
vetustas.
(2) Véase pág. 14.
(3) Véanse Apéndices, núm. XV. — La Gompostelana (lib. I, ca-
pitulo XXV), hace mención de este Privilegio, y cita el cortijo de Adema-
rio, á quien llama Anaemari; totam curfem Anaemar'is numularii.
(4) Hist. Compost., loe. cit.
— <^
I
iiiiiiiriiniiiiíiiimiiiiMiiiiiiiiiiiiiiiiriiniiiiHiiiiiiiiiiriiiiirriiíiiiiriiiiiiiiiiirMjiiiiiiin
liiiriíiiMHiiiiiiiiiitiiiiniiniiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiiiiiniiiiiiiiiiMiMiiiiMihiiiiiiiiiiiiiiiiMiiiiiiniiiiiMiiiiMiiHiíiiiiiníf^
^^^Mmmm^&i^WM
CAPÍTULO VIII
Elección y consagración de D. Diego Gelmírez. — Concilio na<
cional de Falencia del año 1100.
UANDO llegaron á
Roma los legados
que había enviado
D. Alfonso VI, ya
falleciera Urba-
no II, y en su lugar
había sido procla-
mado Pascual II. Los legados se detuvieron en Roma
mientras el nuevo Papa no decidió el asunto y no expi-
dió las dos Bulas Pttüionem tuam, y Quantis jam din de
que acabamos de hablar en el capítulo anterior.
Inquieto tal vez Gelmírez con esta dilación de los
204 LIBRO SEGUNDO
legados, y deseando por otra parte visitar, como hacían
muchos gallegos en aquella época (1), el Sepulcro de
San Pedro, se decidió á ir personalmente á Roma, y en-
terarse de lo que había ocurrido. Mas sucedió que al
poco tiempo de haber salido él de Compostela, llegaron
los comisionados con las Bulas; por lo que se consideró
oportuno suspender la elección mientras él no volviese de
su romería.
D. Diego debió llegar á Roma á principios de Marzo
de 1100. Fué recibido benignamente por el Papa Pas-
cual II, que lo ordenó de Subdiácono, y que al despedir-
lo, le entregó en forma de Carta dirigida al Clero com-
postelano, el título de su ordenación; en el cual se adver-
tía, además, que el hecho de haber sido D. Diego ordena-
do en Roma, no le fuese obstáculo para que en España
pudiese ser promovido en tiempo oportuno á los de-
más Sagrados Ordenes. Fué fechada la Carta en 18 de
Marzo de 1100 (2).
Restituido á su Iglesia D. Diego Gelmírez, ya no
cabía diferir por más tiempo la elección de Prelado. El
Rey D. Alfonso quiso dar al acto toda la importancia
posible; y con tal intento vino á Santiago acompañado
de su hermana D.^ Urraca, de los Obispos D. Pedro de
León, D. Osmundo de Astorga y D. Martín de Oviedo, y
de los Grandes de su Corte. Fueron convocados para el
1.° de Julio los demás Obispos de la provincia gallega; á
saber, D. Gonzalo de Mondoñedo, D. Pedro de Lugo,
(1) En este mismo tiempo, el caballero de Lugo D. Gonzalo Peláez,
hizo testamento disponiéndose á emprender el viaje de Roma (Archivo
episcopal de Lugo, lib. IX de pergaminos, niim. 76).
(2) Véase Hist. Compost., lib. I, cap. VIII.
LOS TEES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 205
D. Diego de Orense y D. Alfonso de Tuy, los Magnates
gallegos y el Clero y el pueblo compostelano. Verosímil-
mente los Condes de Galicia, D. Ramón y D.^ Urraca,
ya se hallarían en Santiago á la llegada de D. Alfonso.
Numerosa y escogida era la concurrencia; grande la
espectación por el desenlace de un acto que se había
preparado con tanta solemnidad; pero en el ánimo de
todos, y especialmente del Clero y pueblo compostela-
nos, estaba quién debía de ser el elegido; así es que
apenas fueron leídas en la asamblea las Bulas pontifi-
cias, todas las voces aclamaron unánimemente á quien
todos conocían por las evidentes pruebas que liabía dado
de su habilidad y de su aptitud para el cargo, que esta-
ba para proveerse (1). Sólo Gelmírez, contemplando con
su penetrante mirada lo espinoso de las cargas que se
ocultan tras de los resplandores del honor episcopal, y
sintiendo débiles sus hombros para tal peso, no quería
dejarse persuadir de lo acertado de la elección, y se ne-
gaba á aceptar el nombramiento. Mas la asamblea per-
maneció firme en su resolución; y si no procedió inme-
diatamente á la consagración, fué porque se lo vedaba
la Bula, Vetcriim SyiíodaUum de Urbano II, por la cual
(1) Et quia vitam et mores ipsius — dice D. Miinio Alfonso en nom-
bre del Clero y pueblo compostelano— cognoveramus, visis Domini Papae
istis subsequentibus literis, eum nolentem atqiie renitentem cum nobiliori-
bus totius Gallaeciae et assensu Regis Adefonsi et Comitis Raimundi, qui
nobiscum laudantes aderant, in Episcopum elegimus. (Coutpost., lib. I, ca-
pítulo VIII).
Sandoval (Híst. de Sahacjún, g. 42, é Hist. de Alonso Vil, cap. GO), por
el prurito de hacer Monjes á todos los Prelados, hace también á Gelmírez
Monje y Abad de Sahagún. Ya lo refutaron el P. Flórez y aún el mismo
Argáiz.
206 LIBBO SEGUNDO
quedó reservada á los Romanos Pontífices la consagra-
ción de los Prelados compostelanos.
Despachado el asunto de la elección, D. Alfonso VI
aprovechó la ocasión de aquel concurso de Grandes y
de Prelados para tratar algunos negocios que se refe-
rían al orden público y al estado civil. Unde accepto no-
stroriim Comihim consüio — se lee en el Diploma que luego
citaremos — ac nohilium viroriim Magnatumqiie totius palatíi
mala orcUnata corrigere, et correcta legaliter persistere, unani-
muer statuímus. Entre estas cosas establecidas, contóse
un Decreto dado en favor del Monasterio de Antealta-
res contra los abusos y usurpaciones que cometían algu-
nos señores en tierra de Aveancos. Extendióse el Decre-
to en un pergamino del que apenas se conservan más
que las firmas. La de Gelmírez, está concebida en estos
términos: Divina gratia Didacus Gelmiriz electus honorem
Sci. lacohi dijudicans mami pro^ma confirmo (1).
Otro asunto de suma importancia para la Iglesia se
ventilaba por entonces; y era la restauración de la anti-
gua Metrópoli Bracarense. Hemos dicho que el Prelado
de Braga, D. Pedro, había sido también blanco de las per-
secuciones de D. Alfonso VI, y que había terminado sus
días encerrado en un Monasterio. De este D. Pedro dice
el Biógrafo de San Giraldo (2) , que fué depuesto por el
Arzobispo de Toledo por cuanto hacia el año 1090 había
obtenido el Palio y el título de Metropolitano de Braga
del antipapa Clemente (3). En lugar de D. Pedro, el Ar-
(1) Véanse Apéndices, núm. XIII.
(2) Biografía de San Giraldo, escrita por su Arcediano Bernardo 3- i)u-
blicada por Baluze en el tom. I, pág. 132 (ed. de Luca, 1761), de Miscellanea.
(3) Según esto no todo era mala voluntad por parte de D. Al (buso VI.
Este D. Pedro había sido propuesto para la Sede de Braga, sino por Don
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LÁ I. COMPOSTELANA 207
zobispo de Toledo, D. Bernardo instituyó Metropolitano
de Braga á un Monje virtuosísimo, por nombre Giraldo,
que había traído de Moissac, y al cual había nombrado
Chantre de su Iglesia. Mas á fin de que el acto revistiese
todas las solemnidades del Derecho, el venerable Giral-
do se encaminó á Roma, en donde el Papa Pascual II
lo acogió con suma benevolencia, y ratificando lo hecho
por D. Benardo, mandó expedir la Bula de la restaura-
ción de la Metrópoli Bracarense. El Papa escribió, ade-
más, desde Letrán con fecha de 28 de Diciembre á todos
los Obispos de España, y en especial á todos los que per-
tenecían á la antigua provincia gallega, para que reco-
nociesen á San Giraldo como á su propio Metropoli-
tano (1).
Obtuvieron estas Bulas solemnísima promulgación y
cumplida ejecución en el Concilio nacional de Palencia,
celebrado á fines del año 1 100, y convocado y presidido
por el Cardenal Ricardo. Asistió también D. Diego Gel-
mírez, el cual como electo de Santiago, firmó un Diplo-
ma que en el Concilio otorgó el Obispo de Palencia
D. Raimundo á su Cabildo (2). En el mismo Concilio hi-
cieron promesa de sumisión y obediencia al metropolita-
no San Giraldo, todos los Obispos sufragáneos que se ha-
llaban presentes; en el cual acto no pudo tomar parte
García, Rey de Galicia, cuando este Monarca quiso restaurar la antigua
Metrópoli gallega (véase Esp. Sag., tom. XV, pág. 183), por su hermano
D. Sancho II.
(1) Véase el artículo intitulado El Concilio Nacional de Palencm en el
año 1100..., que publicó el P. Fita en el tom. XXIV, págs. 215-235, del Bo-
letín de la Real Academia de la Historia.
(2) Véase Fernández del Pulgar, Historia secular y eclesiástica de la
ciudad de Palencia j tom. II, págs. 130-132.
208 LIBEO SEGUNDO
D. Diego Gelmírez por la exención de que gozaba su
Iglesia.
Otros dos puntos de gran importancia, relativos á la
parte canónica y administrativa de la Iglesia, se venti-
laron en este Concilio. El uno de ellos versaba sobre las
tercias que algunos Prelados exigían á varios Monaste-
rios, que por privilegio ó por costumbre se hallaban
exentos. El Concilio decretó que dichos Obispos de-
bían cesar en su pretensión.
El otro punto, se refería á la organización y consti-
tución de la Mesa capitular. Es verdad que allí sólo se
habla de la Canónica ó Mesa capitular palentina; pero
como las razones que allí se apuntan son aplicables á
todas las demás Iglesias catedrales, es de suponer que lo
allí estatuido respecto de la Canónica palentina, fuese
consecuencia de alguna medida general sobre la ma-
teria.
Antiguamente, de todos los bienes de la Iglesia Ca-
tedral, se hacía una sola masa, y de ella, á arbitrio y
discreción del Obispo, se tomaba lo necesario para el
decoroso sustento y vestido de los Canónigos y demás .
individuos del Clero Catedral. Es cierto que en San
Gregorio de Tours (1) y en varios Concilios de los si-
glos VI y VII, ya se hace mención de la mensa canónico-
rum; pero entonces no tenía esta palabra la significación
que tuvo después; á saber, la porción que de un modo
fijo y estable y con administración independiente, se
separaba de la masa general de los bienes de la Iglesia
para sostenimiento de los Canónigos. De este Concilio
puede decirse que data en España la constitución defi-
(1) HifíL, lib. X.
LOS TEES PKIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 2Ü9
nitiva de la Mesa capitular; y en su consecuencia el
Obispo palentino D. Raimundo, después de señalar los
bienes que cedía y consignaba al Cabildo fCanonicaeJ , de-
clara que también pone en su mano y poder la adminis-
tración (praeposltíiramj de los mismos (1).
En Santia-go pronto se sintieron los efectos de estas
disposiciones conciliares. En nuestra Iglesia puede de-
cirse que la Mesa capitular, databa por lo menos, desde
el tiempo del Obispo Sisnando I; el cual, como hemos vis-
to (2), señaló rentas á cada una de las clases de que se
componía el Clero Catedral. Entonces los recursos con
que contaba la Iglesia para sostenimiento del Culto y
del Clero, eran bastante cuantiosos; y consistían, princi-
palmente, en las tercias con que contribuía cada iglesia
parroquial, en los Votos, en los productos de los bienes
inmuebles, y en las limosnas y ofrendas que se deposita-
ban en los altares de la Basílica; así es que eran sufi-
cientes para sostener un Cabildo compuesto de setenta
miembros, como era el que había en tiempo de dicho
Prelado. Después fueron mudando las circunstancias,
especialmente durante la segunda Yuitad del siglo X y
gran parte del XI. Con motivo de las guerras civiles, de
la continua agitación del país y de las invasiones ex-
tranjeras, en la administración de los bienes de la Igle-
sia se introdujo tal desconcierto, que hubo tiempos en
que las rentas de la Mesa capitular eran insuficientes
para sostener á más de siete Canónigos. Desde el Obispo
(1) Véase Boletín de la Real Academia de la Historia, toui. XXTV. pá-
í^inas 221-222.
(•i) Toin. II, cap. X, pág. 214.
Tomo III.-14.
5iO LIBEO SEGUNDO
D. Cresconio fué mejorando considerablemente el estado
económico de la Iglesia; pero aún duraba la incertidum-
bre y confusión acerca de la recta aplicación y distribu-
ción de las rentas eclesiásticas. Este problema, cuya so-
lución fue origen de no pequeños disturbios, como luego
veremos, se presentó á Gelmírez al poco tiempo de ha-
ber tomado posesión de la Cátedra episcopal.
Del viaje de D. Diego Gelmírez á Falencia, nada
dice la Compostélana; pero en el capítulo IX del libro I,
habla de la expedición que, aún siendo Electo, hizo á
Toledo para avistarse con el Arzobispo D. Bernardo.
Tampoco aquí se expresa cual era el objeto preciso de
este viaje; mas en el capítulo II, del libro II, se dice que
D. Diego puso en manos del Arzobispo de Toledo, Le-
gado de la Santa Sede, los signos ó atributos del poder
que hasta entonces había ejercido por nominación laical
en la Iglesia compostélana, y en las tierras 3^ jurisdiccio-
nes á ella sujetas. Este es el sentido que, á nuestro
juicio, debe darse á las siguientes palabras de la Com-
l)osielana, en el segundo lugar citado: Frius lamen, quam a
laicali manu acceperat (Gelmírez) Ecdesiam et honoreyyi Ec-
chsiae Bti. JacoM, reddidit Bernardo Toletano Archiepiscopo et
Eomanae Ecdesíae Legato. Agitábase por entonces, con
gran calor, la cuestión de las Investiduras; y aún los
Legados que por este tiempo hubo de enviar D. Diego
Gelmírez á Roma, pudieron avistarse con los de San
Anselmo, que allí habían ido para oponerse á las exor-
bitantes atribuciones que se arrogaba Enrique I de In-
glaterra en la provisión del Arzobispado de Cantorbery.
Sin duda Gelmírez, para obviar las dificultades que pu-
diesen surgir, en virtud de instrucciones recibidas de la
Santa Sede, se resolvió á dar este paso ante D. Bernar-
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 211
do, que además de Arzobispo de Toledo, era también
Legado Pontificio.
Cualquiera que fuese el asunto que llamaba á Tole-
do á D. Diego Gelmírez, lo cierto es que, como refiere
la Comyostelana (1), fué muy honoríficamente recibido
por el Arzobispo D. Bernardo. Al acercarse á la impe-
rial ciudad, los muchos Canónigos y Dignidades compos-
telanos que acompañaban al Prelado electo, se incorpo-
raron con el Clero de Toledo que, para recibirle, había
salido en procesión. (A Toletano Archíepiscopo ciim summa
processione üfídem siisceptus est). Iguales agasajos recibió
D. Diego por parte del Rey D. Alfonso, que á la sazón
se hallaba en Toledo. (Regali grafía rolde Jionoratus). Y lo
que es más, no sólo obtuvo que el Monarca le entregase
los honores, ó sea la administración civil y política de los
países dependientes de la Iglesia compostelana, sino que
á su vuelta le acompañase un Comisionado regio que lo
pusiese en posesión de las tierras, que de tiempos atrás
estaban injustamente enajenadas.
Otro viaje le incumbía hacer á D. Diego Gelmírez,
el viaje de Roma para recibir la consagración de manos
del Papa, á tenor del privilegio del Papa Urbano II. Y
ya se disponía á liacerlo; pero en esto llegaron nuevas
de que D. Diego Peláez, protegido por o I Rey do Ara-
gón D. Pedro I, y secundado por sus parientes, que tam-
bién se habian refugiado en aquellas comarcas, vigila-
ba todos los puertos y caminos que daban paso á Fran-
cia para apoderarse de la persona de Gelmírez, ora á la
ida, ora á la vuelta de su expedici(m á Roma.
El Clero de Santiago se opuso unánimí^ á (|uo su
(l) Lib. I, caí». IX; i.ág. 27.
212 LIBRO SEGUNDO
Pastor designado se expusiese á tan inminente peligro;
y el Cabildo, de acuerdo con los Obispos de Lugo, Tuy
y j\Iondoñedo, pidió al Rey D. Alfonso cartas para el
Papa á fin de obtener, que por esta vez, atendido lo
grave de las circunstancias, se permitiese que el Electo
fuese consagrado en su propia Iglesia. Accedió D. Al-
fonso, y escribió al Pontífice exponiéndole los motivos
que había para otorgar la dispensa que se solicitaba.
Con la Carta del Rey iba la del Cabildo compostelano,
la cual autorizaron también con sus firmas los tres Obis-
pos antes mencionados. En ambas epístolas, sin duda
para mover más fácilmente el ánimo de Pascual II, se
hacía mención de los muchos Cristianos que acababan
de llevar cautivos los Almorávides (1). Los designados
para llevar las Cartas á Roma, fueron los Canónigos
compostelanos Hugo (que por el nombre parece francés,
traído acaso por D. Dalmacio), y Vicente.
Largo tiempo estuvo esperando el Cabildo compos-
telano la contestación de Roma; pero ni llegaban los
portadores de las Cartas, ni se sabía noticia de ellos. Y
no era porque no hubiesen obtenido pronto y feliz re-
sultado en sus gestiones; antes bien, el Papa acogió be-
nigno la pretensión y se la despachó favorablemente; y
en este sentido escribió al Rey D. Alfonso, á los tres
Obispos de Lugo, Tuy y Mondoñedo, al Cabildo de Com-
(1) En este ano de 1100, refiere Sandoval (Tlist. de los Reyes de
Castilla y León. — D. Alfonso VI, Pamplona, 1634; fol. 91), que los Moros
destruyeron el Monasterio de San Servando, á las puertas de Toledo, y que
al retirarse, se apoderaron de Consuegra. En los Anales Toledanos II,
(Esp. Sag., tom. XXIII, ])ág. 404), taml)i('n se lee: «Arrancada sobre el
Conde D. Enricen Malagón (cerca de Ciudad líeal) en XVI días de Sep-
tiembre, Era MCXXXVlIl.v
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 213
postela y al Obispo de Magalona en Francia, que era á
quien en primer término comisionaba Pascual II para
consagrar en su nombre al Electo compostelano. Estas
Cartas, á excepción de la dirigida al Obispo de Magalo-
na (1), pueden verse en la Compostelana, libro I, cap. IX;
aquí sólo insertaremos la destinada á los tres Obispos
gallegos y al Clero de Compostela, que dice así: «Pas-
cual Obispo, Siervo de los Siervos de Dios, á Pedro de
Lugo, á Alfonso y á Gonzalo, Obispos, y á todo el Clero
de Santiago, salud y bendición apostólica. Ya liace
tiempo que nos liemos condolido del desamparo (2) de
la Iglesia compostelana. Y ahora, que por vuestras Car-
tas hemos sabido cuan gran número de Cristianos ca-
yeron cautivos, se aumentó sobremanera nuestra aflic-
ción. Así es que sin dificultad accedemos á vuestra peti-
ción, y por esta vez dispensamos al Electo de esa Iglesia
de que venga ante Nos. Por lo tanto, ordenamos por
nuestras Letras á nuestro hermano el Obispo de Maga-
lona, que pase allá á hacer la consagración; y en caso
de que él no pudiere, que lo haga el de Burgos, que es
nuestro inmediato sufragáneo. Asimismo, por las pre-
sentes, mandamos al Electo, que, confiando en la mise-
ricordia de Dios, acepte el cargo para que, con común
consentimiento, ha sido nombrado.
( J ) Sobre este asunto dos Cartas escribió Pascual II al Obispo de
Magalona, Godofredo: una en esta ocasión, y otra en el año siguiente, en la
cual le reiteraba la comisión que le daba en la anterior. El compilador
de la Compostelana omitió la primera: y en su lugar, insertó la segunda.
(2) En el texto que publicó Flórez (Esp. Sag., tom. XX, lib. I, cap. IX,
pá,g. 28), se lee deslructioui; en el ejemplar manuscrito de la Compostelana
que se guarda en el Archivo del Cabildo destitutioni. Esta lección parece U
legítima v verdadera.
214 LinuO SEGUNDO
» Tanto á los caballeros, como á los Clérigos que vie-
nen do esas regiones, les prevenimos que con motivo de
la peregrinación á Jerusalén, no abandonen su Iglesia y
su provincia, tan fieramente combatida por los Moabi-
tas. Dada en Amalfi á 14 de Octubre» (de 1100) (1).
Un acontecimiento inesperado retuvo en Roma á los
Canónigos compostelanos mucho más tiempo del que
hubieran deseado. Acometidos ambos de una grave en-
fermedad, de resultas de la cual falleció Vicente, no pu-
dieron traer á su destino las Cartas del Papa. El Cabil-
do de Santiago no sabía cómo explicar esta tardanza; y
para salir de dudas, envió á Italia á otros dos Canóni-
gos, á Munio Alfonso, uno de los redactores de la Coni-
Ijostelana, y á Munio Gelmirez, hermano del Prelado
electo; los cuales, habiendo obtenido nuevas Cartas de
recomendación del Rey D. Alfonso, partieron con toda
diligencia hacia la Ciudad Eterna, á donde llegaron al
entrar la primavera del año 1101.
Tampoco de esta vez detuvo el Papa por su parte á
los Canónigos compostelanos; y el 25 de Marzo, desde
Letrán, los despachó con nuevas Cartas para el Clero
de Santiago, para D. Alfonso VI y para el Obispo de
Magalona. El tenor de estas Cartas, que también están
insertas en la Coynpostdana (2), apenas se diferencia de
las que llevan la fecha del 14 de Octubre de 1100. El
de la dirigida al Clero de Compostela, es como sigue:
«Pascual Obispo, Siervo de los Siervos de Dios, á los
amados hijos Clérigos de Santiago, salud y bendición
apostólica. Del desamparo de vuestra Iglesia composte-
(1) HisL ComposL, lib. I, cap. IX, págs. 28-29.
(2) Lib. I, cap. IKy X.
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 215
lana, ya hace tiempo que Nos hemos condolido: y por
ello en el pasado Otoño hemos accedido por nuestras
Cartas á vuestras súplicas de que por esta vez dispensá-
semos al Electo de vuestra Iglesia de venir ante Nos.
Las cuales Cartas Nos maravillamos de que no hayáis
recibido, según lo que Nos manifestaron vuestros envia-
dos. Por lo tanto, escribimos á nuestro hermano el Obis-
po de Magalona, que pase allá á hacer la consagración.
En caso de que él no pueda, sea llamado el Obispo de
Burgos ó cualquiera otro Obispo católico. Asimismo por
las presentes, etc..» (Termina como la otra Carta de 14
de Octubre de 1100).
«Dada en Letrán á 25 de Marzo» (de 1101) (1).
A mediados de Abril ya se hallaban los dos Muñios
en Santiago de vuelta de su viaje á Roma. La consa-
gración de D. Diego ya no podía, pues, diferirse por más
tiempo; y aunque la Compostelana no nos dice quien haya
sido el Obispo consagrante, sabemos que el 21 de Abril
de 1101 se celebró con la pompa y regocijo que es de
suponer. En aquel memorable día, la Iglesia composte-
lana depuso sus enlutadas y desgarradas ropas; en aquel
día, las campanas de la Basílica le anunciaron nueva
era de gloria y prosperidad. Desde este día comenzó
D. Diego Gelmírez á contar los años de su Pontificado.
(l) Lib. I, cap. X, págs. 30-31.
I
f
CAPITULO IX
Cómo D. Diego Gelmírez inauguró su PontificadOi
OBREMANEUA ardua y
escabrosa era la em-
presa que se enco-
mendaba al nuevo
Prelado; la de reor-
ganizar, moral y ma-
terialmente, una
grande y gloriosa
Iglesia, durante cer-
ca de quince años,
más que huérfana y desamparada, entregada á la rapa-
cidad y al pillaje de hombres poderosos sin conciencia, ni
218 LIBRO SEGUNDO
temor de Dios, que no reconocían más ley, que la que
les dictaba su ambición y avaricia. ¿Reuniría el Obispo
recién consagrado las condiciones necesarias para des-
empeñar con éxito la gran misión que se le confiaba?
Pronto habría de demostrarlo.
Su predecesor D. Dalmaoio había obtenido, es cierto,
el privilegio de exención para su Iglesia; pero al mismo
tiempo era de recelar que con motivo de la restaura-
ción de la Metrópoli Bracarense, y de las grandes atri-
buciones que se arrogaba el Primado de Toledo, sufriera
dicho privilegio contradicción y menoscabo. A fin de evi-
tar esto, juzgó que para asegurar las prerrogativas de su
Iglesia nada era más á propósito que obtener de Roma
una nueva y terminante declaración pontificia. Con
este objeto, al finalizar el Otoño del año 1101, envió á
Roma al Arcediano Gaufrido y al Canónigo Munio Al-
fonso. Además de esto, les dio el encargo de consultar al
Papa sobre varios puntos de Derecho y Disciplina, cua-
les eran la validez de los matrimonios celebrados según
el rito gótico; las providencias que debían tomarse res-
pecto de los Monasterios dúplicesy ó compuestos de dos
comunidades, una de varones y otra de mujeres; y el
reglamento que, para servicio del Altar, debía estable-
cer en su Iglesia.
En dos Bulas — una de ellas solemne (1) — satisfizo
Pascual II los deseos y aspiraciones de D. Diego Oelmí-
(1) Véase Hist. Compost., lib. I, cap. XII.— Aunque en la fecha se lee,
Anno Incarnationis Dominicae MGll, la verdadera data de esta Bula,
como advirtió el P. Fita (Boletín de la Real Academia de la Historia,
tom. XXIV, pág. 303), es del año 1101; pues el Papa Pascual II solía
seguir, al datar las Bulas, el cálculo pisano, y por consiguiente, adelantar un
ftño las fechas. (Véase V Art. de Verifier les dates; Paris, 1770; pág. 287),
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELA!íA 219
rez. En la solemne, Justítíae ac rationis ordo, el Papa, por
reverencia al Apóstol Santiago (pro BU. Jacohí reverentia),
declara de nuevo exenta á la Iglesia compostelana, y
confirma el privilegio de que gozaban sus Obispos de no
ser consagrados más que por el Romano Pontífice, que
era como su propio é inmediato Metropolitano. Ratifica
todas las donaciones hechas por cualesquiera personas á
la Iglesia de Compostela, y prohibe que nadie, por nin-
gún pretexto, se permita el sustraer el censo que de
cada yunta de bueyes habían ofrecido pagar á dicha
Iglesia los Reyes de España, desde el río Pisuerga has-
ta el Océano. Datóse la Bula en Letrán á 31 de Diciem-
bre de 1101.
En la otra Bala contestó el Papa á las consultas de
D. Diego. Respecto del reglamento de su Iglesia, le dice
el Papa que instituya, como en Roma, un personal fijo,
dividido en dos categorías, la de los Presbíteros y la de
los Diáconos; que unos y otros sean aptos para desem-
peñar los cargos que se les encomienden; j que para
evitar confusiones y competencias, se señalen á cada
clase las funciones que les habrán de ser privativas (1).
Por lo que toca á los matrimonios, declara el Papa
válidos y legítimos á los celebrados según el rito gótico
con anterioridad á la introducción del rito romano; y
que por consiguiente, los hijos nacidos de tales matrimo-
nios no tienen por esto impedimento alguno para optar
(1) De ac^uí data el fundamento le^^al para la distinción que antl fina-
mente en nuestra Iglesia había — y que duró hasta el Concordato de 1851 — -
entre Prebendas presbiterales y Prebendas diaconales. Las primeras las
poseían los Cardenales; las segundas los demás Canónigos,
220 LIBBO SEGUNDO
á cualesquiera dignidades, sean civiles, sean eclesiás-
ticas (1).
Por último, le exhorta el Papa á que emplee toda su
prudencia y discreción para impedir que en lo sucesivo
se edifiquen Monasterios dúplices; y que respecto de los
existentes, haga de modo qae las Monjas habiten con el
debido aislamiento y separación de los Monjes (2).
La Iglesia de Santiago poseía desde muy antiguo,
en otras Diócesis, varias feligresías, que tanto en lo
civil, como en lo eclesiástico, estaban sujetas á la juris-
dicción del Prelado compostelano. En algunas partes no
era tan respetada, como se debiera, la autoridad del
Obispo de Santiago; y esto era más fácil que sucediese
en Portugal, después que este país faé desmembrado de
Galicia. Para cortar abusos y prevenir las dificultades
que pudieran ocurrir, en la Primavera del año 1102 en-
vió Gelmírez á Roma á los Canónigos Hugo y Diego; los
cuales obtuvieron del Papa Pascual II la Bala solemne
Sicut injusta petentíhus^ por la que se recibían bajo la pro-
tección pontificia todas las iglesias que el Obispo de
Compostela tenía en ajenas Diócesis; se prohibía á toda
clase de personas el invadir dichas iglesias y apoderarse
de sus bienes; y se mandaba á los Prelados, en cuyas
Diócesis radicasen, que no introdujesen en ellas nuevas
costumbres, ni procediesen contra sus Clérigos sin pre-
vio conocimiento y juicio del Obispo compostelano. Ex-
(1) Errónoaraente juzgó el P. Flórez (Esp. Sagr., tom. XIX, pág. 220),
que aquí se trataba de liijos de Clérigos casados antes de que se recibiese
la Ley romana. En el texto sólo se dice: uSi qui ante Romanae legis
susceptionem, secundum cominunem patriae consuetudinem, conjugia con-
traxerunt, natos ex eis filios, nec a saeculari, nec ab ecclesiastica dignitato
rcpellimus.>/
(2) Ulst. Compost., lil). I, cap. XIII.
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 221
pidióse esta Bula en Letrán el I."" de Mayo de 1102 (1).
Amparado con esta Bula, en el Otoño del mismo
año 1102 emprendió D. Diego la visita de las iglesias
que en Portugal tenía la Sede compostelana por conce-
sión de Alfonso III y de Ordoño II (2). Llevó en su com-
pañía á Hugo, á quien nombró Arcediano, y que ade-
más era su Capellán, á algún otro Canónigo y á varios
Clérigos, sus familiares. Al aproximarse á Braga, anun-
ció su presencia al Arzobispo San Griraldo; el cual, pre-
cedido de su Clero y pueblo, salió al encuentro del
Prelado compostelano, lo recibió con las más sinceras
demostraciones de consideración y afecto, lo condujo
procesionalmente, llevándolo á su derecha hasta la Igle-
sia, y le rogó que en ella celebrase Misa. Después lo
convidó á su mesa, y le cedió para descanso su propia
cámara.
Al segundo día, D. Diego se despidió del Clero de
Braga, y acompañado de San Oiraldo, partió para la
vecina parroquia de San Víctor, á la cual pertenecía
gran parto de la misma ciudad de Braga, y so hospedó
con sus familiares en el palacio que allí tenían los Obis-
(1) Hist. Gompost., lib. I, cap. XIV. — Eu el texto de la Bula se lee:
auno MGIII.
(2) En el tomo IV de la Historia. eclesiástica de España (se (j;miáíx ed.,
pág. 25), tacha el Sr. La Fuente de poco discretas estas concesiones por lo
ocasionadas que eran á engendrar perturbación y competencias entre los
Jerarcas de la Iglesia. Es fácil en tiempos normales apreciar de esta manera
los sucesos de otras épocas de confusión }'■ trastorno; pero téngase pi'esente
que á esta indiscreción de D. Alfonso III, se debió el que fuese pronto
repoblada gran parto de aquella comarca, y que más tarde el Obispo Don
Cresconio pudiese desplegar su actividad y su celo en la restauración de la
íSede Bracareuse.
222 LIBRO SEGUNDO
pos compostelanos. Después que hubo visitado las parro-
quias de aquel contorno, que estaban sujetas á su Seño-
río y jurisdicción, convocó á los familiares de su mayor
confianza y les dirigió el siguiente razonamiento: «Bien
sabéis, hermanos carísimos, como hemos venido á estas
partes para restaurar y ordenar lo que en estas iglesias
y haciendas estuviese arruinado y descompuesto, y re-
ducir á mejor estado lo falto de arreglo y de cuidado.
Por vosotros mismos pudisteis observar como á varios
Cuerpos Santos que hay en estas iglesias, se los tiene en
lugares poco decentes, y apenas se les dá culto alguno.
¿No deberíamos trasladar estas preciosas Reliquias á la
Sede compostelana para que allí gozasen de la venera-
ción que les es debida? Si os place esta idea y merece
vuestra aprobación, la pondremos en práctica, pero con
todo sigilo; porque, como no ignoráis, la gente de esta
tierra es muy díscola, y si llega á advertir que se trata
de privarla de tan gran Tesoro, se levantará contra nos-
otros, y tendremos que dolemos de haber intentado en
vano lo que nos proponemos.»
A todos plugo la proposición del Prelado, y enco-
mendando á Dios el buen éxito del asunto, resolvieron
sin tardanza llevarla á ejecución. Al día siguiente por
la mañana, después de celebrada la Misa en la iglesia
de San Víctor, mandó D. Diego hacer una excavación
al lado derecho del altar mayor. No tardó en descubrir-
se un sarcófago de mármol primorosamente labrado.
Abrióse, y dentro se hallaron dos cajas de plata. Tomó-
las, no sin profundo respeto, D. Diego; y en la una ha-
lló Reliquias de nuestro Señor Jesucristo, y en la otra
Reliquias de muchos Santos. Las cerró de nuevo, y se-
lladas las entregó á sus Clérigos para (juc las custodia-
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 223
sen (1). A la mañana siguiente se dirigió á la próxima
iglesia de Santa Susana, virgen y mártir; celebró Misa
con gran fervor y devoción; y revestido como estaba
con los sagrados ornamentos, se acercó á los toscos se-
pulcros de los santos mártires Silvestre y Cucuíate, tomó
sus restos venerandos, los envolvió en un blanco lienzo,
y los puso en manos de los Clérigos sus confidentes para
que sigilosamente los guardasen en la cámara episcopal
del palacio de San Víctor. Lo propio hizo con el cuerpo
de Santa Susana, que estaba depositado en un sarcófa-
go dentro de la misma iglesia. Terminada la operación,
el respeto y la emoción de tal modo embargaron el áni-
mo de Gelmírez, que no pudo menos de prorrumpir en
lágrimas y sollozos.
Dos días después encaminóse á la iglesia de San
Fructuoso (que había sido fundada por el mismo Santo
Tutelar), con ánimo de sustraer las Reliquias del glorio-
so Metropolitano de Braga (2). Celebró Misa, según su
costumbre; y con toda reverencia y con todo sigilo, ex-
trajo las Reliquias del Santo, y las hizo llevar al mismo
sitio en que estaban las demás (8). Aquella noche Don
Diego, ya con el gozo de poseer tan rico hallazgo, ya
con el temor de perderlo, no pudo conciliar el sueño;
así es que esperó impaciente el día para trasladar en se-
(1) Tal vez estas Reliquias serían enviadas de Jerusalén por ürosio ó
alguno de los Avitos.
(2) También esta iglesia epa de la Sede compostelana por concesión de
D. Alfonso III. Monasterium Sci. Fructuosi episcoyi. (Véase tom. II, Apén-
dices, pág. 47).
(3) En el sepulcro de San Fructuoso, por descuido ó con intención, se
dejó un hueso, que fué reconocido á mediados del siglo XVI. (Véase Espa-
ña Sagrada, tom. XV, ]iág. 155).
22-i LIBEO SEGUNDO
guida su tesoro á la villa de Corneliana (Cornelliá), que
también era propia de la Iglesia de Santiago y estaba
más al Norte, á orillas del Limia. Grandes fueron las
precauciones con que habían procedido Gelmírez y sus
confidentes; y sin embargo en Cornelliá comenzó á tras-
lucirse algo de lo que había pasado. Receloso D. Diego
de que los rumores y sospechas conmoviesen el país y lo
impulsasen á la violencia, despachó con toda premura
al Arcediano Hugo para que, con otro Canónigo, por
senderos ocultos y extraviados, condujese las sagradas
Reliquias hasta Tay; él, con el resto de su comitiva, se
quedó en Cornelhá.
Entraba el mes de Diciembre, cuando Hugo arribó á
las márgenes del Miño. Tres días hacía que unas fuertes
avenidas de tal modo aumentaran el caudal del río, que
no había barca, que se atreviese á atravesar su impetuo-
sa corriente; mas al acercarse á la orilla el sagrado De-
pósito, casi de repente se restableció la calma, y una
tenue brisa empujó suavemente la barca conductora á
la orilla opuesta. Hugo condujo las Reliquias al Monas-
terio de San Bartolomé, en los arrabales de Tuy; dejó
allí al otro Canónigo, su compañero, para que las custo-
diase; y él se volvió á Cornelhá para dar de lo hecho
cuenta al Obispo. El cual mandó aviso al Canónigo que
se había quedado en San Bartolomé, para que traslada-
se las Reliquias á una iglesia que había fundado San
Fructuoso, la de San Pedro de Cela (cerca del Porrino),
que también era propia de la Sede compostelana. El Ca-
nónigo, según el aviso recibido, debía esperar allí hasta
íjue el Prelado volviese de Portugal.
Al cabo de diez días, D. Diego alcanzó en Cela su
ansiado Tesoro. Desde aquí, prescindiendo ya de toda
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 225
precaución y reserva, se puso en marcha con dirección
á Santiago. Al llegar á la villa de Goegildo, hoy Redon-
dela, envió correos á Santiago para que anunciasen su
próxima llegada, y comunicasen las oportunas instruc-
ciones para el solemne recibimiento de las Santas Reli-
quias. Cuando el Prelado con toda su comitiva llegó al
lugar del Humilladero (Mmadoiro) , en la carretera de
Padrón, á una legua de Santiago, ya encontró esperán-
dole á todo el Clero y pueblo compostelano. Allí comen-
zó á ordenarse la procesión para hacer la entrada so-
lemne en la ciudad. D. Diego se descalzó en señal de
reverencia y devoción; todos los demás siguieron su
ejemplo. Los Clérigos que debían llevar las Reliquias se
revistieron con los sagrados ornamentos; el resto del
Clero se formó en dos largas alas; el Obispo cerraba y
presidía la procesión : detrás seguía la muchedumbre; y
entonando himnos y cantos de júbilo y alegría, hasta
llegar en este mismo orden á la ciudad, y entrar en la
Catedral (1).
(1) Tan duramente censura el Sr. La Fuente (Ilist. Ecles. de Esp.,
2.* ed.; tom. IV, pág.2G), este hecho de D. Die<:^o Gelmírez,que lo califica de
criminal despojo. Era esto tan frecuente en acjuella época, que al Prelado
compostelano seguramente no pudo ocurrírsele que habría de ser vitupera-
do por tal motivo. Además, él no obraba como particular, sino como persona
pública, á quien por razón de su cargo. pastoral incumbía disponer, corregir
y ordenar lo que estimase mal dispuesto y arreglado; y esto aún en aquellas
parroquias do Portugal, (jue como las de otras Diócesis, habían sido poco
antes declaradas por Pascual II en la Bula que hemos citado, sujetas al
dominio del Obispo de Compostela. Intuo et Ecdesiae Compostellánae domi-
nio integre et quiete permaiieant. Añádase, que á la sazón los Almorávides s?
hallaban muy pujantes en la Península. Dos años antes habían arrasado el
Monasterio de San Servando á las puertas de Toledo; y en Portugal cada
vez se mostraban más osados. Loque hizo, pues, Gelniírez no fué más que
Tomo UI.-lO.
226 LIBRO SEGUNDO
Día memorable (IG de Diciembre de 1102), fué éste
para la ciudad compostelana, en que vio dentro de su
recinto tantos Santos Titulares á quien encomendarse
en sus apuros y en sus aflicciones. Santa Susana fué
aclamada con el tiempo segunda Patrona de Santiago;
San Fructuoso fué y es el Titular de una de sus parro-
quias; y el día 16 de Diciembre fué consagrado en el ca-
lendario compostelano á perpetuar la memoria de la
traslación y entrada de estos Santos en la ciudad. En el
antiguo Breviario compostelano, ya desde el siglo XII,
se celebraba este día con Oficio propio, cuyas lecciones
estaban tomadas, casi al pie de la letra, del capítulo XV,
libro I, de la Compostelana; del cual capítulo fué redactor
el mismo Arcediano Hugo, que tanta parte tuvo en la
traslación.
Después de recibidas las Sagradas Reliquias en la
Catedral, á cada una se le señaló su lugar propio; el
cuerpo de San Fructuoso fué depositado en la capilla
del Salvador (1); el de San Silvestre en la capilla de
San Pedro: el de San Cucufate en la capilla de San
una providencia de buen gobierno; y si el Arcediano Hugo (Compost., lib. I,
cap. XV, pág. 39} llama pío latrocinio á la substracción de las Reliquias, no
es por el hecho en sí, sino por el modo y forma con que hubo que llevarlo á
cabo.
Por lo demás, no sólo estas parroquias, sino, según una Escritura del
Liher fidei de Braga, que publicó Brandao y extractó Flórez (Esp. Sag.,
tom. XIX, pág. 224), parte de la misma ciudad pertenecía á la Iglesia de
Santiago. (Véase tom. II, págs. 541-542).
(1) Cuatro años más tarde el cuerpo de San Fructuoso fué trasladado á
la capilla de San Martín. En siglo XVI los cuerpos de San Fructuoso, San
Silvestre y San Cucufate fueron reunidos con otras muchas Reliquias en el
Kelicario de la Catedral. (Véanse Apéndices, núm. XX).
LOS THES PRIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 227
Juan Apóstol; y el de Santa Susana fué llevado á una
iglesia denominada del Santo Sepulcro, erigida sobre el
cerro que hoy lleva el nombre de Santa Susana, y en-
tonces se llamaba Oíero de Potros fAuterúmi pullorumj. La
Compostelaiia nada habla de las dos cajas de plata con
Reliquias de Nuestro Señor Jesucristo y de varios San-
tos, que fueron halladas en el Sepulcro de San Víctor:
probablemente serían depositadas en el Tesoro; y acaso
de este San Víctor sea la cabeza que con este título se
guarda en el Relicario.
No llevaron á bien, á lo que parece, los Portugueses
esta visita que con otros actos de jurisdicción llevó á
cabo D. Diego Gelmírez en las parroquias de Braga, y
consideraron como verdaderas intrusiones las determi-
naciones del Prelado compostelano. A nuestro juicio,
aquí encaja la Bula de Pascual II dirigida á Gelmírez,
que en el Boletín de la Real Academia de la Rístori-a (1) pu-
blicó el P. Fita, tomándola de dos Códices del Archivo
Catedral de Toledo. En ella el Papa reconviene á Don
Diego porque pretendía ejercer actos de jurisdicción
eclesiástica sobre la mitad de la ciudad de Braga, que,
según hemos visto, de antiguo pertenecía á la parroquia
rural de San Víctor, y sobre otros pueblos donados en
Portugal á la Iglesia de Santiago. En lo temporal, justo
es, decía Pascual II, que el Obispo compostelano conser-
ve los derechos que le cedieron los donantes seglares,
los cuales no pudieron extenderse más que á lo tempo-
i'al; pero en lo eclesiástico, debo dejarse al Prelado dio-
(1) Toin. XXIV, pág. 220.
228 LIBRO SEGUNDO
cesano integro y expedito el ejercicio de su jurisdic-
ción (1).
En el capítulo XIX del libro I, dice la Compostelana
qué D. Diego Gelmírez consagró el Altar del Salvador
y todos los demás de los ábsides menores; la cual consa-
gración debió haberse ya efectuado antes de la ida á
Portugal, ó sea antes del Otoño del año 1102. Dichos
Altares debían estar de mucho antes consagrados, desde
el tiempo de D. Diego Peláez. Lo que sin duda hizo
Gelmírez, á fin de ir preparando el terreno para la obra
que meditaba en el Altar mayor, fué renovarlos y en-
sancharlos, y consagrar las nuevas aras (2).
El ver como Gelmírez, desde que se posesionó de la
Sede episcopal, emprendió con toda actividad ciertas
obras exteriores, como la del Palacio, la de la Canónica,
etcétera, dá á entender que la fábrica de la Basílica ya
estaba en lo principal terminada, y que sólo faltaban
algunos detalles, algunos toques de menor importancia^
(1) Véanse Apéndices, nnm. XXI.— Los Portugueses habían alegado
ante el Papa, que cuando el Rey de Galicia, D. García, intentara restablecer
la Metrópoli Bracarense (véase tom. II, pág. 549, nota 3), había donado á
la Iglesia de Santiago, en compensación por la gran parte que tenía en la
propia ciudad de Braga, el Monasterio de Cordeiro. Esto se refiere en el
preámbulo de la Bula, y está conforme con lo que se lee en una Escritura
del TAber Fidei de Braga, publicada por Brandao (Monarch. Ins., lib. VIII,
capítulo V ) , la cual comenzaba así : Rex quídam Ordonius nomine ,
Bracharam, quae Metrópolis ct mater esse totius Hispaniae dehet, loco Sci. Ja-
cobi tradidit servituram.... Mas del Monasterio de Cordeiro con la villa de
Auria, ya estaba en posesión la Iglesia compostelana desde el año 1028, por
donación de D. Bermudo III; de modo que el Key D. García, á lo sumo, no
pudo hacer más que ampliar esta donación. (Véase Flórez, Esp. Sag.,
tom. XIX, págs. 224-225).
(2) Entonces las aras eran la losa de piedra que cul)ría en toda su
oxtyusióji ül maciíio del altyr.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 229
que no requerían tanta urgencia. Entre ellos, podemos
citar el nuevo aparejo que por dentro se dio al marco
de las ventanas de la planta baja, rodeándolas de co-
lumnas y archivoltas; la misma operación, tanto inte-
rior como exteriormente, en las ventanas del deam-
bulatorio; el cubrir exteriormente las bóvedas; los arcos
que unían y trababan los contrafuertes; las pinturas
con que exornó ciertas partes del templo (1); y otros
perfiles y retoques que siempre ocurren cuando se trata
de terminar una obra con toda perfección.
Volviendo á los Altares menores, al tiempo en que
se hizo su consagración, se hallaba en Santiago el Obis-
po de Pamplona, D. Pedro, que, gran devoto como era
de la virgen y mártir Santa Fe (2), solicitó del Prelado
compostelano autorización para consagrar el Altar que
on nuestra Basílica se había dedicado á dicha Santa, y
que actualmente lleva el título de San Bartolomé (3).
Al mismo tiempo emprendió otras obras de no esca-
sa importancia, como puede juzgarse por lo que vamos
á referir. Viendo que en Compostela no tenían los Obis-
pos una morada decorosa y digna, á la parte septentrio-
nal de la Basílica hizo abrir las zanjas para un palacio
episcopal, que en breve espacio llevó á feliz término.
(1) De estas pinturas, de las cuales aún se conservan algunos restos,
habla Aymerico en la descripción de la Iglesia. (Véanse Apéndices, n.° II,
§. XI, pág. IG).
(2) Según el abate Bouillet, el Rey de Aragón D. Sancho Ramírez, por
insinuación del Obispo de Pamplona, prometió, si el Señor le concedía el
apoderarse de Barbastro, ceder la principal mezquita á los Monjes de Santa
Fe de Conques.
(3) En el texto de la Compostelana, publicada por Flórez (Esj). Sag.j
tom. XX, pág. 53), en lugar de Sanctae Fedis, se imprimió Sanctae Sedis,
230 LIBKO SEGUNDO
Componíase La nueva morada, de tres cámaras aboveda-
das sobre la planta baja, con una torre alta y espaciosa,
que acaso sería la que hoy llamamos de Ja Carraca (1).
Dispuso asimismo la reedificación de la Canónica con
las oficinas indispensables, como granero, despensa, bo-
dega, horno, etc.. Dos piezas sobresalían entre todos los
edificios de la Canónica: la capilla y el refectorio. De la
capilla dice la Gompostelana que estaba maravillosamen-
te construida y no menos maravillosamente pintada, y
que con toda solemnidad había sido consagrada por el
mismo D. Diego (2). Del refectorio, añade, que era mag-
nífico, y proporcionado al gran número de Canónigos
que en él debían acomodarse (3). Estaban todos estos
edificios en la plaza de la Quintana, hacia el lado de la
calle de la Conga, ó sea de la Canónica.
Los propósitos de Grelmírez, ya entonces no se limi-
taban á estas solas fábricas; pues proyectaba construir,
ó más bien reedificar, hacia aquella misma parte, un
claustro con una fuente en el centro, y en corresponden-
cia con las demás construcciones. Mas esta obra tuvo
que aplazarla hasta más adelante, y entonces sólo se
labró el gran pilón circular en figura de concha, en el
cual podían bañarse á un tiempo, hasta quince hom-
(1) ínter muros ejusdem civitatis Bti. Jacobi opus noviter inceptum
mirabili suo ingenio tricameratum solium cum turri convenienter incepit,
et convenientius ad perfectionem, non remota festinatione, perduxit.
(Hist. Compost., lib. I, cap. XX, pág. 54).
(2) Ecclesiam mirabiliter fabricatam, et mirabilius depictam pontifica-
li Ínfula decoratus cum summa veneratione consecrando consecravit.
(Hist. Compost., lib. I, cap. XX, págs. 54-55).
(3) Küícctorium Canonicis mirabile fecit et congruum. (Hist. Compost.,
yix^. 55).
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 231
bres, y que después se utilizó para la gran fuente del
Far Cliso flj.
Mas la obra capital en que D. Diego Grelmírez hubo
de poner en juego por entonces toda su habilidad, todo
su ingenio, toda la energía de su carácter, faé la de la
reedificación del Altar mayor de la Basílica. Casi en el
centro de la capilla mayor, verticalmente sobre el Se-
pulcro del Apóstol, levantábase el antiguo Altar de
Santiago, aquel Altar que respetaron D. Alfonso III y
el venerable Sisnando; aquel Altar, en fin, que los Dis-
cípulos del Apóstol habían construido en honor de su
Maestro. Aquel Altar evocaba, pues, los más dulces y
gratos recuerdos; no sólo recordada el maravilloso suce-
so del descubrimiento del Caerpo apostólico, sino que
transportaba el alma á aquellos primitivos tiempos en
que los divulgadores de la Verdad evangélica fijaron
allí aquel jalón luminoso para que sirviese de testigo y
recuerdo perenne de su predicación. Gelmírez sentía y re-
conocía esto mismo; mas su alma, dotada de un gusto ex-
quisito y de un sentimiento eminentemente artístico, no
podía tolerar la desproporción que había entre aquel
(1) In platea Palatii claustrum huju3inodi domlbus cum appenditns
exornatum, si eum corporalis molestia non subrepserit, se perfecturum spo-
pondit. fHist. Composf., loe. cit.) — Cavatum lapidem mirae magnitudinis,
quein Ídem Archicpiscopns olim ad liunc usumjusserat fieri, ad hunc
quidem usum sed in alio loco, videlicet in claustro canonicorum... Claustrum
apostolicis Canonicis praeclarum et elegans, scilicet, opus aedificare toto ani-
mi nisu desiderabat , et per subterráneos meatus aquam adducere in
claustrum ad opus Canonicorum....; sed guerrarum tumultibus praepeditus,
quoniam id operis differcbatur,... aquarum receptui exposuit lapidem illum
utilem et necessarium, pluribusque profuturum. (His\ Compost., lib. II,
págH. 370-371).
232 LIBRO SEGUNDO
Altar pobre, mezquino, casi imperceptible (1), y la mag-
nificencia del gran ábside que lo cobijaba. La gran ma-
yoría del Cabildo estaba por el Altar antiguo, por el
Altar de los recuerdos, y se oponía resueltamente á toda
innovación en aquel sitio. Contestaba Gelmírez que no
era indicio de mucha reverencia, el empeñarse en con-
servar aquel sitio en tanta mezquindad y pobreza, j que
no demostraba mucha devoción, ni celo por la gloria
del Apóstol, quien se obstinase en negar á su Altar el
esplendor y riqueza que ostentaban los Altares de otros
Santos menos famosos.
Conmovido y alentado por estas razones, y auxilia-
do por algunos Canónigos que participaban de su modo
de ver, puso manos á la obra, y en breve tiempo — ¡quién
sabe con cuánto recelo! — ■ deshizo el venerando Altar, y
emprendió la construcción de otro nuevo en armonía
con el estilo arquitectónico de la Basílica (2).
El Altar antiguo, como hemos visto en el tomo I,
página 288, se componía de dos piezas; el ara y un trozo
de columna. De ambas piezas confió Gelmírez la religio-
sa custodia al Monasterio de Antealtares, en donde se
conservan hoy día (3).
(1) Sólo tenia unos 85 centímetros de largo por 67 de ancho. (Véase
tom. I, pág. 277 y siguientes).
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XVIII.
(3) Probablemente entonces fué cuando se grabaron los dos dísticos:
Cum Sando lacoho fuit hec adlata columna,
Araque scripfa simul que super est posita,
Cuius DiscipuU sacrarunt credimus ambas,
Ac ex his aram constiluere suam.
Véase tom. I, cap. V, pág. 285.
LOS TRíJS PRT^ÍEROS SIGILOS Díl LA. I. ClO\lPÓ?TÉLA.NA 233
Constaba ol nuevo Altar de una gran losa de fino
granito, de doce cuartas de largo por siete de fondo, y
una de espesor, sostenida por columnas de la misma
materia, de unas cuatro cuartas de alto. En el hueco que
quedaba debajo de la gran losa, colocó Gelmírez el pe-
queño Altar primitivo, el amia de que nos habla la Com-
IJostelana, y que hemos descripto en el tomo I, pági-
na 308-809. De este modo era fácil contemplar, como
advierte Aymerico (1), tan venerando vestigio con sólo
separar el frontal del nuevo Altar. Renovó asimismo,
con gran magnificencia, el pavimento y las gradas por
las que se subía al Altar.
Después de hecha la mesa, faé sucesivamente cons-
truyendo los accesorios del Altar, como el frontal, el
templete ó baldaquino, el retablo, la confesión, etc.
Lo primero que hizo, fué el frontal, que venía á ser
una tabla de plata en que empleó 75 marcos, ó sea arro-
ba y media de dicho metal, y que ya tenía terminado
en el año 1105. Morales, que llegó á verla, la describe
así: «La delantera es un frontal de plata, como el de
Sahagún, sino que es más gruesa la plancha, y no está
cerrado como el otro. Las figuras son de medio relieve.
Dios Padre con los quatro Evangelistas al derredor, y
los doce Apóstoles, y los veinte y quatro Séniores del
Apocalipsi con otras cosas, todo con mucha magestad y
con estos versos por defuera, que lo rodean todo:
(1) Véanse Apéndiceg, miin. II, pág. 18,
23-i LIBRO SEGUNDO
Hanc tabulam Didacus Praesul Jacobita secundus
Tempore quinquenni fecit Episcopii.
Marcas argenti de Thesauro Jacobensi
hic octoginta quinqué minus numera
E,Ex ERAT Anfonsus, gener ejus dux Raymundus
Praesul praefatus quando peregit opus» (1).
Por la descripción de Aymerico, que es más detalla-
da, podemos formarnos más cabal idea de lo que venía
á ser esta magnífica pieza. En el centro aparecía la
imagen del Salvador, sentado en su trono, bendiciendo
con la diestra y con un libro en la siniestra. Allí esta-
ban, como de ordinario, los cuatro Evangelistas. El tro-
no del Señor se hallaba inscripto en una gloria ó aureo-
la circular ó elíptica, formada por los veinticuatro An-
cianos del Apocalipsi. El resto de la tabla, en sentido
horizontal, se hallaba dividida en dos órdenes, que ocu-
paban los doce Apóstoles, seis en cada serie, y cada uno
en una especie de pórtico formado de arcos y columnas.
Flores y otros adornos decoraban las enjutas de los arcos
y la orla que rodeaba el frontal (2). La obra que Ayme-
rico califica de óptima y pulcherrima, debió de haberse he-
cho al levantado ó repujado.
Mas Gelmírez no se daba tregua, ni descanso. Como
si quisiera convencer, ó más bien ofuscar á sus oposito-
res con el esplendor y magnificencia de las obras que
debían hacer resaltar la grandeza del Altar de Santia-
go, al frontal hizo inmediatamente seguir la construc-
ción de un maravilloso baldaquino, que debió de estar
(1) Viaje Santo, en el tom. X de la. Gorónica general; eá. dQ Csmo^
Madrid, 1792, pág. 153.— Este frontal debió ser fundido á fines del
siírlo XVII, cuando se hizo el que hay ahora.
{">) Véanse Apéndices, núm. II, §. XIV.
LOS TEES PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA ^235
terminado antes del año 1112, porque Munio y Alfonso,
que lo mencionan, cesaron en dicho año en la redacción
de la Gompostdlana (1). Del baldaquino, sólo dicen los
citados autores que era una obra de gran artificio, he-
cha de oro y de plata. Congruenü artificli varietate auro
argentove. Aymerico nos lo describe minuciosamente; y
por los datos que nos suministra, procuraremos hacer
una restauración conjetural. La planta era cuadrada, y
extensa lo suficiente para que el baldaquino pudiese cu-
brir el Altar, que como hemos dicho, tenía doce cuartas
de largo. En los ángulos se erguían cuatro columnas que
sostenían cuatro elevados arcos, sobre los cuales descan-
saba la cúpula piramidal que cubría el imitar. Para ma-
yor claridad, distinguiremos en el baldaquino cuatro
cuerpos; el de las columnas y arcos hasta la cornisa; un
segundo cuerpo que afectaba la forma cúbica; la pirá-
mide truncada que reposaba sobre este segundo cuerpo;
y por último, el remate que coronaba la obra.
En el primer cuerpo, sobre los capiteles de las co-
lumnas, había interiormente ocho matronas represen-
tando otras tantas virtudes; y más arriba ocho ángeles,
que elevaban sus manos para sostener un trono en el
que reposaba el místico Cordero, que en uno de sus pies
tenía enarbolada una cruz. Este era el cielo ó techo que
cubría inmediatamente el Altar. Exteriormente, sobre
los capiteles, estaban cuatro ángeles convocando, á son
de trompeta, á todos los hombres. Dos se hallaban á la
parte de delante; y dos á la parte de atrás. A los lados,
también sobre los capiteles, se destacaban las efigies de
(1) La Compostelana (lib. I, pá<í. .Vi), llama al baldaquino C/Z'o/íww/
Aymerico, cimhorius. (Véanse Apéndices, núm. II).
23G
LIBEO SEGUNDO
Restauración conjetural del baldaquino y del altar de Santiago, construidos por Gelmirez.
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 237
Moisés, Abraliam, Isaac y Jacob, cada uno con su car-
tela; los dos primeros á la izquierda, los segundos á la
derecha.
En el segundo cuerpo, aparecían sentados los doce
Apóstoles, tres de cada lado. En el de enfrente, en el
centro, se hallaba Santiago en actitud de bendecir y con
un libro en la siniestra.
En el punto en que se alzaba la pirámide, en los
cuatro ángulos, estaban los cuatro Evangelistas, cada
uno con su símbolo respectivo. En el extremo superior
de la pirámide, en correspondencia con los Evangelis-
tas, había cuatro ángeles como custodiando el Altar.
Hemos dicho que la pirámide estaba truncada. En
lugar del vértice, estaba un templete con tres arcadas,
de las cuales una miraba al Occidente, otra al Mediodía
y otra al Norte. En la primera, veíase esculpida la per-
sona augusta del Padre, en la segunda, la del Hijo, y
en la tercera, la del Espíritu Santo. Coronaba el tem-
plete una refulgente esfera de plata, sobre la cual se
destacaba una riquísima cruz (1).
Aymerico no nos dice de qué materia era el balda-
quino; según la Compostelana, estaba formado de oro y
de plata; en cambio el autor del libro V del Códice Calix-
tino, nos informa de que estaba adornado, por dentro y
fuera, de maravillosas pinturas y dibujos de diversas
suertes (Miraliliter piduris et dehuxaturis, speckhusqiie dker-
sis). Estas pinturas y dibujos sobre metal, no podían ser
más que esmaltes y nielados. So dirá que á la sazón es-
tas industrias debían de ser poco conocidas y practica-
(1) Véause Apeudices, iiiuu. II, ¿5. XIV.
238 LIBBO SEGUNDO
das en España; porque aún en París, cuando unos trein-
ta años más tarde el célebre Abad de San Dionisio,
Suger, quiso decorar con esmaltes una preciosa cruz, no
se hallaron esmaltadores hábiles, y tuvieron que venir
de Alemania. Sea de esto lo que se quiera, lo cierto es
que el esmalte era conocido en Santiago desde el si-
glo IX, como lo demuestra la cruz de D. Alfonso III; j
no se ve razón por qué no se pudiese continuar esta in-
dustria, ya que no por indígenas, por artistas ex-
tranjeros (1).
Tal era, en suma, el monumento que elevó Grelmírez
para realzar la grandeza del Altar de Santiago; de tal
manera quiso hacer ver los propósitos que abrigaba,
cuaudo se empeñó en substituir por otro el antiguo Al-
tar del Apóstol.
Algo, empero, le faltaba á Gelmírez para poner á
nuestra Basílica al nivel de las más célebres de la Cris-
tiandad; y este algo era una confesión al pie del altar
apostólico. Y su construcción fué llevada á cabo tan
rápidamente, que antes del año 1112 ya los Canónigos
compostelanos Munio ó Hugo pudieron decir cuan dulce
y edificante era penetrar en aquel reservado lugar. En
la descripción de la confesión, la Compostelana se muestra
tan parca, como en la del frontal y del baldaquino. Sólo
dá á entender que la bajada estaba entre dos de las co-
lumnas que sostenían el baldaquino; las cuales, proba-
blemente, serían las do atrás. En las excavaciones prac-
ticadas el año 1878 en la capilla mayor, se descubrió el
pavimento de la confesmi. Estaba formado de hormigón,
y se hallaba á un metro de profundidad bajo el pavi-
(1 ) Véase Rupíu, Tj (Euvre de Limogcs; París, 18í)0; págs. 47, 48 y 180.
LOS TRES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 239
mentó actual de la capilla mayor. La confesión debía ocu-
par toda la cabecera ó hemiciclo del ábside.
Obras tan costosas y tan considerables, realizadas en
menos de doce años, podían dejar satisfecho al espíritu
más ávido de reformas y renovación; pero Gelmírez pa-
decía fiebre de construir. Había en los alrededores de
Santiago tres iglesias, cuyo origen se ignora, fundadas,
la una, la de Santa Cruz, al Este, en el monte del Gozo,
la del Santo Sepulcro, al Oeste, sobre el cerro de Santa
Susana, y la tercera, al Sur, á orillas del Sar. Las tres
iglesias debían de ser de muy reducidas dimensiones,
y acaso amenazaban ruina; Gelmírez mandó echarlas á
tierra, é hizo construir otras nuevas (1).
La historia de estos tres pequeños monumentos, está
muy relacionada con la de las peregrinaciones de San-
tiago. La capilla de Santa Cruz es la que después se lla-
mó de Manxoí (Mon jóle, Mons gaudií), y del Cuerpo Santo.
El Cuerpo Santo que dio nombre á esta capilla, era el de
un piadoso peregrino lorenés, que en compañía de otros
veintinueve caballeros del mismo país había empren-
dido la peregrinación de Santiago hacia el año 1080.
Al salir de su patria, todos, á excepción de uno, hicieron
juramento de auxiliarse mutuamente en cualquiera con-
tingencia que pudiera ocurrírseles en el camino. Llega-
(1) Hist. Composf., lib. I, cap. XIX, pág. 53; cap. XX, páí?. 54;
cap. XXI. — El texto publicado por Flórez al principio del cap. XX, está
faltoso. Debe leerse así, según el ejemplar manuscrito de la Composfelana,
que se conserva en nuestra Iglesia: Denique praedidi Praesalís sumnia
solertia,cujus propositum ah ipsis fere cunabuUs semper exliterat et destrucfa
construere, et constructa ve iterum lahefierint suh ipso constitutionis suae
constructionis siatii conservare.... Lo de letra redonda falta en el texto
publicado. ^.
240 LIBRO SEGUNDO
ron sin novedad á Porta Clusa, en Gascuña; pero aquí
uno de ellos se puso tan gravemente enfermo, que tu-
vieron que conducirlo, cuando á caballo, cuando en
brazos, basta la falda de los Pirineos, empleando en esta
jornada quince días, en voz de los cinco que marcaba el
itinerario. Aquí, haciéndoseles muy pesada la tarea,
resolvieron todos dejarlo y proseguir el viaje. No se con-
formó con esto el compañero injuramentado; dejó mar-
char á los otros; pero él no se separó del lado del enfer-
mo. Pasaron la noche en la aldea de San Miguel, al pie
de la escabrosa y empinada sierra; y en la madrugada
del día siguiente, por las vivas instancias del enfermo,
se pusieron en marcha. Vencieron, al fin, la agria y di-
fícil subida; pero ¡á cuánta costa! Cuando llegaron á la
cumbre ya era noche cerrada, y el enfermo falleció, qui-
zás efecto del cansancio. En aquel amargo trance el
compasivo peregrino se encomendó de corazón al Após-
tol; y mientras desolado, lleno de fatiga y de terror
meditaba que partido podría tomar, se le apareció de
repente un caballero que le interpeló de esta manera:
¿Qué haces aqui, hermano? — Quisiera dar sepultura al cadáver
de este mi compañero, contestó^ pero, á esta hora y en este
desierto, ¿cómo podré hacerlo? — Pomne, continuó el desco-
nocido, sohre el arzón el difunto^ y monta tú á la grupa
hasta que lleguemos á lugar donde pueda ser sepidtado. La luz
d(íl alba los sorprendió sobre un cerro, desde el cual so
divisaba la ciudad de Santiago. Era el monte del Gozo.
El caballero mandó apearse al peregrino, 3^ lo dijo que
fuese á avisar á los Canónigos de Santiago para que
diesen sepultura al cadáver de aquel devoto de su de-
voto. — Cuando, hechos los funerales^ añadió, des vuelta
para tu tierra, en la ciudad de León encontrarás á tus compa-
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 241
fieros^ y les dirás que por cuanto fueron tan poco leales con su
socio, él Apóstol Santiago no admitirá sus preces, ni sus pere-
grinaciones, mientras no hagan condigna penitewÁa. Entonces
el peregrino reconoció quien había sido su protector y
quiso echarse á sus pies; pero en el mismo momento el
caballero desapareció de su vista (1). Acaso se fabricó
entonces sobre el sitio en que fué sepultado el pere-
grino, la ermita de Santa Cruz, que tomaría este nom-
bre, ó de la cruz que se puso sobre la sepultura, ó de al-
guna otra que ya hubiese en aquel lugar, puesta, como
era costumbre, por los romeros.
Reedificada la capilla, ordenó D. Diego que el día
de San Marcos fuese allí todos los años el Cabildo á can-
tar las Letanías mayores, y á celebrar Misa solemne (2).
La capilla del Santo Sepulcro, sita, como hemos di-
cho, sobre el cerro de Santa Susana, fué á la vez substi-
tuida por otra más capaz y de mayor gusto artístico. En
ella colocó Gelmírez, después de haberlo depositado
interinamente en la Basílica, el cuerpo de Santa Susa-
na (3), que había traído de Portugal.
(1) Esta tan interesante y conmovedora escena que se refiere en el
cap. IV de los Milagros del Apóstol Santiago, se hallaba maravillosamente
pintada en la capilla de Santiago en la iglesia de Araceli en Koma. Pintóse
en el año 1441 por Juvenal de Orvietto. (Véase Erce Ximénez, Prueva, etc.,
íbl. 233).
(2) La capilla de Santa Cruz ó del Cuerpo Santo, era distinta de la
actual de San Marcos. La primera estaba unos dos kilómetros más próxima
á la ciudad, sobre un altozano, cubierto hoy de pinos, á la derecha de la ca-
rretera de Lugo. Fué lugar muy venerado, y en el que durante los siglos XII
y XIII se recogían abundantes limosnas. En el siglo XVII quedó abando-
nada la capilla, y hoy apenas se descubren sus cimientos.
(3) De aquí la denominación (¿ue recibió el monte, que por lo visto
autiguameute no fué más que un criadero de yeguas ó potros.
Tomo UI.-Í6.
242 LIBRO SEGUNDO
Para honrar ixiás la Santa y aumentar el culto de la
capilla, estableció el Prelado que el lunes de Pascua
celebrase en ella el Cabildo todos los años Misa can-
tada.
Por el mismo tiempo reedificó Gelmírez otra iglesia
á orillas del Sar, en la cual se propuso establecer un Con-
vento de Monjas, según las instrucciones que le había
dado Pascual 11 en la Bula Ecdesíarn quam regendam (1).
( l) Acerca del origen de esta iglesia y de este Convento, hay una
tradición, que no creemos deba del todo despreciarse. (Véase Neyra de
Mosquera, Monografías de Santiago, pág. 256.— Barreiro, Leyendas de
Mario, págs. 41 y siguientes. — Murguia, en el tomo de Galicia en España^
sus niOTiUmentos, etc...., pág. 569, nota 2.^) Según la leyenda, una noble dama
francesa, de nombre E,usuida, vivamente impresionada con la muerte de su
amante Alberico de Canogio, que había perecido en el camino de Santiago, á
manos de un rival desdeñado, recogió el cadáver de su prometido y con él
prosiguió su camino hasta Compostela, en donde se propuso darle sepultura
en tal lugar en que ella pudiese velar toda su vida al lado de aquellos restos
inanimados. Para eso á orillas del Sar, junto á la sepultura de Alberico,
levantó una capilla, construyó viviendas y con otras mujeres, acaso las
damas de su séquito, hizo promesa de hacer allí vida religiosa. Contra esto,
que nada tiene de particular en aquella época, puede argüirse el silencio de
la Compostelana. Mas el criterio, que por regla general, siguieron los Auto-
res de esta Crónica, fué tomar las cosas en el estado en que se hallaban al
tiempo en que comenzaron á historiar los hechos de Gelmírez, sin preocupar-
se de lo que pudiese haber pasado antes. Debemos, no obstante, advertir,
que en el texto manuscrito que guarda la Santa M. Iglesia, el epígrafe del
cap. XXI, del lib. I, difiere del publicado en la edición de Flórez, pues
dice: De edificatione ecclesie in cenobio de Canogio. Esto parece que dá á
entender que ya entonces había allí un cenobio, una casa de vida común.
Tampoco es del todo exacto aquel inciso que se lee en dicho capítulo: Nul-
lum, etenim, Sanctimonialium Monasteriuní intra tanti Regni (Gallaetiae)
latiludinem /ia?>e6aiwr. Esto sólo puede entenderse de Monasterio fundado
según las reglas canónicas entonces vigentes. Y en este sentido, el de Conjo
no tuvo j)riiicipio luista el año 1129, en que Gelmírez instaló allí las Monjas
canónicamente. (Véase liist, Compost., lib. III, cap. XI).
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 243
Señaló diextros para el Convento; liizo plantar en ellos
manzanos, cerezos y toda clase de árboles frutales; y
en el río Sar que bañaba aquel terreno, estableció vive-
ros de peces.
Contribuyó también poderosamente á la termina-
ción de la Iglesia monasterial de San Martín Pinaiio,
cuya obra había comenzado, según hemos dicho, el
Abad Adulfo, y proseguido su primo y sucesor Leovi-
gildo (1).
No está aquí reseñado todo cuanto por estos tiem-
pos, es decir, antes de la muerte de D. Alfonso VI
(año de 1109), hizo y gestionó Gelmírez. Otras muchas
cosas llevó á cabo, que omitió la Compostelana, contentán-
dose con remitir al lector á la serie de Escrituras guar-
dadas en el Tesoro de la Iglesia. (Multas etlam alias Jtís
adjecit, a nóbis praetermissas, utpotc ignoratas, quas quí scire vo-
tuerit, eum ad scrijjturarnm cognitionem in tJiesauro B. Jac<M
Ecdeskie reposítam et servatam, iré praecipimtis. Hace antem
siqjradleta omnia ante mortern regís nostrí catJioUci bonae me-
moriae Adefonsi a Praesíile sunt juste acquisita (2),
Todas estas obras demuestran claramente que la de
la Catedral debía estar terminada, y acaso Gelmírez
las emprendió para dar ocupación á los obreros me-
nos hábiles de la Fábrica. En cambio la obra del claus-
tro, que requería más suntuosidad y primor, se fué
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XIX, pág. 53.— Como en una Escritura
del año 1088 (véase pág. 43), se indica que el Abad Adulfo consagró la
iglesia de San Martín. Esto hace suponer que Adulfo pudo terminar el ábsi-
de, que fué lo que se consagraría en el año 10S8. Después Leovigildo prosi-
guió la obra, hasta verla completamente terminada hacia el año 1112, en
(jue lué de nuevo consagrada.
(2) Hiat. Cumpost., lib. I, cap. XLVI, pág. 94.
244 LIBEO SEGUNDO
difiriendo hasta reunir los recursos suficientes; lo cual
no pudo conseguirse tan pronto, por las guerras en que
se vio envuelta Galicia desde el año 1109.
La ciudad de Santiago era estrecho campo para la
actividad de Gelmírez. Ya antes del año 1112 toda la
Diócesis, y en especial las comarcas de Saines, Postmar-
cos y Nendos, experimentaron hasta dónde se extendía
su solicitud y su carácter emprendedor. En Padrón
echó al suelo la vetusta ermita que se había levantado
para perpetuar la memoria del sitio en que había des-
embarcado el Cuerpo del Apóstol (1), y con la ayuda de
un piadoso Presbítero, llamado Pelayo, la reedificó
desde los cimientos (2). En la antigua Catedral de Iría,
hizo de nuevo el altar de Santa Eulalia. De nueva
planta levantó las iglesias de Santa Cruz (de Lesón?),
Santa Eulalia (de Boiro?), Santa Leocricia , y Santa
María Nevarensc (de Nebra?), que antes más bien que
iglesias, parecían chozas ó tugurios. Alrededor de las
mismas, construyó casas para habitación de los Clérigos;
y acompañado de su Cabildo, consagró con gran solem-
nidad todos y cada uno de estos templos (3).
En Saines, en la aldea de Paradela, poseían los Pre-
lados de Santiago una granja que casi se hallaba yerma
y abandonada. Construyó en ella D. Diego edificios, en
que decorosamente pudiesen hospedarse cuando la oca-
sión se presentase; é hizo, además, las dependencias pro-
pias de una casa de labranza. Rescató asimismo de
poder de seglares, la vecina iglesia de San Miguel de
(1) Véase tom. I, ¡mg. 231.
(2) Hist. Coínpost., lil). I, pág. 59.
(8) llíd. Compost.j loe. cit.
2i
LOS TEES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 245
Bojone (Bayón). No menos importantes fueron las obras
que realizó en la villa ó granja de GMleglldo, lioy Redo:i-
dela, propia también de la Iglesia compostelana. Des-
pués de haberla reivindicado de manos de los que la
tenían usurpada, la roturó y limpió de la maleza, la po-
bló y redujo á cultivo, y la puso en estado de que con el
tiempo pudiese ser una de las villas más risueñas y pin-
torescas de Galicia. Obtuvo también en juicio por ante
el Conde de Galicia, D. Ramón, la restitución de la igle-
sia de Santa María de Elva (Alba, cerca de Ponte-
vedra) (1).
El castillo de Honesto (Torrre de Oeste), era conside-
rado como el baluarte de aquella parte de Galicia con-
tra las continuas incursiones de los Moros y de los Nor-
mandos; mas su conservación se hacía muy gravosa al
país, porque la gran mayoría de sus moradores, desde el
río Isso hasta el Océano, tenían que acudir dos veces al
año para reparar los desperfectos causados por los tem-
porales, ó las averías hechas por los piratas. Vistos estos
inconvenientes, D. Alfonso VI había resuelto demoler
la fortaleza y arrasarla hasta el suelo; pues recelaba
que pudiese darse el caso de que, haciéndose muy difícil
la conservación del castillo, se convirtiese en guarida
de aquellos mismos contra quienes se había levantado.
Considerando D. Diego que de destruir siempre había
tiempo, propuso un medio al Monarca para reparar la
fortaleza sin ocasionar tanta vejación á los pueblos: y
fué, que cada vecino de la Diócesis compostelana contri-
buyese por una vez para la obra con un sueldo de la
(1) llist. Compost., loe. cit. — En la edición de Flórez se lee: S. Mariae
de Lua. En el texto manuscrito de la Iglesia: Sce. Marie de eJua.
246 LIBRO SEGUNDO
moneda del liej. Aceptada la idea por D. Alfonso, fué
sin tardanza puesta en práctica por Gelmírez; el cual
dobló las murallas de la fortaleza, construyó nuevas to-
rres y reductos, y agotados los fondos públicos, suplió
con los propios lo que faltaba hasta llevar á debida per-
fección el edificio. Con esto quedó el castillo, ó cindade-
la, como le llamaba D. Alfonso V, en tal pie, que no
tenia que temer las embestidas de quien quiera que fue-
se; y desde sus altas almenas se podía á mansalva, por
donde quiera que se aproximasen los piratas, abrumar-
los con piedras y agudos dardos (1).
En Nendos, con la ayuda del celoso Arcediano de
aquella comarca, Juan Rodríguez, reedificó y consagró
las iglesias de Bárdanos (Santa María de Barbeiros),
Flavella (San Esteban de Piadela) (2), Avegundo (Santa
Eulalia de Abegondo), Toiobre (San Martín de Tiobre),
Amnentarias (Santa María de Mantaras) y Moralias (San
Esteban de Moras) (3). Todas estas iglesias eran propias
de la Sede compostelana.
Para Gelmírez, todo lo que pertenecía á la Iglesia
de Santiago, era igualmente digno de atención y solici-
tud. Desde sus primeros viajes á Castilla, había notado
que varias de las casas que poseían los Prelados com-
postelanos en diversos puntos del camino de Santiago,
como Cacabelos, Astorga, León, etc., se hallaban arrui-
nadas y casi inhabitables. Por la larga distancia, no po-
día encargarse ól directamente del trabajo de rehacer-
las y repararlas, y aderezarlas de lo conveniente. Este
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XXXIII.
(2) Véanse Apéndices, núm. XVI.
(3) Hist. Comimst.f lib. I, cap. XXXII.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 247
cuidado lo encomendó á uno de sus mayordomos, el cual
á maravilla desempeñó su cometido. Mas en Cacabelos,
no sólo se reconstruyó la casa episcopal, sino otras mu-
chas para repoblar aquel burgo que casi estaba desier-
to. Reparó también Gelmirez la iglesia parroquial, y la
consagró con toda solemnidad (1). A lo largo del cami-
no de Santiago hizo también restaurar muchas de las
hospederías que estaban arruinadas.
Visto el buen empleo que Grelmírez daba á las rentas
y haber de su dignidad, los fieles de todas clases y con-
diciones se sentían estimulados á hacer cuantiosos do-
nativos y ofrendas á Iglesia tan bien regida y admi-
nistrada. El Conde de Aveancos, D. Sancho, legó en su
testamento el lugar é iglesia de Maurin. Quien más se
señaló en estos actos de piedad, fué D. Pedro Fróilaz de
Traba y su familia. El buen Conde de Traba, además
de dar de presente en Santiago un solar en la calle de la
Moneda (Azabachería), legó para después de su muerte
la iglesia de San Tirso de Avecundum (Mabegondo), y la
granja de Pousada con sus habitantes y colonos. Su hijo •
D. Froila donó la granja de Ervedinum en tierra de Nen-
dos, y su hermana D.^ Munina, las de Romariz y Oa-
teiro, en Saines. La Condesa D.^ Elvira, cedió la parte
que le pertenecía en el Monasterio de San Verísimo,
en tierra de Lemos (2).
El noble caballero Lúcido ó Luzo Arias, varón de
antigua é ilustre prosapia, lo mismo que su esposa
D.^ Mayor, no se mostró menos liberal con la Iglesia de
(1) Hist. ComposL, lib. I, cap. XXX.
(2) HisL Compost, lib. I, cap. XXXI.
248 LIBEO SEGUNDO
Santiago. Estnndo á punto de muerte, legó D.^ Ma5^or la
mitad de una granja cerca del Puente Ulla, la mitad
de la de Quíntalna, en Saines, y la aldea de Ruvímim (Ru-
bín), en Tabeirós. Su esposo no sólo ratificó estas dona-
ciones, sino que de lo suyo dio en Deza las aldeas
de Soutolongo y Vilanova, cerca de Carballino la de
Dadín, y una granja, junto al Puente Ulla.
De Arias Alvitez ó Aloítez adquirió Gelmírez la
iglesia de San Juan da Coba, á orillas del Ulla; de Oveco
Sánchez el burgo de Faturnelo (Padornelo), en el Zebre-
ro; de Diego Viliúlfez la tercera parte del Monasterio
de 2\ovallíSy éb orillas del Tambre. Otras donaciones, por
el estilo, hicieron Oduario Díaz, Oveco Crescóniz, Ñuño
Peláez, Cresconio Pérez, Sandino Alfonso, Martín Pe-
láez, Arias Gundesíndiz, Gunza ó Guncina Eriz, Aldonza
Fróilaz, Elvira Martínez, Alfonso Muñiz, Araguncia Sis-
nándiz , Arias Savaríguiz , Guiña Oduáriz y Pelayo
Gundesíndez. Debemos, sin embargo, hacer especial
mención de las que hicieron Gunza Eriz y Arias Gunde-
síndiz, que donaron la parte que les correspondía en el
Monasterio de San Pelayo de Circitello (Sabugueira), y
una octava parte de la iglesia de Santa Eulalia de Ban-
do; y de la de Aldonza Fróilaz, la cual dio el Monaste-
rio de Argentarlo (Arenteiro, lugar de Santa María de
Lojo) (1).
(1) Hist. ComposL, lib. I, cap. XXXI y XXXII.
iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiniiHiiiiiiiiiiiiiiiiiiiHiiiiiiiiniri(MiiiiiiniiiiiiiiniiiniiiniiiiiiiiiHiiiiiniiiiiiiiniiii^
II 1 ilíMiMiifiíiiiiiiiMliiiMiiiiiiiiiiiiiiiiiiTTMTnTiiiiiiiiililTTTi iTiTTTTiTTnTnilTrTTTiTTTnMlTTnnTTnTTTTÍlTTTiTTT^
iHiiiiMiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiriiiiiiiiiiiiriniíiniiiiiiiiiiiiiíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiini II lili I lililí^
mum mjumj|um mil iJlüijlil,
CAPITULO X
El Cabildo compostelano en tiempo de Gelmírez. —
Pleito con el Obispo de Mondoñedo sobre los arci-
prestazgos de Seaya, Besoucos, Trasancos, La-
bacengos y Arros. — Segundo viaje de Gelmírez á
Roma. — Obtiene de Pascual II la dignidad del Palio.
ADO el celo que de-
mostró Gelmírez
en activar y llevar
á debida perfección
las obras que he-
mos enumerado en
el capítulo ante-
rior, podrá formar-
se juicio del que desplegaría en restaurar el edificio mo-
ral de su Iglesia, y restablecer la disciplina sobre sólidas
bases. Su constante anhelo, fué rodearse de un Cabildo
numeroso, docto é ilustrado, cuyos miembros fuesen
otros tantos astros que brillasen en el firmamento de su
250 LIBRO SEGUNDO
Iglesia, 5^ que con sus luces y con sus consejos, le auxi-
liasen en la ardua tarea de regir acertadamente Dió-
cesis tan vasta, y que en aquel tiempo era una de las
primeras de la Cristiandad. En efecto, á principios del
año 1102, entre los antiguos Canónigos (algunos de los
cuales se habían visto precisados á abandonar el servi-
cio de la Iglesia por falta de medios de subsistencia) y
los que buscó de otras partes, tenía reunidos nada me-
nos que setenta y dos Canónigos; que fué el número que
fijó en recuerdo de los setenta y dos Discípulos del Se-
ñor (1). En el capítulo XX, del libro I, nos dá la Campos-
telana los nombres de todos; y como en su mayoría
alcanzaron bastante celebridad, los pondremos aquí á
continuación por orden alfabético:
Gundesindo, abad y prior Román Romániz, idem.
de la Canónica, después Pedro, juez.
Cardenal mayor. Adriano Rodríguez.
Arias Cipriániz , arce- Adulfo.
diano. Alfonso Atínez.
Gaufrido, arcediano. Alfonso Díaz.
Oduario, idem. Alfonso Peláez.
Juan Rodríguez, idem. Alvito Benítez.
Pedro Anáyaz, tesorero, Alvito Yáñez.
después Obispo de León. Arias Díaz.
Pelayo Díaz, primiclero. Arias González.
(1) Juxta numeralem Discipulorum Domini collectionem septuaginta
dúos Canónicos elegit. (Hist. Conijwst., lib. I, cap. XX, pág. 55). — En esta
época fué general el determinar el número de individuos de que debía cons-
tar la Corporación capitular. Asi en León en el año 1120, se fijó en cuarenta
el número de Canónigos, además de los Arcedianos; en Lugo en 1173, en
treinta, etc....
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA
251
Arias Guntádiz.
Arias Muñiz (1).
Bernardo Gutiérrez sp.
Cipriano Peláez.
Diego Bodán.
Diego Julián.
Diego Peláez.
Diego Rodríguez. "^
Ero.
Fagildo Pérez.
Gundesindo, presbítero.
Hugo, capellán del Obis-
po, después Obispo de
Oporto.
Juan Gruimíriz.
Juan Rodríguez.
Juan Rodríguez.
Martín Beraldo.
Martín Cid.
Martín Peláez.
Martín Peláez.
Miguel González.
Miguel Yanárdiz.
Munio Alfonso , después
Obispo de Mondoñedo.
Munio Gelmírez.
Munio Martínez.
Munio Sisnándiz.
Oduario, presbítero.
Pedro, abad de Cuntís.
Pedro Alfonso.
Pedro Astruáriz.
Pedro Crescóniz.
Pedro Crescóniz.
Pedro Díaz, cardenal.
Pedro Díaz.
Pedro Díaz.
Pedro Helias, después Ar-
zobispo.
Pedro Fulco.
Pedro Gundesíndiz.
Pedro Martínez.
Pedro Peláez.
Pelayo Anáyaz.
Pelayo Gelmírez.
Pelayo González.
Pelayo Manso.
Pelayo Muñiz.
Pelayo Muñiz.
Pelayo Tanóiz.
Pelayo Yáñez.
Riquila Cl.
Rodrigo, presbítero.
Vimara, abad del Giro.
Vimara Astráriz.
S. Giraldo, Arzobispo de
Braga.
D. Diego, Obispo de
Orense.
D. Alfonso de Tuy (2).
(1) Uno de estos Arias, fué después Obispo de León.
(2) Estos tres Prolados no eran Canónigos meramente honorarios^*
252 LlBEO SÉGÜIÍDO
Talos fueron los miembros que Gelmírez reunió para
formar la Corporación capitular; veamos ahora cómo
los organizó y reglamentó. Su primer cuidado, fué ase-
gurarles los medios de una decorosa sustentación. En
los últimos años del siglo XI, los Canónigos se vieron
reducidos á tal penuria, que en el refectorio de la Co-
munidad no hallaban mantenimiento más que para seis
meses. Recobradas muchas de las rentas de la Iglesia,
que estaban usurpadas, y sometidas á una recta y acer-
tada administración, se consiguió que para todos los se-
tenta y dos Canónigos se suministrase en el refectorio,
durante todo el año, el suficiente alimento (1). Esto,
prescindiendo de la asistencia al Coro, era casi el único
vestigio que quedaba de la antigua forma de vida co-
mún. Había, si, el dormitorio común, el cual, á juzgar
por lo que de él nos indica la Compostelana (2), debía ocu-
par gran parte del solar que hoy tienen las capillas del
Pilar y de Santa Cruz (3). Ni aún era requisito que to-
dos los Canónigos concurriesen personalmente al refec-
torio para recibir su correspondiente ración; pues en el
pues tenían también su hebdómada y parte en las obvenciones del Altar.
Pocos años después fué Canónigo de Santiago el Cardenal de Roma, Deus-
dedit, el cual en carta que dirigió á Gelmírez en el año 1121 (Historia
Compostelana, lib. II, cap. XLIV), le encargó que le enviase el importe de
su hebdómada por los primeros peregrinos que saliesen para Roma.
Nótese, que á juzgar por los nombres y apellidos, todos los Canónigos, a
excepción de Hugo y Gaufrido, debían de ser españoles.
(1) Quibus (Canonicis) per totius anni revolutionem sufficientia vi-
ctualia minime deessent. (Hist. Compost., lib. I, cap. XX, pág. 55).
(2) Lib. I, cap. CXVI, págs. 243-244.
(3) Es de suponer que sólo usasen el dormitorio los Canónigos que no
tuviesen domicilio propio.
LOS TEES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 253
lugar que acabamos de citar de la Compostelana, se nos
dice que en cierta ocasión el Cardenal Pedro Gundesín-
dez había convidado á varios Canónigos á cenar en su
casa. Sin embargo, en la Canónica á todos los Canóni-
gos indistintamente se dispensaba, y se continuó dis-
pensando por mucho tiempo todos los días, cierta ración
de pan y de vino. Desde entonces quedó, pues, definiti-
vamente constituida la Mesa capitulai- compostelana ,
con arreglo á lo establecido en el Concilio nacional de
Falencia del año 1100 (1). Según esto, había un fondo
común fijo, un acervo de rentas destinado exclusiva-
mente al mantenimiento de los Canónigos, que eran
también los encargados de administrarlo y distribuirlo.
Dice Aymerico que la Regla que seguían los Canó-
nigos de Santiago, era la de San Isidoro fUi. Isidori
hisjMniensis doctoris regidam tenentes); pero como ya adver-
timos en el tomo II, página 45, estas palabras quizás
sólo deban referirse al texto del Oficio Divino, ó á la
distribución de las Horas canónicas (2), ó ala forma del
traje coral, ó la constitución jerárquica del Cabildo.
Para mayor seguridad, como hemos visto en el capí-
tulo antecedente, página 219, había consultado D. Die-
go sobre este punto al Papa Pascual II. Según las ins-
trucciones recibidas, había distribuido á los Canónigos
en dos categorías: la de los Presbíteros g Cardenales, y
la de los Diáconos. Los primeros eran siete, y á ellos in-
cumbía celebrar la Misa conventual y oficiar en to-
(1) Véase cap. VIII, pág. 208.
(2) En el Concilio de León de 1090, establecióse, según el Tudense, que
el Oficio Divino se ordenase según la Regla de San Isidoro. Consúltese en la
España Sagrada (tom. III, pág. 23G, y toni. XXXV, pág. 349) el sentido
en que debe entenderse este decreto del Concilio.
254: LIBBO SEGUNDO
das las funciones religiosas del Cabildo. Entre los Car-
denales figuró, en primer lugar, el Abad y Arcipres-
te Gundesindo, presidente que era antes del Cabildo; y
de aquí acaso proviniese el título de Cardenal mayor,
que llevaron él y sus sucesores en la Prebenda. Los diá-
conos eran los demás Canónigos hasta completar el nú-
mero de setenta y dos; eran, por turno, los ministros
obligados en el servicio canonical del Altar.
Uno de los principales emolumentos que entraban
en la dotación de los Canónigos, consistía en las ofren-
das que se hacían en el Altar de Santiago; pero en tiem-
pos anteriores estas ofrendas sólo se repartían entre
cierto número de Canónigos (siete ó doce, según dice la
CompostelanaJ ; así es que mientras éstos en el refectorio
comían opíparamente, los otros se veían reducidos á
gustar un alimento sobrado parco y mezquino (1). De
aquí las quejas, las contiendas, la discordia. Mas enton-
ces, á cada uno de los setenta y dos Canónigos, se adju-
dicó su hebdómada (2); y la distribución de las ofrendas
se hacía, según Aymerico, en la forma siguiente: el do-
mingo se reunían todas las ofrendas hechas durante la
semana y se dividían en tres partes, adjudicándose una
de ellas al Canónigo hebdomadario. De las otras dos
partes restantes, se hacían tres porciones iguales; una
para la fábrica de la Iglesia; otra para el Prelado, y la
tercera para una comida en el refectorio canonical (3).
(1) Prius septem aut duodecim hebdomadarii erant, qui praeerant
Altari Bti. Jacobi; et ad eos quasi ad dóminos omnia oblata ad Clericos per-
tinentia, confluebant. (Híst. Compost., lib. II, cap. III, pág. 25(j).
(2) Ipse vero Episcopus unicuique Canónico siiam .scptinianam in altari
distribuit. (Hist. Compost., loe. cit.)
(3) Véanse Apéndices, núm. II, pág. 22.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 255
De las ofrendas que se presentaban ante los Altares de
Santa Cruz y de Santa Magdalena, se reservó la mitad
para el Hospital de los peregrinos (1).
Continuando la Compostelana (2) la exposición de las
reformas que D. Diego Gelmirez hubo de introducir en
su Iglesia, dice que como el Clero Catedral era tan ig-
norante y estaba tan indisciplinado, pues sus costum-
bres eran más propias de soldados que de eclesiásticos,
para remediar tales abusos y tan deplorable desorden,
adoptó los ritos y estilo de las Iglesias de Francia; y en
su virtud, prescribió que no se diese entrada en el Coro
á los Canónigos que no viniesen con la barba afeitada y
con sobrepelliz y capa coral; pues antes, algunos no ha-
bían tenido reparo en presentarse en el Coro con la bar-
ba sin afeitar, con capas descosidas y de diversos colo-
res, y hasta con espuelas á manera de caballeros (3).
Para prescribir esto, no necesitaba Gelmirez apelar á las
costumbres de las Iglesias de Francia; bastaba recordar
lo dispuesto en los Concilios compostelanos del año 1060
y 1063; pero, lo repetimos, de saber lo que había pasado
en Santiago antes del siglo XII, siempre la Compostelana
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XIX, pág. 53. — Ayinerico, abogando por
los peregrinos, dice que debían darse al Hospital las ofrendas hechas durante
la Semana Santa, y aún la décima de todas las ofrendas hechas ante el Altar
de Santiago. Añade, que á los hosj^itales de leprosos —el de San Lázaro y
Santa Marta— correspondían las ofrendas hechas los domingos en el Altar
de Santiago, antes de la Hora de Tercia.
(2) Lib. I, cap. XX, pág. 57;— lib. II, cap. III, pág. 25G.
(3) Constituit Canónicos praetaxato numero, scilicet septuaginta dúos,
qui non ingrederentur Chorum Bti. Jacobi nisi in superpelliciis et in capis,
cum prius non rasis barbis, capis dissutis et variatis, rostatis pedil)us et
liu jusmodi ad modum equitum, Clericos Ecclesia Bti. Jacobi lial.)eret. (His-
toria Compostelana, lib. II, cap. II I, pág. 256).
256 LIBBO SEGUNDO
mostró poca ansia y curiosidad. Quizás en lo que toca á
la forma de la distribución de las ofrendas, recurriría
Gelmírez á las costumbres de las Iglesias de Francia.
En los Concilios compostelanos citados, se ordenó que
en todas las iglesias se estableciesen escuelas; y, por con-
siguiente, en la de Santiago, escuela no podía faltar;
mas Gelmírez amplió la enseñanza, que antes estaba
limitada á los rudimentos de la Religión y á la Gramá-
tica, y para ello puso un maestro que enseñase Oratoria
y Lógica (1). No nos dice la Compostelana quién haya
sido este maestro traído por Gelmírez; acaso sería el
maestro Raucelino (magister Raucelinus) , que se cita en
el capítulo VIII, del libro II, ó el Giraldo, que después
fué Canónigo, y redactó los últimos libros de dicha His-
toria. Sin embargo, ya antes del establecimiento de estas
Cátedras, había en el Cabildo personas no extrañas á
los estudios literarios, como Munio Alfonso y Hugo, á
quienes el Prelado pudo encomendar la redacción de la
Compostelana. La escuela se hallaba entre la Catedral j el
Palacio episcopal, y comunicaba con la Iglesia por la
puerta que Aymerico llama de la Escuela de los Gramá-
ticos (2),
(1) Locato de doctrina eloquentiae Magistro, et de ea quae discernendi
facultatem plenius administrat, ut nos ab infantiae subtraheret rudimentis,
suo nos commendavit imperio. (Hist. Compost., lib. I, cap. XX, pág. 55). —
También trajo un Médico de la Escuela de Salerno llamado Roberto. (Li-
bro II, cap. VIII).
(2) Véanse Apéndices, núm. II, §. V. — De entre los miembros del Ca-
bildo compostelano, continuaron los Reyes tomando sus notarios y cancille-
res. (Véase tomo II, capítulo XXVII, página 522). A D. Diego Gelmírez,
notario y canciller en la Corte de los Condes de Galicia, debió de suceder el
Canónigo compostelano Martín Peláez; el cual autorizó muchos Diplomas
LOS TEES PEIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 257
Cabildo tan numeroso y formado de personas no to-
das bien probadas y conocidas, necesitaba de un fuerte
vínculo de unión y subordinación, máxime en aquellos
tiempos tan agitados y turbulentos. En efecto, Gelmírez
exigió de todos juramento de fidelidad, que ellos presta-
ron el 22 de Abril del año 1102, justamente el día si-
guiente al aniversario de su consagración, bajo la fór-
mula: «Yo N... por Dios Padre Omnipotente juro á vos
D. Diego seros siempre y en todas cosas fiel y obediente,
y con lealtad y sin fraude, en cuanto lo permitan mis
fuerzas, defender vuestra vida y persona, y exaltar vues-
tra dignidad, tanto en lo que poseéis ahora, como en lo
que en lo futuro adquiráis. Así Dios me ayude y estos
Santos Evangelios» (1).
Por último, Gelmírez, que nada desatendía, encargó
de la Reina D.* Urraca, y aún de su hijo D. Alfonso VII. Tuvo, además,
D.* Urraca, otros notarios, como Fernando Pérez, Juan Rodríguez, Pedro
Ramírez y Pedro Vicente. El primero, y probablemente el segundo, fueron
también Canónigos de Santiago.
En la redacción de los Diplomas, se dejó sentir la acción de los Notarios
compostelanos, tanto en la parte literaria, como en la caligráfica. El Papa
Urbano II, desde el principio de su Pontificado, encomendó á su Canciller
Juan Cayetano, gran amigo de D. Diego Gelmírez, el restablecer en la
redacción de las Bulas pontificias el cursus, ritmo ó cadencia prosaica
que desde el siglo VII había caído en desuso. Después que los Canónigos
compostelanos se encargaron de la redacción de los regios Diplomas, apare-
ce también el cursus, especialmente en los preámbulos.
Acerca del cursus ó ritmo prosaico, véase el estudio que le consagró
Mr. Bellet, al fin de su notable trabajo: Les origines des Eglises de Jaranee;
París, 1898; A. Picard é Hijo.
(1) El texto de la Com/?o5/eZa«a publicado por Flórez fEsj). Sag., to-
mo XX,pág. 6G), dice aquí: Anno MCXX^ hal. Maii, Episcopatus sui atino
secundo, lioc juramentum, etc.... Estas indicaciones cronológicas son incom-
patibles; y por consiguiente en alguna de ellas debe haber error. El P. Eló-
TOMO UI.-17.
258 LIBRO SEGUNDO
á los Canónigos Munio Alfonso y á su capellán Hugo,
después Arcediano, que fuesen anotando y consignando
por escrito, los principales sucesos de su Pontificado, las
gracias y privilegios con que se realzaba el esplendor y
dignidad de su Iglesia, y las heredades y posesiones que
se iban adquiriendo, á fin de que el tiempo, que todo lo
consume, no alterase y obscureciese la memoria y clara
noticia de todas estas cosas. De este registro de anota-
ciones, resultó la Historia Compostelana, que publicaron
Flórez en el tomo XX de la España Sagrada, y Migne en
el CLXX de la Fatrología latina. Nombró también Gel-
mírez su notario al Canónigo Pedro, Abad de Cuntis.
Puestas en orden y concierto las cosas de la Iglesia
Catedral, dirigió D. Diego su atención y cuidados á re-
gir y administrar la Diócesis, conservándola en la mis-
ma extensión y confines que desde antiguo había tenido.
Al tiempo en que tomó posesión de la Sede compostela-
na, administraba los arciprestazgos de Bisancos (Besóu-
cos), y Trasancos, y la mitad de el de Salagia (Seaya), el
Obispo de Mondoñedo, D. Gonzalo Fróilaz. Por antiguos
documentos (1), constaba que estas comarcas pertene-
cían á la Sede iriense y, por consiguiente, á la compos-
telana; la cual, como recientemente había declarado el
Papa Pascual II en la Bula Justitiae ac rationis ordo de 31
de Diciembre de 1101, había sucedido en todos los dere-
rez, como era natural, optó por la segunda, es decir, por la del año segundo
del pontificado de Gelmírez. El texto manuscrito del Archivo de nuestra
Santa Apostólica Iglesia, trae la lección verdadera de este pasaje, que es co-
mo sigue: Ánno MCX% X. Kal. Maii, ele...
(1) Véanse Apéndices del tom. II, niim. 11.
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA. I. COMPOSTELANA 259
chos y atribuciones de que la Iriense gozara (1). En su
vista, D. Diego reclamó amigablemente del Obispo de
Mondoñedo la devolución de los citados Arciprestazgos,
pues sólo los podía tener en préstamo, ó como mero ad-
ministrador. D. Gonzalo contestó que había por lo me-
nos cuarenta años que los referidos Arciprestazgos for-
maban parte integrante de la Diócesis Mindoniense, y
que, por lo tanto, su devolución no procedía.
Es de advertir que no faltaban motivos para que en
este punto hubiese dudas é incertidumbres. En primer
lugar, durante los catorce años en que, después de la
prisión de D. Diego Peláez, la Iglesia compostelana es-
tuvo en cierto modo vacante, los Obispos comarcanos
eran los que ejercían la potestad de Orden, ordenando
á los Clérigos y consagrando las iglesias. Así el Obispo
de Lugo, D. Amor, consagró la iglesia de Callobre, y el
de Orense, D. Pedro, la de Vilariño. En segundo lu-
gar, hacia el año 8G6, el Rey D. Alfonso III consignó
á la Iglesia de Mondoñedo las comarcas de Trasancos,
Besoucos, Pruzos, y parte de la de Seaya; pero, como ya
advertimos en el tomo II, nota 2 de la página 154, las
iglesias de que D. Alfonso pudo disponer, fueron las
ofercionaksy y no las propiamente diocesales. Mas con el
transcurso del tiempo, se obscureció el carácter de estos
hechos y de estas donaciones; y de aquí el origen del
litigio. *
Viendo Gelmírez que amigablemente nada obtenía
(1) Quidquid Catalogis legitimis continetur, quidquid parochiarum
Iriensis Cathedra juste habuisse cognoscitur, tibi tuisque legitimis succes-
soribus Compostellae permanentibus, firmum semper integrumque servetur.
(Hist. Cotnpost., lib. I, pág. 32).
200 LIBBO SEGUNDO
del Prelado de Mondoñedo, interpuso demanda en el
Concilio nacional que se celebró en Carrión á fines del
año 1102 ó á principios del año siguiente (1). Gomo
una indisposición corporal había impedido á D. Gonzalo
el asistir personalmente al Goncilio, con fecha 4 de Fe-
brero de 1103 escribióle desde León el Arzobispo de
Toledo D. Bernardo, que era el que había convocado y
presidido la asamblea conciliar, dándole cuenta de lo
que se había tratado, y mandándole que restituyese al
Prelado compostelano lo que por legítimos documentos
constase pertenecerle. Mas, le decía, que hecha la resti-
tución, se obligaba á trabajar con D. Diego Gelmírez
para que le diese alguna compensación (2).
Gomo el Obispo de Mondoñedo no quisiese oír nada
de restitución, el de Santiago envió sin tardanza dos
procuradores á Roma á exponer sus quejas ante el Papa
Pascual II; el cual, en l.'^ de Mayo de 1103, escribió á
D. Gonzalo de Mondoñedo ordenándole que cumpliese
lo mandado en el Goncilio de Garrión, y que, si se sentía
agraviado, pidiese nueva audiencia para ante el Obispo
de Toledo, Legado Pontificio (3).
(1) Véase en el tom. XXIV del Boletín de la Real Academia de la His-
toria, pág. 299 y siguientes, los interesantes artículos del P. Fita sobre los
Concilios de Carrión y León.
(2) Hisf. Compost., lib. I, cap. XXXIV, pág. 75.— En dónde, en el tex-
to publicado por Flórez y en el Códice de la Biblioteca Nacional citado por
el 'P.Fit&( Boletín..., loe. cit., pág. 311, nota 2.*), se lee: indescendendo, en
el ejemplar de la Catedral se escribe, in condescendendo.
(.3) Hist. Compost., loe. cit., pág. 76. — Gelmírez ganó, en efecto, por la
mano al Obispo de Mondoñedo despachando á Koma á dos de sus Canónigos
que en la Compostelana no se nombran; pero la Bula que entonces obtuvie-
ron del Papa estos dos Legados, no es la inserta en las páginas 92-93 de la
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 261
Tan pronto como D. Gonzalo recibió estas Letras
del Papa, despachó á Roma á dos de sas Clérigos, Groa-
zalo y Munio, para que ante el Pontífice representasen
el derecho que, á su juicio le asistía sobre los menciona-
dos Arciprestazgos. Pascual II, en 15 de Octubre de 1103,
se dirigió al Prelado compostelano avisándole de lo ale-
gado por el Obispo de Mondoñedo, y ordenándole, que
para el día 1.^ de Octubre del año siguiente enviase á
Roma dos Legados que habrían de encontrarse con los
de Mondoñedo, que también estaban citados para la
misma fecha (1).
Al día señalado, comparecieron en Roma, así los Le-
gados del Obispo de Mondoñedo, como los de el de Com-
postela; y Pascual II, oídos sus alegatos, resolvió que
cinco (2), de entre los más ancianos de la Iglesia de
Mondoñedo, acudiesen á Astorga, y que allí, en manos
del Obispo de Burgos, D. García, al cual para esto el
Papa daba comisión, jurasen que hacía cuarenta años
que su Iglesia estaba en posesión de los dichos Arcipres-
tazgos; y que en caso de que los procuradores composte-
Compostelana como dice el P. Fita (Boletín..., tom. XXIV, pág. 317), síqo la
de la pág. 76, dirigida al Obispo D. Gronzalo.
En la pág. 316 del Boletín citado, dice también el P. Fita que hasta que
fué consagrado Grelmírez, no se lee que ningún antecesor suyo pusiese
demanda con objeto de aclarar y decidir el título de posesión «sobre los
Arciprestazgos.» La demanda, aunque general, ya la hizo en 1019 el Obispo
D. Vistruario. (Véase tom. II, Apéndices, núm. LXXXVI, pág. 212), y en
virtud de ella se reconoció que pertenecían á la Iglesia de Santiago los terri-
torios de Bisanquis, Trasancos, Lauazingos, etc...
(1) Hist. Compost., loe. cit., págs. 76-77.
(2) Cinco, según la Compostelana, pág. 77; tres, según el texto de h
Bula que extractamos.
262 LlBttO SEGUNDO
lanos probasen que la posesión había sido interrumpida,
entonces se ventilase la cuestión en juicio ordinario; y
que en uno ó en otro caso se entregasen definitivamente
los Arciprestazgos á quien demostrase tener mejor dere-
cho. Ordenó, además, el Pontífice que el juicio se cele-
brase en la Octava de la próxima Epifanía. Fechóse la
Carta pontificia, que iba dirigida al Obispo de Burgos,
en 14 de Octubre (de 1104) (1).
A pesar de sus muchos años, acudió el Obispo Don
Gonzalo en la fecha señalada, ó sea á principios del
año 1105. Lo mismo hicieron los Clérigos procuradores
de la Iglesia compostelana; pero visto que su estancia
en Astorga tendría que prolongarse indefinidamente á
causa de la enfermedad que aquejaba al Obispo D. Gar-
cía, decidieron salir en su busca y encaminarse hacia
Burgos. Al fia lo hallaron en Castrojeriz, en donde
también estaba D. Alfonso VI con su Corte. Qué propó-
sitos abrigaría el Obispo de Mondoñedo al emprender
tan largo viaje, se ignoran; lo que se sabe, es que en
Castrojeriz se negó á presentar la prueba testifical que
se le exigía. En vista de esto, el Obispo de Burgos escri-
bió al Papa dándole cuenta del proceder de D. Gonza-
lo (2). Es de presumir que el portador de la Carta del
Prelado de Burgos, fuese alguno de los Clérigos ó Canó-
nigos compostelanos que se hallaban en Castrojeriz; el
cual llevó también Cartas de los Obispos D. Pedro, de
Lugo, y D. Alfonso, de Tuy, que informaban en fa-
(1) Véase enta Bula en el tom. XKIV, págs. 340-341 del Bolethi de la
B>'al Academia de la Historia.
(2) Hist, Oompost, lib. I, cap. XXXIV, págs. 77-78.
LOS TRES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 263
vor del derecho que asistía á la Iglesia de Santiago (1).
Enterado Pascual II del contenido, así de la Carta
del Obispo de Burgos, como de las de los Prelados Lu-
cense y Tudense, con fecha 24 de Octubre de 1105, es-
cribió al Obispo de Mondoñedo mandándole que no in-
quietase á la Iglesia compostelana en la posesión de los
tan disputados arciprestazgos fpraecipimiis id eosdem archi-
preshyteraiiis.., quietos et íntegros in ejiísdem Eccksíae (campo-
stellanae) jure deinceps permanere permitías), amenazándole
de otro modo con hacerle sentir con más eficacia el rigor
de la justicia (2).
D. Gronzalo se hizo sordo ante tal intimación, y conti-
nuó administrando los Arciprestazgos en cuestión como
si nada hubiera pasado. Dos años estuvo Oelmírez espe-
rando que el Obispo de Mondoñedo reconociese su error,
y dejase lo que no le pertenecía; pero viendo que espe-
raba en vano, se decidió á reproducir en el Concilio de
León, que se celebraba á fines del año 1107 (3), la
reclamación que había presentado en el Carrionense
de 1102. El Obispo de Mondoñedo, que también se ha-
llaba presente, contestó y replicó con energía á los ale-
gatos de Gelmírez; por lo cual, para que esta discusión,
que prometía ser larga y empeñada, no entorpeciese los
(1) En las Letras que seguidamente escribió el Papa, se dice que los
Obispos de Lugo y de Tuy depusieron en favor de la Iglesia compostelana
juntamente con otro Obispo, cuyo nombre no se declara, pero que acaso fue-
se el Obispo Pedro que se hallaba retirado en Caaveiro.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XXXIV, pág. 78.-En el texto de Fió-
rez, se lee: Datum Laterani VIH Kal. Nouembris. En el ejemplar manuscri-
to del Cabildo compostelano, en vez de VIII Kal., se lee VIII I Kal.
(H) Véase en el tom. XXIV, del Boletín de la Reil Academia de la
Historia, los artículos publicados por el P. Fita sobre los Concilios Naciouít-
les de Carrión y León.
2G4 LIBRO SEGUNDO
trabajos del Concilio, el Presidente D. Bernardo, Arzo-
bispo de Toledo, nombró una comisión de Prelados que,
constituida en Tribunal, oyese separadamente las razo-
nes de ambas partes, y resolviese lo que provisionalmen-
te procedia, mientras la causa no se terminase en defi-
nitiva en Roma (1). «No serían, pues — dice el P. Fi-
ta comentando estas deliberaciones del Concilio de
León (2) — de tan corta entidad las razones sobre las
que liacia hincapié tenacísimo el anciano Obispo de
Mondoñedo, como lo quiere dar á entender el redactor
de la Historia Compostelana. Al discurso en latín que pro-
nunció Grelmírez (3), respondió la parte adversa con fra-
se quizá más llana y de gusto menos clásico; no escasea-
ron i-éplicas, y tan recio y nutrido fué el debate, que no
sólo duró largo espacio de tiempo, sino que dejó flotante
é indeciso el parecer del Monarca y de toda la Asam-
blea. La comisión de Prelados que nombró el Presidente
para examinar más de cerca la cuestión y emitir su
dictamen ante el Concilio, procedió cautelosamente;
porque primero, cada uno de los comisionados, entendió
aisladamente en manejar todo el pleito; conferenciaron
luego en común, y acordaron proponer que los Arcipres-
tazgos, por decreto del Concilio, quedasen en secuestro
y administración del Obispo de Orense, en tanto que se
avocaba la resolución definitiva al fallo de la Santa
Sede.»
De esto resulta que no sólidas razones, sino los há-
(1) Hist. ComposL, lib. I, cap. XXXIV, págs. 78-79.
(2) Boletín cit., pág. 330.
(3) Querimoniam.... latine ventilavit, dice la Compostelana. Esto de-
muestra (jue ya existía otro lenguaje, que era el vulgar y corrient©.
LOS TEES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 265
biles manejos que empleó Grelmírez, fueron la causa de
la duración del pleito, y de que se obscureciesen y em-
brollasen las pruebas que á su favor tenía el Obispo de
Mondoñedo. El cual, además de ser, en efecto, de carác-
ter tenacísimo (1), estaba asido á muy buenas aldabas,
como hermano que era del célebre Conde de Traba, y
por consiguiente, de la familia más poderosa de Galicia.
La cuestión, sin embargo, ofrecía un aspecto desde
el cual debía de resultar harto complicada. El Conde de
Traba y sus hermanos, incluyendo al Obispo de Mondo-
ñedo, eran propietarios de la mayor parte del territorio
comprendido en los Arciprestazgos en cuestión, y por
consiguiente, de las iglesias ofercionales en él enclavadas.
Verosímilmente en la antigüedad era potestativo en
los propietarios de estas iglesias el llamar para consa-
grarlas y para ordenar á los Clérigos que las sirviesen,
al Obispo que bien les pareciese. Qaizá en este Concilio
de León ó antes, se limitaron estas atribuciones de los
propietarios, reconociéndoles tan sólo el derecho de no-
minar ó presentar para sus respectivas iglesias; pero la
dificultad estaba ^ — máxime en aquella época en que estos
derechos no estaban tan deslindados — en el caso de que
el propietario de la Iglesia fuese un Obispo, como suce-
día con muchas de las de los Arciprestazgos cuestionados.
Entonces, ¿á quién correspondía la consagración y la
ordenación? ¿Al Obispo propietario ó al diocesano? ¿A
quién pertenecían las tercias de estas iglesias? Este, sin
duda, fué el punto que tanto hizo discurrir á los Padres
del Concilio Legionense, y que les obligó á declarar que
(1) Para apreciar la firmeza de carácter del Obispo D. Gonzalo, basta
leer lo que trae el P. Flórez (Esj). Sag., tom. XXIII, págs. 119 y 120),
acerca de algunos pleitos que sostuvo.
ÜGG LIBEO SEGUNDO
ni á uno, ni á otro, mientras tanto no se estableciese en
Roma la legislación que en este punto debía observarse.
Como quiera que sea, el Concilio puso en manos de
los comisionados de las dos Iglesias, Cartas en que se
daba cuenta al Papa de las resoluciones tomadas sobre
este particular. El Obispo de Santiago designó como
portador de la Carta que se le había entregado al Arce-
diano Gaufrido; el cual compareció en Roma solo, pues
del procurador de la Iglesia de Mondoñedo, si es que fué
enviado, no se tuvo noticia. En su virtud, Pascual II no
quiso definir la cuestión por sola la Carta remitida por
conducto del procurador compostelano, y escribió al
Arzobispo de Toledo mandándole que, ya que los de
Mondoñedo habían desistido de probar la posesión, sin
más aplazamiento señalase á las partes un término pe-
rentorio en el cual compareciesen en su presencia, y que
aunque cualquiera de ellas estuviese ausente, fallase
definitivamente la cuestión (1).
No sabemos por qué causa el Arzobispo de Toledo
fué demorando el dar cumplimiento á esta Carta, que
debió recibir á mediados del año 1108. Instaba el Prela-
do compostelano para que se ejecutase lo ordenado por
el Papa; pero cansado de instar y reclamar inútilmente,
tuvo que dejar, no sin disgusto, que las cosas siguiesen
como hasta entonces. Al fin el Arzobispo pronunció el
tan deseado juicio (2).
En esto, en el Clero y en el pueblo de los Arcipres-
tazgos disputados, se operó un cambio que fácilmente
se explica por la actitud que tomaron el Conde de Tra-
(1) Hist. Cotnpost.j lib. I, cap. XXXV, pág. 79.
(2) Hisf. Compost, lib. I, cap. XXXV, pág. 80.
LOS TRES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 207
ba y sus hermanos. Todos unánimemente reconocieron
su error y que indebidamente habían estado separados
de su verdadera Cabeza, como resultaba de los antiguos
Catálogos, y prometieron ser en lo futuro hijos obedien-
tes y sumisos de la Sede compostelana, y acudir de bue-
na voluntad todos los años con los tributos á que por tal
concepto estaban obligados. Este allanamiento se hizo,
al parecer, en Santiago, á donde hubieron de concurrir
para subscribirlo, todos los Abades, Monjes, Clérigos y
caballeros, no sólo de los Arciprestazgos de Besoucos y
de Trasancos, sino de los de Labacengos y Arros. Subs-
cribió el primero, en 7 de Febrero de 1110 y bajo fórmula
especial (1), Munio, Abad de San Martín de Jubia, Mo-
nasterio que era como propiedad de la familia del Con-
de de Traba. Todos los demás subscribieron el 7 de Mar-
zo siguiente bajo una misma fórmula, más extensa, que
también trae la Compostelana en el capítulo citado (2).
(1) Hist. Composf., loe. cit.
(2) He aquí los nombres de los caballeros y Presbíteros ó Párrocos de
Besoucos, Trasancos, Labacengos y Arros, que por sí y por los ausentes,
firmaron el Acta de obediencia y sumisión:
Caballeros de Besoucos.
Bermudo Asmódiz. (rónzalo Menéndez. Oveco Fróilaz.
Bermudo Ragéliz. Juan Vimaraz. Pedro Bermúdez.
Fernando Suárez. Menendo Hólmiz. Vistrario Hólmiz.
Férveo Hólmiz. Munino Oduáriz. Vistrario Peláez.
Caballeros de Trasancos, Labacengos y Arros.
Bermudo Gelídiz. Gonzalo Pérez. Pedro González.
Bermudo Hiscaz. Menendo González. Pedro Muñiz.
Bermudo Pérez. Munio Bermúdez. Pedro Suárez.
Egica Estévez. Oveco González. Ragéliz.
Froilán Bermúdez. Oveco Muñiz. Suero Téllez.
Párrocos de Besoucos.
Pelayo Almóndiz de San Pedro de Cervalles (Cervás).
268 LIBUO SEGUNDO
El feliz éxito con que desde un principio había visto
D. Diego Gelmírez coronados sus esfuerzos, le alentó á
cosas mayores. El Palio era entonces una distinción ho-
norífica, de la cual, prescindiendo de las Metrópolis, sólo
Diego Fulgencio de Santa Eulalia de Jubia.
Vimara de Santiago de Fraticia (Franza).
Rodrigo Sisnández prelado del Monasterio de San Vicente (de Caamouco?)
Pelayo Bermúdez de San Juan de Pinnario (Piñeiro).
Gutierre Osóriz de San Salvador de Magnios (Maniños).
E-odrigo Muniz de San Vicente de Mediano (Mea).
Oduario de Santa Eulalia de Courio (Coiro, anejo Maniños).
Froila de Santiago de Baraliobre (Barallobre).
Froila de San Mamed de Lar agía (Lar aje).
Juan de Santa Marina de Seliobre (Sillobre).
Ordoño de San Salvador de Seliobre.
Párrocos de Trasancos, Lahacengos y Arros.
Monino de Santa María de Sichario (Sequeiro).
Sisnando, prelado del monasterio de San Esteban de Setes (Sddes).
Suero de Santa María de Castro.
Pedro de Santa Eulalia de Avinio (Avino).
Ero de Santiago de Laco (Laco).
García de San Julián de Lamas.
Ordoño de San Saturnino (Santa María de San Saturnino).
Rodrigo de Santa Marta Majore (Santa María Mayor del Val).
Froila de San Pedro de Lexa (Leija).
Monino de Santa María de Labacencos (Labacengos).
Vimara de San San Salvador de Sarantes (Serantes) y Pedro Luz.
Gonzalo, prelado del monasterio de San Mateo (de Trasancos).
Pedro de Santa Columba.
Pelayo de San Jorge de Marinas (Marinas).
Pedro de San Román de Doninus (Doniños)
Ego Pelagius Pelagii filias et presbyter, illius patriae indígena, confirmante
supradictorum assensu scripsi in Concilio, et confirmo.
El Acta fué también firmada por el Conde D. Pedro de Traba, por su
esposa D.* Mayor y por sus hermanas D.* Munina, Monja en Jubia, y Doña
Visclavara. (Véase Hist, Compost., lib. I, cap. XXXV).
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 269
gozaban en Occidente las Iglesias más ilustres de la
Cristiandad. Únicamente el Papa en Occidente podía
otorgar este ornamento pontifical; y de hecho cuando
condecoraba con tan honrosa insignia á alguna Iglesia,
sólo era por consideración á muy relevantes circunstan-
cias que se diesen en la misma Iglesia, ó en el Prelado
que la regía. Ya hemos visto que el venerable Dalmacio
había pretendido en vano tal dignidad; no desmayó
Gelmírez, antes bien quiso insistir y renovar las preten-
siones de su predecesor.
Antes que finalizase el estío del año 1104, dejó á
Compostela y se encaminó á Roma acompañado de nu-
meroso y escogido séquito, del cual formaban parte los
Arcedianos Gaufrido y Oduario, su capellán el Cardenal
Hugo, y los Canónigos Munio Alfonso, Pedro Anaya y
Pedro Peláez. Llevaba, además, para defensa de su per-
sona, una nutrida escolta de gente de armas. Las pri-
meras jornadas, las empleó D. Diego en ir á la Corte.
Allí descubrió su pecho al Rey D. Alfonso, y con su
anuencia y beneplácito, prosiguió el viaje hasta Roma.
La favorable y cordial acogida que halló en todas
partes, parecía un feliz augurio del buen éxito de sus
pretensiones. En Burgos el Obispo D. García le hizo un
magnífico recibimiento, y al despedirle, lo fué acompa-
ñando hasta el confín de su Diócesis. Pasó después los
Pirineos, obsequiado y escoltado por muchos Clérigos y
caballeros de aquellas comarcas; y en Gascuña visitó
las posesiones que allí tenía ya entonces la Iglesia com-
postelana. Con esto, la noticia de su llegada se divulgó
por todo el Mediodía de Francia. El Arzobispo de Auch,
Raimundo de Pardiac, salió á su encuentro con una
gran comitiva, ordenada á guisa de procesión. Era el 8
570 LIBBO SEGUNDO
de Septiembre, día de la Natividad de Nuestra Señora,
que en aquella Iglesia se celebraba con gran solemni-
dad; y ante las reiteradas súplicas del Arzobispo y del
Cabildo, se vio obligado D. Diego á prescindir de las
molestias del viaje y á celebrar la Misa mayor, y á dis-
pensar el pábulo de la divina palabra á la numerosa mu-
chedumbre que había acudido con motivo de tan solem-
ne festividad. Tres días se detuvo en Auch; y en este
tiempo se captó la benevolencia y afecto del Arzobispo,
y de las personas más distinguidas de la ciudad.
Continuó después visitando las posesiones de la Igle-
sia de Santiago (Salvitaies et Jionores Bti. Jacohi, dice la
Comioostelana) flj, hasta llegar á Tolosa, en donde fué
objeto de las mismas atenciones que en Auch. Mas aquí
supo que algunos de sus enemigos trataban de tenderle
asechanzas en el camino; y para prevenir cualquier lazo
y engaño, despachó á Roma al Arcediano Gaufrido y al
Canónigo Munio Alfonso, y él, con el resto de la comiti-
va, se encaminó al Monasterio de San Pedro Moissac.
Los Monjes no sólo le hicieron un espléndido recibimien-
to, sino que algunos de ellos le acompañaron hasta
Cahors, cuyo Obispo, Geraldo de Gourdón, avisado de
antemano, lo hospedó con no menor agasajo y cortesía.
De Cahors, pasó al Monasterio de San Pedro Usurgesense
(Uzerches); y después á Limoges (2), en donde, en me-
dio de los grandes obsequios que se le tributaron, pudo
(1) En la Bula In emineiiti de Alejandro III, expedida el 26 de Marzo
de 1178, He hace mención de las tierras y censos que la Iglesia de Santiago
poseía en las Diócesis de Bayona, Agen, Auch, Tolosa y Aix.
(2) En el texto de la Compostelava publicado por Flórez (Esp. Sag., to-
mo XX, pág. 44), se lee: Clemoium. Debe leerse Lemovicum.
i
liOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 271
venerar las Reliquias de San Marcial, San Leonardo y
Santa Valeria.
Su intención era acercarse á Cluny, cabeza de todo
el Monacato de Occidente (capul totius monasticae relígio-
nis), y visitar al Abad San Hugo y pedirle consejo y re-
comendaciones para Roma (1). Las relaciones entre esta
celebérrima casa y la Iglesia de Santiago, ya eran anti-
guas (2); pero se estrecharan más y más después que
uno de los Monjes más calificados de Cluny, el venera-
ble Dalmacio, ocupó la Sede compostelana. El recibi-
miento que en todas partes se había hecho á Gelmírez,
había sido magnífico y espléndido; mas el de que fué
objeto en Cluny, á todos dejó atrás. La comunidad en-
tera salió en procesión á su encuentro, y nadie escaseó
al Obispo de Santiago las demostraciones más vivas de
intimidad y afecto. Ya aposentado en el Monasterio,
manifestó D. Diego al Abad el objeto de su viaje, y las
esperanzas y recelos que en su pecho abrigaba. En lo
íntimo de la conversación , le indicó San Hugo las
dificultades con que iba á tropezar en sus gestiones.
— La Corte de Roma, le dijo en substancia, está preve-
nida en contra de los Prelados de Santiago (3). De ello
tenéis una prueba patente en lo que pasó á vuestro an-
tecesor Dalmacio en el Concilio de Clermont. No igno-
ráis que D. Dalmacio era hermano de hábito del Pontí-
(1) Fl Papa Pascual II había sido en Cluny subdito de San Hugo.
(2) Probablemente en el año 1090, había venido el mismo San Hugo en
peregrinación á Santiago; y he aquí, acaso, la razón por qué en 21 de Abril
de dicho año le hallamos en Burgos en compañía de D. Alfonso VI, al cual
dos meses antes hemos visto también en Santiago.
(3) Recuérdese que en el Concilio de Reims del año 1049, fué excomul-
gado D. Cresconio por usar el título de Obispo de la Sede Apostólica.
272 LIBRO SEGUNDO
fice Urbano; muchos ilustres Prelados apoyaron con
toda eficacia las súplicas del Obispo de Compostela para
que se le concediese la dignidad del Palio, que es lo de
que aquí se trata; sin embargo, el Pontífice se mantuvo
firme en la negativa. A mi juicio, el principal motivo
de esta prevención de Roma, viene de muy atrás, de la
respuesta que dio uno de vuestros antecesores á un Le-
gado pontificio, que iba á visitar las Iglesias de Galicia.
Avisó el Legado al Obispo de Compostela anunciándole
su próxima llegada, para que éste se dispusiese á reci-
birle; mas el Obispo, por toda contestación, dirigiéndose
á sus Clérigos — Id, les dijo, y prestad á ese Cardenal
romano los mismos obsequios que él os haya hecho en
Roma (1). — Mucho me temo que de la memoria de los
Cardenales romanos no se haya borrado ese dicho, á la
verdad, poco cortés y respetuoso, de vuestro antecesor.
Sin embargo, no os desaniméis, y confiado en la protec-
ción de Santiago, no desistáis de continuar el viaje que
habéis emprendido para visitar á vuestra Madre, la San-
ta Iglesia de Roma. Será conveniente, no obstante, que
no solicitéis vos personalmente el honor que anheláis,
sino que lo hagáis por medio de vuestros Clérigos (2).
Varios días permaneció D. Diego en Cluny detenido
por la cordialidad con que allí era tratado. El 29 de
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XVI, pág. 46. — En el lib. II, cap. I,
vuelve á hacerse mención de este suceso, y se dice que el Clérigo designado
para cumplimentar de tal modo al Legado, era uno de los Tesoreros de la
Iglesia compostelana. — Unos cuarenta años antes, algunos Clérigos de
Milán, decían que el Pontífice de Roma no tenía jurisdicción alguna sobre
la iglesia de San Ambrosio.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XVI, pág. 4(j.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 273
Septiembre, día de San Miguel, á instancias de San
Hugo, celebró la Misa conventual; y antes de despedirse
mereció de la Comunidad la promesa de que después de
su muerte, se había de celebrar perpetuamente en el
convento, por su eterno descanso, un cabo de año y un
tricennario.
Acompañado de las bendiciones de todos los Monjes,
salió Gelmírez de Cluny, y caminando por las tierras y
posesiones de la rica Abadía, tomó la dirección de Roma,
y llegó á los fértiles valles de San Juan de Moriana, en
donde le esperaba el Conde de Saboya, Humberto; el
cual, después de haberlo recibido honoríficamente, lo
condujo á través de los Alpes hasta la ciudad de Susa (1),
en el Piamonte. Aquí se vio precisado á disfrazarse de
caballero para evitar las graves molestias y vejaciones
que el Emperador Enrique IV hacía sufrir á todos los
que sorprendía en el camino de Roma con intención
aparente de presentarse al Papa.
El 21 de Octubre pisó, por fin, el Prelado composte-
lano el umbral de la morada pontificia, y allí fué acogi-
do tan cordialmente, como no osaba esperar. No se con-
servaba memoria de otro Obispo de Santiago, que hubie-
se hecho personalmente la visita ad limina Apostolorum; y
esta consideración influyó mucho en el ánimo del Papa
Pascual II para que demostrase especial benevolencia á
D. Diego (relmírez. El cual, alentado por la favorable
disposición que creyó ver en el Papa, entabló desde
(1) En los Códices de la Compostelana, (|ue consultó Elórez (pá^. 47),
86 lee: Sensiam, Seusiam. El ejemijlar manuscrito de la Catedral trae
Srusiam que debe referirse á Susa cerca de Turín, y no á Sezza en lus E.s-
tados pontificios, cx^m-) q'uiso el autor de \a.-España Sagrada.
Tomo III.— !*•.
274: LIBEO SEGUNDO
luego sus gestiones, é hizo que sus Canónigos presenta-
sen la solicitud pidiendo para su Prelado la dignidad
del Palio. Muchos, empero, se oponían á que se hiciesen
á la Iglesia compostelana ésta ú otras concesiones seme-
jantes; y echaban en cara á Gelmírez el que algunos de
sus antecesores habían pretendido nada menos, que equi-
parar su Iglesia á la de Roma. El Prelado compostelano
contestaba protestando de su omnímoda sumisión á los
Romanos Pontífices, y afirmando que nada estaba más
lejos de su ánimo que el intentar hacer alardes de inde-
pendencia ó de falta de respeto á la que es Centro de
unidad, y principio de toda autoridad religiosa en el Ca-
tolicismo.
Pascual II creyó en la sinceridad de las protestas
de Grelmírez; y tanto fué así, que éste, halagado cada
vez más por lo accesible que se le mostraba el Papa, le
descubrió cuáles eran sus últimas aspiraciones, y nada
le reservó de cuanto en lo íntimo de su pecho tenía
oculto; en suma, le dijo, que lo que en realidad ansiaba
era la dignidad Arzobispal para su Iglesia. Lejos de lle-
var á mal el Sumo Pontífice estas pretensiones de Gel-
mírez; — Dignos son de alabanza, le contestó, tus inten-
tos, y yo, en momento oportuno, no desatenderé tus
súplicas; porque es justo que la Iglesia de Santiago esté
condecorada con la dignidad Arzobispal, ó aún con otra
mayor; pero entretanto, recibid la condecoración del
Palio como una muestra de predilección y de singular
afecto de la Santa Sede.
El 31 de Octubre prestó D. Diego el juramento re-
querido de obediencia y fidelidad, bajo la fórmula que
trae la Compostelana: y del altar de la basílica de San
Lorenzo recibió el Palio según la costumbre de Ro.ma; y
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 275
con él y con la Bula Jacohi Apostoli corjpus dio vuelta pa-
ra España gozoso con lo que de presente había obtenido.
y muy esperanzado para lo futuro (1).
(1) Hist. Cowposf., lib. I, caps. XVII y XVIII; lib. II, cap. III, pá-
gina 257.
I
i
CAPITULO XI
I
Franquicias otorgadas por D. Alfonso VI á la
Casa de moneda compostelana. Reconoce el
Conde D. Ramón y consigna en un Diploma ios
fueros otorgados á los ciudadanos de San-
tiago.
FANO podía mos-
trarse D. Diego
Qelmírez por
ver, al fin, á su
Iglesia en ca-
mino de reco-
brar el presti-
gio y el esplen-
dor de que había gozado en tiempo de los Sisnaudos X
'278 LIBBO SEGUNDO
y II, de los Pedros de Mezonzo y de los Cresconios;
esplendor y prestigio que había perdido por efecto de la
restauración de la antigua Disciplina y Jerarquía ecle-
siástica. La obtención del Palio, era un escalón seguro
para obtener más adelante la dignidad de Metrópoli.
A todo esto, la estimación de Gelmírez crecía en el
ánimo del Rey D. Alfonso VI y de su .yerno el Conde
D. Ramón, á medida que éstos iban reconociendo las
prendas y altas cualidades que lo adornaban. A 10 de
Febrero de 1103, donó D. Alfonso á la Iglesia de San-
tiago la mitad del burgo de Tabuladieh (Trabadelo), en
tierra de Valcárcel, á la entrada de Galicia, entre el
castillo de Outares y el Burbia, cuya otra mitad ya po-
seía la Iglesia. Hace la donación en manos del Obispo
D. Diego (in manu domini Didaci episcopi secundi)^ estando
en el real palacio de Cea, cerca de Sahagún, con su es-
posa D.^ Isabel y su hijo D. Sancho, y otros muchos per-
sonajes que subscriben el Diploma (1). La donación de
D. Alfonso faé amplia; pues no sólo se extendió á los
derechos civiles, sino á los señoriales que correspondían
á la Corona en dicha villa de Trabadelo.
Otra gracia importantísima obtuvo poco después
D. Diego de la real munificencia, la referente á la Casa
de moneda de Compostela. Para poder apreciar el valor
de esta gracia, es del caso exponer algunos anteceden-
tes. Después de la prisión del Obispo D. Diego Peláez,
intervino D. Alfonso el ejercicio del Señorío sobre la
ciudad y Diócesis de Santiago, incluso el régimen y ad-
ministración de la Casa de la moneda. Tan pronto Gel-
(1) Véanse Apéndices, n.° XVll.—HisL Compost., lib. I, cap. XXVIII.
LOS TBES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 270
mírez fué electo Obispo, D. Alfonso lo reintegró en la
posesión de todos los derechos civiles do que de antiguo
gozaba la Iglesia de Santiago (I); pero continuó inter-
viniendo el régimen y administración de la Ceca com-
postelana. Esto molestaba no poco al Prelado coniposte-
lano, el cual trabajó cuanto pudo para librar á su Igle-
sia de esta vejación. En el año 1105, D. Alfonso alzó de
hecho la intervención, pero aún difirió por espacio de
tres años el expedir el Diploma, y el entregarlo á la
Iglesia hasta la muerte del Principe D. Sancho, ó sea
hasta después del 30 de Mayo de 1108.
El motivo de esta dilación fué, sin duda, lo arduo
que se presentaba para D. Alfonso este asunto. Pa-
ra mantener á sueldo á muchas de las legiones de
extranjeros que se habían puesto á su servicio, nece-
sitaba D. Alfonso grandes sumas de metálico, y por de
pronto apeló á un recurso de que tanto se abusó después;
y fué el rebajar el peso y la ley de la moneda (2). Por
otra parte, la moneda acuñada en Santiago hallábase á
la sazón, con ó sin fundamento, muy desacreditada; tan-
to que todos los reos de falsificación de moneda echaban
la culpa á los monederos compostelanos (8). Por esto el
Monarca hubo de estudiar la manera de evitar tales in-
convenientes, sin perjudicar los derechos adquiridos de
la Iglesia de Santiago.
(1) UisL Compost., lib. I, cap. IX, i^igá. 27-28.
(2) Quoniam moneta, tam pondení, quam lege, tune temporis erat atte-
nuata et debilis.— (^ií/s/. Compost., lilj. I, cap. XXXIII).
(3) Omnes falsificatores raonetarum meae patriae crimen falsitatis
super Compostellae monetarios semper solent objicere. (Diploma de D. Al-
fonso VI á la Iglesia de Santiago. Véanse Apéndices, niim. XXIII).
2S0 LIBRO SEGUNDO
En dos capítulos, en el XXVIII y en el XXIX del
libro I, habla la Compostelana de este Diploma de D. Al-
fonso VI, pero en términos tan concisos y tan vagos, que
de ellos no puede colegirse cuál fué el verdadero alcan-
ce de la gracia otorgada por el Monarca. En el capitu-
lo XXVIII, condensa su pensamiento en la siguiente
forma: «Con esta condición concedió (D. Alfonso), com-
pletamente libre, ó sin traba alguna, la moneda de
Santiago... sin que sus descendientes pudiesen interve-
nir, ni hacer reclamación alguna.» (Monetam ScL Jacóbi,
modis ómnibus liberatam, ea legis conditione concessit». sine tilla
proparj lilis suae repetítione...J flj, Y más adelante, añade la
Compostelana: «Recibida, pues, con completa independen-
cia la facultad de acuñar moneda...» (Recepta, ergo,., om-
nino libere monetaj. Lo que otorgó, pues, D. Alfonso en su
Privilegio, fué alzar el secuestro de la moneda fabri-
cada en Compostela y restituirla íntegra á la Iglesia
del Apóstol. Sicut ego libere et integre, dice el Rey en su
Diploma, liabui, ahsqtie tilla ditiisione atid praua constietudine
sic do atqtie concedo supradicte ecclesie iisibtis. De aquí se de-
duce que no fué ésta la primera concesión de acuñar
moneda hecha á Santiago, como alguno equivocadamen-
te ha supuesto; que de otro modo los falsarios no hubie-
ran podido disculparse con los monederos compostelanos;
sino devolución ú otorgamiento de amplias franquicias
y libertades á la Casa de moneda de Compostela.
Averiguado el sentido del Diploma de D. Alfonso,
veamos los motivos que el Monarca tuvo para conceder-
lo. El mismo nos lo expresa en el magnífico preámbulo
(l) En el texto de Flórez se lee receptione; repetitione , en el manuscrito
fjue posee el Cíibildo,
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 281
con que encabezó el documento, y que dice así: «En
nombre de Cristo. Yo, Alfonso, por la gracia de Dios,
Rey del imperio toledano, triunfador magnífico, junta-
mente con mi amadísima esposa la Reina Isabel, confia-
do, á pesar de mis muchos pecados, en la misericordia
de Dios Omnipotente, y deseando granjearme con los
bienes terrenos y caducos, los celestiales y eternos, hago
Carta de donación á la Iglesia del Apóstol Santiago
(cuyo Cuerpo venerando y cuya protección es buscada
en Compostela de todas las partes del mundo y demos-
trada con innumerables prodigios), de toda la moneda
que allí se fabrique, para que con el producto que de
ella provenga, pueda terminarse y darse cima á la obra
comenzada, y después de consumada, pueda en lo suce-
sivo atenderse á los gastos y á las necesidades más pe-
rentorias de la Iglesia; y esto sin ninguna participación,
ni intervención por parte de la potestad laical» (1). Dá
D. Alfonso asimismo facultad al Obispo para que, de
acuerdo con el Cabildo (y si así lo creyere conveniente),
pueda cambiar las letras del cuño (2) . Advierte , no
obstante, el Monarca que si juzgan que podrán sacar
más lucro conservando el letrero común á todas las de-
más monedas, que cambiándolo, en tal caso, puedan
poner la moneda de Santiago bajo la inspección y cui-
dado del Prefecto de todas las Casas reales, el cual sa-
tisfaga por este concepto á la Iglesia compostelana tan-
(1) Véanse Apéndices, niim. XXIII.
(2) Si episcopo ejusdem loci cum Consilio Canonicorum placuerit, et
profectum majusque lucrum suae Ecclesiae in hoc esse cognoverint, voló ut
mutent cuneorum suorum litteras.
282 LIBEO SEGUNDO
to como produzca cualquiera de las mejores cecas del
Reino (1).
Tan pronto como D. Diego, en el año 1105, obtuvo
del Rey, siquiera verbalmente, la gracia referida, dio
nueva organización á la Casa de moneda compostelana,
poniendo á su frente á un íntegro y hábil maestro en la
materia, llamado Tandulfo ó Randulfo (2), al cual co-
metió toda clase de atribuciones con el fin de evitar la
falsificación de la moneda (3).
Esto, como ya hemos dicho, tuvo lugar en el año 11 05;
porque, según advierte la Compostelana , las franquicias
de la Ceca de Santiago se otorgaron tres años antes
de la irrupción de los Almorávides en el año 1108 (4).
(1) Véanse Apéndices, núm. cit.
(2) En el Códice manuscrito de la Catedral, se llama Randulfo. —Como
por entonces los orífices solían ser los encargados de la fabricación de la
moneda, es verosímil que este Randulfo hubiese dirigido las obras de
argentería que por aquel tiempo se hicieron en la Catedral, como el frontal
y el baldaquino del Altar mayor.
(3) En otro asunto, por comisión de Gelmírez, lo vemos ocupado en la
Compostelana^ lib. I, cap. XXVIII; en una reclamación que contra dos
vecinos de Santiago, probablemente monederos también, Juan Lombardo y
su hermano Gaufrido, presentó en León ante el Rey D. Alfonso. Ambos
hermanos con licencia temporal del Prelado compostelano se habían colo-
cado, el Juan como repositario (guardajoyas?) en casa de la Princesa Doña
Urraca, y el Gaufrido en casa del Conde de Traba, D. Pedro Fróilaz. Tanto
D.* Urraca como D. Pedro, se negaban á dejarlos volver á Santiago.
De moneda de algún valor acuñada entonces en Santiago no tenemos
noticia de ningún ejempla];. Sólo hemos visto algunas de mínimo módulo,
extraídas de entre los escombros de la capilla mayor de la Catedral, las
cuales tienen estampada una estrella ó una rueda. Son, sin duda, las que la
Compostelana llama oboli, minuta, medaculae (meajas).
(4) Transacto ab hinc ferme triennio (Moabitae) , etc.... (Historia
Qompos*elana, lib. I, cap. XXIX).
4
LOS TEES PKIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 288
Mas, como la concesión descansaba tan sólo en la pala-
bra del Monarca, Gelmírez deseaba más firme garantía;
por lo cual instó cuanto pudo ante D. Alfonso para que
la gracia se consignase en un Diploma con las solemni-
dades acostumbradas. A este fin, en la Primavera del
año 1107, se dirigió á Burgos, en donde se hallaba Don
Alfonso disponiéndose para salir á campaña contra los
Vascos y Aragoneses. Y en efecto, el Diploma se exten-
dió el 14 de Mayo de dicho año; pero Gelmírez tuvo que
retirarse sin él; y aunque dejó en Burgos á los dos Ca-
nónigos Diego Bodán y á su hermano Munio, tampoco
éstos fueron más afortunados que el Prelado.
En esto ocurrió la desgraciada jornada de Uclés, en
donde, victima de su arrojo, pereció el príncipe D. San-
cho (80 de Maj^o de 1108). Herida España en la más
delicada de sus fibras, como movida por un resorte eléc-
trico, se levantó como un sólo hombre para rechazar al
enemigo, y vengar la muerte de aquel en quien tenía
depositadas sus esperanzas. D. Diego Gelmírez no faltó
en el lugar que le señalaban su celo, su valor y su repu-
tación; y su mesnada se incorporó con las primeras que
salieron á castigar la osadía de los fieros Almorávides;
mas al volver de refrenar y reprimir la audacia de los
Moros, cayó enfermo de algún cuidado. No quiso la Di-
vina Providencia, como advierte la Compostelana, que la
Iglesia de Santiago quedase tan pronto privada de tal
Pastor; por lo que, luego que el animoso Prelado reco-
bró la salud, se presentó en Segovia para saludar á Don
Alfonso, y consolarle y animarle, y conferenciar sobre
varios asuntos del Estado. No olvidó D. Diego el insistir
sobre la obtención del Privilegio de la Moneda; mas el
Rey le contestó que quería él depositarlo por su propia
284 LIBBO SECUNDO
mano sobre el Altar de su Patrón y Defensor Santiago;
pero que antes tenía que ir á Toledo, y que allí tomaría
el hábito y escarcela de peregrino; pues sólo de este
modo podía satisfacer á su devoción, y al deseo que tenía
de venerar humildemente las Reliquias del Apóstol.
Gelmírez, que había advertido la profunda impresión
que en el ánimo del anciano Monarca causara la infor-
tunada muerte del Príncipe D. Sancho, consideró muy
expuesto este aplazamiento; y por lo mismo reiteró sus
instancias para obtener el Diploma; mas en la primera
entrevista sólo pudo conseguir de D. Alfonso la siguien-
te respuesta: «Mañana acordaré definitivamente, según
lo que Dios me dé á entender.» Al día siguiente, á la
lior¿t acostumbrada, se acercó D. Diego á la morada
regia, y sin tardanza, fué admitido á la presencia del
Rey, que con su hija D.^ Urraca se hallaba retirado en
el Archivo. D. Alfonso comenzó por manifestarle los
graves presentimientos que le habían preocupado aque-
lla noche; y después de tomar de mano del archivero el
Diploma que éste, por orden suya, había sacado de uno
de los cajones del escritorio, se arrojó á los pies del Pre-
lado, y humilde y conmovido, le entregó el tan deseado
documento. Pudo suceder esto en el Otoño del año 1108.
La existencia legal de la fábrica de Moneda composte-
lana quedó, por tanto, asegurada; y aunque alguno de
los sucesores de D. Alfonso pretendiese poner trabas ú
obstáculos á sus trabajos, el Prelado de Santiago podía
presentar un título de concesión terminante y decisivo.
Ya hemos visto cuan afecto era el Conde de Galicia,
D. Ramón, á la persona de D. Diego Gelmírez. El Prelado
compostelano procuró prevalerse de esta circunstancia
en bien de su Iglesia, de su ciudad episcopal, y en gene-
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 285
ral del país gallego. Por su constitución enfermiza, era
el Conde D. Ramón, al contrario de su primo D. En-
rique, más dado á las artes de la paz, que á las de
la guerra. Había procurado identificarse en todo con
las costumbres, tendencias y aspiraciones del país que
le había adoptado. Todas las personas que formaban su
séquito, sin excluir, como hemos visto, a su propio Can-
ciller y Secretario, eran de Gralicia, ó de otras regiones
de España. Entre los caballeros de la Corte de D. Ra-
món, figuraban los nobles gallegos Alfonso Muñiz, que
era su alférez ó porta-estandarte (1), Ero Armentáriz,
Mayordomo de su casa (2), Gruntado Díaz, Froilán Me-
néndez, Alberto de Monterroso, Fernando Ordóñez, Lú-
cido ó Luzo Arias, Cidi ó Cid Ansemóndiz, Pelayo Gó-
mez (3) y otros. En su Corte asistían también los hijos
de los principales Magnates gallegos, cuales eran los
Condes D. Pedro Fróilaz, D. Rodrigo Vélaz, D. Suero
Bermúdez, D. Froilán Díaz, etc.. No se echaba, pues, de
menos en la morada del Conde de Galicia el boato y
esplendor de la majestad real. La caza, la música, el
baile y otros entretenimientos propios de la Grandeza,
eran cultivados con esmero por los nobles cortesanos
(1) Alfonso Muñiz fué probablemente el padre del célebre alcaide de
Toledo Pedro Alfonso.
(2) A 24 de Octubre de ll()2 la esposa de D. Ramón, D.* Urraca,
ílonó ;i .su fiel vasallo, Kro Armentáriz y ;i su mujer D.''^ Columba, la iglesia
de Santa María de Laua en el valle de Arme)iia (San Pedro de Armea,
partido judicial de San'ia). Subscriben la donación los Obispos D. Diego de
Santiago, D. Pedro de Lugo, D. Diego de Orense y D. Alfonso de Tuy.
(Tumbo de Samoa, Escritura XXIT, citada por Flórez, Esp. Sag., tom. XXII,
l'i^. 71). '
(3) A 25 de Mayo de llOG dio D. Ramón á Pelayo Clómez el coto de
Villaza. (Es¡). Sag., tom. XXII, pág. 72).
286 LIBEO SEGUNDO
gallegos, que no reparaban en hacer grandes desembol-
sos á trueque de adquirir los medios con que satisfacer
tales añciones. Baste recordar que en el año 1118 los
hijos de D. Pedro Fróilaz, D. Bermudo y D. Fernando,
regalaron al joven Monarca, D. Alfonso VII, un perro
llamado Ulgario y un cuchillo de monte valuados en 500
sueldos (1). Y aún puede aventurarse que quizás en la
Corte de D. Ramón, de suyo inclinada á los ocios de la
paz, merced á la índole y temperamento del Conde,
comenzase ya á germinarla famosa escuela de trovado-
res y juglares gallegos, que tanto brilló en las épocas
subsiguientes (2).
Mas estos entretenimientos, de los cuales D. Ramón
hacía un uso racional y prudente, no le impedían el
consagrarse á otros asuntos más graves y trascendenta-
les, como eran el restaurar los antiguos monasterios de
Galicia, el repoblar algunas de las ciudades desiertas de
León y Castilla, el fomentar y proteger el comercio, y
el desarrollar y reglamentar la vida pública en las villas
y municipios. Aunque no tuviéramos que atribuir al
Conde de Galicia más que la repoblación de varias co-
marcas en el Norte de Portugal, y la de las ciudades de
Zamora, Salamanca, Avila y Segovia, bastaría esto sólo
para que su nombre debiera figurar entre los de loe más
acreedores á la gratitud de la patria. Es de suponer que
D. Ramón llevó de Galicia el contingente que sirvió de
(1) Sandoval, (Historia de los Reyes de Castilla y de León, fol. 126
col. IV).
(2) A propósito de esto, no ser/i fuera del caso el recordar que uno de
los primeros trovadores conocidos, el famoso Guillermo de Aquitania,
era pariente del Conde D. Kamón.
i
Los TRES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 287
núcleo á cada una de dichas repoblaciones. Así lo dan á
entender los varios pueblos que aún llevan el nombre
de Gallegos en los distritos de las referidas ciudades (1).
Mas en medio de todas estas ocupaciones, no se olvi-
daba D. Ramón de su predilecta Galicia, ni de sus igle-
sias y Monasterios. Solía el Conde pasar con su espo-
sa largas temporadas en algunos de los pueblos de la
encantadora y pintoresca ría de Arosa. En el año 1 102?,
á I.*' de Abril, para premiar los servicios de su leal va-
sallo Froilán Menéndez, le hizo donación de la mitad
de la villa ó granja de Bordones (San Pedro de Bordo-
nes), sita en tierra de Saines, á la falda del monte
Castrove y en el valle de Dorrón. En prueba de gra-
titud Froilán Menéndez con su esposa D.^ Flámula
Ordóñez, ofreció á los Condes, la granja denominada
Casal de Rer/e (Casal de Rey, en la feligresía de San Pe-
dro de Campano), en el distrito de Barragantes (Ba-
rrantes) .
En el Otoño de 1104 hallábanse los Condes D. Ra-
món y D.^ Urraca en su villa de Cástrelo (Santa Cruz de
Cástrelo, partido judicial de Cambados); y allí fué á
buscarlos el venerable Abad de Samos, Pedro II, para
querellarse de algunos vecinos de Denna (Santa Eulalia
de Dena), que habían allanado un coto, que su Monaste-
rio poseía en aquella comarca. El Conde nombró jue-
(1) Tales son loH pueblos de Gallegos de Altamiros, Gallegos de San
Vicente, Gallegos de Sobrinos en la provincia de Ávila; los de Gallegos de
Arganán, Gallegos de Crespes, Gallegos de Huebra, Gallegos de Solmirón,
Galleguillos de Gajate, Galleguillos de Vecinos en la provincia de Sala-
manca; el de Gallegos de Pedraza en la provincia de Segovia; y los de
(gallegos de Pan, Gallegos del Campo y Gallegos del Pío en la provincia de
Zamora.
288 LIBBO SEGUNDO
ees que se enterasen del hecho y procediesen con arre-
glo á justicia, procurando remover lo que pudiese dar
margen á nuevos litigios (1).
Parece que los Condes prolongaron por bastante
tiempo su estancia en la villa de Cástrelo. Como quiera
que sea, lo cierto es que á 16 de Enero del año siguiente
1105, por remedio de su alma, concedieron al Monaste-
rio de San Juan de Poyo y al Abad Fromarico un Pri-
vilegio por el cual señalaron los diextros alrededor de la
iglesia, y donaron al Convento el coto de Solobeira, á la
falda del Castro Lupario (2). Otros Diplomas por el estilo
concedieron los Condes á los Monasterios de San Martín
de Santiago, San Vicente de Monforte, San Lorenzo de
Carboeiro, San Antonino de Toques, etc....
Empero, los Diplomas más notables de D. Ramón y
j) a UYYSüCdi son los otorgados á la Iglesia de Santiago.
Ya hemos hablado del que le concedieron en 24 de Sep-
tiembre de 1095 (3). Mucho más importante es el que
subscribieron en 16 de Diciembre de 1105. En letras de
oro debiera grabarse este Diploma para perpetua memo-
ria de sus autores y de D. Diego Gelmírez, que sin duda
lo inspiró: pues los mismos Condes declaran que se hizo
con su intervención (interventii venerabilis Didaci ejusdem
A'postolicae Sedis Episcopi), Habíanse dirigido á Composte-
la los Condes con ánimo de visitar y venerar el Sepulcro
de Santiago (cum apitd tmnbam Bmi, Jaeohi Apostoli causa
(J) Documentos procedentes de tíamos en el Archivo Histórico Na-
cional.
(2) Documentos procxídentes de San Juan de Poyo en el Archivo Histó-
riíto Nacional. Yepes, Coránica..., tom. V, al año Í)d2, fol. 01.
(3) Véase cap. VI, pág. 18 j.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 289
orationis venissemus); y para-dar mayor realce á este acto
de devoción, lo hicieron seguir de otros de la más alta
trascendencia social y política. Acompañábanlos gran
número de Prelados y Magnates, y entre ellos figuraban
D. Bernardo, Arzobispo de Toledo, San Giraldo, Arzo-
bispo de Braga, los Obispos de Lugo, de Orense, de Tuy,
de León y de Astorga, los Condes D. Pedro Fróilaz,
D. Froilán Díaz, y D. Suero Bermúdez; y los Magnates
D. Munio Peláez, D. Juan Ramírez, D, Rodrigo Fróilaz
y D. Suero Fróilaz.
Para que mejor pueda apreciarse el alcance de este
Privilegio, copiaremos aquí lo que acerca del particu-
lar hemos dicho en los laneros de Santiago, capítulo IV,
tom. I, pág. 64 y siguientes: «La más antigua Carta
foral escrita, de las que se conservan donadas á Santia-
go, lleva por fecha el 10 de Diciembre de 1105. En esto
año vino de nuevo D. Ramón, acompañado de gran sé-
quito, á visitar el Sepulcro del Apóstol. También de esta
'vez halló en Compostela nuevos motivos de desazón y
disgusto. En el año 915 D. Ordeño II declaró libres é
ingenuos, como hemos visto, á todos los moradores de la
ciudad de Santiago. En el lapso de dos siglos esta con-
cesión quedó un tanto olvidada y oscurecida. Bien es
verdad, que habían variado no poco las circunstancias;
po]*que en tiempo de D. Ordeño II apenas había más
•que siervos é ingenuos; y á principios del siglo XII eran
ya muy numerosos los jiiníores ó foreros, clase hasta cier-
to punto intermedia entre los siervos é ingenuos, y cuya
posición en la escala social no estaba aún bien definida,
ó por lo menos era muy ocasionada á dudas y á litigios.
Desde mediados del siglo XI la población de Santiago
había aumentado considerablemente, y entre sus habi-
ToMO m.-19.
290 LIBBO SEGUNDO
tantos se contaban muchos, que eran júniores 6 foreros,
que habían venido de los commissos vecinos ó de otros le-
janos, y aún de naciones extrañas, como Francia é Italia.
La consideración de que debían gozar estos extranjeros
ya daba lugar á dudas; pero los júniores tenían que res-
ponder de las prestaciones y servicios que de ellos re-
clamasen sus antiguos patronos. Esto, además de ser
motivo de innumerables pleitos y demandas, causaba no
pequeña turbación en el régimen interior de la ciudad
y en el curso de sus relaciones con los estados limítro-
fes, y cedía en desdoro y afrenta de los ciudadanos.
> Enteróse atentamente el Conde de Galicia del esta-
do de las cosas, y para cerrar la puerta á esta clase de
conflictos y litigios, firmó con su esposa D.^ Urraca y
todos los Grandes de su Corte la Carta foral de 16 de
Diciembre de 1105. En dos partes está dividido el Di-
ploma; en la primera se resuelve y termina la cuestión
candente; y en la segunda se tocan algunos otros puntos
que quizás ofrecerían también lugar á dudas. Establéce-
se, pues, en primer término, que todos los que en el día
de la fecha de la Carta constasen como moradores de
Compostela, fuesen hombres ó mujeres, y cualquiera
que sea el condado, el castillo, la mandación, ó el país de
donde hayan venido, y aunque hubiesen pertenecido al
estado de siervos, sean considerados como libres é inge-
nuos, ellos y toda su descendencia, y exentos de todo
servicio y prestación, personal y real, tanto por razón
de señorío ó dominio, como por razón de patronazgo, en
favor de quien quiera que no sea el Obispo de la Sede
de Santiago y su clerecía...
»Tal fué el corte que el Conde de Galicia, inspirán-
dose en el ejemplo de D. Ordoño II, dio á la cuestión
LOS TBES PHIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 291
que tan alarmados traía á los vecinos de Santiago. En
su virtud, ningún ciudadano de Compostela, siquiera
fuese siervo, ó jtinior, ya de cabeza, ya de heredad, estaba
obligado á contestar á ninguna demanda fahsqiie ornni
repetitionej , que contra él se propusiese, tanto por parte
del Fisco (et nostri procurato risj , como por parte de cual-
quier Conde ó Magnate fvel cuishhet (sic) violente Potesta-
tis). Debía seguir, por tanto, la condición de los demás
ciudadanos de Santiago, y no reconocer otra persona,
quienquiera que fuese, con la cual le uniesen vínculos
inmediatos de dependencia, ya social, ya civil, ya polí-
tica, que el Prelado compostelano (nulli reddentes domi-
nium vel patrociniuyn, nisi solí Deo, etc.)
> Zanjada esta cuestión, restaba precaver las dificul-
tades que pudiesen surgir en vista de la antigua condi-
ción de los nuevos ciudadanos, definiendo bien clara-
mente la situación de éstos en frente del Prelado com-
postelano, y aún del Poder Real. Esto fué lo que hizo el
Conde D. Ramón en la segunda parte de su Diploma,
recapitulando y ratificando entre los antiguos fueros
otorgados por los Reyes á Compostela, aquellos que ha-
cían más al caso. Declara, pues, D. Ramón, que los
vecinos de Santiago están exentos:
^l."^ De ^^gdüY fonsadera tanto por sí, como por las
tierras que posean.
»2." De luctuosa,
»3.^ De ofrenda por establecer á sus hijas ó por re-
cogerlas en sus casas.
»4." De caritel, ó sean los derechos de sello ó timbre.
>5.° De prenda, cuyo valor exceda de cinco sueldos.
»Y 6." De fonsado, á no ser que puedan ir y volver
en el mismo día.
292 LIBRO SEaUNDO
»7." Autorízalos, además, para que puedan perse-
guir y acabar con los malhecliores que se presenten en
la tierra de Santiago;
»8.° Y para que no admitan emplazamientos y di-
ligencias de los alguaciles, ni respondan de los robos y
maleficios que se cometan en su ciudad.
»9.° Y declara, por último, que si son subditos de la
Iglesia del Apóstol, lo son como libres é ingenuos... » (1)
Todos estos documentos dan á entender que hacia
este tiempo hizo D. Ramón larga residencia en Galicia.
Así lo exigía el estado de su esposa, que á mediados del
año 1105 dio á luz un niño, en cuyas manos el cetro de
España preludió la gloria y esplendor que había de ad-
quií'ir con el tiempo (2). Dícese que este Infante nacií')
en Caldas de Reyes (3); y esto no es inverosímil dada la
particular afición que los padres tenían á la tierra de
Sainos; pero es lo cierto que quien lo bautizó fué D. Die-
go (lelmírez, probablemente en la Catedral de Santiago
(1) Véanse Apéndices, niím. XIX. — Tumbo A, de la Catedral de San-
tiago, fol. 29. — Evidentemente la Híst. Cowpost., en el lib. I, cap. XXVII,
confundió este Diploma con el otorgado en 1095 en favor de los comerciantes
de Santiago. Este es el que extracta en el capítulo citado, fuera de lugar;
en cambio, de el de 1105 no dice ni una sola palabra.
(2) Sandoval (Historia de los Reyes de Castilla y de León; Pamplo-
na, 16.34; fol. 96), coloca el nacimiento de D. Alfonso VII en 1.** de Marzo
de 1106, y añade que días antes se había visto en el cielo un gran cometa?
que pareció haber sido augurio del gran bien que á España venía. Como
la Compostelana (lib. I, cap. XLVI) dice que, cuando murió D. Kamón
(Noviembre ó Diciembre de 1107), el Príncipe D. Alfonso estaba en el
tercer año de edad (adhuc trienni tempus nequáquam expleverat), resulta
íjue la data señalada por Sandoval está errada en un año.
Antes de D. Alfonso habían tenido los Condes á la Infanta D.* San-
•clia, que con el esplendor de sus virtudes, ennobleció lo ilustre de su cuna.
(3) Sandoval, llist. cit., fol. 68 vuelto.
LOS TKES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA '29¿i
y en la misma pila que aún lioy se conserva en el ángu-
lo de la Iglesia que está entre la puerta de las Platerías
y la de la Quintana (1). A D. Pedro Fróilaz encomen-
daron los Condes la crianza del recién nacido: y en ver-
dad que á nadie mejor que á este ilustre caballero, pu-
dieron D. Ramón y D.^ Urraca confiar tal encargo.
Mas, entretanto, los p^;decimientos de D. Ramón se
fueron agravando, y hacia mediados del año llOG se
vio acometido en Zamora de una pertinaz disentería y
de (Tguda fiebre, que lo tuvieron largo tiempo postrado.
No obstante, la enfermedad no le impidió el realizar un
gran acto de reparación, y librar á Galicia de una gra-
ve vejación que sobre ella pesaba. Poseían los Condes,
como propio, el castillo de San Pelayo de Luto (boy
Puente Sampayo), del cual recaudaban todos los años,
á título de portazgo, un cuantioso tributo; tributo que
los alcaides del castillo recababan de los transeúntes,
cometiendo toda clase de atropellos. Baste decir que se
daban casos en que, no contentos con arrancar á los
viandantes todo el dinero que llevaban, los despojaban
de las mismas ropas con que cubrían sus carnes. D. Die-
go Oelmírez que había ido á visitar al Conde en su en-
fermedad, le representó estos abusos, y con tal instancia
y encarecimiento, que se ofreció á aprontar en dinero
contante la suma que los Pi'íncipes percibían anualmen-
te por razón de aquel portazgo, á trueque de que cesa-
se la ocasión de semejantes rapiñas y atropellos. Tal im-
(1) En nada de esto se ocupa expresamente la Compostelana. Sólo por
incidencia, en el cap. XCI del lib. II, se dice que Gelmírez bautizó j'i Don
Alfonso VII. ¿Habría dado ocasión el bautismo de D. Alfonso al gran con-
curso de Prelados y Magnates, que por entonces según acabamos de ver,
so celebró en Santiago?
294 LIBEO SEGUNDO
presión hicieron en el ánimo del Conde las palabras de
D. Diego, que de acuerdo con su esposa, no sólo renun-
ció á diclio tributo, sino que prohibió á sus descendientes
que por ningún pretexto lo exigiesen. Para mayor
firmeza, quiso que esta concesión se consignase por es-
crito (1).
Otra gracia obtuvo Gelmírez en esta misma ocasión
del Conde de Gralicia. Ya hemos visto como por dona-
ción de la Infanta D.^ Elvira y del Rey D. Alfonso VI,
la Iglesia compostelana había adquirido el rico Monas-
terio de Pilono con todas sus pertenencias. Sobre el
señalamiento de las tierras, iglesias y villas dependientes
de Pilono, habían surgido varias dificultades. Un cierto
Anfonso Ramírez, pretendiendo que la iglesia de Santa
Eulalia de Losón, dependiente de Pilono, era suya, em-
peñó al gobernador de aquella tierra, Lúcido Arias,
para que le consiguiese de los Condes de Galicia, el
que le adjudicasen aquella iglesia. Fácilmente obtu-
vo Gelmírez la revocación por escrito de la mencio-
nada adjudicación; pero quedaban en pie las dudas
acerca de los términos hasta dónde se extendía el señorío
y jurisdicción de Pilono. D. Diego hizo nuevas instan-
cias ante los Condes para aclarar este punto; mas por
entonces sólo pudo conseguir que se demarcase la parte
del coto, que corría entre Virtióla y la sierra del Carrio,
quedando para más adelante la demarcación de la parte
que se extendía desde el Carrio hasta el puente de Porto
Mouro sobre el Ulla (2).
Parece que al fin D. Ramón se repuso de este ataque,
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XXIV.
(2) Hist. Compost,, lib. I, cap. XXV.
LOS TEES PBIMEKOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 295
y que al entrar la Primavera del año 1107 vino á
Santiago. Es lo cierto que en 17 de Abril de dicho año
permutó con D. Diego Gelmírez la granja de Villar, cerca
de las Torres de Oeste, por la de Frexenario (Freixo ó
Freixeiro), cerca de los dos Puentes fínter dúos PontesJ (1),
que la Condesa D.^ Velasquita había ofrecido al Após-
tol. Llámase D. Ramón en el encabezado de este instru-
mento, emperador de toda Galicia, totius Gallaeciae impe-
rotor; pero al subscribir, sólo se intitula Conde, Raimun-
dus comes (2J.
Aún es posible que D. Ramón acompañase á su sue-
gro D. Alfonso en la expedición que éste hizo al poco
tiempo contra los Vascos y Aragoneses. Al menos subs-
cribe el memorable Diploma, extendido en Burgos acer-
ca de la moneda de Santiago el 14 de Mayo de 1107, al
tiempo en que el Rey se disponía á salir á campaña.
Mas al poco tiempo sufrió el noble Conde una grave
recaída, que en Grajal, cerca de Sahagún, lo puso á las
puertas de la muerte. Aconteció á la sazón, que D. Die-
go Gelmírez tuvo que ir á tierra de Campos para eva-
cuar la comisión que le había confiado el Papa de
inquirir con toda escrupulosidad, juntamente con los
Obispos de León y de Astorga y otros Prelados, cuáles
eran los verdaderos confines de las Diócesis de Burgos y
Osma, y remitir á Roma el resultado de esta indaga-
ción. Sabedor el Conde de la presencia del Obispo de
Santiago por aquellos sitios, le envió propios avisándole
de su estado, y rogándole viniese á visitarlo
(1) Será esta la antigua estación Ad dúos pontes que el Itinerario de
Antonino pone en una de las vías de Braga á Astorga?
(2) Véanse Apéndices, núm. XXII,
296 LIBRO SEGUNDO
El deseo de D. Ramón era prepararse para bien
morir cual convenía á un verdadero católico; y así que
vio á su lado al Prelado compostelano, hizo con él fervo-
rosa confesión de todas sus culpas, y le facultó para
que, como mejor le pareciese, ordenase su última volun-
tad, aunque desde luego declaró que era expresa inten-
ción suya el dejar como recuerdo á la Iglesia de Santia-
go los Monasterios de Flantata (Chantada), cerca del
Miño, y San Mamed (de Piñeiro), cerca del Tambre. Y
para que asi constase, hizo extender una Escritura, que
se firmó el 13 de Septiembre de dicho año 1107 (1).
Rogó, además, á su esposa, que para no ocasionar á los
Prelados de Santiago perturbación en el señorío que
ejericían en el territorio comprendido entre el Ulla y el
Tambre, donase á la Iglesia del Apóstol las heredades
que le pertenecían en la referida comarca, sin más
excepción, que una tierra propia del Monasterio de So-
brado y un solar en Compostela.
Parece que la vida del piadoso Conde, aún después
(1) Véanse Apéndices, n.° XKIV.—Hist. Compost., lib. I, cap. XXVI
y XXVII.
La Escritura citada del Apéndice, sólo habla del Monasterio de San
Mamed; y en ella se dice que el Abad Arias había hecho donación para
después de su muerte de este Monasterio, con otros cuantiosos bienes, al
Key D. Alfonso VI. En esta ocasión el Conde de Galicia, con consentimien-
to de su suegro, hizo que el Abad Arias, traspasase en favor de la Iglesia de
Santiago, la donación hecha antes á D. Alfonso.
Es de advertir que el cap. XXVII del lib. I de la Compostelana, está,
redactado por el Clérigo Pedro, el cual, según él mismo allí dice, fué el que
hizo la Escritura de cesión del Monasterio de San Mamed á la Iglesia de
Santiago,
LOS TRES PBIMÍlfiOS SIGLOS DE LÁ I. COMPOSTELANA 297
del 13 de Septiembre, se prolongó por algún tiempo (1);
pero en 13 de Diciembre del mismo año 1107, ya había
fallecido, porque en el Privilegio que con esta fecha
otorgó D.^ Urraca á la Iglesia compostelana, de él no se
hace mención alguna (2). De varios pasajes de la Com-
postelana resulta que su muerte fué tranquila y dichosa
como la de un justo. Faltaba á D. Ramón la aureola
que dan los años y la experiencia; pero no era menos
preoiosa aquella que le habían merecido su talento, su
piedad y sus virtudes. Ya moribundo, tuvo el consuelo
de ver alrededor del lecho á su esposa, á su suegro Don
Alfonso, á su hermano Guido, Arzobispo de Viena, á su
hija la angelical Sancha, y á su hijo menor Alfonso, pe-
dazo el más tierno de su corazón, que desde Galicia le
había llevado exprofeso el Conde D. Pedro Fróilaz. A
su cabecera se hallaba su antiguo secretario, su íntimo
confidente, su confesor D. Diego Gelmírez, que acompa-
ñado de D. Pedro, Obispo de León, y de numeroso Cle-
ro, elevaba fervorosas súplicas por su salud, así espi-
ritual, como temporal. Y así, entre las lágrimas de unos,
los sollozos de otros y las oraciones de todos, desapare-
ció aquella alma piadosa, que tan gran vacío dejaba en
el corazón de todos los circunstantes (3).
Los restos mortales de D. Ramón fueron seguida-
mente trasladados desde Grajal á Santiago, en donde,
(1) Aún vivía en 17 de Noviembre, según una Escritura de Sahagún
(jue publicó el P. Fita en el tom. XXIV, págs. 338-339, del Bolethi de ¡a
Real Academia de la Historia,
(2) Véanse Apéndices, núm. XXV.
(3) Ejus sancta anima debita naturae mnnera persolvendo de habi-
táculo carnis est avulsa. (Hist. Compost., lib. I, cap. XXVII).
298 LIBEO SEGUNDO
celebradas con la pompa que era consiguiente sus exe-
quias, fueron depositados en un sarcófago que se colocó
en el pórtico septentrional por la parte de adentro de la
Iglesia, en el ángulo que actualmente ocupa la capilla
de Santa Catalina (1).
Esta fué, sin duda, la ocasión en que el Arzobispo
de Viena, después Calixto II, vino á Santiago. Dozy,
Ul. Robert y otros autores, niegan que el Arzobispo Gui-
do hubiese venido á Santiago; como si esto tuviera algo
(1) Ipse (Episcopus Compostellanus) vero ad propria revertendo,
supradicti viri exequias et pretiosam sepulturam in Ecclesia Bti. Jocobi
debita humanitatis officia solvens, officiosa pietate peregit. (Hist Gompost.,
loe. cit.)
A mediados del siglo XVI se trasladó el sepulcro de D. Ramón, junta-
mente con los de los Reyes, á la actual capilla de las Reliquias. En el
siglo XVII, en el fondo del arcosolio que contiene el sepulcro, se puso la
siguiente inscripción: Aquí yace D. Ramón de Borgoña, hijo de Grui-
LLERMO, HERMANO DE GUIDQ, ARZOBISPO DE ViENA QUE FUÉ PONTÍ-
FICE, LLAMADO CaLISTO II. CaSÓ D. RaMÓN ERA DE 1126 CON LA INFAN-
TA Doña Urraca, hija del Rey D. Alonso VI de León y de la Rey-
NA Doña Constanza su tercera muger, y dioles en dote Galicia
con titulo de Condes.
La estatua yacente que hoy cubre el sepulcro, debió haber sido hecha á
mediados del siglo XII.
Hacíanse por el Conde D. Ramón dos aniversarios en la Iglesia compos-
telana; el uno el 3 de Abril, y el otro el 24 de Mayo. En el Tumbo viejo de
Aniversarios, se hallan así anotados:
«In ista .III. die mensis aprilis dantur centum quinquaginta libre de
tenentia Taberiolis pro comité dno. Raymundo, qui donavit ecclesie com-
postellane dominium de taberiolis et de decia, diuidende prout, etc.... proces-
sio ad Reges.
»In ista die scilicet XXIIII mensis madii pro comité dno. Raymundo et
uxore sua Regina dna. urraqua filia imperatoris hyspanie dni. alfonsi, qui
comes donauit ecclesie compostellane magnum dominium in ciuitate sci. ia-
cobi et extra, dantur libre centum de tenentia magna, diuidende prout etc.,
processio ad Reges.»
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAKA ^99
de inverosímil en época en que tantos Prelados franceses
hicieron lo propio; pero el mismo Guido lo afirma en las
siguientes palabras que trae la Compostelana (1): Olim st-
quidem Ecdesiam Bti, Jacohi et praedictum ejus Episcopum pa-
terno diledionis affectu ampUxatus 5wm.Es verdad que los im-
pugnadores de la venida de Calixto, entienden lo del
abrazo (amplexatus sum), en sentido metafórico; y dicen
que esto no quiere decir sino que el Papa profesó gran
afecto á la Iglesia de Santiago y á su Obispo; mas no se
fijaron en el oliyn, del cual resultaría que aunque en otro
tiempo había profesado el Papa gran afecto á la Iglesia
de Santiago, á la sazón en que pronunció las referidas
palabras, ya no lo profesaba. Pero esto, sin grave inju-
ria, no puede atribuirse á Calixto II.
Probablemente, después de celebradas las exequias,
fué cuando D.^ Urraca, dando cumplimiento á los rue-
gos que le había hecho su esposo moribundo, donó á la
Iglesia de Santiago el Monasterio de San Andrés de
Talobre (Trobe), con todo lo á él anexo; la villa de Pausa-
ta (Pousada), á orillas del Ulla; toda la hacienda que
entre el Ulla y el Tambre habían poseído Froilán Díaz
y Mayor Díaz; todos los siervos que á ella le correspon-
dían en Montesacro por parte de la Iglesia de Mondoñe-
do; y todo lo que le pertenecía en Postmarcos, ora por
razón de realengo, ora por razón de infantazgo, ó por lo
que tocaba á los Monasterios de Celanova, Mezonzo y
Sobrado. Reservóse, no obstante, D.* Urraca el usufruc-
to durante su vida de todas estas propiedades (2).
(1) Hist. Compost., lib. II, cap. XI, pág. 277.
(2) Véanse Apéndices, n.° XXW—Hist. Compost, lib. I, cap. XXVII.
I
fí^
CAPITULO XII
Pompa y esplendor con que se celebraban las fies-
tas en la Catedral compostelana. — Gestiones de
Gelmírez para obtener el título de Metropoli-
tano.
NDUDABLEMENTE los éxitos liastci ontonces ob-
tenidos, estimularon á D. Diego para prose-
guir sin descanso en la noble tarea de engran-
decer su Iglesia. Para muestra de la pompa
con que por aquellos años se celebraban en
nuestra Basílica las funciones religiosas, inser-
taremos aquí la descripción de una procesión
que se hizo en la fiesta del 30 de Diciembre,
que trae el Códice de Calixto II (1); la cual pro-
cesión pudo este Papa quizás presenciar cuan-
do, siendo Arzobispo de Viena, vino á visitar
á su hermano el Conde de Galicia.
«En la procesión que se hacía este día (el 30
de Diciembre), caminaba dicho liey (D. Alfon-
so VI), vestido con las insignias reales, rodeado
de la muchedumbre de sus caballeros, asistido
por los distintos órdenes de sus Condes y ada-
lides y ostentando en su diostra un argentino cetro
(1) Lib. III, cap. III.
302 LIBRO SEGUNDO
adornado de flores de oro y otras ricas labores, y tacho-
nado de variadísimas piedras preciosas. La diadema con
que el potentísimo Monarca, para mayor gloria del
Apóstol, ceñía su cabeza, era de oro cincelado y estaba
ornamentada de esmaltes y nieles, piedras preciosas y
resplandecientes imágenes de aves y cuadrúpedos. De-
lante del Rey, era llevada una espada de dos filos, ador-
nada de áureas flores y relucientes letras, con el pomo
de oro y la cruz de plata.
» Precediendo al Rey, y á la cabeza del Clero, mar-
chaba, con los demás Obispos, el Prelado de Santiago
revestido de Pontifical, cubierto con alba mitra, calzado
de doradas sandalias, y empuñando en su diestra, ador-
nada de guante blanco y anillo de oro, un báculo de
marfil. De los setenta y dos Canónigos compostelanos,
unos vestían capas de seda adornadas con exquisito
primor de piedras preciosas, broches de plata, flores de
oro y magnífico fleco, que pendía todo alrededor; otros
llevaban dalmáticas de seda, orladas con admirable gus-
to, de arriba abajo, de franjas bordadas de oro; otros
iban lujosamente ataviados con áureos collares sembra-
dos de piedras preciosas, bandas recamadas de oro, ri-
quísimas mitras, hermosas sandalias, cinturones de oro,
estolas bordadas también de oro y manípulos moteados
de perlas. ¿Qué más? Cuanta clase hay de piedras pre-
ciosas, todo cuanto hay de rico en oro y plata, os-
tentaban los Clérigos del Coro de Santiago; unos, lle-
vaban candelabros de plata; otros, incensarios del mismo
metal; otros, cruces doradas; otros, evangeliarios con ta-
pas de oro tachonadas de piedras preciosas; otros, ca-
jas con reliquias de Santos ; otros, filacterios; otros,
finalmente, cetros de oro ó de marfil, terminados
I
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 303
con adornos de ónix, berilo, záfiro, carbunclo, esmeral-
da ú otras piedras semejantes. Sobre carros argénteos,
eran conducidas dos mesas de plata dorada, sobre las
cuales se iban colocando los cirios que ofrecían los fieles.
» Después del cortejo regio, seguía el pueblo devoto,
á saber: los caballeros, los gobernadores, los optimates,
los nobles, los condes, ya nacionales ya extranjeros, ata-
viados todos con ricos trajes de gala.
» Venían, por último, los coros de respetables matro-
nas, calzadas de sandalias doradas; vestidas de pieles de
marta, de gamo, de armiño ó de zorra, de briales de se-
da, de pellizas grises y mantos de escarlata forrados de
veros; adornadas de ricas lunetas de oro, de collares, de
peinetas, de brazaletes, de pendientes, de cintas, de ca-
denas, de anillos, de joyas, de espejos, de áureos cintu-
rones, de chales de seda, de lazos, vendas y velos de
lino y otras lujosas prendas de vestir, y con el cabello
trenzado con hebras de oro.»
Parece difícil el explicar como en este rincón del
Occidente pudo afluir surtido tan copioso de toda clase
de objetos, de valor suficiente, para satisfacer las más
refinadas exigencias; pero con sólo recordar que Santia-
go era entonces un emporio al que acudían de todas
partes del mundo personas de todas condiciones, y no
siempre por solos motivos religiosos, cesará la extrañe-
za que pudiera causar la descripción del Códice de Calix-
to II. Dos eran, además de las que seguían los peregri-
nos, las principales corrientes que aportaban á San-
tiago todo cuanto de más precioso y de más gusto
se elaboraba en Europa y en Asia. Una de estas vías
era la que seguían los negociantes árabes, los cuales
conducían entre otras cosas, las más extrañas estofas y
304 LIBBO SEGUNDO
tegidos fabricados en Oriente. Por eso era tan conocida
la Iglesia compostelana de los Escritores musulmanes; y
de ella decía el Edrisi, que floreció en el siglo XII, que
no había otra más suntuosa, si se exceptuaba la de Je-
rusalén. «Entre las joyas de este Santuario, añade, son
de notar gran cantidad de cruces de oro y de plata, en-
gastadas con záfiros, esmeraldas y otra pedrería, y cuyo
número no baja de trescientas^ entre grandes y pe-
queñas. »
Otra vía era la marítima, la cual ponía en contacto
á Compostela con la Oran Bretaña, Lorena y la Baja
Alemania, en dónde entonces florecían los más renom-
brados orífices y esmaltadores. En el lib. III, cap. XVIII,
habla la Coynpostelana, aunque incidentalmente, de una
gran expedición que procedente de Inglaterra y Lorena,
arribó al puerto de Padrón en el año 1130, con destino
á Santiago. El valor de las mercancías importadas en
aquella sola ocasión ascendía á la considerable suma de
cerca de 22.000 marcos, ó sean 176.000 onzas de plata.
En el mismo libro, cap. VIII, se refiere que viéndose
D. Alfonso VII necesitado de recursos, envió á Compos-
tela un preciosísimo cáliz de oro, pues sabía que en nin-
guna otra parte de España podía venderlo mejor que
en la ciudad del Apóstol.
Por otra parte, los mercaderes compostelanos con su
activo tráfico, ofrecían á sus conciudadanos un gran
contingente comercial, que en su mayor parte debía de
consistir en objetos de lujo. Ya hemos visto la queja que
en el año 1095 (1) elevaron ante el Conde D. Ramón
(1) Cap. VI, pág. 185.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 305
contra los estorbos y dificultades que les ponían algunos
Señores al transportar sus mercancías. El Conde de Gra-
licia atendió sus reclamaciones, y mandó expedir un Di-
ploma que era como un salvo-conducto con el cual po-
dían transitar libremente por todas las tierras sujetas á
su jurisdicción. El motivo que movió á D. Ramón á to-
mar esta medida, debió de ser el mismo que alegó en
otro Privilegio otorgado á los comerciantes de Lugo en
el año 1106; á saber, «que era injusto castigar por delitos
ajenos á los que trabajan en utilidad pública, y cerrar
la puerta para negociar á los que viven del negocio. »
Ni entonces faltaban en la misma Compostela artis-
tas dedicados á la confección de obras en las que, como
primera condición, se exige el gusto y el primor. Los que
labj'aron el rico frontal de plata y el admirable balda-
quino del Altar mayor, bien dieron á entender cuan ca-
paces eran de ejecutar obras que, no porque fuesen me-
nos costosas, habían de ser menos sorprendentes. Un
recamador ó confeccionador de franjas en oro (aurifrígej,
llamado Vital, firma como testigo en una Escritura del
año 1115. Esto era, esto llegó á ser el obscuro matorral
de Libredón, y nadie disputará al Sepulcro del Apóstol
Santiago el mérito de esta obra prodigiosa; que del Se-
pulcro del Apóstol partía el fuego que animaba á sus
más incansables promovedores, y entre ellos, á D. Diego
Clelmírez.
Por las obras hasta aquí emprendidas y llevadas á
cabo por nuestro Obispo, hemos podido apreciar cuan
grande, cuan incomparable era su celo, su actividad y su
constancia; pero en nada demostró tan claramente hasta
dónde llegaban estas sus excelentes cualidades, como en
las gestiones que hizo á fin de ubtcnor para su Iglesia la
Tomo III. -ao.
306 LIBRO SEGUNDO
categoría de Metrópoli. Desde el año 1104 en que perso-
nalmente en Roma solicitó del Papa Pascual II tal dig-
nidad, no cesó de pulsar reverentemente á las gradas del
Solio Pontificio en demanda de esta gracia. Parece que
con tal motivo la Santa Sede quiso poner á prueba su
constancia y su adhesión; las cuales de esto examen sa-
lieron cada vez más firmes y aquilatadas. Raj'o era el año
en que no enviase á la Ciudad Eterna sus comisionados
paia mantener viva en la Corte pontificia la memoria
de sus pretensiones, é insistir en ellas con nuevas instan-
cias. En la Primavera del año 1109 envió Legados á lio-
rna por varios asuntos; pero no se olvidó de encomendar-
les encarecidamente el relativo á la Metrópoli. Entonces
sólo obtuvo del Papa la siguiente respuesta: Poderosas
razones me impiden acceder por ahora á. tus ruegos (1).
En la Primavera del año siguiente despachó á Roma,
con la misma comisión, al Arcediano Graufrido y al Ca-
pellán ó Párroco de San Miguel, Pedro. Tampoco estos
fueron más felices en sus gestiones; pues Pascual II es-
cribiendo por su conducto á Gelmírez, le decía que por
entonces no podía complacerle en lo que solicitaba; pero
que estuviese cierto de que su ánimo era enaltecer á la
Iglesia de Santiago, y de que en ello tendría verdadera
(1) Oblationes quas per nuntios tuos nobis direxisti, gratan ter accepi-
mus, et pro eis gratiam referimus. Quod autem quibasdam tuis postulatio-
nibus assensum ad praesens accommodare nequivimus, certa ratione fit.
(Hist. Conipost., lib. I, cap. XLIII, págs. í)2-93). — Al principio de la Carta
decía el Papa: «Qualem, quantamque tua fraternitas erga nos dilectionem
gerat, fidelibus obsequiis et operibus aperte demonstrat, quae licet longe
sit a nobis terrarum spatiis separata, praesentem se tamcn rcddit, et aui-
mi charitate, et frerjuentiiun obsequiorumexhibitione.»
I
LOS TRES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 307
satisfacción (1). Estos pasos fueron dados con la mayor
reserva posible; y D. Diego no cesó de rogar, instar y
repetir súplicas y más súplicas, hasta que consiguió lo
que tanto anhelaba.
Como ya hemos insinuado, la pretensión de la digni-
dad de Metrópoli no fue el único asunto que llevó á
Roma á los enviados de D. Diego. Otros llevaron enco-
mendados, como la confirmación de las dignidades Car-
denalicias y la del uso de Mitras dentro do la Catedral,
y varias consultas acerca de asuntos matrimoniales y
de un ruidoso pleito que sobre la propiedad del Mo-
nasterio de Cinis sostenía el Conde de Traba, D. Pe-
dro Fróilaz. Pascual II despachó favorablemente todos
estos asuntos. Respecto á las Mitras, concedió, en efecto,
que todas las dignidades de Santiago pudiesen, en los
días solemnes, usar Mitras adornadas de pedrería fniítrís
gernmatisj dentro de la Catedral (2). Confirmó, igualmen-
te, el estatuto de los Cardenales, según el cual sólo éstos
y los Obispos y Legados de la Santa Sede podían cele-
brar Misa en el Altar del Apóstol (8).
(1) Petitionem quam nobis tam vestra, quam ex Cleri et populi parte,
Ecclesiae vestrae íilii Gaufridus archidiaconus et Petrus capellanus qui ad
DOS missi sunt, sugesserunt, ad praesens implere uon possumus, sicutiidem
nuntii vobis poterunt vivis vocibus intimare. Ceterura, id vos indubie scire
volumus, quia nos exaltationí vestrae Ecclesiae congaudemus. Cupimus enim
eam coinpetenter pro Bti. Jacobi meriti.s honorare. (Hisi. Compost., lib. I,
cap. XXXVII).
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XLIV. — Esta Bula debió traerla el
Arcediano Gaufrido, de vuelta del viaje que hizo á Roma, en ©1 año 1108.
(Véase cap. X, pág. 266).
(3) HisL Compost., lib. I, cap. XLV. — Gelmírez había establecido (n
su Iglesia los siete Cardenales presbíteros á estilo (secundum Rom. Ecclc
siae consactudincm) de los de Roma. A cada Cardenal dio su título, tomado
808 LIBSO SEGUNDO
Vino también de Roma la resolución del siguiente
caso. Un caballero llamado Pelayo había contraído ma-
trimonio con una viuda, la cual, temiendo ser robada,
había tomado el velo de Religiosa. Nació de aquí la du-
da de si el matrimonio habría sido válido á causa del
impedimento del voto. Pelayo, que había sido decla-
rado incurso en excomunión, no se conformó; se enca-
minó á Roma y llevó consigo varios testigos para que
depusiesen sobre las circunstancias del hecho. Pas-
cual II, después de haberse enterado minuciosamente
de todo lo ocurrido, resolvió que el matrimonio era vá-
lido, por cuanto la toma de hábito no se había hecho
en la Iglesia, ni con aprobación del Obispo; levantó la
excomunión lanzada contra Pelayo, pero declaró que
se debía sujetar por algún tiempo á penitencia á la
viuda, por haber simulado propósito de vida religiosa.
En este sentido, escribió el Papa al Arzobispo de Braga,
San Giraldo, á D. Diego, Obispo de Compostela, y á
D. Alfonso, Obispo de Tuy (1).
Por este mismo tiempo, es decir, por los años 1108,
1109 y 1110, se recibieron de Roma otras varias Bulas.
Una de ellas la traían tres personas principales, llama-
das Munio, Diego y Ñuño, que con algunos que les se-
guían, habían emprendido el viaje á Jerusalén. En esta
Bula, se dirige el Papa á todos los subditos del Rey Al-
fonso VI, Clérigos y legos; y les reitera el mandato que
de las iglesias parroquiales entonces existentes en Santiago. La Composte-
lana no habla de esto expresamente; pero al ver como en el cap. IV del
lib. II, llama á Pedro Díaz, Cardenal de San Félix, dado es suponer que ya
á la sazón (en el año 1118), cada Cardenal tenía su título, tomado de las
parroquias de la ciudad.
(1) Hist, Compost., lib. I, cap. XLI.
I
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 309
ya en otra ocasión (1) había dado, de no dejar, con mo-
tivo de la peregrinación á Jerusalén, expuesta á España
á las incursiones de los Sarracenos. Declara, además,
que combatiendo con toda energía á estos enemigos, es
como pueden satisfacer por sus culpas y ganar las indul-
gencias concedidas por la Sede Apostólica; y prohibe
ridiculizar á los tres caballeros citados, tratándolos como
incapaces de llevar á cabo su peregrinación (2).
En otra Bula dirigida á D. Bernardo, Arzobispo de
Toledo, á San Giraldo, Arzobispo de Braga, y á sus res-
pectivos sufragáneos, y á D. Diego de Compostela, con-
voca el Papa á todos los Prelados y Abades de estas
provincias para el Concilio que se proponía celebrar en
Letrán, á la entrada de la Cuaresma del año siguien-
te 1110, á causa de la famosa cuestión de las investi-
duras (B).
Otra Bula se recibió también destinada á todos los
Príncipes, caballeros y seglares de España, y particular-
mente de Galicia. Laméntase en ella el Papa de la fre-
cuencia con que se cometía en estos países el delito de
incesto, y excita el celo de los Prelados para que por
todos los medios posibles impidan tan reprobadas unio-
nes. Reprende severamente el error de los que cometían
á sabiendas el incesto, pero con la intención de lavar
después la culpa con la penitencia; y declara que los
(1) En el año 1100. (Véase cap. VIII, pág. 214).— En esta ocasión Imbo
necesidad de renovar la antigua prohibición con motivo de lo envalentona-
dos que estaban los Almorávides con la victoria de Uclés.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XXXIX.
(3) Hist. Compost., lib. I, cap. XL.
310 LIBBO SEGUNDO
padres que obligan á sus hijos á unirse incestuosamente,
incurren en las mismas penas que éstos (1).
Todos estos Documentos pontificios, aunque en la
Compostelcma aparecen después de la Bula solemne pu-
blicada en 21 de Abril de 1110, debieron de ser expedi-
dos antes de la muerte de D. Alfonso VI (año de 1109).
La misma Compostelana en el capítulo XLVI, del libro I,
al hablar de la muerte del Rey D. Alfonso, advierte que
en las cosas que refiriera antes de dicho capítulo, había
prescindido del orden cronológico (ordine minime obsérvalo).
La citada Bula de 21 de Abril de 1110, fué obtenida
por el Arcediano Gaufrido, enviado de nuevo á Roma
con el Capellán ó Rector de la parroquia de San Miguel
de Santiago, al entrar la Primavera del citado año 1110.
En ella confirma el Papa á la Iglesia compostelana en
la posesión de todos los territorios que de antiguo for-
maban parte de la Diócesis, inclusos los de Besoucos,
Trasancos, Labacengos y Arros, sobre los cuales versara
el pleito habido con el Obispo de Mondoñedo, D. Gon-
zalo (2). Se confirman también las donaciones del Conde
D. Ramón y su esposa D.^ Urraca, el Privilegio de la
moneda, dado por D. Alfonso VI, la posesión de los Cas-
tillos Honesto, del Faro, y de la Lanzada, y la de las tie-
rras que la Iglesia de Santiago tenía en Portugal (B).
El motivo por qué el Capellán Pedro acompañó al
Arcediano Gaufrido en su legacía á Roma, fué el despo-
jo de que era víctima por parte de un poderoso bastardo
llamado Suero, el cual, siendo sólo Subdiácono, y con el
(1) Hist. Compost., líb. I, cap. XLXII.
(2) Véano cap. X, \)-d^. 258 y siguiente»,
(3) Véanse Apéndices, núm. XXV.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 311
auxilio de gente armada, se posesionó de la iglesia de
San Miguel. El Capellán Pedro expuso ante el Papa las
vejaciones que sufría la Iglesia en estas regiones (1), y
en especial la de que él mismo era objeto. En su vista,
Pascual II escribió al Obispo de Santiago, ordenándole
que emplazase á Suero; que le intimase la restitución
de la iglesia parroquial; y que en caso de desobediencia,
lo excomulgase y pusiese entredicho en la parroquia (2).
Ya por este tiempo D. Diego debió haber empeñado
con sus reiteradas instancias al Cardenal de Roma Grre-
gorio, del Título de San Crisógono, á componer un libro
de Cánones que intituló Polycarims y que dedicó al Pre-
lado de Santiago, como se manifiesta en el Prólogo. In-
cipít prologus Gregoríi cardínalis, presbyteri tituli Sci, Griso-
goni ad Dldaciim ecclesíe Sanctl lacohi episcopum.
Dilecto Domino Didaco Sandi lacohi ecclesíe pontlficali in-
fida digne decóralo Gregoriits preshjteroruin Immílliymis, saín-
tem (o). Por este Prólogo se ve también la alta reputación
de que gozaba en Roma D. Diego Gelmírez.
De todo esto resulta cuan activas eran entonces las
relaciones entre la Ciudad Eterna y el Obispo de Santia-
go, á pesar de lo deficiente de las vías de comunicación;
pero todo lo suplía Gelmírez con su ingenio, con su acti-
vid^id y con la energía de su carácter. Por lo que ya llo-
vamos expuesto, fácilmente se echa de ver que por mu-
clios y por mu}^ intrincados que fueran los asuntos que á
D. Diego ocurriesen, rara vez dejaba de desembarazarse
(1) Hist. ComposL, lib. I, cap. XXXVII.
(2) Hist. CotnposL, lib. I, cap. XXXVII.
(cJ) Véanse Apéndices, núm. XXIX,
312 LIBRO SEGUNDO
de ellos con la mayor prontitud y destreza. En su mora-
da no reinaba tanto el silencio propio de una casa epis-
copal, como el bullicio y animación de la más concurri-
da oficina; y era que reuniendo en su persona las dos
potestades espiritual y temporal, los negocios y expe-
dientes afluían sin cesar á todas horas. Un episodio que
nos refiere la Coynpostelana (cap. Lili del lib. II), nos
hace ver el frecuente concurso y movimiento que de or-
dinario había en la morada de D. Diego. Hallábase
nuestro Obispo en cierta acasión administrando justicia
en una gran sala de su palacio de Iria. La pieza estaba
materialmente atestada de gente; pues no sólo se halla-
ban allí las partes interesadas, sino también muchos cu-
riosos que deseaban, unos conocer el resultado final de
las causas pendientes, otros enterarse de los autos y fa-
llos para saber á que atenerse en casos análogos. En el
momento en que D. Diego estaba reprendiendo y amo-
nestando á un poderoso caballero reo de unión iHcita ó
incestuosa, se hunde de repente el piso, arrastrando con-
sigo las paredes y á todos cuantos sobre él se hallaban.
Sólo quedó en su sitio la parte en que se hallaba el es-
trado del Obispo. El caballero, que no sin graves contu-
siones salió de entre las ruinas, no desperdició el aviso,
reconoció su pecado y pidió contrito la absolución do las
censuras contra él fulminadas.
Por todo esto tenía Gelmírez que ostentar cierto
fausto y boato propios de un gran señor. Era costumbre,
según la Compostelana, que al lado del Prelado de Santia-
go, y en su escaño, sólo podía sentarse un Obispo,
un Rey ú otra persona de gran categoría (1). Mu-
(1) Ex coDBuetudine ec^uidem habetur Episcopum Sti. Jacobi prae nimia
LOS TUEs p:aiMEiios SIGLOS De la i. compóstelana 313
chas eran las personas que tenía empleadas para servi-
cio de su persona y de su casa, como el capellán, el
médico, el mayordomo, el repostero, el escanciador, el
caballerizo, etc.. Del séquito, que solía acompañarle en
sus viajes, puede formarse idea por el que describe la
Coywpostelana al hablar de su viaje á Auvernia, en el año
1118 (1). De él recibían sueldo muchos caballeros y se-
ñores que no se desdeñaban de estar á sus órdenes; tales
eran el audaz y versátil Arias Pérez, Pedro Gudésteiz,
Juan Díaz y Pelayo Gudésteiz. Otros tenían en présta-
mo ó encomienda, tierras de la Iglesia de Santiago, y
estaban, por lo tanto, á guardarle fidelidad.
Como era consiguiente, su ciudad episcopal era uno
de los objetos de su preferente atención. Además de re-
parar el antiguo acueducto, procuró promover la cons-
trucción de nuevos edificios y hacer guardar las orde-
nanzas que la policía exige en toda ciudad culta. Por
este tiempo se edificó la Rúa nueva, ó sea la Calk nueva
ó el Viciis novus, como se decía en las escrituras de la
época. Así nos lo manifiesta el Arcediano Arias Núñez;
el cual, en la escritura de venta de un solar en dicha
calle al Arzobispo D. Pedro Elias, confiesa que él, como
otros Clérigos y legos, había recibido de D. Diego Gel-
mírezel tal solar para edificar en él casa de morada (2).
honoris excellentia, niai alius intersit Episcopus, aut Rex, aut alia excellens
persona, solum in sedili suo sedere. (Lib. II, cap. Lili, pág. 3G2).
(1) Lib. II, cap. VIH.
(2) Quod terrenum donnus Didacus Archiepiscopus dedit mihi per
cartulam ad domum ibi construendam, sicut alus clericis et laicis dabat in
presura. (Tumbo C, fol. 181).
La fecha de la escritura del Arcediano Arias, es de 13 de Junio de 1145.
En ella se dá como existente la ioflesia de Santa Salomé, la cual debe datar
del. tiempo de Gelmírez.
814 LIBUO SÉaUKDO
Más adelante veremos algunos de los Decretos que pro-
mulgó para el buen gobierno de la ciudad.
Y todo esto lo hacía Grelmírez en una época en que
se había iniciado un gran movimiento intelectual; en
una ciudad poseída de febril agitación, llena de inquie-
tud, como lo está todo aquel que aspira con ansia á un
gran bien que cree pertenecerle, ó que teme per-
der lo que ha conquistado á costa de inauditos esfuer-
zos. Por lo mismo, nuestro Obispo se vio precisado á
acallar muchas ambiciones que bullían incesantemente
en torno suyo. Mas tratándose de pasiones populares, los
remedios que á veces se toman para aquietarlas, suelen
convertirse al poco tiempo en estímulos que las aguijo-
nean y encienden; y no es fácil prever hasta dónde po-
drá llegar la potencia expansiva de tales fuerzas socia-
les con esta alternativa de estímulos y contemplaciones.
No calculó Gelmírez en todo su alcance las consecuen-
cias de tal proceder; y no tardó en pagar bien caro este
error.
No precisamente para exaltar su memoria, alguno
ha dicho que Gelmírez había sido la personificación del
galicanismo en nuestra Península. Es de extrañar que
habiendo entonces sobresalido tantos franceses en nues-
tra patria y en muy diversos estados y profesiones,
como D. Bernardo de Toledo, San Oiraldo de Braga,
San Pedro de Osma, D. Bernardo de Sigüenza, D. lla-
món. Conde de Oalicia, D. Enrique de Portugal, etc ,
á ninguno liubiese cabido la honra de personificar el
galicanismo, que tuvieron que ceder toda entera á Don
Diego Gelmírez.
Lo que de aquí debe inferirse, os que D. Diego fué
un hombre verdaderamente extraordinario, y que algu-
LOS tbes primebos siglos de La i. coupostelana ;ii5
nos, que no comprendieron su mérito, ó á quienes pesaba
su gloria, como Masdeu, La Fuente, Herculano, etc ,
trataron de empañársela, tachándolo de rjalicano.
>^r.-JV^^t;^.
i
i
líirmiíníi íTíTumiii n I fíiiRní
CAPÍTULO XIII
Fallecimiento de D. Alfonso VI. — El Conde de Traba
hace proclamar Rey de Cialicia á D. Alfonso Vil.
primero de Ju-
lio de 1109 fa-
lleció en Tole-
do el Rey Don
Alfonso VI.
Aquel brazo
que había es-
tado siempre
erguido en defensa de la Eeligión y de la pa-
tria, y aquel esforzado corazón, más grande
aún en los reveses que en las victorias, siguió el
camino de toda carne, dejando huérfana á la
nación y expuesta á los más rudos embates.
El Cetro de León y de Castilla venía á parar
á manos de su hija D.^ Urraca, joven Princesa
que contaba entonces unos treinta años de
318 LIBEO SEGÜKBO
edad, y que abandonada á sí propia, mal podía resistir
á los halagos, á las seducciones, á las deslumbradoras
apariencias que por todas partes la rodeaban. En sus úl-
timos momentos llamó D. Alfonso á su alrededor á todos
los principales caballeros del reino que con motivo de la
expedición anual contra los Moros se hallaban á la sa-
zón reunidos en Toledo. Les declaró que su última vo-
luntad era que su hija D.^ Urraca fuese su heredera y
sucesora en el Trono (1); y que, muerta ella sin con-
traer nuevas nupcias, pasase el Cetro de León y de Cas-
tilla á manos del Infante D. Alfonso Raimúndez, no in-
novando nada en lo que había dispuesto respecto del
reino de Galicia, al tiempo de la muerte del Conde Don
llamón.
Fué, pues, proclamada y jurada la Infanta D.^ Urra-
ca; pero al poco tiempo algunos ambiciosos y enredado-
res, suscitaron la cuestión de sí sería conveniente que la
nueva reina pasase á segundas nupcias. Parece que ya
entonces D.^ Urraca mostraba, alguna inclinación y sim-
patía hacia el Conde de Candespina, D. Gómez Gonzá-
lez; de lo cual, envidiosos acaso algunos Magnates, pro-
pusieron, como partido más aceptable y ventajoso, el
matrimonio con el Rey D. Alfonso I de Aragón. Resis-
tióse en un principio la Reina; y en tal sentido la apoya-
ba el Arzobispo de Toledo, D. Bernardo, fundado princi-
palmente en el impedimento de consanguinidad que
mediaba entre los dos Príncipes (2). A pesar del impedi-
(1) D. Alfonso tenía otras dos hijas legítimas, habidas en su cuarta
esposa D.* Isabel.
(2) Ambos eran biznietos del Rey de Navarra D. Sancho el Mayor, y,
por consiguiente, primos on segundo grado.
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELA.NA 319
mentó, y á pesar de la repugnancia de D.^ Urraca, ven-
ció, al fin, el partido contrario, capitaneado por el famo-
so Conde D. Pedro Ansúrez, ayo que había sido de la Rei-
na. Celebráronse las bodas en el mes de Septiembre del
mismo año de 1109 (1), en el castillo de Muñón; pues cas-
tillo, y no iglesia, era lugar más á propósito para llevar
á cabo un acto en que debieron tener no pequeña parte
la seducción y la violencia (2). Lo cierto es que D. Al-
fonso en los Diplomas expedidos por aquellos tiempos, se
intitulaba Rey de Aragón, de Castilla, de León y de To-
ledo, y esposo de D.^ Urraca (3). Y que por el pronto, no
ya de palabra, sino de hecho, se rindió D.^ Urraca á los
halagos del Rey de Aragón y á los manejos de los que
habían tratado la boda, nos lo acredita el verla gue"
rreando con los Moros de Zaragoza en compañía de su
presunto marido, triunfando en Valtierra y concediendo
al Monasterio de Montearagón, en la provincia de Hues-
ca, el Diploma citado de 24 de Marzo de 1110.
Mas la unión ilícita de D.^ Urraca y D. Alfonso,
abrió para nuestra patria una nueva era de tales dis-
turbios y complicaciones, que para que podamos apre-
(1) Según el Anónimo de Sahagíni (publicado entre los Apéndices de la
Historia del Real Monasterio de Sahagún, por Escalona; Madrid, 1782; pági-
na 304), celebróse la ceremonia del casamiento en tiempo de las vendimias.
(2) I venidos los Nobles y Condes al Castillo que dicen de Muñón,
alli casaron e ayuntaron a la dicha D.* Urraca con el Rey de Aragón, f Anó-
nimo de Sahagnn, loe. cit.)
(3) En un Diploma, que cita el P. Flórez (Memorias de las Regnas
Católicas, tom. I, pág. 263), lechado el 24 de Marzo de 1110, D.* Urraca lla-
ma á su supuesto marido, Emperador de León, Rey de toda España y esposo
suyo. {Alfonsus, gratia Dci, imjicrator de Lcone, et Bex totius Hifpaniac
maritus mcusj.
320 LIBBO SEGUNDO
ciarlos debidamente , bueno será traer á la memoria
y consignar ciertos antecedentes de hechos y de per-
sonas.
Como hemos dicho en el capitulo XI, página 297,
cuando el Conde de Galicia, D. Ramón, estaba próximo
para morir en Grajal, el Conde de Traba condújole des-
de Galicia, á su presencia, á su amado hijo el Infante
D. Alfonso. Celebrábase por entonces un Concilio en
León para discretar los limites de las Diócesis de Burgos
y Osma, y tratar de otros asuntos eclesiásticos; y el Rey
D. Alfonso VI, muerto en Grajal su yerno D. Ramón,
acompañado del Arzobispo de Viena, Guido, quiso pre-
sentar ante el Concilio á su nieto D. Alfonso; y alli,
para hacer más público cuál era su pensamiento acerca
de la suerte del tierno Infante, se expresó en esta for-
ma: «Como sabéis, el padre de este niño ha tenido el
régimen y gobierno de toda Galicia. Ahora mi voluntad
es no hacer en esto innovación alguna. Quiero, por lo
tanto, que todos y cada uno de vosotros — y al decir es-
tas palabras se dirigía al Conde de Traba y á todos los
demás Nobles gallegos que habían acompañado al Prín-
cipe— continuéis disfrutando en servicio de mi nieto los
puestos y cargos que poseéis. Toda Galicia, desde ahora,
le cedo, si su madre Urraca contrae nuevo matrimonio;
ni por razón del Señorío de Galicia, le exigiré servicio,
ni obsequio alguno. Y para que acerca de esta cesión no
pueda caber duda alguna, es mi voluntad que aquí, en
presencia del Arzobispo de Viena y en manos del discre-
to varón D. Diego II, Obispo de Compostola, prestéis
todos juramento de recibir como Señor á este niño que
tenéis á la vista, y de defenderle como á tal con todas
vuestras fuerzas, aún contra mí mismo, si yo, por ven-
LOS TBES PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 321
tura, atentare algún día contra la dignidad que acabo
de conferirle» (1),
Los Nobles gallegos, que estaban allí presentes, pres-
taron de buen grado el juramento que se les pedía,
como que tan honorífico y beneficioso era para ellos, no
menos que para su país. El Conde de Traba, á cuyo celo
y lealtad se hallaba especialmente encomendado el tier-
no Infante, hizo también juramento especial de fide-
lidad (2).
Rendido este tributo de consideración á la memoria
del Conde de (ialicia, D. Diego Gelmírez trajo, como
hemos dicho, su cadáver á Santiago para darle sepultu-
ra, cual convenía á tal personaje (3). El Príncipe D. Al-
fonso, que á la sazón apenas contaba tres años, vino con
el Conde de Traba, que lo llevó á su casa y lo trató, no
sólo con las consideraciones de Príncipe, sino con las de
hijo, y de hijo muy amado. Si su madre D.''^ Urraca
nunca quiso mostrársele demasiado cariñosa, la Condesa
de Traba, D.'^ Mayor Guntroda Rodríguez, hizo por su
(1) Hist. Composí., lib. I, cap. XLVI, pág. 95.— El Príncipe D. Allbuso
en la Carta que diez años después escribip á D. Diego Gelmírez (Historia
Conipostelana, lib. I, cap. CVIII, pág. 209), añade que su abuelo en esta
ocasión había declarado, que en caso de que D.**^ Urraca permaneciera viu-
da, retuviese el reino de Galicia pero con intervención del Arzobispo de
Viena y del Prelado de Santiago, que eran como sus tutores.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. LXIV, pág. UG.
(3) D. Diego dejó en León á dos Canónigos para que en unión con los
Obispos D. Pedro de León y D. Pelayo de Astorga, prosiguiesen la inves-
tigación de los confines de las Diócesis de Burgos y de Osma.
En este mismo Concilio legionense se trató de la cuestión que el Prelado
de Santiago tenía con el de Mondoñedo, so])rc los cuatro Arciprestazgos de
Uesoucos, Trasaucos, Labaceugos y Arros.
Tomo Ill.-;ál.
S22 LIBBO SEGUNDO
parte cuanto pudo para que no experimentase la falta
de las ternuras y caricias maternales.
Grande fué el prestigio que de este modo cobró el
Conde de Traba entre todos los Nobles gallegos; pero no
fué menor la responsabilidad que contrajo ante la His-
toria y la sociedad de su tiempo. La verdad es que Don
Pedro siempre se mostró digno de la confianza en él de-
positada, y siempre se mantuvo á la altura de los graví-
simos acontecimientos que estaban para desarrollarse,
no sólo en nuestra región, sino en todos los Estados cris-
tianos de la Península.
Era D. Pedro, á lo que parece, descendiente del cé-
lebre Conde D. Menendo, ayo del Rey D. Alfonso V, é
hijo primogénito de los Condes D. Froilán Bermúdez y
D.^ Elvira de Faro, de los cuales fueron también hijos
D. Gonzalo, Obispo de Mondoñedo, D. Rodrigo, D.^ Vis-
clavara, D.^ Manina y D.'^ Ermesinda (1). Quizás por
razones políticas, el Rey D. Alfonso VT crió y educó en
su casa al hijo mayor de D. Froilán (2); el cual, así que
(1) Su padre D. Froilán Bermúdez, falleció en la villa de Cospeito, á
orillas del Miño, el 27 de Marzo de 1091. Fué sepultado en San Martín de
Jubia, como consta de una nota del Cartulario de este Monasterio, que dice
así: Obiit famulus Dei Froüanus prolix Veremudiz Era MGXXVIIII, quot
fuit VI.^ /"(eria) hora I hinc in villa Conspecfu in ripa Minei III Kals. Mar-
til, et adductus est in locum Sancti Martini per manus Gundisalhus episcopus
et aliorum episcoporum et Dumninus abba cum filiis suis dommis Petrus et
domnus Rudericus et alii multi bene nati, et sepultus in eodem loco die domini-
ca hora 1 11 ante porta deecclesia scae. Mariae. in túmulo quod est in dextra
parte et alium de sinistra pars, ubi cum Deo et Sanctis ejus per secuto re-
quiescat in pace. Amen. (Saralegui y Medina, San Martín de Jubia; 3.* edi-
ción; página 30).
(2) Hablando con él la Reina D.'^ Urraca en un Privilegio que le otor-
gó eu el año 1112 (véanse Apéndices, niim. XXVIII), le dice; ideo quod pa-
ter meus rex dominus Alfonsas voa criavit ct nidriavU,
LOS TEES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 323
llegó á la edad nubil, contrajo matrimonio con una aris-
tocrática dama, D.^ Urraca Fróilaz, descendiente tam-
bién del ayo de Alfonso V, y prima carnal, si no esta-
mos equivocados, del venerable Obispo compostelano
D. Gudesteo. La legítima de D. Pedro se agrandó consi-
derablemente con la de D.^ Urraca, y de tal manera, que
sus dominios se extendían desde las fuentes del Tambre
hasta el Océano, y desde el puerto de Noya hasta Puen-
tedeume. Fi-uto do esta unión, fueron D. Froilán, que
murió prematuramente, D. Bermudo, D. Fernando, Do-
ña Lupa y T>.^ Jimena.
Poco tiempo disfrutó D. Pedro de la compañía de su
esposa, pues hacia el año 1102 ya se hallaba viudo. Sin
duda, por respeto á su memoria, se apresuró á dar fin á
la restauración del Monasterio de San Juan de Sabar-
des, que ya había dejado en buen estado su suegro Don
Froilán. Hallábase este Monasterio á la entrada de la
ría de Noya, en la margen derecha; y en un principio,
allá en remotos tiempos, no había sido más que un peque-
ño oratorio dedicado á San Juan Evangelista. La Con-
desa D.^ Aunsco ó Aurisco, Señora de aquella comarca,
reparó sus ruinas, y lo dejó con los demás bienes á sus
herederos y sucesores. Uno de éstos, Arias Verano, vien-
do la e>strechez del lugar, reedificó y amplió el venerable
monumento, y dotó la nueva iglesia de un regular pa-
trimonio en fincas y rentas. Proveyóla, además, de todos
los enseres necesarios al culto, entre otras cosas, de dos
cruces de plata dorada, dos cálices, uno de plata y otro
de oro, de una caja de plata, de un vaso ó tugara, de
una estola argéntea con seis brazos, paños, libros, orna-
mentos, velos, etc.... Cuando la iglesia vino á poder del
Conde D. Froilán, ya so linllaba medio arruinada; y
B2-Í LIBBO SEGUNDO
queriendo el piadoso Magnate evitar su destrucción, la
reedificó con mayor magnificencia, aumentó su hacien-
da y puso en ella Monjes bajo la dirección del Abad
Austrario. La muerte le atajó, sin embargo, antes que
pudiese ver consumada la obra; pero su yerno, el Conde
J), Pedro, realizó cumplidamente sus propósitos, y cuan-
do estuvo todo dispuesto, invitó al Obispo de Santiago
para que fuese á consagrar la nueva iglesia. Verificóse
la augusta ceremonia, con gran concurso de Clérigos y
caballeros, el 13 de Agosto del año 1102 (1).
Cuando falleció D.^ Urraca, el Conde de Traba aún
se hallaba en edad florida; por lo que pasó á segundas
nupcias con D.^ Mayor Guntroda Rodríguez, hija de los
Condes D. Rodrigo y D.^ Teresa. Por este tiempo per-
dió á su hijo D. Froilán que, al parecer, era el primo-
génito. D. Pedro quiso tributar á la memoria del hijo
un recuerdo parecido al que había rendido á la memo-
ria de la madre. Había á la falda meridional de la sie-
rra de Nariga, en tierra de Bergantines, un Monasterio
de Canónigos Reglares de San Agustín, conocido con el
nombre de Santo Tomás de Nemeño. Tanto los ascen-
dientes de D. Pedro, como los de su esposa D.^ Urraca,
habían adquirido derecho sobre la propiedad de dicho
Monasterio; y á la muerte de la Condesa se había adju-
dicado á su hijo D. Froilán la parte que á ella le corres-
pondía. Cuando falleció D. Froilán, D. Pedro heredó
la parte de su hijo. Con esta cuarta parte, con otra que
había adquirido por permuta de su hermana ü.'' Viscla-
vara, y otra que comprara á Guntroda Núñez, llegó á
(1) Documentos procedentes de San Martín Pinario, CJi la BibliotcccV
de la Cniveryidad Lilcrariade Santiago.
LOS TBKS PBníEEOS SIGLOS DK LA I. COMPOSTELANA 325
liacerse dueño in solídum del Monasterio, ó más bien, de
]a granja en que el Monasterio estaba enclavado.
El mejor uso que D. Pedro juzgó debía hacer de
aquellos bienes, fué el cederlos en beneficio de los Canó-
nigos Reglares de Nemeño y en sufragio por las almas
de su esposa D.* Urraca y de su hijo D. Froilán, como de-
clara en el Diploma otorgado en ü de Mayo de 1105 (1).
Señala el Conde, en la Escritura, los confines de toda
aquella heredad, y manifiesta que no quiere conservar
en olla más que el derecho de protección y amparo;
derecho que ha de trasmitirse exclusivamente á aquel
de sus descendientes que mejor se condujere con el Con-
vento. No satisfecho con esto, ofreció ante el Altar de
Santo Tomás una cruz de plata, una ara, dos cálices,
una caja, una offertoría ó bandeja, una corona, todo de
la misma materia; un candelabro, un incensario y dos
ciriales de bronce; dos campanas, una jofaina y una
jarra; ornamentos de altar, un frontal y una citara, la-
brados al estilo griego; dos capas, una gricisca y otra
leceril, dos túnicas, una gricisca y otra leceril, tres pares
de albas sacerdotales, con preciosas estolas y manípulos
para Diácono y Subdiácono y dos acólitos, dos pares
de fárgenes; libros, un antifonario, un oficiarlo, un misal,
una biblia, un cómico^ un ordinum, un salterio, todos ópti-
mos y completos; ropas de cama, ganados, siervos para
la cocina, para la panadería, para cultivar la granja
etcétera... Subscriben los Obispos de Mondoñedo y de
Santiago, Pedro Arias, Abad de Antealtares; Leovigil-
do, Abad de San Martín; Hodorio, Abad de Moraime, y
al fin, el que redactó el Documento, á saber, Rocamun-
(1) Véanse Apéndices, niim. XVIII.
)i26 LIBRO SEGUNDO
do, Abad del Monasterio de Magna Salagia, que, á nues-
tro juicio, debe ser el de Santiago de Mens (1).
Hasta dónde llegaba la liberalidad de D. Pedro, lo
experimentaron otras muchas iglesias y monasterios (2);
aquí sólo nos detendremos algún tanto en exponer, en
vista de los documentos qiie ofrece la Compostelana, una
grave cuestión que tuvo con D. Munio ó Ñuño, Abad
de Cinis. Era este Monasterio de los llamados dúplices;
pero parece que el Abad Ñuño, en conformidad con lo
que había aconsejado el Papa Pascual II escribiendo á
D. Diego Gelmírez, expulsó de la casa á la Comunidad
de mujeres. Este convento era de los familiares (S), y
pertenecía á la familia del Conde D. Pedro; el cual,
como no era tardo en montar en cólera, expulsó á su
(1) La subscripción de Gelmírez está concebida en estos términos: Di-
dacvs Dei grada secundus episcopus apostolice Seáis Jiod testamentum meo
robore confirmat anno sui pontificatus lili. Hay un signo rodado, y en él
inscripta una cruz con el siguiente lema: Verbo Domini firmati siint celi.
(2) Muchas veces se hace mención de D. Pedro en el Tumbo de San
Juan de Caaveiro. Aquí sólo citaremos la donación que hizo á este Convento
y al Obispo D. Pedro Amíguiz, que lo gobernaba, hacia el año 1114, el día
de San Juan Bautista. Donó su tierra de Casdovira en la feligresía de San
Martín de Porto, con los hombres que la cultivaban.
Para con el Monasterio de San Martín de Jubia , había heredado
D. Pedro de su padre D. Froilán el amor y la devoción. Donóle las hereda-
des de Junqueras y Trasancos. En el año 1121 con consentimiento de sus
hermanos y del Abad D. Ñuño, lo sujetó á la célebre Congregación Clunia-
cense de Francia. En 1125 donó además las iglesias de Santa María de Sada,
San Pedro de Pervigil (Perlío?), San Pedro de Gradal, Santiago de Franza,
Santiago de Valel^re, Santiago del Abad y San Pelayo de Ferreira. (Véase
Argáiz, La Soledad Laureada; Alcalá 1(375; tom. III, pág. 47G).
(3) Véase tom. IT, cap. XIII, pág. 265. — Apéndices, núm. XCIX,
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 327
vez del Monasterio al celoso Abad (1). D. Diego Gelmí-
rez, con ocasión de enviar sus Legados á Roma por otros
asuntos, expuso el caso al Papa Pascual II. Al punto
concreto referente al Abad de Cinis, contestó el Papa
ordenando al Prelado de Santiago que procurase la res-
titución de D. Ñuño á su Monasterio. Por lo que toca á
la Comunidad de Religiosas, dispuso Pascual II que se
le señalase residencia en lugar conveniente, y que el
Abad de Cinis quedase obligado á suministrarle lo nece-
sario para el sustento y vestido (2). Estas Letras ponti-
ficias, expedidas, según es dado conjeturar, en 1/' de
Mayo de 1108, fueron llevadas á debida ejecución por
D. Diego Gelmirez; y en su virtud, D. Ñuño fué restituí -
do á su Monasterio. No se conformó D. Pedro: apeló se-
gunda vez á la fuerza, y obligó al Abad á abandonar el
convento.
Llegó la noticia á Roma de este nuevo despojo; y
Pascual II escribió en tono un tanto severo al Arzobis-
po D. Bernardo y á los Obispos de Santiago, Mondoñedo
y Lugo, mandándoles que, por todos los medios posibles,
obligasen al Conde á someterse á la sentencia de los
Obispos y á dejar en paz á D. Ñuño, conminándole con
las más graves penas canónicas, si antes de mediados de
(1) Un pasaje de la Com,)Ostela)ia, el cap. LXIX del lib. II, nos retrata
vivamente el carácter del Conde D. Pedro. Hallábase en cierta ocasión dis-
putando acaloradamente á la entrada de la capilla mayor de la Catedral
oompostelana, con el Conde D. Alfonso Muñiz, y en un movimiento de ira,
maltrató de obra á su contrincante. Al punto reconoció lo sacrilego de su
acción; pidió á D. Die^jfo Uelmírez que le impusiese la condigna penitencia;
y en desagravio de la injuria (jue acababa de cometer ante el Altar de San-
tiago, donó á su Iglesia el Monasterio de San Tirso de Cospindo.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XLIII, pág. 92,
328 LIBSO SEGUNDO
la próxima Cuaresma, no tenía cumplido y ejecutado lo
que se le prescribía (1).
Como de Roma venía el rayo que le hería, D. Pedro
juzgó necesario acudir á Roma para amortiguar el gol-
pe. Provisto de los títulos y documentos que acreditaban
que él era el patrono, sino dueño, del Monasterio, se
presentó ante el Papa Pascual II; el cual, en vista de
aquellos testimonios, escribió nuevamente al Arzobispo
de Toledo y al Obispo de Santiago, haciéndoles saber lo
que había alegado D. Pedro, y ordenándoles que ya que
la hacienda del Monasterio era insuficiente para sostener
dos Comunidades religiosas, se restablezca y reforme,
según su antiguo estado, el convento de Monjas; y que,
si esto no pudiese por ninguna manera conseguirse, que
se admita allí una Congregación de varones para que
de aquel lugar no desaparezca del todo el tenor de la
vida monástica (2).
A la gran influencia y representación que personal-
mente tenía D. Pedro, se unían las de sus amigos y pró-
ximos parientes. Su hermano D. Rodrigo casi siempre le
prestó poderoso auxilio en todas sus empresas. Sus do-
minios se extendían desde Puentedeume hasta Santa
Marta de Ortigueira; y él era el encargado de vigilar y
defender aquellas costas contra las piraterías de los
Normandos. En una Escritura del Tmnho de Caaveiro
del año 1102, se le dá el título de Almirante fAdmir an-
te). Estuvo casado con D."" Guncina González, de la cual
tuvo tres hijos, D. Menendo, D. Gonzalo y D. Froilán.
De su segundo matrimonio, tuvo D. Pedro varios hi-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XLIII.
(2) Hist. Compost., lib. F, cap. XLIII, págR. 91-92.
LOS TÜES PaiMEHOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 329
jos, á D. Rodrigo, D. García, D. Velasco, D.^ Eva, Doña
Toda, D.^ Urraca, D.^ Sancha, D.^ Estefanía, D.^ Elvira
y D.^ Aldara; los cuales todos emparentaron con las
principales familias de España (1). Por todo esto, era
entonces D. Pedro el personaje principal de Galicia. En
la Escritura de anexión del Monasterio de Jubia á Clu-
ny, se lee: Regina chía. Urraca et filio ejus Adefonso tenente
et possidente suo regno válente, suisque comitihiis, major ínter
eos comes dns. Petrus Froilaz,.. (2) En otra Escritura, que
también cita Argáiz, se dice que D. Pedro Fróilaz impe-
raba en toda; la tierra de Galicia: Comité Fetro Froilaz
orhem Gaktie imperante (3).
Tal era el personaje en cuyas manos se hallaba, en
cierta manera, depositada la suerte de nuestra nación.
El Príncipe D. Alfonso, en el año 1105, á, poco de haber
sido dado á luz, ya fué confiado á su cuidado (4). Un
fiel vasallo llamado Ordoño, marido acaso de la nodriza,
fué el encargado de estar constantemente al lado del
tierno Infante. En Galicia, en los Estados de Traba, es-
taba D. Alfonso cuando falleció su padre D. Ramón; en
(1) De los hijos del primer matrimonio, D. Femando casó con la Reina
D.'*^ Teresa de Portuc^al ; D. Bermudo con la Infanta de Portugal D.*^ Urra-
ca Enríquez, y D.*^ Lupa, con el Conde de Monterro.so, D. Munio Peláez. De
los hijos del segundo matrimonio D.* Eva casó con D. García Garcés, Señor
de Cabrera y Aza, y fué bisabuela de Santo Domingo de Guzmán; D.** Toda
con D. Gutierre Osorio; D.*^ Estefanía con D. Ruy Fernández de Castro;
D.* Elvira con D. Fernando Yáfiez, y D.*^ Aldara con Arias Pérez.
(2) Argáiz, La Soledad Laureada, tom. III, pág. 476.
(3) Antes de esta época D. Pedro se intitulaba Conde, ora de Galicia,
ora de Traba, ora de Trastámara, ora de Caamouco, ora de Ferreirif.
(4) lisdem diebus Aldefonsum, parvulum filium Raimundi Comitis et
Urracae, comes Petrus de Trava in Gallecia nutriebat. (D. Rodrigo, De
rebm Hispaniae^ lib. VI, cap. XXXIV).
330 LIBBO SEGUNDO
Galicia permanecía cuando falleció su abuelo D. Alfon-
so VI; en Gralicia, en casa de D. Pedro, perseveraba
cuando su madre D.^ Urraca se casó con el Rey de Ara-
gón. Y henos aquí en el momento crítico, en el momen-
to previsto por D. Alfonso VI, en el momento en que to-
dos los Nobles gallegos estaban obligados, según el jura-
mento que habían prestado en León, á proclamar y á re-
conocer por Rey al Infante D. Alfonso. La empresa, no
obstante, era ardua, erizada de peligros y dificultades;
mas D. Pedro Fróilaz, que en ocasión solemne, cuales
eran los últimos momentos del Conde D. Ramón, había
jurado fidelidad, tuvo entereza para arrostrar por todo,
é hizo proclamar Rey de Galicia á D. Alfonso VII. Pa-
saba esto hacia Diciembre del año 1109 (1).
Que esta proclamación se hizo sin conocimiento, y
aún contra la voluntad de D.^ Urraca, lo dicen termi-
nantemente el Cronicón Compostelano , D. Lucas de Tuy y
el Arzobispo D. Rodrigo. El primero, dice que el Prín-
(l) En la Compostelana nada se dice expresamente de este suceso;
pero lo dan á entender bien claramente ciertas frases empleadas en los
capítulos XLVII y LXIV del lib. I. En el cap. XLVII, después de mencio-
nar la discordia que estalló entre el Conde de Traba y muchos de los Mag-
nates gallegos, añade que tal estado de cosas provino de no querer guardar
éstos el juramento que habían hecho al Príncipe. (Jusjurandum, quod Do-
mino suo fecerant, non attendentes). Si D. Alfonso permaneciera como simple
particular, nadie podía acusar á los Gallegos de faltar al juramento que
habían hecho de reconocerlo como Rey cuando llegase el caso, esto es, cuan-
do D.*^ Urraca contrajese segundas nupcias. En el cap. LXIV refiere la
Compostelana, por boca de D.^ Urraca, que el Monarca Aragonés invadió á
Galicia sólo con el afán de exterminar al Príncipe y á su ayo D. Pedro. Si
D. Alfonso hubiera permanecido retirado y retraído, como hasta entonces en
casa de su ayo, no tenía el Rey de Aragón por qué mostrarle tanto rencor
V tanta saña.
LOS TBES PHIMEKOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 331
cipe D. Alfonso llegó á reinar á pesar de la repugnancia
de su madre (¿psa invita) (1). D. Lucas de Tuy, comien-
za á hablar de este modo del reinado de D. Alfonso VII:
En la Era MCXL VI (más bien Era MCXLVII, que co-
rresponde al año 1109, en que murió D. Alfonso VI),
comenzó d reinar en Galicia Alfonso, hijo del Conde Raimundo
y de la Reina Urraca, En aqioel tiempo hid)o gran perturbación
en España, porque la Reina Urraca quería gobernar sin su
hijo Alfonso los Estados de su padre f2j. Por su parte D. Ro-
drigo, asienta que D. Alfonso fué elevado al Trono á
pesar de la resistencia de la madre (3).
Mas en esta ocasión, los Magnates gallegos no esta-
ban obligados á consultar el parecer de D.^ Urraca, sino
á cumplir lo que habían jurado y prometido á D. Alfon-
so VI en manos de D. Diego Gelmírez.
(1) Esp. Sag., tom. XX, pág. 611.
(2) Era MCXL VI Adefonsus filius coinitis Raimundi et Urracae Regi-
nas coepit in Gallaetia regnare. Eo tempore facta est perturbatio magna in
Hispani'a, eo quod Regina Urraca regere volebat regnum paternum sine
filio Adefonso.
(3) Qui (Adefonsus) favore omnium evocatus in regni solio colloca-
tur, resistente nihilominus sibi matre. (De rebus Hispaniae, lib. VII, ca-
pítulo III).
CAPITULO XIY
Invasión de D. Alfonso de Aragón en Galicia. — El Papa Pas-
cual II declara nulo el matrimonio celebrado entre D. Al*
fonso y D.^ Urraca. — Prisión de D. Diego Gelmirez y del
Príncipe D. Alfonso en Cástrelo de Miño.— Coronación de
D. Alfonso en Santiago.— Batalla de Viadangos.
lEN se deja adivinar cuál
sería la impresión que
en el ánimo de D.'' Urra-
ca, decidida 5'a á seguir
en todo la suerte de sa
esposo, causaría la noticia de lo que acababa de realizarse
en Galicia. Sabedor D. Alfonso de lo ocurrido, sin perder
tiempo se dispone á hundir y anonadar á todo el que se
334 LIBRO SEGUNDO
atreva osado á impedir y frustrar sus planes. Congrega
una gran turba de aventureros de todas naciones, sin
excluir moros, ni inñeles, y seguido de D.^ Urraca, como
torrente asolador, se precipita sobre Galicia, llevándolo
todo á sangre y fuego.
Afortunadamente para el invasor, los Gallegos á la
sazón hallábanse bastante divididos y discordes. Algu-
nos caballeros no se habían adherido de buoíi grado á
los planes del Conde de Traba; antes bien, los miraron
con recelo y desconfianza, y en lo íntimo de su ánimo,
formaron la resolución de oponerse á todo trance á su
realización. Temían que de esta manera el poder de
D. Pedro Fróilaz se hiciese demasiado absorbente; y so
pretexto de ampararse y defenderse contra cualesquiera
enemigos que los inquietasen, formaron una coalición,
cuyos jefes eran Pedro Arias, Señor de Deza, su hijo
Arias Pérez, Pedro Gudésteiz, Juan Díaz, Pelayo Gu-
désteiz, Fernando Sánchez y Oduario Ordóñez (1). To-
dos ellos, ó casi todos, poseían préstamos ó feudos de la
Iglesia de Santiago. En Lugo había también otro núcleo
de oposición no menos poderoso. En vano el Conde Don
Pedro se esforzaba por apartarlos del mal camino que
habían emprendido, y por traei-los á la observancia del
juramento que habían prestado. Con la elocuencia y fa-
cundia que le eran propias (2), les expuso que sólo con
(1) Tali etenim adinventae gerinanitatis pactione counexi eraut, ut
sese contra hostiuin fortitudinem mutuo et indefesso robore adjuvarent et
omnia adversa unanimiter tolerarent. (Hist. Compost., lib. I, cap. XIjVIT,
página 97).
(2) Nuuc blandis sernionibus, nunc miuarum illationibus oorum coutu-
niaciauü compcscere tentavit. (Hiat. Compost., lib I, loe. cit.)
LOS TRES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 335
la unión y la concordia podían afrontar la grave situa-
ción que se presentaba, y los peligros que amenazaban
á Galicia; que con la conducta que se proponían seguir,
no acarrearían sino la ruina de la patria.
Mas cuando los ánimos se hallan enconados y movi-
dos por ciegas pasiones, ¿qué resultados pueden dar los
medios de persuasión? Los coligados, no sólo persistieron
en sus designios, sino que en su empeño de extender la
Hermandad y darle mayor impulso, solicitaron de Don
Diego Gelmírez que se adhiriese á la liga. El Prelado de
Santiago en un principio anduvo vacilando; el aceptar
la proposición de los coligados, era lo mismo que mal-
quistarse el afecto del Conde de Traba, y aún tal vez el
del Príncipe D. Alfonso; el rechazar la proposición, equi-
valía á indisponerse con un buen número de caballeros
poderosos, y más que poderosos, intrigantes, vengativos,
y dispuestos á toda suerte de aventuras. Pero al fin, im-
portunado por las reiteradas instancias de los conjura-
dos frmdta prece effiafjitatus), cedió, y prestó su nombre á
la liga, aunque con el firme propósito de ayudar y favo-
recer, en todo cuanto le fuese posible, al Conde Don
Pedro (1).
Acaso más laudable hubiera sido la actitud de D. Die-
go Gelmírez, si desde luego se hubiera puesto resuelta-
mente al lado del Conde de Traba. Este dechado de leal-
tad y consecuencia, nunca le hubiera abandonado, ni en
la próspera, ni en la advei^sa fortuna. Cuál era la sinceri-
dad de las promesas y juramentos de los que con tanto
(1) Solatium tantae germanitatis liac intentione suscepit, quatenus
l>acem et stabilitatem Ecclesiae couservaret, et.... modis ómnibus <iuibu.s
iwsset Coüsuli (D. Teclro) concordare t. (Hiat. Compost.f loe. cit.)
33(3 LIBBO SEGUNDO
afán solicitaban su cooperación, bien pronto habría de
experimentarlo.
Los hermandinos para ligar más y más y comprome-
ter al Prelado, le hicieron presente que todos ellos esta-
ban dispuestos á reconocerlo como jefe, y á prestarle ju-
ramento y homenaje de fidelidad; y que si él se dignaba
concurrir personalmente á la gran Junta que dentro de
poco habría de celebrarse en Castro vite, á unas cinco
leguas al Sur de Santiago, recibiría de todos este solem-
ne testimonio de lealtad y adhesión. Hízose así, en efec-
to; si bien de juramentos no había necesidad, porque
muchos de los hermandinos ya habían prestado tal ju-
ramento al recibir los feudos ó préstamos que tenían de
la Iglesia de Santiago, ó los sueldos con que los remune-
raba su Obispo (1).
Tal era la situación de Galicia á la entrada de Don
Alfonso el Batallador. El cual en Lugo halló favorable
acogida y recibimiento, no de enemigo, sino de Señor.
El invasor siguió su camino robando, talando y abrasan-
do todo cuanto encontraba á su paso, hasta llegar á las
inmediaciones del castillo de Monterroso (2). Allí hubo
de detenerse; encontró cerrado el paso por un buen gol-
pe de soldados gallegos. Después de sangrienta batalla,
D. Alfonso asaltó la fortaleza, y se apoderó de ella á
viva fuerza. Al tiempo que el Monarca aragonés pene-
traba en el castillo, un noble caballero, llamado Pedro,
que probablemente sería el Alcaide, viéndose por todas
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XLIX.
(2) Es de creer que el Conde de Traba mandase cortar entonces el
puente de Puerto Marín sobre ol Mino, del cual, dice Ayniorico, quo fué
destruido por D."" Urraca.
LOS TBES PRIAfEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 337
partes acosado y perseguido de muerte, se acogió bajo
el manto de D.^ Urraca; la cual, extendiendo su ropa y
sus brazos, pugnaba por librar de la muerte á aquel in-
feliz, que así se ponía bajo su amparo. Todo fué inútil;
D. Alfonso, ciego de ira, sin reparar en nada, ni aún en
el peligro de la Reina, atravesó al caballero con un ve-
nablo. Horrorizada D.^'^ Urraca ante tan bárbaro hecho,
abandonó á su pretenso esposo, }■ se retiró despecha-
da á León.
D. Alfonso, así que hubo pasado á cuchillo á todos
los defensores de Monterroso, y allanado hasta el suelo
los muros de la fortaleza, pasó á las tierras del Conde
de Traba, que, como hemos indicado, se extendían desde
el río Eume hasta el Tambre. Aquí fué donde se cebó la
saña y el furor del IVIonarca aragonés; pues el Conde
D. Pedro era el principal blanco de sus iras. El incen-
diar las casas y palacios de el de Traba, el saquear y
talar sus haciendas, el despoblar sus villas, el robar,
profanar y destruir las iglesias y monasterios, fué lo de
menos. Lo horrible fué lo que pasó en un convento de
]^Ionjas. Algunos de los Musulmanes que venían en la
hueste de D. Alfonso, penetraron en el Monasterio; las
Monjas se refugiaron en la iglesia; y allí, delante del
altar, fueron brutalmente violadas. Cuando á D. Alfon-
so so le dio cuenta del hecho, contestó ñemáticamente:
Xo he de cuidar yode ¡oque Jiar/cm mis soldados en ¡a guerra (1).
(!) (Anónimo de Sahagnn, cap. XVII, pág. 304).
D.^ Urraca, Hist. Composf., lib. I, cap. LXIV), describe así la irrupción
de D. Alfonso en Galicia: «Saevus i^ijitur Ccltiberus Gallaetiam furibundus
intravit, et qnot, et quanta iacinora in ro;;ione illa patraverit, nobilium
caedes milituin apud Monteinrosinn c rudcliter occisorum, castrumque diru-
tuin, et térra depopulata bonisquo ómnibus oxpoliata, ecclesiarum violatio-
ToMo iLi.-¿¿.
338 LIBBO SEGUNDO
D. Pedro, pasada la sorpresa de los primeros mo-
mentos, y puesto á buen recaudo su pupilo, el tierno In-
fante D. Alfonso, se dispuso á hacer rostro al invasor.
Y en efecto, á pesar de la actitud más que equívoca de
muchos caballeros gallegos, después de una rudísima
campaña de cerca de tres meses, consiguió expulsar ig-
nominiosamente de Gralicia al Rey Batallador (IJ. Esta
victoria, que debió acaecer por el mes de Junio del
año 1110, acabó de confirmar á los Gallegos en la devo-
ción y afecto al Príncipe D. Alfonso (2).
Empero, la expedición de D. Alfonso no fué como un
rápido meteoro, que apenas deja huella alguna de su
paso. Durante su permanencia en Galicia, entró el Rey
de Aragón en relaciones amistosas con algunos de los
jefes de la Hermandad. Los burgueses de Lugo reco-
nocieron su Señorío, y se declararon sus partidarios; y
no contentos con esto, convirtieron su ciudad en lugar
de refugio para toda clase de criminales y malhechores.
Los cuales, hallando asilo é impunidad á la sombra del
nes, earumque delionorati sacerdotes, bonae mulleres denudatae, vlrgines
Impudenter violatae, destructae Comitis Petri heredltates, mansiones et
palatia combusta, greges equarum et armen ta boum a Gallaetla partlm
abstracta, partlm dilanlata, aflictorum gemltus et lacrymae pauperum, mani-
festé ostendunt.
(1) Pero la venganza divina no sufrió que tan mal fecho pasase sin
pena, que ante de tres meses de espacio fué echado (D. Alfonso) de allí con
muy grande deshonra. (Anónimo de Sahagítn, cap. XVII, pág. 304).
(2) En el Monasterio de Moraime, ó en sus cercanías, fué en donde
D. Pedro debió tener oculto al Príncipe durante la terrible irrupción del
Aragonés. Así lo insinúa el mismo D. Alfonso en un Diploma, que nueve
años después, y á 1.° de Octubre, otorgó á D. Ordoño, Abad de dicho
Monasterio, en atención á los buenos servicios que le había prestado
duraiite tíu uiüeis eu tiem])0 de guerra. (Véanse A¡)éndices, uiim. XXX VI).
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 839
Rey de Aragón, cada vez mostraron mayor fervor y en-
tusiasmo en extender y sostener su partido (1).
El enlace, pues, de D.^ Urraca con D. Alfonso el
Batallador, fué como señal dada para que sobre los Esta-
dos que había poseído el insigne conquistador de Toledo,
so desencadenasen todas las tempestades. La paz públi-
ca vióse de pronto turbada; todas las clases sociales tra-
baron entre sí asoladora guerra; y aquel reino tan flore-
ciente, tan unido, tan compacto á la muerte de Don
Alfonso VI, amenazaba caer desplomado como edificio
erguido sobre arena.
Tan pronto se tuvo noticia en Roma de la incestuosa
é inválida unión de los dos Príncipes, el Papa Pascual II
escribió al Arzobispo de Toledo y á otros Prelados de
España para que, por todos los medios legítimos, traba-
jasen hasta conseguir la separación de los dos supuestos
cónyuges. Las Letras Apostólicas, expedidas con tal mo-
tivo, debieron ser fechadas á fines del año llOí), ó á
principios del siguiente. He aquí las dirigidas al Obispo
de Santiago: «Pascual, Obispo, siervo de los siervos de
»Dios, al venerable Diego Obispo de Compostela, Salud
»y Bendición Apostólica. Para esto ha querido Dios Om-
»nipotente que presidas á su pueblo, para que anuncies
»su voluntad y corrijas los excesos de tus subordinados.
^Procura, pues, castigar, según la facultad que te lia
>sido dada por Dios, el gran delito de incesto perpetra-
ndo por la hija del Rey, para que, ó desista de tal pre-
»sun('ión, ó quede privada de la comunión, y aún de la
» potestad secular» (2).
(1) líist. Compost., lil>. I, ciip. LXVII.
(2) Esta carta e.stá como d«»sirlosa<la al fin del oa]). XLVL lil». 1 de la
340 LIBRO SEGUNDO
Casi al mismo tiempo que D.^ Urraca salía de Gali-
cia abandonando al Rey de Aragón, llegaron á Españ*a
las Letras de Pascual II. El Arzobispo de Toledo, que
era el especial comisionado para ejecutar las Bulas del
Papa, asistido de los Obispos de Oviedo y de León, hizo
su publicación en Sahagún, y declaró incursos en exco-
munión á los dos Reyes hasta tanto que se separasen, y
dejasen la reprobada unión, que habían intentado llevar
á cabo. D.^ Urraca, que ya estaba muy poco satisfecha
del Rey de Aragón, se presentó en Sahagún, acató la de-
claración y sentencia del Arzobispo de Toledo, prometió
no volver á juntarse con su supuesto marido, y obtuvo la
absolución de las censuras que contra ella se habían pu-
blicado (1).
Mas esta separación no fué sino una lijera nube, que
se disipa tan pronto como aparece. Pronto se reconcilia-
ron los dos Príncipes y continuaron llamándose cónyu-
ges; y el Rey de Aragón, queriendo prevenir las veleida-
des de D.^ Urraca, y aislarla de los sabios consejos que le
daban algunos Obispos y otras personas prudentes, pro-
curó llevarla á sus Estados para tenerla, no sólo moral,
sino materialmente ligada. No consta el expediente á
que recurrió D. Alfonso para atraer á D.^ Urraca á Ara-
gón; pero por una escritura que cita Sandoval (2), puede
Hist. Compost., ^e^nn la edición de Flóroz. (Esp. Sag., toin. XX, pág. Ü8).
En el ejemplar del siglo XIII, que conserva el Cabildo metropolitano de
Santiago, dichas Letras forman capítulo aparte con el siguiente epígrafe:
De illicito connubio Regis aragoneiisis et Regine, et de guerra proiiule or a bí-
ter Galléeos; que después se ve repetido á la cabeza del capítulo inmediato.
(1) Anónimo de Sahagún, cap. XIX.
(2) Historia de los Reyes de Castilla y de León, D. Fernando el Magno,
etc.; Pamplona, 1034; fol. 109 vuelto.
LOS TEES PBIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
341
conjeturarse que el Monarca aragonés, para congraciar-
se de nuevo el afecto de su pretensa esposa y lograr el
intento quo meditaba, le hizo ver cuanto necesitaba de
su auxilio y de su cooperación para arreglar los asuntos
de Zaragoza, que tanto le preocupaban. Al Rey moro
Almostaín, muerto en la batalla de Valtierra, sucedió
su hijo Amad-Dola; mas los Zaragozanos se negaron á
reconocerle como Rey, mientras no expulsase de su ejér-
cito á los muchos cristianos que militaban bajo sus ban-
deras (i). Amad-Dola, que no quería desprenderse de los
cristianos que constituían el principal nervio de su ejér-
cito, recurrió al Rey de Aragón; los Zaragozanos, por su
parte, solicitaron el auxilio de Alí, Rey de los Almorávi-
des. El deseo de concertar estas cosas á su manera, faé,
sin duda, lo que impulsó á D. Alfonso á emprender la
expedición de que se habla en la mencionada escritura.
Por ella vemos que á mediados de Agosto de este mis-
mo año, se hallaba D.'^ Urraca en Nájera, de paso pa-
ra Zaragoza, acompañada, no sólo de los principales
Condes de Castilla, como D. Pedro Ansúrez, D. Pedro
González de Lara, D. Gómez González y D. Rodrigo
Muñoz de Asturias, sino también de los más notables
proceres de Aragón, incluso el Infante D. Ramiro, her-
mano del Rey D. Alfonso (2). Los rehenes y las cuan-
tiosas sumas de dinero con que Amad-Dola pagó la pro-
tección del Monarca de Aragón, quedaron depositadas,
á lo que parece, en el castillo de Peralta. Mas para
D.''^ Urraca el desenlace de esta expedición, faé quedar
(1) Dozy, Hístoire des Musiihnans <V Espagne, toin. IV, pag. 24G,
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. LXIV y LXXIX.
342 LtBSO SEGUNDO
encerrada y prisionera en la fortaleza de Castellar, cer-
ca del Ebro.
Henos aquí ya á D. Alfonso con las manos comple-
tamente libres para obrar. Reunido poderoso ejército,
compuesto de aventureros de diversas naciones, como
Aragoneses, Navarros, Franceses, Normandos, Musulma-
nes, etc., invadió de nuevo á Castilla y León, y ocupó
militarmente el país, apoderándose de las principales
ciudades y plazas faertes, y guarneciéndolas con desta-
camentos de su confianza. Expulsó de Toledo al Arzo-
bispo D. Bernardo. Lo propio hizo con los Obispos de
Burgos y de León, y con el Abad Domingo de Saliagún.
Prendió á los Prelados de Osma, Orense y Palencia, y á
este último, maltrató por sus propias manos (1).
Sin embargo de todo esto, D. Alfonso continuaba lla-
mándose esposo de D.'^ Urraca, y Rey de Castilla y de
Aragón (2). Ciertamente que no era D. Alfonso el desti-
nado á realizar esta dichosa unión; porque los pueblos se
unen, no con la violencia, sino con la mancomunidad de
sentimientos y de intereses.
Tal era la situación de León y Castilla: la de Gali-
cia no era mucho más halagüeña. Cuando D.^ Urraca,
dejando á D. Alfonso de Aragón en Galicia, se retiró
despechada á León, se acordó de su hijo, no precisamen-
te por amor que al Príncipe tuviese, sino por deseo de
vengarse de su pretenso consorte. Escribió, pues, al Con-
de de Traba rogándole que cuanto antes llevase á D. Al-
(1) Véase D. Alfonso VIT, Rey de Galicia, píxg. 17.
(2) En la í'oclia de un Di])loma, otorgado en Junio de 1111 (Yepes,
Cron. gen. de San lienito^ tom. Vil, Ap. XII), se lee: Jlegnante ^Jiege domino
Ildefonso in Casiella et in Aragonia, Regina TJxore ejuscum illa,
\
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 343
fonso á León. Decíale, que al fin consentía en la procla-
mación del Príncipe, y que, para que á ésta nada faltase
de los requisitos legales, era su voluntad que D. Alfon-
so se coronase en León con todo aparato como Rey de
Galicia.
El Conde D. Pedro, recibida la carta de la Reina,
convocó á los principales Magnates gallegos, les dio
cuenta del contenido de la regia misiva, y con la pre-
mura que exigía el caso, seguido de buen número de
caballeros, partió con el Príncipe para León. Pero ¿cuál
no fué su sorpresa cuando al llegar á esta capital se en-
contró con la novedad de que la Reina había desapareci-
do? En efecto; T>.^ Urraca acababa de reconciliarse con
D. Alfonso y de ponerse en camino con él para Ara-
gón (1). Los Gallegos quedaron desconcertados. D. Pedro
no sabiendo por de pronto que partido tomar, resolvió
avistarse con el tío del Príncipe, D. Enrique, Conde de
Portugal; el cual á la sazón se hallaba en Francia, vero-
símilmente por la razón que vamos á ver.
D. Enrique esperaba que á la muerte do D. Alfon-
so VI, se le diese la ciudad de Toledo con su territorio,
según el concierto que había estipulado con su primo
D. Ramón de Borgoña en el año 1093. D. Alfonso VI en
sus últimos momentos, si es que se le presentaron, no
hizo aprecio de las reclamaciones de D. Enrique; por lo
cual éste quiso tomar por la mano lo que nadie pensaba
darle buenamente. A este fin, después del mes de Agosto
(l) Cum autem incólumes Legioiiciii trauMÍssent, Regi Aragonensi, vi-
ro videlicet suo (ai, cura easetei próxima consanguinitatis liuea junctus vir
ejus est nominandus) eamdem Reginam reconciliatam et alligatam verissi-
ma relatione didicerunt. fHist Compás^, lib. I, cap. XLVIII, pag. 98],
o
44 LIBRO SEGUNDO
del año 1110, como asienta Herculano (1), partió para
Francia con ánimo de buscar allí ayudas y allegar recur-
sos. En su país no halló el Conde D. Enrique la acogi-
da que esperaba (2), y bueno fué que á principios del año
siguiente, 1111, hubiese podido salir de la prisión en
que, no sabemos por cual caso, se le había encerrado,
y dar vuelta para España.
El Conde de Traba, que sin duda tenía noticia de es-
ta expedición de D. Enrique, tomó para buscarle el ca-
mino de Francia, y lo encontró en efecto (3). Después
de manifestarle lo que había ocurrido, se puso de acuer-
do con él sobre algunos particulares, y por su consejo, al
pasar por Castrojeriz, cerca de Burgos, de vuelta para
Galicia arrestó á varios de los que, quebrantando los
juramentos que ya habían hecho en vida de D. Alfon-
so VI, se habían negado á reconocer como Rey al hijo
del Conde D. Ramón (4). En Galicia los arrestados obtu-
vieron su libertad mediante la entrega del Castillo de
(1) Historia de Po7'tKgal, tom. 1, pag. 212 y 214.
(2) Anónimo de Sahagún, cap. XXI.
(8) Unde veliementer moerore affecti (nobiles Gallaetiae), Consulem
Enricum, praefati pueri avunculum, celeriter acersentes (sic), quid ex lioc
reí eventu acturi essent, diligenti cura cónsul uerunt. (Hist. Compost.,
lib. I, cap. XLVIII, pág. 98).
(4) Cuius (Consulis Enrici) prudenti consilio fortiter excitatus cónsul
Petrus, quosdam ex illis, qui jusjurandum filio Comitis mentiebantur, iuxta
Castrum Soricis in itinere cepib, et cum eis in Gallaetiam celeri cursu re-
greditur. (Hist. Compost., lib. I, cap. XLVIII, pág. 99).
Aunque la Compostelana usa á veces indistintamente estas dos voces
Cónsul y Comes, no siempre les dá el mismo valor. Cónsules sólo son llama-
dos los que tenían el gobierno de extensos territorios, como Galicia, Astu-
rias, Castilla, Portugal, etc.. Comités eran los gobernadores de más redu-
cidos distrito»,
LOS TBES PfilMEBOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 345
Miño, que se cree sea Stanta ]Vraría de Cástrelo, cerca de
Rivadavia. D. Pedro para mejor asegurar acaso la pose-
sión de esta fortaleza, la destinó provisionalmente para
morada del Príncipe. No debió recelar nada de lo que
estaba para^ suceder; pues de otro modo no se explica
por qué alejó tanto del centro de sus Estados al Príncipe
D. Alfonso; á no ser que se diga que contaba con la
ayuda del Conde de Portugal, que en todo pensaba me-
nos en socorrer eficazmente á su sobrino. Acompañando
al Príncipe quedaron en Castro de Miño la Condesa de
Traba, sus hijos D. Bermudo y D. Fernando, y algunos
otros de los principales Magnates gallegos. D. Pedro
acampó con su ejército en aquellos contornos.
Mas á principios del año 1111, el Conde de Traba,
no sabemos por qué motivo, quizás por las complicacio-
nes de León y Castilla, tuvo que alejarse de aquellos si-
tios. Movióle también á ello la actitud de los moradores
de la comarca, los cuales llevando á mal la presencia de
tantos soldados en el país, comenzaron por negarle toda
clase de provisiones, y luego instigados por los caballe-
ros de la Hermandad, se conjuraron para molestarle por
todos cuantos modos pudiesen. Alejado D. Pedro, unié-
]'onse las dos Hermandades, la de los caballeros y la de
los campesinos, y pusieron estrecho sitio al castillo. Los
sitiados se defendían bravamente y aún atacaban con
arrojo, pues rindieron á un distinguido caballero llama-
do Oduario Ordóñez, al cual pusieron en cadenas: pero
no tardaron en sentir escasez de víveres. La situación
de los cercadores no era más ventajosa; el castillo era
muy fuerte, cruda la estación, y por añadidura era de
temer que á la hora menos pensada reapareciese el Con-
de D. Pedro con su ejército. Durante la inacción á que
346 LIBUO SEaüNDO
los obligaba lo largo y penoso del sitio, concibieron un
plan horrible, que al punto determinaron poner en eje-
cución con astucia sólo comparable á su perfidia. Pro-
pusieron á los sitiados que si abandonaban la fortaleza
y daban libertad á Oduario Ordóñez, serían recibidos
con todos los honores y escoltados hasta sus tierras. La
proposición nada tenía de inadmisible; pero, ¿quién res-
pondía de que los sitiadores cumpliesen su palabra? En-
tróse en negociaciones, y al fin se otorgó la capitula-
ción, que juraron y firmaron ocho caballeros de cada
parte (1).
Ya estaba para expirar el plazo señalado para la en-
trega del castillo; pero en esto los jefes de los sitiados
tuvieron otro acuerdo, y se negaron á abandonar la for-
taleza mientras el Prelado de Santiago, que era como
el Presidente de la Hermandad, no viniese á autorizar
con su presencia la capitulación. Despacháronse de una
y otra parte correos sobre correos hasta tres veces.
La situación de D. Diego Gelmírez era algún tanto
crítica. Hasta entonces había permanecido retraído y
apartado de las corrientes políticas que agitaban la pa-
tria (2). Esta actitud, en la cual se había puesto con
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XLVIII.
(2) Esto explica el silencio que la Compostelana guarda sobre los suce-
sos acaecidos en estos dos años, es decir, desde Julio de 1 109 hasta princi-
pios de 1111 . En el cap. XL VII, lib. I, se ocupa de la muerte de Alfonso VI,
y en el siguiente pasa ya á hablar del cerco de Castro de Miño. El caso es que
no ad virtiendo esto el P. Flórez y algunos (no todos) de los antiguos copis-
tas de la Compostelana, al ordenar la cronología de estos acontecimientos,
fueron siguiendo rigurosamente el orden numérico; de modo que en vez de
saltar del año 1 lOí) al lili, ponen en el 1110 todos los hechos que se refie-
ren desde el cap. XLVIII hasta el LXXII del lib. I. Herculano (Historia
LOS tues primeros siglos de la i. compostelana 347
recta intención, le había hecho sospechoso á unos y á
otros; y él se veía también forzado á recelar de todos.
Mas, ¿podía D. Diego ser obstáculo para que cuanto an-
tes se abreviasen los amargos días por qué estaba pasan-
do el Príncipe? Envió, pues, propios anunciando su pró-
xhna llegada, y entretanto dispuso todo lo necesario
para la marcha. Reunida una fuerte escolta, con su co-
rrespondiente convoy, se puso en camino para Cástrelo,
sin tratar de forzar la marcha. Acompañábanle su her-
mano Munio, Tesorero de la Catedral, los Canónigos
Pedro Anaya y Pedro Gutiérrez, Abad de Cuntís, y va-
rios Clérigos de su Iglesia. Al llegar á Ernecum (Arnego,
á unas siete leguas al Este de Santiago), encontró de
vuelta los propios que había enviado. Pero allí llegaron
á sus oídos ciertos rumores vagos de que alguna cosa
gravísima se tramaba; y, sin embargo, de la Condesa de
Traba y de sus hijos no era dado desconfiar, y de Arias
Pérez, que era el alma de la Hermandad y el jefe de los
sitiadores, no había motivo aparente porque temer. Re-
solvió, pues, continuar la marcha; empero, como para
de Portugal, tom. Ij 'p-dg. 223^ nota 1.*, y nota 7.* al fin del libro), ya
advirtió que en esto la cronología de la Compostelana estaba errada. El mis-
mo P. Flórez no pudo menos de reconocerlo así; pues en las Memorias de las
Reynas Cal holicas (toin. I, pág. 2<) y siguientes), sigue otra cronología. Por
lo demás, la seguida en los citados capítulos de la Compostelana, según la
edición de Flórez, repugna evidentemente al contexto; si no ¿cómo en una
arenga que se supone hecha en el año 1110 (Hist. Compost., lib. I, capítu-
lo LXIV), pudo decir D.* Urraca que hacía dos años (biennium) que el Rey
de Aragón había expulsado de su Sede al Arzobispo D. Bernardo? Esto mal
podía decirlo D."^ Urraca en el año 1110. Anduvo, pues, poco acertado el
P. Flórez, cuando al publicar el cap. LXII, lib. I, de la (■ompostelanaj
entre las variantes Era MCXXXXVIllIy MCXXXXVllI, que se leíau
en varios Códices, prefirió la segunda, que equivale al año lllü,
34:8 LlfiHO SEGUNDO
tantear el terreno, envió delante dos exploradores, á su
hermano Munio, para que se avistase con la Condesa de
Traba y sus partidarios, y á Pedro Gutiérrez para que
se entendiese con los de la Hermandad. Los dos emisa-
rios dieron vuelta con toda premura, y dieron cuenta á
D. Diego de que nada habían hallado que pudiera in-
fundir temor y recelo. Para mayor seguridad traían
consigo á Arias Oduáriz, el cual se había ofrecido á con-
ducir sano y salvo al Prelado desde las orillas del Arne-
go, en donde se hallaba, hasta las del Miño. Con todo,
las aprensiones y temores no se habían desvanecido por
completo, especialmente cuando llegó el momento de
atravesar el Miño; y D. Diego se vio precisado á repren-
der á algunos de los caballeros de su comitiva que, con
el mejor deseo, querían llamar su atención sobre ciertos
signos supersticiosos de mal agüero.
Llegados, por fin, á las márgenes del Miño, fijaron
sus tiendas de campaña y pasaron allí aquella noclie.
Al día siguiente, al concluir de celebrar la Misa, ya en-
contró D. Diego otros dos emisarios, Sancho Ramírez
por parte de la Condesa, y Rodrigo Sánchez por parte
de los sitiadores, que le invitaban á pasar el río y á en-
trar en la fortaleza. Metióse en la barca acompañado
tan sólo de su hermano Munio, de Pedro Anaya y de
Pedro Gutiérrez. En la otra orilla le aguardaban Arias
Pérez con su padre, Fernán Sánchez y demás jefes de
la Liga. Largo rato estuvo conversando con ellos; les
manifestó los temores y recelos que había abrigado so-
bre no sabía qué oculta trama, que, según le habían di"
cho, se estaba urdiendo. Sus interlocutores se mostraron
como ofendidos de que viniese con miedos y aprensiones
junto á ellos. — «Los que hemos hecho á vuestra Paterni-
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA S-IO
dad, le decían en substancia, pleito homenaje de sumi-
sión y fidelidad, ¿habíamos de consentir que nadie os
ofendiese en lo más mínimo?»
En seguida pasó D. Diego al castillo para saludar á
la Condesa, y subió hasta la pieza más alta, que era
donde se hallaba la noble dama con el Príncipe D. Al-
fonso. No es para decir el contento con que D.^ Mayor
recibió al Prelado; no sabía expresarle su gratitud por
lo que hacía en su obsequio y en el del Príncipe. Des-
pués de los cumplimientos y cortesías que la etiqueta
requería, se entró en materia, y luego que cada cual
hubo alegado lo que juzgó oportuno, se acordó que aquel
mismo día, fuera del recinto fortificado, se otorgase la
capitulación, que liabía de ser jurada y subscripta por
doce caballeros de cada bando. En su virtud, los sitia-
dos quedaron obligados á hacer al día siguiente entrega
del castillo, y los sitiadores á escoltar á la Condesa y á
toda su gente, incluso todo el ajuar, hasta los Estados
de Traba.
Ya se disponía D. Diego á repasar el Miño para ha-
cer noche en su campamento; pero tuvo que ceder á las
reiteradas instancias de Arias Pérez y sus compañeros,
que le hicieron presente que no era fácil pasar el río sin
peligro, estando ya tan cerrada la noche. Fernán Sán-
chez le rogó, además, que se dignase aceptar la cena,
que para él tenía preparada. No era dado á D. Diego
esquivar tanta cortesía; aceptó los ofrecimientos de Fer-
nán Sáncliez; pero por más que nada hubiese notado,
que no debiera interpretarse como expresión de afecto
cordial y sincero, aquella noche no pudo conciliar el
sueño.
Cuando al día siguiente el Obispo de Santiago dejó
860 LIBEO SEGUNDO
el lecho sin poder desechar los tristes pensamientos que
durante la noche le habían conturbado, encontró su
tienda rodeada de fieles, que noticiosos de su venida,
habían corrido ávidos de desahogar con él su concien-
cia. A todos administró el Santo Sacramento de la Pe-
nitencia: y entonces pudo ya notar la impaciencia con
que Fernán Sánchez le apuraba para que despachase
cuanto antes. Empero, no hizo aprecio de tales importu-
nidades, mientras no hubo concluido de oír á todos en
confesión. Entonces se dirigió al castillo, y habiendo
penetrado en el primer recinto fortificado, esperó á que
bajasen la Condesa y el Príncipe y los caballeros que
los acompañaban. Mas de repente siente un gran estré-
pito; se vuelve y ve una gran turba de hombres arma-
dos que se abalanzan sobre la puerta del castillo y se
dirigen furiosos hacia la Condesa, que traía en sus bra-
zos al Príncipe. Profiriendo contra ella las más terribles
amenazas, echan la mano al augusto niño, al que Doña
Mayor estrechaba contra su seno como si quisiera ocul-
tarlo en su pecho; luchan ellos para arrancárselo; se
obstina la Condesa en no desprenderse de tan cara
prenda; hasta que D. Diego Gelmírez, viendo al Prínci-
pe casi exánime y temiendo otra cosa peor, lo tomó de
los brazos de la dama y lo puso en los de Ordoño, que
era el amo que lo había criado. Los amotinados, prosi-
guiendo brutalmente en su intento, á empellones obliga-
ron á D.^ Mayor y á los que la acompañaban, á subir á
las habitaciones de donde habían bajado. Entonces com-
prendió la Condesa la perfidia y el infame juego de que
había sido víctima; y viéndose en poder de los implaca-
bles enemigos de su esposo, y sin el Príncipe, objeto de
todos sus desvelos, deshecha en lágrimas y mesándose
LOS TBKS PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANÁ 351
los cabellos, se entregó al más acerbo dolor, que rayaba
en desesperación.
Mientras tanto pasaba esto en el castillo, Arias Pé-
rez y demás jefes de la Liga, destacan parte de sus fuer-
zas á las órdenes de Pelayo Martínez y Leovigildo Lu-
ces; los cuales, unidos á la Hermandad de los villanos,
asaltan de improviso y traidoramente los reales del
Obispo de Santiago, que, como hemos dicho, estaban de
la otra parte del río. Se acercaron como amigos, y cuan-
do vieron seguro el golpe, hicieron riza en todo cuanto
encontraron. Se apoderan de la capilla del Prelado;
toman la casulla y la desgarran; y con los ñecos y galo-
nes adornan sus propios vestidos. Ponen en tres pedazos
el magnífico cáliz de oro, y se los reparten fraternal-
mente. Lo propio hacen con el altar (1) de plata y con
un crucifijo de oro primorosamente labrado. Si esto hi-
cieron de las cosas sagradas, puede suponerse lo que
harían de lo demás. Los soldados de D. Diego, sorpren-
didos por aquel inesperado ataque, no tuvieron más
tiempo que para echarse á la desbandada por los mon-
tes, y buscar en la fuga la salvación.
A D. Diego, abrumado de dolor y abatido en tierra
por lo que acababa de ver y presenciar, se le intimaba
que estaba preso con los dos Canónigos que le acompa-
ñaban, á saber, Pedro Anaya y el Abad de Cuntís; pues
su hermano Munio ya había sido arrestado por Arias
Pérez (2). Aquel mismo día fué conducido con los tres
(1) Aram (ara ó altar) se lee en el ejemplar de la Compostelana que se
guarda en el archivo de la Santa Iglesia de Santiago. En la edición de Fló-
rez (Esp. Safj., tom. XX, pág. lOfí), en lugar de aram, se lee arcam.
(2) Hist. Comimt., lib. I, cap. LIII-LIV: lib. II, cap. Lili, pág. 8ül.
352 LIBBO SEGUNDO
Canónigos, por caminos extraviados y entre un tropel
de gente armada, hasta el Monasterio de San Esteban
de Ribas del Sil, en donde pasó la noche. Al amanecer
del día siguiente atravesaron el Miño, en el sitio deno-
minado Amhas mestas, que es el de la conñuencia con el
Sil. Allí, el Prelado compostelano, aprovechó un mo-
mento para hablar aparte con Arias Pérez, é interpe-
larle sobre su conducta. — «Aún me cuesta trabajo creer,
le dijo, que tú, hasta aquí tan ilustre y excelente varón,
tan amigo mío, que yo te consideraba como hermano y
casi como la mitad de mi corazón; aún me cuesta traba-
jo creer, repito, que tú hayas concebido semejante trai-
ción, y que, concebida, la hayas llevado á cabo. ¿Quién
me habría de decir que tal habías de hacer tú, que des-
de la niñez me profesabas cordial amistad? ¿tú, que has
recibido de mí tenencias, pingües sueldos y otras prue-
bas inequívocas de cariño? ¿tú, que por tres veces me
has jurado fidelidad? Menos siento mi afrenta, que la
infamia que recaerá sobre tu nombre y el de tus jóvenes
é inexpertos compañeros, cuando llegue á saberse el ho-
rrible crimen de que os habéis hecho reos. »
— «Conozco, Santísimo Padre, respondió Arias, que
en lo que acabáis de manifestar, aún no habéis dicho
toda la verdad; y nadie con más horror que yo, lamenta
lo que ha sucedido. Pero, ¿qué habíamos de hacer nos-
otros, si vuestra Paternidad, que cuenta con tantos ami-
gos, que dispone de tantos soldados, que así sobresale
por su talento y prudencia, era el principal obstáculo
para la ejecución de nuestros designios? ¿De qué nos
servía el tener en nuestro poder á los demás, si vuestra
Grandeza quedaba en libertad? ¿No quedábamos expues-
tos á perderlo todo en un momento? Sin duda, lo quo se
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 353
ha hecho es horrendo, es altamente detestable; pero es
hecho consumado (jam non potest non fierij, y por más que
discurro, no encuentro medio de hacer volver las cosas
atrás» (1).
Pedro Anaya, que con el Abad de Cuntís estaba pre-
sente, indignado con el cinismo de Arias Pérez, le inte-
rrumpió haciéndole ver la gravedad de su crimen, y que
su maldad é insolencia en prender á un varón tan es-
clarecido y tan poderoso, y que era como el Gobernador
de toda Galicia, no tenían nombre. — «Al fin, añadió,
si queréis atender á vuestra propia conveniencia, aún os
queda un medio para conciliar la libertad del Prelado
con vuestros intereses, y es que os deis por contento con
un grueso rescate, ó con los rehenes que pidáis. Decís
que el miedo al Obispo fué el que os forzó á obrar como
obrasteis; pues bien, ahí está su hermano Munio pronto
á quedar como garante de vuestra seguridad, ó, si más
os place, recibid en prenda por cierto tiempo los casti-
llos de Oeste y de Santa María de la Lanzada. » El Abad
de Cuntís insistió en lo mismo, y le exhortó para que no
quisiese atraer sobre su cabeza la tremenda responsa-
bilidad de haber él dado margen con la prisión de Don
Diego á la ruina de la gran Iglesia compostelana (2).
Arias Pérez mostró que no le desagradaban tales
proposiciones, y que en efecto, los razonamientos de los
dos Canónigos liabían hecho mella en su ánimo. — «Si
se me entregan los castillos, respondió, pondré cuanto
antes en libertad á vuestro Señor. > Y esto dicho, prosi-
guieron la marcha.
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LVI.
(2) Hist. Compost, lib. I, cap. LVII y LVIII.
Tomo in.— 23.
354 LIBEO SEGUNDO
Caminando á buen paso, llegaron aquel mismo día á
los llanos de Amoeiro. Allí se detuvieron un día para
acordar la forma bajo la cual se había de hacer la en-
trega de los castillos, y dar libertad al Prelado. En
virtud del convenio allí ajustado, fueron enviados á
Santiago Munio Eriz y Froilán Menéndez, los cuales
llevaban el encargo de participar á los compostelanos el
estado en que las cosas se hallaban. De Amoeiro fué lle-
vado D. Diego al Castro de San Juan de Pena-Co]'neira,
y de aquí, al siguiente día, haciendo larga y penosísima
jornada, al Castro Liiimrio ó Castro de Lobeira, cerca de
Villagarcía (i). Aquí vinieron á encontrarlo Munio Eriz
y Froilán Menéndez, los cuales volvían de Santiago
acompañados del Arcediano Oduario, del Canónigo Pe-
dro Vimáraz, y de algunos vecinos de la ciudad del
Apóstol. Por boca de éstos, se supo en el castillo de Lo-
beira el horror é indignación con que se había recibido
en Compostela la noticia de la prisión de D. Diego, y la
efervescencia que reinaba en todas las clases: pues no
sólo todos los Clérigos y todos los ciudadanos^ sino hasta
los caballeros de los alrededores se habían juramentado
para libertar al Obispo por todos los medios posibles. A
la realización de esta empresa, no sólo ofrecieron todos su
persona, sino sus haberes, y aún se acordó, que si era ne-
cesario, se echase mano del Tesoro de la Iglesia. Tales
nuevas hicieron titubear algún tanto á Arias Pérez;
mas como no era hombre que fácilmente se abatiese y
(1) El P. Flórez (Esp. Sag., tom. XX, pág. 109, nota 2.*), cree equivo-
cadaniente que el Castro Liipario de que aquí se liabla, es el famoso Castro
del mismo nombre que se halla próximamente á la mitad del camino, entre
Padrón y Santiago.
LOS TEES PRIMEROS SIGLOS DE LÁ I. COMPOSTELANA 355
se dejase dominar por las circunstancias, resolvió, con
algunos de los que le eran más íntimos, romper el pac-
to que acababa de firmar en Amoeiro, y trasladar en el
acto al Prelado á otro castillo más seguro, en donde
pudiese dejar burladas las amenazas de los compostela-
nos. Mas esto no pudo tratarlo con tanto sigilo, que no
se trasluciese alguna cosa; y D. Diego, que lo supo, lo
denunció á todos los caballeros que estaban en Castro
Lupario y á todo el ejército de Arias Pérez. Todos, á una
voz, pidieron que se respetase lo estipulado en Amoeiro;
á saber, que se diese libertad al Prelado, y que se entre-
gasen en prenda los dos castillos á Arias Pérez. El cual,
por esta vez, tuvo que transigir, y abandonar á los ca-
balleros que le acompañaban, la custodia de D. Diego y
la ejecución de lo pactado. En efecto: los caballeros sa-
caron del castillo al Obispo hasta la distancia de una
legua; y desde aquí D. Diego envió á su hermano Mu-
nio y al Canónigo Pedro Anaya á Oeste para que hicie-
sen la entrega de esta fortaleza á Froilán Menéndez,
como apoderado de Arias Pérez (1).
Mas éste, considerando que le había de ser muy difí-
cil y gravoso conservar en su poder por mucho tiempo
los dos castillos de Oeste y la Lanzada, excogitó un me-
dio más expeditivo, y fué renunciar á las fortalezas, y
exigir que se le diesen en rehenes tres de los hermanos
de D. Diego, á saber, Munio, Pedro y Juan, y que entre
tanto éstos no venían, quedasen en su poder el Arcedia-
no Oduario y los Canónigos Pedro Anaya y Pedro Vi-
máraz. Con esto, pudo D. Diego recobrar sus castillos: y
como el de Oeste estaba tan pr()ximo, quiso ir por sí
(1) Hist, Compost., lib. I, cap. LIX.
S56 LIBRO SEGUNDO
mismo á posesionarse de dicha fortaleza. Lo cual hecho,
aunque no sin ciertas precauciones por recelo á alguna
nueva zalagarda de Arias Pérez, pasó á Iria, en donde
también fué recibido con gran entusiasmo y señales
inequívocas de adhesión y de afecto. Desde aquí, envió
D. Diego á Arias Pérez sus tres hermanos, y esperó la
vuelta de los tres Canónigos que habían quedado en
Lobeira (1).
En este ínterin, si á D. Diego se hacían años los ins-
tantes que tardaba en llegar á Compostela, poseídos los
santiagueses de la misma impaciencia, anhelaban abre-
viar el momento en que pudiesen gozar de la presencia
de su amado Pastor. Noticiosos de que al fin ya estaba
en camino para Santiago, provistos de tímpanos, cítaras
y otros instrumentos músicos, salieron á su encuentro;
y cuando, como á una milla de distancia, lo columbra-
ron seguido de gran muchedumbre que había ido engro-
sando, según que el Obispo se iba acercando á la ciudad
apostólica, prorrumpieron en vivas y aclamaciones, y
dieron rienda suelta á su contento y alegría. Y luego,
entonando himnos y cánticos de júbilo al son de los ar-
moniosos instrumentos, volvieron hacia la ciudad, y no
se separaron del lado del Obispo hasta que lo dejaron
en su palacio (2). ¡Tan en breve vio D. Diego compensa-
das las amarguras que había sufrido á orillas del Miño!
A todo esto, ¿qué hacía el Conde de Traba? Al ver
saqueadas, taladas é incendiadas sus casas y haciendas;
al ver conjuradas contra él así la Hermandad de los ca-
balleros, como la de los campesinos; al ver, finalmente,
(1) Hist. Compost.f lib. I, cap. LX.
(2) Ilisf. Compost.j lib. I, cap. LXI.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 357
á SU esposa y á sus hijos bloqueados en Castro de Miño,
con riguroso asedio y sin esperanza de próximo socorro,
bien podía exclamar este varón insigne, que todo lo ha-
bía perdido menos el honor y la fidelidad á sa Príncipe.
Pero D. Pedro, tan fuerte en la adversidad, como gene-
roso en la bonanza, no dobló su cerviz ante el infortu-
nio y la perfidia, y luchando sin tregua contra la ad-
* versa fortuna, llegó á sobreponerse á todo género de
obstáculos. Al poco tiempo, ayudado del Conde de Mon-
terroso, D. Munio Peláez, ya se hallaba en disposición
de poder tomar venganza de sus enemigos, ó más bien,
de rechazar cualesquiera injustos ataques, porque en su
corazón magnánimo tan ruin pasión apenas tuvo cabi-
da. Entonces D. Diego Gelmírez comenzó á entrar de
lleno en las apreciaciones que el Conde había formado
acerca del estado político de España; y la faerza de los
acontecimientos vino á juntar aquellas dos almas que
nunca hubieran debido estar separadas.
A fin de marchar en todo de común acuerdo, tuvie-
i*on una entrevista á orillas del Tambre, es decir, en el
confín que separaba sus respectivas jurisdicciones. Allí
se trató de los medios de traer á Gralicia, y aún á Espa-
ña, la paz y la concordia de los ánimos, y de promover
el bienestar y prosperidad del país. Desde luego se con-
vino en que la base para todos estos trabajos, debía ser
la libertad del Príncipe, que aún estaba en poder do
Arias Pérez, y su solemne proclamación como Rey (1).
Para remover más fácilmente los obstáculos, que pu-
(l) Existimans (Dn.s. Didacus Gelniircz) per eiiis (Principis Dni. Ade-
fonsi) solutioDem, posse revocan CTallaetiamin pacÍ8 et concordiae unioneiUi
(¡íist. Composf., lib. I, cap. LXII, pág. 114).
35S LIBRO SEGUNDO
diesen oponerse á la consecución de tan ansiado fin,
ambos determinaron echar un velo sobre lo pasado, y
renunciar á toda demanda de venganza y de castigo
contra Arias Pérez y sus cómplices. Y como en el deseo
de evitar complicaciones, era muy conveniente, antes de
pasar al solemne acto de la coronación del Príncipe,
contar con el beneplácito y aquiescencia de su madre,
acordaron enviar Legados á León y á Castilla, que bus-
casen á D.^ Urraca, le propusiesen cuáles eran sus de-
signios, y le pidiesen que se dignase prestar su consen-
timiento (1).
A la sazón ya la Reina se había evadido de Caste-
llar, de la manera que se va á ver. La indignación de
los Castellanos ante las atrocidades de las huestes del
Monarca aragonés, no tardó en llegar á su colmo. De
acuerdo con D.''^ Urraca, urdieron una vasta conspira-
ción, cuyos jefes eran los Condes D. Gómez Gronzález
Salvadores y D. Pedro González de Lara. El primer re-
sultado de estos trabajos, fué la libertad de la Reina,
que, seduciendo á los que la custodiaban, se fugó de
Castellar, y se vino á Castilla (2). No contentos con esto,
emprendieron los Condes ruda campaña contra las tro-
pas de D. Alfonso, el cual, alarmado, sin duda, con el
aparato imponente que presentaba la insurrección, se
concertó con el Conde de Portugal, que acababa de lle-
gar de Francia (3), y salió al campo á hacer frente á los
(1) fií'ist. ComposL, lib. I, cap. LXIl y LXIII.
(2) Regina autem indignanter tolerans custodiri, vocavit milites ex
Castella, cum quibus, suasis custodibus sibi datis, reditum obtinuit in Ca-
stellam. (D. Rodrigo, De rebus líisjjaniae, lib. VII, cap. 1).
(í-3) Según el Anónimo de Sahagún (cap. XXI) en lo que se concertaron
P, Alonso de Aragón y D. Enrique de Portugal, fué en lo siguiente; qu©
LOS TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA. I. COMPOSTELANA 359
sublevados. Encontráronse los dos ejércitos el 12 de Abril
de este año 1111 (1) en Campo de Espina (Candespina),
cerca de Sepúlveda; y después de muy reñida pelea, ob-
tuvo el de Aragón una señalada victoria.
El Rey de Aragón no se descuidó en sacar todo el
fruto posible de esta victoria. Sin perder tiempo se en-
caminó á Toledo, y se hizo proclamar Rey el 18 de
Abril de 1111.
Con esto parecía que el señorío de D. Alfonso en
Castilla se aseguraba definitivamente; pero por una de
esas peripecias tan frecuentes durante aquel período,
las cosas al poco tiempo sufrieron notable cambio. El
Conde de Portugal viendo que al fin se quedaba sin la
ambicionada Toledo y halagado por las ventajosas pro-
posiciones que sigilosamente le hiciera D.^ Urraca, se se-
paró de'D. Alfonso de Aragón y se convirtió en principal
adalid de la Reina. En esta nueva fase continuó la gue-
rra durante algún tiempo con bastante encarnizamiento,
y el Rey de Aragón llegó á verse estrechamente bloquea-
do en el castillo de Peñafiel, cerca de Valladolid. Mas la
Condesa de Portugal, D.^ Teresa, no pudiendo, á lo que
parece, sufrir por más tiempo la ausencia de su marido,
dejó á Coimbra, en donde liabía quedado, y se fué al
campo de su hermana D.''^ Urraca. Aquí la emulación
que existió siempre entre las dos Princesas, liizo que en
breve se rompiese la poco firmo alianza concertada en-
tre D. Enrique y D.^ Urraca. La cual, para dejar burla-
dos á sus hermanos, y sin efecto las proposiciones que
éste con todas sus fuerzas guerrearía en favor de aquel contra D."* T'^rraca,
y que lo que ganasen se repartiría entre los dos por mitad.
(1) Véase D. Alfonso VI J, Rey de Galicia, y su ayo el Conde de Traba f
p¿^g. 22.
360 LIBRO SEGUNDO
les había hecho, no receló unirse de nuevo al Rey de
Aragón. A este fin trató con él muy secretamente; y la
reconciliación no tardó en llevarse á cabo. Resultado de
esta nueva combinación fué, que el Rey D. Alfonso se
apoderase de Falencia y de Sahagún, en donde estuvo á
punto de hacer prisionera á la Infanta D.^ Teresa. In-
dignado D. Enrique con tan poco leal proceder, movió
sus armas contra D.^ Urraca y D. Alfonso, y los tuvo
cercados en Carrión. Mas al poco tiempo los Magnates
Leoneses y Castellanos le obligaron á levantar el sitio; y
los dos Reyes viéndose libres y desembarazados de aquel
estorbo, creyeron que podían continuar ventilando sus
diferencias, si bien parece que D.^ Urraca pronto comen-
zó á llevar la peor parte (1).
En esto llegaron los Legados de Galicia con las pro-
posiciones que hemos indicado. Antes de decidirse á to-
mar un partido, la Reina quiso aconsejarse con el Conde
D. Fernando, que era uno de sus más íntimos confiden-
tes (2). Dirigióle una larga arenga en la que expuso to-
dos los antecedentes que pudiesen ilustrar al Conde, y
le pusiesen en estado de formar cabal juicio acerca de
la conveniencia de lo que se pedía. Le manifestó cuál
había sido la última voluntad de su padre D. Alfonso VI
respecto de la sucesión al Trono y de la suerte de su
único nieto legítimo. Le expresó que ella, sólo forzada,
se había unido á D. Alfonso de Aragón en nefando y
execrable matrimonio. Hízole relación de las violencias,
(1) Véase I). Alonso VII Rey de Galicia, cap. IX, pág. 22.
(2) Este Conde acaso sea el poderoso Fernando García, de que hace
mención el Anónimo de Sahagún en el cap. XXI. En este supuesto no sería
descaminado el pensar que este D. Fernando, fuese hijo del Rey de Galicia
J). García, toda vez que D.** Urraca le llama su pariente consanguíneo.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA 1. COMÍOSTELANA 361
ultrajes y maltratamientos sinnúmero, de que había sido
blanco por parte del Rey de Aragón. Describió con los
más negros colores, tal vez algo exagerados, los males,
las ruinas, la desolación que en todo el reino causó su
pretenso marido. No omitió hacer mención de los traba-
jos, persecuciones y molestias de todo género que sufrió
el belicoso Conde de Traba (á quien llama modelo de
fortaleza, fídei firmitate fortissimum) por salvar al Príncipe,
que en sus brazos había depositado D. Alfonso VI á la
hora de su muerte (1).
— «Yo creo, señora, respondió en substancia D. Fer-
nando, que por ningún concepto debéis permitir, que se
retarde por más tiempo lo que el Prelado compostelano
y el Conde de Traba intentan ejecutar (2). Antes por el
contrario, juzgo que lo que en las actuales circunstan-
cias os aconseja la prudencia, es, que pongáis vuestra
suerte y la de vuestro hijo D. Alfonso en manos de tal
Obispo y de tal Conde. Yo mismo me ofrezco á ir perso-
nalmente á Santiago á hacerles saber vuestros deseos, á
comunicarles las instrucciones que tengáis á bien darme,
y á ponerme á sus órdenes para todo cuanto de mí pi-
dan» (8).
(1) Qnocirca bellicosiim Comitein Petrum fidei firmitate fortissimum
dirá machinatione perditum iré raoliebatur (Rex Aragonensis), eo quod
fidus Infantuli nutritius nulla tribulatione vel molestia ab eius fidelitat^
separari poterat, cui dominium Patre meo praecipiente in Legione eivitate
iuraverat. (lÜst. Compost., lib. I, cap. LXIV).
(2) La Compostelana sólo hace mención en este pasaje (lib. I,
cap. LXV, pá.g. 118) del Prelado de Santiago; pero no es de creer que ni
D.* Urraca, ni D. Fernando, hiciesen caso omiso del Conde de Traba, siendo
así que por ella misma sabemos (lib. I, cap LXIIl) que los Legados envia-
dos á la Reina, iban en representación del Obispo y del Conde.
(3) Hist. Compost., lib. I, c^p. LXV.
362 LIBRO 9EGU1ÍD0
Por las palabras del Conde D. Fernando, y por el
modo de expresarse de la misma D.^ Urraca, se ve que
la situación de ésta era entonces bastante apurada.
Probablemente ya se liabian realizado las previsiones
de los caballeros que la descercaron en Carrión, cuando
decían que no tardaría muchos días en arrepentirse de
su segunda reconciliación con el Monarca aragonés (1).
Viéndose, pues, D.^ Urraca en inminente rompimiento
con D. Alfonso el Batallador (2) y enemistada con el
Conde D. Enrique, al cual había engañado miserable-
mente, era natural que buscase un apoyo en que afian-
zarse, un valedor en cuyas manos pusiese su suerte.
Aceptó, por tanto, la generosa oferta del Conde D. Fer-
nando, é inmediatamente lo despachó á Santiago. El
mismo día de su llegada enteró D. Fernando á Gelmírez
del objeto de su misión, y le manifestó cuan grata era
á la Reina la empresa que meditaba. Desde este mo-
mento D. Diego no se dio punto de reposo hasta llevar á
cabo los proyectos que había concebido de acuerdo con
el Conde de Traba. La principal dificultad estaba en
arrancar al Príncipe de manos de Arias Pérez y sus
compañeros, toda vez que éstos se habían manifestado
dispuestos á cometer la avilantez de convertir á D. Al-
fonso en precio de su impunidad. Toda aquella noche
pasó D. Diego excogitando algún medio de conciliar la
libertad de D. Alfonso con la punición de los culpables;
(1) Ante de muchos días se arrepentiría la Reina de su segundo matri-
monio. {Anónimo de Sahagún, cap. XXIII).
(2) Como dice Herculano (Historia de Portugal, tom. I, pág. 235)
«cuando D.'*" Urraca se divorciaba de su marido, se unía á los partidarios de
Su hijo, y cuando se reconciliaba con aquel, se mostraba adversa á éstos.»
LOS THKS PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 36B
pero al fin, comprendiendo que se fatigaba en vano,
resolvió renunciar á toda pretensión de castigo y enviar
un seguro y salvoconducto á Arias Pérez y á sus cóm-
plices para que entregasen al Principe. Estos contesta-
ron, que estaban prontos á hacerlo con tal que el Con-
de de Traba les diese por su parte otro seguro como el
del Prelado. El Conde D. Pedro hizo gustoso este nue-
vo sacrificio en obsequio de su real pupilo, y en el día
señalado por Gelmírez, previo juramento pedido por éste
de que no se ofenderían, ni molestarían en lo más míni-
mo, se juntaron todos en Puente Cesures, cerca de
Padrón. Arias Pérez trajo al Príncipe del castillo de
Pena-Corneira en donde había permanecido durante
todo este tiempo bajo la custodia de Pedro Arias (1).
Hallábanse también presentes Fernán Sánchez, Pelayo
Gudésteiz, Oduario Ordóñez y los demás jefes de la Her-
mandad. D. Diego Gelmírez rogó de nuevo al Conde
de Traba, que no quisiese perseguir los gravísimos ul-
trajes é injurias de que habían sido objeto tanto él, como
los suyos; y dadas luego de una parte y de otra, las
explicaciones y satisfacciones que se estimaron necesa-
rias, el Conde y los jefes de la Liga firmaron, bajo jura-
mento, un tratado de paz y alianza, salva siempre la
fidelidad debida á la Iglesia y al Príncipe. Arias Pérez
ya no titubeó un momento en entregar el augusto niño
á D. Pedro, que lo recogió gozoso, y en medio de inmensa
ovación, lo llevó á ^ morada á Santiago. Al mismo
tiempo, pudo el Conde abrazar á su esposa y á sus hijos,
á los cuales también se había devuelto la libertad.
Ya nada faltaba para que pudiera precederse á la
(1) Hist. Composf., lib. I, cap. LIX.
Ú64: LIBEO SEGUNDO
coronación del Príncipe. Señalóse el próximo domingo,
17 de Septiembre (1) de dicho año 1111, parala cele-
bración de tan fausta solemnidad. A la hora convenida,
salió de la Catedral una gran procesión formada por
todo el numeroso Clero de la Iglesia compostelana, pre-
sidido por su Obispo, vestido de Pontifical. Recibido el
Príncipe, el Prelado lo colocó á su derecha, y en esta
forma lo acompañó hasta el Altar del Apóstol. Las na-
ves del Templo estaban cuajadas de compacta muche-
dumbre, ávida de contemplar de cerca las facciones de
aquel niño de siete años, en quien estaban simbolizadas
la salvación y la prosperidad de la patria. Llegados al
Altar, D. Diego le ungió solemnemente según el cere-
monial proscripto, puso en sus manos el cetro y la espa-
da, orló sus sienes de magnífica diadema de oro, y lo
hizo sentar en el Trono pontifical. Celebróse después
con toda pompa la Misa mayor; y concluida, el Obispo
condujo al nuevo Rey á su palacio, en donde se hallaba
preparado un espléndido banquete. Todo lo más selecto
y granado de la aristocracia gallega, se hallaba reunido
en aquel sitio. El Conde D. Pedro hizo de repostero ma-
yor; sus hijos D. Rodrigo y D. Bermudo servían, el pri-
mero, de alférez ó portador de las armas reales, y el
segundo, de escanciador; y su yerno D. Munio, presen-
taba al Rey los manjares. Durante el convite, recreaban
el oído escogidos coros de voces é instrumentos, ejecu-
tando melodiosos himnos de gozo y exaltación; y la ale-
(1) Como el P. Flórez parte del supuesto de que estos sucesos tuvieron
lugar en el año 1110, cree que el día señalado para la coronación fué el 25
de Septiembre, pues en este día cayó en dicho año la Dominica Justus es,
Domine^ 6 sea la XVII posf Pentecostem.
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 365
gría que se respiraba en aquel lugar, se difundía por
todos los ángulos de la dichosa Compostela (1).
El Príncipe D. Alfonso no era un lazo de unión iner-
te, sino eficaz y enérgica. Al día siguiente de su corona-
ción, algunos de los caballeros reunidos en Santiago, es-
timulados tal vez por el Conde D. Fernando, mensajero de
D.^ Urraca, propusieron que lo que procedía era llevar
al Rey á León, y sentarlo con su madre en el Trono que
habían poseído sus mayores. Ni á D. Diego Gelmírez, ni
al Conde de Traba desagradó la idea; pero juzgaron que
antes era conveniente someter al dominio del Príncipe
la rebelde ciudad de Lugo. La cual seguía aún la voz
del Rey de Aragón, y continuaba convertida en guarida
de malhechores. Reunióse con este motivo un considera-
ble núcleo de fuerzas; mas antes de pasar á vías de he-
cho, se envió un parlamentario á los Lucenses intimán-
doles la rendición. Los cuales, para no incurrir en caso
de alta traición, abrieron las puertas de la ciudad á su
Señor natural, que con esto acabó de extirpar las últi-
mas raíces de la dominación aragonesa en Galicia (2).
Entonces pudo ya pensarse en organizar la expedi-
ción á León. Movió de Lugo el ejército expedicionario,
compuesto de 266 hombres de armas á las órdenes del
Conde de Traba. Acompañaban también al Principe el
Obispo de Santiago y el Legado de la Reina, D. Fer-
nando. Iban los Gallegos siguiendo la antigua carretera
romana, y hasta Viadangos (Fons de Angos), lugar entre
Astorga y León, en donde pernoctaron, no tuvieron tro-
piezo alguno. En la persuasión de que los Aragoneses
(1) Hist. Coinpost., lib. 1, cap. LXVI.
(2) Hist, Compost., lib. I, cap. LXVII.
366 LIBEO SEGUNDO
estaban alejados de aquella zona, no tomaron acaso to-
das las precauciones necesarias; lo cierto es, que cuando
á la madrugada se disponían para proseguir la marcha,
se encuentran poco menos que rodeados de 660 caballe-
ros Aragoneses y 2.000 infantes, perfectamente armados
y equipados. No por eso se amilanaron; toman apresura-
damente las armas, montan á caballo y salen al encuen-
tro del enemigo. El choque fué tremendo y sangriento;
como que no se daba más alternativa, que la de vencer
ó morir. Con los golpes de sus aceradas lanzas rompie-
ron los Grallegos las primeras filas de los Aragoneses,
rompieron las segundas; pero su esfuerzo y su denuedo
tenia que embotarse contra las masas de enemigos que
tenían delante. El Conde de Traba ve á los suyos ren-
didos de fatiga; ve que el enemigo con su muchedumbre
se iba extendiendo por todas partes; ve á su Rey en
riesgo de caer en manos de los Aragoneses. Esto lo enar-
dece y exalta su fiereza, y queriendo, á costa de su li-
bertad y aún de su vida, salvar la de su Príncipe, se
lanza en medio del enemigo sembrando en su derredor
el espanto y la muerte. D. Pedro vio caer exánime al
generoso Conde D. Fernando, que probablemente iba á
su lado, y él mismo cayó al fin prisionero (1); pero vio
también cumplido su objeto, vio que su pupilo, gracias
á su esfuerzo, pudo ser puesto en salvo y sacado del pe-
ligro por mediación de D. Diego Gelmírez. Afortunada-
mente, la madre no se hallaba muy distante, y en sus
(1) Animosus comes Petrus, qui in medias hostium proruperat acies,'
]>ost acerriinam et diutuniam in liostcs ultioiiem, iiialuit bellando captus
esse, quam campum inhonesto dimitiere. (Ilist. Compost., lib. I, ca-
pítulo LXVIII).
LOS TBE9 PBIMEEOS SIGLOS DE Lá. I. COMPOSTELANA 3G7
brazos corrió á depositarlo el Prelado compostelano. Y
D.^ Urraca, á la vista del peligro que había corrido su
tierno vastago, sintiendo que su corazón se encendía en
maternal ternura, lo recibió con las demostraciones más
significativas de amor y de cariño.
Hecho esto, D. Diego se recobró en Astorga que, por
ventura, se hallaba defendida por el Conde de Lemos y
Sarria, D. Rodrigo Vélaz. Allí permaneció tres días para
recoger los heridos y dispersos, y con los restos que pudo
reunir del ejército expedicionario, dio vuelta para Gali-
cia, en donde ya comenzaba á sentirse alguna inquietud
y agitación. Mas el prudente Prelado, para que no de-
cayese el espíritu público y no enfriasen los partidarios
de D. Alfonso, convocó á todos los principales caballeros
Gallegos, y les hizo renovar el juramento de fidelidad á
D/ Urraca y á su hijo (1).
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LX VIII. — En el lib. II, cap. Lili, pá-
gina 365 se añade, que antes de la batalla el Rey de Aragón había encarga-
do á diez de sus más esforzados guerreros, que buscasen con todo empeño á
D. Diego Gelmírez, y se lo llevasen prisionero. Además de los motivos gene-
rales que á D. Alfonso movían para estar enemistado con el Obispo com-
postelano, como lo estaba con todos los que se oponían á sus insensatas
pretensiones, tenía otro especial, y eran las instigaciones del Obispo depues-
to de Santiago, D. Diego Peláez, el cual, como liemos dicho, se había refu-
giado en los estados de Aragón, y conservó siempre gran inquina hacia Gel-
mírez. Este, em})ero, se salvó casi milagrosamente de tan bien ordenadas
asechanzas.
^^^^t^^l''^^^^t^^^'¥^^^^^'l''5^J^'^^^
CAPITULO XY
Espantosa anarquía que en los Estados cristianos se siguió
á la ilícita unión de D.^ Urraca con D. Alfonso de Aragón.
— Actitud de Gelmírez en tan terrible crisis.
UANDO D."" Urraca
acogió entre sus
brazos á su tierno
vastago después de
la rota de Viadan-
gos (lo cual debió
acontecer á fines
de Octubre de 11 11), ya se hallaba en guerra abierta
con el Rey de Aragón. Al mismo tiempo, en Castilla y
León, reinaba la más lamentable contusi(')n y discordia,
de modo que á la Reina no lo era posible hallar allí base
Tomo 111.-24.
1^70 LIBRO SEGUNDO
segura para rehabilitar su autoridad y prestigio. Por
esto formó propósito de venir á Galicia, en donde con-
fiaba allegar recursos suficientes para luchar con venta-
ja contra los Aragoneses. Ante todo, preparó á su hijo
mansión segura y tranquila en la inexpugnable fortaleza
de Orcillón, sita, al parecer, en Castilla; y libre de este
cuidado, atravesando á Asturias, tomó el camino de Ga-
licia, y en poco tiempo visitó sus principales ciudades.
He aquí como la Compostelana describe su expedición
á Galicia: «Encaminándose D.^ Urraca, después de de-
jar á su hijo en Orcillón, hacia los ásperos y pedregosos
montes de Asturias, pasó por Oviedo. Llegando á Lugo,
movida por divino impulso, entró en vivísimos deseos de
venir en penitencia á visitar el Templo de Santiago.
Vino, pues, á Compostela, y al entrar en la apostólica
Iglesia, postrada entre las rejas del vestíbulo y las del
Altai^ y levantando las manos al cielo, dirigió al Señor
esta fervorosa oración: — «Señor Jesucristo, que por dis-
posición del Padre y cooperando el Espíritu Santo, os
habéis dignado restaurar á costa de vuestra propia san-
gre el mundo perdido por la prevaricación de Adán, os
ruego y suplico humildemente, que sea vuestra volun-
tad, piadosísimo Salvador nuestro, que el reino de Espa-
ña, poseído con tanta felicidad por mi padre Alfonso, y
ahora, después de su muerte, tan desolado y revuelto
por el cisma y tiranía del Rey de Aragón, por la dulcí-
sima intercesión de vuestro Apóstol Santiago, cuyos
gloriosos restos descansan en este venerando lugar, sea
dado al legítimo dueño, y recobre la paz, para que vues-
tros fieles puedan vivir tranquilos y dedicarse á serviros
á Vos, Dios vivo, por los siglos de los siglos.» — Concluida
esta plegaria, se santiguó y se puso en pie, y el Prelado
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 371
de este lugar, con todo su respetable Clero, la agasajó
como era debido, y la condujo á los Palacios episco-
pales» (1).
D.^ Urraca llegó á Santiago á mediados de Abril
de 1112. Al día siguiente de su llegada, volvió á la Igle-
sia, y ante el Altar del Apóstol, por su salud y la de
todo el reino, y por su alma y las de sus padres, ofreció,
contrita y humillada, varias casas y solares en Santia-
go que eran de la Voz Real, y todo lo de infantazgo que
había entre los ríos Ulla y Tambre (2). Mas esta dona-
ción no se redujo á escritura pública hasta un mes des-
pués, como luego veremos.
Como la Reina no perdía de vista el principal obje-
to por que había venido á Galicia, convocó Cortes en
Santiago para el domingo de Pascua, que aquel año
cayó en 21 de Abril (3). Fueron citados los Magnates de
Galicia, y todos los que tenían señorío ó ejercían juris-
dicción. Concurrió, entre los primeros, el valiente y leal
Conde de Traba (strenuus et fidelis comes Petrus, dice la
CompostelanaJ , con su hijo í). Bermudo. Asistieron tam-
bién D. Rodrigo Vélaz, Conde de Sarria, D. Munio Pe-
láez. Conde de Monterroso, D. Gutierre Bermúdez, Con-
de de Montenegro, D. Alfonso Muñiz, Conde de la Limia,
D. Gómez Núñez, Conde de Toroño, D. Fernando Yá-
ñez, Munio Gelmírez, etc., y en representación del es-
tado eclesiástico, los Obispos y principales Abades galle-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXIX.
(2) Hist. Compost. y lib. I, cap. LXIX.
(3) El P. Flórez (Esp.Sag., tom. XX, pág. 12(>), partiendo siempre del
supuesto de que estos sucesos tuvieron lugar en el año lili, cree que las
Cortes í'ueron convocadas para el 2 de Abril, que fué el día eu que en dicho
año cayó la Pascua.
372 LIBRO SEGUNDO
gos. Hallábanse, además, presentes algunos caballeros
castellanos que acompañaban á la Reina, como D. Gu-
tiérrez Fernández de Castro, Mayordomo o jefe de la
Real Casa. Abiertas las Cortes, D.^ Urraca expuso á los
concurrentes el objeto por qué los había llamado, que
era saber si podía contar con ellos para hacer la guerra
al Monarca aragonés hasta expulsarlo de León y de Cas-
tilla. Todos unánimemente respondieron que por la Rei-
na y por su hijo D. Alfonso estaban dispuestos á derra-
mar hasta la última gota de sangre, que irían hasta
donde ella los llevase, ó á donde quisiera que fuesen, y
lucharían sin tregua hasta ver más allá del confín de
Castilla al tirano aragonés.
Quince días se detuvo en aquella ocasión D.^ Urraca
en Santiago. Pasada la Pascua, se encaminó á Tuy, en
donde se hallaba el 28 de Abril, y luego continuó reco-
rriendo los demás pueblos de Galicia.
A mediados de Mayo hallábase de nuevo la Reina
en Santiago, y entonces fué cuando hizo extender y for-
malizar la donación que había hecho un mes antes. Do-
nó en primer lugar, como hemos dicho, todo lo de infan-
tazgo (1) que había entre el Ulla y el Tambre, y que
estaba anexo al Monasterio de Talohre (San Andrés de
(l) Lo de infantazgo finfautaticunij eran los bienes de iglesias y Mo-
nasterios que habían poseído por disposición de su padre D. Fernando I,
las Infantas D.*^ Urraca y D.* Elvira. «Omnia vero totius regni monasteria
(dice el Cronicón Compostelano en la Esp. Sag., tom. XX, pág. GOD), suis
duabus.filiabus Urrachae, scilicet, et Geloirae, hereditario jure tenenda et
possidenda concessit (Rex Fredenandus).» A la muerte de las Infantas
todos estos bienes (¿uedaron devueltos -k la Corona; ¡jero para indicar su
))rocedencia y distinguirlos de los de realengo, se los designaban cou la
denominacióu de iufautaz;{o.
LOS THES PRIMEROS SIGLOS DB LA I. COMPOSTELANA 373
Trobe). Donó, además, todo cuanto la Iglesia de Mondo-
fiedo había poseído entre dichos ríos y en Pausada (San
Lorenzo de Pousada). Cedió igualmente todos los siervos
y heredades que pertenecían á la Voz Real en Postmar-
cos y en Noya, á saber, la iglesia de San Vicente de
Skpahna (Cespón), Trevonium (Taragoña), Mojiiimenta
(Moimenta), Corronium (Corono), Verrlmes (Berrimes),
CircUes (Cirquides), y otras que pueden verse en la Cotn-
poHelana flj, y cuya correspondencia ya no es fácil ha-
llar. En Santiago donó D.^ Urraca un cortijo que había
sido de su abuelo D. Fernando I; cuatro casas, dos de
planta baja, y otras dos de un piso, que le habían tras-
pasado los hermanos Gonzalo y Diego Al vi tez (Aloitici),
y habían sido de Gonzalo Alfonso: otras cuatro casas que
fueron de D. Froilán Díaz, dos de un alto, una de plan-
ta baja en Valle míhorum (Rúa del Villar), y la cuarta
junto á la de Arias Díaz; y otra casa que fuá de Doña
Mayor Díaz, junto á la de Juan Struartdez, con todas las
demás casas y heredades que dicha D.^ Mayor Díaz ha-
bía poseído entre el UUa y el Tambre, y con las per-
tenencias á estas haciendas anexas fuera de los mencio-
nados ríos. Dio, asimismo, todo lo de realengo entre los
repetidos ríos, y lo que entre los mismos poseía proce-
dente del Monasterio de Sobrado. Otorgó, por último,
que si alguno á mano armada arrebatase alguna cosa
en el territorio comprendido entre los ríos Ulla y Tam-
bre, y entre el Iso, afluente del Ulla, y el mar, sea mul-
tado en 6.000 sueldos para la Iglesia compostelana; y
(jue si alguno en las tierras (Je la Iglesia de Santiago
luciese algún embargo sin contar con el alguacil del
(1) Lib. I, cap. LXX. — Véanse Apéndices, niim. XXVIl,
374 LIBKO SEGUNDO
Obispo, pague 500 sueldos y restituya, al doble, lo que
hubiese embargado. Eu este documento, que está datado
á 14 de Mayo de 1112, hace D.^ Urraca referencia al
Diploma otorgado por D. Alfonso VII el día de su coro-
nación en Santiago (17 de Septiembre de 1111), que no
existe, y al concedido por ella misma en 13 de Diciem-
bre de 1107, al tiempo de la muerte de su esposo Don
llamón.
Como D/^ Urraca veía que las arcas de su erario no
padecían de plétora, solicitó del Prelado y Cabildo com-
postelano, que le suministrasen alguna suma considera-
ble de dinero, con la cual pudiese hacer frente á las
muchas y gravísimas atenciones de la guerra. Los Mi-
nistros de la Iglesia compostelana, reconocidos á los sin-
gulares beneficios que acababan de recibir de la Reina,
no titubearon un momento en poner á su disposición
cien onzas de oro y doscientos marcos de plata (1).
Por este mismo tiempo, D.^ Urraca quiso premiar
de un modo especial la lealtad y los relevantísimos ser-
vicios del Conde de Traba y de su esposa D.^ Mayor
Guntroda. A este efecto, hizo despachar en su favor un
honroso Diploma, en el cual la Reina recuerda los leales
servicios que ella y su hijo habían recibido del Conde, y
como éste había sido criado en casa de su padre D. Al-
fonso VI. Dónale el coto de Varzena (Barcia) en Deza,
con todas sus pertenencias así en Deza, como fuera, en
Camba, en Castela, en Cusanca, en Montes y en Saines.
Concédele, también, en tierra de Trasancos, junto á. Fe-
rrol, la iglesia de San Saturnino con sus cotos y hereda-
des; y en tierra de Nendos el castillo de Leiro, con sus
^1) Hist, Com^fosty lib. I, cap. LXXI.
LOS TUES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMÍOSTELANA 375
siervos, el Karitel y demás derechuras. Fué fechado este
Privilegio en Mayo de 1112, y aparece subscripto por
todos los Magnates, así seglares, como eclesiásticos, que
formaban la Corte de D.^ Urraca en Galicia (1).
Después de la muerte de su padre hasta esta fecha,
dos veces vino D.^ Urraca á Galicia: la primera, para
reprimir y castigar la osadía de los que proclamaron
contra su voluntad Rey á su hijo; la segunda, para bus-
car el apoyo y el favor de aquellos mismos á quienes
antes había querido perseguir. Así ruedan las cosas hu-
manas. Satisfecha, no obstante, debió quedar la Reina
de la acogida que en esta ocasión halló en Galicia. To-
dos se le brindaban con sus personas y con sus haberes
para ayudarla y sostenerla en la encarnizada lucha que
tenía empeñada con el Rey de Aragón. Y D.^ Urraca,
tan pronto como hubo reunido en Galicia todos los ele-
mentos necesarios para reanudar con nuevo vigor las
operaciones de la guerra, y tan pronto como el deshielo
de las nieves que la crudeza del riguroso invierno ante-
rior liabía acumulado sobre los montes 3^ sobre los valles
permitió moverse á las tropas, emprendió la marcha
hacia Castilla.
Al llegar á Triacastela, considerando la Reina que
no quedaba en Galicia ninguna persona de bastante
autoridad y prestigio que pudiese mantener el orden, y
conjurar cualquiera conñicto que por ventura surgiese,
de acuerdo con el Conde de Traba y demás Magnates
que la acompañaban, aconsejó á D. Diego Gelmírez
que, por lo que pudiera ocurrir, diese vuelta para San-
tiago, y preparado para cualquiera evento, permanecie-
(1) Véanse Apéndices, núra. XXVIII.
376 LIBEO SEGUNDO
se en el país (1). Desde Astorga, y mientras se daba
algún descanso á los peones y bagajeros, despachó co-
rreos á Asturias, tierra de Campos y Castilla, para que
los caballeros que en dichos países seguían su bandera,
viniesen á incorporarse al ejército expedicionario.
Si D.^ Urraca hubiera procedido con la cordura y
sensatez que demostró de esta vez mientras permaneció
en Gralicia, sin duda no habría dado lugar á que el au-
tor del Cronicón Compostelano dijese de ella que había
reinado tyrannice et mtiUehriter.
D. Alfonso de Aragón no se había descuidado duran-
te la permanencia de D,^ Urraca en Galicia. El domin-
go de Ramos, 14 de Abril de 1112, estando en Sahagún,
arrebató por su propia mano un precioso Lignum Crucis
que se guardaba en aquel Monasterio (2). Las iglesias
de León, particularmente la de San Isidro, fueron des-
pojadas por la soldadesca del Monarca aragonés de todo
cuanto objeto rico y de valor poseían. No sólo el Anóni-
mo de Sahagún f sino la Compostelana, D. Lucas de Tuy,
tanto en el Chronicón Mundi, como en el Libro de los Míla-
(¡ros de San Isidoro, y hasta el Abad de Cluny, Pedro el
Venerable (3), hablan de los excesos de todo género á
que se entregaron los aventureros que traía á sueldo el
Rey de Aragón.
Mas al tener noticia de la proximidad de D.''^ Urraca,
reunido numeroso ejército, quiso cerrarle el paso é im-
pedir, al menos, que pasase más allá de Astorga. Hizo
venir de Aragón 300 caballeros armados de loriga (mili'
(1) HisL ComposL, lib. I, cap. LXXIV.
(2) Anónimo de /Sahagún, cap XXV.
(3) De Miraculis, lib. II, cap. XXVIII.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELAKA 377
tes loricatos); los cuales no pudieron impedir que fuese
completamente derrotado y que tuviese que encerrarse
en Carrión, en donde fueron á cercarle las tropas de
D.^ Urraca (1).
El cerco duró mucho tiempo (dkdurno tempore, dice la
Compostelana) , y mientras tanto pudo darse á las cosas
algún asiento en los Estados de León.
La lucha, empero, continuó con gran encarnizamien-
to y varia fortuna. El país se hallaba profundamente
dividido, y carecía de un centro que aunase y agrupase
sus fuerzas vivas. La nobleza y el Clero estaban por Do-
ña Urraca; los burgueses apoyaban á D. Alfonso. La
nobleza, con raras excepciones, tenía como humillación
el ser mandada por un reyezuelo extranjero (2); y el
Clero no podía contemplar con buenos ojos las violacio-
nes y sacrilegios que con el mayor desenfado perpetra-
ba, ó consentía, el Rey de Aragón, ni podía olvidar que
el origen de todos estos males y de todas estas discor-
dias, era un matrimonio reprobado y nulo. Los burgue-
ses se contentaban con D. Alfonso por la libertad, ó
más bien impunidad, en que los dejaba; y luego la co-
mezón innata en el pueblo de querer experimentar
siempre el trato de nuevo Señor, los alejaba de Doña
Urraca, y los impelía hacia el Rey de Aragón. Por él
estaban los burgueses de Nájera, los de Burgos, los de
Carrión, los de Falencia, los de Sahagún y hasta los
de León.
Sin embargo, el continuo guerrear y la poca espe-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXIII.
(2) Crudelem regulum Aragonensem, lo llama la Compostelana, 1¡I». I,
cap. LXXIII.
378 LIBBO SEGUNDO
ranza de una solución satisfactoria, con más la índole
mudable de la Reina, que aborrecía á D. Alfonso, pero
que no podía vivir sin marido, fueron preparando los
ánimos á aceptar cualquier cosa que tuviese trazas de
composición. Estipulóse, pues, como si dijéramos un mo-
dus vivendi, ó mejor un capcioso acomodamiento, en vir-
tud del cual cada parte se quedó con lo que á la sazón
poseía y se allanó á no inferir á la otra molestia, ni
daño alguno, so pena de perder todo cuanto retuviese.
Para mayor seguridad, se entregaron de un lado y de
otro, varios castillos y fortalezas, que sirviesen como de
prenda para la mayor fuerza y validez del contrato, y
todos los partidarios del Rey de Aragón, y algunos de
los de D.^ Urraca (entre ellos el célebre D. Pedro Ansú-
rez), juraron guardar y hacer guardar inviolablemente
este convenio, protestando que entregarían á D.^ Urra-
ca las fortalezas que tenían por el Rey de Aragón, si
éste quebrantase en lo más mínimo los artículos conve-
nidos, ó viceversa, si D.^ Urraca resultase transgresora
de este arreglo (1). Estipulóse, á lo que parece, esta
mentida sombra de conciliación en Peñafiel, cerca de
Valladolid.
Los manipuladores de tal convenio, para allanar
más fácilmente el ánimo de la Reina, y para que ésta
no reparase en lo que perdía, procuraron fascinarla con
el brillo de las riquezas que había en Aragón, proceden-
tes del Rey moro de Zaragoza. D.^ Urraca cayó en el
(1) Eodem tempore Aragonensis tyrannus, et Regina Urraca, simulato
iterura nomine pacis, foedera concordiae inter ae composueriint, ut altor ab
altero castella et munitiones quadam argumentosa machinatíone abstrahe-
jrent. Veram tamen, etc.... (Hist. Compost., lib. I, cap. LXXX, pág. 143).
LOS TEES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 879
lazo; dejó su Reino y se fué á Aragón; abandonó lo suyo
con el afán de mandar lo ajeno; y no fué poca dicha la
suya, si pudo burlar los intentos de D. Alfonso, que que-
ría encerrarla, y encerrarla para siempre, en el castillo
de Peralta (1). Debió esto acontecer á fines del año 1112.
Los Gallegos, que con su jeje el Conde de Traba ha-
bían soportado el peso de la campaña, con tan inopina-
do desenlace, se retiraron no poco mohínos á su país,
que continuaba agitado por violentas convulsiones.
La gran fuerza expansiva que en aquella época con-
tenía la sociedad en su seno, la precisaba á verse en
estado de tensión continua y de febril agitación. En
nuestra Península había un motivo más para esta fer-
viente excitación. La toma de Toledo fué un hecho que
conmovió á Europa, y la dispuso á la conquista de la
Tierra Santa. La fama de tal acontecimiento atrajo á
España gran número de extranjeros. Franceses, Alema-
nes, Italianos, especialmente Lombardos, que vinieron
á establecerse en nuestro país, ansiosos de contemplar
de cerca los resultados de tan glorioso triunfo. Estos
nuevos y diversos contingentes, que venían á ingerirse
é incorporarse con la masa de la nación, traían sus in-
clinaciones, sus hábitos y sus costumbres peculiares; no
se distinguían por su amor á la quietud y al reposo, an-
tes bien, presentaban siempre tendencias á la movilidad
(1) < Y los Consejeros del Rey, dice el Anónimo de Sahagñn, (capítu-
lo XXIV), prometían á la Reyna í^randes tesoros que habían en Zaragoza;
y los intentos de ellos eran, que entrando la Reina en Aragón, luego fuese
presa on un castillo de Peralta, que es muy fuerte, y on ella dos damas,
para que sirviesen, y que ai estuviese hasta que muriese.»
La Compostelana, lib. I, cap. LXXX, dice: c Tandera rupto foedere eam
(Reginam) de regno suo expeliere voluit (Rex Aragonensis).»
380 LIBllO SEGUNDO
y á la vagancia. Así como un lago tranquilo se pone en
movimiento y agitación, cuando con sus aguas se mez-
clan nuevas corrientes, así también la fogosa población
española se sintió perturbada por las extrañas corrien-
tes que se movían en su seno. Y en donde este movi-
miento y esta agitación se dejaba ver con mayor inten-
sidad, era en los centros municipales.
En los pocos días que D. Diego Grelmírez estuvo au-
sente de Santiago, al tiempo de su prisión en Cástrelo
de Miño, ya el orden y la paz pública comenzó á alte-
rarse entre los burgueses compostelanos. Unos hombres
malvados y perdidos, aprovechando la ausencia del Pre-
lado, urdieron una conspiración para asesinar á un
honrado Arcediano, que sobresalía entre todos por su
religiosidad y por su amor sincero á la rectitud y á la
justicia. Sólo providencialmente pudo escapar de las
manos de sus perseguidores, los cuales, venido D. Diego,
fueron procesados y sentenciados á servir perpetuamen-
te á los Ministros de la Iglesia compostelana (1).
Mas entonces en Galicia el Príncipe de los inquieta-
dores y revoltosos era Arias Pérez, el cual, por su fácil
palabra y por la prontitud con que hallaba recursos
para todo, se imponía sin violencia entre todos sus ca-
maradas. Cuando en la Cuaresma del año 1112 convocó
D.^ Urraca en Santiago á todos los nobles de Gralicia,
Arias Pérez, que aún continuaba enseñoreado del casti-
llo de Lobeira, tuvo osadía bastante para presentarse
delante de la Reina. La cual no le dio señal ninguna de
desagrado; pero Arias Pérez, comprendiendo sin duda
que sus méritos no eran para tanto, juzgó que en la ac-
(1) fíisf. Cotnposf., lib. T, cap. LXII.
I
Los TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 881
titud de D.^ Urraca debía haber algo de afectación. El
Viernes santo desapareció de Santiago, se encerró en
Lobeira, y se preparó para rechazar cualquiera ataque.
Aquella misma noche, hallándose presente D.^ Urraca
á los Maitines en la Catedral, se le dio cuenta de lo que
pasaba. Juzgó, no obstante, prudente no tomar deter-
minación alguna, hasta después de pasadas las próximas
fiestas. El lunes de Pascua salió con su ejército de San-
tiago en dirección á Lobeira. No esperaba Arias Pérez
verse tan pronto atajado en sus intentos, pero en aquel
gravísimo apuro apeló á uno de sus acostumbrados ex-
pedientes. Salió al encuentro de D.^ Urraca, y afectan-
do gran tranquilidad y confianza, le dijo que se rendía
á discreción, que todo lo ponía en sus manos, y que
todo lo esperaba de su clemencia. Los compañeros de
Arias Pérez, viendo la familiaridad con que éste cabal-
gaba al lado de la Reina, juzgaron que ya nada tenían
que temer, y se acercaron á la regia morada. D.^ Urra-
ca, viéndolos á todos reunidos, ordenó al punto que se
les echase la mano, y los pusiesen en hierros, hasta que
entregasen todos los castillos de que estaban apodera-
dos (1). Pronto recobraron, no obstante, la libertad, me-
diante la entrega de los castillos ó de rehenes; y la Rei-
na, al ponerse en marcha para Castilla, se contentó con
dejarlos confinados entre las escabrosidades de las sie-
rras que por el Oriente limitan á Galicia.
El fuego de la insurrección no quedó por eso extin-
guido, y en el país quedaban bastantes materiales para
que á la primera ocasión (y no había de tardar) se de-
clarase con espantosa voracidad. No todos los Gallegos,
(1) Hiit. Compoüt., lib. I, cap. LXXII.
382 LIBBO SEGUNDO
que iban bajo las banderas de D."" Urraca, se prestaban
de buena voluntad á alejarse de su patria, y á correr
todas las aventuras de una encarnizada guerra. Algu-
nos, ya antes que la Reina hubiese traspasado los puer-
tos, se desbandaron, y entre ellos el turbulento caballero
Pelayo Gudésteiz. El cual, con Rabinado Muñiz, deser-
tor también, lo primero que hizo, después que abandonó
las filas del ejército expedicionario, fué buscar á Arias
Pérez y á sus amigos. Todos, de común acuerdo, resol-
vieron declararse partidarios del Rey de Aragón, le ju-
raron obediencia, y aprovechando la circunstancia de
hallarse Galicia desguarnecida de fuerzas, se enseñorea-
ron de gran parte del país. No tardaron en imponerse y
hacerse fuertes en toda la comarca comprendida entre
el Ulla y el Miño, y en pasear triunfante de un extremo
al otro la bandera aragonesa, que acababan de enarbo-
lar (1). No fué difícil, sin embargo, á D. Diego Gelmírez
el desbaratar en breve tiempo, con la ayuda de su her-
mano Munio, las poco sólidas huestes de los insurrectos.
Arias Pérez se vio forzado á refugiarse en las asperezas
de los montes, y Pelayo Gudésteiz y Rabinado Muñiz
se encerraron en los castillos de San Pelayo de Luto
(Puente Sampayo) y Ddravo (Darbo, en la ría de Vigo,
cerca de Cangas). No cesaban por eso de maquinar y de
infestar el país con sus correrías; por lo cual D.^ Urraca
escribió al Obispo de Santiago, que no desistiese hasta
desalojar á los rebeldes de sus últimas trincheras. — «No
ignoro. Reverendísimo y Santísimo Señor, le decía, cómo
con vuestro valor y con vuestra prudencia habéis defeii-
dido el Reino de Galicia; cómo habéis expulsado de ese
(1) Hist. Gompost., lib. 1, cap. LXXIV.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 383
Reino, mío y de mi hijo, el Rey Alfonso, á Pelayo Gu-
désteiz, á Rabinado Muñiz, á Arias Pérez y demás trai-
dores que trataban de usurpármelo; cómo habéis resta-
blecido la paz y el orden; y finalmente, cuánto, desde que
me he ausentado, habéis sufrido en defensa de mi Reino-
Por todo lo cual doy gracias á Dios y al Apóstol San-
tiago, y á vos también os las doy, y al dároslas, gozóme
de tener tan buen tutor. Resta ahora que cerquéis los
castillos de Puente Sampayo y Darbo y las demás for-
talezas en que se han refugiado Pelayo Gudésteiz, Ra-
binado Muñiz y esos otros malvados. Esto es lo que os
ruego y pido con todo encai'ecimiento. Y si Dios os con-
cede, por la intercesión de Santiago, que os apoderéis
de dichos castillos y expulséis de ellos á los rebeldes,
dejo á vuestra prudencia el que los retengáis en vuestro
poder, ó que confiéis su custodia á algunos de mis caba-
lleros, que los conserven para mi servicio y para el de
mi hijo el Rey Alfonso. Conservaos bueno, y no demo-
réis poner cuanto antes en ejecución lo que queda
dicho» (1).
Recibida esta carta, D. Diego Gelmírez no se dio paz
hasta satisfacer tan cumplidamente, como le fué posible,
los deseos de la Reina. Dispuso al punto la salida de las
tropas necesarias para sitiar á los rebeldes por tierra, y
ordenó á los Irienses que aprestasen con toda diligencia
sus naves para combatirlos por mar. Una contingencia
inesperada vino, no obstante, á dificultar la ejecución
de estos planes. Por aquellos días había arribado á las
costas gallegas una flota de Ingleses que se encaminaban
hacia Palestina. Pelayo Gudésteiz y Rabinado Muñiz se
(l) Hist. (lomposi., lib. I, cap. LXXV.
384 LIBRO SEGUNDO
entendieron con aquellos extranjeros, los tomaron á
sueldo, y con su auxilio, robaron y saquearon el país sin
consideración de ninguna especie. Los piratas, pues éste
era el nombre que merecían, entraban en las iglesias y
arrebataban todo cuanto hallaban, hasta á las personas
que allí buscaban refugio. Nada les detenía, y sólo aten-
dían á juntar dinero por cualquier medio (1).
A la intimación de Gelmírez, los Irienses se lanzaron
sin tardanza al mar, y al pasar por cerca de la Lanza-
da, se incorporaron con los marineros de este puerto,
que gozaban de fama de muy prácticos y peritos en
cosas de náutica. Formados en orden de batalla se enca-
minaron (Jerechamente al Castillo de San Pelayo de
Luto. Entrando en la ría de Vigo avistaron de lejos cer-
ca de la orilla una birreme que estaba como haciendo
carga. Como instintivamente se les ocurrió que aquella
nave era de los Ingleses (2). Así era en efecto, y en
aquel instante se ocupaban los piratas en cargar los
objetos que habían extraído de una iglesia que acababan
de destruir. Dadas las últimas disposiciones para el
(1) Hist Composf., lib. I, cap. LXXVI.
(2) Sospecha Dozy (Reclierches sur V Histoire ei la LiUér ature de V Es~
pagne; Leyde, 18G0; toin. I, pág. 343 y siguientes), que los Ingleses que en
esta ocasión arribaron á las Costas de Galicia eran isleños de las Orcades
con su iarl (Conde) Hacon Paalsson. El cual, para hacer penitencia por la
muerte alevosa, que había dado á su primo Magno, emprendió el viaje á
Roma y á Jerusalén. Esta conjetura se hace más aceptable, si se tiene en
cuenta que el arribo de los Ingleses á Cxalicia no tuvo lugar en el año 1111,
como, siguiendo á Flórez, supone el ilustre investigador de las antigüeda-
des hispano-arábigas, sino en el siguiente. Lo que no parece verosímil es,
que toda la escuadra de Hacon estuviese reducida á los barcos que tomaron
á sueldo Pelayo (ludésteiz y Kabinado Mufíiz. Es más creíble que el iarl
(le las Orcades siguiese su camiuo, y (j[uc para contentar á los rebeldes Ga-
llegOb destacabb de su flota alguna nave.
LOS TRES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 385
combate, parten á toda velocidad contra la nave enemi-
ga, y descargan sobre ella una nube de dardos y de pie-
dras. La asaltan después al abordaje, y lo mismo á otras
dos naves que habían enviado en auxilio Pelayo Gudés-
teiz y Rabinado Muñiz. Nada pudo resistir al denuedo
de los bravos Irienses y Lanciatenses, los cuales, apode-
rados de las naves y rendidos los piratas, corrieron á San
Pelayo de Luto á presentar á D. Diego los trofeos de su
victoria. El Prelado de Santiago renunció á la quinta
parte que le tocaba de los despojos, á trueque de que
se le entregasen los prisioneros. A todos devolvió la
libertad, bajo juramento de que no volverían á inquie-
tar con sus correrías las tierras de los cristianos (1).
Con esto pudo D. Diego estrechar y activar el cerco
del castillo de San Pelayo. Montó los trabucos y demás
máquinas á propósito para batir los muros: y entretanto
que parte de sus fuerzas se ocupaban en estas manio-
bras, destacó un buen golpe de gente de á pie y de á
caballo, para sitiar el castillo de Darbo, en donde se
hallaba Rabinado Muñiz.
Los defensores del San Pelayo, destituidos de toda
esperanza de auxilio, y viendo que con prolongar la
resistencia, no hacían más que agravar su situación, no
titubearon en salvar su libertad y su vida, entregando
la fortaleza. La caída del castillo de Luto llevó consigo
la de el de Darbo, que se rindió en el mismo día. Dueño
D. Diego de ambas fortalezas, puso en ellas alcaides
que las tuviesen por la Reina y su hijo D. Alfonso.
A Arias Pérez, que con varios amigos estaba espe-
rando en lo inaccesible do las montañas el resultado de la
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXVl.
Tomo III.-26.
386 LIBRO SEGUNDO
defensa de dichos castillos, no le quedó otro recurso que
huir y ocultarse en sus acostumbradas guaridas á la
entrada de Galicia (1).
Entretanto se terciaron sucesos de otro género, en
los cuales vamos á ocuparnos.
Una de las excelencias y prerrogativas de la Historia
de nuestra nación, es hallarse tan íntimamente ligada
con la del Pontificado, que no es posible dar en aquella
un paso, sin tener que consultar y compulsar ésta. Ya
hemos visto como en el año 1110 el Papa Pascual II
escribió á los Obispos de España, y en particular á los
Prelados de Toledo y de Santiago, para que por todos
los medios que estuviesen á su alcance, y aún apelando
á las penas más severas, trabajasen hasta conseguir la
separación de D.^ Urraca y de D. Alfonso. Hemos visto
también que, en efecto, D.^ Urraca se sometió por su
parte á la sentencia, que en nombre del Papa y con
toda solemnidad le notificó el Arzobispo D. Bernardo,
declarando nulo y de ningún valor el matrimonio que
había intentado contraer con su primo el Rey de Ara-
gón (2). Hemos visto, por último, que la Reina perse-
veró poco tiempo en tan saludable propósito, y que trabó
con D. Alfonso una lucha extraña y singular, en la que
no se sabía cuál era más de temer, si la concordia ó la
guerra abierta.
De todo esto enteraron al Papa los Obispos españo-
les, y en particular D. Diego Gelmírez, que, según nos
informa la Compostélana (S), había enviado á Roma
(1) Hid. ComposL, lib. I, cap. LXXVII.
(2) Véase cap. XLV, pág. 339.
(3j Lib. I, cap. LXXIX, pág. 138.
LOS TBES PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 387
repetidas cartas fiterum, iterumqiie litterat miserat). En
ellas exponía el verdadero estado de España; la pertur-
bación de las iglesias, cuyo tesoro había sido saqueado,
y cuyos predios y haciendas se hallaban usurpadas; la
triste condición á que se veían reducidos los Nobles y
Magnates, de los cuales, los que no habían sido asesina-
dos, estaban cargados de cadenas; el mísero estado de los
pobres, perseguidos por el hambre, el frío y el hierro; la
aflictiva situación de los Sacerdotes y Obispos, expul-
sados de sus Sedes, y requeridos como si fueran ladro-
nes ó criminales. De todo lo cual era responsable el Mo-
narca aragonés, que por su ambición desmedida y su
carácter violento y tiránico, nada respetaba, ni de lo
humano, ni de lo divino. Concluía Gelmírez suplicando
al Papa algún remedio, como la misión de alguno de
sus Cardenales, ó de alguna otra persona constituida en
dignidad, que examinando sobre el terreno el estado de
las cosas, invitase á D. Alfonso á reprimir sus feroces
instintos, ó de lo contrario, lo castigase con pena de
anatema (1).
Cabalmente cuando estas cartas llegaban á Koma,
liallábase el Papa empeñado en titánica lucha con el
Emperador Enrique V por la cuestión de las Investiduras,
Mas después que, celebrado el Concilio general de Le-
trán (Marzo de 1812) la tempestad se serenó algún tan-
to, pudo Pascual II ocuparse en las peticiones é instan-
cias de nuestros Prelados, y enviar á España al Abad
de Chiuse en la Diócesis de Turín. El cual llegado á la
( 1 ) Qui iitrobique examiiiata norma justit iae, aut belligeruin Aragonen.
som ad pacis foedera invitare t, aut renuentem anatheinatis gladio i)ercu-
teret.
388 LIBBO SEGUNDO
Península, dio cuenta á D. Alfonso de su misión, y en
nombre del Papa y de la Sede Apostólica le intimó, que,
según lo que se le había ordenado, no volviese á juntar-
se con la Reina, su consanguínea, y cesase de conturbar
y afligir el reino de España con los ímpetus de su fiere-
za (1). La misma amonestación hizo después el Legado
Pontificio á D.^ Urraca. El Rey de Aragón no faltó, á lo
que parece, á las consideraciones debidas al representan-
te de la Santa Sede; pero en cuanto al cumplimiento de
las intimaciones que se le hicieron, no se dio por enten-
dido. D.^ Urraca, por su parte, contestó que estaba pron-
ta á acatar las decisiones del Sumo Pontífice.
El Abad de Chiuse comunicó también á los Obispos
españoles las Letras que para ellos traía del Papa, en
las cuales se les invitaba á concurrir con los embaja-
dores de D. Alfonso y de D.^ Urraca, al Concilio que
debería celebrarse en Roma para la próxima fiesta de
Santa María (probablemente la del 15 de Agosto). Allí,
en presencia del Papa, cada uno expondría sus quejas,
y se vería 'de poner término, con el auxilio de Dios, á
tantos males y á tantas desgracias (2).
Por último, el Abad de Chiuse pasó á Compostela
para conferenciar con D. Diego Gelmírez, y tomar de
él los últimos datos que necesitaba para el exacto cum-
(1) Tune impium Aragonensem adiit, atque illi ex auctoritate Bti. Pe-
tri Apostoli, et Stae. Romanae Ecclesiae et eiusdem Apostolicae Sedis Pon-
tificis, uti sibi injunctum fuerat, interdixit, ne deinceps ad consanguineae
suae illicitam copulationem rediret, et ue Hispaniae regnum feritatis suae
turbine amplius inquietare praesumeret. (Hist. Compost., lib. I, capítu-
lo LXXIX, pág. 140).
(2) Hist Comyost., lib. I, cap. LXXIX, pág. 139.
LOS TBES PIIIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 889
plimiento de su misión. Y esto era tanto más conve-
niente, cuanto que el Prelado compostelano había sido
relevado por el Papa de asistir al Concilio, que debía
celebrarse en Roma. D. Diego insistió en lo que ya había
representado á Pascual II. Manifestó al Legado, que la
causa y origen de todos los males de España era D. Al-
fonso de Aragón, y que si este Príncipe, por medio de
su enlace con D.^ Urraca, lograba afianzar su dominio
en los estados de León y Castilla, habría que esperar la
ruina de la Iglesia en estas regiones occidentales. Aún
no era tanto de temer en D. Alfonso su ambición y ti-
ranía, como su impiedad que todo lo atropellaba. Para
él no había ley ni justicia, ni cosas divinas ni humanas.
Esto faé, en resumen, lo que D. Diego manifestó al Le-
gado. El cual de Compostela dio vuelta para Roma (1).
Como hemos dicho, el Conde de Traba se había reti-
rado á Galicia, poco satisfecho del desenlace que había
tenido la campaña emprendida con tanta brillantez al
pie de los muros de Astorga. Convencióse una vez más
del carácter variable de D.'^ Urraca, y de que sobre sus
resoluciones pocos cálculos podían fundarse. A mediados
de Mayo del año siguiente 1113 se vio sorprendido por
una nueva, probablemente para él no del todo inespera-
da. El Obispo de Santiago le comunicó el traslado de una
carta que había recibido de la Reina, y cuyo tenor era el
siguiente: — «Venerabilísimo Padre, plazca á vuestra
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXIX.— De esta legacía del Abad de
Chiuse toma pie el Sr. La Fuente (Hist. Ecles., 2.*^ edic, tom. IV, pág. 67),
para argilir de inconsecuencia y falsedad á la Compostelana. En el opúsculo,
Z). Alfonso VII, Rey de Galicia, págs. 58-61, hemos hecho ver que las acu-
saciones del Sr. La Fuente no tenían fundamento alguno.
390 LIBBO SEGUNDO
Santidad, al recibo de ésta, reunir tropas y salir á cam-
paña, y avisar y exhortar á todos los Proceres de Galicia
para que, sin perder tiempo, corran en mi auxilio y en el
de mi hijo el Rey Alfonso. El tirano aragonés asuela mi
reino, y no hay quien pueda resistir á su fiereza. Preciso
es, por tanto, que vengáis vos mismo cuanto antes con
vuestra hueste, y que intiméis y obliguéis á los Condes,
á los Magnates y á los Caballeros gallegos á que al pun-
to se pongan en marcha; porque si aquel impío consigue
abastecer sus castillos de dinero, de armas y de lo demás
necesario antes que lleguen los refuerzos de Gralicia,
poco se adelantará después con la llegada de éstos, y
para el año próximo será punto menos que imposible el
rendir las fuerzas enemigas» (1).
¿Qué era lo que motivaba esta carta tan apremian-
te de la Reina? Dijimos, que según lo convenido en
Peñafiel, D.^ Urraca se marchara á Aragón, y en Cas-
tilla se había quedado D. Alfonso. El cual, así que vio
lejos á su pretensa esposa, se creyó con las manos libres
para cometer toda clase de tropelías; hasta tal punto,
que provocó la indignación de aquellos mismos, que has-
ta entonces habían sido sus partidarios.
Cuando en Aragón D.^ Urraca tuvo noticia de los
excesos que en sus reinos estaba llevando á cabo el
Monarca Batallador, trató de tomar desquite y vengar-
se á su manera. Hizo venir á varios caballeros que Don
Alfonso había desterrado, y procuró ganar su voluntad
á fuerza de obsequios y halagos. Mediante grueso resca-
te devolvió á Amad-Dola, Rey de Zaragoza, los rehenes
que éste había entregado, probablemente después de la
(1) lítst, ComjfosL, lib. I, cap. LXXXIII, pág. 1D2.
LOS THES PHIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 391
batalla de Valtierra. Distribuyó las grandes sumas de
oro y plata, que el mismo Amad-Dola había enviado,
entre los principales personajes que estaban en Aragón.
Gon esto se ganó el afecto de todos los que la rodeaban,
y cuando quiso volver á sus Estados, nadie hubo que
osase moverle querella, ó ponerle obstáculo.
Ya en Castilla, D.^ Urraca pudo recobrar varias for-
talezas, como las de Burgos, Carrión y Sahagún; pero
otras muchas quedaron en poder de los soldados arago-
neses, los cuales, guarecidos en aquellas madrigueras,
hacían una guerra innoble y desleal, más propia de ban-
didos y salteadores, que de tropas regulares (1). Y Don
Alfonso, repuesto de la enfermedad que había padecido
en Milagro, ardiendo en sed de vengarse de los repro-
ches y recriminaciones que había oído en Sahagún, con-
gregó nuevas tropas, hizo venir de Francia considera-
bles refuerzos, y dispúsose á agravar más y más los ma-
les que pesaban j^a sobre las desventuradas comarcas de
León y Castilla. El país estaba desangrado; los burgue-
ses, contentos con la licencia de que disfrutaban, cada
vez eran más solícitos en seguh- el bando de D. Alfonso,
y aún incitaban á los soldados de éste para que prosi-
guiesen en sus fechorías; los partidarios de D.''^ Urraca
veíanse aislados, acorralados y faltos de recursos para
oponer una seria resistencia (2). Esto fué lo que obligó á
la Reina á escribir la carta que hemos transcrito.
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXXIII, págs. 149 y 150. Aminmo
de Sahagún, cap. XXVII.
(2) La Compostelana (lib. I, cap. LXXXIII, pág. IBO), reprende á los
Castellanos por la facilidad con que se dejaron arrollar por D. Alfonso de
Aragón, y los acusa de cobardes, flojos y desidiosos. No deben extrañarse
estos desahogos de la Compostelana, poríjue de alguna manera había d^
392 LIBEO SKaUNDO
Luego que D. Diego Gelmírez recibió la regia misi-
va, convocó á todos los principales Magnates gallegos
para comunicarles el apremiante Ruego y Encargo que
acababa de llegar á sus manos. El Conde de Traba asis-
tió á la Junta, escuchó atento las razones con que el
Prelado compostelano procuró persuadir á todos de la
conveniencia de salir cuanto antes en socorro de la Rei-
na, y sólo aguijoneado por el sentimiento del deber y
del honor, pudo decidirse á entrar en campaña (1).
El 30 de Mayo de 1113 partió de Santiago el ejército
gallego. A su cabeza iban el Conde D. Pedro, D. Diego
Gelmírez, los Condes D. Rodrigo Vélaz, D. Gutierre
Bermúdez, y D. Munio Peláez, y los Caballeros Munio
Gelmírez y Pelayo Peláez. Seguían el frecuentado ca-
mino de Santiago, y á cada paso encontraban viajeros
que iban ó volvían de visitar el Sepulcro del Apóstol.
Después de varias jornadas , algunos transeúntes les
hicieron saber que D.^ Urraca se hallaba airada contra
ellos por la tardanza con que habían salido, y que esta-
ba dispuesta á privarlos de los cargos y feudos que te-
nían, y hasta á meter á algunos en grillos y cadenas.
Otros y otros viajeros, que sucesivamente iban llegando,
repetían lo mismo; y el caso era que, al parecer, algu-
nos venían de intento á avisarles de lo que pasaba.
Según iban caminando, cada vez estos rumores tomaban
tomar despique de las injurias é insultos prodigados, como luego veremos,
á Gelmírez en el claustro de Santo María de Burgos. Por lo demás, es cier-
to que en aquella época abundaba Galicia de grandes guerreros é insignes
capitanes. Basta citar los nombres del Conde de Traba, de D. Rodrigo Vé-
laz, de D. Fernando Pérez de Traba, de D. Fernando Yáñez y de D. Ñuño
Alfonso.
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXXIII, pá^. 153.
LOS THES PBUÍEROS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 393
más cuerpo. Al llegar á Astorga, reunidos en Consejo
los jefes, visto que era una imprudencia seguir adelante,
á riesgo de experimentar las iras de aquella á quien
querían socorrer, resolvieron que lo que procedía era
dar vuelta, y retirarse cada uno á su casa. D. Diego
Gelmírez agotó todos los recursos de su elocuencia para
disuadirlos de semejante propósito; les hizo presente que
no era creíble, ni posible, que D.^ Urraca abrigase tales
intenciones para con los Gallegos, que eran su último
refugio y su única esperanza. Sólo pudo conseguir que
se detuviesen en Astorga hasta tanto que volviesen dos
emisarios, el Cardenal Pedro y el Canónigo Pedro Pe-
láez, que había enviado á la Reina para que de ella
misma inquiriesen, que era lo que había de verdad en
aquellos dichos y rumores, que tanto habían exacerbado
á los Gallegos.
Los emisarios encontraron á la Reina en Carrión, y
con gran valor y entereza, le expusieron el objeto de su
viaje: — «Señora, le dijeron, todo aquel que no recom-
pensa, como es justo, los servicios que se le hacen en los
tiempos de la tribulación, cierra las puertas á todo auxi-
lio. ¿Quién es tan insensato que haga cargos á otro por-
que le ha servido, ó pague con odio y mala voluntad los
beneficios recibidos? Después que ¡oh Reina! el Monarca
de Aragón comenzó á infestar los Estados que vuestro
ínclito padre, el Rey Alfonso, os dejó á vos y á vuestro
hijo el Príncipe Alfonso, los Gallegos, con más fidelidad
que otros, han seguido siempre vuestra bandera. Inúti-
les han sido todos los esfuerzos de la discordia para que-
brantar su constancia; siempre los habéis visto firmes en
frente de vuestros enemigos. Cuando los Castellanos, los
Leoneses, los de Campos y los de la Frontera, cedían, y
394 Libro séguiído
siguiendo la corriente de la fortuna, reconocieron por
Rey al tirano de Aragón, los Gallegos, en defensa y ser-
vicio vuestro y de vuestra gloriosa prole, sufrieron inde-
cibles trabajos. No recordaremos cuánto han padecido
en Viadangos, ni con cuánto denuedo rompieron y arro-
llaron las primeras filas del numeroso ejército enemigo.
Posteriormente el Rey de Aragón sitió á los Gallegos en
Astorga, pero éstos hicieron levantar valerosamente el
cerco, y tuvieron á su vez largo tiempo asediado en
Carrión, como es á todos notorio, á vuestro enemigo.
Últimamente, como el pirata aragonés se dispusiese á
talar de nuevo las tierras de Campos y de Castilla, y á
fortificarse cada vez más en sus castillos, los Gallegos
no recelaron en acudir á vuestro llamamiento, y vedlos
ahí que vienen en armas dispuestos á derramar su san-
gre en defensa vuestra y de vuestro hijo. Mas ahora
dicen, que si vos, Señora, habéis de prestar asenso á fal-
sos delatores y á torpes hablillas; si se han de ver me-
nospreciados ellos, que hasta aquí han sido el más firme
sostén de vuestro reino; si el servicio y el obsequio se
ha de reputar delito; si por galardón de sus esfuerzos
y sacrificios se les ha de amenazar con grillos y cadenas^
y con la destitución, será insensatez seguir adelante
y exponerse á recibir mal por bien. Quieren, pues. Seño-
ra, volverse á Galicia; allí defenderán su patria y os
serán fieles á vos y á vuestro hijo, mas no esperéis que
vuelvan á atravesar los puertos. Esto es ¡oh Reina! lo
que en nombre de nuestros compatriotas debemos ma-
nifestaros. Cuando vuestro glorioso padre, el Rey Alfon-
so, convocaba á la guerra á los Gallegos, á los Astures,
á los Castellanos, á quienes quiera que fuesen, de todos se
ganaba los corazones, ya confiriendo honores ó empleos,
LOS TBES PBIMEE09 SIGLOS BE LA I. COMPOSTELANA 895
ya halagando á otros con señales inequívocas de afecto.
¿Afligiría él, por ventura, á los que en nada le disgusta-
ban, y en todo le estaban sumisos? Nadie lo dirá» (1).
Mas ¿quién sería el autor de esta trama y de este
inicuo enredo? ¿Quién podría ser, sino Arias Pérez? El
cual, después que en el año 1112 vio completamente
destruidos por la fuerza de las armas sus planes de in-
surrección, huyóse á Castilla con Fernán Sánchez y al-
gunos otros compañeros, y allí tuvo bastante habilidad
para insinuarse en el ánimo de D.^ Urraca, é indispo-
nerla con el Conde de Traba y algunos otros de los prin-
cipales Magnates gallegos (2).
La Reina, abrumada por el peso y la fuerza de las
razones expuestas por los mensajeros de Gelmírez en su
arenga, prorrumpió en llanto, y comenzó á jurar y á
perjurar que nunca tal cosa había imaginado contra sus
valientes caballeros gallegos, protestando que lo que de-
seaba era que viniesen pronto, y muy pronto, en su so-
corro, y suplicando con todo encarecimiento al Obispo,
por medio de los Legados, que instase y que trabajase
hasta lograr persuadir á los Gallegos á que continuasen
la marcha. Hízolo así D. Diego y pudo recabar del Con-
de de Traba y de los demás jefes que diesen la orden
para marchar; mas al llegar á Carrión, en donde se ha-
llaba la Reina, se quedaron de la parte de acá del río,
y allí fijaron sus reales. No hubo razones que pudiesen
moverlos á que pasasen al otro lado sin obtener antes
seguro de D.^ Urraca. Iban y venían Legados para alla-
nar esta dificultad; pero en esto, estando ya para poner-
(1) Hist. Compost, lib. I, cap. LXXXIV, pág. 155.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXXV, pág. 156.
396 LÍBEO SEatTNDO
se el sol, se recibió aviso de que al día siguiente el Rey
de Aragón tenía pensado acercarse á Burgos para abaste-
cer el castillo (del que había vuelto á apoderarse) de toda
suerte de municiones. Esta nueva, unida á los buenos ofi-
cios de D. Diego Gelmírez, aceleró la concordia entre la
Reina y los Gallegos. D.^ Urraca no demoró un instante
el enviarles el seguro que pedían, y el Prelado no des-
cansó hasta ver sinceramente reconciliados á la Reina y
al Conde de Traba, y conseguir que mutuamente se ju-
rasen alianza y amistad. Aquella misma noche salieron,
pues, á toda prisa los Gallegos, ocuparon el cerro en cuya
falda estaba recostada la capital de Castilla, y estable-
cieron sus tiendas alrededor del castillo enemigo.
El día siguiente, 24 de Junio, D. Diego Gelmírez
quiso celebrar solemnemente la fiesta de San Juan en
una iglesia dedicada al insigne Precursor, que entonces
estaba faera del recinto de la ciudad. Hallábase pre-
sente D.^ Urraca con todo el Estado mayor del ejérci-
to, y gran muchedumbre de pueblo; y el Prelado, esti-
mulado en vista de tan considerable concurso, pronunció
durante la Misa un largo y elocuente sermón. Después
de exponer el asunto y objeto de la festividad del día, pasó
á ocuparse del estado social y político de España. Pintó
con vivos colores la situación mísera en que se hallaba
la nación, y terminó indicando cuáles eran los medios
para levantarla de su postración. Insistió, principalmen-
te, en el más eficaz, que era el que cada uno abandonase
sus vicios y malas costumbres; las cuales no sólo enervan
los ánimos, sino que dañan los cuerpos, y nos hacen
perder la amistad de Dios. Concluida la Misa, cada cual
se retiró á su tienda; mas al poco tiempo llegó noticia de
(|ue el Rey de Aragón estaba en camino para socorrer el
LOS TEES PBIMEB09 SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 397
castillo. La Reina invitó á los Castellanos á salir al
encuentro del enemigo; contestaron con evasivas. Mas
los Gallegos, sabedores de la proximidad del ejército
Aragonés, no pueden contener su ardor: desde lo de
Monterroso y Viadangos tenían cuentas pendientes con
D. Alfonso, y no querían desperdiciar la ocasión de
zanjarlas. Salen en el acto; al anochecer llegan á Ata-
puerca; y dispuesto todo para el combate del día siguien-
te, se entregan al descanso. En Villafranca de Montes
de Oca tuvo el de Aragón noticia de los movimientos
del ejército capitaneado por el Conde de Traba. Juzgó
prudente no aventurarse á una batalla que podía ser
decisiva, y se retiró. Tal vez presumió que había de ser
muy difícil á los Gallegos el sostenerse por mucho tiem-
po tan lejos de su patria y teniendo que satisfacer las
veleidades de D.^ Urraca (1).
La retirada del Monarca aragonés desconcertó á los
defensores del castillo de Burgos; los cuales enviaron
parlamentarios prometiendo la rendición, si en el término
de quince días no recibían socorro. Pasaron los quince
días sin que D. Alfonso demostrase su intención de
venir en su ayuda; por lo cual no les cupo otro recurso
que entregarse (2).
Durante los quince días que pidieron de plazo los
sitiados, pasaron en Burgos algunos sucesos que no con-
viene dejar en olvido. El Papa Pascual 11 había invita-
do, como hemos visto (3), por conducto del Abad de
Ciiiuse, á los Obispos de España á ir á Roma para tratar
allí las gravísimas cuestiones, cuya solución deseaban.
(1) UisL Compost., lib. I, cap. LXXXIX.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XC.
(3) Página 388.
398 LIBBO SEGUNDÓ
Mas los grandes trastornos, que conmovían al país de un
extremo al otro, no permitieron á los Prelados españo-
les hacer este viaje. No cesaron por eso de insistir con
el Papa en demanda de consejo y remedio. Pascual II
les envió nuevas Letras, cuyo tenor era como sigue: —
«Pascual Obispo, siervo de los siervos de Dios, á los Ve-
nerables hermanos, Bernardo, Primado, y demás Obis-
pos y Príncipes de España. Muy sensible Nos es que en
vuestros países haya tantas calamidades, tantas ruinas
de iglesias, tantos asesinatos, tantos robos, tantos incen-
dios, cuantos no Nos es posible describir. Por lo cual, por
las presentes, os amonestamos que todos de común acuer-
do con gran solicitud y prudencia busquéis remedio y
alivio á tantos males; pues Nos, mediante el Señor,
tenemos deliberado enviar á esas naciones un Legado.
Entretanto, según vuestra posibilidad, procurad proveer
á la seguridad pública; y por de pronto sabed, que Nos
declaramos separados de la comunión de la Iglesia á to-
dos los proceres y caballeros, que hayan invadido, ó que
retengan feudos, haciendas, granjas ó cualesquiera otros
bienes eclesiásticos. Del mismo modo excomulgamos á
los perturbadores extranjeros, que entre vosotros pro-
mueven las guerras y perpetran las demás maldades.
El Señor, nuestra paz y nuestra salud, obre en vosotros
por su misericordia vuestra paz y vuestra salud. Dada
en Letrán á 14 de Abril (del año 1113)> (1).
En vista de estas Letras pontificias, el Arzobispo de
Toledo y algunos otros Prelados que se hallaban acci-
dentalmente en Burgos, como D. Diego de Santiago,
D. Diego de Orense, D. Pelayo de Oviedo y D. Munio do
(1) Hist. Composi., lib. I, cap. LXXXIX, pág. 16H.
LOS TEES PEIMKBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 399
Mondoñedo, se reunieron en Concilio. Se leyó la Bula
del Papa, se expusieron y se lamentaron los males que
sufría España; pero, visto que por el corto número de
los concurrentes, las resoluciones conciliares no podían
tener el alcance que se deseaba, se acordó la celebración
de un Concilio general, para el cual serían convocados,
no sólo todos los Obispos, sino los Abades, los Duques,
los Condes y todos los Magnates españoles. Designóse la
ciudad de Falencia como lugar para la celebración, y
el 25 del próximo Octubre para el día de la apertura (i).
Reconocida D.^ Urraca á los grandes servicios que
había recibido del Obispo de Santiago, quiso demostrar-
le, de un modo especial, su agradecimiento, y confirmar-
lo más y más en su devoción. A este efecto, firmó con él
un pacto ó tratado, cuyo texto trae la Compostelana (2),
por el cual D.^ Urraca se obligó á proteger y exaltar,
hasta dónde se lo permitiesen sus fuerzas, la dignidad y
persona del Prelado. Relevóle también de la obligación
de salir á campaña, dándose por satisfecha con que el
Prelado, cuando recibiese aviso, enviase sus soldados.
Fueron testigos de esta acta, que se otorgó el 8 de Julio
de 1113, el Obispo de Mondoñedo y el Cardenal de San-
tiago, Pedro.
Pero otra cosa más grave ocurrió dentro de dichos
quince días. Poco antes que expirase este plazo, llegaron
á Burgos Legados del Rey de Aragón, que venían en su
nombre á pedir la paz, y á jurar que su Señor estaba
dispuesto á cumplir al pie do la letra lo que había pro-
metido en Peñafiel. No exigía, sino que la Reina acce-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. LXXXVIII.
(2) Lib. I, cap, XC.
400 LIBBO SEGUNDO
diese á los vivísimos deseos que abrigaba, de vivir en su
compañía, y de ser considerado como su esposo. Muchos
de los burgueses, allí presentes, apoyaban tal pretensión.
D.^ Urraca recibió cortesmente á los embajadores, y
como el asunto era de tanta trascendencia, quiso que
aquellos diesen cuenta de su misión en una gran Junta,
que se reunió en el claustro de Santa María de Burgos.
Los Legados aragoneses comenzaron á exponer el obje-
to de su venida, y según iban hablando, así fueron ad-
virtiendo en casi todos los circunstantes mayores seña-
les de aprobación. Al final, ya nadie podía dudar de que
la voluntad de la Junta era, que D.^ Urraca aceptase
las proposiciones del Rey de Aragón. Hallábase allí pre-
sente, por casualidad, D. Diego Gelmírez, que era el
único Prelado que había quedado en Burgos, después de
la celebración del Concilio. Escuchó atento lo que ha-
bían dicho los Legados; notó la actitud de la asamblea;
y juzgó que en aquellas circunstancias no podía, ni de-
bía callar . Todas las miradas se dirigieron hacia él;
todos esperaban oír, formulado por boca del Obispo, lo
que cada uno sentía en su interior. Efectivamente, Don
Diego habló, y comenzó con este magnífico exordio:
— «Hasta ahora habéis oído á los Legados del Rey de
Aragón, y habéis asentido fácilmente á cuanto acaban
de proponeros; justo es que oigáis ahora al Legado del
Rey Omnipotente, y que guardéis en el fondo de vuestro
pecho las advertencias que os haga. El os anunciará
doctrina de salvación; él os predicará lo que en presen-
cia de Nuestro Señor crea que es justo y bueno. Los Le-
gados do Aragón os han propuesto cosas perjudicialísi-
mas y que conducen á un abismo; os lian anunciado lo
que se opone á vuestra salvación, tanto en este mundo
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 401
como en el otro, y lo que todos los Dereclios reprueban.
Cúmpleme á mí, hermanos míos, Ministro y Legado de
Dios Omnipotente , legítimo intérprete de la justicia
para proclamar los derechos de la Santa Iglesia, el pro-
poneros cosas saludables, y mostraros qué es lo que en
este punto debéis elegir, y qué es lo que debéis recha-
zar.» Entrando luego en materia, les manifestó que la
proposición de los emisarios aragoneses era de todo pun-
to inadmisible, y que era en vano el alegar el juramen-
to con que muchos de los allí presentes se habían ligado
para sostenerla, pues Dios no puede ser garante de la
iniquidad. Declaró, por tanto, que él, por la autoridad
de Dios Omnipotente, anatematizaba y excomulgaba á
todos los que intentasen unir de nuevo á D.^ Urraca y á
D. Alfonso, y á todos los que á ello prestasen su consen-
timiento. Leyó, por último, las Letras pontificias que
acababa de recibir, en las cuales el Papa Pascual II ex-
hortaba á todos los Españoles á la concordia, y castiga-
ba severamente á los perturbadores de la paz pública y
á los violadores de los derechos de la Iglesia (1).
A la verdad, la amonestación de D. Diego Gelmírez
no podía ser más oportuna. La experiencia de los cuatro
últimos años enseñaba que la entronización del Príncipe
aragonés en el solio de León y de Castilla venía á sig-
nificar la opresión del país, el imperio de la violencia, el
saqueo de las iglesias y la ruina de la agricultura y de
la industria, y equivalía á poner en manos de merodea-
dores extranjeros los fiorecientes Estados que había po-
seído el glorioso Conquistador de Toledo.
La numerosa asamblea no pudo ocultar la profunda
(1) Hist. Compoat., lib. I, cap. LXXXIX, pág. 165.
Tomo 111.-26.
402 LIBEO SEGUNDO
I
impresión que en su ánimo habían hecho las palabras
del Obispo de Santiago. Unos hicieron señales de con-
formidad y aprobación; fueron los menos. Otros comen-
zaron á manifestar su desagrado con murmullos, y aún
con otras demostraciones más ruidosas é intencionadas.
Creció la agitación; el tumulto iba en aumento; los fie-
ros y amenazas cada vez eran más fuertes é imponen-
tes; para llegar á vías de hecho sólo faltaba un paso; el
Prelado estaba á punto de ser envuelto en las olas de
aquel mar en tormenta; mas sus soldados lo rodean, lo
sacan de allí y lo conducen incólume á su tienda (1).
No obstante, otra vez más se llevó á cabo la recon-
ciliación de los Príncipes; y D.^ Urraca se allanó á pasar
otra temporada en compañía de su pretenso marido, el
Rey de Aragón.
Después de la rendicióji del castillo de Burgos, el
Conde de Traba se disponía á dar vuelta á su patria.
Era la tercera vez que había sido llamado por D.^ Urra-
ca para combatir al Rey de Aragón, y era la tercera
vez que indirectamente se le había despedido por ser
excusados sus servicios. En esta ocasión, sin embargo, la
Reina quiso retenerle algún tiempo á su lado; y con el
pretexto de que los Moros habían puesto sitio al castillo
de Berlanga, en la provincia de Soria, se presentó en el
campamento gallego cuando ya todos se estaban prepa-
rando para la marcha, y les rogó y les suplicó que difi-
riesen por algunos días la salida, pues necesitaba de su
ayuda para socorrer la plaza sitiada. D. Diego Gelmí-
rez representó á la Reina los motivos que tenían los fía-
liegos para no retardar por más tiempo su partida, y le
(1) Hüt. ComposL, lib. I, cap. LXXXIX.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 403
hizo ver la conveniencia de dejarlos marchar cuanto
antes. Mas la delicadeza y el honor no permitieron al
Conde D, Pedro desatender aún en esta ocasión las in-
dicaciones de la Reina. Con parte de su hueste y las de
su amigo D. Rodrigo Vélaz y su yerno D. Munio Peláez,
corrió en socorro de Berlanga; pero á su llegada ya los
Moros se habían retirado. Vuelto de esta excursión, una
vez que D.''^ Urraca no tenía ya enemigos que combatir,
se despidió y salió á alcanzar á D. Diego Gelmírez, que
con el resto del ejército se había puesto en marcha (1).
En Carrión fué objeto el Obispo compostelano de una
desagradable y fiera manifestación, de la cual sólo pu-
do salir bien librado disfrazándose con un manto de co-
lor rojo y un sombrero lombardo. Los burgueses eran los
más entusiastas por la unión de D.^ Urraca con D. Al-
fonso, y no podían perdonar á D. Diego los esfuerzos
que para impedirla acababa de hacer en Burgos. Desde
aquí caminaron los Gallegos con las mismas precaucio-
nes, que si atravesaran por un país enemigo. El Prelado
compostelano iba en el centro con el bagaje; la van-
guardia y la retaguardia marchaban preparadas á todo
evento. Hasta llegar á las gargantas que cierran el valle
de Valcárcel, á la entrada de 'Galicia, no tuvieron tro-
piezo alguno. Allí, en el castillo de Santa María de Oc-
iaris ó Aidares, encontraron apostado á Nezano ó Nepo-
ciano Gudésteiz, que no quería perder aquella ocasión
de vengarse de las injurias que había recibido de algu-
nos soldados de los Condes D. Pedro y D. Munio Peláez.
Al fin Nezano se dejó persuadir de las razones de Don
Diego Gelmírez, y dejó paso franco al ejército expedicio-
(1) Hist. Composf., lib. I, cap. XC, pág. 1G9.
404 LIBBO SEGUNDO
nario; el cual debió llegar á Compostela hacia principios
de Agosto de 1113 (1).
En el retiro y aislamiento de Galicia., comprendió
D, Pedro que era llegado el momento de tomar una
resolución enérgica y decisiva; así lo exigía la salvación
de la patria. Pero ante todo, según le dictaba, no sólo
su excelente fondo religioso, sino hasta la más vulgar
prudencia, quiso asegurarse la protección del Cielo.
Ofreció al Apóstol Santiago y á su Iglesia una copiosí-
sima donación, más propia de Reyes, que de un par-
ticular, por opulento que fuese. Donó la mitad de la vi-
lla de Dena en tierra de Saines; la parte que tenía en la
iglesia de San Salvador de Pernis y las de (algunas ínte-
gras) San Julián de Carantonia (Carantoña), San Pedro
de Grandal y Santa María de Castro en tierra de Pruzos;
en B ¿saúcos (Besoucos), las de Santiago de Francia (Fran-
za) y San Esteban de Erens (Erines); en Trasancos, cer-
ca de Ferrol, las de Santa Eugenia, San Saturnino y
Santiago de Abad; en Nendos cerca de la Coruña, las de
Santa María de Olarios (Oleiros) y Santa María de Ozia
(Oza); en Nemancos (Corcubión) las de Santa María de
Salto, de San Tirso de Selaya (Seaya), San Esteban de
Lires y Santa María de Mour (Morquintián?); las gran-
jas de Amarante y Nimia; un cortijo en Padrón; y todo
cuanto poseía y pudiese en lo sucesivo adquirir, entre
los ríos Ulla y Tambre, á excepción de las casas que
tenía en Santiago (2). Poco tiempo después, con su espo-
sa D.^ Mayor Guntroda, donó la mitad de la iglesia de
San Cristóbal de Ventosa y la tercera parte do Santa
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. XC, pág. 170.
(2) Hi(>t. Compost., lib. I, cap. XCIV.
LOS TEES PBIMEBOS SIGLOS DB LA I. COMPOSTELANA 405
María de Oza y la mitad de los siervos de San Tirso de
Mavegondo (Betanzos), con el derecho de caradere (1).
Si el inmenso patrimonio de D. Pedro era también
patrimonio de los pobres, sus hechos eran ejemplo y
estímulo pai'a todos, y en particular para sus parientes.
Su hermana D.^ Munia, habiendo quedado viuda, quiso
hacer vida religiosa en la iglesia de San Esteban de Pla-
nela (Piadela, cerca de Betanzos), que era de la Catedral
compostelana. D. Diego Gelmírez se la cedió en usufruc-
to durante su vida; y la piadosa señora agradecida, donó
la iglesia de Santa María de Rus (Carballo), y lo que le
correspondía en la de San Miguel de í ígartola (Figueroa)
con otras granjas y heredades. Otorgóse la escritura el G
de Noviembre de 1113 (2). Otros dos hermanos de Don
Pedro, D. Rodrigo y D.^ Visclavara, ofrecieron igual-
mente sus dones á Santiago; el primero una tierra en
Avegondo (Betanzos), y la segunda la mitad de la igle-
sia de San Pedro de Crendes (3). La liija de D. Pedro,
D.^ Jimena, donó la octava parte de la iglesia de Santa
María de Trasmonte y otra octava de la de San Pelayo
de Lens. Su otra hija, D.^ Lupa, con su esposo D. Munio
Peláez, concedió asimismo varias iglesias y heredades,
como la de San Martín de Olarios (Oleiros) en Aviancos
(Arzua), la de VeUegío (Lalín), etc.... (4).
Pero además D. Pedro, antes de poner en ejecución
la empresa que meditaba, quiso contar al menos con la
aquiescencia del Obispo de Santiago. A este efecto, cele-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. C.
(2) Hist. Compost., lib. I, cap. XCIII.
(3) Hist. Compost., lib. I, cap. C.
(4) Hist, Compost., lib. I, cap. C.
406 LIBBO SEGUNDO
bró con D. Diego un convenio, cuya acta publicó la
Compostelana, y es como sigue:
— «Yo el Conde D. Pedro Fróilaz, con los abajo
nombrados, juro á Vos D. Diego II, Obispo, por Dios
Omnipotente, por todos sus Santos y por las Virtudes
del Cielo, que, salva la fidelidad debida al Infante Don
Alfonso, ó á cualquiera otro señor, que de común acuer-
do hubiésemos recibido por Rey, seré vuestro leal amigo,
sin fraude, ni simulación de ningún género, y que guar-
daré y defenderé vuestra vida y vuestra persona y las
jurisdicciones que ahora tenéis y en adelante tuviereis,
evitando en todo y por todo cuanto pueda ceder en ofen-
sa vuestra, y que según mis fuerzas y mi posibilidad, pro-
curaré exaltar vuestra dignidad contra todas y cuales-
quiera personas. Juro asimismo ayudar y defender, como
si fueran mis parientes, á todos vuestros allegados que
encomendéis, ó ellos se encomienden á mi protección; y
amparar y proteger á las personas y feudos de Santiago
que estén en mis tierras en prov.echo y utilidad vuestra,
para que por ello no recibáis molestia, ni daño alguno.
Y si yo, ó mis hombres, os ocasionáremos en esto algún
perjuicio, os lo resarciré á todo poder según juicio y lau-
do de nuestros amigos. Si por ventura perdieseis las
jurisdicciones civiles que ahora poseéis, me obligo á da-
ros la mitad de las mías, y á ampararos y defenderos á,
Vos y á los Canónigos que sean vuestros amigos y míos
también.
» Respecto de la entronización del Infante D. Alfon-
so, y de la distribución de las dignidades y cargos de su
Casa, juro obrar con Vos de común acuerdo, mientras lo
tuviéremos en nuestro poder.
»Si yo faltare á este juramento, sea declarado perju-
LOS THKS PRIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 407
ro; y si los que ahora juran conmigo no quieren perjurar,
pónganse de vuestra parte con los préstamos y feudos
que tienen, excepto los castillos, para ayudaros con leal-
tad y sin ficción; y yo me comprometo á cumplir lo que
ellos juzguen y sentencien, que deba hacer. Adviértase
que este juramento queda anulado, si ambos conviniére-
mos en revocarlo y disolverlo» (1).
Juraron con el Conde D. Pedro, su esposa, sus hijos
D. Bermudo y D. Fernando y los Caballeros Arias Nú-
ñez. Arias Jiménez, Froilán Pérez, Arias Sesmóndiz,
Sarraceno Muñiz, Froilán Alfonso y Juan Gutiérrez.
No eran del todo inútiles estas precauciones, por las
contingencias que pudieran sobrevenir, y porque no era
tan fácil que el Obispo de Santiago y el Conde de Tra-
ba apreciasen siempre las cosas del mismo modo.
La última reconciliación de D. Alfonso con Doña
Urraca no fué más duradera, de lo que habían sido las
anteriores. «Empero, el Rey, dice el Anónimo de Saha-
gún (2), no tuvo, en efecto, cosa que hubiese prometido,
ni aún demostró algún amor. > Volvióse, pues, á encender
la guerra; pero en esta ocasión, comprendiendo Doña
Urraca que mal podía contar con los Gallegos, recurrió
á los Portugueses, con los cuales la vemos en buena paz
y armonía á principios del año 1114. En efecto, á 27 de
Marzo de diclio año, hallamos á D.^ Urraca en Oviedo,
juntamente con sus hermanos los Condes de Portu-
gal (3).
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. C, pág. 189.— Como era consiguiente, la
Compostelana no publicó la fórmula del juramento prestado por D. Diego,
ni los nombres de los que juraron con él.
(2) Cap. XXIX.
(3) Esp. Sag., tom. XXXVIII, pág. 347.
408 LIBBO SEGUNDO
Mas el caso es que poco después de la muerte del
Conde D. Enrique, ocurrida en 1.^ de Mayo de 1114, ya
las relaciones entre D.^ Urraca y el Rey de Aragón no
eran tan tirantes, ó más bien eran tales, que inspiraron
celos á la Condesa de Portugal D.^ Teresa. La cual con
la unión y concordia de los dos Príncipes veía cerrada
la puerta á sus ambiciosos planes de acrecentar sus domi-
nios, y hacerse independiente. Para remover obstáculos,
excogitó, pues, un medio, cual pudiera inventarlo una
mujer poseída de la más desmesurada ambición. Escogió
persona á propósito, y la envió á D. Alfonso con aviso
muy confidencial, de que se guardase de D.^ Urraca,
que quería envenenarlo (1).
El Príncipe aragonés, ciego de ira por una parte, y
lleno, por otra, de arrogancia por el pretexto que se le
daba para proseguir en su desatentada conducta, despi-
dió de sí á D.^ Urraca, colmándola de denuestos é inju-
rias, y prohibiendo que nadie la admitiese, ni en ciudad
ni en castillo. Y entonces fué cuando debió darle el
libelo de repudio, de que habla el Arzobispo D. Rodri-
go (2). Con esto, los males y calamidades que venía
sufriendo España, estuvieron á punto de agravarse y
recrudecerse; mas el mismo estado de abandono en que
quedó D.^ Urraca, excitó la compasión de muchos bur-
(1) Muerto el Conde D. Enrique, D.^ Teresa allá (á Aatorga) se fué e
con la Reina su hermana e con el Rey gran competencia armaba conside-
rando que para se rebelar la fortuna no le abastaba, con un saber astuto e
ingenioso envió al Key un mensajero confeccionado para que se guardase
de la Reina su hermana, porque se disponía a quererlo matar con yerbas.
(Anónimo de Sahagúri, cap. XXIX).— De aquí nació, sin duda, la voz de que
D.'^ Urraca había intentado envenenar á D. Alfonso, de la cual se hizo eco
Orderico Vital en el lib. XIII de su Historia eclesiástica.
(2) l)e rehus Hispaniae, lib. VII, cap. I.
LOS TIlEá PRIMEEOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 409
gueses, especialmente de los de León y Sahagún, los
cuales no pudieron menos de condolerse al ver tan des-
valida á la hija de aquel Monarca tan poderoso, que ha-
bía llenado, no sólo á España, sino á Europa, con la
fama de sus hazañas. Le abrieron, pues, las puertas de
su ciudad y la reconocieron por su Señora.
Por otra parte D. Alfonso, preocupado como estaba
con la conquista de Zaragoza, no pudo continuar por
mucho tiempo engolfado en las cosas de León y Castilla,
y se limitó á conservar en su poder algunas plazas fuer-
tes, como Castrojeriz, y Carrión, desde las cuales no
cesaba de molestar las regiones circunvecinas (1). Y si
bien el Arzobispo de Toledo le rogó que desistiese de
una vez de su actitud hostil, nada pudo conseguir de su
-obstinación y tenacidad (2); y D. Alfonso continuó inti-
tulándose aún por algún tiempo Rey de Castilla.
D.^ Urraca, en medio de la tormenta que por todas
partes se levantó contra ella; al ver que D. Alfonso de
Aragón ya no solicitaba, como antes, su compañía, sino
(1) El P. Risco (Esp. Sag., tom. XXXV, págs. 162 y 163), supone que
D. Alfonso se retiró de Castilla y León á fines del año 1112, y que, por
consiguiente, ya en los años 1113 y 1114 comenzó á gozarse de alguna calma
y reposo en dichos Estados. Mas la cronología que seguimos, es la que de sí
arrojan los antiguos diplomas, y el mismo complexo de los acontecimientos.
Las datas de algunas escrituras, como las que cita el continuador de la £"5-
paña Sagrada, por sí solas no hacen fuerza; porque aquella guerra tuvo
tantas mudanzas y alternativas, y las ciudades y castillos cambiaron tantas
veces de señor, que de poco sirve saber que en tal fecha estaba en León, por
ejemplo, el Obispo D. Diego, si por esto sólo no es dado asegurar que al
día siguiente pudiese este Prelado permanecer en su Sede.
(2) Noverit Dilectio vestra me cum Rege et Regina de communi pace
loquutum fuisse, sed quoniam inter eos nullam concordiam. Rege renuente,
faceré potuimus... (Carta del Arzobispo D. Bernardo á Gelmírez, en la Com-
postelava, lib. I, cap. CI).
410 tmUO SEGUIÍDO
que la rechazaba con desprecio é ignominia; al ver que
su hermana D.^ Teresa conspiraba contra ella y la per-
seguía de muerte; al ver que de sus Estados, Portugal
estaba emancipado, Castilla en poder del Aragonés, Ga-
licia adicta y devota á su hijo, y que en los demás pue-
blos sólo era recibida en aquellos, en que su mismo des-
amparo y abatimiento excitaba á conmiseración, quedó
desconcertada, y sin saber hacia donde dirigir los ojos.
Al fin se acordó del Obispo de Santiago, y quiso tantear
su ánimo y asegurarse de su afecto y fidelidad. A 3 de
Enero de 1115, estando en Falencia, hizo una gran do-
nación á la Iglesia compostelana. Donóle el Monasterio
de San Salvador de Camanzo y la iglesia de Merza, con
todo lo que pertenecía, tanto á la Voz Real, como á la
de Infantazgo. Dio, además, seis iglesias, que estaban
alrededor de Castrovite, á saber, San Martín de Dóme-
las, Santa María y San Salvador de Ríomalo, San Mi-
guel de Castro, Santa Eulalia de Cira y San Pedro de
Orazo , con sus siervos, su caradere y demás derechos
señoriales; y la mitad de la tierra de Montes, según por
ella la tenía Bermudo Suárez, con sus iglesias, el dere-
cho de poner sayón ó alguacil, y demás atribuciones se-
ñoriales . D.^ Urraca , que no ignoraba cuánto era
amado en Galicia su hijo D. Alfonso, no quiso en esta
ocasión herir los nobles sentimientos de los Gallegos; por
lo que, en el encabezado de la Escritura, no se olvidó de
unir á su nombre el del Príncipe, diciendo de él que esta-
ba bendecido y consagrado Bey (1).
Con esto, juzgó D.''^ Urraca allanado el camino de
(1) Una cum filio meo domino Adefonso in regni fastigia iam heiiedido
^t conserato. — YéanHQ Apéndices, núm. XXXII.
LOS TEES PHIMEEOS SIGLOS BE LA I. COMPOSTELANA 411
Gralicia, y en particular, de Santiago, á donde deseaba
venir para levantar el espíritu de sus parciales. No le
salieron fallidos sus cálculos; porque, á poco de penetrar
en nuestro país, se le adhirieron, incondicionalmente, el
Conde de Sarria, D. Rodrigo Vélaz, que era el mayor
Señor de Galicia después del Conde de Traba, el yerno
de éste, D. Munio Peláez, Conde de Monterroso, el in-
trépido y heroico caballero D. Fernando Yáñez, Arias
Pérez, Juan Díaz, Alfonso Rodríguez y otros señores
menos conocidos. Acompañábanla el Arzobispo de Tole-
do y algún otro Magnate de León y Castilla. En Com-
postela fué recibida con el agasajo, que es de suponer,
por el Obispo D. Diego, y asistió al otorgamiento de la
rica y espléndida donación que hizo el Prelado al Mo-
nasterio de San Martín Pinario el 15 de Abril de dicho
año 1115 (1). Sin embargo, en las mismas cortesías y
atenciones del Prelado compostelano, no pudo menos
de notar D.^ Urraca cierta frialdad y reserva. No encon-
traba en D. Diego aquella cordialidad, aquella intimi-
dad de otras veces. Y era que el Prelado temía que, si
el dominio de D.^ Urraca llegaba á arraigarse en Crali-
cia en perjuicio del de su hijo D. Alfonso, los partida-
rios de éste se lo echasen en cara y lo acusasen de
traidor.
La Reina, por su parte, no se olvidaba del convenio
que un año antes había hecho D. Diego con el Conde
D. Pedro, y en un principio observaba y callaba; pero
no pudo permanecer así mucho tiempo. Entre todos sus
defectos, no era el menor la afición á oír chismes y cuen-
tos. En ello recibía especial deleite, y la turba de adu-
(1) Véanse Apéndices, núm. XXXIII.
412 LIBEO SEGUNDO
ladores que la rodeaba, en esto que tan fácil era, ponía
su empeño en complacerla á maravilla. El artero y
maligno Arias Pérez, que estaba ya en Santiago, no
desperdiciaría aquella ocasión para hacer un papel
tan propio de su carácter; pues la Corte de D.^ Urraca
era un hervidero de cuentos y embrollos suficiente para
hacer desvanecer la cabeza más firme. No había allí re-
putación segura, ni nombre que quedase incólume; y
entonces el principal blanco de los tiros asestados por
aquellas emponzoñadas lenguas, era D. Diego Gelmírez.
Y según que el Obispo se veía precisado á proceder con
más reserva, así con mayor insistencia zumbaban y chi-
llaban á los oídos de la Reina. La cual, instigada por
tan incesante clamoreo, no se dio paz hasta hallar un
pretexto para apoderarse de la persona del Prelado.
Mas dar este golpe en Compostela, podía ser de muy
mal efecto; por lo que, en expectativa de ocasión más
propicia, trasladó su residencia al castillo de Lobeira,
cerca de Villagarcía. Entretanto, desde allí, podría pa-
sear la vista por aquel bellísimo horizonte sin contradic-
ción de ningún género. Con la misma libertad con que
de las ventanas de la fortaleza salían sus halcones para
perseguir la caza, podría ella, en su fantasía, surcar los
mares, trasponer las islas, recorrer los hermosos valles
que se ofrecían á su vista.
Empero, D.^ Urraca tenía el pensamiento fijo en la
prisión del Prelado compostelano. Había otro móvil que
la guiaba en esta aventura. No se veía muy sobrada de
recursos, y esperaba por medio del encarcelamiento del
Obispo, poder restaurar su erario. El procedimiento era
fácil; ó D. Diego ofrecería un gran rescate para obtener
yu libertad, ó so declararía vacante la Sede, y entretan-
LOS TEES PBniEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 413
to se pondría un administrador, que en nombre de la
Reina recaudase las ofrendas que venían al Altar de
Santiago (1). Por lo demás, el procedimiento no era nue-
vo; ya lo había empleado D. Alfonso VI al tiempo de la
prisión del Obispo D. Diego Peláez. D.^ Urraca espera-
ba, pues, que por cualquiera contingencia D. Diego Gel-
mírez no tardaría en ir á Iria, en donde solía pasar
mucho tiempo; y que desde allí no podría excusarse de
pasar á cumplimentarla. Entonces era la ocasión de
arrestarlo sin dar tan gran estampido. La trama estaba
perfectamente urdida; y D. Diego hubiera caído en el
lazo, si las miras de la Reina no se hubiesen extendido
más lejos. Creyendo D.^ Urraca que en aquellas circuns-
tancias la prisión del Obispo de Santiago no sería cosa
que desagradase al Conde de Traba, manifestó á éste su
pensamiento. D. Pedro, que por ventura se hallaba en
Galicia, se esforzó por reprimir su indignación; calló y
disimuló; pero avisó minuciosamente y con toda reserva
al Prelado, de lo que contra él se estaba preparando.
D. Diego abandonó sin tardanza á Iria, aunque no sin
dejar encargado á sus mayordomos, que cuando viniese
la Reina, la recibiesen con todos los honores y conside-
raciones debidas. Llegado á Santiago convocó al Cabildo
y á las principales personas de la ciudad, y les dio cuen-
ta do lo que pasaba. Por consejo unánime redobló las
precauciones para asegurar su persona, hasta el punto
(1) Regina ei (Episcopo compostellano), quoruindain eius aemulorum
stimulis et consiliis incitata, ad eius depressionem et depositionein lateiiter
anhelabat, et aliam ei iu liouore substituore et subro^j^are, causa extorquen-
dae pecuniae, non modicum aestuabat. — (Hist. Compost. jlih. II, cap. LXXXI.
—Esp. Sag., toiii. XIX, pág. 248).
414 LIBEO SEGUNDO
de no dar un paso fuera de su casa, sin salir rodeado de
una fuerte escolta de caballería é infantería.
Viendo D.^ Urraca frustrados sus planes, juzgó nece-
sario hacer ver que nunca liabía pasado por su mente lo
que no había podido realizar. Con esta ansia corrió á
Santiago, y no dejó protesta que no hiciese ante Gelmí-
rez y los que lo acompañaban, para sincerarse de lo que
la inculpaban. A las protestas añadió las lágrimas para
interesar á todos los señores que estaban presentes, y
moverlos á trabajar por apaciguar y convencer á Gelmí-
rez. Como última prueba de la sinceridad de sus protes-
tas se comprometió á prestar juramento (y así lo hizo en
efecto) de ayudarle, de defenderle y ampararle, no sólo
en su persona, sino en todos sus derechos; de nunca infe-
rirle agravio, ni injuria alguna, ni consentir que otros
se la infiriesen; de impedir con todas sus fuerzas cual-
quiera trama que contra él se maquinase; y de despre-
ciar toda denuncia ó delación que á cargo de él se le
hiciese. Juró, además, D.^ Urraca que si algún día llega-
se á faltar á esta solemne promesa, se sometería al fallo
y decisión de D. Munio, Obispo de Mondoñedo, de Alfon-
so y Pedro Muñiz y de Alfonso y Pedro Anaya, ó de
otros cualesquiera arbitros á gusto de ambas partes.
Por otra parte, la Reina se había obligado á presen-
tar veinte caballeros de los más señalados de su Corte,
tomados de las diversas comarcas de que constaba su
reino, los cuales habrían de quedar por ella garantes y
fiadores. Los caballeros gallegos que se presentaron á
abonar la palabra de la Reina, fueron el Conde D. Munio
Peláez, D. Alfonso Rodríguez, D. Fernando Yáñez y
Juan Díaz, que prestaron el siguiente juramento: «Nos-
otros los infrascritos juramos á Vos, D. Diego Obispo, que
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 415
la Reina ha de cumplir lo arriba dicho. Y si la Reina se
negare á ejecutar lo prometido, nos obligamos, siempre
que seamos citados, á deponer contra ella una y dos ve-
ces en lugar y tiempo competente; de otra manera que
se nos tenga por perjuros.»
D. Diego con sus fiadores prestó á su vez juramento
de fidelidad, y con esto quedó hecha la reconciliación de
la Reina con el Obispo. D.^ Urraca pudo ya abandonar
á Galicia en la confianza de que, si no tenía al Prelado
de Santiago en prisiones, como había querido, lo dejaba
nuevamente ligado con un solemne juramento (1). No
obstante, como todo parecía poco á D.^ Urraca para
tranquilizar al Prelado, á fin de confirnaarlo más y más
en su devoción, estando en el Castro de Malgrado (Gra-
do? cerca de Segovia), le donó la mitad de la villa de
Caneda (feligresía de San Pedro de Loureda, cerca de
Santiago) y la del Monasterio de San Salvador de Le-
desma, á orillas del Ulla. Declara la Reina ser su volun-
tad, que la Iglesia de Santiago, que regía y gobernaba el
Obispo D. Diego, á ella en todo y por todo fidelísimo
(miclii in ómnibus etper omnia fiddíssimus) , disfrutase de estas
haciendas con todas sus pertenencias y con todos los
derechos que al Real señorío competían (2). En esta Es-
critura, que se otorgó el 2G de Noviembre de 1115, quiso
aún D.^ Urraca aparecer en buenas relaciones con su
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. CU.
(2) De esta donación so liabla en la Compostelana (lib. I, cap. C) en
los siguientes términos: ítem Regina Urraca dedit Bto. Jacoho medktatem
monasierii de Ledesma cum adiunctionihus suis et creatione sica, et medieta-
tem monasterii Sti. Stephani de Caneda simüiter cum adiunctionihus et crea-
tione sua.
416 LIBEO SEaUNDO
hijo D. Alfonso; asi es que en el preámbulo lo menciona
como asociado al Trono. (Una cum filio meo domino Ildefon-
so in fastígia regni iam benedicto et consécralo), Al final del
Diploma no se olvidó D.^ Urraca de encarecer la gran
confianza que tenía puesta en el Obispo de Santiago, de
quien esperaba ser defendida y amparada contra todos
sus enemigos, fin quo (Episcopo Compostellano) haheo
magnam fiduciam, ut me defendat et amparet ab ómnibus meis
inimicis) flj.
No obstante, estas suaves y ligeras auras de paz y
concordia, no tardaron en convertirse en vientos fuertes
y huracanados, precursores de gran borrasca.
D. Diego Gelmírez no podía acabar de persuadirse
de la verdad de las palabras de D.^ Urraca; y ésta, á su
vez, también empezó á sentir cansancio de vivir tanto
tiempo en armonía con el Prelado compostelano. La
verdad es que D.^ Urraca quería tener en D. Diego un
vasallo incondicionalmente sumiso á su antojo; pero va-
cilaba sobre obtener esta sumisión, ó con medios violen-
tos, encarcelando, por ejemplo, al Obispo, como había
hecho su padre con D. Diego Peláez, ó con medios pací-
ficos y de persuasión. Si ella hubiera podido seguir
libremente los espontáneos impulsos de su corazón, tal
vez hubiese elegido los segundos: pero las malas pasio-
nes que se anidaban en su Corte, como aves siniestras y
hambrientas, la empujaban siempre hacia la peor parte.
Sin embargo, las circunstancias no eran tales que per-
mitiesen jugar con la lealtad de personajes tan conspi-
cuos, como el Obispo de Santiago; por lo que, para no
exponerse á dar un golpe en vago, procuró, por todos
(1) Véanse Apéndices, núm. XXXIV.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 417
los medios, convencer á D. Diego de la sinceridad de
sus promesas.
Otro asunto grave la llamaba al mismo tiempo á
nuestro país. En el horizonte de Galicia veía una densa
nube, que la llenaba de inquietud y zozobra; y era el
gran partido que aquí tenía su hijo D. Alfonso, y los
trabajos que los parciales del Príncipe hacían para colo-
carlo sobre el Trono. Apresuró, pues, su vuelta á Gali-
cia; y en 23 de Marzo de 1116 ya se hallaba de nuevo
en nuestro país, como se ve por una sentencia que dio
en un pleito entre el Monasterio de Carboeiro y la Igle-
sia de Santiago, sobre el lugar de Palacios de Ret/y sito á
orillas del Lérez y junto á Moimenta. La Reina senten-
ció á favor del Monasterio, y en su virtud D. Diego
Gelmírez se desapropió de dicho lugar (1). Ocho días
después, esto es, el 31 de Marzo, concedió al convento
de San Juan de Poyo y á su Abad From arico, un Diplo-
ma, por el cual confirmó y amplió el coto del Monasterio.
A la Iglesia de Santiago quiso dar D.''^ Urraca nue-
vas pruebas de consideración y de afecto. El 18 de Mayo
del citado año donóle la iglesia de San Julián de Caldas
de Cuntís, con la casa llamada del Abad y con los sier-
vos y demás heredades que le pertenecían (2). Es de
(1) «Didacus gratia Dei episcopus Ecclesiae Sci. Jacobi et omni coetu
monachoruin et clericorum, canonicis sive et archidiácono supradicto Odua-
rio Saliensi, et Petrus abba de Calidis, qui vocem tenebat de Sci. Jacobi et
vigarius erat de supradicto Episcopo, tibi Joannes abba de Seo. Laurentio
scripturam dimissionis facimus.» — En esta forma aparece la subscripción de
D. Diego Gelmírez en dicho Privilegio.
(2) Véanse Apéndices, núm. XXXV. — De esta donación se ocupa la
( .^ompostelana (lib. I, cap. CVII, pág. 204), y dice así: c Ad augmentandum
honoremBti. Jacobi contulit ei (Episcopo compostellano) Termas de Con-
ToMü 1II.-27.
418 LIBHO SEGUNDO
advertir que en estos Diplomas no hace D.^ Urraca
mención alguna del Principe D. Alfonso.
Por lo que dice la Compostelana (1), D/^ Urraca no
permaneció en Santiago más que el tiempo necesario
para tranquilizar á D. Diego. De aquí pasó á la Limia
con objeto de castigar al rebelde Mehendo Núfiez, y des-
pués se retiró á su favorito castillo de Lobeira.
No sabemos que genio maléfico inspiraba á la Rei-
na en esta fortaleza torcidos y funestos pensamientos.
j) a Urraca había venido á Galicia con ánimo de hacer
de una vez las paces con D. Diego Grelmírez; pero los
resultados fueron como si hubiera traído intenciones
muy diversas. Tan buena maña se dieron los intrigan-
tes y malévolos que la rodeaban, que lograron que á sus
ojos apareciese Gelmírez como una terrible pesadilla de
la que le era preciso deshacerse á toda costa. Mas la
Reina no era tan insensata, como pretendían que fuese
sus pérfidos consejeros. Comprendía que la prisión de
D. Diego no podía llevarse á cabo sin producir gran es-
trépito y alarma, y que era fácil que sobre ella sola re-
cayese la odiosidad de semejante atentado. Trató, pues,
de buscar cómplices que pudiesen compartir con ella la
responsabilidad de acción tan inicua. Por otra parte, á
fin de congraciarse la benevolencia del Conde de Traba,
le ofreció buena parte en la presa, la mitad de las juris-
dicciones de la Iglesia de Santiago. La Reina no sólo
proponía, sino que rogaba é instaba; mas D. Pedro aco-
gió estas proposiciones de la manera con. que había
tes (decreto, dice erradamente el texto de la España Sagrada), quae tune
erat regii juris.»
(1) Lib. I, cap. OVIL
LOS TBES PBmEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 419
acogido las otras. Despachó con toda premura á un bur-
gués de Santiago, llamado Juan Vistráriz, que revelase
á D. Diego que otra vez se estaba maquinando su arres-
to, ya en Iria, ya en Compostela, ó en donde quiera que
pudiese ser habido. Y D. Diego, que estaba en Iria,
avisado á tiempo, corrió á Santiago y se encastilló en
su palacio.
La Reina, viendo por tierra todos sus planes, vino
siguiendo al Obispo, é irritada porque así se le había
frustrado el golpe, se revuelve contra los mismos que le
habían aconsejado tal maldad, y hace protestas sobre
protestas de inocencia. Pide una entrevista al Prelado,
no se le concede; insiste, obtiene segunda negativa, y
por fin, después de tres días de súplicas y de negociacio-
nes, D. Diego, rodeado de gente armada, baja al Coro
de la Catedral, en donde le estaba esperando la Reina.
La cual, como que, según el Anónimo de Sahagún (1), era
de graciosa fahla e ehquencia, así que avistó al Prelado,
prorrumpió conmovida en las siguientes frases: — «Reve-
rendo Padre, á Vos, que sois el patrono de Galicia, á
Vos, que después de la muerte de mi padre habéis sido
mi único protector, ruego y suplico que no queráis ha-
cer caso de lo que os digan chismosos y susurrones. An-
tes quisiera yo verme privada del reino, que poner mis
manos en quien es mi dueño y defensor. ¿Quién será tan
malvado y tan insensato que tenga valor para ofender
en lo más mínimo al Obispo de Santiago? ¿Quién osaría
hacerle víctima de una infame traición, y dejar á la
posteridad tal ejemplo? Si sospecháis que tales cosas
haya yo maquinado, nombrad cien proceres de mi reino,
(1) Cap. LXIIÍ.
420 LIBRO SEGUNDO
Ó los que más queráis, y yo haré que juren, que todo eso
me ha sido falsamente imputado. Volvamos, os lo pido.
Padre carísimo, volvamos á nuestra antigua concordia,
y alejemos de nosotros todo pretexto y ocasión de sos-
pecha. Desaparezcan para siempre los calumniadores
con su emponzoñada malicia. ¿Qué protector, qué guía
he de buscar aquí en Galicia, si el Obispo de Santiago
es mi enemigo? Este es el que debe gobernar en mi
nombre el país gallego, y el que ha de sostener los fue-
ros de la justicia. Este el que ha de componer y arreglar
pacificamente toda discordia entre los Magnates galle-
gos. A éste respeto, á éste venero sobre todos los Obispos
de mi reino. >
— «Tu nobilísimo padre, el Rey Alfonso, contestó
D. Diego, siempre ha distinguido con su amor á la Igle-
sia de Santiago y á su Obispo, y las gracias y los bene-
ficios que les hizo son de todos bien conocidos. Si con-
tinuáis prestando oído á los detractores, y desechando
los consejos de los buenos, no extrañéis ver bien pronto
vuestro reino disipado. Tome, pues, cada uno sus pre-
cauciones, que los caminos de los insensatos perecerán.
Y si me veis rodeado de armas, no es porque piense re-
belarme contra vuestra autoridad, sino porque me es
forzoso defenderme de mis enemigos y quebrantar su
potencia. » Y esto dicho, D. Diego se retiró á su palacio,
escoltado como había venido.
No desistió la Reina; le envió nuevos mensajeros con
nuevas proposiciones de paz; le representó que ella no
quería otro protector sino á él; le prometió el primer
lugar entre todos los nobles de Galicia; renovó sus pro-
testas de lealtad y sinceridad; y por último, juró que sin
doblez, ni engaño de ningún género, sería su fiel y ver-
LOS TUES PEIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 421
da'lera amiga. A fuerza de tantas súplicas y de tantas
instancias, la resistencia del Prelado se fué debilitando,
y al fin aceptó en principio el restablecimiento de la
antigua concordia. En los pormenores para la ejecución
del convenio, D. Diego no fué menos condescendiente;
se contentó con que la Reina, como fiadores de su pala-
bra, le presentase veinte caballeros, diez Gallegos y
otros diez de los diversos Estados de la Corona, aunque
con la condición precisa de que los Gallegos habían de
jurar antes que D.^ Urraca saliese de Galicia, y los de-
más dentro de cierto plazo; el cual vencido, quedaría
sin efecto el contrato, y la Reina incursa en perjurio.
D.'^ Urraca, recibido el juramento de Gelmírez y sus
fiadores, se encaminó á Lugo acompañada de varios Ca-
nónigos de Santiago, que llevaban autorización compe-
tente para recibir el juramento de algunos de los Mag-
nates gallegos, que se habían comprometido á responder
de la palabra de la Reina (1). Hasta aquí no hubo difi-
cultad; lo grave comenzó después que D.^ Urraca salió
de Galicia. Los comisionados de Gelmírez iban y volvían
para recibir el juramento de los fiadores Castellanos y
Leoneses; mas en vano, porque D.^ Urraca no pudo ha-
llar diez Magnates que quisiesen salir garantes por ella.
En esto expiró el plazo convenido, y Gelmírez envió por
última vez sus Legados á la Reina para notificarle que
el pacto quedaba disuelto, y él desligado de todo com-
promiso (2).
(1) En esta ocasión fué cuando el Obispo Mindoniense, D. Munio, y
los Condes D. Rodrigo Vélaz y D. Munio Peláez, debieron hacer el jura-
mento, que se lee en la Composfelana, lib. I, cap. CIV.
(2) HisL Compost., lib. I, cap. CVII, pág. 208.
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CAPÍTULO XVI
Actitud de la Iglesia ante los trastornos y calamida-
des que sufrió España durante este período.—
Concilios de Burgos, Falencia, León y Santiago.—
Creciente prestigio de D. Diego Geimírez en esta
época. — Consagración de los Obispos de Mondo-
ñedo, Oporto y Lugo.
IFÍCIL es imaginar,
para cuanto más
describir, cuál sería
entretanto la situa-
ción de España,
presa del horrible
monstruo de la dis-
cordia, que se com-
placía en destrozarla en todos sentidos con sus aceradas
garras. Este edificio social amenazaba ruina por todas
partes, desde la cumbre hasta los cimientos. No hable-
mos ya de la paralización del comercio y de la industria
y de todo ejercicio honesto y provechoso; la agricultura,
principal nervio de la sociedad, sin el cual no puede lia-
ber movimiento, ni actividad, ni riqueza, yacía en com-
pleta inacción, toda vez que, aún en caso de que hubic'
424 LIBBO SEGUNDO
se medios de. cultivar las tierras, las mieses estaban sen-
tenciadas á ser consumidas por el hierro ó por el faego.
Sólo la Iglesia, tutor a nata de los pueblos, pudo ofre-
cer algún lugar de refugio á los míseros náufragos de
aquel mar enfurecido, algún rayo de luz y de esperanza
en medio de aquellas densas tinieblas. No fué otro el
objeto que se propusieron los Prelados españoles en los
diversos Concilios que celebraron en los años 1118, 1114
y 1115. El pensamiento que principalmente latía en el
seno de aquellas asambleas, era el de impedir la opre-
sión de los pueblos '^(ad removendas oppressiones popttloruynj
y el de proteger á los pobres fad protegendos pauperes).^^
Ya hemos hablado en el capítulo anterior de la Jun-
ta de Prelados que se celebró en Burgos á mediados del
año 1113 á propuesta del Obispo de Santiago, D. Diego
Grelmírez. En ella nada se acordó en definitiva, sino
convocar á todos los Obispos, Abades y Magnates de Es-
paña para que el 25 del próximo Octubre se reuniesen
en Palencia (1). D. Diego Gelmírez ya se hallaba en
Galicia de vuelta de su expedición á Castilla; y aunque
le era grave el emprender de nuevo este viaje, que en
aquellas circunstancias no podía hacerse sin gran acom-
pañamiento de gente armada y el conveniente convoy
de provisiones, se puso en camino, resuelto á sufrir todo
cuanto pudiera sobrevenirle. Mas en Triacastela le sa-
lieron al paso el Conde de Lemos y Sarria, D. Rodrigo
Vélaz, y el de Monterroso, D. Munio Peláez, y otros
muchos nobles gallegos, los cuales, sabedores del término
á donde se encaminaba D. Diego, trataron de disuadirle
(1) Acerca de la fecha en que se celebró este Concilio de Palencia,
véaso el tomo XLI de la España Sagrada, páginas 3-5.
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELAKA 425
del viaje comenzado, rogándole y exhortándolo con todo
encarecimiento á que diese vuelta para Santiago.
— «Sabemos con toda certeza, le decían, que así
como vais sin la suficiente escolta de gente armada, os
exponéis con toda seguridad, ó á caer en manos de vues-
tros enemigos, ó á ser víctima de cualquier banda de
salteadores. Además, ¿qué será de nosotros? ¿qué será de
Galicia entera, ardiendo, como está, con el fuego de
tanta discordia, durante vuestra ausencia? Os rogamos,
pues, y 03 aconsejamos que desistáis de tan temerario
viaje, y que miréis por vos y por todos nosotros; porque
en último caso estamos dispuestos á arrestaros y detene-
ros antes que otros os maltraten ó prendan. »
D. Diego hizo, como suele decirse, de la necesidad
virtud; despachó desde allí á dos de los Clérigos que lo
acompañaban con cartas para el Arzobispo de Toledo,
D. Bernardo, y él se volvió para Santiago (1).
En el Concilio palentino, celebrado en la fecha seña-
lada, se ocuparon los Padres de los gravísimos males
que afligían á la Iglesia y de las rapiñas, incendios, ase-
sinatos y demás crímenes que, con frecuencia siempre
creciente, se perpetraban en todos los ángulos de la na-
ción. Después de lamentar tantas desgracias y tantas
calamidades, é implorado el favor divino, discutieron y
acordaron las medidas que estimaron más oportunas
para poner remedio á tan calamitoso estado.
En este Concilio se admitió la renuncia de la Sedo
Lucense, que presentó el Obispo D. Pedro; y en su lu-
gar fué elegido otro D. Pedro, Capellán de la Reina
D.* Urraca.
(1) Hisi. Gompost., lib. I, cap. XCII, p4g. 173.
426 LIBRO SEGUNDO
Hecha la elección, se dio cuenta al Arzobispo de To-
ledo, D. Bernardo; porque el Arzobispo de Braga, Don
Mauricio, á quien correspondía entender en este asunto,
se hallaba suspenso por su intrusión en la Sede Legio-
nense. D. Bernardo quiso cerciorarse de si la elección
había llenado todos los requisitos canónicos, y con este
objeto, escribió una carta á los Obispos de Santiago,
Mondoñedo, Tuy y Orense para que examinasen con
toda diligencia si la elección de D. Pedro, hecha por el
Clero y el pueblo de la Iglesia de Lugo, había sido
ajustada alas reglas canónicas. — «En este caso, añadía,
ó haced de consagrarlo vosotros en unión con el Prelado
compostelano, á quien para esto damos nuestras veces,
ó enviádnoslo con vuestras cartas, para que lo consa-
gremos nosotros» (1).
Los Prelados comisionados examinaron la elección,
y habiéndola hallado canónica, el 25 de Abril de 1114
en la Iglesia de Santiago, pasaron á consagrar al Electo,
oficiando como consagrante el Obispo compostelano y
como asistentes D. Diego de Orense y D. Munio de
Mondoñedo.
Antes de esta carta del Arzobispo D. Bernardo, de
que acabamos de hacer mención, ya D. Diego Gelmí-
rez había recibido otra del mismo, que le habían traído
los dos Clérigos que había despachado desde Triacaste-
la. El contenido de esta carta era el siguiente:
«Bernardo, 'Arzobispo de Toledo y por la gracia de
(l) Lil). I, cap. XCVII y XCVIIL— Este acto, sin embargo, costó á
D. Bernardo la privación de la Legacía sobre la provincia Bracarense; por-
que el Arzobispo D. Mauricio representó esto ante el Papa como una in-
trusión. (Véase Esp. Sag., tom. XLI, pág. G y Apéndices, mim. I).
LOS THES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAlíA 427
>Dios Legado de la Santa Iglesia de Roma, al Prelado
»de la Iglesia compostelana, salud y bendición. Hemos
> visto á los Legados que nos habéis enviado, los cuales
>Nos han dicho, que detenido por insuperables obstácu-
>los, no habíais podido concurrir al Concilio de Falencia
>que estábamos celebrando principalmente por vuestro
» consejo. A decir verdad, no nos fué muy grato el ver-
>nos privado del consuelo, el auxilio y los consejos que
»con vuestra presencia pudierais darnos; mas por la an-
>tigua amistad, que ya hace tiempo nos une, y por las
• representaciones de vuestros Clérigos , lo sufrimos y
• disimulamos» (1).
Si bien D. Diego Gelmírez no pudo asistir personal-
mente al Concilio de Falencia, se asoció en espíritu á los
propósitos y determinaciones de los Fadres, y no sola-
mente en la región de los buenos deseos, sino de un
modo real y efectivo. Fara ello, así que se vio en Com-
postela de vuelta de su interrumpida expedición, convocó
para una especie de Cortes á todos los Nobles y Caba-
lleros de la Tierra de Santiago, y con consejo de su Ca-
bildo estableció hasta veinticinco Decretos; cuyo preám-
bulo dice así:
Comienzan hs Decretos dados por Diego Ohispo de la Iglesia
de Santiago para proteger d los pobres (ad protegendos pau-
peres).
«Yo Diego II, por la Divina Clemencia Obispo de la
Iglesia de Santiago, con el dictamen de los Canónigos
de la misma Sede y el consejo de los demás nobles varo-
nes, vistos los estatutos de mis predecesores para prote-
ger á los pueblos (ad protegendum populnm)^ establezco y
(1) Lib. I, cap. XCII, pág. 173.
428 LIBRO SEQÜIÍDO
ratifico los siguientes Decretos que habrán de servir de
norma para la administración de justicia en toda la
Tierra de Santiago, á excepción de la ciudad com poste-
lana y de todas aquellas villas en las cuales por la gran
afluencia de extranjeros y otras personas extrañas, mal
podrían ser guardados dichos Decretos» (1).
A mediados del año siguiente 1114, recibió D. Diego
nueva carta del Arzobispo Legado Apostólico, D. Ber-
nardo, en la que le decía que tenía dispuesto celebrar
Concilio general en León para el día 18 del próximo
Octubre. — «Queremos y mandamos, continuaba, que
asistáis vos también; pues nos seréis muy necesario.
Deseamos que por ningún motivo nos privéis de vuestra
presencia en dicho Sínodo. Pasadlo bien. Mandamos
igualmente que traigáis con vos á todos los Abades y
Prepósitos de vuestra Diócesis» (2).
Celebróse, en efecto, el Concilio en el cual se trató
de la ruptura definitiva de D. Alfonso de Aragón y de
D.^ Urraca y de las consecuencias de este suceso, y se
hicieron varios cánones en conformidad con lo que
pedían las gravísimas circunstancias en que se hallaba
la nación. Ordenóse, además, que en cada una de las
regiones de que se componía la España cristiana, como
Galicia, Asturias, Castilla, Toledo y Aragón, se publi-
casen para mayor solemnidad, en Asamblea episcopal,
todos los acuerdos tomados en el Concilio de León.
En cumplimiento de este último Decreto, el 17 de
Noviembre del mismo año Í114 se reunió D. Diego Gel-
(l) Hist. Compost., Hb. I, cap. XCV y X.CVL^Fueros de Santiago y
de su Tierra, tom. I, págs. 139-147. — Véanse Apéndices, núm. XXX.
^2) Lib. I, cap. CI.
LOS TBES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 429
mírez con los Obispos de Tuy, Mondoñedo, Lugo, Orense
y Oporto, y con todos los Abades y Prelados de los Con-
ventos de Galicia para promulgar los cánones del Con-
cilio Legionense. He aquí en castellano el acta de lo que
pasó en dicha Junta, según la publicó la Historia Compos-
telana en el capítulo CI del libro I.
«Nos, por Divina disposición. Ministros de la Iglesia
de Dios, Diego de la Sede Compostelana, Alfonso de la
Tudense, Munio de la Vallibriense, Pedro de la Lucense,
Diego de la Auriense y Hugo de la Portugalense, por
voluntad de D. Bernardo, Arzobispo de la Sede Toleda-
da y Legado de la Santa Iglesia de Roma, nos hemos
reunido en Compostela el 17 de Noviembre, y con los
Abades de los monasterios de Galicia y con los demás
Prelados religiosos, por favor de Dios, hemos celebrado
Concilio. En el cual hicimos amonestar á los Condes y á
todos los demás Magnates de la región, que no habían
podido concurrir al Concilio Legionense, que guarden
estrictamente todos los Decretos que han sido sanciona-
dos en dicho Concilio.
» T. Que en las iglesias de Dios ni en sus cosas ni en
sus Ministros, ningún seglar se atreva á cometer violen-
cia alguna; y que se restituyan íntegramente á las
mismas iglesias todas las heredades y documentos que
les hayan sido injustamente arrebatados.
»II. Que ningún seglar ejerza poder alguno dentro
del sagrario de la Iglesia, al cual vulgarmente llamamos
passales (1) ó diextros.
»III. Que ningún seglar se atreva á recibir ni á to-
(1) Acaso se llamabau passales, porque este terreuo solía medirse por
pasos.
430 LIBEO SEGUNDO
car á los diezmos de las iglesias, ni á sus primicias ni á
las ofrendas por los vivos ó por los muertos; y que nin-
gún ordenado reciba iglesia de mano laical.
»IV. Que á los negociantes, peregrinos y labradores
se les deje en paz para que anden seguros por las tierras;
y que nadie les eche la mano, ni á ellos ni á sus cosas.
»V. Que el legítimo matrimonio por ningún modo
sea violado; y que los cónyuges unidos en consanguini-
dad ó parentesco, se separen, ó sean privados de la
comunión eclesiástica.
^ VI. Que los traidores y perjuros manifiestos, ni sus
declaraciones, por nadie sean admitidos; pues son in-
fames.
> VII. Que ninguna persona venda ó compre iglesia
ó haga papel de ella en favor de un seglar; pues esto es
simoníaco.
»VIII. Que ningún Clérigo tenga en su casa más
mujeres, que las que consienten los Cánones.
»IX. Que los Monjes y Clérigos que han dejado el
hábito, sean privados de la comunión hasta que se en-
mienden.
»X. Que los monjes vivan al cuidado del Abad, y
que no tengan nada propio, y que no ejerzan como
Párrocos, oficios públicos eclesiásticos.
» Todos aquellos que procuren guardar y cumplir
estos decretos, según la disposición de sus respectivos
Obispos, merezcan obtener la gracia de Dios Omnipoten-
te; mas aquellos que de ellos no hicieren aprecio, sea en
Campos ó en Castilla, en Portugal ó en Galicia, en la
Frontera ó en Aragón, quedarán sujetos á anatema, y en
sus tierras ó jurisdicciones no se permitirá más Oficio
divino que el de la Penitencia y el Bautismo.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANÁ 431
> Hacemos también Hermandad entre nosotros para
que todos nos amemos mutuamente y nos ayudemos
cuando fuere preciso, según nuestra posibilidad, y tenga-
mos caridad los unos para los otros. Cuando acaeciere el
fallecimiento de alguno de los hermanos, todos los demás
harán bien por su alma con limosnas, oraciones y sacri-
ficios, para que cuanto antes pueda llegar á la eterna
bienaventuranza. En confirmación de esta hermandad,
es nuestra voluntad reunimos todos los años en Compos-
tela á mediados de la Cuaresma, para corregir los desma-
nes de que tengamos noticia» (1).
La Hermandad decretada en el Concilio de Santia-
go, á pesar de la buena voluntad de los instituidores, no
pudo por entonces arraigarse á causa de los gravísimos
acontecimientos de que, al poco tiempo, hubo de ser tea-
tro la ciudad compostelana. Pero estos sucesos demues-
tran la gran consideración de que ya entonces gozaba
Gelmírez entre todos sus contemporáneos. Es indudable
que á esto contribuyó en gran manera la importancia
de la Sede que ocupaba, pero en ello hay que confesar
que no tuvieron menor parte sus grandes dotes y emi-
nentes cualidades.
•Los múltiples, intrincados y variadísimos cuidados
en que constantemente se hallaba envuelto, en nada em-
botaban su asombrosa actividad, ni distraían su aten-
ción de todo asunto que por cualquier respecto estuviese
sometido á su vigilancia. De vuelta de su expedición á
los castillos de Puente Sampayo y Darbo, se sintió alta-
mente preocupado por una obra que era necesario em-
prender en su Iglesia. Al construir la nueva Basílica, se
(1) Lib. 1, cap. CI, pág. 191 y 192.— Véanse Apéndices, núm. XXXI.
432 ' LIBBO SEGUNDO
había respetado la antigua, es decir, la que databa de
la reedificación de D. Bermudo II y San Pedro de Me-
zonzo; la cual, por lo tanto, quedó incluida dentro de la
amplitud de la nueva Iglesia. Es de creer que se respe-
tase la iglesia vieja, porque mientras se proseguía la
construcción de la nueva, no quedaba otro lugar hábil
para ,el culto y para celebrar los Oficios divinos, que
aquel antiguo edificio, siquiera fuese de bien reducidas
dimensiones. Andando el tiempo, este edificio comenzó á
cuartearse, lo cual se explica por los desperfectos que
debieron sufrir en algunos sitios sus paredes con la obra
nueva; y además, embarazaba sobremanera y oscurecía
la nueva Basílica, cuyo crucero quedaba completamente
cortado con aquel viejo y ruinoso edificio. Por estas ra-
zones decidió Gelmírez echar abajo aquel estorbo, y de-
jar libre y desembarazado el crucero y aún buena parte
de la nave principal de la nueva Iglesia (1). La obra se
llevó á cabo con la rapidez y prontitud que D. Diego
Gelmírez sabía imprimir en todos sus actos; y despejado
el local, ordenó la construcción del coro, no alrededor
del altar, que casi siempre se hallaba asediado de pere-
grinos, sino según la disposición que pudo notar en algu-
nas de las Basílicas de Roma, por ejemplo, en la de San
Clemente; es decir, en la nave principal de la Iglesia y
separado del presbiterio. El ancho del coro era próxima-
mente el mismo, que el de dicha nave; y su largo com-
prendía tres intercolumnios, y por consiguiente, cuatro
(1) En el ejemplar de la Compostelana que se guarda en el Archivo de
la Catedral, el párrafo en que se refieren estos sucesos tiene el siguiente
epígrafe que falta en la edición de Flórez: De destrucíione veteris ecclesie et
de coro noue ecclesie.
LOS TBES PBIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 433
machones á partir de los dos ma3^ores que niiran al Po-
niente. Sobre el coro hizo una tribuna, sin duda para los
órganos, cítaras, violas y chirimías. De esta tribuna se
hace mención en el capítulo citado de la Compostelana
por estas palabras: Superiorem partem cJiori mf/redientíbus.
En ol extremo posterior del coro mandó construir
dos pulpitos, uno de cada lado, el de la derecha para que
en él ejerciesen su orden los Cantores y Subdiáconos, y
el de la izquierda para que en ól se leyesen las Leccio-
nes y los Evangelios (1).
Hallándose ocupado en estas obras, recibió del Arzo-
bispo de Braga, D. Mauricio, una carta ó aviso invitán-
dole á que fuese á Tuy á asistir á la consagración de los
dos Obispos electos de Mondonedo y Oporto. La invita-
ción ponía en grave compromiso á D. Diego Gelmírez.
Se trataba de la consagración de dos Canónigos de San-
tiago, D. Munio Alfonso y D. Hugo, elevados simultá-
neamente á la dignidad episcopal, y á los cuales el Pre-
lado compostelano amaba con singular cariño. Además,
el alto honor de que iban á ser investidos los dos Canó-
nigos, recaía de un modo particular en su protector;
pues de ambos podía decirse, que eran hechura de Gel-
mírez. Sin embargo , lo avanzado que se hallaba el
invierno, que se presentara crudísimo, y más aún, lo
turbada que se hallaba Galicia con las correrías y ase-
chanzas de los cómplices y parciales de Arias Pérez, le
(1) Ipse quoque Episo.opus, utpote sapiens Architectus, in ejusdem
rliori dextro capite focit supereminens pulpitum, in quo cantores atque Sub-
diacones officii sui ordinem peragiiiit. In sinistro vero aliud, ubi I^ectiones
et Evangelia leguntur. (Hist. (Jompost., loe. cit.)— En el siglo XIV aún los
pulpitos se hallaban en el fondo del coro. D. Pedro Fernández de Castro
mandó sepultarse en el trascoro al i)ie del leedoyro de la Epístola.
Tomo III.-^.
434: LIBBO SEGUNDO
impidieron complacer á su amigo D. Mam-icio (i). Des*
pidió, pues, con las frases más expresivas de afecto y
cariño á los dos Electos, ó hizo que los acompañasen al-
gunos de los más calificados miembros del Cabildo com-
postelano.
Mas no por eso se vio libre D. Diego del compromiso.
El Arzobispo de Braga se adelantó hasta Lérez, cerca
de Pontevedra; y desde allí le envió nuevos Legados
instándole para que no dejase de asistir á la consagra-
ción; porque también él se hallaba convaleciente de una
grave y pesada enfermedad que había padecido, pero
que el deseo de verlo y conferenciar con él acerca de los
medios de promover y asegurar la paz pública y la tran-
quilidad de las Iglesias y otros asuntos análogos, le ha-
bía obligado á arrostrar por todo y á afrontar las pena-
lidades de un largo y difícil viaje desde Braga hasta el
Monasterio de Lérez.
Ante tan eficaces y reiteradas instancias, ya no era
dado á D. Diego Gelmírez el rehusar. Consultó el caso
con el Cabildo, quizás más que por otra cosa, por ver
quienes se ofrecían espontáneamente á acompañarle, y
se puso en camino. En el mismo día en que llegó á Lé-
rez, que fué Sábado de Pasión, 22 do Marzo (2), el Arzo-
bispo ordenó do Presbítero al Electo de Oporto, que
(1) Hacía ya algunos años que entre los dos Prelados existían vínculos
y relaciones mucho más estrechos que los del compañerismo. El Compostela-
no había nombrado al Bracarense, Canónigo de Santiago; y en el año 1110
le diera en préstamo la mitad de todas las posesiones que la Iglesia
compostelana tenía en Portugal entre el Limia y el Duero — y entre ellas,
Ibs iglesias de San Víctor y San Fructuoso, cerca de Braga— y en la villa
de Conieliana (Cornelia). (Hist. Compost., lib. I, cap. LXXXI).
(2) Aquel aiio cayó la Pascua en 6 do Abril.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 435
como Arcediano sólo tenía el grado de Evangelio. Al
día siguiente se celebró la consagración de los dos Elec-
tos, asistiendo, además de Gelmírez, los Obispos de Oren-
se y de Tuy y un número considerable de Canónigos de
diversas iglesias. Como la solemnidad se celebraba en la
Diócesis compostelana, Gelmírez no consintió que nin-
gún otro hiciese el menor desembolso para costear los
gastos de la función.
Dospué-; de comer, so fué D. Diego con ol Obispo do
Orense á visitar la granja de (reofjUdum (hoy Redondela);
y á la vuelta, reunidos todos los Prelados, trataron do
varios asuntos concernientes al bien común, y en particu-
lar, de ciertas diferencias que habían surgido entre los
Prelados de Tuy y de Orense.
El Lunes de Pasión se separaron los Prelados; tornó-
se á Braga D. Mauricio, acompañado del Obispo de Tuy;
y D. Diego Gelmírez, llevando consigo al Obispo de
Orense y á los dos recién consagrados, se encaminó á
Santiago.
En esta ocasión la Ciudad compostelana comprendió
perfectamente á cuanto le obligaba su propio honor. La
población en masa salió á recibir á los viajeros, y en
especial á los dos nuevos Obispos D. Munio y D. Hugo (1).
A ambos los consideraban como sus hermanos y conciu-
dadanos, y por consiguiente, creían que también ellos te-
(1) El entusiasmo que debió reinar entonces en Santiago se refleja visi-
blemente en la Compostelana; la cual (lib. I, cap. LXXXI, pág. 144), llega
á decir que la Iglesia de Santiago por la excelencia de su Clero y por la
gentileza de sus personas, sobresalía entre todas las de España y aún de Oc-
cidente. (lUam, iiimirum, Ecclesiam (Bti. Jacobi) super omnes Hispaniarum
ecclesías in esceUentia Cleri, in personarum vemistate, dignum erat coruscare,
qunp fnfius Occideiitis partes Bti. Jaco'ú Apostoli praesentia irradiahat).
43G LIBBO SEGUNDO
nian parte en su dignidad y en su exaltación. D. Munio
Alfonso era compostelano ó por lo menos gallego, y fué
uno de los primeros Canónigos nombrados por Gelmírez;
por cuyo encargo, en unión con D. Hugo, escribió la
Historia Compostelana hasta el capitulo LXXXIII del
libro I, según demuestra Flórez en la Noticia previa que
dá al frente del tomo XX, número 7. Vacante la Sede de
Mondoñedo á principios del año 1112, por fallecimien-
to del Obispo D. Gonzalo, el Clero y pueblo de diclia
Iglesia eligió por su Obispo al Canónigo Tesorero de
Santiago D. Munio, pues esta dignidad le había dado el
Prelado compostelano. En 2 de Marzo de 1112 ya se
hallaba Electo de Mondoñedo; sin embargo, fuese por la
enfermedad de su Metropolitano el Arzobispo D. Mauri-
cio, fuese por lo revuelta y agitada que por entonces se
hallaba Galicia, no fué consagrado, como hemos visto,
hasta el 23 de Marzo de 1113.
D. Hugo, francés de nación, vino acaso á Compostela
con el Obispo D. Dalmacio. Siendo ya Canónigo, Gelmí-
rez le nombró su Capellán, esto es, jefe ó encargado de la
Capilla Episcopal (1), y después le elevó á la Dignidad
de Arcediano. Hacía tiempo que se hallaba vacante la
Iglesia de Oporto, y para ocupar aquella Sede fué desig-
nado nuestro D. Hugo.
Tanto de D. Munio como de D. Hugo, dice el Canó-
nigo Giraldo ó Gerardo, continuador de la Historia Com-
postelana (2) que eran varones prudentes y venerables (viri
prudentes ac reverendi).
(1) Como D. Hugo entonces sólo era Diácono, el título ele Cajfelláu no
l»uc(lc tener otra significación.
(2) IVíMogo del libro II.
LOS TBES PaiME&OS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELAJÍA 437
Cuando los Prelados seguidos de inmensa muche-
dumbre llegaron á las puertas de la Catedral, los Canó-
nigos con todo el Clero de la ciudad, á quien Gelmírez
había enviado anticipadamente aviso, se hallaban orde-
nados en forma de procesión, vestidos de sobrepellices y
capas pluviales. Hecho el recibimiento de costumbre,
se dirigieron todos cantando un solemne responsorio al
Altar de Santiago, en donde aquel memorable día, que
era el de la fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora,
el Obispo de Oporto celebró su primera Misa.
Indescriptibles fueron el júbilo y el regocijo que con
tal motivo hubo en Santiago. Todas las clases, y en es-
pecial el Cabildo Catedral, se mostraron interesadas en
la exaltación de aquellas dos personas á quienes todos
conocían y trataban, y consideraban como amigos y
compañeros (1).
Llama la Compostelana en varios parajes á D. Diego
Gelmírez, escudo^ tutor, patrono, j^^'otector de Galicia, y en
ninguna ocasión se pudieron acreditar tales calificativos
como en el año 1115. Refiérese en la Crónica de D. Al-
fonso VII (2) que Alí-ben-Memón, almirante del Rey de
los Almorávides, Alí, invadía con sus naves las costas He
Galicia hasta el mar Británico, las de Cataluña y Fran-
cia, las de Sicilia é Italia y hasta las de Constantinopla
(1) Enturbióse algún tanto el general regocijo con la muerte ocurrida
al poco tiempo del venerable Gundesiudo. Había sido Abad de la Canónica
y Cardenal mayor desde que fueron instituidas las Cardenalías. Dejó la
mitad de las casas que poseía en Compostela al Hospital de Santiago, y la
otra mitad para la fábrica de la Catedral. Sucedióle en la Cardenalía Pe-
dro Gundesíndez, Capellán que había sido de D. Diego Gelmírez. Compró
las casas de Gundesindo el Prior de la Canónica, Pedro. (Lib. I, cap. XC,
I>ág. 170).
(2) Esp, Sag., tom. XXT, núm. 45, pág. 359-360.
438 LIBRO SEGUNDO
y Siria, causando en todas partes indecibles estragos y
llevándose considerable número de cautivos. Parece que
en las costas de Galicia era en donde principalmente
descargaban su furia estos corsarios. «En este tiempo,
dice la Compostelana al año 1115 (1), los Hispalenses, los
Saltenses, los Castellenses, los Salvienses, los Lisbonen-
ses y todos los demás Sarracenos que habitaban cerca
de la costa, desde Sevilla hasta Coimbra, se acostumbra-
ron á construir naves y á lanzarse en ellas al mar, bien
armados, devastando y asolando toda la región marítima
desde Coimbra hasta los Pirineos, á saber, Oporto, Mo-
rrazo, Saines, Postmarcos, Entines, Nemancos, Soneira,
Seaya, Bergantines, Nendos, Pruzos, Besoucos, Trasan-
cos. Vivero, Rivadeo, Navia, y los demás puertos de As-
turias y de la tierra de Santa Juliana. En las costas de
Galicia se hallaban apoderados de las islas de Flamia, de
Ons, de Sálvora, de Arosa, de Quebra y del monte Louro,
cerca de Muros. Allí se rehacían y descansaban, cuando
era necesario, y reparaban las averías de sus naves; y
desde allí, ya por sorpresa, ya á cara descubierta, asalta-
ban las costas vecinas, echaban al suelo las iglesias, arra-
saban los altares, incendiaban los palacios de los señores,
las casas de campo y las chozas de los pobres, cortaban
los árboles, mataban los ganados y se llevaban de ellos
para sus naves lo que les hacía menester, y á todos cuan-
tos encontraban, varones, mujeres y niños, les daban
muerte ó los llevaban cautivos (2). Así cautivaron á dos
muy nobles y poderosos caballeros Fernando Arias y
(1) Lib. I, cap. CIII.
(2) Entre las iglesias destruidas por aquel tiempo, consta lo fué la
IttOUast^rial de San Julián de Moraime, en tierra de Nemancos.
LOS fREs íñnvfEROS siatos de la i. compostelana 439
Menendo Díaz, los cuales para redimirse tuvieron que
entregar sesenta cautivos de la clase de siervos. A tanto
llegó la audacia de los piratas, que en varias 03asiones
plantaron sus tiendas en tierra firme, para poder con ma-
yor facilidad hacer sus correrías y rapiñas. Los labrado-
res que vivían cerca del Océano, veíanse, por tanto, obli-
gados al mediar la Primavera, á retirarse tierra adentro
ó á guarecerse en cavernas con cuanto poseían (1).
Varias veces se habían reunido los Magnates de Ga-
licia para acordar los medios de defender las costas y
librar al país de semejante plaga, y sabemos que ya en-
tonces había un admirante; mas siempre se había trope-
zado, no tanto con la escasez de recursos, como con la
falta de personas peritas en el arte de construir naves
de guerra y de alto bordo. En los puertos de Galicia no
se construían entonces más que barcos propios para la
navegación de cabotaje; y el Almirante gallego, D. Ro-
drigo Fróilaz, hermano del Conde de Traba, era impo-
tente para rechazar, con tan escasos y débiles medios,
las agn^siones y acometidas de los piratas.
En tal situación, se le ocurrió á D. Diego Gelmírez
buscar artífices diestros en la construcción de grandes
naves de dos órdenes de remos (hirremes), que ya enton-
ces, según dice la Compostelajia, en lenguaje del vulgo se
llamaban [jaleas. Para ello, envió mensajeros á Genova y
á Pisa (2), ofreciendo las más ventajosas proposiciones á
los navieros que quisiesen venir á Galicia á dirigir la
construcción de dos poderosas birremes. Por fin, se pres-
(1) En el lib. II, cap. XXI, se dice que desde mediados de Abril era
cuando quedaban desiertas las costas de Galicia.
(2) En el cap. XXT del lib. II, se dice que también los envió á Arléííi
440 LIBRO SEGUNDO
tó un genovés llamado Eugerio ó Augerio; el cual, ins-
talado con sus oficiales en el puerto de Iría, procedió sin
pérdida de tiempo á la construcción de dos galeas ó ga-
leras, suministrándole el Prelado con larga mano todo
cuanto era necesario para la obra.
Terminadas las naves, se alistaron doscientos Irien-
ses como tripulantes, y á las órdenes del mismo Auge-
rio, al comenzar el verano del año 1115, se lanzan al mar
en busca del enemigo. Sedientos de venganza y ansiosos
de resarcirse de los daños y afrentas recibidas, su norma
de conducta fué la que con ellos habían tenido los Sarra-
cenos. A las naves que encontraban las apresaban, des-
truían é incendiaban. Cuando llegaban á poner el pie
en tierra, incendiaban casas y mieses, tal como se halla-
ban en las eras, talaban árboles y viñas, destruían y
saqueaban mezquitas, después de cometer en ellas toda
clase de torpezas; degollaban á hombres, mujeres y ni-
ños, ó cargaban de hierros á los que parecían más aptos
para la esclavitud. Cuando las galeras no pudieron so-
portar ya más presa, ni botín, dieron vuelta para Galicia,
en donde entraron en triunfo en el puerto de Iria. Como
tan grande era su satisfacción, presentaron con toda es-
pontaneidad la quinta parte (1) de los despojos, inclu-
yendo el oro y la plata, al Prelado, además de lo que á
éste le correspondía como dueño que era de las dos
naves.
A los Sarracenos que liabian cautivado, los destina-
(1) En la edición de Flórez, se lee quaria; en el ejemplai' niattUácntó de
la Catedral, quinfa; y esta lección debe preferirse, porque la quinta, era Itt
porción fj[Ue en semejantes casos se reservaba al Señor,
V
i
LOS TUES f RIMEROS SIGLOS BE LA í. COMÍOSTELAÍÍA 44:1
ron para que sirviesen como peones en la obra de la
Iglesia de Santiago.
Es cierto que esto dio margen á represalias; que los
de Sevilla y Lisboa se asociaron para tomar desquite,
y que por mucho tiempo tuvieron bloqueados con vein-
te naves los puertos de Galicia; pero D. Diego fué el
que abrió el camino y trazó la senda que debía seguir-
se para rechazar y alejar de nuestras costas á huéspedes
tan crueles y rapaces. Y él mismo fué el que cinco años
después, como más adelante veremos, rompió el bloqueo
y castigó de nuevo á los Sarracenos (1).
Con estos hechos, cada vez se granjeó Gelmírez ma-
yor nombre y prestigio. De ello dan testimonio las car-
tas que le dirigían los personajes más conspicuos de su
época, y los encargos que le encomendaban. A mediados
del año 1114 le escribió el Arzobispo de Toledo, Don
Bernardo, lamentándose de que las turbulencias del
reinó no le permitiesen verlo personalmente, por más
que vivamente lo deseaba. Le hace saber que se había
visto precisado á suspender del oficio episcopal y sacer-
dotal al Arzobispo de Braga, D. Mauricio, para repri-
mir su insolencia en intrusarse en la Sede de León. Le
traslada copia de las Letras del Papa Pascual II, por
las cuales priva á D. Mauricio de la Sede Bracarense,
mientras persevere en su maldad, y le ruega que pro-
cure notificar dichas Letras á todos los Obispos de la
provincia Bracarense para su exacto cumplimiento. Le
(1) Merced á entos trabiijos, alíennos liistoriadores consideran, con ra-
zón, á Gelmírez como restaurador de la Marina militar en Ion Estados cris-
tianos de la Península. (Véase Murguía, D. Dingo Gelmírez; Coruila, 1898;
piVgina 187).
44*2 LlBfiO SEGUNDO
remitió, además, otras cartas especiales para que tuvie-
se á bien enviarlas á la Infanta de Portugal, D.^ Te-
resa (1).
Más adelante hablaremos de la carta que por este
tiempo le escribió el Cardenal Cancelario Juan Gaye-
tano, que después fué Papa con el nombre de Grelasio II;
pero aquí no podemos prescindir de las Letras que el 20
de Agosto de 1115 le dirigió desde Bene vento el Pontí-
fice Pascual II, en las cuales se hallan resumidos los
conceptos que acerca de la persona de Gelmírez deja-
mos expresados:
«Pascual, Obispo, Siervo de los siervos de Dios, al
» Venerable hermano Diego, Obispo compostelano, salud
»y apostólica bendición. Hemos sabido que tu persona
»no tiene poco que sufrir por la perturbación de vuestro
» reino, en parte por la gran importancia de la Iglesia
»de Santiago, en la cual por favor de Dios presides, y
>en parte por la capacidad de tu espíritu que se hace
» temer de no pocos. De aquí que te persigan con su
»odio todos aquellos que se proponen perturbar el reino,
»y que te veas obligado á esquivar con toda solicitud
> sus asechanzas para no recibir daño en tu persona, ni
»en tu Iglesia, lo que Dios no permita. Por esta razón
» nuestro cohermano Hugo, Obispo de Oporto, y I^orenzo,
» Clérigo de vuestra Iglesia, que han venido á Nos con
» vuestra Legación, la cual han desempeñado cumplida-
» mente. Nos han suplicado con muchas instancias que
» tuviésemos á bien dispensaros de la asistencia á los
> Concilios provinciales. Nos que deseamos proveer á tu
» salud como á la nuestra propia, y librarte y alejar de
(l) Lil>. I, cap. XCIX.
LOS TKÉS PR ntEEOS SIGLOS DE LA I. COmPOsTELAIÍ A 443
»tí toda suerte de peligros, accedemos, con la benigni-
»dad debida, á tu petición; y mientras dure la guerra y
> la perturbación del reino concedemos que tu persona
» quede exenta de la asistencia á los Concilios. Para ma-
»yor honra de tu fraternidad te otorgamos, además,
>que diariamente puedas usar túnica y estola; las cuales
♦ prendas son indicio de la dignidad sacerdotal: pues
♦ nuestro deseo es que conserves la salud temporal, y que
>te esfuerces en agradar en todo al Señor Omnipotente.
»Dado en Benevento á XIII de las Kls. de Septiembre,
♦ indicción VIII.» (Año 1115) (1).
No es fácil enumerar todas las adquisiciones que Don
Diego Gelmirez hizo por estos tiempos para su Iglesia.
Aquí sólo mencionaremos la del Monasterio de San Pela-
yo de Circitello (Sabugueira, cerca de Santiago), con toda
su servidumbre, villas y pertenencias, á saber, Villama-
3^or, Mou rentan. Castro fracto (Cazofreito) , Salamiro, Ce-
sar, Anseriz, Quintanas, Villarrubín, Salimes con la igle-
sia de Santa Marta; las villas de Molnes (Moldes?) y Ango,
en Castela; las de Tranca, Occa y OrdiaU en Deza, y otras
más en Síaonía (2). Del famoso Rabinado Núñez, ó Mu-
ñiz, cómplice de Arias Pérez, adquirió también las villas
de Aquilón, Vilar y Rial, con su servidumbre y demás
pertenencias (3). De Pedro Vimáraz adquirió la villa de
Tabladela, con su servicial ó labrador, y la sexta parte
de la iglesia.
El Conde Oveco, con su esposa Eila, donó á la Igle-
sia de Santiago la parte que tenía en las villas de Bova-
(1) Lib. I, cap. CV.
(2) Lib. I, cap. XC.
(3) Loe. cit., pág. 180.
444 Lifittó sÉaüNDO
della y Flsata, á orillas del Pisorgi. Dio libertad á todos
sus siervos, y los puso bajo el patronato de Santiago (1).
Más copiosa fué la donación que por el mismo tiem-
po hizo Ramiro Muñiz, la cual comprendía la parte que
Ramiro tenía en San Martín de Severana (Sobran), con
sus pertenencias en San Juan de Bojón (Bayón), con las
villas de Forno y Cerqidíu, la mitad de Santa María de
Coleirsi, la de San Pedro de Sena (Cea), la de Santa Eu-
lalia m ripa Urniae (de Rivadumia), la de Santa Leocri-
cia de Sicana (Sisan) y la de San Martín de Meix (Meis),
su porción en el Monasterio de Calogo con sus pertenen-
cias^ á saber, las villas de Caleiro y su porción en Deiro,
en las villas de usa, Ciirhellíón (Corbillón), Unió, Portas
y Lbix y en Santa María de Vesomamio (Besomaño) (2).
Importante fué asimismo la adquisición que hizo
Gelmírez del Monasterio Bicdanense (Budiño?) en tierra
de Corónalo ó Cornado. Ñuño Budanense, con su herma-
no Froilán, su tío materno Diego Dukitii ó Dulce, y otros
parientes, hizo cesión de este Monasterio á la Iglesia de
Santiago, con la condición de que mientras viviese cual-
quiera de ellos, lo tuviese en usufructo, reconociendo,
sin embargo, el dominio de la Iglesia compostelana.
También fué condición, que si alguno de la descenden-
cia de los donantes llegase á recibir Ordenes sagrados,
pudiese poseer el Monasterio en la forma dicha. D. Die-
go (irelmírez recogió todos los documentos referentes al
Monasterio y á su hacienda, y los depositó en el Tesoro
de la Iglesia de Santiago (3).
(1) Pág. 187.
(2) Vkg. 188.
p) Lil). T, cap. C, pág. 187,
LOS TBKS PRIMKBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA
Ub
Otras donaciones hicieron Marina Fernández, Pedro
Arias, Gundesindo Cidiz y Munio Díaz, que pueden ver-
se en la Historia Compostelana (1),
Como hemos visto, no era sólo la Iglesia Catedral de
Santiago el objeto del celo y desvelos de Gelmírez; otras
muchas iglesias de la Diócesis experimentaron hasta
dónde llegaba su liberalidad y munificencia. Por esto
tiempo renovó, restauró y consagró la iglesia de Santo
Tomás de O james (Ames?), y reedificó las de Fdonio (Pi-
lono) y Cherua (Queiruga), en Postmarcos. En el castillo
Honesto, entre otras obras, hizo un puente que pusiese
en comunicación la fortaleza con la tierra firme.
(l) Pág. 189.
^ .„^ isaipfl^ , ^^
iiilniíilMÍliiniiiMiiiiiiiMiiVininfíllímmiiMiiilínimiiiiiiiiiinM
mmimhriTfmiiiíin^iÍNÍ?íTii1Ti^
CAPITULO XVII
Es declarado D. Alfonso Vil de mayor edad en la Basüica
compostelanai y reconocido como Rey de Galicia.— Guerra
civil en Galicia entre los partidarios de D. Alfonso y los de
D.^ Urraca.— Sublevación en Santiago contra D.'^ Urraca
y D. Diego Gelmírezt
i:É hacía entrt* tan-
to el Príncipe Don
Alfonso en la fron-
tera do Toledo,
que era donde se hallaba, según hemos demostrado en
el opúsculo, D. Alfonso VIL Rey de (ralicia? Acostumbrar-
448 LIBRO SEGUNDO
se, bajo la dirección de su ayo el Conde de Traba, á las
fatigas de la guerra, adiestrarse en el manejo de las ar-
mas y en las cosas de la milicia, y defender á la imperial
ciudad. Justamente por este tiempo, el general de los
Almorávides, Almazdalí, llevó á tanto su osadía, que
puso cerco á Toledo; pero al ñn los Cristianos, en Enero
de 1115, abandonan sus posiciones, cierran con gran ím-
petu sobre el enemigo, rompen y desbaratan sus filas, y
dejan tendido en el campo al temible general.
Vemos ahora, que sobrado motivo tenía D.^ Urraca
para celarse de su hijo, y temer que subiendo de esto
modo, concluyese por apoderarse de todo el reino. fTÍ-
mehat enim, ne sic ascendendo totíus Regni sceptrmn adipisce-
retur) fl).
Y en efecto, su última estancia en Galicia dejó mal
impresionados á los Gallegos, máxime á los partidarios
del Príncipe D. Alfonso. Comenzaban éstos á impacien-
tarse porque á D. Alfonso, de Rey de Galicia, no le que-
dase más que el título, y porque la madre continuase
gobernando estas provincias, atendiendo exclusivamente
á su provecho propio, y no escrupulizando en perjudi-
car los intereses del Príncipe. Cuando á mediados del
año 1116 la Reina abandonó á Galicia, esta impaciencia
y este descontento subió de punto, y no tardó en mani-
festarse con hechos, y hechos violentos.
El Conde de Traba que, como acabamos de decir,
permanecía en la frontera acompañando á D. Alfonso,
no perdía de vista, ni un sólo momento, los sucesos de
Galicia, porque aquí estaba el principal resorte para
mover la máquina que quería poner en juego. Su deseo
(l) Hist. Comimt., \\h. I, cap. CVIII.
LOS TRES PB1T.IEE0S SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 449
era resolver el contíicto por los medios pacíficos, ó al
menos retardar hasta lo último el empleo de los violen-
tos; bien comprendía que esto era muy difícil, sino im-
posible,, y que, por lo mismo, era necesario estar prepa-
rado para todo evento.
Mas ni la prudencia, ni la sensatez de D. Pedro,
bastaron á contener la fogosidad y ardor de sus amigos
en Galicia, los cuales, pasando pronto á vías de hecho,
comenzaron á hostilizar á los partidarios de D.^ Urraca,
y á acorralarlos y á estrecharlos, hasta el punto de ([ue
los Condes D. Rodrigo Vélaz y D. Munio Peláoz, no tar-
daron en verse en grave aprieto (I). Poi* otra j)arte, Don
Fernando Pérez in\^adió el territorio de Saines con es-
cogido ejército, y puso riguroso asedio al castillo de Lo-
beira, que su alcaide Ñuño Peláez defendía con gran
tesón por D.'^ Urraca (2).
Pero nuevos acontecimientos vinieron á dar mayor
incremento y mayores proporciones á esta guerra.
A fines del año 1116 llegaron de improviso á San-
tiago unos correos, portadores de pliegos do importan-
cia. Venían de la frontera, y requerían con toda urgen-
cia á D. Diego Gelmírív.. Llegados á la presencia del
Prelado, le dieron cuenta de la embajada que traían:
le dijeron que venían de parte del Príncipe D. Alfonso,
y pusieron en su mano un pliego escrito por éste y con-
cebido poco más ó menos en los siguientes términos: —
«Reverendísimo Padre y Señor, no ignora vuestra San-
tidad, que á la muerte del Conde Raimundo, mi padie.
(1) Pene iam i n arciii pósitos, dice \&, Compostelana, ]'\\t. J. cap. ('1\.
pág. 211.
(i) llist. Com¡>o.sl., lib. 1, rap. (JIX. iKi-. -M I.
Tomo 111. -;íü.
450 LIBEO SEGUNDO
el nobilísimo Rey Alfonso, mi abuelo, siendo yo todavía
Infante, convocó en León á todos los Proceres de Gali-
cia, é hizo que todos y cada uno me prestasen homenaje
y juramento de fidelidad, como á Señor de ese reino.
Para después de su muerte, puso, no obstante, esta con-
dición, á saber, que si la Reina, su hija, permanecía
viuda, retuviese el reino de Galicia aunque con inter-
vención de vuestra Paternidad y la de mi tío paterno,
el Arzobispo de Viena; pero que si pasaba á segundas
nupcias se me entregase á mí dicho señorío. Esto es lo
que juraron, no sólo todos los Magnates de Galicia, sino
mi misma madre; y j^o me alegro de que vuestra Santi-
dad se hubiese hallado presente en aquella ocasión.
Ahora bien; como es público y notorio, mi madre vivió
por segunda vez maritalmente (maritali thoro gavissam
fíiisse); justo es por lo tanto, que reclame el reino que
me pertenece. Si por ventura alguno de los Proceres ga-
llegos quisiese disputármelo, claro es que se hace reo do
perjurio, y Dios, juez justo y fuerte, sentenciará entre él
y yo. Resta, pues, que vos, á quien yo entre todos los
hombres de este mundo amo y venero como á mi señor
y patrono; que me habéis regenerado en la fuente del
bautismo y poco después me habéis ungido Rey en la
Iglesia de Santiago; y en quien yo tengo puesta toda mi
esperanza, os digneis darme ayuda para alcanzar lo que
es mío. » Tal fué la liábil embajada que el Conde Don
Pedi-o, en nombre de su regio pupilo, envió á D. Diego
Gelmírez, tan pronto tuvo noticia de que habían fraca-
sado las tentativas de concierto y alianza entre éste y
la Reina D.*'^ Urraca (1).
[i) liwt, Com¡JuJ., lib. 1, cap. CVIll, |'ág. 2U'J,
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DK LA I. COMPOSTELAXA 451
El Prelado de Santiago no pudo ocultar la turba-
ción y embarazo en que le ponía la embajada del Prín-
cipe Alfonso. El acceder á los ruegos que se le hacían,
era lanzarse á la ejecución de una empresa, cuyos resul-
tados nadie podía prever; pero que, sin embargo, era fá-
cil que los tuviese muy desastrosos. Negarse, era tapar
los oídos á los clamores de la justicia, y á las voces;
apagadas sí, pero elocuentes, del padre y del abuelo del
Príncipe, que ambos en el lecho de la muerte se lo ha-
bían recomendado con todo encarecimiento.
Al fin, venció en D. Diego el amor á la justicia (i)
y se decidió á inclinarse á la parte de D. Alfonso. Con-
vocado el Clero y pueblo, les dio cuenta del mensaje del
Príncipe, y les manifestó también cuál era su opinión
sobre el particular. Pocas palabras necesitó proferir Don
Diego para que toda la asamblea prorrumpiese en acla-
maciones y protestas de adhc^sión. Una cosa sola lamen-
iaban los circunstantes, y era que D. Alfonso no estu-
viese ya entre ellos para que, en aquel mismo momento,
pudiese ser aclamado y venerado como Rey. Si lo que
este entusiasmo tuvo de fácil y espontáneo, lo hubiera
tenido de constante y firme, muchos daños y desgracias
habría evitado. Pero exigir al pueblo firmeza y conse-
cuencia en sus afecciones y opiniones, mayormente cuan-
do éstas resultan de la amalgama y compen(^ti*ación de
muclias voluntados que se croen inteligentes y libres, os
lo mismo que pedir que sea sólido un edificio levantado
sobre la arena. Justamente, nunca en el Concejo de
(I) lllinc ju.stitia copíente i>ot¡oreni parrom nfropt.ii «'li¿^<'r«'. fU'^'>i'<'
452 LIBBO SEGUNDO
Santiago se había manifestado la vida pública con tan-
ta fuerza, como en aquella época. La efervescencia que
agitaba á los burgueses de Carrión, Sahagún, Burgos,
Falencia y otros pueblos de Castilla, se iba extendiendo
á Galicia. En Santiago bullía y retozaba una población
inquieta, impresionable y pronta á apasionarse, así en
pro, como en contra, de cualquiera idea. En aquel mo-
mento el nombre de D. Alfonso, Príncipe joven, cuyo
sistema de gobierno no habían aún experimentado, sonó
con encanto mágico á los oídos de todos; y D. Diego
Gelmírez, al contestar al Infante que no esperaba más
que su venida para ponerse á sus órdenes en la reivin-
dicación de su reino, no hizo sino interpretar la volun-
tad y deseos de los compostelanos y de casi todos los
moradores de Galicia (1).
En vista de todo esto, el Príncipe, con su ayo D. Pe-
dro, se apresuró á abandonar la frontera (2), y á tomar
la ruta de Santiago. D. Diego Gelmírez salió á esperar-
le á Iria. La Historia Cowpostelana, no interesada en exa-
gerar en este punto, dá á entender que el entusiasmo
con que se recibió á D. iVlfonso, fué indescriptible (cum
summo tripudio^ cum stirmrm juciinditatej , De Santiago sa-
lieron á su encuentro casi todos los habitantes; los varo-
nes, ni saludarle en señal de obsequio y completa sumi-
sión. Jo presentaron las armas que para este efecto
llevaban; y las mujeres, distribuidas en coros, cantaban
himnos de alabanza y de triunfo al nuevo Pey. Al lle-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. CVIII.
(2) Interea praedictus puer cuín Comité Petro Froylaz i.)edagogo suo
al) Es tromitato rovcrtitur in Gallaeciam. (Hid. Compost., lib. I, cap. CIX).
LOS THES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 453
gar á la Puerta de la Fajera, encontró D. Alfonso for-
mado en procesión al Clero de Santiago, presidido por
su Obispo, que á tal fin se había adelantado. En medio
de las más entusiastas aclamaciones, y con todos los ho-
nores regios, caminó D. Alfonso hasta la Catedral, y allí,
ante el Altar del Apóstol, se dio por terminada la cere-
monia de la proclamación y de la toma de posesión del
reino (1).
El Conde de Traba, después de dejar instalado á
D. Alfonso en los Palacios episcopales y en la Catedral,
que por lo grave de las circunstancias había sido tras-
formada en regio alcázar, salió á recorrer el país para
someter á los que aún se obstinaban en desconocer la
autoridad del Príncipe. En Santiago quedó haciendo la
Corte á D. Alfonso, la Condesa de Traba, D."^ Mayor.
Debió esto acontecer en los últimos días del año lllG ó
á principios del año 1117 ('2).
La noticia de estos gravísimos sucesos llenó de alai*-
ma á D.^ Urraca, la cual, en su fogosa imaginación,
creía ya ver perdida para siempre su soberanía en Ga-
licia. Reunidos algunos de los Magnates que componían
su Corte, y entre ellos el venerable anciano D. Pedro
Ansúrez, Señor de Valladolid, el Conde de Lara, D. Po-
dro González, y los Obispos de León y Palencia, se puso
precipitadamente en camino para Galicia. Más acá de
Triacastela, se le incorporaron los Condes D. Rodrigo
(1) Hist, Compost., lib. I, cap. CIX.
(2) En un Diploma que D.* Urraca otorgó á Santa María de Nájera á
22 de Enero de 1117 (Bolet'ni de la Academia, tom. XXVI, pá^. 2íí4), se lee:
Ego Vrraka gratia Dei Hispaniae Regina... una cum filio meo Adefonso Re^
gali diademate corónalo.
454 LIBRO SEGUNDO
Vélaz y D. Munio Peláez, y su ejército se iba engrosando
de día á día, considerablemente. Como los Gallegos ha-
bían aprendido á respetar á D."^ Urraca desde cuando
era niña, su presencia desarmó á muchos de los que se
habían preparado á hacerle la guerra.
En Mellid se detuvo D.* Urraca algún tiempo, como
para recontar y pasar revista á sus fuerzas. Desde aquí,
envió algunos Legados á Santiago para explorar la dis-
posición de ánimo de D. Diego Gelmírez. Empero, de
esta vez varió de táctica, y en lugar de justificarse, como
en otras ocasiones, se confesó culpable y poco acreedora
á la benevolencia de los Gallegos. — «Reverendo Padre,
decían en su nombre los mensajeros que había enviado
á Gelmírez, Reverendo Padre, por mi maldad y por mi
insensatez, bien merecía ser privada de este reino de
Galicia, ¿pero no me valdrá de alguna excusa la debili-
dad de mi sexo? Acuérdese vuestra Paternidad de mi
padre, el nobilísimo Rey D. Alfonso, que os ha educado
desde la adolescencia, y os ha hecho tantos y tan insig-
nes favores. Y por lo que á mí toca, creo que, si bien lo
consideráis, desde que he comenzado á reinar y á dispo-
ner de riquezas, no he dado tantos motivos para que de-
ba ser tenida como ingrata con Vos y con la Iglesia de
Santiago. Plegué, pues, á Vuestra Paternidad, no des-
pojarme de mi reino. Si me acusareis de haber faltado
al pacto y concordia, que antes de ahora teníamos esta-
blecido, y de liaberme conducido con Vos como enemiga,
estoy pronta á daros todas las satisfacciones que pidáis;
porque yo, por ningún concepto, quisiera tener que con-
taros entre los causantes de la pérdida de mi reino.
Como prueba de mi sincero deseo de reconciliación,
OÍy^zco desde luego, á Vos y á vuestra Iglesia, la juris-
LOS Tees peimeiios swlos de la i. compostelana 455
dicción de Lobeira con su castillo, la de Ferreira con el
suyo y la tierra de Montes» (1).
El Prelado de Santiago, aunque con cortesía, contes-
tó fríamente, que en él no estaría bien visto que se sepa-
rase en un ápice de lo que dictaban la verdad y la jus-
ticia. Pero parece que D. Diego Grelmírez estaba sen-
tenciado á pagar las dietas de los viajes de D.^ Urraca
á Galicia. Mientras tanto la Reina descansaba en Mellid,
algunos de los burgueses compostelanos comenzaron á
sentir fastidio y cansancio del dominio del Príncipe Don
Alfonso. La Compostelana (2) pinta, con concisión digna
de Tácito, el carácter é índole de los burgueses de aquel
tiempo, y en particular, de los compostelanos. — «Sin
opción á rebelarse, dice, y sin mudar á cada paso de
dueño, no conciben libertad.» (Bdl)ent pro summa Hhertate
alternare dóminos, et dominis suis esse rehelles). Los descon-
tentos se presentaron, pues, sigilosamente á D.^ Urraca,
y en nombre del Concejo de Santiago, la reconocieron
por Reina y Señora, y le prometieron ayudarla y fran-
quearle las puertas de la ciudad. Otros, so pretexto de
evitar los grandes males y desgracias que son inevita-
bles en todo asedio, combate y asalto de ciudad fortifi-
cada, piden y ruegan al Prelado que aconseje al Rey
D. Alfonso y á su aya D.^ Mayor, que dejen la ciudad.
La trama estaba bien urdida, porque el deseo de conju-
rar los horrores de un sitio, hizo que muchos entrasen
de buena fe en este complot. Para más obligar al Prela-
do, le prometieron que si conseguía que el Príncipe sa-
hese de la ciudad, de tal manera se constituirían en sus
(1) Hi8l. Compost., lib. I, cap. CIX.
(2) Lib. I, cap. CVIII.
4.JÜ LIBEO SEGUNDO
vasallos y servidores, que le defenderían contra el Con-
de de Traba y hasta contra D.^ Urraca, ó contra quien
quiera que faese. La Condesa D.^ Mayor, ante las con-
tingencias que podían sobrevenir, no creyó prudente
permanecer por más tiempo encerrada en Santiago con
el joven Monarca. Salió, pues, con su 3;iumerosa y esco-
gida escolta, y fué á incorporarse con el ejército de su
esposo, que no debía estar lejos (1).
Con esta primera ventaja, creció la insolencia y au-
dacia de los compostelanos. Los cuales, olvidados de las
ofertas que habían hecho á su Obispo, quisieron pres-
cindir de él por completo, y entenderse directamente
con D/^ Urraca. Envíanle, pues, secreta embajada, pi-
diéndole que acelere su venida á Santiago. Algunos,
más moderados, aconsejan en tanto al Obispo que haga
las paces con la Reina. Pero, debajo de todos estos ma-
nejos, se encubría una horrible conspiración, que tenía
por objeto deponer á D. Diego, haciéndole aparecer
í^omo rebelde y cómplice de los enemigos de D.^ Urraca.
En la cual conspiración se hallaban comprometidos al-
gunos de los familiares del Prelado.
La Reina no se hizo esperar, y con todo su ejército,
se presentó á las puertas de Santiago. Y ¡cuan insta-
ble es el pueblo en sus afecciones y aún en sus con-
vicciones! ¡Quizás no habían transcurrido dos meses des-
de (jue los compostelanos habían salido á la puerta
occidental de su ciudad para recibir, con todo entusias-
mo, al Rey D. Alfonso, y ahora los vemos correr presu-
rosos hacia la puerta oriental, con el afán de preparar
gran ovación á D.^ Urraca!
(1) Hist. Composf., lib. T, cap. CIX, pág. 213.
LOS ÍHEá PÉIiíEItOS SIGLOS Í)E LA 1. ÓOMPOSTELÁNA 45?
D. Diego sólo tuvo noticia de la venida de la Reina,
cuando vio inundada la ciudad por las tropas reales. No
tuvo más tiempo que para encerrarse y parapetarse en
las torres de la Iglesia. Desde allí pudo contemplar, lle-
no de amargura, cómo el populacho con la soldadesca
se entregaba al saqueo y al pillaje. A tanto llegó el fu-
ror de las turbas, que destruyeron gran parte de las
casas episcopales. Y como si esto no fuera bastante,
pedían á voz en grito que se diese la orden de asaltar
las torres.
La Reina, á su vez, se veía asediada de súplicas,
consejos y exhortaciones para que desposeyese y perdie-
se al Prelado; mas, contentándose con tenerlo incondi-
cionalmente sumiso á su voluntad, no quiso llevar las
cosas á tal extremo. Envióle, como parlamentarios, con
proposiciones de paz, al Conde D. Munio Peláez y á
D. Fernando Váñez. Los cuales, unas veces con ruegos,
otras con amenazas, otras con halagos y ofertas, procu-
raron persuadir á D. Diego de la conveniencia de acep-
tar las proposiciones que se le hacían, ^fas D.^ Urraca,
([ueriendo sacar todo el partido posible, cuando veía que
el Prelado comenzaba á ceder, hacía nuevas exigencias,
como la de que él resarciese todos los daños que había
ocasionado D. Fernando Pérez durante el sitio de Lo-
beira. Al ñn D. Diego, reducido á lo último en lo alto
de las torres de su Catedral, hubo de aceptar las condi-
ciones que la Reina tuvo á bien imponerle, y con esto
pudo quedar estipulado, entre ambos, un simulacro de
concordia y alianza (1).
Arregladas y compuestas las cosas de Santiago, con
(1) Hisf. Compost., lib. T, cap. CX y CXI.-
4o8 LtfiSO SEGUNDO
tan precario y endeble temperamento, la Reina prosi-
guió en su empeño de someter toda Galicia á su obe-
diencia. Con este designio, se encaminó hacia la comar-
ca de Tuy para castigar la audacia del Conde de Toro-
ño, D. Grómez Núñez, que con su valor y actividad,
hacía que toda aquella parte de Galicia estuviese á
devoción del Principe D. Alfonso. El Conde de Traba,
que siempre quiso contenerse dentro de los límites de la
prudencia, fué siguiendo los pasos del ejército de Doña
Urraca y observando sus movimientos. Cuando la vio
dentro del castillo de Suberoso (Sobróse, cerca de la raya
de Portugal), llama con toda premura á la Infanta
D.^ Teresa, y ambos bloquean á la Reina en la citada
fortaleza. D.^ Urraca pudo, por dicha, hacer venir opor-
tunamente refuerzos. Con tal ayuda, salió del castillo y
dio vuelta para Santiago. Poco tiempo después, hacia
mediados de Abril, recelosa de lo que pudiese ocurrir
en León, se dirigió á esta capital, aunque no sin dejar
bien guarnecida á Galicia (1).
Cuando D.^ Urraca abandonó nuestro país, lejos de
quedar zanjadas las cuestiones y diferencias que encon-
trara en pie á su venida, las dejó más intrincadas y en-
cendidas. Con rebajar el poder y prestigio del Obispo
de Santiago por los modos que hemos visto, no hizo sino
dar ocasión á que los burgueses compostelanos se pre-
sentasen cada vez con más insolencia y osadía. So color
del bien público hicieron entre sí una hermandad, aso-
ciación ó cofradía, y para halagar á la Reina, le confi-
rieron la presidencia, llamándola Señora y Ahadesa. Doña
Urraca no se demostró desdeñosa con tales manifesta-
(1) Hist. Comjwsf., lib. I, cap. CXI.
LOS TBES PftlMfiRÓS SIGLOS DÉ LÁ 1. CoM1»0sTELAÍÍA 459
ciones de consideración y respeto; así es que, estando
aún en Galicia, disimuló y toleró muchos de los hechos
punibles á que se propasaron los compos tela nos. ¡Bien
pronto había de experimentar por sí misma los funestos
resultados de tal condescendencia!
El principal é inmediato objetivo de los revoltosos
de Santiago, era anular por completo la autoridad del
Obispo, al menos dentro de los términos de la ciudad, y
dejarlo reducido, cuando más, á la condición de simple,
pero bien condecorado capellán. Empezaron por expul-
sar á un sobrino dol Obispo, que so llamaba Pedro y
era el Prior de la Canónica, y á un hermano llamado
(íundesindo, que ejercía el cargo de Corregidor (villicus
civitat'is). D^ Urraca, que cuando esto pasaba, aún se ha-
llaba en Galicia, no hizo demostración alguna de des-
agrado, antes dio su consentimiento; porque los conjura-
dos le hicieron creer, que tanto el Prior, como el Corre-
gidor, eran los principales causantes de los trastornos y
desórdenes del país, y los que liabían influido en el áni-
mo de D. Diego para que abrazase el partido del Prin-
cipe D. Alfonso (1).
Si esto hacían los compostelanos, hallándose presen-
te la Reina, juzgúese lo que no osarían estando ausen-
te. Los cabezas de motín convocan al Clero y al pueblo,
abrogan los antiguos reglamentos y ordenanzas de po-
licía y administración, y establecen otros nuevos. (Reno-
vant leges et plebiscita). So pretexto de hacer justicia, des-
tituyen á los empleados puestos por el Obispo, nombran
otros nuevos, se apoderan de los edificios públicos, y se
arrogan el señorío de la ciudad. (Assumnnt sibi dominium
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. CX.
4()0 LIBRO SEGUNDO
totius nrl)is), A los que liallaban flojos y remisos en se-
cundar tales desmanes, los amedrentaban con terribles
amenazas y hasta con la muerte. (Quíhusdam etiam mor-
tem minitanturj (1).
D. Diego todo lo sufría, y todo lo toleraba en silen-
cio. Ya no pedía sino que los conjurados reconociesen
su señorío en las comarcas pertenecientes á la Iglesia
de Santiago que estaban faera de la ciudad, y que se le
consultase en las determinaciones y acuerdos que se
tomaran respecto de dichas regiones.
Nada bastaba, sin embargo, para contentar á los
compostelanos. Aquel era un volcán en continua ebu-
llición. Cierto día, reunido el Clero y el pueblo, uno de
los jefes de la conspiración llamado Arias (2) les aren-
gó con tanto fuego, y con tanta animosidad contra el
Prelado, que todos como si estuviesen poseídos de fre-
nesí, corrieron á echar abajo lo que restaba en pie de
los Palacios episcopales. El celo de Arias no era gene-
roso, ni desinteresado. ¿Cuándo lo ha sido el de ningún
conspirador? Arias anhelaba un arcedianato, y como re-
compensa de sus arengas y de sus trabajos revoluciona-
rios, obtuvo que todos lo apoyasen en sus pretensiones.
La muchedumbre se presenta á D. Diego, le pide, ó más
bien le intima, que nombre Arcediano á Arias. El Pre-
lado se resiste; pero sú resistencia no hace más que
exasperar á las turbas, que prorrumpen en gritos des-
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. CXI, pág. 217.
(2) El texto impreso de la Compostelana (Esp. Sa-j., tom. XX, lib. I,
cap. CXI, §. 5, pág. 220), calla el nombre de este revoltoso que asi conspira-
ba en su provecho. Lo conocemos por el epígrafe que se lee á la cabeza de
dicho §. 5, en el ejemplar del Cabildo de Santiago, el cual dice así: D¿ Aria
Qon apir atore fado archidiácono.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 4Gi
aforados y en atroces amenazas. Los más audaces se ade-
lantan, vociferan, gesticulan, manotean, como si estu-
viesen ya para lanzarse á ejecutar los daños y ruinas
con que amenazaban. En los oídos del Prelado resonaba
de un modo terrorífico el descompasado clamoreo de los
sublevados; ya los ve acercarse, ciegos de ira y de furor,
empuñando las espadas los unos, y levantando la pique-
ta los otros; y en aquel trance supremo, con consejo de
algunas personas prudentes que le acompañaban, acce-
de á lo que de él, por aquellos medios, se exigía. No
(juiso, empero, que el malvado y ambicioso Arias reci-
biese directa y personalmente la investidura de la dig-
nidad que le confería, sino por medio de personas graves
que fuesen como sus fiadores y garantes.
Por aquí puede juzgarse cuál sería la situación de
D. Diego en Compostela. Llegó á tal extremo, que en
más de una ocasión tuvo que empeñar su vajilla y hasta
sus ropas para comprar pan. ( Vasa epíscoioí et vestes oppi-
fjnerari saepiusj (1). En tan poco era tenida su autoridad
en Compostela, que los conspiradores se atrevieron á
destituir al Tesorero ó encargado de recaudar las limos-
nas del Altar de Santiago, y á elegir otro por su cuen-
ta. El que se mostraba en algo favorable ó respetuoso
para con el Prelado, pronto incurría en las iras de los
rebeldes. Los cuales no perdonaban medio para acabar
de desprestigiar y desacreditar á I). Diego. Unas veces
decían que estaba en connivencia con el Conde de Tra-
ba y con los enemigos de la Reina; y por más que Don
Diego lo desmentía, no sólo con las palabras, sino con
los hechos, saliendo á rechazar las frecuentes acometidas
(1) Hiai. Co nposl., lib. I, cap. CXI, pág. 22(>.
462 LIBRO SEGUNDO
y correrías de las tropas de D. Pedro, todo lo explicaban
los rebeldes á su manera, y todo lo echaban á mala par-
te (1). Otras veces aseguraban que la Reina estaba alta-
mente irritada contra él, y dispuesta á deponerlo y me-
terlo en una cárcel á la primera ocasión; y que como él
estaba tan mal mirado de todos, por eso no se atrevía á
salir de Compostela, ni aún de los escondrijos de su de-
rruida morada.
D. Diego creyó necesario hacer un esfuerzo supremo
para desmentir estos rumores que tanto le perjudicaban,
tanto el de la indignación de la Reina, como el de la
connivencia con el Conde de Traba. A este fin, decidió-
se á salir de Santiago y presentarse á D.^ Urraca. Ha-
llóla cerca de Falencia, en tierra de Campos; y por más
que no temiese que la Reina lo maltratase y encarcela-
se, como afirmaban sus enemigos, sin embargo, la favo-
rable acogida que se le hizo en la Corte, superó en mu-
cho su expectación. D. Diego pudo convencerse de la
sinceridad de las atenciones de D.^ Urraca, cuando vio
que ésta recibía con la misma deferencia y estimación á
su sobrino el Prior Pedro que, según hemos dicho, había
sido expulsado de Santiago. Y D.^ Urraca, para mejor
demostrar al Obispo cuan agradecida le estaba por su
visita y por los informes que le llevaba del estado de las
cosas en Oalicia, quiso hacerle un gran presente, cual
ern la Cabeza de Santiago Alfoo, que el Arzobispo do
Braga, D. Mauricio, había traído de Jerusalén. Y en
efecto, de vuelta en León le entregó la insigne Reli(iuia,
que estaba depositada en la iglesia de San Isidoro. No
todo, empero, era virtud en la, conducta, do D.^ Urraca;
(Ij Iliil. Com¡mt., lib. J, eH|». CXJ, f'á^. 21'J.
LOS TBES PBIMEBOS SIGLOS DE LA. I. COMPOSTELANA 463
la cual, recelosa como se hallaba de los grandes aprestos
que estaba haciendo el Rey de Aragón para la conquis-
ta de Zaragoza (pues ignoraba el destino de tanto ar-
mamento), quería á toda costa hacer la paz con su hijo.
Cuánto se regocijaría D. Diego con la acogida y con
los regalos que le había hecho la Reina, más bien es pa-
ra imaginar, que para describir. Cuando llegó al burgo
de Ferrarlos (San Mamed y San Verísimo de Ferreiros,
á unas cinco leguas al NE. de Santiago), expidió aviso
á los compostelanos para que se dispusiesen á recibir
convenientemente el gran don que tenían á una corta
jornada de distancia. Así que los burgueses de Santiago
recibieron la alegre nueva (esta justicia hay que hacer-
les), depusieron, al menos por el momento, todos sus
rencores, y ya no se ocuparon en otra cosa que en pre-
pararse para salir al encuentro del precioso tesoro que
venía á enriquecer su ciudad. Desde ol ^íontc del Gozo,
viniei'on todos acompasando al Obispo, ({U(.' á pie des-
calzo, caminaba en pos de las Santas Reliquias. El gozo
y emoción que experimentaba la muchedumbre, eran
indescriptibles, y algunos, como el Canónigo Giraldo,
prorrumpieron en lágrimas de alegría (1). Llegada la
numerosa comitiva á la Catedral, D. Diego tomó por su
mano la sagrada Cabeza, la colocó sobre el Altar de
Santiago, celebró en seguida Misa, y asistió á los solem-
nes Oficios do nque] día, que orea domingo. Debió acon-
ttícer esto á mediados do Mayo de 11 17.
Y he aquí cómo la Cabeza de Santiago Alfeo, des-
pués de haber sido prenda de amistad y concordia entro
D.^ Urraca y D. Diego Golmírez, se enlaza con la histo-
(1) Hiiil. Com^oat., lib. 1, cap. CX-^1, pág. ^21,
464: LIBBO SEGUNDO
ria de Compostela, porque en aquellas circunstancias
fué como un sagrado talismán que obró la reconciliación,
siquiera momentánea y pasajera, de los compostelanos
con su Obispo. No sólo con la de Santiago, sino que
también se enlaza con la historia de la nación; pues ella,
como veremos, fué causa ocasional de que se diese con
eficacia el primer paso que había de traer la sincera
concordia é inteligencia entre la Reina D.^ Urraca y su
hijo D. Alfonso. ^ -
Aunque D.^ Urraca, en su Viltima venida á (lalicia,
había conseguido retardar la ejecución de los planes que
meditaba el Conde D. Pedro, no logró, empero, romper-
los, ni desbaratarlos del todo. Es cierto que en aquella
ocaáión recibió el Conde muchos desengaños, y que tuvo
que sufrir la defección de algunos de sus principales
amigos, mas su espíritu inquebrantable permaneció in^
móvil en sus propósitos, como roca en medio de las olas.
Es cierto que había visto cómo se mermaban las filas de
sus parciales; pero en cambio, pudo notar cómo se de-
puraba y aquilataba la lealtad y firmeza de los que ha-
bían permanecido fieles. La generosa abnegación y el
santo entusiasmo que engendra la convicción de que es
legítima y justa la causa que se defiende, mantenía só-
lidamente compactas aquellas huestes dispuestas á de-
fender hasta la muerte la bandera del Príncipe Don
Alfonso. Mas el Conde de Traba, que era no menos fino
y hábil político, que insigne y denodado general, no
quiso conseguir á costa de la sangre de sus amigos, lo
que esperaba que le había de dar hecho el tiempo, á sa-
ber, el desconcierto y confusión de los partidarios de
J).^ Urraca. Procuraba, sí, mantener vivo el espíritu de
sus tropas con continuos movimientos y . combinaciones
LOS TRES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 465
estratégicas; pero evitaba las batallas campales, cuyo
éxito, por feliz que fuese, previa que nunca había de co-
rresponder á la mucha sangre derramada.
No obstante, á sus adversarios no les dejaba un mo-
mento de reposo. Ora con repentinos rebates; ora con
impensados amagos; ora con marchas rápidas y atrevi-
das; ora con sorpresas y emboscadas, los tenía siempre
en inquietud y zozobra hasta introducir entre ellos la
desanimación y el desaliento. Su base de operaciones
estaba más allá del Tambre, base tan firme y segura,
que D.''^ Urraca, cuando estuvo en Galicia, no osó acer-
carse; y su objetivo inmediato era Santiago, que enton-
ces venía á ser como el corazón de toda esta región oc-
cidental.
La Compostda72a. que en aquella ocasión no se halla-
ba muy de humor para exaltar las proezas del Conde
D. Pedro, está sobrado parca al hablar de esta guerra.
Sólo en general dice que D. Pedro, con sus hijos y con
sus aliados, molestaba de continuo á Santiago, pero que,
como sucede en toda guerra, unas veces salía victorioso
y otras tenía que volver las espaldas (1). En concreto,
no menciona más hechos de armas que dos descalabros
que sufrió D. Pedro, el uno in portu de JÜIacenaría (en el
Puente Maceira, sobre el Tambre, á tres leguas de San-
tiago), y el otro cerca de San Juan de Pe7ia Cornaria
(Pena Corneira, cerca de Ribadavia) (2).
Cualquiera que fuese la importancia de estos parcia-
les reveses (quizás tan sólo conatos frustrados de alguna
operación militar), la verdad es que los partidarios de
(l) Hist. Compost., iib. I, cap. CXI, pág. 217.
(J) Hist. Compost., Iib. I, (:ap. CXI, págs. 217 y 2\\).
Tomo III. -o<i.
•iOG LIBRO SEGUNDO
D. Alfonso llegaron á imponerse en toda Galicia y á te-
ner á todo el país en continua alarma. Así hubo de re-
conocerlo D. Diego (xelmírez, cuando al presentarse á
p a ■Qj^i.a.ca en tierra de Campos, le manifestó que toda
Galicia estaba en zozobra á causa de las incesantes in-
cursiones de su liijo D. Alfonso. fFílíi sui assidaos bellortim
iumiiltus (1), Por estas declaraciones del Prelado, com-
prendió al fin D.^ Urraca, que ni para ella, ni para el
reino liabía salvación, mientras no se procurase algún
concierto ó arreglo con el Príncipe. Por esto, al despe-
dirse de D. Diego en León, y al tiempo que ponía en sus
manos la Cabeza de Santiago Alfeo, le encargó, con en-
carecimiento sumo, que trabajase para inclinar el ánimo
del Príncipe á un acomodamiento honroso (2). Para
abrir el camino, dióle también algunas instruccioiies, que
íuesen como la materia sobre la cual habían de versar
las primeras negociaciones. ¡Tan impresionada se halla-
ba D.''^ Urraca por el miedo al Rey de Aragón!
Lo primero en que se ocupó el Prelado de Santiago,
así que llegó á Galicia, fué poner por obra el apremian-
te encargo que había recibido de la Reina. Procuró,
pues, con toda instancia, una entrevista con el Conde
de Traba y el Rey D. Alfonso. No los halló esquivos, ni
rohacios para entrar en los caminos de la paz, antes
bien, accesibles y deseosos de poner término á la guerra
fratricida que asolaba la nación. Propúsoles las instruc-
ciones que traía, entre las cuales, la principal era que
r
(1) Hist. Composf., lib. I, cap. CXII, pág. 221.
(2) ínter caetera etiam negotia summis precibus efflagitavit pruden-
tiam Episcopi, ut filium suum parvulum Eegem sibi reconciliare elaboraret.
(Hist. Composf., lib. I, cap. CXII, pá^;. 223).
4
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 4()7
madre é hijo se dividiesen entre sí el reino, de manera
que cada uno mandase y gobernase independientemente
en los países que por común acuerdo le fuesen señala-
dos. Ni el Príncipe, ni el Conde D. Pedro estimaron
desechables tales proposiciones; comprendieron que la
Reina deseaba sinceramente la paz, y que por consi-
guiente no debía despreciarse aquella ocasión con que
se les brindaba para llegar al ñn por todos apetecido.
Resolvieron enviar como plenipotenciarios para tratar
con la Raina, á D. Fernando Pérez y al Conde de Mon-
tenegro, D. Gutierre Bermúdez, hijo el primero, yerno
el segundo, del Conde de Traba. D. Diego Gehnírez se
ofi'eció á acompañarlos para prestarles su ayuda y con-
sejo (1).
Indecible fué el gozo con que D.^ Urraca acogió á los
legados de su hijo. Convocó al punto en Sahagún á los
Obispos de León, de Astorga, de Oviedo, de Mondoñedo
y de Granada ( Granatensem qui aderat), á D. Pedro Gon-
zález de Lara, á quien había hecho Conde de Castilla,
á los Condes gallegos D. Munio Peláez y D. Suero Ber-
múdez y á los demás Magnates de su Corte, y les dio
cuenta, así de las proposiciones de paz que había hecho,
como del asentimiento y conformidad que prestaba su
hijo. Todos votaron por la conciliación y concordia, y ya
no se pensó en otra cosa que en los detalles para la
solemne estipulación y otorgamiento Cíq\ convenio. Se
dieron amplios poderes al Conde de Lara, D. Pedro
González, para que viniese á Galicia á tratar con el
Príncipe, y á ajustar con él con todas las formalidades
de costumbre el tratado de paz y concierto. Vino, en
(1) llisi. Coviposf., lib. I, nxy. CKW y C\U\,
468 ^ LIBRO SEGUNDO
efecto, el Conde de Lara á Santiago, y de aquí acompa-
ñado de D. Diego Gelmírez y de los dos legados que
habían estado en las Cortes ó Concilio de Sahagún,
pasó á orillas del Tambre, probablemente al Puente Si-
güeiro, para conferenciar con el Príncipe y con el Con-
de D. Pedro. Tomó la palabra el Obispo de Santiago;
manifestó á D. Alfonso cuan cordialmente le amaba su
madre; la cual, si ahora ansiaba con todas veras recon-
ciliarse con él, para después de su muerte tenía inten-
ción de instituirlo su universal heredero. Contestó el
Príncipe que él no deseaba menos sinceramente la paz
y reconciliación con su madre, y que estaba pronto á
aceptar cualquiera partido honroso. Pasóse luego á for-
mular los capítulos del convenio; de los cuales, el 1.^ era
que madre é hijo se jurasen firmísima amistad y alian-
za, y defenderse y ampararse mutuamente con todas
sus fuerzas; 2." que á cada uno se señalasen los estados
en que había de gobernar con completa soberanía é in-
dependencia; 3." que esta concordia fuese jurada por
treinta caballeros de cada parte, de los más principales
que pudiesen ser habidos; y 4.° que este pacto y concier-
to habría de tener valor firmísimo por espacio de tres
años. De todos estos capítulos, el más notable era el que
se refería á la distribución del reino entre la madre y el
liijo (1). De esta repartición no hay memoria detallada;
pero debemos suponer que D. Alfonso se quedó con toda
Galicia, y que además se le adjudicó la ciudad de Tole-
do con toda su comarca; y que á D.^ Urraca se le reco-
noció su Señorío en todo el resto del reino. En 28 de
(l) Determinatur etiam quantum regni Regina sibi et puer sibi pro-
pric luibeat. (lUsl. Compobt., lib. I, cap. CXIIT, pág. 226).
LOS THES PSIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 4(j0
Mayo de este año 1117 estaba ya, al parecer, asentada
la concordia.
Terminadas estas negociaciones, el Conde de Lara y
los Legados del Principe volvieron á León para enterar
á la Reina de la feliz conclusión del tratado; y extendi-
da por España la fausta noticia, todos, sin distinción,
aplaudieron con júbilo la reconciliación de la madre y
del hijo, y saludaron este dia como el comienzo de una
nueva era de paz y prosperidad. «Alégrase España, dice
aquí la Historia Composteluna {1), con la reconciliación de
la madre y del hijo^ y regocíjase ante la perspe3tiva de
la paz futura. Gózanse los Obispos, los Prelados, los Cón-
sules, los ^lagnates, los caballeros, los burgueses y los
campesinos con la esperanza de la paz, y porque juzgan
haber recobrado lo que habían perdido á la muerte del
Rey D. Alfonso. Quieren todos por Rey al Príncipe Al-
fonso, aunque niño, en lugar de su padre y de su abuelo,
porque presienten que ha de seguir las huellas de paz y
de justicia, que han dejado el nobilísimo Rey D. Alfonso
y el Conde Raimundo. Execran al Rey de Aragón, y
prometen ser sus enemigos implacables, con tal que el
joven D. Alfonso reine sobre olios.»
Tal era el entusiasmo y aún ansiedad, con que todas
las clases sociales se agruparon en torno del joven Prín-
cipe D. Alfonso. El cual, organizando su casa como tal
Rey, nombró su Alférez ó porta- estandarte á D. Rodrigo
Pérez, hijo del Conde de Traba, su Mayordomo al noble
gallego Ero Armentáriz, que ya había estado empleado
en la casa de su padre D. Raimundo, y su Canciller al
Canónigo compostelano Martín Peláez.
(1) Lib. I, cap. CXITI, pág. 22G.
470 LIBHO SEGUNDO
A principios de Junio del mismo año 1117, vino
D.'^ Urraca á, Galicia para ratificar j dar mayor firmeza
al convenio que acababa de firmarse á orillas del Tani-
ore. En prueba de la gratitud que sentía liacia D. Diego
Gelmírez por los eminentes servicios que últimamente
le había prestado, exhortó á los compostelanos, que aún
persistían en su rebeldía, á que fuesen más sumisos y
respetuosos para con su Obispo, y á que reconociesen su
autoridad y su señorío en Santiago. No ocultó tampoco
al Conde de Traba, ni á sus hijos el gran aprecio que de
ellos hacía. Después de su acostumbrada visita al casti-
llo de Lobeira, volvió á Santiago, y en Iria encontró á
D. Diego, que había salido á esperarla. Antes de prose-
guir el viaje, discurrióse allí sobre los medios de reducir
á la obediencia á los compostelanos, y castigar su alti-
vez y soberbia. Con tal ánimo, entraron en la ciudad la
Reina y el Obispo, seguidos de una fuerte escolta á las
órdenes de los hijos del Conde de Traba, D. Bermudo y
D. Fernando, y de D. Fernando Yáñez. En las af aeras
quedaron acampados el Rey D. Alfonso y su ayo D. Pe-
dro con buen golpe de gente de á caballo.
Empero, la reconciliación de madre é hijo, al menos
por parte de D.^ Urraca, no fué tan sincera como pudie-
ra desearse; fué reconciliación de circunstancias. Doña
Urraca anhelaba arrancar de poder del Rey de Aragón
las tierras j villas que éste continuaba aún tiranizando;
pero para tal empresa, por sí sola se consideraba impo-
tente, y reconoció que sólo con la ayuda de los partida-
rios de su hijo, podía arriesgarse á una campaña seria
contra el Monarca aragonés. Quiso, además, para preve-
nir complicaciones, dejar bien asentada la paz y el or-
den en sus Estados^ particularmente en Compostela,
LOS TRES PRIMEHOS SIGLOS BE LA I. COMPOSTRLA.NA 471
cuyo señor y Obispo relevantísimos servicios podía pres-
tarle en aquella ocasión. Estas faeranlas principales ra-
zones que la movieron á venir apresuradamente á Gali-
cia á mostrarse condescendiente con el Príncipe, y á
acordar con D. Diego Gelmírez la manera de castigar se-
veramente y escarmentar á los rebeldes compostelanos,
que ya llevaban un ano de dominación omnímoda en la
ciudad del Apóstol. Y como nada tuvo que agradecerles
D.^ Urraca durante este tiempo, por eso se sintió más
estimulada á reprimir con mano fuerte su procacidad.
Siempre la ira fué mal consejera, y la verdad de esta
máxima nunca se vio más claramente patentizada, que
en la actitud que tomaron los rebeldes compostelanos
en esta ocasión. Cuando vieron que, contra todas sus es-
peranzas, la Reina trataba con todo género de conside-
raciones á D. Diego Gelmírez; cuando vieron que contra,
ellos se promulgaban las más severas penas y se toma-
ban las más serias precauciones; cuando, por fin, advir-
tieron que se les citaba y emplazaba para que diesen
cuenta de su pasada conducta, lejos de prestar oídos á
los consejos de la prudencia, se obstinan cada vez más
en su rebeldía, y, añadiendo provocación á provocación,
se parapetan en sus casas, se proveen de toda clase de
armas y refuerzan y aumentan las fortificaciones de la
ciudad.
La Reina observaba y disimulaba, mientras no tuvo
reunidas las fuerzas necesarias para dar un certero gol-
pe. ^^ así que las tuvo, entró, como hemos dicho, en
Santiago. La actitud resuelta de D.^ Urraca, desconcer-
tó algún tanto á los rebeldes; pero no les hizo caer de
ánimo. Citados y emplazados, como reos de alta traición
y otros crímenes que se les imputaban, en vez de acudir
472 LIBUO SEGUNDO
al llamamiento, apelaron al único recurso que les que-
daba para demorar la acción de la justicia; se refugia-
ron en las iglesias, principalmente en la Catedral. Uno
de los jefes de la insurrección, el famoso Arias, se retiró
al ^[onasterio de San Martín, y tomó el hábito de Mon-
je. Algunos, menos animosos, se ocultaron en subterrá-
neos ó en otros recónditos escondrijos.
D.^ Urraca, que no parecía dispuesta á tolerar que
así quedasen burladas sus disposiciones, pidió al Prelado
la extradición de los reos que se habían refugiado en la
Catedral, que era á donde se había acogido la gente
más granada de entre los rebeldes. D. Diego contestó
que no era lícito quebrantar el privilegio, ni extraer de
la Iglesia á ningún reo, por culpable que f aese; y que lo
único que podía hacerse, era confiscarles todo cuanto
tuviesen fuera de la Iglesia. A esto repuso la Reina, que
si tanta era la seguridad que les daba el lugar santo, no
era necesario que estuviesen tan armados como se ha-
llaban; y que, por consiguiente, ó debían dejar las ar-
mas, ó había que establecer en la Iglesia un retén de
tantos soldados, por lo menos, cuantos eran los rebeldes.
No se ocultó á D. Diego cuan en su punto estaba la
observación de la Reina; así es que despachó al instante
mensajeros, que en su nombre y en el de D.^ Urraca,
intimasen á los rebeldes que depusiesen las armas. Esta
fué la chispa que prendió fuego á la mina. El oír los
amotinados la intimación y arrojarse sobre los mensaje-
ros, fué una sola cosa. Éstos se salvaron casi por mila-
gro, retirándose precipitadamente á las galerías de la
Iglesia. Vióse entonces la Catedral convertida en verda-
dero campo de batalla. Combatían los de abajo con pie-
dras, dardos y saetas, á los que estaban en la parte alta.
LOS TbES PaiMEROS SIGLOS DE LÁ I. COMPOSTeLaNá 4Tí]
y éstos, á su vez, se defendían con valor y esfaerzo. Un
pelotón de sublevados, salió á sitiar lo que quedaba del
contiguo Palacio episcopal en donde se hallaban la Rei-
na y D. Diego. Al mismo tiempo, otros se salieron de la
Iglesia y se esparcieron por la ciudad gritando á gran-
des voces que los soldados de la Reina y del Obispo
estaban maltratando á los que habían buscado asilo en
la Iglesia. Y como si ésta fuera la señal convenida, de
todos los ángulos de la ciudad acudieron en tropel hacia
la Catedral grupos de gente armada para unirse é in-
corporarse con los refugiados. Inútil fué que durante la
travesía algunos vecinos, tanto del Clero, como del pue-
blo, les advirtiesen que todo aquello era una invención
y una patraña. Cada vez precipitaron más su carrera
hacia la Iglesia, en la cual llegaron á reunirse más de
tres mil hombres armados y dispuestos á todo. Para
vencer más fácilmente la resistencia de los que se defen-
dían desde las espaciosas galerías de la Catedral, no
titubearon en poner fuego á la Iglesia. No tardaron las
llamas en envolver con sus inmensas espirales todo el
edificio, y en reducir á cenizas la parte de la techumbre
que aún estaba formada de solas tablas y de ramas de
tamariscos. ¡Tan desolador espectáculo, hizo arrancar
lágrimas á algunos fieles que lo presenciaron, y llenó de
estupor á los peregrinos que habían venido á visitar el
Cuerpo del Apóstol!
Vista la audacia y la fortuna de los sublevados,
D.^ Urraca y D. Diego no se consideraron seguros en el
Palacio, y tuvieron á gran dicha el poder refugiarse en
la torre de las campanas con los caballeros que los acom-
pañaban. Entonces los rebeldes concentraron en este
punto todos sus esfuerzos, no sin haber saqueado anteg
474 LIBRO SEGUNDO
el Palacio episcopal arrebatando todos cuantos objetos
de valor les fué dado encontrar. Desde las bóvedas y
desde las demás torres de la Iglesia y desde la torre del
Palacio episcopal, comienzan á combatir con verdadero
furor la de las campanas, que se defendía con gran de-
nuedo, como que entre sus hombres de armas se conta-
ban los hijos del Conde de Traba, D. Fernando y Don
Bermudo, D. Fernando Yáñez, Gundesindo, hermano
del Obispo, y otros no menos valerosos. La larga y te-
naz resistencia de los sitiados de tal manera exasperó á
los rebeldes, que para abreviar la rendición de la torre,
resolvieron valerse del fuego. Para esto prepararon ma-
terias inflamables en cantidad suficiente y reunieron
gran porción de combustibles, y levantando en alto y
cruzando los escudos á manera de la testudo de los Ro-
manos, arrojai-on todo por la ventana más baja de la
torre. No tardó el voraz elemento en causar el efecto
que se pretendía, hasta el punto de que, quemados los
maderos que sostenían las campanas, se precipitaron és-
tas con horrible estrépito por la torre abajo. Ante este
nuevo enemigo comprendieron los sitiados que era in-
útil toda resistencia, y que no les quedaba más recurso
que prepararse para la muerte. Y en efecto, D. Diego
Gelmírez convocó á todos, y comenzó á exhortarles con
el fervor y compunción que requería el caso, instándo-
les para que, ya que tenían la muerte á los ojos, se arre-
pintiesen y pidiesen perdón á Dios de sus pecados é hi-
ciesen confesión de sus culpas. Todos se echaron á los
pies del Prelado, se confesaron y con lágrimas y gemi-
dos pidieron absolución de sus culpas. A su vez, D. Die-
go, se confosó con el Abad de San Martín.
Mas el peligro se hacía por momentos cada vez más
LOS TEES PEIMEHOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELAÍÍA 475
terrible é inminente; así es que la Reina dirigiéndose al
Obispo: — Scilkl vos Padre, \q dijo desolada, salid de este in-
cendio, para que yo pueda salir contigo. A ros, al menos, os
respetarán como d su Obispo y á su Señor. — Nada de eso. Se-
ñora, contestó D. Diego, d m'i, y á mis famil'ares, es á quien
principalmente buscan. En esto se oyeron voces de algunos
de los sitiadores, que advirtiendo sin duda por los llan-
tos y lamentos la consternación que reinaba dentro de la
torre, gritaban: — La Reina, que sahja, si quiere: á ella sola
damos licencia para salir. D.^ Urraca, pedido antes segu-
ro, se decidió á salir; y en efecto, hasta que llegó á las
galerías de la Iglesia no encontró dificultad; pero allí se
apoderaron de ella las turbas, hicieron girones sus ves-
tidos, y la dejaron desnuda de pechos abajo y arrojada á
lo largo en el suelo. Algunos hubo, que aun quisieron
apedrearla, y entre ellos una vieja que la liirió con un
canto en la mejilla. Qué á tanto llega la insolencia y
ferocidad de un pueblo desenfrenado!
La especie de tregua y aún confusión que ocasionó
la salida de la Reina, animó á los sitiados á hacer un
esfuerzo supremo para romper el círculo de hierro y de
fuego en que estaban metidos. Crundesindo, el hermano
del Obispo, el mayordomo y el gentilhombre de boca,
Rodrigo Oduáriz y Ramiro, y Diego el Bizco, alguacil
mayor de la ciudad, se arrojaron sobre los enemigos, y
cayeron atravesados á lanzazos ó á sablazos. Otros, más
ágiles ó afortunados, consiguieron atravesar intactos por
entre las espadas enemigas; tal fué Pedro, sobrino de
D. Diego y Prior del Cabildo. Y otros, por fin, aunque
heridos y maltrechos, lograron fugai'se.
D. Diego, persuadido de que de permanecer por más
tiempo en la torre, no podía esperar otra cosa que l3k
47() libuo segundo
muerte, y una muerte horrrible, tentó igualmente la fu-
ga. Se envolvió en un viejo y grueso manto, y estrechan-
do en sus manos un crucifijo que le había dado el Abad
de San Martin, bajó de la torre, y se adelantó por entre
las turbas, que con el ardor del combate sólo atendían
á parar y devolver golpes. Atravesó las galerías, bajó á
las naves de la Catedral y salió por la puerta de Santa
María sin ser de nadie reconocido. Se guareció en la in-
mediata iglesia de Santa María de la Corticela, acom-
pañado tan sólo del Canónigo Miguel González, que no
se separó un momento de su lado. Allí serenó y confor-
tó su espíritu recibiendo sacramentalmente el Cuerpo de
Nuestro Señor Jesucristo bajo las dos especies de pan y
vino, como aún entonces se acostumbraba, y se ocultó
después como mejor pudo, resuelto á esperar al pie del
altar el desenlace de los acontecimientos.
En esto se acercaron varios Canónigos deseosos de
adquirir noticias acerca del paradero del Prelado; pero
aunque Miguel González pretendió alejarlos según las
instrucciones que tenía de D. Diego, no pudo conseguir-
lo hasta que bajo juramento les manifestó que el Prela-
do se hallaba sano y salvo y en sitio seguro.
Al poco tiempo llegó también á la iglesia de la Cor-
ticela buscando refugio la Reina D.^ Urraca; á la cual
no se ocultó el paradero de D. Diego, pero ambos para
mayor precaución disimularon y permanecieron cada
uno en su sitio. Apenas D.^ Urraca había comenzado
á reponerse de los pasados sustos y sobresaltos, penetró
en la iglesia una gran turba de hombres armados. Eran
algunos de los compostelanos, que lamentando y repro-
bando altamente lo que había ocurrido, venían á po-
íierse á las órdenes de la Reina, tanto para darle una
LOS TBES PEIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELÁNA 477
satisfacción de las atroces injurias de que había sido
blanco, como para velar por la seguridad de su persona.
D.^ Urraca verdaderamente enojada; pero, esforzándose
para demostrar aún mayor enojo, — A que venís aquí mal-
vados, les dijo, ¡perversos! ¡impíos! Id, corred d salvar d vuestro
Prelado que está muriendo abrasado en la torre. ¿Xo os horro-
rizáis, infames, de vuestra propia ynaldad? — Los compostela-
nos no osaron replicar, y salieron precipitadamente con
dirección á la torre. D.^ Urraca, viendo despejada la
iglesia, se retiró al inmediato convento de San Martín.
D. Diego, por su parte, siguió el ejemplo de la Reina, y
encaramándose por los tejados y por las paredes, penetró
por una ventana en casa de un cierto Maurino, que por
lo que parece debía ser comerciante en paños y telas.
Acompañábanle el Canónigo Miguel González y dos
franceses avecindados en Santiago, que en esta ocasión
le prestaron eminentes servicios. Ocultóse D. Diego con
el Canónigo González entre los fardos de paños y vesti-
dos; los franceses se sentaron al pie de aquel hacinamien-
to de ropas. Mas los enemigos de D. Diego no se dormían;
al poco rato se presentaron cuatro hombres armados
dispuestos, al parecer, á registrar todos los rincones de la
casa. Interpelados los franceses contestaron que se ha-
llaban allí reposando de las fatigas del combate. En es-
to aparece la dueña de casa dando voces é increpando y
tratando á los rebeldes de invasores y allanadores de su
morada. Los franceses íingióndoso ofendidos con los gri-
tos de la buena mujer, se dirigieron á los cuatro arma-
dos, y les dicen: — Salgamos de aquí y dejémosla en paz.
Así se alejó aquel peligro; pero Gonzalo, yerno de la
dueña de casa, aconsejó y rogó al Obispo que se saliese
y se ocultase on otro sitio más retirado. El mismo Gon-
478 LIBRO SEGUNDO
zalo tomó una hacha y derribó el tabique de la casa in-
mediata, y luego el de la siguiente, y después el de la
tercera, hasta que llegó á la de Froilán Rudesíndez ó
Rosende, que estaba en el centro de la población (1).
La dueña de casa comenzó á gritar: ¡Ladrones! ¡ladro-
nes! El Canónigo González procuró aquietarla diciéndo-
le que estaba allí un amigo de su marido, el mayordo-
mo de la Reina, Froilán Menéndez, que venía á buscar
refugio en su casa; pero afortunadamente no tardó en
aparecer el marido, que reconociendo al punto á Don
Diego — «Gracias á Dios, carísimo Padre, le dijo lloran-
do, que os ha librado de las garras de vuestros enemi-
gos. Venid conmigo, que yo os llevaré á un sitio segu-
ro.»— Y esto diciendo, lo guió á una profunda cueva, en
donde el Prelado con su inseparable compañero el Ca-
nónigo González estuvo largo tiempo llorando su des-
gracia.
Los rebeldes que D.* Urraca había despachado de la
iglesia de la Corticela, se encaminaron, en efecto, hacia
la torre de las campanas con ánimo de apagar el incen-
dio y de salvar, si era posible, al Prelado. A fuerza de
agua apagaron el fuego, y con las armas, obligan á sus
compañeros á cesar de batir la torre. Estimulados des-
pués por los lamentos de los pobres, de las viudas y de
buena parte del Clero y pueblo, que clamaban por su
padre y Pastor, buscan afanosos al Prelado; mas con
gran sorpresa suya, á pesar de todas sus diligencias,
no lo encuentran. Muchos de los rebeldes se regocijaro]i
(1) Estas casas debían estar sobre las escaleras de la plaza de la
Quintana. De aquí se colige que aún eran muchos los comjwstelanos quo
no lialjían tomado parte ou la insurrección.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 479
en su interior de este resultado; y aún de buena volun-
tad se prestarían á enmendar lo hecho si se presentase
ocasión. Otros, por el contrario, se exasperaron ante este
golpe frustrado, y de tal modo se movieron y agitaron,
que lograron arrastrar á los demás. ¡Tan difícil es encau-
zar las pasiones de un pueblo desbordado! Además de
estos dos partidos, moderado y exaltado, había otro de
los que horrorizados de sus propios excesos y viendo ya
el castigo sobre sus cabezas, sólo se preocupaban de su
seguridad personal. En medio de esta confusión y anar-
quía, aún consiguió no perder del todo su prestigio é in-
fluencia un hombre malvado é infame, que había sido el
principal promovedor de esta agitación. La Compostela-
na (1) calla su nombre; poro como advierte que durante
todo el tiempo de la insurrección liabía morado en Com-
postela, parece insinuar que tan insigne revoltoso era
extraño á la ciudad. Lo que este ambicioso anhelaba
era la repetición del drama de D. Diego Peláez. Es sa-
bido que este Prelado fué despojado de su Sede por Don
Alfonso VI, que en su lugar puso un administrador que
gobernase, al menos en el nombre, la Diócesis. Pues
bien; lo que pretendía aquel malvado, que así le llama
la Compostelana (neqnissimus) , era que D.^ Urraca destitu-
yese á D. Diego Gelmírez, y lo nombrase á él adminis-
trador de la Diócesis de Santiago.
Nótase, sin embargo, cierta indecisión y vacilamien-
to en el modo de obrar de los rebeldes compostelanos.
Hemos dejado á D. Diego sepultado, con el Canónigo
González, en una cueva do la casa de Froilán Rudesín-
dez. Los dos Franceses, de acuerdo con el Obispo, habían
(1) Lib. I, cap. CXIV, uiíiu. 13.
480 LIBRO SEGUNDO
salido en busca de caballos, en los cuales, así que viniese
la noche, pudiesen efectuar la fuga por la liuerta del
Monasterio de San Martín. Mas he aquí que cuando los
dos buenos extranjeros volvieron para dar razón de que
ya estaba todo preparado, se presentó en casa de Rude-
síndez una comisión compuesta de Pedro, Prior de la
Canónica, el Abad de San Pelayo de Antealtares y de
Pelayo Díaz, Monje del mismo Monasterio, que, en nom-
bre de la ciudad, venían á hablar con el Prelado. El
cual no pudo negarse á recibir tales personas, que le ex-
pusieron en los siguientes términos el objeto de su mi-
sión: — «Señor, venimos enviados por el Clero y pueblo
de toda la ciudad. Están arrepentidos de lo que han he-
cho contra tí y dispuestos á darte satisfacción cumplida;
pues te aman como á su Señor y á su Obispo. Cerca de
mil, entre Clérigos y legos, te esperan en el claustro de
San Pelayo para prestarte, en nombre de todos los de-
más, juramento de amor y de fidelidad. Sal de este sub-
terráneo, y ven á reconciliarte con ellos, que nunca los
tuviste más sumisos y leales. » A D. Diego Gelmírez pa-
reció inverosímil tan pronta y completa sumisión de los
rebeldes; así es que contestó á los enviados: — «Id y ma-
nifestad á esos mil que decís, que yo me encuentro sano
y salvo, pero sin revelar á nadie el sitio en donde estoy;
y que mañana me presentaré en público, con tal que an-
tes cien de entre ellos, y no más, hagan el juramento
de fidelidad.»
Volvieron los enviados no muy satisfechos del resul-
tado de su Legacía; pero cuando, entre los mil que esta-
ban en el claustro de San Pelayo, no hallaron ni uno
sólo que quisiese prestar el juramento que se pedía,
comprendieron el infame juego de que habían sido vic-
LOS TRES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELÁNA 481
timas. Pedro, el sobrino del Obispo, consternado, no se
atrevió á salir de la iglesia de San Pelayo. El Abad
volvió, con el Monje, á referir á D. Diego lo que había
ocurrido. Mas como la permanencia del Obispo en aquel
subterráneo se había hecho peligrosa, se acordó que de
noche pasase á la iglesia de San Pelayo, en donde esta-
ría oculto hasta que todo estuviese dispuesto para la
fuga. Venida, pues, la noche, salió D. Diego, lo más se-
cretamente que se pudo, para la iglesia de San Pelayo,
en donde el Abad lo ocultó en el Tesoro. A excepción
del Tesorero y de Pelayo Díaz, ninguno de los demás
Monjes llegó á sospechar siquiera que D. Diego estuvie-
se en la iglesia. Invitóle el Abad á tomar alguna cosa,
pues aún estaba en ayunas. — «No es justo que, estando
para ser despedazado mañana por las espadas de mis
enemigos, quebranto ahora el ayuno. Sólo la clemencia
y misericordia de Dios, que hasta el presente me salvó
de tantos peligros, podrá, si es su voluntad, librarme de
los que aún me restan.» Al fin, instado por el Abad,
tomó una escasa ración de vino y pan, y luego que que-
dó sólo con el leal Canónigo González, se entregó por
algún tiempo al descanso. A media noche, desde una
ventana que había en el Tesoro, asistió á los maitines
que cantaron los Monjes.
¡Admii*ablo contraste ofrecía lo que estaba pasando
aquella noche en los dos conventos de San Pelayo y do
San Martín y en la ciudad compostelana! En aquellos
todo era sosiego, calma y tranquilidad; en ésta todo era
estruendo, agitación é inquietud. En aquellos, los mora-
dores se ocupaban en las divinas alabanzas y en orar
por sus semejantes; en ésta, todo era menospj-ecio de las
leyes y de las cosas santas, é incesante hervor de las pa-
ToMo UI.-31;
4S2 LiBíio enauNDO
siones más violentas. Allí, tenían asilo seguro los perse-
guidos y angustiados; aquí, no se hacía más que maqui-
nar en daño del prójimo.
Y en efecto, los compostelanos, comprendiendo que
no había tiempo que perder, al rayar el alba del día si-
guiente, que era domingo, se hallaban todos congrega-
dos en la Canónica. Muchos no se hallaban allí por su
voluntad, sino estrechados por las amenazas de los más
exaltados. Presidía la reunión el jefe de quien hemos
hablado, el cual, con vehementes frases y con la urgen-
cia que requería el caso, les exhortó á que permanecie-
sen firmemente unidos y compactos, y les propuso el
plan que se debía seguir. Para evitar compromisos y
diferencias, los manipuladores del movimiento se habían
repartido ya de antemano y fraternalmente los cargos
más codiciados de la ciudad, como el de Corregidor, el
de Recaudador de las limosnas del Altar de Santiago, el
de Prior, el de Presidente de la Canónica, etc.. El plan
propuesto por el jefe de los insurrectos, abrazaba los si-
guientes puntos: primero, fortificar la ciudad con nuevas
obras de defensa; segundo, expulsar á todos los que se
negasen á hacerse cómplices de la insurrección; y terce-
ro, hacer las paces con la Reina, y darle satisfacción por
las injurias que se le infirieran. Otro punto había que el
taimado jefe aparentó dejar á la iniciativa de la concu-
rrencia, y era el que se refería á D. Diego, y á lo que
habría qué hacer con él. Entonces tuvo lugar una esce-
na, quizás la más repugnante de todas cuantas pasaron
en esta insurrección. Un Clérigo, que desde niño había
sido educado en el Palacio episcopal; un Clérigo á quien
D. Diego había dado un cargo honorífico en la Catedral;
un Clérigo á quien su Obispo, para promover su instruc-
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 483
ción y hacer más brillante su carrera, liabía enviado á
Francia á perfeccionarse en los estudios; un Clérigo, en
fin, que además de la prebenda que gozaba en la Cate-
dral, había recibido de su Obispo emolumentos tan con-
siderables como eran el préstamo de San Julián de Ar-
nois y la mitad de los de Serantes, Cea y Santa Cristina
de Barro; entonces, repetimos, este Clérigo se levantó y
dijo lo siguiente: — «Hermanos, hasta ahora hemos teni-
do sobre nosotros un señor y un Obispo, que desde este
momento es indigno de llamarse tal. El rebaja la digni-
dad de vuestra Iglesia y os oprime bajo el pesado yugo
de su Señorío. No creo que ninguno de vosotros lo desee,
ni como señor, ni como Obispo; por mi parte, confieso
delante de Dios y del Apóstol Santiago, y delante de
todos vosotros, que para mí, ni es una cosa, ni otra; y es-
toy pronto á probar que justamente le pasó todo lo que
está sufriendo, y que debe ser privado de su dignidad.»
Fácil es de presumir el efecto que haría esta mani-
festación en aquella concurrencia. La mayoría aplaudió
frenéticamente al infame é ingrato Clérigo, y sin más
deliberación acordó que D. Diego debía ser despojado
de todos sus lionores y dignidades. Los que sentían de
otra manera, en medio de aquella gritería, en medio de
aquel torbellino de pasiones desencadenadas, no se atre-
vieron á despegar sus labios.
Resuelto este punto relativo á D. Diego, se acordó
enviar una diputación á D.^ Urraca para desagraviarla
y proponerle la paz y la reconciliación. ^ — «Confesamos,
en verdad, ¡oh Reina!, decían los diputados, que mala-
mente llevados de la ira, hemos cometido contra tí y
contra la Iglesia de Santiago lo que nunca dcibiéramos
haber osado. De ello nos pesa, y por eso venimos á dar-
48-i LIBRO SEGUNDO
te cumplida satisfacción por nosotros y por todos nues-
tros compañeros. Perdónanos, 3- te devolveremos todo lo
que es tuyo; porque á toda costa queremos reconciliar-
nos contigo, y restablecer y jurar entre nosotros una paz
firme y duradera.»
En esta ocasión salieron á los rebeldes compostela-
nos fallidos sus cálculos; porque en las artes que ellos
preferentemente cultivaban, era D.^ Urraca insigne
maestra. — -«Mucho me place, les respondió afectando
gran calma y afabilidad, lo que me decís. Por mi parte,
si alguna ofensa me habéis hecho, está perdonada. Me
place también que se olvide todo lo pasado, y que se
restablezca entre nosotros la paz y la concordia. » Enva-
lentonados los diputados con la benigna acogida de la
Reina, se atrevieron á poner condiciones á la paz qué
pretendían. — ^«No queremos á Diego por Obispo; añadie-
ron, todos lo odiamos y aborrecemos, porque hasta aho-
ra no hizo sino vejarnos y deprimir el nombre de nues-
tra ciudad y de nuestra Iglesia.» — «A vuestro Obispo
juzgadlo como os parezca, repuso D.^ Urraca, si queréis
poner otro en su lugar ponedlo; en todo me hallareis
conforme.»
El júbilo y algazara con que los rebeldes recibieron las
declaraciones de D.^ Urraca, no son para descritos.
Aquel Arias que había sido nombrado Arcediano por
los medios que hemos dicho, y que después se hizo Mon-
je on San Martín para eludir la acción do la justicia,
no pudo contenerse; dejó la cogulla y vino á unirse á sus
compañeros. Era hombre emprendedor y resuelto; pero
no sabía hacer las cosas con oportunidad.
Impacientes los rebeldes por ajustar cuanto antes la
paz con D.^ Urraca, después del mediodía enviaron nue-
i
LOS TKES PRIMEROS SIGLOS BE LA I. COATPOSTELANA 485
va diputación. — <¿Q^^^ ^^ ^^ V^^ impide que la paz esté
ya liecha entre nosotros?, contestó la Reina. Tomad-
me, cuando queráis, juramento de guardar paz y alian-
za con vosotros; y además os doy por garantes de mi
palabra, por de pronto, á los hijos del Conde Pedro,
Fernando y Bermudo, y á Fernando Yáñez, que están
conmigo, y luego que salgáis de la ciudad, á mi hijo y
á su ayo y á todos los demás Condes y Magnates de
Gralicia.> — Los compostelanos no quisieron oír más;
recibieron el juramento que los tres caballeros dichos
prestaron según la intención de D.^ Urraca, y se abstu-
vieron de poner obstáculo á la salida de ésta. A su juicio
nada más podían desear; habían conseguido su objeto
que era alejar á la Reina; y por consiguiente, quedaban
ellos por dueños absolutos de la ciudad. Algunos fueron
escoltando á D.'^ Urraca, á la cual acompañaban los ca-
balleros antes citados, hasta un soto que no nombra la
ComposteUcjia, pero que probablemente sería el de San
Lorenzo, porque hacia esta parte se hallaba el Rey
D. Alfonso.
D. Diego Gelmírez continuaba en el Tesoro de la
iglesia de San Pelayo lleno siempre de ansiedad y de
angustia. Sólo el Tesorero del Convento le iba enteran-
do con más ó menos exactitud de lo que pasaba en la
ciudad. Sin duda por este conducto supo que la Reina
se había reconciliado con los rebeldes. Para salir de la
incertidumbre en que le puso esta noticia, envió á San
Martín á personarse con D.^ Urraca al fiel monje Pela-
yo Díaz. ¡Cuan largos se hicieron á D. Diego los mo-
mentos que tardó el buen Monje en volver de su lega-
cía! Por fin volvió Pelayo Díaz, y sacó al Prelado de la
angustia en que se hallaba, revelándole cuáles eran loi^
486 LIBRO SEGUNDO
propósitos de la Reina. Por el mismo conducto pudo
D. Diego tener noticia de un hecho que debió servirle
de gran lenitivo á su amargura. Antes que la Reina se
saliese de Santiago, se presentaron ante ella algunos
Cardenales y Canónigos para manifestarle, que estaban
dispuestos, aún á riesgo de la vida, á probarle la inocen-
cia de su Prelado — «¿Qué hizo, decían á D.^ Urraca,
para que se le degrade? ¿Qué violencias ha ejecutado
para que se le prive de sus prerrogativas? Nosotros esta-
mos prontos á responder por él á los que le acusen, si
contestación merecen los que de él ni una sola verdad
dicen.» — Por un miramiento, quizás mal entendido, la
Composíelana calló el nombre de aquel Clérigo que en la
Junta de los rebeldes proclamó á D. Diego indigno del
Episcopado. Aún es más sensible que Griraldo ó Gerardo
no nos hubiese dado los nombres de los Cardenales y
Canónigos que tuvieron el valor y abnegación de des-
afiar las iras de los rebeldes, y levantar su voz en defen-
sa de un inocente vilmente atropellado. Es de creer que
uno de ellos fuese el Cardenal Pedro Gundesíndez, de
quien luego tendremos ocasión de hablar.
Una de las cosas que con todo interés había encar-
gado D.^ Urraca al Obispo, por conducto de Pelayo
Díaz, era que, de la manera que le fuese posible, aun-
que fuera reconciliándose con los rebeldes, procurase
cuanto antes salirse de la ciudad. D. Diego, en un prin-
cipio, estuvo vacilando sin saber qué partido tomar;
pero no tardó en sacarlo de su indecisión un gran tumul-
to que sintió en la iglesia. Una numerosa turba de
sublevados había invadido el convento. Registrado el
claustro, penetran en la iglesia, recorren todos los rinco-
jies, levantan los paños y velos que cubrían los altares,
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELAKA 487
por ver si allí alguno se había ocultado. Afortunadamen-
te, esto pasaba ya cerca de la noche, y la poca claridad
no permitía percibir bien los objetos. No dudaba D. Die-
go de que él era el blanco de toda aquella algarada: así
es que las palabras del Monje tesorero que, anhelante y
añigido, le decía: — «Ahí están tus enemigos, que se-
dientos de sangre te buscan por todas partes: quizás
luego penetren aquí, y aquí mismo te asesinen» — no le
turbaron, ni anonadaron. — ^« ¡Huyamos, Miguel!, contes-
tó, dirigiéndose al Canónigo que le acompañaba: toma
tu este manto, que yo pondré esta capa vieja, por si es
voluntad de Dios , que podamos atravesar por entre
esas turbas sin ser conocidos. » — Y en efecto, á favor de
la obscuridad que comenzaba á reinar, y confundidos en-
tre los grupos que entraban y salían y recorrían la igle-
sia y el convento en todas direcciones, pudieron pasar
al claustro más inmediato, luego á otro claustro, y des-
pués, saltando varios muros, llegaron hasta la capilla de
San Pedro de la Cerca, en la Catedral, desde donde, por
el tejado, penetraron en el dormitorio de los Canónigos.
Después de algunos momentos de descanso, atravesaron
el dormitorio y salieron á la Quintana del palacio, que era
una plazuela que había entre el dormitorio y el refecto-
rio de los Canónigos. A pesar de estar la calle ilumina-
da por los rayos de una esplendorosa luna, y transitada
por muchedumbre de gente que entraba y salía en tro-
pel de la Catedral, pudieron llegar sin tropiezo hasta la
inmediata casa del Cardenal Pedro Gundesíndez.
Las circunstancias favorecieron por el momento los
movimientos de D. Diego. Los compostelanos acababan
de recibir una intimación fatal, y lo que por entonces
más les preocupaba, era ver cómo podían eludir el terri-
488 LIBEO SEGUNDO
ble golpe que tenían encima. Luego que D.^ Urraca logró
unirse al ejército de su hijo, que estaba acampado en el
Monte Pedroso, envió á decir á los compostelanos que
se preparasen para la defensa, que pronto recibirían
castigo digno de su maldad. Quiso, sin duda, que aunque
los rebeldes pudiesen acusarla de perjurio, no tuviesen
motivo para tacharla de descortés. El caso fué que la
intimación de D.^ Urraca cayó como un rayo sobre la
cabeza de los compostelanos. Desde aquel instante, no
se cuidaron de otra cosa que en convertir la Catedral
en su último refugio, en baluarte, en el cual concentra-
sen sus supremos esfuerzos, y en almacén y depósito en
que guareciesen su substancia y sus haberes. Esta fué la
razón por qué al atravesar D. Diego la Quintana del pala-
cío, encontró tanta gente que salía y entraba en la Ca-
tedral. Mientras tanto Gronzález llamaba á la puerta
del Cardenal, el Obispo se puso á la sombra para no ser
reconocido. Admitidos, por fin, en casa, supieron que allí
se hallaban convidados á cenar algunos Canónigos que
no inspiraban bastante confianza á D. Diego. Permane-
cieron, pues, ocultos hasta que se marcharon los Canó-
nigos, y entonces el Cardenal les abrió la otra puerta de
su casa, que iba á dar á la calle que hoy se llama del
Riego de Agua ó de Gelmírez. Antes advirtió al Prelado
que sería bien que se proveyese de algunas armas; porque
con este disfraz era más fácil alejar toda sospecha. — «No
quiero más armas, contestó D. Diego, que las de Cristo?
que llevo conmigo, y que ayer y hoy me han librado de
tantos peligros. Búscame, sí, pronto, dos hombres arma-
dos que me acompañen.» — Gundesíndez satisfizo al pun-
to los deseos del Prelado; trajo los dos hombres, y armado
también Miguel Gronzález con la lanza do uno de ellos?
LOS TBES PEDÍEHOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELAIÍA 489
se pusieron todos en marcha por la calle ó rita del Villar.
Poco antes de llegar á la Puerta Fajera, tropezaron con
algunos centinelas que, como la hora era ya avanzada,
estaban tendidos en el suelo. Interrogados quiénes eran
y á dónde iban, contestaron, según lo convenido, que sa-
lían á recorrer los alrededores para evitar una sorpresa
del enemigo. Y luego, interpelando á su vez á los centi-
nelas— «Y vosotros, ¿qué hacéis aquí?, les dijeron. Es-
tamos para ser atacados de un momento á otro, y os de-
jais estar ahí muy descansados. Levantaos, recorred esta
línea y no os descuidéis en vigilar con toda atención. > —
Y esto diciendo, atravesaron las trincheras y los umbra-
les de la puerta, y dejaron á su espalda los muros de la
ciudad. Con la misma celeridad y diligencia continuaron
marchando por el camino que conducía á Iria, hasta que
llegaron á un lugar que la Comjwstelana (1) llama Fons
quercus, y que debe ser el sitio denominado Carhallo, en
la carretera de Santiago á Padrón.
En el libiío II, capítulo Lili, núm. G, vuelve la Com-
postelana á hablar de este suceso, y lo cuenta como uno
de los maravillosos de la vida de D. Diego Gelmírez. Y
en efecto, sólo de un modo particularmente providen-
cial pudo D. Diego escapar de las garras de tantos y tan
encarnizados enemigos, que ya se gozaban en su perdi-
ción y en su ruina. No menos providencialmente se sal-
vó el Cardenal Gundesíndez, el cual aquella misma no-
che fué arrestado por los rebeldes, quienes después de
haberse apoderado de todos sus bienes, le intimaron al
día siguiente, bajo pena de muerte, que entregase al
Obispo. Al fin, no llevaron á cabo su amenaza. Temie-
(1) Lib. I, cap. CXVI, pág. 245.
490 lilflBO SílGÜNDO
ron acaso colmar, con este nuevo atentado, la medida
de sus crímenes. '
Desde Carballo envió D. Diego aviso á un mayordo-
mo que tenia cerca, para que trajese cabalgaduras. En
ellas continuó el Prelado, con los que le acompañaban,
su marcha hasta Padrón, en donde fué recibido por sus
amigos con las demostraciones del más vivo interés y
afecto. Comunicó en seguida su feliz evasión á la Reina
D.^ Urraca, y al mismo tiempo publicó sentencia de ex-
comunión contra todos los que permanecían en Compos-
tela, é hizo circular un llamamiento á todos los caballe-
ros y peones de la Tierra de Santiago para que, cuanto
antes, se presentasen convenientemente armados en Pa-
drón á recibir las órdenes que allí se les intimarían.
Acudieron, en efecto, los vasallos de la Tierra de
Santiago; y entretanto D. Diego se puso en inteligencia
con la Reina D.^ Urraca y el Rey D. Alfonso y su ayo
D. Pedro, los cuales, por su parte, habían avisado á los
principales Magnates de Galicia para que, con sus res-
pectivas mesnadas, acudiesen sin demora al punto que
á cada uno se designaba.
Tan pronto como estuvieron reunidas las fuerzas que
se consideraron necesarias para domar la fiera insolen-
cia de los compostelanos, se concertó el plan de comba-
te, que se desarrolló del modo siguiente. El Rey D. Al-
fonso, á quien, por supuesto, seguía su ayo D. Pedro,
acompañado de sus hijos D. Bermudo, D. Fernando y
D. Rodrigo, y de sus cuñados los Condes D. Gutierre
Bermúdez y D. Gómez Núñez, ocupó el Monte Pedroso,
que domina á Santiago por la parte del NO., y estable-
ció allí su campamento. De Iría movió D. Diego, al
frente do los vasallos de la Tierra de Santiago, y acam-
LOS THES PRIMEROS SlGLÓS DÉ LA I. COMPOSfEtAlíA 49l
pó, por aquella parte, delante de la ciudad rebelde.
Dándose la mano con el campamento del Obispo, se ha-
llaba el del Conde de la Limia, D. Alfonso Muñiz, que
con sus gentes de Deza, Gástela y otros parajes próxi-
mos á Orense, se posesionó del Picosagro. Por el Este,
acosaba á los compostelanos el Conde de Monterroso, Don
Munio Peláez, el cual, con sus avanzadas, llegaba hasta
el Monasterio de San Pedro de Afora. Por último, cerra-
ba completamente el cerco, por la parte del Norte, el Con-
de de Lemos y Sarria, D. Rodrigo Vélaz, que sentó sus
reales en el lugar de Pénelas, próximo al barrio de Vite.
Tan ciegos de ira se hallaban los compostelanos,
que á pesar de ver coronadas de tropas enemigas todas
las alturas que rodeaban á Santiago, persistieron en sus
propósitos de no querer reconocer la autoridad de Don
Diego Gelmírez, y de resistir á todo trance y por todos
medios á los que viniesen á combatirlos. No sólo estor-
baron la lectura de las sentencias fulminadas por el
Prelado, sino que procuraron impedir á toda costa que
nadie les diese cumplimiento. A las intimaciones que
se les hacían, contestaban levantando nuevas fortalezas,
reforzando las antiguas con piedras, maderos y faginas,
y redoblando la vigilancia.
Mas el circulo de hierro que por todas partes los en-
volvía, se iba estrechando cada vez más hasta reducir-
los á un estado verdaderamente angustioso. Las sazona-
das mieses que cubrían los campos inmediatos á la ciu-
dad eran segadas por los sitiadores (1), que asimismo
talaban los árboles frutales para formar trincheras y
(1) Por esta circunstancia se echa de ver que estos acontecimientoe
debieron haber tenido lugar entrando el Otoño del año 1117,
492 LIBHO SEGUNDO
parapetos. Algunos que por sorpresa caían en poder del
enemigo, eran degollados ú horriblemente mutilados y
abandonados en medio del campo, para que ante este
cuadro contemplasen la suerte que les esperaba si per-
sistían en su obstinación. Las deserciones, especialmen-
te por las noches, se hacían cada día más frecuentes; y,
por otra parte, el bando de los que ansiaban la paz y
querían seguir más sanos consejos, crecía de hora en
hora en número y en fuerza, hasta llegar á contrarres-
tar y aún sobreponerse á la insolencia y al furor de los
amotinados.
Habiendo llegado las cosas á este punto, la parte
más cuerda de la población en uno de los momentos de
confusión que casi de continuo debían de sucederse en
la ciudad, consiguió enviar á D. Diego una legacía para
manifestarle que estaban dispuestos á rendirse á discre-
ción, y que sólo imploraban clemencia y misericordia.
Componíase la legacía de Canónigos y seglares, los cua-
les puestos sumisamente en presencia del Prelado, pro-
rrumpieron en esta humilde súplica. — «Revmo. Padre,
acudimos á la fuente de tu misericordia suplicando á tu
paternal piedad que nos abra el seno de tu clemencia.
Socórrenos con tu poderoso brazo; toda la ciudad, á ex-
cepción de los pérfidos traidores, desea y pide que se
corte y arranque la parte enferma para que los demás
podamos vivir. Perdona, Padre, perdona á tus hijos, á
quienes hasta ahora has fomentado con el calor de tu
seno; no quieras emplear contra nosotros el hierro homi-
cida; ten compasión de tus hijos y protégenos; pues en tí
buscamos á nuestro Padre y á nuestro Obispo» (1).
(1) Lib. I, cap. CXVI, pág. 248.
LOS TEES PRIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 493
D. Diego Gelmírez oyó benignamente á los legados,
y les contestó que por su parte estaban perdonados to-
dos aquellos que no apareciesen comprometidos en los
horribles crímenes de que la ciudad había sido teatro; pe-
ro que tenía que consultar esta resolución con la Reina,
la cual no había sido menos ofendida é injuriada que él.
D.^ Urraca que ardía en deseos de venganza, y que no
se contentaba con nada menos que con el suplicio de
todos los culpables y de toda su parentela sin excep-
ción, al oír la proposición de Gelmírez, se irritó alta-
mente, y aún increpó al Prelado porque no mostraba, á
su juicio, el celo debido en castigar y abominar las mal-
dades que había presenciado y de que, como ella, había
sido víctima. Fué forzoso á D. Diego el acudir á la me-
diación del Rey D. Alfonso, del Conde D. Pedro y de
los demás Magnates gallegos, para vencer el ánimo do
la Reina, é inclinarla á más suaves y benignos acuerdos;
la cual, viéndose asediada de tantas súplicas y de tantas
instancias, y doliéndose de que por causa de ellas no pu-
diera satisfacer como quería sus deseos, antes de rendir-
se, prorrumpió en lágrimas de ira y de enojo. Mas al fin
cedió contra todo su torrente, y casi forzada, se allanó á
subscribir las condiciones que se impusieron á los com-
postelanos para su capitulación.
Las cuales condiciones eran las siguientes: 1.^ entre-
gar la carta de hermandad y conjuración que habían
hecho entre sí para quedar todos más obligados y com-
prometidos en la realización de sus inicuos planes ;
'i."" entregar toda clase do armas; i^.^ restituir tanto á la
Ríána, como al Obispo, todas las alhajas y objetos que les
habían arrebatado; 4.'^ aprontar, además, como indemni-
zación, la suma de mil y cien marcos de plata, ó sean
494 LIBBO SEGUNDO
unas 44.000 pesetas; 5.^ expulsar de la ciudad á todos
los motores de la sublevación, así eclesiásticos como se-
glares, y confiscarles los bienes y privarlos de sus bene-
ficios; 6.^ hacer entrega á los comisionados del Prelado,
de la Catedral y de todos los demás lugares fortificados
de la ciudad; 7.^ dar en rehenes á cincuenta jóvenes de
las familias más acomodadas de la ciudad; 8.^ prestar
juramento de fidelidad, sumisión y obediencia al Prela-
do y á la Reina; y 9.^ no admitir en la ciudad, sin pre-
via licencia de éstos, á ninguno de los proscriptos (1).
Los compostelanos aceptaron sumisos estas condicio-
nes, y para demostrar lo sincero de sus promesas, co-
menzaron por expulsar de la ciudad á los jefes de la
conspiración, que llegaron hasta el número de cien, en-
tre Canónigos y seglares (2). Con la misma prontitud
pusieron á disposición de los soldados del Obispo, la Ca-
tedral y las demás fortalezas, é hicieron entrega de los
cincuenta rehenes y de lo3 mil y cien marcos de plata.
En vista de esto, fueron absueltos por D. Diego de las
censuras en que habían incurrido; y el día señalado, acu-
dieron al Monte de Santa Susana (Alterium, é Auterkim
'pullorurn), donde se hallaban la Reina y el Prelado, como
para ratificar con el juramento de fidelidad y sumisión
que les prestaron, su capitulación.
D. Diego, lo mismo que D.^ Urraca, se dieron por
satisfechos con estas pruebas de enmienda y arrepenti-
miento, y les condonaron las penas en que pudiesen
haber incurrido por la ayuda y consentimiento que tal
(1) Hisf. Compost., lib. I, cap. CXVI, pág. 248.
(2) Como Re ve ])or la Composfelana (pág. 2()1), gran parte de los
expiiLsados se refugiaron en tierra de Campos y en Castilla.
LOS TEES PEIMEEOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 495
vez hubiesen prestado á los rebeldes y conjurados. Se-
guidamente, el Obispo hizo su entrada en la ciudad,
en donde fué recibido en medio de las más entusiastas
aclamaciones. Aunque la Compostelana no lo dice, es de
suponer que acompañasen á D. Diego en su entrada en
Santiago, la Reina y su hijo, el Conde D. Pedro y todos
los demás Proceres gallegos que habían concurrido al
asedio de los compostelanos.
Así terminó esta descabellada insurrección, que in-
cubaron las más feas y repugnantes pasiones, como la
ambición, la ingratitud y el odio y la perfidia. En ella,
sin embargo, pueden hallar un argumento más los parti-
darios de la tesis de que el régimen eclesiástico enerva á
los pueblos y embota sus bríos y su energía. Si los com-
postelanos, enervados como estaban, pudieron desafiar las
fuerzas de toda Galicia, ¿qué no harían si no lo estu-
vieran ?
Parece que los Reyes se demoraron aún algún tiem-
po en Santiago, al menos el necesario para que Doña
Urraca pudiese reunir y combinar las fuerzas suficien-
tes para emprender la campaña que meditaba contra
el Rey de Aragón (1). Entretanto D.Diego Gelmírez
atendió á reparar los graves desperfectos que habían
sufrido la Iglesia y el Palacio episcopal al ser incendia-
dos y expugnados por los rebeldes, siquiera los de más
fácil y pronta recomposición. Mandó fundir nuevas cam-
i
(1) De este tiempo debió de ser el Privilegio que D.* Urraca y su
hijo otorgaron al Monasterio de San Martín de Santiago, por el cual demar-
caron y acotaron varias heredades que liabía donado el Juez compostelano,
D. Pelayo Gudésteiz, el cual las heredara de su padre Gudesteo Guntádoz.
Hallábanse sitas dichas heredades en tierra de Saines, condado de Lobeira,
y parroquia de Annalovga ( Villagarcía), Bayón, Simes y otratí.
496 LIBBO SEGUNDO
panas en reemplazo de las que habían perecido durante
el incendio de la Iglesia, y ordenó otras obras de restau-
ración no menos precisas y urgentes.
Al entrar la Primavera del año siguiente 1118, ya
j) a Urraca pudo dejar á Santiago y ponerse en camino
para la frontera de Aragón. Acompañábanla su hijo
D. Alfonso, el Conde D. Pedro y sus hijos D. Fernando
y D. Bermudo, los Condes D. Alfonso Muñiz, D. Gutie-
rre Bermúdez, y D. Gómez Núñez y otros muchos Mag-
nates gallegos, que capitaneaban un muy mumeroso y
lucido ejército.
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CAPÍTULO XVili
Prosiguen los hechos de D. Diego Gelmírez. — Sus últimas
gestiones hasta obtener para su Iglesia la dignidad Me-
tropoifticat
i
ozosA podía estar Do-
ña Urraca, después de
¿/^las peripecias que he-
mos visto, por liaber
conseguido su objeto,
que era agrupar en
torno suyo todas las
fuerzas vivas de los
reinos de Galicia, León y Castilla. Salió con el ejérci-
to que hornos dicho, de tralicia: y en Falencia se le
ToMoUl. -5¿.
498 LIBEO SEGUNDO
unió la gente de León, la de tierra de Campos, la de
Castilla y la de Asturias (1). Mientras daba las últimas
disposiciones para preparar la campaña, procuró afir-
mar en su devoción á sus principales campeones. Con tal
motivo, en unión con su liijo D. Alfonso, el 29 de Julio
de 1118 otorgó á los hijos del Conde de Traba, D. Ber-
mudo y D. Fernando, un privilegio por el cual les donó
el Monasterio de Sobrado con todos sus bienes, derechos
y pertenencias (2).
D. Diego Gelmírez, al frente de su mesnada, había
seguido á la Reina hasta Falencia; pero allí comenzó á
sentirse mal de una pierna, y no pudo continuar el via-
je. Ordenó, sin embargo, á sus soldados que siguiesen á
]3 a Uj-j-^cg^ 4 donde quiera que fuese.
Mas al fin, la expedición se frustró, y aún parece que
la Reina no pudo pasar de Segovia á causa del motín
que allí se levantó contra ella y contra su ejército (3).
Por otra parte, el Rey de Aragón hallábase muy aíao-
nado con el cerco de Zaragoza, y no parecía prudente
el perturbarlo y desazonarlo en tamaña empresa. Con
esto D.'^ Urraca tuvo que licenciar su ejército; y su hijo
D. Alfonso con la gente que había reclutado por su
cuenta, se separó y tomó el camino de Toledo, en donde
á K) de Noviembre de 1118 fué reconocido y aclamado
(1) Hüt. ComposL, lib. I, cap. CXVII, págs. 249 y 250.
(2) Véase D. Alfonso VII, Rey de Galicia, pág. 118, y Apéndices, nú-
mero XI. — Este Monasterio ya había pertenecido á la familia de dichos Ca-
balleros; pero por cierto delito que se había imputado al Conde D. Sigeredo
Alvítez, se lo confiscara D. Fernando I, y lo incorporara con los bienes de la
Corona.
(3) Jlist. Compost,, lib. I, cap. CXVII, pág. 250.
tos TBES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 4t>í)
lley, según lo estipulado en el convenio del Tambre (1).
Durante el tiempo que estuvo detenido en Pal)üiicia
D. Diego Oelmírez, supo que iba á consagrarse en Se-
govia xlrzobispo de Braga D. Pelayo Menéiidez, en lu-
gar del célebre D. Mauricio; el cual había sido depues-
to, porque por inñujo del Empedrador de Alemania, En-
rique V, desde el 9 de Marzo de este año U IS se halla-
ba intrusado en la Cátedra Pontificia de Roma. A Don
Mauricio, como hemos visto en el capítulo décimosexto(2),
le había cedido en préstamo D. Diego (Jelmírez la mi-
tad que correspondía á la Mitra de todas las haciendas
que poseía la Iglesia compostelana en Portugal, entre
los ríos Limia y Duero. D. Pelayo Menéndez, desde que
fué Electo, se incautó de todo, tanto de la mitad que
pertenecía á la Mitra, como de la que correspondía al
Cabildo compostelano. D. Diego quiso aprovechar la
reunión en Sogovia de los Prelados consagrantes (el Ar-
zobispo de Toledo y los Obispos de Salamanca, de Osma
y de Oporto), para reclamar ante ellos lo que pertenecía
á su Iglesia en la Diócesis de Braga: pero la sublevación
de que acabamos de hacer mérito, impidió que entonces
pudiera tratarse y ventilarse este asunto. Lo único que
pudo hacerse, fué comisionar á los Obispos de Lugo y
de Orense para que, reunidos en Tuy el día 1 ." del pró-
(1) Véa.M- ' rtp. XVII, pág. 1:G8. — Kii virtud «le rsu- runvenio Don
AUbiiao VII se llaiiió, no yii Tvey de (Talicia, híuo de España. Véase cu los
Apéndices, ui'im. XXX V^I, el Privilegio que, con consentimiento de su Ayo,
el Conde de Traba, otorgó en 26 de Septiembre de 1119 al Mouabterio de
San Julián de Moraime y á su Abad D. Ordonio ú Ordoño.
La firma de Gelmírez: Didacus, Dei gratia Compostellauus Archiepi-
scopus, fué acaso puesta des})ués de otorgado el documento.
(2) Pá.ir. 4.^t. nota.
500 libuo segundo
ximo Septiembre, y citado el Arzobispo de Braga, deci-
diesen lo que fuera justo y prudente (1).
Al día señalado, 1."^ de Septiembre de 1118, reunié-
ronse, en efecto, los Obispos de Lugo y de Orense con
el de Santiago. Acercóse también el Arzobispo D. Pe-
layo; pero obstinóse en no atravesar el Miño; y desde la
otra orilla mandó decir, «que el que poseyera, que si-
guiese poseyendo; que él ni pasaría á Tuy, ni se somete-
ría al juicio de esos Obispos» (2).
Luego que D. Diego Gelmírez llegó á Santiago de
vuelta de Segovia, y antes de la ida á Tuy, convocó al
Cabildo para darle cuenta, con toda la reserva posible,
de los trabajos hechos hasta entonces para conseguir la
dignidad Metropolítica, y proponerle cuánto convenía
proseguir estos trabajos en aquella ocasión en que, con
el nombre de Gelasio II, ocupaba el Solio Pontificio su
gran amigo el Cardenal Juan Gayetano (3). Manifestó
que ya al tiempo en que salían para Jerusalén el Car-
denal compostelano Pedro Díaz y el Tesorero Pedro
A naya, les había encargado que en su nombre saluda-
sen y felicitasen al nuevo Papa, y le recordasen lo que
de tiempo atrás tenía solicitado la Iglesia compostelana.
Si no en esta sesión, en otra de las que por este asunto
se celebrasen, pudo D. Diego comunicar al Cabildo, así
la respuesta que de palabra dio el Papa al Cardenal y
al Tesorero, como la Carta que se había dignado es-
cribirle.
Lo que de palabra había dicho ol Papa era en subs-
(1) Hist. ComposL, lib. I, cap. CXVII, pá^-. 250.
(2) Hist. Compost., lib. 11, cap. VI, pág. 264.
(3) Filó elegido Papa el 25 de Enero do lllS.
LOS TUES PatMEIlOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 50i
i
tancia lo siguiente: «Ya sé, hermanos, lo que preten-
déis; queréis privar á la Iglesia Bracarense de la digni-
dad Arzobispal, y honrar con ella á la de Santiago. Ya
he hablado con frecuencia acerca de esto con mi Prede-
cesor. Si hubo ocasión en que con justicia pudiera ha-
cerse esto, indudablemente es la presente, en que la
Iglesia de Braga engendró á un malvado contra la Cá-
tedra de Roma; á un ^lauricio que manclió el tálamo
de su Santa Madre, y que haciéndose cómplice del sa-
crilego í]mperador alemán consintió en ser erigido ído-
lo para su propia ruina y confusión, como que de él
abomina toda la Iglesia católica. Mas ahora no habéis
venido precisamente por este asunto, sino para cumplir
vuestra peregrinación. Id á visitar el Sepulcro del Se-
ñor, que es el objeto que os ha traído; y si entretanto
vuestro Obispo me envía mensajeros acerca de esto, le
contestaré extensamente y á satisfacción. Por de pron-
to, podéis manifestar á vuestro señor lo que acabáis de
oír, y cuál es mi disposición de ánimo en este punto; y
esto no obstará para que yo le escriba» (1).
La Carta del Papa era como sigue: «Gelasio r)bispo,
Siervo de los siervos de Dios, al venerable hermano
Diego, Obispo compostelano, salud y apostólica bendi-
ción. Aunque envueltos en los más inti'incados nego-
cios, no podemos olvidarnos de nuestro antiguo afecto
y amistad. Por esto, por medio de la presente visitamos
á vuestra Fraternidad, y te rogamos y amonestamos
que no te olvides de la Iglesia Romana, tan gravada y
tan fatigada hoj^ por tantas y tan múltiples atenciones,
(1) Hist. Compofft., lib. II, rap. líl, pág. 258.
5( )2 LlSllÓ SEGÍÜNDO
y de ayudarla á ella y á Nos en nuestras necesidades
con la debida caridad. Encomendamos á tu benevolen-
cia á nuestros comunes hijos Pedro, Cardenal, y Pedro,
Tesorero, para quo, por amor nuestro, si antes los tenias
(ni aprecio, los consideres más desde aliora. Dado en
Ferentino á !(> de Junio» (de 1119) (1).
Propuestos estos puntos á la consideración del Cabil-
do, D. Diego encareció con toda eficacia la necesidad
de hacer un esfuerzo supremo para no dejar pasar en
vano tan propicia y favorable ocasión. Era, pues, abso-
lutamente necesario marchar, y marchar cuanto antes
á Homa. Pero ¿quién, cómo y por dónde? La vía maríti-
ma estaba completamente cerrada por las veinte naves
moriscas que tenían bloqueados los puertos de Galicia.
La terrestre no era menos expuesta á asechanzas y pe-
ligros por la enemistad é inquina del Rey de Aragón,
que había prohibido terminantemente el pase por su
reino á todo lo que procediese de la Iglesia de Santiago.
El, por su parte, iría volando á Roma, porque casi tenía
la seguridad de conseguir lo que se deseaba; pero su
viaje ofrecía más dificultades, y lo expondría á un peli-
gro cierto de perder la vida, ó de caer en manos de sus
enemigos, comprometiendo así el éxito de la pretensión.
En vista de todo esto, y después de madura delibera-
ción, se acordó enváar á Roma á dos Canónigos, pero
procurando disimular por todos los medios posibles el
objeto del viaje. A tan arriesgada expedición, se ofrecie-
ron el sobrino del Obispo, Pedro, Prior do la Canónica,
y el Cardenal de San Félix, Pedro Díaz. Para arbitrar
(1} i/(V, Cumiwsl., lib. II, caj). líT, púg. 25íí,
LOS TUES t»limi?llOS SIGLOS DE LA 1. COMPOSTELANA 5ü3
recursos, se fundió el frontal de oro del altar antiguo,
del cual se sacaron, por lo menos, doscientas veinte on-
zas. Todo esto se acordó y se hizo, como es de suponer,
con el mayor sigilo y con toda suerte de precauciones.
Mas antes de proseguir, conviene que indiquemos las
gestiones que se habían liecho antes de esta fecha, y con
postf^'ioridad al año 1110.
A principios del año 111o, debió haber enviado Gel-
mírez legados con cartas para el Papa y para ol Carde-
nal Cancelario Juan Gayetano, en solicitud de la digni-
dad Arzobispal. FA Papa contestó desde Letrán á *i4 do
Junio, condoliéndose de las tribulaciones que aíligía.n á
la Iglesia en España; «porque la guerra, decía, que ar-
de en vuestras regiones es sumamente dañosa á la Igle-
sia, ya por la fiereza de las gentes, ya por la proximi-
dad de los Infieles, para con los cuales la Fe cristiana á
causa de estos excesos cae en menosprecio. » Respecto
de la pretensión de la Metrópoli, sólo le dice que en
atención á las inquietudes y turbulencias que está su-
friendo España, no cree oportuno por el momento hacer
nuevos arreglos de Iglesias, pues esto quizás sería echar
leña al fuego. «Si la paz, concluye, llega por la miseri-
cordia de Dios á afianzarse en vuestro país, entonces de
buena voluntad procuraremos acordar sobre este punto,
lo que estimemos más conveniente» (1).
La contestación del Cardenal entra en ciertos por-
menores que importa conocer. Dice así: «Al carísimo
hermano y amigo dulcísimo Diego Obispo compostela-
no, el hermano Juan, por la gracia de Dios, Diácono,
salud en el Señor. Damos gracias á vuestra Benignidad,
(1) Hist. Compost., lib. I, cap. CI, pág. 103.
504 LIBRO SEGUNDO
porque lo que hicieron de menos vuestros primeros
mensajeros, lo suplisteis por otros. Del asunto que me
indicasteis no pude hablar con calma con nuestro Señor
el Papa, porque él tuvo que marchar á lejos, y yo hube
de permanecer en la Ciudad. Volvió el antevíspera de
San Juan y entonces hice lo que pude. Sin embargo, en
tiempo de tantas discordias, ni á él, ni á mí, nos parece
conveniente hacer innovación alguna. Lo yoco que los
cristianos tienen de la provincia Emeritense, lo posee el Arzo-
bispo de Toledo; y no es justo desazonarlo, cuando ya hay tanto
motivo de desazón. Por lo demás, en lo que esté en nuestra
mano, ya sabéis que siempre estamos dispuestos para
serviros. No dejéis de acordaros de nosotros. Guárdeos
el que guarda á Israel. Amén» (1).
Cuando á mediados del mismo año 1115 envió Gel-
mírez á Roma al Obispo de Oporto D. Hugo y á un su
familiar el clérigo Lorenzo, es de creer que también les
diese el encargo de insistir en la pretensión de siempre.
Mas el Papa no quería en aquellas circunstancias, ni
aún tocar la cuestión; así es que en la carta que le
escribió, ni siquiera le menta: para demostrarle, empero,
su buena voluntad y el gran aprecio en que lo tenía, lo
autorizó para usar timica y estola aún en la conversa-
ción familiar (2).
Volvamos ahora al punto en que habíamos suspendi-
do nuestra narración. El motivo por qué se procedió con
tanto sigilo y tanta cautela al enviar á Roma al Prior
de la Canónica y al Cardenal de San Félix, era que
además de los peligros generales q ue antes hemos apun-
(1) Hist, Compost., lib. I, cap. CT.
(2) Hist Com¡iost., lib. I, cap. CV.
LOS TBSS PBIMSBÓS SIGLOS DÉ LÁ I. C0M^0S1?£Lá1^á 605
tado, había otro que veuía de los Canónigos y ciudada-
nos que habían sido expulsados de Compostela al tiem-
po de la sublevación; los cuales se habían establecido en
varios pueblos de Castilla, al lado del camino de Santiaf/o,
y se hallaban en connivencia con el Rey de Aragón y
con los Gobernadores que éste había dejado en algunas
de las villas castellanas. Era evidente que si estos Canó-
nigos y ciudadanos, por medio de sus confidentes de
Santiago, llegaban á barruntar algo de este viaje, tra-
tarían de estorbarlo á toda costa, valiéndose para ello
del favor del Rey de Aragón y de su gente.
Recibidas ciento veinte onzas de oro de las que se
habían sacado del altar, partieron el Prior y el Carde-
nal con el pretexto de que iban á visitar á la Reina
D/ Urraca, con cuya aquiescencia se contaba. Mas la
cosa no pudo hacerse con tanto secreto, que no trascen-
diese y cundiese hasta el punto de que llegase á noticia
de alguno de los confidentes que los rebeldes expulsados
tenían en Santiago.
Despedidos de D.'^ Urraca los dos Canónigos, prosi-
guieron su camino, disfrazados de peregrinos, sin sufrir
percance alguno hasta llegar á Castrojeriz. Aquí fueron
detenidos por los soldados que estaban de guarnición
por el Monarca aragonés; los cuales, por las señas que
ya anticipadamente habían recibido, los reconocieron,
los dieron por presos y los desbalijaron de cuanto lleva-
ban: cabalgaduras, ropas, oro, plata, monedas, etc Al
Prior, sobrino de Gelmírez, con grillos, á los pies lo en-
cerraron en el castillo de Castrojeriz; al Cardenal, á los
tres ó cuatro días, lo pusieron en libertad.
Al volver D. Diego á Santiago, acompañado de los
Obispos de Orense y de Tuy, después de la Junta que el
oOtí Ltmo SEGUIDO
1 ."^ de Septiembre habían celebrado en esta última ciu-
dad, sabedor ya de lo que había ocurrido á su sobrino y
al Cardenal Pedro Díaz (1), convocó á los más graves y
prudentes miembros del Cabildo para deliberar sobre los
medios de llevar adelante la pretensión. Estaban también
presentes los Obispos de Orense y de Tay. Para Gelmírez^
esta ocasión era decisiva; y de ella dependía el logro de
lo que por tanto tiempo venía anhelando. Todos reco-
nocían lo mismo; mas lo que acababa de suceder era
para desconcertar al ánimo más esforzado, y hacerle de-
sistir de toda tentativa, que, juzgando humanamente,
tenía que estrellarse contra lo imposible. Hubo dos, sin
embargo, que se ofrecieron á afrontar toda clase de fa-
tigas y peligros, á fin de reanudar los trabajos tan brus-
(l) Suelto de la prisión el Cardenal Pedro Díaz, lo prlm3ro que hizo
fué procurar la libertad de su compañero el Prior. El Gobernador de Cas-
trojeriz, se disculpaba diciendo que él no había hecho más que cumplir las
órdenes de su señor. Visto esto, el Cardenal se puso en busca del Rey de
Aragón; y lo fué á hallar al pie de los muros de Zaragoza. Pidió, rogó, inter-
puso la mediación de personas respetables; todo inútilmente; D. Alfonso
dio por bien hecha la prisión del Prior Pedro.
En esto tuvo noticia el Cardenal compostelano de que el Papa Gelasio
se había visto precisado á abandonar á E,oma, y á refugiarse en Francia en
la ciudad de Magalona para evitar las violencias 3^ la tiranía del Empera-
dor Enrique V. Encaminóse á Magalona para presentarse al Papa, y refe-
rirle todo cuanto le había pasado. Las circunstancias no eran muy á propó-
sito para que el Papa se preocupase por la exaltación de la Iglesia composte -
lana. Urgíale ante todo precaverse, y buscar remedio para los males que
amenazaban á la Iglesia universal, y sofocar en su nacimiento el cisma
que quería levantar el Emperador alemán. A este fin convocó Concilio ge-
neral que había de celebrarse el primer día del año siguiente, 1 1 19, en Cler-
mont de Auvernia. Para convocar á los Obispos de España, envió al Carde-
nal Deusdedit, el cual salió de Magalona en compañía del Cardenal compos-
telano Pedro Díaz. Dióles el Papa para Gelmírez una carta, que luego
yeremps.
LOS TftP.S P&lMEÍloá áíÓLóá t)É La Í. OÓBÍPOá'TÉLAÍÍA r)U7
camente y por tan mal modo interrumpidos; y fueron el
Obispo de Orense y el Maestro Gerardo, uno de los re-
dactores de la Compostelana. Ambos salen con dirección á
Roma — porque entonces aiin se ignoraba en Santiago
(]ue el Papa se hallase ya en Francia llevando como
presente otras cien onzas de oro que procedían del fron-
tal antiguo. Grandes fueron las pi-ecauciones que toma-
ron los dos expedicionarios para desorientar á todos
acerca del objeto de su viaje. Todo fué inútil; induda-
blemente entre los Canónigos que aparecían como los
más decididos partidarios de Gelmírez, había alguno que
le hacía traición, y que se hallaba en activa correspon-
dencia con los antiguos conjurados.
Y en efecto, los dos viajeros no pudieron pasar de
Sahagún, en donde se detuvieron para saludar á la
Reina D.* Urraca. Y esta detención les fué muy conve-
niente, porque les dio lugar á adquirir noticias de las
maquinaciones de los rebeldes compostelanos, los cuales
ya habían avisado de su próximo arribo á los soldados
que estaban por el Rey de Aragón en Castrojeriz, en
Villafranca de Montes de Oca, en Nájera, en Logroño,
en Estella , en Paente-la-Reina , en Pamplona y en
Jaca.
Ante tan alarmantes noticias, decayeron no poco el
entusiasmo y decisión del Obispo de Orense y de su
compañero: pero su propio pundonor y el compromiso
que habían contraído con Gelmírez, los empeñaron has-
ta el punto de intentar proseguir el viaje disfrazados de
mendigos. Disuadióles de tal intento D.^ Urraca; la
cual les advirtió que hacer sacrificio de la libertad ó de
la vida, como indudablemente iban á hacer, sin resulta-
do alguno, ora solemne^ insensatez. Para consolarlos v
v^08 LlfiSÓ SEGUNDO
animarlos hizo venir al Prior de San Zoil de Carrión, el
cual, como Clnniacense, tenia más entrada en el reino
de Aragón; pues D. Alfonso solía considerar y respetar
á todos los miembros de esta ilustre Congregación. A
fuerza de ruegos y súplicas lograron reducirle á que to-
mase á su cargo el desempeñar la comisión, que ellos se
veían imposibilitados de proseguir. Antes de nada, me-
diante el rescate de sesenta marcos de plata, obtuvo el
Prior de San Zoil la libertad del Prior Pedro, que aún
continuaba encarcelado en Castrojeriz. Mientras tanto,
el Obispo de Orense y el Maestro Gerardo lo esperaron
en Palencia; desde donde, después de enterarlo minu-
ciosamente del objeto de su misión, de entregarle los
documentos que llevaban y además cincuenta onzas de
oro, y cederle Gerardo su muía, lo despidieron, dando
ellos vuelta para Santiago con el sobrino de Gelmí-
rez (1).
Su llegada á nuestra ciudad debió coincidir, con po-
ca diferencia, con la del Cardenal de Roma Deusdedit
y el Cardenal compostelano Pedro Díaz. Fácil es imagi-
nar cuál sería el recibimiento que hizo Gelmírez al Car-
denal Deusdedit; salió á esperarlo en procesión con todo
el Clero de su Iglesia; y lo hospedó y agasajó espléndi-
damente en su Palacio. Deusdedit le entregó la siguien-
te Carta del Papa:
«Gelasio, etc.. De ningún modo quiero olvidarme de
» nuestra antigua amistad, que por lo grabada que esta-
>rá en lo íntimo de tu corazón, podrás comprender cuál
»haya sido para contigo desde hace tiempo. Habien-
»do de convocar para el Concilio que, Dios mediante,
(1) Hist. Composf.f lib. II, cap. VI.
tos THES PHIMEHOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 509
• celebraremos el primero de Marzo en Auvernia, á todos
♦ nuestros hermanos los Obispos de España, sólo á tí te
» exceptuamos, porque en tus manos está la resolución
tde los negocios do ese reino. Encomendamos á tu bene-
»volencia á los Nuncios que enviamos con motivo de
>esta convocatoria. Acuérdate de Vilano; los amigos y
>los médicos se ven en las ocasiones. Dada en Magalona
>á 17 de Noviembre» (de 1118) (1).
Cuando Gelmírez leyó esta Carta, juzgó que era ne-
cesario jugar el todo por el todo, que era forzoso correr
cualquier riesgo antes que dejar de asistir al Concilio
de Clermont. Todas las personas con quienes consultó el
caso, lo confirmaron en esta resolución, y desde enton-
ces no pensó más que en los preparativos para el viaje.
Escribió al Obispo de Jaca y al Prior de Nájera para
que le solicitasen permiso para atravesar por el reino
de Aragón; y se concertó con el Cardenal de Roma, á
quien, de acuerdo con el Cabildo, había nombrado Ca-
nónigo de Santiago, para hacer el viaje juntos, si bien
Deusdedit partió antes de Compostela, quedando en es-
perarle en Sahagún.
Inmensos eran los preparativos que había que hacer
para tal expedición; pero todo lo despachó y aceleró
(lelmírez con su acostumbrada actividad. Reunió una
numerosa y bien armada escolta para defensa de su per-
sona y la de los que le acompañaban, y aprestó un no
menos surtido convoy de provisiones con la consiguiente
comitiva de familiares, pajes, criados y peatones. Cuan-
do todo estuvo dispuesto, se puso sm tardanza en cami-
no. Acompañábanle el Obispo de Orense, que también
(1) Lib. II, cap. Vil.
610 LIBRO SEGUNDO
era Canónigo de Santiago, el Cardenal mayor ó Primi-
clero Pedro Gundesíndez, el Arcediano Pedro Cresco-
nio, el Tesorero Bernardo y su hermano Pedro Estévez,
un hermano del Obispo de Orense y el maestro Gerardo.
Todos éstos eran Canónigos; iban, además, el maestro
Raucelino y un médico de la famosa escuela de Salerno,
llamado Roberto (1).
Cuando llegaron á Sahagúrí, ya el Cardenal Deusde-
dit se había adelantado; porque habiendo sabido que el
Rey de Aragón tenía dicho que de ningún modo con-
sentiría que el Prelado compostelano pusiese el pie en
su reino, quiso probar si podría levantarse esta prohibi-
ción pidiéndolo él personalmente. Mas pronto tuvo que
convencerse de que aún él mismo no recibiría pequeño
favor, si se le dejaba pasar tranquilamente. En efecto,
al aproximarse á la frontera de Aragón, le salieron al
encuentro algunos guardias avanzados que le obligaron
á descargar y abril* todo el equipaje con el pretexto de
que querían recoger el dinero que le había entregado el
Obispo de Santiago, el cual, según tenían entendido, se
disponía á pasar los puertos llevando consigo una gran
suma de oro y plata. — «En esto, le dijeron, no hacemos
más que cumplir los mandatos de nuestro Rey.» — Tra-
bajo costó al Cardenal el convencerlos de que él no lle-
vaba más dinero que el suyo propio. Al fin, viéndose
libre, se apresuró cuanto pudo para tras]^onor el Estado
de Aragón.
Mientras tanto, D. Diego Gelmíiez permanecía on
Sahagún, en donde llegó á sus oídos un rumor gravísi-
mo, el de la muerte del Papa (jrelasio. El rumor l'ué to-
(1) Lil). II, cap. VIH.
LOS TRES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 511
mando cuerpo de día en día hasta convertirse en certe-
za; pues el Papa había, efectivamente, tallecido el 29 de
Enero de 1119. Cualquiera otro que no fuera Gelmírez,
ante esta noticia hubiera caído aplanado. Tal alternati-
va de recelos y de esperanzas, de sucesos prósperos y de
fracasos, era para hacer titubear y desfallecer al ánimo
más esforzado; pero un alma del temple de la suya se
crecía ante los golpes más rudos. Buscando el apoyo de
D.* Urraca, que á la sazón se hallaba en Burgos no poco
alterada con la prisión del Conde de Lara, D. Pedro
González, llevada á cabo por D. Gutierre Fernández de
Castro, se trasladó con toda su comitiva de Sahagún á
Palencia; y después de detenerse cerca de un mes en
esta ciudad, acompañado del Prelado palentino y escol-
tado por los soldados de la Reina, se dirigió á la capital
de Castilla.
Hallándose on esta ciudad, llegó el Prior de Carrión,
<[ue trajo noticias fidedignas, como testigo do vista, del
fallecimiento del Papa Gelasio y de su enterramiento
en el Monasterio de Cluny. Otra noticia trajo el Prior
que abrió á Gelmírez un nuevo horizonte de esperanzas:
y era que el 1.'' de Febrero había sido elegido Papa el
Arzobispo de Viena, el hermano del Conde de Galicia,
D. Ramón, el tío de D. Alfonso Vil, aquel mismo (fui-
do. Arzobispo de Viena, á quien ya en varias ocasiones
había tratado con toda intimidad. Para más levantar su
esperanza, aconteció que por entonces pasó por l^urgos
un noble caballero borgoñón llamado Roberto Francis-
co, cuñado de Calixto II, que este nombre había toma-
do el Arzobispo de Viena; el cual caballero se dirigía en
peregrinación á Santiago; pero sabiendo que se hallaba
en aquella ciudad ol Obispo compostolano, le entregó
oi2 LIBBO SEGUNDO
una Carta que para él le había dado el Papa. De la
cual Carta el tenor era como sigue:
«Calixto, etc. Hemos resuelto enviarte acerca de
> varios asuntos al dador, varón noble y de nuestra fa-
>milia. Te rogamos que lo recibas honradamente, y que
>le prestes asenso á todo lo que te diga de nuestra par-
óte. Asimismo, si en alguna cosa necesitas del consejo ó
»de la ayuda de la Iglesia de Roma, puedes indicárnos-
»lo por su conducto, pues estamos dispuestos á auxilia-
»ros y favoreceros en cuanto permita el Señor. Dada en
»el pueblo de Cristam á 2 de Marzo» (de 1119) (1).
No podía ocultarse á Gelmírez el compromiso en que
se hallaba de enviar un mensajero para cumplimentar
al Papa. Pero, ¿dónde iba á encontrarse persona que se
allanara á aceptar este encargo después de las lecciones
recibidas, y máxime entonces que D. Alonso de Aragón
se hallaba más desembarazado y más engreído con la
conquista de Zaragoza, que había caído en su poder
el 18 de Diciembre de 1118. Discurrieron largo tiempo
D.^ Urraca y Gelmírez acerca de la persona que sería á
propósito para el caso; y en estas gestiones retrocedie-
ron de Burgos á Palencia y de Palencia á Sahagún. Por
fin, á fuerza de ruegos é instancias, pudieron persuadir
al maestro Gerardo que él era el llamado á desempeñar
tal comisión; y que, porque así lo reconocían tanto la
Reina como el Obispo, se habían fijado principalmen-
te en él.
Accedió Gerardo, y aunque estaba bien penetrado
de la clase de peligros y molestias que le esperaban,
todo lo aceptó por amor del Apóstol y por sei'vir á su
1) Lib. III, ca].. IX.
LOS TEES PRIMEBOS SIGLOS DK LA I. COMPOSTELANA 513
Obispo. Propúsose ir disfrazado de mendigo por caminos
extraviados y acompañado de otros dos sujetos de su
confianza, que habían de ir como peregrinos. Nada más
habían de llevar consigo, que lo absolutamente preciso
para la vida; porque las ofrendas que habían de presen-
tarse al Papa como obsequio y reconocimiento de su au-
toridad, se entregaron á Bernardo, Sacrista de San Zoil
de Carrión, que quedó en conducirlas en compañía de
otro Monje cluniacense llamado Esteban (1). Hasta de
sus cabalgaduras se desprendió Gerardo; pues las cedió
en Sahagún al cuñado del Papa, que ya volvía do su
peregrinación á Santiago.
Cuando todo estuvo dispuesto, después de despedirse
(le la Reina y del Obispo, emprendió Gerardo su marcha
caminando desde Sahagún á Palencia, y de aquí á San-
to Domingo de la Calzada. Hecha esta primera etapa,
emprendió la segunda, que fué la más penosa. Buscando
las sendas más extraviadas, atravesando profundos va-
lles, trepando por escarpadísimas sierras, pasaron por el
terreno abrupto de Caratia, por las hondonadas de Angu-
layia hasta que en Citragonium tomaron la vía pública.
Desde aquí, caminando de noche y ocultándose de día,
llegaron al pie de los Pirineos, que atravesaron por los
puertos Cisereos, que la Compostelaiia llama Sidéreos (Puer-
to Cize). Advierte Gerardo que el solo recuerdo de los
trabajos, de las angustias que sufrió en aquel viaje, le
hacía estremecer.
Llegados, por fin, á Morían, hicieron descanso para
(I) Lo que se entregó á Bernardo para su conducción, fué una arqueta
de oro que pesaba nueve marcos; y además 100 maravedís de oro, 211 suel-
dos pi(;tav¡ensos, GO sueldos de Milán, 20 do Tolosa, etc.... (Lib. II, cap. X,
pág. 274).
Tomo nr.— 33.
614 LIBRO SEGUNDO
esperar, según lo que habían acordado, al Sacrista Ber-
nardo y á su compañero; los cuales tuvieron que retra-
sar su viaje; porque no les fué tan fácil como pensaban
el atravesar por el reino de Aragón. Impaciente Gerar-
do por presentarse cuanto antes al Papa Calixto, prosi-
guió su camino en compañía de Gualterio, Obispo de
Magalona, á quien había encontrado en Montpeller.
Al fin el maestro Gerardo pudo dar por bien emplea-
dos todos sus trabajos y penalidades al ver la afabilidad
con que lo recibió el Papa, y el interés que demostró por
las cosas de España. Después de cumplimentarlo en
nombre del Prelado de Compostela, de la Reina Doña
Urraca y del Rey D. Alfonso, tuvo que contestarle á nu-
merosas preguntas que el Papa le hizo acerca de cada
uno de dichos personajes. En especial, por su sobrino
D. Alfonso demostró Calixto II muy tierna y cariñosa
solicitud. No se cansaba de preguntar cómo se hallaba,
si seguía bien, si se había apoderado al fin de Alcalá, y
otras cosas por el estilo, que denotaban el entrañable
afecto que hacia él sentía.
Del asunto de la traslación de la Sede Bracarense á
Santiago, como su misión no se extendía á más que á
cumplimentar al Papa, no osó hacer pretensión formal,
contentándose con vagas indicaciones acerca de lo que
exigía la grandeza de la Iglesia compostelana, que con-
tenía el Sepulcro de uno de los Apóstoles más amados
de Jesucristo, y acerca de las aspiraciones y constante
anhelo del Prelado compostelano. Apoyábanlo en estos
disimulados alegatos los Cardenales Bosson y Dousdedit,
los cuales poco hacía que habían estado en España, y
conocían perfectamente las intenciones de Gelmírez. El
encargado do plantear resuoltamonto la cuestión, era el
LOS TBES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 515
Abad de Cluiiy, Poncio, quien, á aquella fecha, había
recibido ya por. conducto del Sacrista de Carrión y de
su compañero, los documentos y presentes que iban des-
tinados para el Papa. La ocasión no era muy propicia;
porque á la sazón las íntimas y amistosas relaciones en-
tre el Pontífice y el Abad de Cluny se habían entibiado
algún tanto; por lo cual no había entre ellos la acostum-
brada cordialidad y el fácil cambio de juicios y de im-
presiones.
Mas no fué esto lo más grave. Sucedió que por enton-
ces llegó á la Corte del Papa un Monje de España,
llamado Burgundio, el cual había sido enviado por el
Arzobispo de Toledo con cartas suscriptas por D. Alfon-
so VIL En ellas D. Alfonso felicitaba á Calixto II con
la efusión y el afecto propios de un buen sobrino; des-
pués, al entrar á hablarle de sus cosas, le daba quejas
del Obispo de Santiago, diciéndolo que por él estuvo á
punto de perder el reino, y que siempre que había podi-
do, se le había mostrado enemigo y adversario; que por
lo tanto, se ponía en sus manos para que él fuese su
protector y curador (1).
La dolorosa impresión que produjo en el ánimo de
Calixto la lecturca de esta carta, le previno en alto gra-
do contra D. Diego Celmírez. En una ocasión en que,
hallándose en Saint-CJilles, se le presentó el Abad de
Cluny, le dijo que si quería enterarse de los méritos de
su recomendado, que llevase y leyese detenidamente
aquella carta. Y en efecto, el Abad la llevó y leyó, y
con él el maestro Oerardo. El cual no por eso se abatió
(1) El maestro Gerardo (lib. II. cap. X, pág. 27G) dice que esta carta
había sido redactada por el Arzobispo de Toledo.
516 LIBBO SEGUNDO
y desesperó; aguardó á que el disgusto del Papa se fuese
desvaneciendo, y entretanto, trató de demostrar que
aquellas quejas no tenían fundamento, ó que si alguno
tenían, era el desafecto que el Arzobispo de Toledo abri-
gaba hacia el Prelado compostelano.
Pasado algún tiempo quiso descubrir Gerardo antes
de marcharse en que ánimo quedaba el Papa respecto
de la pretensión del Prelado compostelano. Para ello
en unión con los Canónigos de Santiago Arias Díaz y
Pedro Anaya á quienes había hallado en Saint-Gilíes
de vuelta de su peregrinación á Jerusalén, partió de es-
ta ciudad á Tolosa en seguimiento de Calixto II, que el
O de Junio de 1119 celebró Concilio en este último pun-
to para tratar de la difícil situación por que entonces
atravesaba la Iglesia.
Cuando los tres Canónigos compostelanos vieron
ocasión oportuna, se presentaron al Papa para despedir-
se. Acompañábanlos el Abad de Cluny y el Obispo
de Lesear. Calixto II no ignoraba ciertamente lo que
pretendían Gerardo y sus compañeros; así es que sin
ambages les descubrió su pecho y les dijo en substancia:
«La Iglesia Romana, como sabéis hijos carísimos, ya
hace tiempo que se ve combatida y hecha blanco de
muchos adversarios. Quiso el Señor que en tales cir-
cunstancias fuese yo, aunque indigno, el encargado de
presidirla y de ampararla en su opresión. Por lo tanto,
no os olvidéis de rogar y aconsejar á vuestro Obispo de
nuestra parte, que procure ayudar en lo que pueda á la
Iglesia de Roma. Decidle también de nuestra parte que
continúe favoreciendo valerosa y resueltamente, como
hizo en un principio, á nuestro sobrino el Rey Alfonso,
para que al monos conserve el reino de Galicia que le
LOS TRES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. OOMPOSTELANA 517
adjudicó en León su abuelo el Rey D. Alfonso á presen-
' cia de él y nuestra; y que tonga entendido que según
sea la resolución con que se ponga al lado de nuestro
sobrino, con la misma procuraremos condescender con
sus peticiones; pues se nos ha dicho que no ha dejado de
demostrársele hostil en todo cuanto pudo . En otro
tiempo estreché entre mis brazos con paternal amor á
vuestra Iglesia y á vuestro Obispo; hoy si ese antiguo
amor ha de perseverar é ir en aumento, es necesario
que por quien está en lugar de padre, se preste á nues-
tro sobrino el conveniente apoyo (1). Por lo que toca á
la pretensión de que se traslade á Santiago la Metró-
poli Bracarense, nada podemos resolver por ahora; cosa*
de tanta entidad debe tratarse no sólo estando él pre-
sente, sino también los Obispos comprovinciales. Si
hubiera asistido al Concilio de Tolosa, quizás hubiéra-
mos podido satisfacer su petición; pero ya que es tanto
su deseo de exaltar á la Iglesia de Santiago, advertidle
que procure vernos en el Concilio que pensamos cele-
brar el día de San Lucas en la ciudad de Reims, ó si
para ello tuviere impedimento canónico, antes que pase-
mos á Italia. >
Antes de retirarse, depositó Gerardo á los pies del
Papa veinte onzas de oro como ofrenda de la Iglesia de
Santiago (2). Calixto II los despidió afectuosamente y
(1) Llama la atención (lue en todos estos trabajos y gestiones para
oljtener el Arzobispado, la Compostelana no mencione para nada al Rey
D. Alfonso. En cambio, á D* I'rraca, la nombra con frecuencia. Sin duda,
ya se hallaba latente entre madre é hijo la discordia que estalló después, y
por eso era necesario á D. Diego Gelmírez proceder con cierta cautela para
no excitar los celos de la iracunda y vengativa D." Urraca.
(2) La arqueta de oro y lo demás que había llevado el Sacrista de Ca-
rrión lo dejó Gerardo en poder del Abad de Cluny para otra ocasión,
518 LIBRO SEGUNDO
les entregó una carta para D. Diego Gelmírez, en la
cual se resumían los conceptos que acabamos de expo-
ner (1). Como la carta está datada en Tolosa á 12 de
Julio (de 1119), es de colegir que ésta fué próximamen-
te la fecha en que los tres Canónigos dieron vuelta para
Santiago.
Después que el Prelado compostelano leyó la carta
del Papa y oyó lo que le referían Gerardo y sus compa-
ñeros, ya no se preocupó de otra cosa que del viaje á
Reims; y aunque Calixto II, por conducto de Vito, Obis-
po de Lesear y de otros mensajeros había encargado al
Rey de Aragón que le dejase franco el paso por su rei-
no, prefirió la vía de mar aún á pesar del bloqueo de
los Moros y de la rapacidad de los piratas. Mandó,
pues, armar convenientemente dos galeras, y entretan-
to envió á la Reina D.^ Urraca al Cardenal Pedro Gun-
desíndez y al Juez Pedro para darle parte de su pro-
yectado viaje, y al mismo tiempo consultarle acerca de
las personas á quienes había de dejar encomendado el
gobierno de la tierra de Santiago.
No obstante, en esta expedición tropezó D. Diego
con otro género de obstáculos y contrariedades distinto
del que había encontrado hasta entonces. Sobre la mera
recomendación que Calixto II le había hecho en favor
de su sobrino el Rey D. Alfonso, levantaron algunos de
sus antiguos enemigos una tei'rible máquina para liacor
caer sobre él toda la suspicacia y todo el rencor de
j) a Urraca. Hicieron llegar misteriosamente á los oídos
de la Reina que el designio que llevaba Gelmírez en su
viaje á Francia, era reclutar en las tierras de Borgoña,
(1) Hist. Compost., lib. II, cap. XII.
LOS TRES PBIMEROS SIGLOS DK LA I. COMPOSTELANA 519
de donde procedía el Conde D. Ramón, un buen golpe
de gente y volver con él para poner á disposición de
D. Alfonso todo el reino de España.
Tal vez D.^ Urraca no se dejase persuadir de esta
fantástica y novelesca invención; pero por lo que pudie-
ra suceder, puso su veto á la salida de D. Diego con el
pretexto de que la vía marítima era tan expuesta como
la de tierra, y de que con su ausencia i-onacerian infali-
blemente en Galicia los antiguos trastornos y rebelio-
nes (1). El mismo Cabildo estaba dividido: unos opina-
(l) Hisf. Compost., lib. II, cap. XIÍ, pag. 279. — Empero, D.**^ Urraca
no debió i^ermanecer entonces mucho tiempo en este estado de animadver-
sión hacia D. Diego. En 20 de Junio de 1 120 le liizo á él y al Cabildo (tibí
Didaco praefatae Ecclesiae II episcopo et ómnibus Canonicis), una copiosa
donación, que comprendía la tierra de Dorniiana (Dormeá) con sus hom-
bres y caracfere, la isla de Laonio (Loño) entre el Ulla y el Arnego, tam-
bién con sus hombres y caractere y un coto en Losan (partido de Lalín).
Señaló, además, el territorio que comprendía el gran coto de la tierra de
Santiago, demarcándolo al E. por el río Iso, al O. por el mar, al X. por el
Tambre y al S. por el Ulla, declarando bajo gravísimas penas que en toda
esta comarca así acotada, ningún ejecutor de justicia de señorío extraño
])udiese entrar sin licencia del Obispo y del Cabildo; }'• que todos sus mora-
dores, así los entonces existentes, como los que en lo futuro viniesen á mo-
rar de tierras de realengo, á nadie tuviesen que responder por la condición
de su persona, sino al Qlnspo }- al Cabildo. VjMsl declaración ya se la había
recomendado estando para morir su esposo D. Ramón (véase cap. XI, pá-
gina 2')G); y aunque D.'^ Urraca ya do algi'in modo la hiciera, según hemos
visto en el cap. XV, págs. H72-373, (¿uiso en esta ocasión renovarla y con-
ñrmarla en Ibrma más solemne y categórica. (Véanse Apéndices, nú-
mero XXXVII). Conñrmó, asimismo, T).* Urraca la exención de que goza-
l»an los ciudadanos de Compostela de pagar portazgo en todos los estados
hasta donde entonces se extendía su reino. En el preámbulo del Diploma,
manifiesta la Reina que el principal motivo para otorgar esta gracia, fueron
los muchos milagros ((ue se obraban al pie de la Tumba del Apóstol San-
tiago. (Quoniam ad tumulutn Bmi. Jacobi Apostoli multae virtutes fiunt, si-
cutí ego ipsa saepixis persensi....)
520 LIBKO SEGUNDO
ban que el Prelado no debía dejar de concurrir al Con-
cilio de Reims; otros decían que el viaje á Francia era
tan azaroso, tan expuesto á inevitables contratiempos,
tan preñado de funestas consecuencias, que debía de re-
putarse como imposible. Esta fué la opinión que pre-
valeció.
Y sin embargo, la voluntad del Papa era terminan-
te y el interés de la Iglesia compostelana reclamaba im-
periosamente que alguien lo representase en la Corte
pontificia.
En este trance, el Obispo de Oporto, D. Hugo, que á
la sazón se hallaba en Compostela, como tan devoto y
obligado al Apóstol Santiago, se ofreció á ir á Francia
para presentarse al Papa en nombre de D. Diego y ges-
tionar la concesión de la dignidad Metrópoli tica (1).
Acordóse que ya que no se pudiese optar á la traslación
de la Metrópoli Bracarense á causa de la ausencia del
Obispo de Santiago y de los demás Obispos de la provin-
cia, se solicitase la Metrópoli de Mérida ú otra dignidad
por el estilo.
Recogidas estas instrucciones y los documentos co-
rrespondientes, lleno de abnegación y de intrepidez, se
puso D. Hugo en camino acompañado de dos de sus fa-
miliares. Gelmírez le dio también por compañero á un
Canónigo de Santiago llamado Arias Pérez; pero Don
Hugo no quiso esperar, y apresuró la marclia. Como era
tan conocido en todos los pueblos por donde pasaba el
camino de Santiago, tuvo que disfrazarse, y disfrazarse
(1) D. Hugo llevó también otros asuntos referentes á su Iu;lesia, que
tenía diferencias con las de Braí^a y Coimbra, por cuestión de límites. (lA-
bro II, cap. XIII, pág. 282).
LOS TRES PBIMKBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 52 i
de mendigo y cambiar á cada paso de disfraz. Unas ve-
ces iba á pie, otras á caballo; ora se fingía ciego, ora
cojo, ora contrahecho. El Canónigo Arias Pérez, que le
iba siguiendo, no pudo pasar de Burgos; pues allí fué de-
tenido y arrestado, justamente dos días después de haber
pasado D. Hugo.
Burlando de esta manera la vigilancia de los que es-
taban en acecho para detenerle, llegó á Logroño, en
donde, confundido con otros peregrinos, fué á parar á
casa de un burgués que le había tratado desde cuando
D. Hugo fuera Arcediano de Santiago. No desconoció
el huésped la fisonomía del Obispo de Oporto, á pesar de
los andrajos con que se hallaba cubierto; pero era perso-
na honrada y prudente, y no sólo no lo descubrió, sino
que le ayudó á guardar el incógnito. No terminó D. Hu-
go su odisea hasta que llegó á Morían, en donde se detu-
vo dos días para reponerse de las pasadas fatigas, y
arreglar su persona y vestido cual convenía. Hecho es-
to, se puso en camino en dirección á Cluny; y con tan-
ta oportunidad, que al día siguiente de su partida llega-
ron los sabuesos del Rey de Aragón en busca suya.
En Cluny fué recibido por el Abad Poncio con las
muestras más inequívocas de afecto y consideración.
Entregó los poderes que llevaba de Gelmírez, y recogió
los objetos que había dejado el maestro Gerardo. Pero á
todo esto el Concilio de Ileims ya se había celebrado, y
en la Corte pontificia no se había recibido noticia ni
aviso alguno del Prelado compostelano; todo lo cual hizo
revivir los antiguos recelos, desconfianzas y prevencio-
nes contra Gelmírez. Alegábase, para demostrar su fal-
ta de aprecio y consideración hacia la Corte del Papa,
la poca prisa que se había dado para asistir al Concilio
522 LIBRO SEGUNDO
remense, ó al menos para enviar un delegado, cabal-
mente en ocasión en que pretendía el Arzobispado bra-
cárense; lo cual sólo á fuerza de humildes y reiteradas
súplicas y obsequiosas representaciones podría obtenerse.
Fué como providencial que la llegada á Cluny del
Obispo de Oporto casi coincidiese con el acto solemne en
que el Papa y el Abad Poncio reanudaron su antigua
cordialidad; el cual acto tuvo lugar el 6 de Enero de 1120
en la misma Abadía de Cluny, á donde había ido Calix-
to II después del Concilio de Reims. Esto preparó, por
decirlo así, un camino seguro por donde el Obispo de
Oporto pudiese dirigir su pretensión derechamente al
Papa.
La Gompostelana (1) trae la peroración que el Abad
Poncio hizo al Papa en nombre de la Iglesia de Santia-
gOo Hela aquí: «Ruego y suplico á vuestra Majestad,
Santísimo Padre, que os digneis sublimar la Iglesia del
Apóstol Santiago, y condescender con los justos deseos
de su Obispo, vuestro amigo. Haced vos lo que ya hubie-
ran hecho vuestros predecesores Pascual y Grelasio, si
para ello hubieran tenido tiempo y lugar. El mismo San-
tiago os pide una Metrópoli para su Iglesia. Si no os
dignáis acceder á mis ruegos y á mis exhortaciones, ac-
ceded al menos á los del Apóstol. Todas las Iglesias
Apostólicas se distinguen y se señalan por su alta dig-
nidad eclesiástica; sólo la de Santiago, sita en el último
confín del Occidente, está reducida á la categoría de
simple Obispado. Entre las demás Sedes comprovinciales,
no sobresale por dignidad, sino por la prerrogativa del
(1) Lib. II, cap. XV, pág. 288.
LOS TEES PEIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 523
fundo en que está situada. Dignaos, por lo tanto, exal-
tar á la Iglesia compostelana, ya que no sea con la Me-
trópoli bi'acarense ó con el Arzobispado que antigua-
mente, en tiempo de Teodomiro, Rey de los Godos (1),
tuvo la Iglesia de Lugo, con la Metrópoli de la Iglesia
emeritense, que, despoblada por la ferocidad de los Sa-
rracenos, perdió el culto de la fe cristiana.»
No produjo esta peroración el resultado apetecido;
por lo cual se esperó á otra ocasión que no tardó en
presentarse. En una solemne audiencia en la cual se ha-
llaban presentes Guido de Albión, Duque de Borgoña y
otros muchos Magnates paisanos del Papa, que habían
ido en peregrinación á Santiago, y que se habían hecho
cofrades de la Iglesia compostelana, estando preparados
también varios de los Cardenales, el Abad de Cluny y
el Obispo de Oporto, seguidos de los Caballeros borgoño-
nes, se postran á los pies del Papa y prorrumpen en una
humilde y sentida súplica pidiendo que se ennoblezca á
la Iglesia compostelana con la- dignidad Arzobispal que
tuvo Mérida, y protestan que no se levantarán mientras
no se les conceda lo que piden. No fué dado al Papa
Calixto el resistir á tales y á tan reiteradas súplicas é
instancias: Levantaos, hijos carísimos en Cristo, contestó
conmovido, levantaos; mucho es ¡o que pedís, pero justo es que
se conceda. Con la ayuda de Dios la Iglesia compostelatia será
ennoblecida con la dir/nidad metropolitana de la Jr/lesia emeri-
tense (2).
De los labios de todos salió unánimemente un espon-
táneo voto de gracias al Papa: y después de haberle
(1) De los Suevos, debiera decir.
(•2) Lib. II, cap. XV, pág. 28U.
524: LIBHO SEGUNDO
besado el pie, se retiraron llenos de gozo. Faltaba sólo
fijar y concertar ciertos detalles de ejecución; como
las condiciones de la traslación, la redacción de la Bu-
la, etc.. Para lo cual á punto llegaron dos Canónigos de
Santiago, Pedro Fulcón y Arias Pérez (1), que envió Don
Diego Gelmírez; porque tratándose de un asunto como
aquel de tanto interés para la Iglesia compostelana, no
creyó justo que estuviese sólo gestionándolo el Obispo
de Oporto, sin que le prestase ayuda ningún ministro de
la Iglesia interesada. Mas D. Hugo, que puesto en el
caso de servir, quería servir por completo, viendo lo pro-
picio de la ocasión, se adelantó á solicitar para el Pre-
lado de Santiago la Legacía Apostólica, sobre las dos
provincias eclesiásticas de Braga y Mérida; y con tanta
felicidad, que esta segunda pretensión halló entrada
franca en el ánimo del Pontífice.
Pero importaba obtener cuanto más antes el despa-
cho de las Bulas, con que se habían de ratificar y auto-
rizar ambas concesiones. Los fondos que D. Hugo tenía
en su poder no bastaban para satisfacer los derechos ca-
marales y de cancelaría; por lo cual los dos Canónigos
Pedro Fulcón y Arias Pérez vinieron á toda posta á San-
tiago para volver dentro del menor plazo posible con la
suma que se requería. Llegaron felizmente á Santiago;
traían cartas del Abad de Cluny y del Obispo con sobre
á D. Diego Gelmírez, Arzobispo de Compostela y Legado de la
Santa Romana Iglesia, El maestro Gerardo (2) dice que
su pluma era insuficiente para describir el júbilo con
(1) Era el mismo que había salido con el Obispo de Oporto, y que libre
de la prisión de Burgos, dio vuelta para Santiago.
(2) Lib. II, cap. XVI, pág. 290.
LOS THES PBIMEBOS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 525
que Grelmírez y los Canónigos á quienes se había dado
parte en el asunto, oyeron estas noticias de la boca do
los dos mensajeros. Se comprende; el ver al fin realiza-
dos los ensueños y aspiraciones de toda la vida, el ver
al fin conseguido lo que á costa de tantos afanes, de tan-
tos sacrificios, y á pesar de tantos contratiempos y con-
trariedades se había solicitado, no podía menos de inun-
dar de gozo el pecho de los que habían pasado por estos
lances, y resarcirles superabundantemente de las ansias
y de las amarguras sufridas.
Mas era necesario reunir cuanto antes la suma que
venían á buscar Pedro Fulcón 3^ Arias Pérez y que as-
cendía al valor de 260 marcos de plata. Acord(')se con la
debida reserva, que se tomasen del Tesoro de la Iglesia
las alhajas necesarias para completar dicha cantidad.
Sacóse una mesa redonda de plata, de las que vulgarmen-
te se llamaban intrernissa (1), la cual mesa pesaba 40
marcos de plata y había sido del Rey de los Sarracenos,
Almostaín (2), una cruz de oro y una casulla de lo mis-
(1) ínter missium ó ínter mlssorius en el latín de la Edad media. Ve-
nía á, ser un ai)arato con ruedas que circulaba por la mesa, para servir cier-
tos delicados manjares que contenía.
(2) Este Rey Almostaín (Almostanus) que aquí menciona la Composte-
lana (cap. XVI, pág. 291), debe ser Almostaín, Rey de Zaragoza, que pereció
el año 1110 en la batalla de Valtierra. Como hemos visto en la pág 391, pa-
ra facilitar D.* Urraca su luga de Aragón en donde estaba como prisionera
de su pretenso marido, dio libertad á los rehenes que había dado el hijo de
Almostaín, Amad-Dola; el cual, en pago, le envió gran peso de oro y plata.
En este peso de oro y plata debió figurar sin duda la intremissa de (¿ue aquí
se habla; la cual con otras alhajas, daría acaso D.* Urraca á Gelmírez para
más asegurarlo en su devoción. Esto quizás explique el por qué D. Alonso
de Aragón perseguía con tanta saBa y coraje á los Ministros de la Iglesia
de Santiago, y en especial á los que él sospechaba que llevaban dinero en
objetos de valor.
526 LIBRO SEGUNDO
mo, que había donado el Rey D. Ordeño II, y una coro-
na también de oro. Todo ello montaba 220 marcos de
plata; los 40 que faltaban, los suplió Gelmírez de su bol-
sillo particular.
La dificultad estaba en remitir intacta tal cantidad
á Francia. Aconteció por entonces que combatida de
recia tormenta en aguas sarracenas una nave norman-
da, había venido buscando refugio al Castillo Honesto q
Torres de Oeste. Recobrada, y estando ya para zarpar
la nave con dirección á Normandía, se le ocurrió á Don
Diego el proponer á la tripulación, si quería llevar consi-
go y después poner en Cluny, cierta suma que él tenía
que enviar á este último punto. Corrióse, en efecto, la
voz de que la tripulación, que era gente dada al tráfico,
había aceptado, y se comprometiera á hacer el encargo
de Gelmírez. Todo esto era fingido para desorientar á
los curiosos acerca de la vía que habían de llevar los
caudales remesados á la Corte pontificia.
Por aquel entonces se estaban armando en Galicia
un gran número de caballeros para marchar á Tierra
Santa. Poco antes habían llegado unos mensajeros que
el Patriarca de Jerusalén había dirigido á D. Diego
Gelmírez; los cuales hacían la más desoladora pintura
del estado de los Cristianos en Palestina, y pedían con
todo ahinco y encarecimiento que no se tardase en en-
viar algunos socorros á la Ciudad Santa; pues su situa-
ción se hacía de día á día insostenible. Los dos Canóni-
gos Arias Díaz y Pedro Anaya, que acababan de llegar
de Jerusalén, podía] i confirmar la veracidad y exactitud
de estas noticias. Tales súplicas y tales lamentos, halla-
ron eco en el corazón de muchos caballeros gallegos,
los cuales dando oído á las insinuaciones de su piedad
LOS THES PRIMEROS SIGLOS DE LA I. COMPOSTELANA 527
y de su fe, no titubearon en cruzarse, y afrontar con es-
to todos los peligros á que tal insignia los obligaba.
D. Diego Gelmírez había dado el encargo de llevar
el dinero á Cluny á dos vecinos de Compostela, llamados
Pedro Fraile (1) y Pedro Yáñez (2), los cuales aparte de
ser personas de confianza, por su ingenio y travesura
eran de lo más á propósito para el caso. Estos, de acuer-
do con el Prelado, se entendieron con varios de los Cru-
zados proponiéndoles una buena y meritoria obra que
podían hacer al mismo tiempo que caminaban para
Jerusalón, y era llevar consigo cada uno hasta Francia
cierta cantidad de oro que les darían. Les certificaron
también que el Obispo compostelano en premio de su
servicio y de su lealtad, les concedía copiosas indulgen-
cias espirituales, remitiéndoles la penitencia de varios
años en proporción de las onzas de oro que llevasen.
Aceptaron de buena voluntad los Cruzados; y unos reci-
bieron diez onzas de oro, otros nueve, otros ocho, y así
los demás liasta que se completó la suma pedida, que lle-
gaba á doscientas onzas. De esta manera, la suma de
oro que representaba los 260 marcos de plata pedidos,
pudo llegar sin novedad á Montpeller; en donde, como
estaba acordado, la recogieron varios Monjes Cluniacen-
sis; y en Cluny, Pedro Fraile y Pedro Yáñez, en presen-
cia del Abad Poncio y del Obispo de Oporto, la entrega-
ron al Camerario del Papa, Esteban de Bisontio.
El Obispo D. Hugo recogió las Bulas que se despa-
(1) A este Pedro Fraile eu la Compostelana se le llama arcar ¿o. Entre
los oficiales de la obra de Santiago había uno que se llamaba arquero, ó
guardador de las arcas. Tal vez desempeñase este oficio Pedro Fraile.
(2) Este fué después Canónigo de Santiago.
528 LIBRO SEGUNDO
cliaron en Valencia (del Delfinado en Francia), la de la
traslación de la Metrópoli emeritense á 27 de Febrero, y
la de la Legacía á 28 de Febrero de 1120; pero como se
temía del Rey de Aragón, no se atrevió á traerlas en
persona, como era su deseo, y las envió por los citados
Pedro Fraile y Pedro Yáñez (1).
Las Bulas llegaron tan oportunamente á Santiago,
que pudieron sei' publicadas con la solemnidad que se
puede suponer, el mismo día de la fiesta principal del
Apóstol, ó sea el 25 de Julio.
Desde este memorable día, 25 de Julio do 1120, co-
mienza una nueva fase en la historia de nuestra Santa
Apostólica Iglesia. Hasta aquí, sin salir do su condición
de nueva Cátedra episcopal, fué grande y sobresalió en-
tre todas las Iglesias de su Provincia y aún de España.
Desde esta fecha, habremos de estudiarla como Metró-
poli, é insigne Metrópoli,
(1) Otros dos documentos, además de éstos, se recibieron en Santiago;
la Bula dirigida á los Sufragáneos del Metropolitano de Mérida, fechada
apudCastrum Crisiam (Crest) á 2 de Marzo, y una carta particular del Papa.
Probablemente cuando Pedro Fraile y su compañero llegaron á Cluny,
ya hacia algún tiempo que las Bulas estaban despachadas; porque no era
moralmente posible que en dicha fecha pudiesen ellos hallarse ya en la
famosa Abadía.
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Tomo III.— i.
f^mmmm^mm
NUMERO I
ERA M.CXV.
Santiago,
Año de C. 1077.
17 de Agosto.
Concordia del Obispo D. Diego Peláez con el Abad de Anteal<
tareS| San Fagildo.
Era M.CXV. et quotum XVI kalendas septembris.
Dubium quidem non est set multis manet notum, sicut
testimonium beati Leonis didicimiis Papae, quod beatis-
simus apostólos lacobus Hierosolimis decollatus a disci-
pulis Joppem asportatus, ibi non parvo tempore a Domi-
no custodire ad ultimum Hispaniam navigio, manu Do-
mini gubernante, sit translatum, et in finibus Galleciae
sepultura per longa témpora mansit occultum.
Set quia lux in tenebris, vel lucerna sub modio diu
latero non potuit, divina providente clementia tempo-
ribus serenissimi regis domini Adefonsi, qui vocatur
Castus, cuidam anacoritae nomine Pelagius, qui non
longo a loco in quo apostolicum corpus tumulatum ja-
cebat, degere consuevorat, pi'imitus revelatum osso an-
gelicis oraculis dignoscitur. Deinde sacris luminaribus
quampluribus fidelibus in ecclesia sancti Felicis do Lo-
APÉNDICES
vio commorantibus ostenditur; qui inito consilio iriensem
episcopum dominum Tlieodomirum arcesiverunt san-
ctam visionem illi detegentes. Qui inito triduano ieiunio,
fidelium caetibus agregatis beati lacobi (1) sepulchrum
marmoreis lapidibus contectuní invenit: qui máximo
gavisus gandió religiosissimnm Regem praefatum voca-
re non distulit.
Qui prout erat affectu castimoniae diligens sanctita-
tem statim in honore eiusdem Apostoli fabricata eccle-
sia et circa eamdem alteram in honore beati baptistae
lohannis, ante ipsa sancta altaria. tertiam non inodicam
tria continentem altaria primum in honorem sancti
Salvatoris, secundum in honore sancti Petri apostolo-
rum principis, tertium in honore beati lohannis aposto-
li construere festinavit, in qua abbatem dominum Ilde-
fredum magnae sanctitatis virum cum monachis custo-
diae Apostoli deputatis divino officio mancipatis non
minus quam duodecim constituir, qui supra corpus Apo-
stoli divina officia cantassent et missas assidue celebras-
sent, dividensque eis ad orientalem partem locum ante
ipsa sancta altaria per cartulam dotis ubi claustrum et
officinas secundum tenorem beati Benedicti construe-
rent. Et quia ante ipsa sancta altaria constructus est lo-
cus iste, Antealtaris est vocatus, et usque ad tempus
episcopi domini Didaci Pelagii, et abbatis domini Fagil-
di in eodem mansit vigore.
Qui volens ecclesiam beati lacobi opus muro lapídeo
tabulatu construere, tantae magnitudinis eam futuram
designavit, ut omnia praefata altaria cum ecclesia et
partem claustri monachorum caperot. Videns vero san-
ctissimus Abbas ordinem monasticum, dum opus eccle-
siae construeretur, ibi non perfecte observari posse so-
cum cogitans ecclesiam parvulam ad opus monachorum
tria continentem altaria boati scilicet Petri apostoli, et
beati Thomae et beati Nicholai construxit, ubi antiqui-
(1) Km otra copia: «Beati Apostoli.:»
APÉNDICES
tas prafatus Pelagius cellam habuit, et altare beati Pe-
lagii martyris construxit.
Quo peracto cum eodem Episcopo ante faciem doiui-
ni regís Adefonsi se praesentavit et de Apostoli iure
quod hactenus tenuerat et de altaribus sancti Salvatoris
et sancti Petri et sancti lohannis qualiter ea in fatii-
rum peracto opere eoclesiae obtinere possent, causare
coepit. Et tune mandavit Rex quod Abbas et monaste-
rium cunctis diebus obtineret altare beati Petri iure hae-
reditario, quod in oadem ecclesia beati lacobi non in eo-
dem loco ubi prius steterat, set in alio construebatur.
Eius dum operaretur in ipsis altaribus obtineret Episco-
pus dúo alia altarla cum portione monacliorum offeren-
dae altaris beati lacobi. partis (1) altaribus, quod altare
sancti Salvatoris et sancti loannis apostoli et evange-
listae restituerentur Abbati et monachis in perpetuum
habituris. Demum Episcopus dum fabricaretur ecclesia
haberet beati lacobi altaris pecuniam, unde prius
monaclii dimidiam possidebant. Et peracta ecclesia Ab-
bas et monaciii haberent partem tertiam et Episcopus
duas in perpetuum.
Quocirca ego Didacus divina gratia iriensi sedis
episcopus continens eiusdem Ecclesiae beati lacobi
catliedram cum conventu et voce eiusdem Ecclesiae
praesentium et f uturum iussione domini nostri regis dopni
Adefonsi prolis Ferdinandi vobis abbati domino Fagildo
et conventui monasterii Altarium praesenti et in fatu-
rum firmissime disposui roborare pactum et pla.citum in
decem libras auri roboratum quod amplius non reinfrin-
gam nec ego, nec qui (^amdem vocem tenuerit; tali videli-
cet pacto, quo vos ab hodierno die in perpetuum liabea-
tis, et de iure haereditario integraliter possideatis cum
ómnibus directuris ad se pertinentibus ecclesiasticis vel
saecularibus altare beati Petri apostolorum principia
(1) Mejor: Peractis altaribus quod, etc,
6 APÉNDICES
quod modo construeretur infra ecclesiam beati lacobi in
sinistra parte ad exitum vestrae portae vestri capituli,
quod prius fuerat locatum in parte dextera, simul et
ipsam portam et egressum tana ipsius altaris quam
ecclesiam, quam vos vestro pretio aedificaturus estis,
ut semper libere eam possideatis et ex parte vestra
claudatis et aperiatis. Et aedificatis sancti Salvatoris et
sancti loannis altaribas nostro opere restituantur vobis
et monasterio vestro perpetim habituros. Et pro operis
aedificatione teneamus vestram tertiam offerendae alta-
ris beati lacobi unde prius ad hoc tempus medietatem
possedistis. Et modo per convenientiam comitum et bo-
norum hominum et regiam auctoritatem nobis in adiuto-
rio vestram partem datis quod tam pro nobis quam pro
vobis operemur. Et finito opere ecclesiae tertiam par-
tem redditus ipsius beati lacobi altaris vobis restitua-
mus, servato semper vestro iure haereditatis per locum
ubi convenientiam Karacteram scripturi et posituri
sumus Ínter altare beati lacobi et illa tria altarla conti-
nens liuiusmodi signum /D id est A et D, posita linea ab
eodem signo usque ad inferiorem angulum vestrae turris
quae in muro continetur et ab altero signo usque ad infe-
riorem angulum vestrae domus (1) qui est circa cameram
palatii; et deinceps per girum sicut in vestra dote regum
Casti et Renamiri continetur. Qai sic compleverit sit
benedictus, et qui aliter egerit sit maledictus et excom-
municatus et cum luda proditore particeps fiat in aeter-
na dampnatione et insuper regiae parti poenam placiti
cogatur solvere, et praefato monasterio quantum in
contempsa miserit duplicemus, et hoc scriptum cunctis
diebus maneat firmum.
Ego Didacus divina gratia Episcopus hoc scriptum
quod fieri iussi manu propria confirmo et cunctis diebus
firmissimum esse decerno, Didacus.
(1 ) Este inciso desde: vestrae turris, falta en una de las copía3,
APÉNDICES
Adefonsus rex grato animo lioc scriptum robore eius
confirmo.
Urraca sóror Regis confirmo.
Golvira sóror Regis coní*.
Garcia comes conf.
Garcia Alvariz conf.
Ordonius Alvariz conf.
Petrus Ansuriz conf.
Gómez Gundisalvus conf.
Martinas Flamit comes conf.
Froyla Didat comes conf.
Sancius comes conf.
Froyla Reimundez iudex conf.
Gundisalvus iudex conf. (1).
Sarracenus Gundisalvus iudex conf. (2).
Gundisalvus episcopus mindoniensis sedis conf.
Lodovicus (8) episcopus tudensis sedis coní.
Segeredus presbyter conf.
Qui praesentes fuerunt
Petrus testis.
Astrarius testis.
Martinus testis.
Renamirus ts.
Ego Altbnsus Petri translatavit.
Suarius Fafilat conf.
(Fué publicada esta Escritura por el iSr. Zepedano en la His-
toria y descrijmOn arqueológica de la Basílica compostelana^ y por el
Emmo. Sr. Cardenal Bartolini, Cenni biografici de S. Giacomo Apo-
stólo; Roma, 1885).
(1) Las dos subscripciones anteriores no se encuentran en una de las
dos copias.
(2) Esta subscripción se echa de menos en la copia íj[ue trae las otrag
dos inmediatas.
(3) Léase, Audericas,
8 APÉNDICES
NUMERO II
Códice de Calixto II, libro V.
Capitulum IX. — De qualitate urbis et basilice sci. iacobi apli. Grallecieí —
Calixtus papa et aymericus cancellarius.
§ I
ínter dúos fluios (fluvios), quorum unus uocatur Sar,
et alter Sarela! urbs compostella sita est. Sar est ad orien-
ten! Ínter montem ganclií et urbemí Sarela ad ocasum. Ur-
bis uero et introitus et porte sunt septem. Primus in-
troitus dicitur porta francigena (1) secundus porta "pen-
ne (2), tercius porta de subfratribus (3), quartus porta de
SCO. peregrino (4), quintus porta de falguerüs, que ducit ad
petronum (o)! sextus porta de susannis (6), septirü.us porta
de macerellis (7 ) , per quain preciosus baccus uenit ad
urbem.
§ II. — De ecclesiis urbis,
Hac in urbe decem ecclesie solent esse. quaruní pri-
ma gloriosissimi apli. Iacobi Zebedei in medio sita re-
fulget gloriosa. Secunda bti. Petri apli. que monacho-
(1)
Puerta del Camino.
(2)
Puerta de la Peña.
(3)
Puerta de San Martín.
(4)
Puerta de la Trinidad.
(5)
Puerta de la Fajera.
(6)
Puerta de la Máraoa.
(7)
Puerta de Mazarelos ó del Mercado,
APÉNDICES
ruin est abbacia. iuxta uiam francigenam sita (l)í tercia
sci. Michaelis que dicitur de cisterna (2): quarta sci.
Martini epi. que dicitur de piniarío, que etiam mona-
chorum est abbaciaí quinta sce. Trinitatis que est pere-
grinorum sepultura! sexta sce. Susanne uirginis, que
est iuxta uiam petroni f séptima sci. Felicis martyrio:
octano sci. Benedictií nona sci. Pelagii martyris, que est
retro bti. lacobi basilicam'. decima sce. Marie uirginis,
que est retro ecclesiam sci. lacobi, habens introitum in
eandem basilicam (3). ítem altare sci. Nicholai et sce.
Crucis.
§ III. — De ecdesie mensura.
Basílica namque sci. lacobi habet in longitudine
quinquaginta et tres hominis status; uidelicet a porta
occidentali usque ad sci. Saluatoris altare. In latitudine
uero habet quadraginta unum minus, a porta, scilicet
francigena usque ad meridianam portam. Altitudo uero
eius quatuordecim status habet intus.
Quanta sit extra eius longitudo et altitudo a nullo
ualet comprehendi.
Ecclesia uero eadem nouem ñaues habet inferius, et
sex superius, et unum caput maius, uidelicet in quo
sci. Saluatoris est altare, et lauream unam, et unum
Corpus et dúo membra; et octo alia parua capita habet;
in singulis (juibusque singula habentur altarla.
E quibus nouem nauibus sex módicas tresque ma-
gnas esse dicimus. Prima nauis principalis est a portali
occidentali usque ad medios pilares quatuor scilicet, qui
(1) Al margen en letra del siglo XEV: §. (ssilicet) sci. pellagii. Es
yerro. Este San Pedro que aquí so mentíiona, es San Pedro d' Afora.
(2) San Miguel dos Agros.
(3) Santa María do la Corticela. Esta iglesia comunicaba con la Cate-
dral, no por la puerta que hoy se usa, sino por otra abierta en la capilla del
Espíritu Santo.
10 APÉNDICES
omnem gubernant ecclesiam, liabens imam nauiculam
ad dexteram et aliam ad leuam. Alie uero due magne
ñaues in duobus membris habentur, quarum prima a
porta francigena usque ad quatuor pilares cracis eccle-
sie pertinet; et secunda ab ipsis pilaribus usque ad por-
tam meridianam. Que utreque ñaues duas laterales na-
uiculas habent. He uero tres ñaues principales usque ad
ecclesie celum pertingunt, et sex pauce nauicule usque
ad medias cindrias tantum ascendunt. Utreque magne
ñaues undecim et diinii (dimidii) status liominis habent
in latitudine. Statum liominis recte de octo palmis esse
dicimus.
In maiori naui triginta unus minus pilares habentur:
quatuordecim ad dexteram, totidemque ad leuam, et
unus est inter dúos portallos deintus aduersus aquilo-
nem, qui ciborios separat. In nauibus uero crucis eius-
dem ecclesie, a porta uidelicet francigena usque ad
meridianam, uiginti et sex habentur pilares, duodecim
ad dexteram, totidemque ad leuam, quorum dúo ante
ualuas intus positi ciborios separant et portallos.
In corona namque ecclesie octo singulares columpne
habentur circa bti. lacobi altare.
Sex nauicule, que superius in palacio ecclesie ha-
bentur, longitudine et latitudine tali sunt, sicut subiu-
gales alie nauicule que sunt deorsum. Ex uno quidem
latere eas tenent parietes, et ex alio pilares qui de
subtus de magnis nauibus sursum ascendunt et duplices
pilares qui a lapicidibus uocantur medie cindrie. Quot
sunt pilares inferius in ecclesia, tot sunt superius. in
nauibus; et quot cingule inferius tot sunt in palacio su-
perius. Set in nauibus palacii inter pilares singulos due
simul columpne semper sunt, que uocantur columpne
cindrie a lapicidibus.
In eadem uero ecclesia nuUa scissura, uel corrupcio
inuenitur, mirabiliter operatur, magnaí spaciosa, clara:
magnitudine condecente latitudine, longitudine et alti-
tudine congruentii miro et inefabili opere habeturí que
APÉNDICES 11
etiam dupliciter uelut regale palacium operatur. Qui
enim sursam per ñaues palacii uadit, si tristis ascendit,
uisa óptima pulcritudine eiusdem templi, letus et gaui-
sus effici tur.
§ IV.— De fenestris.
Fenestre uero uitree que sunt in eadem basilica se-
xaginta et tres et numero liabentur . Ad unumquodque
habentur (1). In celum uero basilice circa bti. lacobi
altare quod est in corona tres altare quinqué fenestre ha-
bentur; unde apostolicum altare ualde perlustiatur. In
palacio uero sursum quadraginta et tres numero haben-
tur fenestre.
§ V.— De portallvlis.
Tres portales principales et septem paucos habet
eadem ecclesia; unum qui respicit ad occidentem, scili-
cet principalem; et alium ad meridiem; alterum uero
ad septentrionem. Et in unoquoque portali dúo sunt in-
troitus; et in unoquoque introitu due porte habentur.
Primus uero ex septem portallulis uocatur de sea. Maria
secundus de ida sacra; tercius de seo. Pelagio; quartus
de kanonica; quintus de yetraria; se x tus similiter de /^e-
¿rar¿a; septimus de gramaticorum scola, qui domo etiam
archiepiscopi prebet ingressum.
§ VI. — De fontc sci. lacobi.
Cum nos gens galilea apostolicam basilicam ingredi
nolumus, per partem septentrionalem intramus. Ante
cuius introitum est iuxta uiam hospitale pauperum
(1) Al margen, de letra del siglo XV: hodie lamen non est ibi aliqua.
12 APÉNDICES
peregrinorum sci. lacobi; et inde habetur ultra uiam
scilicet quídam paradisus ubi sunt gradus descensionis
nouem. In fine uero graduum eiusdem paradisi, íons
mirabilis liabetur, cui siinilis in toto mundo non inueni-
tur. Habet enim fons ille in pede tres gradus lapídeos,
super quos sita est quedam pulcherríma conca lapídea,
instar parapsídís uei bacinní, rotunda et cauata, que
etiam tanta habetur, quia largíter possunt in ea bal-
neari, ut puto, quindecim liomines. In medio cuius sita
est columpna erea, inferius grossa, septem quadris
apta, decenti altitudine longa; de cuius cacumine qua-
tuor procedunt leones, per quorum ora quatuor exeunt
limplie flumina ad reficiendum bti. lacobi peregrinos et
ciues. Que etiam flumina postquam egrediuntur ab ori-
bus leonvm, ilico labuntur in eadem conca inferius; et
ab hinc exeuntes per quoddam eiusdem conque foramen
subtus terram recedunt. Sicut uideri nequit unde aqua
uenit, sic nec uideri ualet quo uadit. Est autem limpha
illa dulcis, nutribilis, sana, clara, obtima, yeme calida,
estáte temperata. In prefata uero columna he littere
scripte hoc modo induabus lineis sub pedibus leonum
habentur per circuitum:
t EGO BERNARDVS BTI. lACOBI TS. (thesaurarius) HANC
AQVAM HVC ADDVXI ET PRESENS HOPVS COMPOSVI
AD MEE ET ANIMAEVM MEOE-VM PARENTVM REMEDIVM.
E. I.C.L.X.III. IDVS APEILIS
§ VII. —De paradiso urhis.
Post fontem habetur paradisus, ut diximus, paui-
mento lapídeo factus: in quo crusille piscium id est Ín-
ter signa bti. lacobi uenduntur peregrinis, et butti uina-
rii, sotulares, pere ceruine, marsupia, corrigie, cingulo,
et omne genus erbarum medicinalium et cetera pi-
APÉNDICES 13
gmenta; et alia multa ibi ad uondenclum liabentur.
Cambiatores uero et hospitales ceterique mercatores in
uia francigena liabentur. Parad isus uero ille tantus est,
quantum iactus est lapidis in utraque parte.
§. VIII. — De porta septemtrioiíali.
Post paradisum namque illum septemtrionalis porta
francigena eiusdem basilice sci. lacobi inuenitur; in qua
dúo introitus liabentur, qui etiam liis operibus pulcre
sculpuntur. In unoquoque introitu exterius sex liabentur
columpne, alie marmoree, alie lapidee, ad dexteram
tres, et ad leuam tres; sex scilicet in uno introitu, et sex
in alio; ita(|ue duodecim liabentur columpne. Super uero
columpnam que est Ínter dúos portales deforis in pa-
riete residet Dominus in sede maiestatis, et manu dex-
tera benedictionem innuit, et in sinistra librum tenet.
Et in circuitu troni eius sunt quatuor euangeliste quasi
tronum sustinentes. Et ad dexteram eius paradisus est
insculptus, in quo ipse Dominus est in alia effigie Adán
et P]uam corripiens de peccato; et ad leuam est simili-
ter in alia persona eiciens eos a paradiso. Ibidem uero
circum circa multe immagines sanctorum, bestiarum,
liominum, angelorum, feminarum, florum, ceterarum-
que creaturarum sculpuntur, quarum essentiam et qua-
litatem pre magnitudine sua narrare non possumus.
Set tamen super portam que est ad sinistram, cum ba-
silicam intramus, in ciborio scilicet, bte. jMarie uirginis
annunciacio sculpitur. Loquitur etiam ibi ángelus Cía-
briel ad eam. Ad leuam uero super portas in laterali
introitu mensos aniii et alia multa opera pulcra scul-
puntur. Dúo uero leones magni et feroces forinsecus in
parietibus liabentur; (jui ualuas quasi obseruantes sem-
per respiciunt, unus ad dexteram et alius ad leuam.
In liminarilius uero sursum quatuor apostoli liaben-
tur, manibus sinistris libros singuli singulos tenentes,
14 APÉNDICES
et dextris manibiis eleuatis introeuntibus basilicam in-
niiunt benedictioiiem. Petrus est in introitu sinistrali
ad dexteram: Paulus ad leuam; et in dextrali introitu
lohannes apostolus ad dexteram, et bts. lacobus ad
leuam. Set et super singula apostolorum capita quo-
rumdam boum ex liminaribus exiliencium capita ex-
culpuntur,
§ IV. — De porta meridiana.
In meridiana porta apostolice basilice dúo introitus,
ut diximus, habentur et quatuor ualue.*In dextrali uero
introitu eius, deforis scilicet, in primo ordine super por-
tas dominica tradicio miro modo sculpitur. Ibi Domi-
nus ligatur manibus iudeorum ad pilarem; ibi uerbera-
tur corrigiis; ibi sedet Pilatus in cathedra quasi iudi-
cans eum. Desuper uero in alio ordine bta. Maria, mater
Domini cum filio suo in Bethleem sculpitur et tres
reges qui ueniunt ad uisitandum puerum cum matre
trinum munus ei offerentes, et stella, et ángelus eos
ammonens ne redeant ad Herodem. In liminaribus eius-
dem introitus sunt dúo apostoli quasi ualuarum custo-
des, unus ad dexteram et unus ad leuam.
Similiter in alio introitu sinistrali, in liminaribus
scilicet, alii dúo apostoli habentur. Et in primo ordine
ipsius introitus, super portas scilicet, dominica tempta-
cio sculpitur. Sunt enim ante Dominum tetri angeli
quasi larue statuentes eum supra pinnaculum templi; et
alii offerunt ei lapides, ammonentes ut faciat ex illis
panem; et alii ostendunt ei regna mundi, fingentes se ei
daturos ea, si cadens adorauerit eos, quod absit. Set alii
angeli candidi, uidelicet boni, post tergum eius et alii
etiam desuper turibulis ei ministrantes habentur.
Quatuor leones in eodem portallo habentur; unus ad
dexteram in uno introitu, et alius in altero. ínter dúos
uero introitus in pilarlo sursum alii dúo íerocos leones
APÉNDICES
15
habentur, quorum unus posteriora sua ad alterius poste-
riora tenet. Undecim uero columpne in eodem portali
liabentur; in introitu detrali, scilicet ad dexteram quin-
qué et in sinistrali introitu, ad leuam uidelicet, toti-
deni; vndecima uero inter dúos introitus, que ciborios
separat. Que scilicet columpne, alie marmoree, alie la-
pidee, mirabiliter immaginibus, üoribus, liominibus,
auibus, animalibusque sculpuntur. He uero columpne
albi marmoris sunt.
Nec est obliuioni tradendum, quod mulier quedam
iuxta dominicam temptacionem stat; tenens inter ma-
nus suas caput lecatoris su i fetidum a marito proprio
abscisum, osculans illut bis per diem coacta a viro suo.
;0 quam ingentem et admirabilem iustitiam mulieris
adultérate ómnibus narrandam!
In superiori uero ordine super quatuor ualuas uersus
palacium basilice quidam ordo mirabilis ex lapidibus
albi marmoris pulcre refulget. Stat enim Dominus ibi
rectus et scs. Petrus ad sinistram eius, clanes suas ma-
nibus tenens et btus. lacobus'ad dexteram inter duas
arbores cipressinas, et scs. lohannes iuxta eum frater
eius set et ad dexteram et ad leuam apostoli ceterique
habentur. Est igitur murus desursum et deorsum, ad
dexteram scilicet, et leuam obtime sculptus, floribus ui-
delicet, liominibus, sanctis, bestiis, auibus, piscibus cete-
ris que operibus, que a nobis comprehendi narracione
nequeunt. Set (j^uatuor angeli super ciborios habentur,
cornua singula singuli tenentes iudicii diem prenun-
ciantes.
§. 'X..— De porta occidentali.
Porta occidontalis liabons dúos introitus pulcritudi-
ne, magnitudine et operacione alias transcendit portas.
Ipsa maior et pulcrior alus habetur et mirabilius opera-
tur, multisquíí gradibus deforis, columpnis (¡ue diucrsis
marmorcis, speciebuscjue uariis et diuersis modis deco-
^
16 APÉNDICES
ratur, immaginibiisque, hominibus, feminis, animalibus,
auibus, sanctis, angelis, floribus, diuersisque generum
operibus sculpitur. Cuius opera tanta sunt, quia a nobis
narracionibus comprehendi nequeunt. Sursum tamen
dominica transfiguracio qualiter in monte Thabor fuit
facta, Inirabiliter sculpitur. Est enim Dominus ibi in
jiube candida, facie splendens ut sol, ueste refulgens ut
nix, et Pater desuper loquens ad ipsvm; et Moyses et
Elias qui cum illo apparuerunt, loquentes ei excessum
quem completurus erat in Iherusalem. Ibi vero btus. la-
cobus est, et Petrus, et lohannes, quibus transfigur^acio-
nem suam pre ómnibus Dominus reuelauit.
§. XI.— De lurribus basilíce.
,Nouen uero turres in eadem ecclesia habiture sunt;
due scilicet super pórtale fontis, et due super portalem
meridianum, et due super portalem occidentalem, et due
super singulas uites, et alia maior super crucem in me-
dio basilice.
His ceterisque operibus pulcherrimis bti. lacobi basí-
lica obtime gloriosa refulget. Est etiam tota ex fortissi-
mis lapidibus uiuis, brunis scilicet, et durissimis, ut mar-
mor facta; et deintus diuersis speciebus depicta et defo-
ris teolis et plumbo obtime cooperta. Set ex liis, que
diximus alia sum iam omnino adimpleta aliaque adim-
plenda.
§. XII.— De altaribus basilice.
Altarla Imius basilice lioc ordine liabentur. In pri-
mis iuxta portam francigenam, que est in sinistrali par-
te est altare sci. Nicholai; inde est altare sce. Crucis; in-
do est, in corona scilicet, altare sce. Fidis uirginis; indo
altare sci. lohannis, apostoli ot euangeliste, fratris
sci. lacobi; inde est altare sci. Saluatoris, in maiori sci-
licet capite; inde est altare sci. Petri apostoli; inde est
WIPPPJ^L UP
APÉNDICES 17
I
altare sci. Andree; inde est altare sci. Martini episcopi;
inde est altare sci. loliannis baptiste.
ínter altare sci. lacobi et altare sci. Saluatoris est
altare sce. Marie Magdalene ubi docantantiir misse
matutinales peregrinis.
Sursuní in palacio ecclesie tria altaria solent esse,
magister quorum est altare sci. Micliaclis arcangeli: et
aliut altare est, in dextrali parte scilicet, sci. Eenedicti;
et aliut est altare in sinistrali parto scorumí scilicet
Pavli apostoli et Xicliolai episcopi, ubi utiam solet esse
arcliiepiscopi capella.
§. Xlll. — Ve corpore et altare sci. lacohi.
Set enim de qualitate ecclesie actenus tractauimus,
nunc de apostólico altari uenerabili nobis est tractan-
dum. In prefata siquidem uenerabili basílica bti. lacobi
Corpus uenerandum sub altari maiori quod sub eius lio-
nore fabricatur, honorifice, ut fertur, iacet arca marmó-
rea reconditum in obtimo arcuato sepulcro; quod miro
opere ac magnitudine condecenti operatur. (Juod etiam
Corpus immobile esse peribetur, testante seo. Theodemi-
ro, eiusdem urbis episcopo, qui illud olim repperit, et
nullatenus mouere potuit. Erubescant igitur transmon-
tani, qui dicunt se aliquid ex eo uel reliquias eius liabe-
re. Apostolicum namque corpus totum ibi habetur; car-
bunculis paradisiacis diuinis illustratur; odoribus diuinis
indeficientibus fraglantibus honestatur; cereisque cele-
stibus fulgentibus decoratur: angelicisque obsequiis se-
dule honoratur.
Su])er cuius sepulcrum est altare parum, (juod eius-
d('m discipuli ut i'ertur Iccerunt: ([uod etiam pro})ter
amorem apostoli, discipulorumque eius a nullo postea
uoluit deleri. Et super illud est altare magnum et mira-
bile, quod habet in altitudine V palmos, ot in longitudi-
ne XII, et in latitudine \'II. Sic propriis manibus ego
mensuraui. Est igitur altare parum ex tribus latcribus,
Tomo III. -2.
>V^
18 APÉNDICES
ad dexteram scilicet, et leuam, et retro, sub eodem
altari magno clausum, set in antea apertum, ita ut uide-
ri aperte potest ablata tabula argéntea altare uetus.
Set si quis coopertorium uel linteamem ad coope-
riendum altare apostolicum amore bti. lacobi mittere
uoluerit de IX palmis m latitudine et in longitudine de
XXI mittere debet. Si ñero pallium amore Dei et apo-
stoli quis ad cooperiendum altare, scilicet in antea mise-
rit, vidoat ut eius latitudo VII palmis fiat, et longitudo
eius XIII.
§ XIV. — De tabula argéntea
Tabula uero que est ante altare, lionorifice auro et
argento operatur. Sculpitur enim in medio eius tronus
Domini in quo sunt XX*' quattour séniores eo ordine,
quo bts. lohannes frater Sci. lacobi in apocalipsi sua eos
uidit; duodecim scilicet ad dexteram, totidemque ad
leuam per circuitum, citaras et fíalas áureas plenas odo-
ramentis manibus tenentes . In medio cuius residet
Dominus quasi in sede maiestatis, manu sinistra librum
uite tenens, et dextera benedictionem innuens. In cir-
cuitu uero troni eius quatuor euangeliste liabentur
.quasi tronum sustinentes. Duodecim uero apostoli ad
dexteram eius et leuam ordinati sunt, tres scilicet in pri-
mo ordine ad dexteram et tres in superiori. Similiter
sunt ad leuam tres in primo ordine inferiori, et tres in
superiori. Flores etiam ibi habentur obtimi per circuitum
et columpne inter apostólos pulclierrime. Est etiam tabu-
la operibus decens et obtima liis uersibus desuper con-
scripta:
APENDIOaS
19
L
HANC TABVLAM DIDACVS PEESVL lACOBlTA SECVNDVS
TEMi'OEE QVINQVENNI FECIT EPISCOPlí
MARCAS ARGENTI DE THESAVRO lACOBENSI
HIC OCTOGINTA QVINQVE MINYS NYMEKA
et deorsum liee littero liabeiitur:
REX ERAT ANFONSVS GENER EIVS DVX RAIMVNDVS
PRESVL PREíWTVS QVAXDO PEREGIT OPVS
§ XIV. — De cimborio apostolici altaris.
Cimborius uoro, qui hoc altare uenerandum coopo-
rit, niirabiliter picturis et debuxaturis speciebusque di-
iiersis deintus et deíbris operatur. Kst enim quadratus,
siiper quattiior columpnas positus, altitudine et amplitu-
dine congruenti factus. Deintus iiero in primo ordino
quedaní spetiales uirtutes in modiim muliorum, quas
Paulas commemorat, octo "scilicet habentiir. \n unoquo-
que ángulo due sunt. Kt super utrarumcjue capita an-
geli recti stantos liabentur, qui manibus oleuatis tro-
]ium, qui est in summitate cimborii tenent. In medio
uero troni angnus I3ei pede ci'uce tenons liabetur. Set
angeli tot sunt, quot uii'tutes.
Deíbris uero in primo ordine (juattuor angeli liaben-
tur, qui resurrectionem diei iudicii bucinantes bucinis
pronuntiant. Dúo sunt antea in facie, et dúo retro in
alia facie. In eodem uero ordine ({uattuor propliete lia-
bentur, Moyses scilicet, et Abraham in sinistrali facie,
et Ysaac et lacob in dextrali, singuli singulos rótulos
proprie prophetie manibus tenentes.
In superiore uei*o ordine XII apostoli sedent per cir-
cuitum. In prima lacio, in antea scilicet, bts. lácobus
residet in medio manu sinistra librum tenens, et dextera
bííncdiítionem iniíuens. Ad cuius dexteram est alius
aposlolus, et ad leuam aitcr in ordine proprio. Similitcr
20 APÉNDICES
ad dexteram cimborii tres alii habentur apostoli, et ad
leuam eius tres, et retro eodem modo tres.
In coopertura uero desuper quattuor angelí sedent,
quasi altare custodientes; set in quattuor cornibus eins-
dem cimborii, incipiente coopertura IIII.'''" euangeliste
propriis similitudinibus sculpuntur.
Deintus uero est depictus; de foris autem scultus et
depictus cimborius.
In cacumine uero eius deforis est quedam summitas
erecta tripliciter arcuata, in qua Trinitas deica (deifica)
est insculpta. In primo arcu, qui respicit ad occidentem
persona Patris est erecta; et in secundo, qui respicit inter
meridiem et orientem est persona Filii; et in tercio arcu
qui respicit ad septentrionem est persona Spiritus San-
cti. ítem uero super hanc summitatem est pomus ar-
genteus lucifluus, super quem crux ponitur preciosa.
§ XVI. —De tribus lampadibus.
Ante bti. lacobi altare tres magne lampad es argen-
tee (1) ad Xristi et Apostoli decus suspenduntur. Illa
uero, que in medio earum est, ualde ingens habetur,
et in effigie magni mortarioli mirabiliter operatur, se-
ptem in se receptacula continens in figura septem pre-
miorum Spc. Sancti, in quibus septem luminaria ponun-
tur; que scilicet receptacula minime recipiunt nisi oleum
balsami, aut mirti, aut balani, aut oliue. Maius uero
receptaculum est in medio aliorum; et in unoquoque re-
ceptáculo ex his que in circuitu eius sunt, due apostolo-
rum immagines forinsecus sculpuntur. Anima Adefonsi
regis aragonensis, qui eam ut fertur seo. lacobo dedit,
requiescat in pace sempiterna.
(1) Al mariden: hodie sunt XIX lampades argeutee anuo milésimo (fre-
coifesimo'^) noua/jcsiino nono ante altare Sandibsimi lacobi.
APÉ\DI('E>; ¿il
§ XVII. —De dignitate ecclesie sci. íacohi et canonicorum eius.
Ad altare bti. lacobi nullus missam solet celebrare,
nisi sit episcopus, aut archiepiscopus, aut papa, aut car-
dinalis eiusd(*ai ecch^sie. Solent eteiiim esse in eadem
basílica septem cardinales ex more, qui officium diui-
num celebran! super altare, constituti atque concessi a
multis Apostolicis, insuper et confirmati a dno. papa
Calixto. Hanc uero dignitatem quam bti. lacobi basilica
ex more bono liabet, amore Apostoli nullus ab ea aufer-
re debet.
§ X.V11L.—De lapidicibus ecclesie et de primordio et fine operis eius.
Didascali lapicide qui prius bti. lacobi basilica m
edificauerunt, nominabantur domnus Bernardus senex,
mirabilis magister et Robertus cum ceteris lapidicibus
circiter L qui ibi sedule operabantur ministrantibus fi-
delissimis dominis Wicarto (vicario?) et domino cano-
nice Segeredo, et abbate dno. Gundesindo, regnante
Adefonso Rege spaniarum sub episcopo dno. Didaco
primo et streiuissimo milite et generoso uiro. Ecclesia
autem fuit incepta in era I.C.XVI. Ab anno uero quo
incepta fait usque ad letum Adefonsi fortissimi et famo-
si regis aragonensis liabentur anni LIX: et ad necem
Henrici regis anglorum LXII: et ad mortem Lvdovici
pinguissimi regis francorum LXIII: et ab anno quo pri-
mus lapis in fundamento eius ponitur usque ad illum
quo ultimus mittitur XLIIII anni habentur.
Que etiam ecclesia a tempere quo fuit incepta usque
in hodiernuní diem falgore miraculorum bti. lacobi uer-
natur. Egris enim in ea salus prestatur; cecis uisus re-
fanditur: mutorum lingua soluitur; surdis auditus pan-
ditur; dandis sana ambulacio datur; demoniacis libeni-
cio conceditur; et, quod maius est, populorum fidelium
preces exaudiuntur, uota suscipiuntur, delictorum uin-
¿2 APÉNDICES
Cilla resoluuntar, pulsantibus celuiu aperitur, mestis
consolacio datar; omnesque barbare gentes omniura
mundi climatum cateraatim ibi occurrant manera laa-
dis Domino deferentes.
S XIX. — De dignitate ecclesie sci. lacobi.
Nec est obliaioni tradendam, qaod dignitatom ar-
cliiepiscopatas Emerite urbis, qne metrópolis esse solet
in térra sarracenoram, btas. papa Calixtas bone memo-
rie dignus basilice sci. lacobi et urbi eiasdem transla-
tauit et dedit amore et honore Apostoli, ac per hoc Di-
dacum nobilissimuní niram, primitas archiepiscopam in
apostólica sede compostellana ordinauit et corroboraait.
Erat enim ipse Didacas antea sci. lacobi episcopus.
Capitulum X. — T)e numero canonicorum sci. lacobi.
Huic insaper ecclesie , ut fertnr, pretitalati sunt
iuxta numeram septuaginta daoram discipaloram Xpisti
canonici septaaginta dao, bti. Ysidori Yspaniensis docto-
ris regalam tenentes. His ante ni diaidantar altaris sci.
lacobi oblaciones per síngalas ebdomadas. Primo dantur
oblaciones in prima ebdomada; secando in secanda; ter-
cio in tercia; deinde alus asqae ad altimam largiantar.
In dominica qaaqae die, ut fertur, fiunt tres partes
oblacionum, quarum primam accipit ebdomadarius cui
euenit. Ex alus uero duabus partibus iterum insimul
commixtis fiunt tres partes, quarum una communiter
datur canonicis ad prandium; alia operi basilice; alia
archiepiscopo ecclesie. Set ebdomada que est inter pal-
mos et pascham debet dari rite pauperibus poregrinis
sci. lacobi in hospitali. Ymmo si iusticia Dei teneatur,
decima pars oblacionum altaris sci. lacobi omni tempore
pauperibus inliospitali superaenientibusdari dobetur;om-
jies enim peregrini pauperes prima nocte post diem qua
APÉNDICES '23
bti. lacobi (altare adaoniunt, in liospitali plenarium
hospicium amore Dei et Apostoli sascipere debeat. Egri
uero tisque ad mortem uel ad integram sanitatem ibi
karitatiue sunt procurandi. Sic enim apud scm. Leonar-
dum agitur. Qiiot pauperes peregrinantes ibi adueniunt,
tot refectionem accipiunt.
Debent etiam dari ex more oblaciones que ueniunt
ad altare a mane summo usque ad terciam per unum-
quemque dominicuní diem leprosis eiusdem urbis. Quod
si aliquis prelatus eiusdotn basilice ex boc fraudem fece-
rit, uel in alio modo oblaciones dandas ut prefati sumus
conuerterit, inter Deum et illum peccatum illius sit.
Capitulum. XI.— Quod peregrini sci. lacobi sint recipieiidi.
Peregrini, siue pauperes, siue diuites, a liminibus
sci. lacobi redientes uel aduenientes ómnibus gentibus
karitatiue sunt recipiendi et uenerandi: nam quicunque
illos receperit et diligenter hospicio procurauerit, non
solum btm. lacobum, nerum etiam ipsum Dominum lio-
spitem habebit, ipso Domino in euangelio dicente: Qui
uos recipit, me recipit.
Fuere olim multi, qui iram Dei incurrerunt: idcirco
quia sci. Tacobi peregrinos et egenos recipere noluerunt.
Aput Nantuaium, que est uilla inter Gebennam et Lug-
dunum, cuiusdam texentis panem peregrino sci. lacobi
sibi petenti negantis, tela per médium rupta solo súbi-
to cecidit.
Apud Villam nouam, quídam sci. lacobi peregrinus
egenus cuidam mulieri panem sub ciñeres calidos lia-
benti, helemosinam amore Dei et bti. lacobi petiuit. Que
respondit se panem non liabere. Cui peregrinus ait: Vti-
nam pañis quem liabes, lapis esset. Cumque peregrinus
ille recedens a domo illa louge distaret, accessit mulier
illa nequam ad ciñeres, putans panem suum capen »: la-
pidem rotundum in loco pañis repperit. Que cordi^ peni-
tens, ilico insecuta peregi'inum non inuenit.
24 APÉNDICES
Apud urbem pictauoram dúo héroes galli siiie pro-
prio a SCO. .lacobo olim redientes, a domo loliannis Gau-
terii usque ad scm. Porcarium liospicium amore Dei et
-sci. lacobi pecierunt, nec inuenerunt. Ciimque in ede
nouissima illius uici, scilicet iuxta bti. Porcarii basili-
cam apud quendam pauperem hospitati essent, ecce
enim diuina operante ulcione totum uicum uelocissimus
rogus incipiens ab ede qua prius liospicium pecierant,
usque ad illam qua hospitati erant nocte illa combussit.
Et erant edes circiter mille; Illa uero domus qua serui
Dei hospitati erant, Dei gratia, illesa remansit. Quapro-
pter sciendum quod sci. lacobi peregrini, siue pauperes,
siue diuites, iure sunt recipiendi et diligenter procu-
randi.
(Este Apéndice fué en gran parte publicado por el Sr. Zepeda-
no en la Historia, etc., é íntegramente por el P. Fita en colabora-
ción con M. Julien Vinson en París en 1(S82, Le Coder de Saint
Jacques de Compostelle, pág. 45-63. La copia que aquí damos, está
tomada literalmente del original que se conserva en el Archivo de
nuestra Santa Iglesia).
APÉNDICE:^ 25
NüMí]RO III
ERA Mcxxv. Santiago. Año de C. 10^7.
25 Je Abril.
La Infanta D."" Elvira dona á esta Santa Iglesia el monasterio
de Pilono juntamente con otras muchas heredades.
In nomino genitoris ac unigeniti patris et filii et
Spiritus Sancti. Ego indigna geloira fredinandi prin-
cipis tilia,. Timens et panoiis oram extremitatis mee
dum fatali casa deducere me uolueris ante dignis-
simnm conspectum tnum preuidens meo intellectu et
memoria nt ex quo a te accepi, iterum tibi concederem.
SicuH dicit propheta. Cuneta qne in celo et qne in térra
sunt, tua sunt domine. Tuum regnum. tue diuitie. tua
uirtus et potentia. tu dominaris in ómnibus et per
omnia. peregrini enim sumus coram te. Presta domine
liec uoluntas cordis moi nt maneat perheniter in tue
uenerationis auxilio. Ego iam predicta geloira uobis
domino meo inuictissimo ac triumpliatori glorioso apo-
stólo iacobo patrono meo, cuius corpus rí^conditum ma-
net arcillo loco , et ecclesia dignoscitur esse fundata et
tuo SCO. nomini dedicata in térra galecie et finibus
amaee. Concodo atque offoro tue sce. ecclesie monaato-
rium quod uocatur pilón ¡uní in nomine sce. marie uirginis
et sci. martini et aliorum sanctorum. Similiter in ualk^
nuncupatu 2?¿7ow¿o int(*r íiumen nlic et deze subtus castro
ahohre medietatem ex eo quam michi euenit inter fratros
meo?i, por succossionom gonitoris mei fredernandi et ge-
2() APÉNDICEÍ=Í
nitricis mee regine cine, sancie cum omne suo debito et
bonis eius uel adiuncionibus per omnia sua loca, ipsaní
medie tatem integram confero de premisso monasterio
post parte m sce. ecclesie et eius apostólo seo. iacobo. et
de alus monasteriis que similiter sunt íundata in eodem
territorio piloníí. uidelicet auríolos et alacohre cum cun-
ctis opibus et prestationibus suis medietatem. similiter
adicio medietatem de hranderíci quod est in conuentu
pílonii cuius baselica fundata est in lionorem sanctorum
micalielis et cipriani. cum ómnibus rebus et adiacontiis
suis et debito, et de pciiisada medietatem. cuius templum
edificatum estí in nomine sci. uincentii. quod iacet inter
dúo ñuminia tilia et uesania: cum ómnibus suis rebus
sicut ei debentur. non multum semotumí a castro luxu,
Aliam quoque ecclesiam que uocatur scs. martinus in
ualle olegio non longe separatum ab isto loco sancto cum
omni integritate impendo cum ómnibus suis rebus que
debentur ei pariter. omnia supradicta do et concedo huic
loco sancto et pontifici dno. didaco. et clericis in dei ser-
uitio permanentibus. Sub tale tenore ut in uita mea ha-
beam et possideam usu fructuario, post discessum uero
meuni. omnia supradicta integra et intemei-ata relin-
quenda esse confirmo per Imius textum scripture. Hec
omnia que offero per lioc téstame ntum obtineant máxi-
mum et inconuulsum uigorem per omne euum pro uictu
clericorum et sustantia peregrinorum. ut intercessione
eiusdem apostoli iacobi et uestra mercar omnium pecca-
torum meorum remissionem accipere et in eterna uita
collocari.et pro animabus parentum meorum fredernandi
principis et sancie regine. ut in die iudicii mereamur in-
uenire te patrem mitissimum ac dc^fensorem pariter cum
sco.tuo apostólo iacobo abluendo nobis uniuersa contagia,
ut possimus ingrodiianuam eterne uit(\ Nullus ex propin-
quis meis, etc.. noto die .VII. kls. magii. Era .I.C.XXV.
Ita obtestor et confirmo suprafatum monasterium pi-
loninm cum omni suo dcíbito ut super nulla uicia omici-
dium. rausum. parricidium uel fiscalia debita, non per-
APÉNDICES 27
mito ibi aliquem intrare post uocem regum uel comitum.
set pontificis et clericorum huius sci. loci. secuiidum ge-
nitores mei michi contulerunt. per scripturam ualituram
firmitatis. et liec omnia supradicta obtineant clerici et
non dentar in alio a préstamo uel in atondo laicis uel
militibus.
Ego geloira consilio de i ammonita uotum et olocaus-
tum meum quodiussi libenter fieri conf.
( rundisaluus minduniensis eps. conf.
Audericus tudensis eps. conf.
Petrus bracarensis eps. conf.
Rudericus onequiz íilicus comitis cf.
Johannes adefonsiz episcopium auriense obtinens:
uoluntarie cf.
Grundesindus archipresbyter cf.
Pelagius gundisaluiz cf.
Segeredus presbiter cf.
Pelagius didaz cf.
Adefonsus muninz cf.
Petrus astruarici cí.
Sarracenus guncaluiz cf.
Froila recamundiz conf.
Froila muninz conf.
Johannes ruderiquici cf.
Muninus instruariz cf.
Petrus danielci ci\
Gundesindus testis.
Aluitus ts.
Muninus ts.
Didacus ts.
Uduarius ts.
Serenissimus et tocius liispanie imperator toletanus
dns. adefonsus! rex et magnificus princeps, (juod dna.
geloira fecití laudo et confirmo.
(Inédito. Tumbo A, fol. 34 vuelto).
28 APÉNDICES
NUMERO IV.
I
ERA MCXXV. Santiago. Año de C. 1087.
BO de Mayo.
La Infanta D.^ Urraca dona á esta Santa Iglesia varias pro<
piedades cerca de Toro.
In nomine sumi et inefabilis et incompreliensibilis et
inconparabilis dei, patris scilicet et filii et spiritus san-
cti permanentis in sécula seculorum.
Ego urraca proles federnandi regis, et santie regine
filia, dono dno. deo et seo. iacobo apio, cuius corpus uma-
tum manet in térra galléele sub regimine precellentissi-
mi atque imperatoris regis dni. adefonsi siue et epo.
dno. didaco una cum coUegio clericorum deo militan-
tium quandam meam uillam. que est fundata in territo-
rio de campo de tauro que uocatur uilla alhin in locum
predictum et ñumine discurrente prope illa rio sico et
fuit ipsa uilla iam dicta de adquisitione et ganantia pa-
rentum meorum diue memorie federnandi regis et sancie
regine, et habuerunt illam pro vsuo indicio et pro canba-
tione de uilla sauarigo et de almaraz, et dederunt illam
michi in diebus uite sue cum ómnibus suis bonis, et ue-
nit michi in particione cum ipsa sorore mea dna. gelui-
ra prolis federnandi regis et santie regine filia, et diui-
dimus eam inter nos. Ideo ego iam dicta offero et conce-
do ipsam meam rationom quantum (^go teneo et iurifico
in facie ipsius sororis mee dne. geluire pro remedio ani-
me mee et parentum meorum ut inde habeant subsidium
tempérale in lioc seo. loco clerici. hospites. peregrini.
APÉNDICES 29
aduenientes pauperes. et nos in eternaiu oxaminationem
réquiem eternam. Dono quantum ibi babeo et iurifico
cuní ómnibus suis bonis ab integro, cum terris. et uineis.
ortis. arboribus pomiferis uel infructuosis. pratis. pascuis.
|, palludibus. siluis. montibus. garricis cum terminis et
adiacentiis suis. cum exitibus et regressis per ubicumque
inuenire potueritis in omni tempore. íta totum sicut su-
perius resonat dono et concedo supradicto loco et patro-
no meo SCO. iacobo apio, cuius ciuitas fandata est compo-
stella cum toto suo foro sicut dederunt niiclii parentes
mei et ego tenui sine rauso et omicidio. sine fossadaria.
et sine ullo foro malo, sic uobis concedo ab omni integri-
tate et ubi uolo edificare monasterium sci. nicolai in
honorem dei et sci. iacobi apostoli. et uolo ibi poneré
hereditatem. ut habeat semper ecclesia et clerici qui ibi
liabitauerint subsidium ad seruiendum deo. per licen-
tiam et mandatum ipsius episcopi: qui honorem obtinue-
rit sci. iacobi. et habeat semper illud monasterium deci-
mum ipsius uille. Et ego urraca iam dicta possideam
omnia in uita mea. post discessum uoro meum omnia
memorata sicut in testamento resonat firma et roborata
permaneant euo perhenni et sécula cuneta. Nullus ex
propinquis meis etc..
Facta carta .111. kls. iunii Era .I.C.XXV.
Adefonso imperatore regnante federnandi magni im-
peratores et sancie regine filio, in legione et castella et
in azora, in galléela et toleto.
Ego urraca filia eiusdem regis et imperatoris f(»der-
nandi et sancie impera triéis quod fieri mandaui proprio
et consueto robore conf.
Didacus eps. conf.
Gundisaluus eps. conf.
Assemundus eps. astoricensis conf.
Audericus tudensis eps. conf.
Johannes auiiensis eps. conf.
üdamirus abbas antealtaris conf.
30 APÉNDICES
Giindesindus abbas super ipsain canonicam conf.
Adulfus abbas sci. martini conf.
Fromaricus abbas de samaos conf.
])idacus abbas de seo. antonino conf.
Adefonsus abbas de carboneiros conf.
Segeredus tesaurarius ipsiiis loci conf.
Froila recamundici iudex conf.
Pelagius guncaluici conf.
Pelagius didaci conf.
Petrus astrarici conf.
Joliannes ruderiquiz arcliidiaconus conf.
Arias ciprianici arcliidiaconus conf.
Froila muninz arcliidiaconus conf.
Suarius fafilaz conf.
Adefonsus muninz conf.
Sarracenus. iudex conf.
Joliannes muninz iudex conf.
Comes petrus ansuriz conf.
Comes adefonsus conf.
Comes federnandus conf.
Comes rudericus uelaci.
Petrus ts.
Adulfus ts.
Oduarius ts.
(Inédito. Tumbo A,íol 34).
APÉNDICES 31
NUMEliO \.
EKA MCXXViii. ricoscKjro. Año de C. 1090.
2« de Enero.
Privilegio de D. Alfonso VI en favor de este Monasterio.
Adefonsus llex Legionis et totius Hispanie iiupera-
tor atque Fredenandi filius Regis quemdam videns
coram me monachuní nomine Velascuin monasterii in
Castro q'ui vocatur Monsacer oppressum ex utrisque par-
tibus malorum liominum, scilicet persecutorum torro
misericordiam petendo, quatenus oppresioni sue amore
Dei subvenirem, qua a dominatoribus terre ipse et
domiis sua patiebatur. ITnde ego predictus Imperator
misericordia motus accepto consilio genoris mei comitis
domini Ramundi, Dei amore et sanctormn martyriim
Sebastiani atquo Laurentii, sino Jacobi Apostoli, quo-
rnm ecclesio fnndato sunt in eodom monte et roliquie
ctiam ibi vonorantnr, oidem loco et ti])i Volasco confes-
sori, atcjue sociis tnis ibidem commorantibnssen snceesso-
ribus tnis eidem loco pormanontibus régimen vilitationis
([iiantnm ad nos (.... carcomido ....) ditatos et liomines
infra ipsos términos liabitantes omnino impondimns et
insuper inguní dominationis principmn torro a te et ab
bominibns tuis in oodom loco liabitantibus, tam presoji-
tibusquam l'iituris pcnitus aní'orimus in porpotuiim,itaut
32 APÉNDICES
ab hac die quod est quinto kalendas februarii Era milles-
sima centessima vigessima octava ñeque potens ñeque
impotens persona infra términos ipsius montis et cautos
a nobis laudatos et confirmatos a vicariisque nostris
Antolino, videlicet, et Fredenando antiquis lapidibus
conclusos mala volúntate vel vim ausus fuerit intrare
quisquis fuerit prius a demone capiatur, deinde excomu-
nicatione presentirá Episcoporum , sacerdotum et om-
nium christianorum subjaceat , denique regali parti
solidos sexcentos exolvat, et parti Monachorum quod
''commiserit tripliciter compon at. Ipsi vero termini, si ve
cauti, quos nos laudamus, determinantur ita, id est,
incipimus in illa incruzeliata super Galegos, et inde per
veredam ubi dicent Soberido, et inde per mediam vere-
dam usque ad fontem de Betetos, deinde per ipsam viam
que est sub illo vestro cásale in Beietos, quousque vadit
ad vallem qui est Sonorit et Rarnisquido, et vadit in prono
ad illum saxum, qui stat in illo agro de Palatios, deinde
ad inferius saxum, et inde in directum ad illum portum
et vadit in festum per términos de Ramisquido usque
ad illam archam, qui dividit Ardüarío majore de Scrguri,
et inde ad penas flexas, et inde ad mamolam que divi-
dit Avelanarias de Noaelio supra Vitar, et inde ad archam
de supra Gemundi, et inde ad Usurmeu, et inde ad mamo-
lam de SpasandiU, et inde ad Fígeyrola et inde ad Fonte-
coba ad archa de Eyrolas et descendit ad aquam de Ne-
mex, ad illum, videlicet, portum, qui venit de Plvario per
ad illum molendinum, et inde in prono per aquam de
Nemex quousque vadit ad portum veterum, et inde ad
penam Ausal et venit ad murum et ascendit ad illum
íürtum ot inde per terminum de Autcíro de Rvhos, et
indo ad illam incruzeliatam de Galegos indo incepimus.
Et dominationi habitan ti um Monachorum in eodom loco
omnem calumpniam intra ipsos términos factum perfec-
to et perpetualiter sino alio dominio concedimus tam
liomicidium (|uam et furtum vel percusiones. Si autom
forte fortuitu extra términos homicidium tecerit et adiu-
APÉNDICES
33
torio Dei intra cautos intraverit a nemine judicetur
dum ipse morari voluerit in ipso vestro dominio.
Ego Petrus Pelaz hoc quod vidi notarii Regis scri-
psi illo nuntiante hoc signo confirmo
Petrus.
Adefonsus Imperator in domo Petri Vimarat in civi-
tate Sancti Jacobi hoc scriptum a me laudatum hoc sig-
no roboro.
Comes dominus Ramundus Imperans Gallicia sub
gratia Imperatoris Ildefonsi, quod justum est laudo et
hoc caractere confirmo. — Ramundus.
Domina Urraclia Imperatoris nata et comitis domini
Ramundi maritata hoc dono imperiali gavissa confirmo
hoc signo.— -Urracha.
Comes Nunus de Limia conf.
Comes Suarius conf.
Petrus Froilaz dominator Ferrarie conf.
Didacus Gilmiriz majorinus et dominator Compostelle
honoris, conf.
(xundesindus abba Sci. lacobi conf.
Pelagius Gundisalviz primiclorus conf.
Gundisalvus mendoniensis episcopus conf.
Petrus Lucensis episcopus conf.
Joannes arcliidiaconus conf.
Petrus auriensis episcopus conf.
Arias archidiaconus conf.
Petrus astruariz conf.
Pelagius Gudesteiz conf.
Petrus Daniele canonicus et judox conf.
Petrus Pelagius. »
Joannes Alons.
Nunus.
(Inédito. De una copia sacada en 30 de Julio de 1752 por el
escribano D. Gregorio Fernández y concertada y corregida por
Jacinto de Leys, notutario apostólico, á petición de D. Francisco
Tomo III. -3.
34 APÉNDICES
García Serón, subdelegado do la Eeal Junta de la Única coniri-
bución. El original está en pergamino bastante sano y limpio.—
Archivo de San Martin).
NUMERO VI.
Año de C. 1092?
Fundación de la Iglesia de San Isidro de Cailobre.
In nomine summe Sánete et individué Trinitatis,
Patris ingeniti, Filiique Unigeniti, ac Spiritiis Paracleti
cuius dispositiono omnia ex niliilo condita sunt. Huic
Deo Trino et uno, ego Sentarius servus servorum Dei
minimus me tota devotione committo animam corpus
commendo. lili etiam Deo Sanctisque eius ecclesiam con-
struere devoto decreui propria possessione, que mihi ex
antiquo accidit ex portione avulornm meorum quam
etiam hereditate a Romano Didaz dedit integra pro suo
pretio, id ost, uno caualo rodane in quadraginta solidos,
et una vaca vitulata in quindecim solidos. Et ego Ro-
mano Didaz do ipsa heredita pro lioc pretio et pro re-
medio anime mee et parentum meorum et pro peccatis
meis que tibi manifestari et conffessus sum ut habea.s me
semper in monte tua tu et successores tui.
Est autcm ecclesia a me fundata in linibus marinis
üallccie iu territorio Brucius, í?ub episcopo Sodis Apo-
APÉNDICES 35
stolice Jacobi et est determinata per siios torininos anti-
quos, id est, per términos de Pousadoria, et item per
indirectam terminum de Minudales et per aqua deaqua-
ta et inde ad ipsas forcatas de ipsas aquas, et inde ad fon-
tem de ipsa aquata aqua, et inde ad ipsa anta de ipso
plano et ad saxos de ipsa rugitoria de super Sea. Euge-
nia, et ex alia parte flumine Lamber uno agro de tres
modios, tres cassales Loberiz et Sandim et Cantón, me-
dietate de illis, et Vigo cum suos cassales, id sunt,
Mirati, Petri, Jilbesi, Rodessendi medietate sub aula
Sci. Joannis de Callobre, medio de uno cassale sub aula
Sci. Georgii de Turres, tres cassales uno medio, alio in-
tegro, et alio mediato, et in alio loco prenominato Villa-
re de Idrales de una bou9a de tres modios et per aquam
de Lobegildi usque flumen Lambre.
Hanc igitur hereditatem omnem desuper memora-
tam tam cultam, quam incultam Deo excelso Trino et
Uno offero et concedo devoto, et ecclesiam que ibi in
honorem ipsius Dei Omnipotentis et in nomine Sci. Issi-
doris martyris et confessoris fabricavi, ut ibi sei'vi Dei
sub norma Sci. Benedicti regula Deo perpetualiter fa-
mulentur ac sub tuitiones Sedis Apostolice Sci. Jacobi
ipsa pcrmaneat. Hoc omñia iam dicta pro redemptione
anime meo Deo Omnipotenti vivo et vero dio Dedicatio-
nis ipsius ecclesie ego Sentarius deuotus oft'ero in dote
altaris liabens etiam adornata ecclesia et unum calicem
et crucem corona mque argenteam, vestimenta sacerdo-
talia tam linea quam sérica bina, sacramentorum librum
unum, antiphonales dúos et alio comiti et missale et
unius psalterium et unum ordinarium siue liimnorum.
Ad substentationem ibidem famulantium c^quas tres
cum suos ñlios, iuga boum tria, vaccas tres cum suos
filios, triginta ovelias, cabras decem et cetera mobilia
que necessaria sunt, in obsecjuio Deo sunt donata ut ha-
beant et possideant servi Dei ibidem vivente.s sub regu-
la Sci. l^enedicti ibi corum vite j^erenni. Si quis autem...
Facta series testamenti liuius seu dotis Ecclesie Sci. Isi-
36 APÉNDICES
dori die doDiinico ipsius dedicatioiiis Era M et quinqua-
gessimi sex et gt. octavo idus Septembris.
Ego Sentarius servus servorum Dei minimus seriem
testamenti seu dedicationis ecclesie manu propria con-
firmo regnante Adefonso in Toleto.
Ego Episcopus Amor lucense sedis confirmo.
Eps. Gundisalvus mindoniensis confirmat.
Joannes Roderiqíiiz confirmat et laudat.
Segeredus princeps terre confirmat et alii plures qui
viderunt. — Bermudus qui notavit.
(Inédito. Tumbo de Monfero, fol. 10 vuelto).
NÚMERO VII.
EEA Mcxxxiii. Santiago. Año de C. 1095.
24 do Septiembre.
Salvoconducto dado por el Conde de Galicia D. Ramón á los
mercaderes de Santiago.
Regnante domino nostro iliu. xpo. ego comes rai-
mundus totius gallecie sénior et dominus. pariter cum
consensu meo uxoris nomine urrace dni. adefonsi toleta-
ni imperatoris filiei cum causa orationis ad sedem dni.
iacobi uenissomus. et non paucas querimonias de liuius
ciuitatis liabitatoribus audisscmus. eos esso assiduo de-
APÉNDICES 87
I
pretlatos et pignoratos per omnes térras nostri regni:
nobis nimis displicuit. Tuno cogitantibus nobis quomodo
huius modi finirentur querele accepimus consilium cum
comitibus et nostri palatii maioribus qui sub nostra gra-
tia uicinas in omni circuitu dominabantur térras, qua-
rum nomina inferius scripta erunt.
Decernimus et uere statuimus hoc nostrum decrotum
cunctis temporibus obseruandum pro remedio animarum
nostrarum et pro memoria parentum nostrorum dantes
licentiam tibi patri et uenerabili epo. donno dalmatio
et canonicis huius sedis ut nuUus mereator uel liuius
ciuitatis liabitator ab umilitatorio in miliartinum in
omni parte uolens mercari in aliqua térra non sit pig-
noratus. uel depredatus ab aliquo in quauis uoce nisi
antea faerit facta calumnia pignorandi in ista ciuitate.
et postulauerit ueritatem ab episcopo uel assenioribus
huius loci coram omni concilio et idoneis testibas.
Qai vero nostrum decretum nostra gloria promulga-
tum per omnes térras custodire superbo animo noluerit.
uel intringere quod non credimus ausus íuerit. constri-
ctus nostro precepto uel cunctorum regum succedentium.
pro contentu pariet solidos .LX. medie tatem domino
terre ubi fuerit iUud pigiius factum. et conponat in du-
plo quicquid tulerit post partem pontificis et eius cleri-
corumí et sui mercatoris. integra causa mercatoris et
duplo medio.
• Dato decreto .VIII." kls. octubris. Era .I.C.XXX.III.
Raimundus comes conf.
Vrraca regina conf.
Froila didaz comes conf.
Sancius comes conf.
Nunus uelasquiz comes coni'.
Petrus Froilaz conf.
Rodericus írolaz conf.
Luzo arias conf.
lohannes ramiriz conf.
38 APÉNDICES
Froila menendiz conf .
Citi ansemondiz conf.
Hordonius egicaz conf.
Gutherri menendiz.
Gundisalnus menduniensis eps. conf.
Amor lucensis eps. conf.
Petrus auriensis eps. conf.
Cresconius cokmibriensis eps. conf:
Petrus liordonici testis.
Petrus uimaraci ts.
Aloitus liordoniz ts.
Muninus pelaici ts.
Didacus fabilaci ts.
Ego didacus gelmirici clericus apud sedem sci. iaco-
bi nutritus et comitis domni raimundi puplicus notarius
hanc institutionem edidi et conf.
(Inédito. Tumbo A, fol. 28 vuelto).
NUMERO VIII
ETiA MCXXXITT. Santlcicjo. Año de C. 1095.
D. Alfonso VI confirma el salvoconducto dado á los merca-
deres compostelanosy y además el fuero de que gozaban
los ciudadanos de Santiago de ser sólo juzgados por las
justicias de su ciudad.
Adefonsus dei gratia totius liispanie imperator. ac
magnificus triumpliator de cunctis mercatoribus non
pignorandis statuo. Et qui fecerití pariat solidos .LX. et
illud pignus duplatum.
APÉNDICES
39
Insuper uero consuetudinem ab auis et parentibus
meis institutam confirmo, ot mando cnnctis liabita.tori-
bus huius ciuitatis conpostdle ne deinceps extra lianc
uillam uadant pro aliqua calumnia ad difíiniendum
iudicium. nec pro auctore aliquo foras recipiendo: unde
liic facta fuerit presumptio. set sub istis iudicibus et
eoriim sucessoi'ibus per suum sagionem et fidiatoresí
cuneta diffiniantur indicia.
Era .I.C.XXX.III.
Adefonsus imperator conf.
Berta Regina conf.
Osmundus astoricensis conf.
Didacus ruderiquiz conf.
Fernandus guncaluiz conf.
Didacus guncaluiz conf.
Pelagius budam testis.
(Inédito. Tumbo A, fol. 28 vuelto.)
40 APÉNDICES
NUMERO IX
ERA Mcxxxv. Celanova. Año de C. 1097.
19 de Mayo.
La Infanta D.^ Elvira, hija de D. Fernando I, dona á este
Monasterio y á su Abad Pedro, un cortijo en Composteia
que había sido de Cipriano Sisnández.
Notum cunctis fieri uolo ego geloira nobilisimi regís
liispanorum fredenandi filia. Hoc eo quod in palatio
meo nutriui ciprianum sisnandiz, et domus mee egono-
mum constituí, et "axorem nomine aragontí eí tribuí.
Quí ambo in uno positi coniugio fecerunt sibi cartulam
benefacti de ómnibus suis rebus. Post non multum tem-
poris in meo seruitio et in hoste fratris mei imperatoris
domni adefonsi contigit ei mori. relicta uxore sua supra-
dicta aragonti in meo iure... Et similiter post hec mor-
tua est. et reliquit milii omnia ad obitum suum... Ego
uero acceptis cunctis in meo dominio quedam dedi suis
propinquis. quedam uero dedi pro ipsorum animabus.
Ínter que... hoc testamentum fieri statui de corte hic
in compostella in illo campo qui fuit supradicti cipriani et
aragonti... huic monasterio cellenoue et tibi abbati dom-
no petro... Noto die XIV Kalendas iunii era MCXXXV.
Didacus gilmirus clericus et uicarius in casa domni
iacobi apostoli.
Petrus auriensis episcopus.
Gundesindus abbas.
APÉNDICES
41
NUMERO X
ERA Mcxxxv. Santiago. Año de C. 1097.
9 de Diciembre.
Privilegios concedidos por D. Enrique, Conde de Portugaip á
los habitantes de Corneliana (Cornelia), villa propia de la
Iglesia de Santiago.
Glorioso et uenerabili patrono nostro dno. iacobo
cuius Corpus tumulatum digna sepultura manet in fini-
bus amaee. Ego henricus comes portugalensis pariter cuní
uxore mea tarasia toletani imperatoris domni adefonsi
filia consententibus nostri palatii maioribus. quia in
nostro dominio et dicione consistit omnis portugalensis
prouincia. huic apostólo fieri commissorium et testa-
menti scripturam elegimus, qualiter nostra iussiono et
firmo precepto vitetur omnis penuria ab liominibus
liabitantibus in uilla Corneliana. quam illis inferebant
regii saiones in colligendis lignis et materia, uel exitu.
et suorum pecorum pascuis. unde duní plerumque domi-
nis et senioribus apostolice aule faisset prolata querimo-
nia. et nos amore huius apostoli uenientes causa oratio-
nis eorum precibus rogati inuenimus quod predicta uilla
Corneliana cum medietate de montemaior uel nahor. per
suos términos anticos íuit concessa a prioribus regibus
ad liunc locum sanctum. quam nos post eius partem et
suorum clericorum ab omni integritate confirmamus. et
quia contra, regales uilhis et castella nostra plus liaben-
tur nemora, de liodie die in illo nostro damus licentianí
cunctis habitatoribus de ipsa uilla. ut colligant ligna et
materia et habeant exitum et pascuaí in omni circuitu
ubi uoluerint. et non sit ausus aliquis ñeque uicariuí^
42 APÉNDICES
ñeque saio. aut potestas, qui impedimentum eis faciat,
ut secundum habuerint licitum, ita et nos mereamur in
die iudicii cum ómnibus sanctis liuius apostoli precibus
sufulti introire in regna celosam. Amen. Qui uero hoc
nostrum datum, etc..
Facta huius sempture confirmatione .V. idus decem-
bris Era .I.C.XXXV.
Henrricus comes portugalensis et coniux mea tarasia.
hoc factum et damus et confirmamus.
Qui ibi sunt de portucalii Suarius nunici conf.
Nunus pelaici conf.
Pelagius guterrici conf.
Rudericus froilaz cf.
Petrus songemiriz cf.
Suarius menendici cf.
Pelagius olidiz cf.
Pelagius menendici cf.
Veremudus guterrici cf.
Arias aluarici cf.
Pelagius gudesteiz iudex cf.
Petrus danielz iudex cf.
(Inédito. Tumbo A, fol. 39 vuelto).
APÉNDICES 43
NU]MERO XI
ERA Mxxxvi. Santiago, Año de C. 1098.
3 de Marzo.
D. Pedro I, Rey de Aragóiii dona á esta Santa Iglesia
unas casas en Huesca.
In dei nomine et eius gratia. Ego petrus sangiz dei
gratia aragonensium et panpilonensium rex. pro redem-
ptione anime patris mei et matris mee et uxoris mee
omniumque parentum meorum dono deo et seo. iacobo
apio, de gaUlcia libenti animo et spontanea uoluntate in
osea illas casas que fuerunt de iben abtalib cum ómnibus
hereditatibus que pertinens ad eas. scilicet eas quas ha-
bent in osea, et in banastas, et in ekada. et in gimellas et
in uebo et in baiauem. ut omnes supra scripte heredita-
tes sint ecclesie prenominati sci. iacobi in sécula seculo-
rum. tali conueniencia. ut quandiu uixerit eps. domnus
didacus liabeat eas in sua potestate. et postquam ipse
migrauerit ex lioc seculo. nullus alius liabeat ibi potesta-
tem nisi episcopus aut clerici altari ecclesie predicte
seruientes.
Facta carta Era M.XXX.VI.III martii.
Ego namque petrus dei gratia regnante me in arago-
ne et panpilonia et superarui. et osea.
Petrus eps. in iaca et osea.
Petnis eps. in erunia.
Poncius eps. in rota.
(Inédito. Tumbo Á, fbl. 39).
44 APÉNDICES
NUMERO XII
ERA Mcxxxvii. Santiago. Año de C. 1099.
3 de Julio.
D. Pedro I, Rey de Aragóiii dona á esta Santa Iglesia
unas heredades en los términos de Barbastro.
In nomine sce. et indiuidue trinitatis regnantis in
sécula amen. Ego petrus sancii dei gratia aragonensium
uel pampilonensium rex. conpunctus amore dni. nostri
ihu. xpi. et propter remedium anime patris et matris
mee. et propter remissionem peccatormn meorum. fació
Iianc cartam donationis. libenti animo et spontanea uo-
luntate. et dono dno. deo et seo. iacobo de gallicia in
términos de harhastro, illam almuniam de iben barbicu-
la. cum illos términos totos quos liabebat. et erat tenen-
te die quo ista carta fuit facta. Similiter dono ibi unum
médium campum. circa harhastrum, et dono ibi similiter
unam uineam ad partes de illas portas de htbulfege, Hoc
autem donatiuum totum superius scriptum dono, et corro-
boro, et confirmo illud dno. deo. et seo. iacobo de galli-
cia impresencia de illo episcopo don didaco. ut firmum
permaneat. iure hereditario, ómnibus ibi seruiejitibus
deo et SCO. iacobo possidendum in sécula seculorum.
Quando autem nobis deus donauerit harhastrum, similiter
dono ibi SCO. iacobo intus in illa ciuitate illas casas de
iben barbiculaí que sunt ibi.
Facta carta ista. Era .I.C. XXXVII. III. mense iulio.
Ego autem petrus sangiz regnante me in aragone
uel panpilonia et in superarui. uel ripa curcia.
Episcopus petrus in osea, conf.
APÉNDICES 45
Petrus eps. in erunia coní.
Poncius eps. in rota.
Adefonsus frater meus in biele conf.
Comes sancius in erro et tafalga conf.
Sénior galindo sanci in Simes conf.
Sénior lop lopiz in uno castello coní.
Sénior petrus sangiz in lusia conf.
Sénior furtunu lopiz in luar conf.
Sénior eneco fortuniones in aniese conf.
Sénior forti ortiz in osea conf.
Sénior eximino garciaz in nionteson conf.
Ego garcia sub iussione dni. mei regis han cartam
scripti et conf.
(Inédito. Tumbo A, Ibl. 39).
NUMERO XIII
Antcaltares.
Subscripciones de un documento antiguo del Rey D. Alonso VI
«sobre unas sinrrazones que hazian unos caballeros en
esto coto (Marojo) en tierra de Abeancos.» (Nota del siglo
pasado, pegada al pergamino).
...itu conñrmo.
...(ma)gm Inperatoris toletani domni adefonsi filia con-
firmo.
Rudericus froillaz cí'.
Oduario ordoniz cf.
Johanne ranemiriz cf.
Luzo arias el.
46 APÉNDICES
Petro froillaz de traua cf.
Natalibus orta orraka fredinandi regis filia cí*.
Suerus froilaz cf.
Petrus gudesteiz cf.
Petrus ordoniz cf.
Oduarius cidici cf.
Didacus froillaz cf.
Oduario bruulliz cf.
Gundisalbus eps. mindoniensis cf.
Adefonsus tudensis cf.
Petrus legionensis cf.
Osmundus astorienzi sedis eps. cf.
Martinas ouedensis cf.
Oduarius archidiaconus cf .
Sarraceno oduariz cf.
Johanne oduariz cf .
Didacus adefonso cf.
Astruario prepositum cf.
Pelagio muninz cf.
Aluaro suariz cf.
Divina gratia didacus gelmiriz electus honorem sci,
lacobi dijudicans manu propria cf.
Gundesindus abba archipresbyter loco sancto cf.
Pelagius gunzaluiz primiclerus cf.
Pelagio astr. d... i clrs. cf.
Petro astr... z cf .
Johanne ruderiquiz cf .
Arias ciprianiz cf.
Adefonsus ur... cf.
Sedereus p. et ti... cf.
Pelagius gudesteiz iudex de lofco sancto^
Petrus danieliz iudex loco se. (sancto),
Sandinus judex et...
Romano sisulfiz.
Leouegildus abba sci. in(artmi).
(lundisaluus abba sci. petri cf.
Viinara abba in giro.
APÉNDICES 47
Unde accepto nostrorum comitu consilio. liac nobi-
liuiu uirorum magnatumque tocius palatii. male ordina-
ta corrigere. et correcta legaliter persistere. u;panimiter
statuimiis: Quod circa per hujus mee discretionis scriptu-
ram sci. pe ti cuius uirtute constructum extat hoc ante
altaris monasterium et substentationem monacorum
seniper ibi degentium. pro remedium anime mee hoc
priiiilegio a me facto ita confirmo.
(Original inédito. —Archivo de San MarthtJ.
NUMERO XIV
ERA Mcxxxviii. Santiago. Año de C. 1 100.
IH de Enero.
D. Alfonso Vl| dona á esta Santa Iglesia, la mitad
del Monasterio de Pilono y el de Brandariz.
Sub xristi nomine* ogo adetbnsus doi gratia toletani
imperü rex et magnificus trinmpliator labentis mnndi
illecebris irretitus, et quem fugientom sequor uidens
quia completi nequeo: moliori consilio diuinitus arma-
tus. cupiens pro terreno lucro «ortiri sempiternum. et
pro perituris adquirore eterna, supplex ac denotus poto
beati iacobi apli. auxilium, cui collatam esse a redem-
ptore nro. dno. ilm. xpo. potestatem scimiis. ut qno-
cuuKiuc ligauerit iiel soíuerit in terris. sunt ligata uel
4á
APÉNDICES
I
soluta in celis. Ubi o fiero ego adefonsus tocias hyspa-
nie imperator quocldam mee hereditatis monasterium
quod uulgaliter dicitur pilonio. de cuius medietate iain
fecerat testamentum eidero, apostólo mea germana dna.
geloira. et ut ex toto honor apostolice ecclesiae augea-
tur et meam medietatem ex toto canonice sci. iacobi
trado. et germano mee oblationem confirmo, cum ómni-
bus adiuntionibus suis. et cum omni testationum ipsius
monasterii serie, decaniarum seu uillarum. familie. uel
omnium que ad profectum ipsius monasterii liodie sub-
iacent.
Et adliuc adicio offerre aliud non tam magne poten-
tie monasterium quod dicitur hranderiz. ab omni integri-
tate. cum ómnibus adiuntionibus suis. et cum quanto ad
eum pertinet uel hodie sub iure ipsius cognitum uel
iurificatum esse constat. et uolo ut utrumque monaste-
rium proprie seruiat canonicis apostolice ecclesie absque
omni episcopali subiectione. et absque alia uillarum
eiusdem ecclesie subiectione. ad augmentum cibi potus-
que ipsorum canonicorum. ut quomodo ipsi pauperes
sunt pro xristo et assiduis domini laudibus ante altare
uenerabilis apostoli cotidie insistuntí eorum precibus
adiutus a uisibilibus seu inuisibilibus hostibus tutus, in
extremi iudicii examinatione mercar esse securus. Voló
et suppliciter exoro eosdem quibus hanc paupertatem
concedo canónicos, ut unum de ipsorum conuentu excu-
sent presbiterum qui in uita mea cotidie sacriñcium
offerendo omnipotentis imploret clementiam. Ut corpo-
ris michi tradita sospitate uiteque prolixitate, pagano-
rum sub pedibus meis conterat superbiam. et fidei sue
iugo eorum subiciat perfidiam. Post obitum uero meum.
rogando comendo. ut simile modo, idem presbiter per-
petuo mei memoriam agat. ut peccatorum meorum sor-
dibus detersis uobiscumque mercar transiré ad uitam.
Quod si isdem pi-esbiter mortis debito ultimum clauserit
diomí peto ut alter (úus loco pro mei memoria substitua-
tur. qui idem porsoluat dcbitum. Quia socunduui aposto-
APÉNDICES 49
lica uerba qui pro alio oratí se ipsum deo comendat. Et
ideo mando ut ab liodierno die et deinceps ipsa prescri-
• pta monasteria de iure meo sint abrasa, et canonicorum
apostolice sedis seruicio perpetuo mancipata. et per
cuneta seculo amen. Si quis tamen etc....
Facta autem liac testamenti serie in legionensi
ciuitate asistente ibi totius prouincie milicia. Sub
Era .I.CXXXVIII. Et noto die XVII. kls. Februarii.
Adefonsus rex conf.
Urraca regis germana conf,
Raimundus comes conf.
Urraca filia imperatoris conf.
Petras legionensis eps. conf.
Pelagius astoricensis eps. conf.
Martinus ouetensis eps. conf.
Raimundus palentinus eps. conf.
Petrus ansuriz comes conf.
Martinus fiainici comes conf.
Sancius petriz comes conf.
Fernandus didaz comes conf.
Elrus pelaiz clericus conf.
Pelagius botam not.
(Inédito. Tumbo A, fol. 26 vuelto).
Tomo III.-4.
50 APÉNDICES
NUMERO XV
ERA MCXXXTiii. Santiago. Año de C. 1100.
13 de Noviembre.
La Infanta D.^ Elvira, estando para morir, ratifica su dona-
ción del Monasterio de Pilonio, y hace además otras con-
cesiones á la Iglesia Composteiana.
In nomine sce. et indiuidue trinitatis seu in honorem
sci. iacobi apti. cuius uenerabile corpus sepultum esse
creditur territorio gallecie in ciuitate conpostelJa. Ego
geloira fredenandi principis et sancie regine filia ti-
mens ultimum üite mee diem. peccatoriim meornm
pondere depressa, tamen fiducia dei omnipotentis et
meritis eiusdem apostoli suffragata, ad extremam mor-
tis oram elegí in animo meo propria noluntate lianc
testamenti scripturam faceré, secundum et fació et per
ordinationem meam confirmo de medietate de monaste-
rio pilonlo quod est constructum in nomine sce. marie
uirginis et sci. martini epi. in ualle nuncupata piloyiio Ín-
ter dúo flumina uUam et defam subtus castrum alcohre
cum cunctis prestationibus suis et testationibus suis et
adiacentiis suis et cum omni suo debito secundum pá-
renles mei michi reliquerunt per scripturam. et ego
usque modo obtinui et in scripturas uetustas resonant
per omnes partes, per términos et certas diuisiones, sic
ipsam meam medie tatem eiusdem monasterii pilonio cum
ómnibus suis adiunctionibus et familia liuic seo. et ue-
nerabili apio, iacobo in (extrema mortis ora concedo (^
testamentum fació cum ecclesia sci. martiiii de arilís in-
tegra, et cum corte et casas (j[ue fuerunt do ademarlo
APÉNDICES 51
monetario hic in conpostella. quas conparaui per meum
precium et in scripturas resonant, ut hec omnia cuín
omni suo beneficio ab omni integritate deseruiant cnn-
ctis clericis et canonicis in hoc loco degentibus. non
per dominationem laicorum set per obsequium clerico-
rum, tali pacto ut unus presbiter de uestra canónica
semper offerat sacrificium deo et seo. iacobo pro anima
mea et de domino meo imperatore dno. adefonso et pa-
rentum nostrorum. ut uos canonici et successores uestri
inde liabeatis temporale lucruin et ego et dominus meus
donnus adefonsus imperator et párenles nostri per in-
tercessionem eiusdem apostoli et per uestras preces
et orationes ab ómnibus peccatorum uinculis liberati. et
a cunctis animarum nostrarum periculis purgati in ma-
gno iudicii die súbito mej'eamur ingredi regna celorum.
ubi gaudeamus et letemur cum ómnibus sanctis sine
fine per cuneta sécula seculorum amen. Quod si ali-
quis et...
Notum die idus nouembris P]ra .I.C.XXXVIll.
Ego geluira xpristi ancilla conf.
Ego adefonsus rex tolius hispanie conf.
Ego urraca sóror eius conf.
Ego erus pelaici notarius conf.
(Inédito. Tumbo A, íbl. 35 vuelto).
52 APÉNDICES
NUMERO XVI
ERA Mcxxxix? Fiadela. Año de C. 1101?
25 de Noviembre.
Privilegio de D« Diego Gelmírez á la iglesia de San Esteban
de Piadela.
Quondam preteritis temporibus compustellani pontí-
fices dederant quamdam possessionem sci. Jacobi qui-
busdam militibus qui eam diutino tempere in atónito
tenentes male deprauauerunt. Post multam uero tempo-
ris didacus Ecclesie bti. Jacobi eps. diuino dictante spi-
ritu misericordia motus super illa possessione que nosci-
tur esse ecclesia piabella in territorio nemitus pellens ab
ea eos qui olim in atónito illam tenuerant. iohanni ar-
chidiácono funditus edificanda pro bti. Jacobi parte
concessit. Hec quidem ecclesia a ueterum patrum in
statione iustis ac legitimis testamentis liyriensi ecclesie
concessa fuit. Igitur etiam nunc Ego didacus qui sum II.
eps. ecclesie bti. Jacobi in nomine ingeniti eiusque uni-
geniti cum paráclito spu. cuius regnum et gloria manet
in seculum seculi, Vobis gloriosissimis dei sanctis uide-
licet bto. Stephano. bto. queque Jacobo cisque quorum
reliquie in ecclesia sci. Stephani piahelle recóndito sunt
perpetuam salutem. Hunc etiam ecclesie que legitimo
iure est sedis bmi- Jacobi. et ego propriis manibus con-
secraui secundum Canonum institutionem pro uictu ac
uestitu clericorum ibi religiosam uitam ducentium qui
ñdeliter cum ecclesie sci. Jacobi deseruierint in gi-
ro. L.XXXIIII passus cum ornamentis ecclosiasticis que
APÉNDICES 53
archidcns. iohannes impetrauit atque cum alus ecclesiis
et adiunctionibus similiter et cum creatione que ipsius
ecclesie est quatinus a pió redemptore delictorum meo-
rum ueniam consequi merear. Id ergo ratum sancio ut
aula deinceps secularis laycalisue persona nllum in ea
liabeat imperium nisi pro tuitione et utilitate sci. Jacobi.
Si quis autem hoc infringere tomptauerit a corpore
et sanguine nostri redemptoris dni. ihu. xristi alienus
fiat. Qui uero bene obseruauerit uite eterne immarcessi-
bilem coronam accipiat, amen.
Facta serie huius dotis anno .I.C.XXX.IIII. et
qt. VII. kls. decembris. Anno uero pontiñcatus dni. no-
stri didaci .1.
Comes Petrus Froylaz conf.
Rudericus froylaz cf.
Ouecus gutierriz cf.
Ouecus Eriz cf.
Gutierre seieriz cf.
Cresconius martini cf.
Munio eriz cf.
Archidcns. iohannes cf.
Nuno abbas ciniensis cf.
Petrus abbas termamm contines et canonicus sci. Ja-
cobi etiam et notarius dni. didaci presulis notuit.
(Inédito. Turnio C, fol. 119).
54 APÉNDICES
NUMERO XVII.
ERA MCXLI. Scmt lar/O, Año de C. 1103,
10 de Febrero.
D. Alfonso VI dona á esta Santa Iglesia el burgo de Tahuladielo
(Trabadelo).
Sub xristi nomine ego adefonsus dei gratia liispanie
imperator cum consensu dilectissime uxoris mee helisa-
bet regine fació hanc cartam firmitatis eoclesie bti. ia-
cobi apostoli cuius episcopalis sedes fiindata est in conpo-
stella. de uno bm^go pernominato tabulad lelo quod est in
uakarcer. inter ipso castello de outares et hunda, unde
sicut omnis populus dicebat medietas erat mea et altera
sci. iacobi. Unde ego fació hanc testamenti seriem su-
pramemorate ecclesie bti. iacobi apli de toto ipso burgoí
in manu dni. didaci episcopi secundi, et uolo ut tam
ipsam meam medietatem quam suam. habeant omnes
episcopi memórate sedis. ab omni integritate sic quomo-
do est conclusa per suos términos anticos cum quanta
hereditate ad ipsum burgum pertinet et liabeant illum
sine meo saione et sine ulla pressura regalis fisci. sic li-
berum et absolutumí quomodo ego actenus in meo iure
illum tenui. et integram dominationem quam ego ibi
liabuií omnes episcopi ibi habeant euo perhenni et per
sécula cuneta amen. Hoc autem fació pro remedio ani-
me mee et parentum meorum et ut ipsum apostolum
cuius ecclesiam subleuo in terris, propicium morcar ha-
APÉNDICES 55
bere et intercessorem apud deum in celis. Si quis etc
Facta cartilla firmitatis in. Era .I.C.X'I. et noto
die .III. feria que fuit .IIII. idus februarii. in regio pa-
latio de ceia,
Adefonsus imperator conf.
Helisabet regina conf.
Reimundus comes conf.
Urraca regis filia conf.
Henricus comes portugalie conf.
Tarasia filia regis conf.
Infans dns. sancius conf.
Bernaldus toletanus arcliieps. conf.
Pelagius astoricensis eps. conf.
Petras lucensis eps. conf.
Petrus ansuriz comes conf.
Bernaldus palentius eps. cf.
P
Martinus flainici comes cf.
(xomez gunealuiz comes cf.
Froila didaci comes conf.
Adefonsus telici maiordomus regis conf.
Garcia aluarici armiger regis cf.
Monio uelaci conf.
Guncaluo ansuriz conf.
Lop didaci conf.
Menendo fernandiz conf.
Petrus didaz conf.
Didacus cidici conf.
Petrus gunealuiz conf.
Petrus lopizi conf.
Didacus petriz conf.
Vermudus fafilaci conf.
Ordonius aluarici conf.
Suarius hordonizi conf.
Joliannes petrici conf.
(Inédito. Tumbo A, í'ol. '27).
56 APÉNDICES
NUMERO XVIII.
ERA MXLiil. Santo Tomé de Nemeño. Año de Gí 1105.
6 de Mayo.
D. Pedro Fróilaz con su esposa D.'^ Guntroda Rodríguez
dona á este Monasterio la villa de Nemeño.
In nomine patris et filii simulque ex ambobus proce-
dens spiritus sanctus qui est trinas in unitate et unus
in deitate que uniuerse colliguntur creature, qui famu-
lantur celestia, seruiunt etiam terrena, cuius imperio
obediunt maria, a quo creata sunt omnia, qui ante mun-
di constitionem cuneta creata disposuit. qui hominem
ex limo plasmavit. in finem seculorum serui formam
assumens. per passionem et proprium sanguinem rede-
mit humanum genus ne periret. et misit sanctos apostó-
los suos predicare euangelium in uniuersum orbem ter-
rarum. et confirmaret xpisti fidem credentes. ex quibus
unus zebedei filius spanie sortitus in galléele finibus est
locatus.
Hec benigno disponens prouidentia diuina non quod
ipse aliquid egeat dono que omnia in ómnibus est,
set ut offerentes placabile respiciet sacrificium ex bono
desiderio concessionis. Ideo ego Petrus et comes et
cometessa gunterode ruderiquiz audientés scripturae
diuina oracula. et adimplendum aliquantulum cupiens
omnipotenti díio eterno puris mentibus de quo nobis
atribuisti reddere uenit per domini nostri ihsu xpisti spi-
raculum cordibus nostris propter nostre anime reme-
dium. ut sub nomine sánete et eximio trinitatisque face-
APÉNDICES 57
remus testamentum seiiem in honore sci. saluatoris.
sci. petri apostoli sci. andree apli. sci. jacobi apli.
sci. thome apli. Et omnium apostolorum. Sánete Marie
uirginis cum choro uirginum. sci. stephani. sci. Lauren-
tii. sci. juliani cum choro martirum. sci. nicholay. sce.
marine uirginis. quorum reliquie ibi sunt recondite.
cuius locum scitum est in territorio hregant'miis, ualle se-
lagie, locum predictum ubi dicunt nemenio. Lateribus
montibus narica. discurrente arrogio a flumine hee. nos
clienti ac pusilli serui omnium sanctorum domini licet
indigni iam prefati cum peccatorum mole depressi in
spe et fiducia sanctorum meritis respiramus non usque-
quaque desperatione deicimur nerum qui etiam crimi-
num nostrorum agnoscimus. Et ut per uos sancti amabi-
les dei a domino reconciliari mereamur. uobis dei fidis-
simis et eius sanctorum prelibatis concedimus et offeri-
mus post part^m monasterii et ecclesie sánete et seruis
dei canonice regularii uiuentibus ibidem pormanentibus
tres .1111.'*'' de ipsa uilla de neníenlo que fuerunt de comi-
té froile menindiz et reliquit eas a suo suprino froila
ueremudiz. Et froila ueremudiz fecit de eas plactum co-
mité froila arias ut partisseant eas per médium sicuti et
fecerunt. et post obitum de domno froila uermuit. illa
II II.*^ et VIII. '^ reliquit eas ad suos filios et uenit in por-
tione ad sua íilia domina uisclauara. P]t ego petro íroi-
laz et comes contramutauit eam cum illam meam germa-
nam pro medio de quartiniano in nentos, Et alia .IIII.'* et
VIII. " reliquit eas comes froila arias a sua filia donna
urraca qui fuit mea mulier. Et donna urraca migrauit
in meo iure. et reliquit a meos ñlios et suos ex quibus
filiis migrauit indo unus in meo iure nominato froila
petriz. et quia est lee et foro de rex de legione ad iudi-
candum ut pater hereditet filium. et filius hereditot pa-
trem. Yii ego proter amorem dei et redemptionis anima-
bus filii mei et matris sue offero ipsam .1111.*°' et VIH. ^^
ad ipsum locum et illa alia .IV.* de ipso loco de nemenio
compara uimus et ganauimus ea ego petrus froilaz comes
58 APÉNDICES
et mea mulier cometissa guntrote ruderiquiz de gunte-
rote nuniz sicut in ipsa cartnla resonat. modo uero offe-
rimus ipsam uillam integram cum cunctis suis operibus
et hedificiis cunctis per suos términos antiquos in omni-
que giro, id est contra coris consumarlo perillo que se
figet in illa archa de campara et inde. per fontem bene-
dicenti. et per illo regó qui currit a rio lebozan. et per
illo termino de armerezo ad illo molino de meitulfi qui
tenuit saluatore. et inde sursum a petra fugal. et inde
per figaria guntilli. et inde per términos de uilar. et in-
de per illo castro de cauriol. et inde per uereda ad illum
ualle ubi prius incepimus. offerimus domino deo ad ser-
uiendum ei nulli hominum obsequium reddente de ea
nisi soli deo. ea ratione interposita ut dum nos uiui fue-
rimus' stet ipsum locum apud nos ad tuendum et adiuto-
rium faciendum. post mortem uero nostraía cum filiis uel
filiabus siue nepotibus qui ex nostra origine descenderint
qui illis seruis dei melior fecerit cum eo stet non usu he-
reditario set amorem corda eorum quia nos monemus et
obtestamus ut numquam diuidatur.
Adhuc offerimus ad altare sanctum crucera argen-
team. haram argenteam. cálices .II. argénteos, capsam.
coronam. et offertoriam argénteas, candelabrum. turibu-
lum. et dúos ciriales hereos. signos .II.'*'' conco et aqua-
manil. uestimenta de altare, frontale gricisco. citara gri-
zisca. capas .11.^^ una gricisca et alia leceril. tónicas .II.'"'
una gricisca et alia leceril. uestimenta linea sacerdotalia.
parelios .II [.'''' cum stolas et manípulos ob timos de diáco-
no et subdiacono et de duobus acolitis. fargenes pares .II.
libros antifonal, officiarium. missale. obliotega. comitis.
passionum. ordinum. psalterium. totos obtimos et perfe-
ctos, stramenta lectorum. tapetes .II. almuzalas .II. plu-.
mazios .11. manteles parelfos .II. cum suos sananos, pane
medios .L."^ equas .X. caualos .IIII. nacas .X. cum suo
tauro. homines de nostra criatione .X. pelagio gusendiz,
uimara sunaridiz et sua mulier. íernandus et sua mulier.
Hiñere gundesindiz. petrus uimaraz. hermesenda me-
APÉNDICES 59
nindiz et uno pro a quoquina et alio pro a pestania. froila
uermuiz.
Adhuc testamus ibi has uillas cum sua populatione
intus in ipsa uilla .IIII.'''' seruiciales. et senara cum suo
senarario. uilla uaralango. uilla sala, uila genesio. here-
ditates in nidones. uilla lanqueiron. uilla cauriol. et
uillar qui est inter nemenio et couriol. uillas in cor-
me. Et ecclesiam. ordiales. et ausendi. et .IIII.'' de
uilla de pausada, et .111."' de tameiro. que fait menendi
uermuiz. et untraneas integra*, et gusendi integro, et
condines in sunaria. et .111.''^ partes de octeiro. ecclesia
de SCO. uincencio de cunis. uilla quenis. cupas. cupos,
lectos. catliedras. et omnes utesialia domorum uel omnes
prestationes loci ipsius ab omni integritate sci. fsicii'
ti), iuri nostro firmitcr mansit uel manere potuit perpe-
tualiter. habiturum ofíbrimus. obsecramus domine pieta-
ti tue clementiam et sanctorum tuorum suffragium ut
liuius parentatis nostre factum post partem ipsius mo-
nasterii maneat stabilitum. propter remissionem abolen-
dorum nostrorum malorum ac bone retributionis me....m
Hec omnia quod offerimus per huius testamenti uigo-
rem ad possidendum pro uictu ac uestitu dei seruorum
in ipso loco seruientium pauperibus. liospitibus et pere-
grinis nunquam ullo tempore auxilium denegetur. et
Imnc factum nostrum disrumpatur. Si quis tamen quod
esse non oportet et fieri minime credimus aduersum
hunc testamentum seriem ad irrumpendum uel diruen-
dum uenere conauerit uel contemptionem aut disturba-
tionem aliquam immittere temprauerit siue ex pagine
uel extirpe nostra seu etiam quislibet comes, pontifex.
aut quicquid plebs uel potestas hunc testamentum etc..
Facta series testamenti sub die quod erit .11. nonas maii.
Era ex- VIII post T.(l).
(1) En el texto se lee: Era CXVIII, pero esta fecha no puede arlmítir-
se; por lo que es de creer que el scriptor al hacer esta copia (pues el docu-
mento no parece original), convirtió el rasguillo de la X en V,
GO APÉNDICES
Ego comes Petras frolaz in hanc scripturam testamen-
ti que fieri elegi et relegendo cognoui manu mea.
Ego Gunterote ruderiquiz uxor eius in huno testa-
mentum mani mea.
Sub imperio diuino gundisaluus minduniense se-
dis conf.
Didacus dei gratia sucundus episcopus apostolice se-
dis lioc testamentmn meo robore confirmo (signo rodado)
anno sui pontificatus .IIII.
Petrus abbas ariani filius monasterii antealtarios conf.
Leouigildus abbas sci. martini cf.
Hodorius abbas moriamsisis cf.
Munius aluitiz archidiaconus cf.
Rudericus froilaz archidiaconus cf.
Sandinus petriz archipresbiter et iudex cf.
Muninus ordoniz et presbiter cf.
Pelagius ruderiquiz et presbiter cf.
Audericus oduariz et presbiter cf.
Fernandus baldemiriz et pbr. cf.
q. p. f. Ruderico testis.
lohanne ts.
petro ts.
Munio ts.
Diaco ts.
frola ts.
Ordonio ts.
aloitu ts.
auctor et operator liarum litterarum recacamundus ab-
bas monasterii magnessalagie.
(Inédito. De una copia de mediados del siglo XII, que so conserva en la
Biblioteca del Seminario Central Compostelano).
APÉNDICES 61
J^UMERO XIX.
ERA MCXLiii. Santiago. Año de C. 1105.
16 de Diciembre.
Diploma por el cual el Conde de Galicia D. Ramón confirma
los antiguos fueros de Santiago.
In nomine sce. et indiuidue trinitatis. Ego raimun-
dus totius gallecie cónsul, ac hispanie imperatoris dni.
aíiefonsi gener. simiil cum coniuge mea urraca eiusdom
principis filia, cum apud tumbam bmi. iacobi apli. causa
orationis uenissemus rocolentes antecessorum nostrorum
congrua beneficia, eorum exemplis suffulti et pro reme-
dio animarum nostrarum parentumque nostrorum. qua-
tinus ut in presenti euo et futuro, apud presentía m re-
demptoris nri. iudicandi de criminibus nris. adstiterimus
eumdem beatissimum iacobum aplm. protectorem et libe-
ratorem habere mereamuri in eius et pro eius amore in-
teruentu uenerabilis didaci oiusdem apostolice sedis .II.
episcopi et ceterorum seniorum uel iudicum. lianc scri-
pturam testamenti et affirmationis donum propria spon-
te facimus. de cunctis habitatoris uiris ac feminis qui
hodie morantes sunt in liac ciuitate conponteUa. et de no-
stris comitatibus. castellis! et ómnibus mandationibus.
eciam et de familia, et de uniuersis terrarum spaciis. ad
habitandum uel populandum usque in presentem diem
uenerunt. statuentes eos esse libertos atque inienuos
omnem eorum successionem et originem. cum facultati-
bus et suis hercditatibus ubique post partem eiusdem
62 APÉNDICES
sedis absque omni repeticione et nostri procuratoris uel
siiccessorum nostrorum. uel cuislibet uiolente potestatis
eos inde abstraeré ultra uolentis. uel qaidlibet iuris in
eis inctus uel extra deinceps possidere cupientis. nulli
reddentes dominium uel patrocinium. nisi soli deo et
bto. iacobo apostólo, et liuius sedis pontifici et suis cleri-
cis sicut ceteri ingenui. ut intercessionibus et meritis
eiusdeni apostoli et orationibus clericorum huius loci in
die iudicii audiamus uocem domini dicentis. Venite be-
nedicti patris mei percipite regnum uobis ab origine
mundi preparatum. Ad cuius beatitudinem intrantes
gaudeanius et letemur sine fine in sécula seculorum
amen.
Addimus quidem et istis talem consuetudineni sicut
priores illi ab auis et parentibus nostris habuerunt. id est
ñeque dent fossatariam de se nec de suis hereditatibus.
nec lüctuosam. non offercionem pro suis filiabus casare
uel descasare, non caritele. ñeque decretum maius quam
de solidis .V. in fossatum non eant. nisi ut eant una die
et reuertantur. malefactores lionoris sci. iacobi de-
struant. salones raptores uel malefactores super se mini-
me suscipiant. deo et seo. iacobo et suis clericis sicut in-
genui seruiant.
Qui uero hanc scripturam testamenti et nostre deuo-
tionis donum inrumpere aliquando uoluerit. seu rex.
comes, etc.. canónica sententia damnatus... pariet om-
nia que auferre temptauerit uel calumniatus fuerit: du-
pliciter uel tripliciter. et desuper auri talenta .V. episco-
po et clericis liuius loci et lioc factum semper sit firmum.
Facta confirmatione X'VIII. kls. ienuarii.
Era .I.C.X'III.
Raimundus comes conf.
Urraca regina conf.
Petrus frolaci comes conf.
Froila didaci comes cont.
Suarius uermudiz comes coní.
APÉNDICES 63
Petrus lucensis eps. conf.
Didacus auriensis eps. conf.
Adeíbnsus tudensis eps. conf.
Muninus pelaiz conf.
Muninus uelaz conf.
Johannes ramiriz conf.
Petrus legionensis eps. conf.
Pelagius asturicensis eps. conf.
Rudericus froilaz conf.
Suarius froilaz conf.
Petrus gudesteiz conf.
Bernaldus toletanus archieps. conf.
Giraldus bracarensis metropolitanus conf.
lohannes uistruarici ts.
Hordonius desteriquici ts.
Pelagius saluatorici ts.
Petrus pelaici ts.
Arias ts.
Pelagius ueremudici ts.
Martinus gundesindiz ts.
Petrus martinz ts.
Muninus ruderiquici ts.
Gundesindus ts.
Erus armentariz maiorinus conf.
Johannes didaci conf.
Arias nunici conf.
Guntadus didaci conf.
Petrus danielci iudex conf.
(Inédito. Tumbo A, Ibl. 2ü).
C4 APÉNDICES
NUMERO XX
Aclaración sobre quienes han sido los Mártires que trajo
D. Diego Gelmírez de Portugal á Compostela.
Habiendo expuesto en el texto la traslación de San
Fructuoso y deroás santos que trajo Gelmírez de Portu-
gal, resta ahora que averigüemos quienes eran estos
Santos, en qué tiempo vivieron, y cómo fué su fín dicho-
so. Sobre San Fructuoso no puede ocurrir duda. Es el
insigne Metropolitano de Braga, que ocupó esta Sede
desde el año 656 hasta el de 665 (1). Su glorioso tránsito
se celebra el 16 de Abril.
La identificación de los otros tres Santos Silvestre,
Cucufate y Susana no es tan fácil. Para identificarlos
sólo se atendió al nombre; y este medio por si sólo resul-
ta muy ineficaz, y es muy ocasionado á confusiones. La
Compostela7ta indica que fueron mártires; y éste es un
dato, que debemos aprovechar en nuestra investigación.
Comencemos por San Silvestre. Ningún mártir figura con
este nombre en el Martirologio; por consiguiente nues-
tro San Silvestre, no puede, ni debe ser confundido con
los de este nombre registrados en tan autorizado catálo-
go. Es distinto.
Cucufate hay un mártir muy famoso, que padeció en
Barcelona bajo Diocleciano. Este no puede ser el nues-
tro; pues su cuerpo se conserva en el Monasterio de San
Culgat del Valles.
(l) El discurrir sobre hus virtudes y sus trabajos apostólicos en (rali-
cia y aún en nuestra Diócesis, nos llevaría demasiado lejos. Nos contenta-
remos con remitir al benévolo lector al tomo XV de la España Sagrada,
página3 141-158 y Apéndice IV.
APÉNDICES Go
Susanas mártires cita tres el Martirologio; dos que
padecieron en el Oriente, y la tercera el 11 de Agosto,
en Roma, bajo Diocleciano. x\venturado sería identificar
á nuestra Santa Susana con cualquiera de las dos de la
Iglesia Griega. Tampoco es verosímil, en nuestra opi-
nión, que la Santa Susana de Compostela sea la misma
que la de Roma, cuyo sepulcro se conserva en la iglesia
que lleva su título.
¿Quiénes fueron, pues, nuestros Mártires; en c^ué
tiempo vivieron, con qué ocasión padecieron el martirio?
Al tratar el P. Yepes (1) de la gloriosa muerte de San
Vicente, Abad de San Claudio de León, inserta unos pá-
rrafos tomados de la Historia Eclesiástica de España, que
liabía dejado manuscrita el muy erudito agustiniano
Fr. Jerónimo Román; los cuales párrafos á la letra dicen
así: «Si Remizmundo murió arriano, ó no, yo no lo se; no
lo dizen los autores, antes quedan tan mancas las histo-
rias y tan cortas que de a(^ui adelante no ay memoria de
mas Reyes Suevos hasta los años de 567, que hallamos á
Teodomii'o; porque nuestros autores acaban aquí por los
años de 475; por donde parece que faltan Reyes Suevos
por espacio de cien años. Mas porque esta es vna conoci-
da falta, y podría notarse por gran descuido el no auer
continuación destos Reyes, y la que hubo en espacio de
tantos años, quiero yo aquí suplir algo de lo que falta lo
mejor que pudiere y supiere. Andando por diuersas
partes, buscando lo que hazía a mi intento, acaeció que
llegado en León, fuy al Monasterio de San Claudio, que
corrompidamente se llama San Clodio, Conuento de la
Orden del padre San Benito; aquí entre otros papeles
que hallé, fué vn quaderno de letra casi Gótica, en el
qual principalmente estaba la vida de San Vicente
Abad que fué desto Monasterio y después martyr, según
se tiene por constante verdad. Aqui continuando las
cosas de los Suevos, que señoreauan toda esta tierra,
(1) Coronica gen. de la Orden de San Benito, tomo I, al año 554. cap. II.
Tomo III. -5.
')() APÉNDICES
por los años del Señor de 480 reynaua Remizmundo (de
quien se hizo mención poco ha). Este por su muerte dexo
por heredero de su Reyno a Hermenerico, segundo de
los así llamados, el qual fué notablemente Arriano; y de
tal manera persiguió la Yglesia católica por las tierras
que señoreaua, que pocos pueblos poderosos tuuo que no
faessen consagrados con la sangre de los constantes mar-
tyres de Christo. Dio asimismo tras los Santos Obispos,
personas de letras y de buen zelo, porque halló que estos
le resistían; y porque no quedase cosa santa, en que él no
pusiesse las manos sacrilegas, mandó derribar muchas
Yglesias y lugares piadosos y deuotos. De los que passa-
ron por corona de martyrio fueron estos agora; en
Orense que fué ciudad que ellos fundaron, murieron las
Santas Vírgenes Marina y Eufemia; en Astorga Santa
Marta Virgen; en Braga donde estos Reyes tenían su
corte San Slluestre, Cucufas y Susano (sin duda, Susana),
y otros muchos de los quales liablaremos después lo que
conuenga. » Hasta aquí el P. Román, a quien su herma-
no de hábito Fr. Luís de León llamaba devorador de anti-
giledades.
En esta narración, fundada en el cuaderno casi
gótico de San Claudio, podrá haber algunas circunstan-
cias, como las que se refieren á la Cronología de los
Reyes Suevos, que ofrezcan lugar á duda ó á discu-
sión (1); pero en lo substancial nada se halla que no sea
más que verosímil y probable.
(1) El P. Eisco {Esp. Sag., tom. XXXIV, pág. oG3), qae no podía ha-
llarse bien con esta narración, porque echaba por tierra alguna de las te-
sis por él sustentadas, como la de la independencia de la ciudad de León en
tiempo de los Suevos (loe. cit., pág. 3G7), para desvirtuar su crédito supuso
que tanto el P. Yepes, como el P. Román, habían bebido en una misma y
única fuente. Mas esta suposición es gratuita. Yepes (tom. I, íbl. 175 vuelto
cita un libro antiquhimo, que sería el Leccionario de donde tomó Risco las
lecciones que i)u])]i(;ó en el Apéndice VI; Román cita un quaderno de letra
cxsi gálica, en el qual prtncipalnicule eslaba la vida de. San Vicente.
APÉNDICES
67
Según la Coni'postelana, los sepulcros en que se halla-
ban depositados los cuerpos de San Silvestre y San Cu-
cufate, eran muy toscos fm conven ientihiis sarccpJtor/ís) (1).
Tales debían de ser los sepulcros labrados á fines del si-
glo V ó principios del siglo VI, (]ue fué cuando debieron
padecer martirio nuestros Santos.
NUMERO XXI
Bula de Pascual 11 dirigida á D. Diego Gelmírez.
Didíaco Compostellano archiepiscopo (2).
Et fratrum relationé accepimus et gestorum veterum
lectionem cognovimus, (¡uoniam fernandi regis filius
(irarsias cum rogatus a (rallecie episcopis Bracharensem
urbcm restaurare disponeret, clericis sancti Jacobi, qui
predecessoris sui Ordonii llegis donatione partem Bra-
chare, tune desoíate susceperant, pro eadem parte coida-
rium monastei'ium commutatione concossit. Post oxi-
guum tempus idom (íarsias a tratre Sancio captus Bra-
cliai'am reparare non valuit, sed ingruente dissidio
regnuní amsit. Porro sancti lacobi episcopus, secularis
(1) Lib. I, cap. XV, pá«r. 38.— De la forma de el de Santa Susana,
nada indica la Compostelana; probablemente sería como la do los otros dos
sepulcros.
(2) Léase, ciriscopn, coni<> ya <orriírió el P. Fita
GS APÉNDICES
potentia nisus, et cordarium tenuit et Brachare portio-
nem non iure pertenuit; que videlicet pars sancti Victo-
ris et sancti fructuosi vocabulis nuncupatur.
Nunc per omnipotentis Dei gratiam Bracliarensi urbe
in metropolitane dignitatis gioriam restituta, fraternita-
ti tue mandamus ut commutationis iure servato, partem
illam Bracliarensis urbis in ius metropolitani debita ca-
ritate restituas; nec enim decet ecclesias vel ecclesiasti-
cos viros in dolis aut violentia se invicem circumvonire;
de ceteris, que in Bracliarensi parrochia ecclesia beati
lacobi fidelium quorumlibet donatione possidet, reten-
to dominii iure, quod solum qui possidebant daré potue-
runt. cetera episcopalis iustitie officia, sive in clericorum
ordinationibus atque iudiciis, sive in decimis aliisque
oblationibus, eidem episcopo et integra et quieta di-
mi tt as.
(Boletín de la Beal Academia de la Historia, tom. XXIV, pág. 220).
APÉNDICES 69
NUMERO XXII.
ERA MCXLV. SaníicKjo, Año de C. 1107.
17 de Marzo.
El Conde de Galicia, D. Ramón, cambia con el Obispo compos<
telano la mitad de la villa de Villar por la de Frexenario.
Quandoquiclem mundus ab inperatoribus secundario
regitur: ergo possibile est ut per eorum prouidentiam
mundane res conmutentur. Quocirca ego comes dns. rai-
miindus totius gallecie imperator seu adefonsi toUetani
principis gener. una cum coniugo mea infanta dna. urra-
ca, oiusdem adefonsi toh^tani pi'incipis filia, liuius scri-
pture textum fieri mando: uobis dno. didaco ecclesie
bti. iacobi secundo epo. uestrisque successoribus de uilla
media pernominata uillar. iuxta castellum de oneste adia-
cente: in ripa uUe, per suos términos scilicet per insu-
lana capraríam et per illam mamolam de asarco, et per
pratos de pcpi ex alia enim parte inter nílJarelíum et uil-
lar, quomodo currit ipsa aqua que uliccm intrat. et ost
diuisa per suas diuisiones. uidelicet inter uillam molde?'
et ahnlnam. Quam supradictam uillam campio pro uilla
frexenario inter dicos pontes adiaQente. per suos términos
et diuisionesí sicut est in illo testamento, quod dedit co-
mitissa donna uelasquida bto. iacobo. Illam enim super
nominatam uillam cura ómnibus rebus sibi pertinenti-
bus. libere ego comes rainumdus et uxor mea, concedi-
mus uobis prodicto pontifici uestrisque successoribus: ut
70 APÉNDICES
ele ea uelle uestrum faciatis. Set si quislibet homo etc....
Facta scriptura cambicionis. Era .I.C.X'V. et quo-
tum .XVI. kls. aprilis.
RaimundiTs comes conf. Arias nuiíici conf.
Urraca infanta conf. Veremudus petriz conf.
Froila menendici conf. Grudesteus fernandiz conf.
Pelagius gudesteiz conf. Martinus pelaici conf.
(Inédito. Tumbo A, íol. 29 vuelto).
NUMERO XXni
KRA MXLV. Smúiacjo. Año de C. 1107.
14 tío ]VI.a\o.
Diploma de D. Alfonso Vi acerca de la Casa de moneda
de Santiago.
Sub xpi. nomine ego adefonsns dei gratia toletani
imperii rex et magnificas triumpliator. una cum dile-
ctissima uxore mea helisabet regina, licet multa pecca-
torum mole grauatus de dei tamen omnipotentis miseri-
cordia confisus. quia cupio pro terrenis celestia et pro
perituris eterna adquirereí fació lianc testamenti seriem
ecclesie bti. iacobi apli. cuius uenerabile corpus atque
patrocinium ab uniuersis mundi partibus in co7ipostelIa
requiritur. et innumeris signorum mirabilibus illic uera-
APÉNDICES 71
citer esse eonprobatur: de integra moneta que ibi fabri-
catur. ciim omni profectu qui ad eam pertinet. unde
possit perfici et consumari ceptuní opus apostolice eccle-
sie. et postea iii oinnes usus atque necessitates illius
conuerti. absque ulla laicali uel seculari participatione
aud pressura. Sicut ego libere et integre liabui absque
ulla diuisione. aud praua consuetudine. sic do atque
concedo supradicte ecclesie usibus per manum atque
cooperationem uenerabilis epi. donni didaci secundi.
eiusque canonicorum ut prout ipsis melius placuerit.
aud ex ea magis impetrare potuerint, studeant subleua-
re necessitates cepti operis. et post eius consumationemí
in ornamentis atque conposicionibus eiusdem ecclesie
omnia illius lucra perseuerent expenderé usque in sem-
piternum. et quia omnes íalsificatores monetarum mee
patrie crimen falsitatis super conposfeUe monetarios sem-
per solent obicereí si episcopo eiusdem lobi cum consilio
canonicorum placuerit. et pi'ofectum. maiusquc^ lucrum
sue ecclesie in hoc esse cognouerint. uolo ut mutent
cuneorum suorum litteras et de illo unde magis impe-
trauerint faciant sue monete prepositum. et semper he-
reditario iure ad usus supra soripte eaclesie possideant.
Si uero non tantum lucrum sibi in commutione fcoin-
mutatione'f'J litterature cunc^orum cognouerint. quantum
in omnium mearum monetarum communitate. timendo
communis monete falsitatem. mando ut prepositus om-
nium mearum monetarum de iure uestro teneat et legi-
time custodiat. et tam magnum uobis lucrum tribuat de
uestra. sicut miclii dederit de una ex melioribus mone-
tis mee patrie: et sic uobis de uestra! sicut miclii ex una
de meis melioribus conplaceat. et in ómnibus satisfaciat.
Et uolo ut ab hodierno die et deinceps in iure om-
nium apostolici loci episcoporum moneta pre dicta ñrnii-
ter et integre contirmata consistat. absque ulla inquie-
tudine mee stirpis aud aliorum concupiscentium: (|uati-
nus scm. iacobum, cuius ecclesie necessitatibus compás-
sus subuenio in terris. piam et propicium mercar habe-
72 APÉNDICES
re in celis. eiiisque consorcio perfruar per onmia sécula
seculorum amen. Si quis, tamen etc..
Facta autem hac confirmationis carta, serieque te-
stamenti in Era .I.C.X'I. et noto die .III.'' feria que
fuit .II. idus madii. quando rex de burgis egressus. cum
sola castellanorum expeditione. super uascones et ara-
gonenses' iter direxit.
. Adefonsus imperator conf.
Helisabet regina conf.
Reimundus (regni totnis galleck) comes frerjisque gener)
conf.
Urraca regis filia (reiynundiqíie comitis iixor) conf.
Sancius fpiierj filius regis (regniim elediis patrifactmn)
conf.
Henrricus fporüigalensis provinciej comes (regisqíie ge-
ner) cf.
Tarasia regis filia conf.
Bernaldus toletani (imperii mxliieps, et romane Ecclesie
legatiis) cf.
Petrus legionensis sedis eps. conf.
Pelagius astoricen. sedis eps. cf.
Raimundus palont. sedis eps. cf.
Garcia burgensis s(^dis eps. conf.
(jarcia ordonici comes conf.
Gómez guncaluiz comes cf.
Rudericus moninz comes conf.
Martinus flainiz comes conf.
Petrus froilaz comes conf.
Suarius uermudici comes conf.
Pelagius ruderiquiz maiordomus regis conf.
Garcia aluariz armiger regis conf.
Gómez martinci filius comitis conf.
Martinus moninz filius comitis conf.
Johannes ruderiíjuiz archidiaconus conf.
Arias ciprianez archidiaconus conf.
Gaufrediis arcliidiaconús conf.
APÉNDICES 73
Petriis danielz iudex conf.
Pelagius gudesteiz iudex conf.
Pelagius didaci testis.
Petrus astrarici ts.
Moninus alfonso tesaurarius ts.
Monio golmiriz tesaurarius ts.
Gundesindus canonice prior ts.
Oduarius archidiaconus ts.
Lo que va entre paréntesis, está tomado de una copia que trae
el Tumho T, al fol. 219, con la fecha del ano 1077.
(Inédito. Tumho A, fol. 27 vuelto).
NUMERO XXIY
ERA MCXLV. Santiar/o. Año de 0.1107
13 (le Septiembre.
El Conde de Galicia D. Ramón dona á la Santa Iglesia
de Santiago el Monasterio de San Mamed de Piñeiro.
Si omnia que nostro dominatui subiecta sunt ab
auctore omnium creantur et dominantur. ergo dignmn
ualde est ut de suis robus aliquid deo offerre curiMnur.
non ideo quod indigeat nostro numere. Set ut nostram
bonam animi intentionom ex alto prospiciensí per pre-
sentia hic bene distributa, eterna nobis preparet Iia-
bitarula. Per hoc (^tenini quisque indeficientia cons(^qui-
74 APÉNDICES
tur gandía per quod toto cordis affectu presentía digne
díspensat. Domino asserente. Date et dabítur uobís. Qao-
círca ego cónsul domnus raímundus totíus galletíe prin-
ceps et piissimi regis dni. adefonsi toleto regnantis ge-
ner una cum uxore mea infanta dna. urrraca prefati
imperatoris filia, scriptum perpetuo robore roboratum
ecclesie bti. iacobi et uobis dno. didaco eiusdem ecclesie
diuino spiramine episcopo secundo, et clericis predi-
cte ecclesie tam presentibus quam futuris fieri de-
cernimus. de omni liereditate abbatis arie scilicet seo. má-
mete et de alus ecclesiis et hereditatibus suis cum suis
apendiciis ómnibus per diuersa terrarum spacia consi-
stentibus ea ratione seraata quatinus dominium illud
quod super liis liominibus haberemus abbate aria uiuente
ecclesia bti. iacobi et uos supradicti obtineatis. Mortuo
uero abbate predicta omnia eiusdem. ueluti ipse regi
dno. adefonso legitimo scripto contulit. uos et ecclesia
uestra perpetualiter possideatis. Qaod si aliquis no-
strum etc..
Facto scripto sub Era .I.C.X'V. die idus septembris.
Raimundus comes conf.
Urraca eius uxor conf.
Petrus froilaci comes conf.
Suarius comes conf.
Oduarius ordoniz conf.
Veremudus petriz conf.
Herus armentariz conf.
Albertus de monteroso conf.
Froila menendici conf.
Suarius frolaz conf.
Petrus didaci conf.
(Inédito. Tamho A, fol. 30).
APÉNDICES 75
nitmp:tío XXV
ERA MCXLV. Santiago, Año de C. 1107.
13 de Diciembre.
La Infanta D.^ Urracaí señora de Ibda Galiciai dona á la San-
ta Iglesia de Santiago el Monasterio de San Andrés de
Trobe y todo cuanto á ella pertenecía entre los ríos Uila
y Tambre.
Quandoquidem salomone asserente didicimus quati-
nus dum in hac fragilitate positi sumus. bona operari
desudemus. quia neo scientiam ñeque sapienciam esse
apud inferes legimus. ergo diim corporali mole detine-
mur solum modo operari possumus. Qua propter ego in-
fanta dna. urraca adefonsi imperatoris filia, et totius
gallecie domina, dum tempus est operandi. operari totis
uiribus cupiens: ecclesie bti. iacobi et uobis dno. didaco
eiusdem ecclesie diuino nutu secundo epo. et clericis
uestre ecclesie. tam presentibus quam eisdem succedenti-
bus. scripturam firmitatis fieri procuro, pro mee anime
et meorum auorum etiam et remissione et parentum et
illorum omnium ex quorum linea descendo. de lieredita-
tibus et ecclesiis. et uillis inferius denotatis. scilicet mo-
nasterio sci. andree uocitato talohre cum omni suo debitu
et creatione. et suis ómnibus adiunctionibus ubique.
paiisata cum suis liominibus et apendiciis que est sita in
ripa ulíe hereditatem omnem de froila didaci tam solia.
quam domos Ínter uliam et tanmr consistentem. et om-
nem hereditatem et domos de niaiore didaci. inter dúo
predicta Üumina iacentem. et omnes homines quos uice
i G At»ENDICES
minduniensis ecclesie possideo in montesacro. etiam et oiii-
nes liomines. et omnem hereditatem quam habeo in
pestomarcos de regalengo etinfantatico. et de omni uoce.
et etiam illud quod ibi est de dominio cellenoiie. mosonzo,
et superati non dissimiliter dono. Qae omnia ueluti su-
perius sunt scriptaí tali ratione ecclesie. sci. iacobi et su-
pradicto episcopo et clericis conferoí ut omni mee uite
spatio ea possideam. ad obitnm uero meum quieta et
cum omni tranquilitate predicte ecclesie conferam.
Quod si ego infanta seu aliquis etc..
Facto scripto die idus decembris. Sub Era .I.C.X'V»
Ego infanta dna. urraca conf.
Petrus froilaci comes conf.
Comes suarius uermudiz conf.
Herus armentarici conf.
Albertus de monteroso conf.
Froila menendici conf.
Suarius froilaci conf.
Rudericus froilaci conf.
Didacus auriensis eps. conf.
Petrus lucensis eps. conf.
Adefonsus tudensis eps. conf.
Gundisaluus minduniensis eps. conf.
Petrus abbas céllenoue conf.
Petrus abbas antealtarts conf.
(Inédito. Tumbo A, fol. .'iO).
APÉNDICES r Y
NUMERO XXVI
Santicif/o. Año de C. iiiU.
Ül de Abril.
Bula del Papa Pascual II por la cual confirma las posesiones
de esta Santa Iglesia.
Pasclialis eps. servus servorum Doi, ven. fratri Dida-
co compost. Ecclesiae epo. eiusque successoribus canoni-
ce promovendis in perpetuum. Sicut iniusta poscentibus
nullus est tribuendus effectus, sic legitima desideranti-
bus non est differenda patitio. Tuis ergo, frater in Chri-
sto charissime, petitionibus annuentes, quas per fideles
Ecclesiae vestrae filios Gaiifridum Ecclesiae vestrae ar-
chidiaconum et Petrum presbyterum capcllanum sug-
gessistis ad perpetuam Scae. Compost. Ecclesiae pacem
ac stabilitatem sancimus, ut universa quae ad eiusdem
bti. lacobi Apostoli p]cclesiam, in qua nimirum eius cor-
pus rcíjuiescere creditur, proprietario iure intra vestram
parocliiam pertinent, sicut ex supradictorum t'ratrum
relatione didicimus, quieta omnino et integra vobis vc-
strisque successoribus in perpetuum conserventur, videli-
cet térra de Supéralo, Dormlana, Barerjium, Coronaium,
Mercia, arel npresbijter alus sci. Pcla<iii de CirciteUo, Mons sa-
cer, Tal>er¿olus, térra Montium usque ad Avímn, Morracium,
Sahiiense, térra Termarmn, térra de Arcnhus, Iriense, Pisto-
viarcus, Amaheae et allí montes, Prucios, Lovacengos, Arros,
Xemítos, P)isayicos, térra de Faro, Coporos, Célticos, Ihrran-
tinos, in montanis dúo archipreshiiteratus, Duhria, Barcala,
78 APÉNDICES
Salagia, Gentines, et cetera usque ad Oceanum, sicut in
scriptis eiiisdem Ecclesiae continentur. Confirmamus
etiam vobis quae a rege memoriae nobilis Ildefonso et
a soroi'ibus eius Geloyra videlicet, atque Urraca et a
supradicti Eegis genero comité Raimundo et eius coniu-
ge Urraca eiusdem Regis filia bto. lacobo et eius Eccle-
siae chirographis seu testamentis legitimis oblata sunt,
videlicet monetam compost. civitatis, monasteria Piío'
ninm et Branderiznim, ecclesia sci. Mametis cum ómnibus
pertinentiis eorum, domus in civitate compostelana.
Confirmamus etiam vobis oppida, seu praedia, quae a
superioribus hispanorum regibus data sunt, videlicet
HonestuMy Farum, castellum Scae, Mariae de Lanciata, cum
pertinentiis eorum, Ecclesiae SS. Victoris et Fructuosi
et villam Cornelianam in Portugalensi pago cum perti-
nentiis suis. Decernimus itaque ut nulli et omnino lio-
minum liceat eamdem Ecclesiam temeré perturba-
re, etc
Datum Laterani per manum loannis S. Rom. Eccle-
siae diaconi cardinalis ac bibliothecarii XI kal. maii,
Indict. III., Incarnationis dominicae anno MCX. Ponti-
ficatus autem dni. Paschalis II. Papae anno XI.
(Hist. Comp.^ tom. I, cap. XXXVI).
APÉNDICES 79
NUMERO XXVJI
EKA MCL. Santiago. Año de C. i 112.
14 de Mayo.
La Reina D."* Urraca confirma á esta Santa Iglesia la dona-
ción que le había hecho en 13 de Diciembre de 1107 al tiem-
po de la muerte de su esposo D. Ramón.
Ego urraca totius yspanie regina faeio cartaiii et
testamentum ecclesie bti. iacobi et epo. dno. didaco et
canonicis eiusdem ecclesie de toto illo regalengo et in-
fantatico quod habeo inter uliam et tamar pernominato
de talohre cum suis liominibiis et ómnibus suis aiuntioni-
bus. et de ómnibus illis hominibus quos mindiiniensis
ecclesia liabebat inter uliam et tamar et de pausada cum
hominibus et aiuntionibus suis. et de ómnibus illi¿} ho-
minibus et hereditatibus quas habeo in pístomarcos et in
ñola et in conpostella regalem curtem. et sobrados et
kasas terrenas quas íncartauit gundisaluus aloitici et
eius frater didacus aloitici. et habuerunt eas de gundi-
saluo alfonso.
Do eciam uobis omnes illos subrados et kasas terrenas,
et omnes illas hereditates que fuerunt de froila didaci.
Do et concedo ego regina dna. urraca uobis iam di-
ctis et ecclesie sci. iacobi totum illud quod habeo inter
uliam et tamar cum toto quod liabco ibi de sobrado. Sic
dono et confii*mo uobis. sicut uobis iam dedi in morte
uiri mei comitis dni. raimundi. et sicut filius meus rex
dnnnus alf'onsus uobis (h'dit et confirmauit quando eum
w^leegistis regem in ecclesia ucstra. habeatis nos et suc-
80 APÉNDICES .
cossores uestri hec omnia super scripta usque in perpo-
tuum.
Adicio eciam uobis totas illas liereditates et kasas
ot superatos que f aerunt de maior didazi inter iam dicta
tíumina scilicet uliam et tamar. Illa uero omnia que in
niorte uiri mei comitis raimundi et in presentía patris
mei regis domni adefonsi per testamentum ecclesi bti.
iacobi contulií confirmo et omnia que eidem ecclesie
contuli et impresenti adicioí similiter confirmo.
Et extra iam dicta fiumina habeatis totum suum di-
rectum: de ipsis iam dictis uillis per ubicumque potueri-
tis eum inuenire.
Adliuc etenim concedo et autorizo ut si aliquis arma-
ta manu aliquid uiolenter ab isso usque ad mare. et a
tamare usque idiam rapuerit uel abstuleriti VI. mille so-
lidos episcopo sci. iacobi et eius canonicis exsoluat. Et si
quisquam aliquid in honore sci. iacobi sine sagione pi-
gnorauerití episcopo et ecclesie sci. iacobi canonicis D si.
peitet. et pignus in duplum restituat. Et si aliquis homo
hoc regium donum quod ego regina dna. Vrraca do ec-
clesie sci. iacobi et confirmo, sicut antea dederam et
postea filius meus rex domnus adefonsus dedit et confir-
mauit, frangere ausus fuerit etc..
Facto testamento sub Era .I.C.L. et quotum pridie
idus maii.
Urraca regina et filius rex domnus adefonsus quod
fieri mandauerunt proprio robore conf.
Outer fernandiz maiordomus conf.
Comes petrus frolaz conf.
Comes guter de monteroso conf*.
Muninus pelaici conf.
Martinus pelaiz conf.
(Turnio A, fol. 31.)
APÉNDICES
81
NUMERO XXVIII
ERA MCL. Año de C. 1112.
Mayo.
Donación que hizo la Reina D."* Urraca al Conde de Traba,
D. Pedro Froilaz.
Ego vrraca totius yspanie regina simul cum filio
meo dno. alfonso. fació kartam uobis comiti dno. Petro
froylaz et uxori nestre comitisse dne. Maiori roderici de
varzena per suos coutos uidelicet per illam aquaní de
(lozon et per aquaní de deza. et per aquaní de arciego et
per términos de cusanca et de quantum liabet uarcena
extra illum cautum scilicet in deza et in Camba et in
castella et in cusanca. et in montes et in Saines, et de toto
suo directo tam de ominibus quam de hereditatibus et
de ecc'lesiis et de testacionibus per ubicumque potueritis
inuenire.
Et in térra de trasancos do uobis Son. Saturnínum que
est in Riparjauia per suos cautos cum suis hereditatibus
et suis hominibus et ecclesiis et cum quantum ad me
pertinez. Et in térra de Neyídos do etiam uobis illum ca-
stellum de kyro cum suis hominibus (^t cum suo karitel(\
et alias hereditates quas. ibi inuenire potueritis per ter-
minus de spelunca et per rama longa ot per termines de
montanos et pergalo et inde per términos de faro et
per illam carreriam do singraes usque in merum et inde
quo modo currit ot forit in maro et do alia ])arte por
illam aquam do iuncarias usque in maro.
Dono ot concedo ogo iam diota regina dna. Urraca
a supra scriptis comiti dno. Potro ot comitisse dne.
Tomo III.-H.
82
APÉNDICES
Maiori illas superius iiominatas uillas et ecclesias et
castellum sicut iam dixi ab omni inte(^7^ritate, ideo quod
pater meus rex dns. alfonsus uos criauit et nutriuit. et
pro fideli seruitio uestro quod de vobis cognoui usque in
huno diem et quod criastis et nutristis filium meum
regem dnm. alfonsum, habeatis eas pro hereditate uos et
filii uestri et omnis posteritas uestra. et in uita et in
morte faciatis totam uestram uoluntatem inde. Et si
aliquis homo etc....
Facta carta. Sub Era .I.C.L. et qt. maii.
Eo tempore gutier fernandiz maiordomus in Curia
Regine conf.
Comes rodericus eo tempore in Castella cf.
Comes petrus ansuriz in Saldania cf.
et Comes froyla didaz in aquilar cf.
et Comes guter uermiz in monte nigro cf.
Nunio minduniensis ecclesie electus cf.
Petrus lucensis episcopus cf.
Didacus auriensis eps. cf.
Abbas de cellanoua cf.
Afonsus tudensis eps. cf.
Petrus abbas antealtaris cf.
Nunio pelagii sénior de monteroso cf.
Rudericus uelaz sénior de sarra cf.
alfonsus muniz dominans in lymia cf.
Veremundus petri dominans in alúa cf.
Johannes martini maiorinus Regine cf.
Pelagius vermaniz cf.
Johannes vistruariz cf.
Pelagius martini cf.
Stephanus mgr. cf.
Didacus ecclesie Sci. Jacobi eps. cf. XI. anno sui pon-
tificatus.
Petrus prior canonie Sci. jacobi, cf.
Pelagius Rci. Jacobi iudex cf.
Petrus astruariz el.
APÉNDICES
83
Petrus ecclesie Sci. Jacobi iudex cf.
Oduarius Sci. Jacobi arcliidcns. cf.
de Compostella Etita petri cf.
Martinus ecclesie sci. Jacobi canonicus. et eo tempore
in Curia regine dne. urrace cancellarius quod per com-
mendamentum regine scripsit.
(Tumbo C, fol. 118 vuelto).
NÚMERO XXIX
El Cardenal de Roma Gregorio, del título de San Cr¡sógonO|
dedica á D. Diego Gelmírez su colección canónica.
Incipit prologiis Gregorii cardinalis presbyteri tituli
S. Grysogoni ad Didacum ecclesie S. lacobi episcopum.
Dilecto domino Didaco S. lacobi ecclesie pontificali Ín-
fula digne decorato Oregorius presbyterorum Inimilimus
salutem. Petistis iamdudum et lioc sepe, ut opus arduum
et supra vires meas aggrederer, Librum canonicum sci-
licet ex romanorum pontiñcum decretis, aliorum(|ue
sanctorum patrum auctoritatibus, atque diuersis conci-
liis autenticis utiliora sumens, sediatim componerem. Id
uero non iccirco a me inscio placuit requirere, ut, aut
uestra excellens sapiontia huic labori, uel quam multo
grauiori non sufficeret, aut plures ad hoc magis idóneos
ac prudentiores uoluntarie obsecundari preceptioni sue
non liaberet, sed ut in lioc magno diu exorcitatus ad
alia maiora iniuncta instructio (inslnictns?) et paratio
fparatnsO efücerer, seu etiam si in aliquo prauitas in-
84 APÉNDICES
genii mei deficeret, prudentia uestra miclii magistra et
auxiliatrix manus frnanum?) extenderet. Cui inquisitio-
ni, etsi altius ingenium expeteret et meis uiribus mini-
me conueniret, et, ne temerarium a quibusdam iudica-
retur, timerem, tamen, ne tantum ac talem uirum recu-
satione offenderem, acquieui. Atque tándem hac máxime
fiducia, ut uestra auctlioritate interposita a detrahen-
tium morsibus defenderer, uestre iussioni parui. Sicut
enim olim in ecclesia, et quotidie negociis negocia uarie
snccedunt, atque multarum causarum pro temporis cuen-
tu actiones succrescunt, sic sub titulis unicuique con-
gruentia capitula auctorum. tempere perspecto plurima
connexui, et octo librorum distinctionibus uolumini
compendióse finem imposui. Cui ex ratione compositio-
nis a nominis auctlioritate sumpta Policarpus nomen
conuenienter indidi. Quod uestram obnixe deprecor in-
dustriam, ut compositionem et compositum perpiciat
atque perspiciendo si quid deesse, si quid uero magis
quam deceat (inesse) cognouerit, cauta consideratione,
quod decens est compleat, quodque indecens est, remo-
ueat. Approbandum uero ad laudem uestram, et ad obe-
dientiam uestre iussionis augendam moder atiene habita
comprobor. Preterea ne per libri seriem lectoris rei in-
distinctam turbar et, hujus operis títulos preponere pla-
cuit, ut suis locis exigere possit, quod sub numero com-
petenti predictum esse cognoscit.
Citan al Policarpus^ como advierte el Sr. Villaamil y Cas-
tro, los Editores romanos del Decreto de Graciano en el si-
glo XVI. El único ejemplar que conocían es el Codex Vati-
canas, núm. 1354, mencionado también por Tlieiner y Balle-
rini. Arévalo, en la edición de las obras de San Isidoro, tom. II,
página 327, cita otros dos Códices de la Reina Cristina de Suecia
(Cocí. Vatic, números 987 y 1026). Pérez Bayer vio en 1667, en la
Bihlioteca Ricardiana, de Florencia, otro MS. al (]ue faltaban los
libros Vil y VIH y parte del VI (I^íic. xlntonio, JjíhUoth. vct., to-
APÉNDICES 85
mo II, pág. 28). Además, Doujart y Oadin describen dos Códices
Colbertinos Bihliot. nao. de París^ fondo Colbert, números 3381 y
3382). El último, en folio del siglo XV, parece de escaso valor; en
cambio el primero es el mejor de cuantos se conocen.
Se divide en ocho libros, y cada libro en varios títulos. En el
libro primero se trata del primado de San Pedro y de la Iglesia
Romana; en el segundo, de los Prelados y del uso del palio; en el
tercero, de las iglesias, diezmos, sacramentos, etc.; en el cuarto,
de la manera de leer la Sagrada Escritura y atribuciones de los
Obispos y Abades; en el quinto, de los procedimientos judiciales;
en el sexto, de las potestades civiles y del matrimonio; en el sépti-
mo, de las penas eclesiásticas, y en el octavo, de lo que espera al
hombre después de esta vida.
El Cardenal Grregorio figura en varios documentos de lili á
1113, y entre ellos, en la protesta del Sínodo de Letrán contra las
concesiones de Pascual II á Enrique V. Es interpolación una de-
cretal de Calixto II que ^e halla ú.nicamente en el ejemplar vatica-
no, libro III, tít. IX.— Hüffer. — Beitráge zur Geschichte der Quel-
len des Kirchenrechts und des romischen Rechts im mittelalter,
— Münster 1862.
86 APÉNDICES
NUMERO XXX
ERA MCL. Concilio Compostelano. Año de C. 1112?
Incipiunt decreta Didaci Ecclesiae bti. lacobi II episcopi ad protegendos
pauperes.
Divina disponente clementia ego Didacns II Eccle-
sii bti. lacobi epi. cum eiusdem Sedis canonicorum indi-
cio, ceterorum qne nobiliorum virornm consilio, praede-
cessorum statnm relegendo, ad protegendum popnlum,
ad exhibendam iustitiae normam in toto honore bti. la-
cobi, excepta compostellana nrbe, omnibusque bnrgis,
quo advenae aliiqni complnres confluentes statuta nulla-
tenus observare valeret, liuinscemodi decreta constituo
et constituendo confirmo.
I. — De Ecdesiis.
A capite igitur exordium sumentes praecipimus, ne
quis ecclesiae términos irrrumpat, aut violenter ingre-
diatur. Si quis vero intra ecclesiae términos quidpiam ca-
pere, aut sibi praesigillare existente iustitia et exigente
voluerit, Pontificis vicarium, ut licentiam sibi dari prius
expostulet.
II. — De domihus nobüium et ignobilium, de pigneribus et de perpetratts
calumni'is.
In domibus nobilium, seu ubicumque corum uxores,
autfilii, inermes faerint, vicariis, etquibusque alus pigne-
APÉNDICES 87
randi licentiam resecamus. In ceterorum quoque domi-
bus id ipsum observare praecipimus, excepto si furti, aut
homicidii, aut violentae mulieris violationis, quod vulgo
raptum dicitur, aut quadragessimalis tributi causa exti-
terit.
Quod si extra domos rusticanas armenta, ceterave
liuiusmodi quae pro perpetrata calumnia, inventa mini-
me fuerint, vicarius admotis vicinis et legitimis testibus
domum praesigillet, vel inde pignus abstrahat. Qaidquid
ut predictum est, pigneratum faerit, quousque VIII dies
compleantur, integrum conservetur, et vicinis reservan-
dus commendetur, et usque ad praefinitum terminum
illaesum, et ab omni usu liberum maneat; si fuerint et
animalia exercendi operis studio adhibenda, totius labo-
ris expertia serventur. Tándem si calumniae perpetra-
tor praefinito tempore ad examinandam iustitiam veni-
re neglexerit, nisi necessaria detentus causa fuerit, ius-
titiae examinatores pro calumniae quantitate pigneris
partem detineant. Cetera dominis suis referantur.
Si qui« iniuste vel absque domini sui petita licentia
quempiam pignerare praesumpserit, duplum restituat,
et LX. solidos Pontifici persolvat. Verumtamen quisquís
prius, requisita iustitia, corana idoneis testibus cum vica-
rio pigneraverit, duplum minime restituat.
III. — De iiulicibus.
Hereditatum et ecclesiarum causae non nisi ab opti-
matibus et Apostolicae Sedis iudicibus difñniantur. Ca-
lumniae fideiussariae indicia, more antecessorum nostro-
rum, posthabitis in lionore bti. lacobi alus iudicibus,
Apostolicae Sedis iudicibus referantur.
IV,— De calumniis pauperum.
Pauperes et imbecilles misericorditer calumnias com-
pleant, ut benoficiis suis penitus non priventur.
88 APÉNDICES
Y.— De proditor ihus et latronihus.
Proditores et latrones nenio protegeré, iiemo defen-
deré praesumat. Sane eorum protectores damna vel ca-
lumnias, quae illi sustinere meruerint, sustineant.
VI. — De furihus.
Fur postquam tertio farti reus convictu?, comprehen-
susve, fuerit, principibus terrae atque iustitiae exami-
natoribus tradatur. Qui, dictante iustitia, pro meritis
ultionem in eum exerceant, sibique dati giadii causam
animadvertant; noverint enim quia qui percutit malos
in eo quod mali sunt, minister Dei est, et alibi: Puniré
malos non est effusio sanguinis.
VII. — Be caracterUms.
Caracteres coram totius ecclesiae conventu sive pu-
blico concilio fiori iubemus; aliter factos valere inlii-
bemus.
VIII.— De fosataria et luctuosa.
His qui servilis conditionis iugum sustinent, vel qui
quadragesimalia tributa persolvunt, redditus solitos, qui
fosataria et luctuosa nuncupantur, relaxamus, si patrum
parentumve suorum hereditates incolunt.
IX. — De die dominica.
In dominica die ruricolas ad civitatem negotiatum
iré prohibemus.
APÉNDICES
89
X. — De placitis et ceteris scriptís.
Placita et cetera huiíismodi scripta ab autenticis cle-
ricis sicut a iudicibus, vel ab archidiácono, sive ab ipsius
loci archipresbytero fiant. Sin autem, cassa liabeantur.
XI.— De causis pauperum.
Si quis potentum iudicii causam tractare adversas
pauperem, vel diffinire habuerit, similem personam in-
troducat, quae per se causam definiat, ne forte cuius-
piam maiestate pauperis iustitia suffocetur.
XIL—De quadragesima.
Diebus quadragesimae caracteres fieri, calumniarum
causas diffiniri, indicia exerceri, fossatariam dari, nisi
magna expeditionis necessitas ingruerit, (nostris quidem
non extrañéis, qui pro dominorum suorum velle tracta-
buntur) excepta furti, rausi, liomicidii, quadragesimalis
tributi causa, removemus.
XTII. — Ut halumniarum caiisae inkalendis discatiantur .
Die kalendarum, archipresbyteri, presbyteri, milites,
rustici, in kalendarum, antecessorum more, conveniant;
tune si quid querelae vel iniuriae obortum fuerit ab ar-
chipresbytero, ceterisque discretis vii'is veraciter perqui-
ratur et emendetur; quod si diffinire nequiverit, soquen-
ti die super illius negotii causa vera indagine facta,
Pontifici, atque Apostolice Sedis prima tibus referatur et
determinetur.
90 APÉNDICES
XIV. — De causis agendis in VI feria.
Uniuscuiusque hebdomadae sexta feria pontificalis
palatii ianuis reseratis, quidquid querelae, quidquid
iniuriae fuerit, in praesentia Pontificis, iudicum, et ca-
nonicorum intimetur et diffiniatur.
XV.— De lupis exagitandis.
In unoqueqne sabbato (excepto Paschae et Pente-
costés) presbyteri, milites, rustici, cuiusque negó ti i im-
munes, lupos exagitantes persequantur, et eis praeoipi-
cia, quod vulgus fogios vocat praeparent. Qiiaeqae etiam
ecclesia VII férreas cannas persolvat. Ad hoc negotium
quisquis iré distulerit, si sit sacerdos, nisi infirmorum vi-
sitatione detineatur, vel miles V solidos; rusticus vero
ovem, vel solidum persolvat.
XVI. — De vicariis.
Milites et quicumque principatu praeminent, villica-
tionibus suis tales vicarios statuant, qui si quid contra
decretorum iustitiam egerint, calumniarum causas unde
compleant, habeant: sin autem, eorum domini perpetra-
ti damni et iustitiae calumnias sustineant.
XVII.— De latronihus.
Quicumque latronem comprelienderit, eum villico
terrae tradat, et quaecumque villicus ab eo abstraxerit,
horum tertiam partem habeat. Sic et de proditoribus.
APÉIÍ DICES 91
XVIII.— ^e qíiis res mortuorum diripiat aut inquietet,
Quoties quis naturae iura persolverit, illius heredita-
tes, ceteraque beneficia, usque ad X (1) dies integra, nul-
laque inquietatione labefacta, qualiter ille dimiserit,
consistant. Finitis autem X (X') diebus, possesionibus, ce-
terisque beneficiis sub eodera. iure, sub quo mortis spi-
culo ceciderit, qualiterve dimiserit, existentibus, si qua
calnmniarum schismata super his f aerint ab Apostolicae
Sedis iudicibus ceterisque dissertis viris diffiniantur.
Ceterum ne quis here dipeta, ne quis sicoplianta usurpa-
tive accedat, iustitiae argumentis plenius indagetur.
XIX. — Ne in dominica saioues liceniiam haheant pigverandi.
Ab hora nona sabbati usque in feria secunda hora
prima, nullus saio habeat licentiam pignerandi, nisi ho-
micidas, hitrones, scilicet, violatores virginum, per vim
raptores, et proditores: et si aliquis de extranea patria
iustitiam postulaverit, infra supradictum tempus, iusti-
tiam sumat.
XX. — Ne conventus alternantium fiat in ecclesia.
Saionum concilium, vel militum conventus in eccle-
sia si ve terminis eius, fieri proliibomus.
XXI. — Ne clerici fiant laicorum víUíci, aut pedagogi.
Clerici ñeque laicorum villici efficiantur, noque filio-
rum illorum nutritores, ñeque a laica persona delione-
stentur, vel eorum bona capiantur. Qui aliter egerit, ca-
(1) XL en el ejemplar manuscrito de la Santa Iglesia.
92 APÉNDICES
nonicam institutionem eomponat, et excommunicatus
a conventu fidelium sequestretur.
XXII.— De rehus captivaforum.
Bona eorum qui capiuntur a mauris usque ad aiiiium
plenum intemerata et integra conserventur, ut si forte
íbrtuitu captum potuerint redimere, redimant: sin au-
tem completo anno iuxta arbitrum propinquorum eorum
bona distribuantur.
XXIII. — De mercatorihus et peregrinis.
Mercatores, romarii, et peregrini non pignerentur; et
qui aliter egerit, duplet quae tulerit, et sit excommuni-
catus, et solidos LX persolvat Domino illius lionoris.
XXIV.— De clericis.
Clerici fossatariam non dent. Abbates et clericos ve-
nientes ad synodum, vel votum aut tertias afferentes,
pignerari vetamus.
XXV. — De mensuris.
Omnes alias ih>, (talegas) nisi admensuram illius petrae,
quae stat in campo Compostellae, tam in hac civitate,
quam extra venderé vel emere prohibemus; et qui aliter
egerit excommunicatus LX. solidos solvat, doñee resi-
piscat.
• (Hist. Comp.; Esp. Sag., tom. 20, pág. 17G).
APÉNDICES 93
NUMERO XXXI
ERA MCLii. Concilio Compostelctno. Año de C. 1114.
17 de Noviembre.
Nos divina dispensatione Ecclesiae Dei ministri, Di-
dacus compostellanae Sedis, Aflfonsiis) tudensis, Munio
vallibriensis, Petrus lucensis, Didacus auriensis, Hugo
portugalensis , nutu domni Bernardi toletanae Sedis
archiepi. et S. R. Ec. legati XV kals. decembris Com-
postellae convenimiis, et cum abbatibus monasteriorum
Gallaeciae, ceterisque religiosis praelatis concilium cele-
bravimus, Domino annuente. In quo equidem concilio
comités et ceteros terrae optimates, qui ad concilium
legionense iré non potuerunt, commonere fecimus, ut
decreta, quae in eodem concilio sancita íüerant, inviola-
bili observatione custodirent.
I. Ut in eclesiis Dei et earum rebus et ministris nul-
lus laicus violentiam aliquam faceré praesumat; et liere-
ditates et testamenta eisdem ecclesiis integre restituan-
tur, quae iniusto ab eis ablata sunt.
II. Ut nuUus laicus aliquam haboat potestatem
intra sacrarium Ecclesiae, quod vulgariter passaks vel
dextros appellamus.
III. Quod nuUus laicus decimas ecclesiarum, vel
primitias, seu oblationes vivorum vel mortuorum nec
accipere, ñeque tangere audeat: et quod nullus ordinatus
a manu laica ecclesiam suscipiat.
IV. Ut negotiatores, et peregrini, et laboratores in
pac(» aint, et securi per térras eant. ut nemo in eos vel
oorum ros manus mittat.
94 APÉNDICES
V. Ut legitimum coniugium nullo modo violetur,
et qui in consanguinitate, vel parentela coniuncti suiít,
omnino separentiir, aut communione priventur:
VI. Ut proditores et manifesti periuri et eorum
testimonia a nullo suscipiantur, quia infames sunt.
VII. Ut nulla persona ecclesiam vendat vel compa-
ret, seu alicui laico incartet, quia simoniacum est.
VIII. Ut nuil as clericus mulierem in domo sua ha-
beat, praeter eas quas cañones consentiunt.
IX. Ut monachi, vel clerici, qui reliquerunt liabi-
tum, communione priventur, doñee resipiscant.
X. Ut monachi sub manu Abbatis vivant, et pro-
prietatem non habeant, et publica officia, ut parochiani
presbyteri non faciant.
Qui vero haec decreta secundum dispositionem Epi-
scoporum suorum observare et complere studuerint, gra-
tiam Dei Omnipotentis habere mereantur: illi autem,
qui neglexerint, tam in Campis, et in Castella, quam in
Portugali et in Gallaetia, necnon in Extremitatibus et
Aragonia anathemati subiacebunt, et in eorum térra vel
dominatione officium divinum nullatenus celebrabitur,
praeter poenitentiam, et baptisterium.
Confraternitatem etiam inter nos fecimus, ut alius
alium diligat, et alius alii, si necesse fuerit, pro posse
suo subveniat, et mutuam cliaritatem invicem liabea-
mus. Et quando aliquis nostrum obibit, eius animae
alii unanimiter succurrant eleemosynis, orationibus, sa-
crificiis, ([uatenus ad aeternam beatitudinem pervenire
possit. Ad hanc autem confraternitatem confirmandam
statuimus, ut unoquoque anno mediante quadragesima
Compostellae conveniamus, et corrigamus malefac^ta,
quae ad audientiam nostram venerint.
{Hist. Comp., lib. I, cap. 101; Esp. Sag., tom. 20).
APÉNDICES 95
NUMERO XXXII
ERA MCLiii. Santiago. Año de C. 1115.
3 de Enero.
La Reina D.^ Urraca dona á esta Santa Iglesia el Monasterio
de Camonzo y otras varias posesiones cerca del Ulla.
Sicut ea que rata esse uolumus nec litteris nec uiro-
rum testimonio afirmamus: sic ea que firma esse uolu-
mus. ut succedenti euo clarescant. tam uirorum testimo-
nio quam nostrarum litterarum auctoritate firmamus.
Quamobrem ego urraca gratia dei hispanie regina una
cum filio meo dno. adefonso in regni fastigia iam bene-
dicto et consecratoí or remedium anime mee et paren-
tum meorum fació scripturam firmitatis ecclesie bti.
iacobi et tibi dno. didaco eiusdem ecclesie secundo epi-
scopo. michi et filio meo in omibus fidelissimo. de qui-
busdam hereditatibus et ecclesiis. uidelicet camanzo cum
suo monasterio, sic infantaticum quomodo et regalen-
gum. et Diercia similiter sic infantaticum quomodo rega-
lengum cum suis hominibus debito et foro, et ómnibus
bonis suis que ad easdem uillas pertinent. Do eciam ec-
clesias .VI. circa castriim hiti et fiumen ulie: cum suo
saione et debito et foro. Et dono adhuc medietatem. il-
lam de montibus quam ueremudus suarici de me obtine-
bat. cum suo saione et debito et foro, has siquidem uillas
Ji'amanzwn uidelicet merciam et ecclesias tam de castro hiti
quam de montUms. cum tali debito et foro ecclesie beati
iacobi confero sicuti ego actenus iuri meo obtinui.
Ab isto uero die hec omnia de iure meo ablata in domi-
96 APÉNDICES
iiiuin sci. iacobi sint traditaí et confirinata. Si uero etc..
Facta scriptura palentie .III. nonas ienuarii sub
Era .I.C.L.III.
Hec sunt nomina ecclesiaruní de castro hit i quas
obliuiosa manus scriptoris pretermisit. uidelicet sci. mar-
tini de dómelas, sce. marie de rio malo, sci. saluatoris de
rio malo, sci. michaelis de castro, sci. eulalie de cira. sci.
petri de orado, cum hominibus et karacteribas suis.
Ego urraca gratia dei liyspanie regina lianc cartaní
quam fieri iussi proprio robore et manu conf.
Adefonsus filias eius conf.
Petras palencie episcopas conf.
Didacas legionensis eps. conf.
Pelagias astorice eps. conf.
Abbas sci. facandi conf.
Petras bernaldas palencie arcliidiaconus conf.
Pontias g ai tardas archidiaconas conf.
Comes potras ansariz conf.
Comes petras gansaluiz conf.
Comes íroila didaz conf.
Comes saarias vermadiz conf.
Petras lopiz conf.
Petras pelaiz scazha conf.
Exemeno lopiz conf.
Yermadas petriz conf.
Fernandas petriz notarlas conf.
Pelagias saarici conf.
Aloitas maninz conf.
(Tumho A, ful. 31 vuelto).
APÉNDICES 97
NUMERO XXXIII
ERA MCLiii. San Martin rinario. Año de C. 1115.
15 de Abril.
Privilegio de D. Diego Geimfrez á este Monasterio (!)•
Antiqua priorum Patrum íacta vel scriptis vel nar-
rantium relatione cognita (a) successoribus bona inten-
tionis devotione, satis videtur esse lionestum ad memo-
riam revocan. Plerumque enim divina auxiliante cle-
mentia ad animarum profectum et corporis proficuum
inde audientibus vitale tribuitiir exemplum. Postquam
vero Teodomiro reverendissimo iriensi episcopo beatis-
simo (heatisshni) lacobi apostoli sacratissima revelatio
et sancti (sandaj tumulatio apud Compostellam, tempo-
re principis domini Adefonsi Casti, qui post Sarraceno-
rum ingressum construxit Ovetum, liis diebus quibus
Carolus Magnus Francie dominabatur, tune dignis illu-
strium episcoporum testimoniis, cognita et reporta, pre-
sente oodem principe, lionorifice consecratur et ubique
divulgatur, communi consensu utile visum fait, ut irien-
se filliense) episcopium ad liunc apostolicum transferre-
(1) Publicó este diploma el P. Yepes en el tomo IV, núm. XII de los
Apéndices, déla Coránica general de San Benito. Lo que va en cursivo, en-
tre paréntesis, son variantes ú adiciones tomadas en una copia que se sacó del
original en el siglo pasado i)ara j)resentar en el famoso pleito con el Duque
de Arcos.
Tomo III.-7
98 APÉNDICES
tur locum, ubi antistites post Teodomirum, Ataulfus et
Ítem Ataulfus sanctam duxere vitam; post quos Sisnan-
dus quartos a primo, vir religiosus, scientia plenus,
eloquio clarus, dignitate summus, annuente Domino, in
apostoli lacobi Sede invictus (invitus) eligitur sacerdos
(qui tantae sanctitatís fiiit, qiwd a Romano Pontífice Johannes
Missae secreta recípere nohiít scriptís et niinciis.., tari in Eccle-
sia, nlsi quantum Dominus Jestis in Coena proiorio ore discípu-
los docuit).
Hic basilicam beatissimi lacobi apostoli pro pos-
se suo mirabiliter a fundamento edificavit, auxiliante
rege domino Adefonso et Scemena regina et filiis suis
Garsea. Ordonio, Froila, Ranemiro et Gundisalvo diáco-
no, et vocatis fconvocatisj de diversis sedibus pontificibus,
universo et Hispanie et Galletie populo, secundo con-
secravit. Iste prior ordinavit familias et decanias, unam-
quamque suo servitio congruam ad lionorem et excellen-
tiam clericorum intra tam dignam deservientium aulam;
ita ut qui postea relicta dignitatis potentia, tantum
Deo secretior fsecretiusj vellet (vellent) famulari, unus-
quisque secundum sui gradus officium haberet et quietis
ocium; majoribus monasterium Antealtare cum titulo
sancti Petri sub abbate Ataúlfo; secundis et equalibus
arcisterium de Pignario cum sancta Maria et sancto
Stephano ac sancta Columba sub abbate Guto; ac si mi-
noribus Lovium, verum etiam minimis turrim compe-
tentibus edificavit locis, et de sue Ecclesie bonis partem
tribuit; et bone actionis initium fuit.
Crescente itaque sanctis operibus famulorum Dei nu-
mero sub monacliali habitu decursi (decurso) multi (multo)
intervallo temporis, quia grave erat monachis ad san-
ctum lacobum, vel ad proprium titulum sánete Marie de
Cortecella quotidie confiuere, cuidam Petro episcopo,
viro religiosissimo et dominis sancti lacobi placuit intra
Pinarii claustrum fabricari (fabricare) liabitaculum Dei
])arvulum in lionorem sancti Martini episcopi, et conñ^s-
boris Christi, regnante Veromundo principe et Volasqui-
APÉNDICES 99
ta regina, quod stetit fconstructiimj usque ad imperium
principis et totius Hispanie imperatoris domini Adefonsi
dive memorie reminiscendi. Tune quidom dejecto ab epi-
scopatu Didaco priori, cumque Adulfus abbas, sanctus
vir et bonus, videret augeri sub se servos Dei et in illo
minimo habitáculo non posse (condlgne) congregan, peni-
tus diruit et magis majus satisque congruum et vastum
a fundamento condere cepit. Sed quia vitam citius fini-
vit, imperfectvim reliquit, cujus successor Leovegildus ab-
bas, ejus consobrinus, vir nimium prudens, sanctitate et
moribus probus, largo pecuniarum dispendio fusus tán-
dem cum summo labore, Deo juvante et multorum adju-
torio ceptum ecclesie opus, ut modo patet (paret), fortiter
ad effectum perduxit. Et, sicut superius dictum est, mo-
nasterium hoc habuit initium sub monachorum regula
semper manens, usque ad nostrum tempus absque alicu-
jus hominis dominatione vel hereditario jure; nulli da-
mus licentiam serviendi nisi soli Deo et regule beati Be-
nedicti abbatis et beato (teatl) Martino (Martini) et alio-
rum sanctorum, quorum reliquie sunt in ipso monasterio
Pinario. Quibus itaque per ordinem cognitis, placuit cun-
etas, ut hoc cenobium Pinarii, quod jam per longam
(Ion (ja) regum et episcopórum témpora, tam canonnm af-
firmatione, quam tricennali legnm authoritate, nulli
subjectum, sed liberum in Dei servitio et monachorum
congi'egatione permanserat, ego Didacus Dei misericor-
dia secundus episcopus cum omni canonicorum sancti la-
cobi collegio affirmarem et locum sanctitatis consecra-
rem, sicut fecimus nos et dominus Didacus auriensis epi-
scopus; id est, consecravimus altaria (altare) monasterii
in lionorem sancti Martini, et sánete Marie et san-
cti Nicholai, aliorumque sanctorum , vivente abbate
domino Leovegildo. Et quia antequam omnia com-
plerentur humane necessitati debitum solvit, peten-
tibus monachis instanter, et ómnibus qui aderant
hunc virum probum et moribus bonis instructum, et
sui Ordinis regula ac beatum (educataw) nomine Pe-
100 APÉNDICES
trum Gundisalvum, predecessoris nepotem, in ejus lo-
cum abbatem, Deo volente, ordinavimus.
Qaocirca ego Didacus sancti lacobi apostoli secundas
(seilís) episcopus cum ómnibus dominis et senioribus Loci
sancti, quondam celébrala hujus monasterii consecratio-
nis festivitate, tibi abbati Petro venerando viro et succes-
soribus tuis fació hanc scripturam confirmationis, ut lioc
monasterium sanpti Martini, sine alicujus extranei (ex-
traneae) potestatis dominio cum ómnibus suis rebus sibi
debitis semper maneat monachis libera potestate subje-
ctum tibi, aliisque successoribus post te. Imprimis confir-
mamus vobis, ut diximus, totum illud monasterium cum
suis domibus, et servis (senris), et cum cunctis, que vide-
tur habere intra humiliatoria beati lacobi Apostoli,
etiam et ecclesiam sánete Marie de Cortecella cum suis
altaribus et suis bonis et domibus et officinis in circuitu
cum sua familia, secundum dominus Didacus episcopus
antecessor noster obtinuit, et vobis consignavimus cum
sua sepultura in toto gyro per circuitum ipsius ecclesie
sánete Marie de Cortecella et cum tertio et (de) toto illo
de décimo (de) gyro beati lacobi et similiter cum décimo
Palatii integro et monasteria sanctorum Sebastiani et
Laurentii martyrum cum suo Montesacro, cum suis te-
stationibus ómnibus, et rebus et familia (et) libera ab om-
ni censu et debito nostre Ecclesie et cum duabus parti-
bus de illo voto et clamoribus et cum suo cauto in omni
gyro; sanctum lulianum de Inno fimio) cum suis tertiis
et cum omni censu et debito nostre ecclesie ; san-
ctum Georgium de Velegia cum suis tertiis et cum
omni censu et debito nostre ecclesie ; sanctum Vin-
centium de Ogrove cum suis tertiis et cum omni cen-
su et debito nostre ecclesie; Arautiam (Aroicciam) cum
suis salinis, et ecclesiam liberam ab omni debito et
censu nostre ecclesie et cum suo cauto; integram san-
ctam Eulaliam de Arenalonga et sanctum Cristophorum
quem nuncupant de Alobri (Álohre) cum suis bonis et
tertiis liberam ab omni censu et debito nostre ecclesie et
APÉNDICES
101
cum suo cauto. Has tertias et ista debita alii mei prede-
cessores vestro monnasterio cartiilerunt. Similiter et in-
sulam de Cortegatam integram cum omni debito nostre
ecclesie et cum suo cauto. Similiter sanctam Christinam
de Campania cum suis adjunctionibus, et cum suis ter-
tiis, cum omni debito et censu nostre sánete ecclesie cum
suo cauto per suos terminus; et pro anima nostra,
et illorum, qui bona sua nostre sedi traddiderunt ad au-
xilium vite nostre, damus illam quintam, quam illic so-
liti eratis daré et de vestra hereditate et de vestris homi-
nibus, qui liabent suas liereditates ibi a flumine Ulie (et
inde per illum atrütim de... iiide per Catlioaví iisque ferit in...J
et inde per marcum inter Conditi et Cainpaniam et in-
de per Campum rotundum et inde per terminum de Vil-
laramo, usque ferit in presam de Fratres, tam istam
(quintam) quam et illud talium (allum) quod est in Fis-
cain (Fiscliaim) in ripa Ulie et quartam de Villafroylam
cum suo quadragessimali.
Omnia sunt tradita vobis et successoribus vestris et
non sit ausus vilicus noster vel successorum nostrorum
quidquam fquicquamj de eo requirere vel capero. Verum
etiam sic confirmamus vobis medietatem ecclesiarum
sánete Marie et sancti Michaelis de Sanarici et sanctum
Stephanum de Amala (Amaee) integra (integram), san-
ctum loannem de Fecha in ripa Tamaris, sanctum Cliri-
stophorum de Jabestre, sanctum Ciprianum de Culis,
integram, sanctam Mariam de Fratribus, integram; de
sancta Maria de Cruce et de sancta Maria de Daodro
(Daogro) quartas singulas, de sancto loanne de Laussa-
me medietate, de sancto Martino de Isdesendi (Ildesendi)
quartas tres, de sancta Eulalia de Villacoba medietatem
et alias vestras ecclesias et villas et homines quocumque
modo habetis et in vestris scriptis et testamentis nota-
tum est, vel cum Dei juvamine adquisieritis. cuneta, ut
supra retulimus, bona volúntate et communi consensu
confirmamus tibi abbati Potro, religioso viro, et tibi suc-
cedentibus ad Dei servitium faciendum, et regulam san-
102 APÉNDICES
cti Benedicti abbatis conservandam. Similiter confirma-
mus tibi, et successoribus tuis, sicut supra diximus, inte-
gTum decimuín pomarii (;pomerii) de Pallatio.
Qaod si de cetero, etc..
Noto die XVII (XVI) kalendas maji. Era MCLIII.
Ego Didacus sub Christi nomine .11."^^ episcopus hanc
scriptaram firmiter permanere et tota mentis nostre vo-
lúntate omnia supranotata confirmo anno mei pontifi-
catus XIV divina gratia institutus. — (Signo). — Verbo IJo-
mini celi firmati sunt.
Bernardus toletanus archiepiscopus et romanus lega-
tus confirmo.
Didacus auriensis presul qui huic consecrationi inter
fui confirmo.
Ugo portugalensis antistes conf.
Adefonsus tudensis episcopus conf.
Munio vallibrensis episcopus conf.
Ego Urraclia Dei gratia totius Hispanie et Galletie
regina conf.
Ego Adefonsus hujus Regine filius Hispanie et Galle-
tie fet Toletani Imperatoris Alfonsí nepos).
(Petrus froiJaz comes GallecíeJ regis domini Adefonsi
Júnior is alter (altor) conf.
Munio Pelaz comes de Monteroso coní.
Rudericus Velez comes de Sarria conf.
Gutierre Vermudiz comes de Montenegro conf.
Petrus Didaz Subdiaconus conf.
Petrus Arias millos de Deza conf.
(II COLUMNA)
Petrus abbas Antealtaris conf.
Petrus prior canonice sancti lacobi et archidiaco-
nus conf.
(llomanus primiclerns et cardinalis conf,)
(Petrus cardinalis conf,)
APÉNDICES 103
fitem Petrus cardinalis conf.)
Petras arcliidiaconus conf.
Munio Gelmirici (tliesaurius) confirinat.
(Erjo Giincl... tis canon ¿cus BtL Jacob í conf,)
Martinus Ecclesie sancti lacobi... conf.
Bernardas Bernaldi (Bernnldi) Ecclesie sancti (Bti,) la-
cobi canónicas conf.
Arias Crantariz canónicas Loci Sancti conf.
. Ego Andalfas Odoariz et majordomas iriense confirmo
et roborem pono.
Petras sancti lacobi sabdiaconas conf.
Cresconias Moniz milles conf.
Gantadas Didaz milles conf.
(III COLUMNA)
Arrianas (Arlas) Cipriani archidiaconas conf.
Petras Anaia riztarias conf.
Petras Didacas... (arcliidiaconus) cardinalis conf.
Petras Astraariz diaconas conf.
Pelagias Gadesteiz (judex) conf.
Martinas... (Peláis) conf.
Didacas lladrigaiz conf.
Fernandas Petras Petriz canónicas beati lacobi et no-
tarlas Eegine conf.
Petras Alvitriz et beati lacobi canónicas et decanas
(diaconus) conf.
Adalfas (Andidfus) prime.
Gantadas Ordoniz milles conf.
Petras Danieliz canónicas et jadex pablicas scripsi
et conf.
Arias Petras milles nobilis (nohilís miles J conf.
loannes Ramici (Ramirlci) milles conf.
Fernandas loannis milles conf.
104
APÉNDICES
(IV COLUMNA)
Pelagius Didaz (Dklací) conf.
Alfonsus Didaz (Dídací) subdiaconus conf.
Pelagius Muniz (Nuniz) conf.
Pelagius testis presbyter conf.
(Yepes, tom. IV, Apénd. núm. XII).
NUMERO XXXIV
ERA MCLIII.
Santiago,
Año de C. 1115.
26 de Noviembre.
La Reina D.^ Urraca dona á esta Santa Iglesia la mitad
de la villa de Caneda y la del Monasterio de Ledesma.
In dei nomine ego urraca dei nutu hispanie regina,
nobilissimi regis domni adefonsi constantieque regine
filia, una cum filio meo dno. Ildefonso in fastigia regni
iam benedicto et consécrate, fació pro remedio anime
mee et parentum meorum cartulam firmitatis ecclesie
sci. iacobi de medietate de uilla que dicitur cañeta et
de medietate de monasterio de Letesma quod situm est
in ripa fluminis nlie et sunt liee uille in dominio sci. ia-
cobi, quas uillas scilicet canetam et letesmam dono ecclesie
sci. iacobi. cum ómnibus uillis et ecclesiis et ómnibus
APÉNDICES
105
bonis et adiuntionibus sais que ad eas pertinent ubicum-
que bona earum sunt. sicuti iuri meo actenus manse-
runt. cum tale debito et foro do eas seo. iacobo. ut ipsa
ecclesia perpetualiter liabeat eas absque mea et mee
propaginis inquietadme, ab isto uero die sint de iuri meo
ablate et in iure sci. iacobi habite, quam siquidem eccle-
siam gubernat et regit dns. didacus eps. michi in ómni-
bus et per omnia fidelissimus. in cuis fcuiusj manus et per
eius iussionem fació scriptum de supradictis hereditati-
bus. in quo habeo magnam fiduciam ut me defendat et
amparet ab ómnibus meis inimicis. Si quis tamen aduer-
sus hoc regale donum etc...
Facta scriptura die .VI. kls. decembrium. Era .I.C.L.III.
in castro quod dicitur malgrado.
Ego urraca gratia dei regina hanc cartam quam fieri
iussi tota mentis intentione et uoluntarie signaui.
Sancia sóror eius conf.
Geluira similiter conf.
Froila didaz comes conf.
Suarius uermudiz comes conf.
Gómez nuniz comes conf.
Didacus legionensis eps. conf.
Fernandus fernandiz conf.
Petrus didaz conf.
Rudericus didaci conf.
Pelagius martinici conf.
Lopzan gudesteiz conf.
Petrus lopiz conf.
Lop lopiz conf.
Garcia enequici conf.
Guter petriz conf.
lohannes petriz conf.
Martinus pelaiz notarius.
(Tumbo A, fol. 31 vuelto).
106
APÉNDICES
NUMERO XXXV.
ERA :mcliy.
Cnntis,
Año de C. 1116,
18 de Mayo.
La Reina D.^^ Urraca dona al Obispo y Cabildo de Santiago la
iglesia de San Julián de Caldas de Cuntis.
Ego urraca gratia dei liispanie regina piissimi regis
dni. adefonsi filia uobis dno. didaco ecclesie sci. iacobi
secundo epo. et ómnibus canonicis eiusdem ecclesie. Fa-
ció scripturam firmitatis de ecclesia sci. iuliani de caldas
contines cum casa de abbate. cum testationibus et homi-
nibus et hereditate que ad ipsam casara abbatengam
pertinet. extra ecclesias sce. marie casa de moñacos, et
sci. uincentii cum liereditatibus et debitis suis. que sunt
auolentie et iuris abbatis petri et gundesindi iudicis et
eorum heredes quas eis relinquimus absolutas iure here-
ditario. Ipsam autem prefatam casam de abbate cum
ecclesia sci. iuliani et debitis suis et cauto ecclesie sci. ia-
cobi perpetuo seruituram. Si quis vero etc..
Facta carta donationis Era .I.C.L.IIII. et qt. XII.
kls. iunii.
Ego urraca regina conf.
Munio uallibriensis eps. conf.
Adefonsus tudensis eps. conf.
Didacus auriensis eps. conf.
Comes petrus froilaz conf.
Comes munio polaiz conf.
APÉNDICES 107
Comes rudericus uelaz conf.
Feí'nandus iohannes conf.
Joliannes didaz conf.
Guntadus didaz conf.
Fernandas petriz notarius conf.
(Inédito. Tumbo A, fol. 32).
NUMERO XXXVI.
ERA MCLVii. Año de C. 1119.
26 de Septiembre.
Donación hecha por D. Alfonso Vil al Monasterio de San
Julián de Moraime y á su Abad D. Ordonio.
...Omnia que nostro regimini subiecta sunt ab aucto-
re omnium creantur et dominantur, ergo dignum valde
est ut rebus aliquid Deo offerre curemus, non ideo quod
indigeat nostro muñere, s(?d ut nostram bonaní animi
intentionem ex alto prospiciens per presentia hic bene
distributa eterna nobis preparent habitacula. Per hoc
etenim quisque indeficientia consequitur gaudia, per
quod, toto cordis affectu presentia digne dispensat, Do-
mino asserente: <(¡ate e¿ (kü)ítur vohis* Quocirca ego Rex
Dominus Adeíonsus Ilispanie ducis Domini Reimundi
et regine Domine Urrace filius una consensu Domini
Petri Galecie comitis fieri elegí scripturam testamenti,
108 APÉNDICES
sicuti et fació, Ecclesie sánete Beati Juliani Martyris et
monasterio Moriames, quod situm est in térra de Traba
territorio Nemanchos et litore maris de hominibus impe-
rii mei regalengo meo pertinentibus, tam viros quam
mulieres, quanti hodie sunt morantes in ipso cauto, ut
ipsi cum generatione sua et hereditatibus et cuncto re-
gali foro serviant prefato monasterio et Abbati Domi-
no Ordonio et subcesssoribus eius et monachis ibidem
vitam sanctam ducentibus pro remedio anime mee ac
parentum nostrorum, et pro honesto servitio, quod in
nostra adolescentia et tempore guerre ipse Ordonius me-
morati monasterii Abbas mihi diligenter exhibuit, sic
quippe hunc cautum ego confirmo quomodo et avus
meus pie memorie Rex Dominus Adefonsus cum prefato
comité Domino Petro et baronibus eiusdem terre olim
determinavit, liac ego intentione et ratione hoc faciens,
scilicet, ad restaurationem ipsius cenobii, quod nostris
temporibus destructum est a Sarracenis, et ut proficiat
ad victum et substentationem monachorum, pauperum
et hospitum seu peregrinorum advenientium. Quod si
ego seu aliquis subcessorum meorum huic mee institutio-
nis pagine obviare seu contraire presumpserit etc., Hec
scriptura supra dicto modo nostra auctoritate sancita et
presentium episcoporum atque nobilium terre laudatione
confirmata omni tempore maneat inconvulsa.
Facta pagina testamenti seu cauti liuius in Sidman-
cas. Era MCLVII omne fsicj quod VI kls. Octobris.
Ego Adefonsus Hispanie Rex huius cauti cartam
quam in presentia multorum terre nobilium fieri iussi,
confirmo.
Didacus Dei gratiaCompostelanus Archiepiscopus conf.
Didacus legionensis episcopus conf.
Pelagius ovetensis episcopus conf.
Petrus lucensis episcopus conf.
Didacus auriensis episcopus conf.
Petrus Froilaz comes Gallecie conf.
APÉNDICES 109
Comes dominus Suarius de Dunia coní.
Comes dominus Fernandus de Campos conf.
Petrus Didacus de legione conf.
Rudericus Petriz, Alferiz Regis coní.
Erus Armentaris maiordomus Regis conf.
Martinus Bernaldus conf.
Qui presentes fuerunt, Pelagius testis.
Petrus testis.
Martinus testis.
Didacus testis.
Munio testis.
Et ego Pelagius Petriz iussu Martini Pelaiz curialis
et Regis cancelarii notarius et conf.
(Archivo del Seminario Central Compostelano).
lio APÉNDICES
NUMERO XXXVII
ERA MCLViii. Santiago, Año de C. 1120.
13 de Junio.
La Reina D.'*^ Urraca concede á esta Santa Iglesia la tierra
de Dorinea y exime de pagar portazgo á todos los vecinos
de Compostela.
Quoniam ad tumulum bmi. iacobi apostoli multe
uirtutes fiunt. siciiti ego ipsa sepius persensií dignum
est ut eiusdem apostoli ecclesiam nostris muneribus de-
coremus. Quocirca ego urraca hyspanie regina regis
adefonsi regineque constantie filia, pro remedio anime
mee et parentum meorum. per presentís scripture se-
riem. ob honorem eiusdem apostoli tibi didaco prefate
ecclesie .ii. episcopo et ómnibus canonicis tam presenti-
bus quam succedentibus. et uoci uestre dono et offero
terram de dormiana cuna liominibus et caractere et ómni-
bus suis debitis integram. necnon eciam insulam de lao-
nio ab integro cum liominibus et caractere et ómnibus
debitis et foris suis. sicuti diuiditur inter tuiriz et eccle-
siam sci. andree de ualentino. per dúo flumina ulíam uide-
licet et arnegmn.
Dono eciam karacterem et homines in loson per
aquam de deza et per aquam de rkw maiiri et per monte
de karrion. et per campum uel castrum de camposancos.
usque in fiuuium arnegitm, ab integro ueluti ego actenus
possedi.
Et quia in catalogis et scriptis eiusdem sedis per
XX.IIII miliaria ab auis. proauis. et atauis meis. predi-
cta sedis cantata esse dignoscitur. propter inminentia be-
APÉNDICES 111
lia. sic a flumine ísso. sicuti diuiditur per términos de su-
'perato et inter uliam et tamarum usque ad mare firmiter
cautatam esse uolo. ut quicvimque infra líos términos sine
sagione pontificis. et canonicorum ecclesie bti. iacobi de
foris ueniens aliquid pignorauerit .VI. milia solidorum
eiusdem ecclesie pontifici. atque canonicis siue eorum
uoci persoluat. et si non liabuerit unde ad plenum per-
soluere possit. eius persona cum liis que liabuerit. perpe-
tué seruituti iam dicte ecclesie subiciatur. Si autem in-
fra líos terminus conmorans sine sagione prcfate ecclesie
pignorare presunserit. si miles fuerit D. solidos, si rusti-
cus .LX. persoluat. et duplum rei domino restituere co-
gatur.
Adicio eciam ut quicumque homines in predictis
terris et infra supra scriptos términos ad presens liabi-
tant. siue deinceps de meis mandationibus aduenien-
tes habitauerint. a nullo regio dominis repetantur. De-
bitum uero meum quod uulgo portaticum dicitur. ne
per totam regni mei latitudinem ulterius exigaturi óm-
nibus compostellane urbis ciuibus. clericis et laicis omni-
no concedo. Qui autem illud contra lioc meum scriptum
temerario usu acceperit: quod abstulerit in duplum re-
stituat. et D solidos patienti iniuriam pariat. Si quis
uero etc..
Noto die idus iunii Era .I.C.L.VIII.
Ego urraca regina conf.
Arias petriz conf.
Joliannes didaci conf.
Vermudus suariz conf.
Pelagius martinz conf.
Fernandus ioliannes conf.
p]xemenus lopiz conf.
Petrus uermudiz conf.
Guter petriz conf.
Dominicus fcxlconis coní.
Martinus didaz conf.
Vela petrici conf.
112 APÉNDICES
Qui presentes fuerunt. Petrus ts.
Pelagius ts.
Didacus ts.
Rodericus ts.
Arias ts.
Martinus ts.
Petrus ts.
Ego iterum urraca regina precipio et concedo, quod
si quis de foris infra iam nominatos términos sine sagione
pontificis ecclesie bti. iacobi pignorauerití et illic in-
terfectus fuerit. nichil pro eius interfectione ab inter-
fectore exigatur.
Petrus uincentii ts.
(Inédito. Tumbo A, fol. 32). ^
APÉNDICES 113
NUMERO XXXVIII.
La Iglesia de Santiago de Compostela y la de San Saturnino
de Tolosa (I).
La gran analogía que se nota entre nuestra Basílica
compostelana y la de San Saturnino de Tolosa — á la
cual Mr. Anthyme Saint-Paul califica de la más impor-
tante de las Iglesias románicas que nos quedan (2) —
hizo concluir á algunos insignes Arqueólogos, que la
primera era una imitación directa, ó más bien una co-
pia ó repetición de la primera. Mas como por otra parte
tenían que admitir que la Iglesia compostelana, si no se
había comenzado antes, se había terminado primero
({ue la tolosana, se vieron precisados á idear varias hi-
pótesis para explicar cónao la compostelana, á pesar de
ser simple copia de la de Tolosa, pudo concluirse antes
que el original. Foiniuló dichas hipótesis con toda pre-
cisión Mr. Anthyme Saint-Paul en los siguientes térmi-
(1) Aunque en varios pasajes del capítulo III del presente tomo
hemos ya apuntado algunas de las analogías que se advierten entre ambas
iglesias, creemos oportuno insistir en este punto, que en realidad es capital
para la Historia del Arte en nuestra Península, y lijar el puesto que
corresponde á nuestra Basílica en el desenvolvimiento artístico, no solo de
España, sino de buena parte de Europa. No en vano el Abate Pardiac con-
sagró el último capítulo de su Histoire de Saint-Jacques le Majeur, k de-
mostrar la influencia del culto de Santiago en el Arte cristiano.
('2) Aujourd' liui la plus importante des églises romanes. (Alfmm des
nwnamcuts rl ,h- /' tirf ancicn dn Midi de la Frange; lum. I, pág. 73; Toiu-
sa, 1897).
Tomo UI.-H.
114: APÉNDICES
nos: «Y sin embargo, San Saturnino tiene su alta perso-
nalidad, que sin hacer de él un edificio completamente
aparte, le asegura el puesto más elevado en la escuela
de Languedoc, y en especial, en un grupo más íntimo
en el que á su lado figuran, como punto de partida, la
iglesia de Santa Fe de Conques, y, como término, la fa-
mosa Basílica de Santiago de Compostela. El gran San-
tuario español, por una rara coincidencia que cede toda
en honor del Santuario tolosano, es, en efecto, una imi-
tación directa, ó más bien una repetición de éste. Ha-
biendo comenzado la Catedral de Santiago en 1082 (1),
y no habiendo podido ser asentada la primera piedra
de San Saturnino antes de esta fecha, podría preguntar-
se, no sin inquietud, cuál de las dos iglesias es el mode-
lo, y cuál la repetición. Mas la vacilación no podría
durar mucho tiempo. San Saturnino dice tan bien en su
sitio, de tal modo es un producto del suelo, sin que por
eso deje de distinguirse profundamente de cuanto lo ro-
dea, que para él no hay que pensar en influencia ex-
tranjera. ¿Cómo, por otra parte, podría venir esta in-
fluencia de España, país que en la época románica
recibía, y nada daba? El movimiento partió, pues, de
Francia á Galicia; pero, ¿de qué modo? El monumento
español no pudo ser precisamente una imitación del mo-
numento francés, por cuanto éste apenas estaba visible
á flor de tierra cuando se emprendió la construcción de
aquel. Réstanos, pues, un campo de suposiciones dema-
siado vasto para que nos creamos en el caso de recorrer-
las todas; de estas hipótesis sólo retendremos dos, como
las más plausibles: ó el maestro de la obra de San Sa-
turnino se desprendió del más hábil de sus oficiales, del
más íntimo confidente de su pensamiento, y lo envió,
con algunos de los mejores obreros, á ponerse á disposi-
ción del Cabildo de Santiago; ó bien éste envió á Tolosa
(1) En el cap. II, pág. 41, hemos demostrado que la portada del S. se
terminó en el año 1078. y que el «'«bside^sc liaría comenzado antes.
APÉNDICES 116
á algún Monje, á algún práctico, para que, al lado de
constructores de talento, adquiriese la educación artísti-
ca suficiente liasta volver á su patria con un tipo origi-
nal y grandioso» (1).
Esto escribía Mr. Anthyme Saint-Paul en 189G. Más
tarde hubo de reconocer que el monumento de Compos-
tela se terminó primero que el de Tolosa; y que, por lo
tanto, las hipótesis propuestas no herían en lo vivo de
la cuestión. En su vista, y acaso para desvanecer la in-
quietud producida por la duda de cuál sería de los dos
monumentos el que hubiese servido de modelo, en un in-
teresante artículo que publicó en el BuUetin Arclwohgique
del año 1899 (2), insinuó otra hipótesis que expuso en la
siguiente forma: «El primer Arquitecto (de San Satur-
nino), después de haber trazado la planta de toda la
iglesia, y de haber comenzado la obra del coro, fué lla-
mado á Santiago de Compostela; y al partir dejó enco-
mendada la dirección de los trabajos á un discípulo bien
enterado de sus proyectos, y apto para reemplazarlo en
sus ausencias; el cual discípulo pudo muy bien ser San
Raimundo. No pudiendo continuar por mucho tiempo
en estas idas y venidas, con grave molestia para su per-
sona y detrimento para las construcciones que le esta-
ban confiadas, y viendo en Rainmndo un hombre bien
dispuesto á recoger su sucesión, optó por el Santuario
español. Desde entonces comienza la verdadera obra de
Raimundo Gayrard.
>La traza primitiva no fué modificada en Santiago:
en donde la construcción caminó más de prisa (8): lo que
(1) Álbum cit., págs. 87-88.
(2) De este artículo intitulado Note archéolog'uiue sur Saint-Sernin de
Toulouse, se hizo una tirada aparte; París, Imprenta Nacional, 1000.
- (3) «Estaba todo terminado hacia el año 1128 salvo algunas modifica-
ciones y mejoras que medio siglo después so hicieron en los pórticos. > (No-
ta do Mr. Auth3'me Saint-Paul, <|uo citaá Stroot, Some Account of goihic
Architecture in Spaiv, pág. 114).
116 APÉNDICES
no permitió copiar á San Saturnino hasta en su quintu-
ple nave» (1).
Respecto de las fechas en que fueron llevados á cabo
los diversos miembros de la iglesia tolosana, en la Note,
en la cual Mr. Anthyme Saint-Paul no hizo más que re-
sumir las observaciones hechas durante estos últimos
años, por sí mismo y por otros distinguidos Arqueólogos
como Lahondés, Douais, Malafosse y Lasteyrie, no mo-
difica las conclusiones expuestas en la Memoria leída
ante el Congreso de Sociedades científicas que se reunió
en Tolosa el año pasado de 1899, y que hemos extracta-
do en el capítulo III, páginas 65 y QQ del presente
tomo. De todo lo cual resulta que el Arquitecto tolosa-
no (caso de que hubiese sido llamado á nuestra ciudad),
si trazó y desarrolló algún plan de Basílica, fué en San-
tiago, antes que en su patria, en donde lo realizó y llevó
á cabo. Y tanto es así, que el ábside, que fué por donde
en ambas iglesias se comenzó la edificación, en Santiago
estaba concluido antes del año 1078, y en San Saturni-
no, según Mr. Anthyme Saint-Paul (2), en el lustro
de 1085 á 1090, si bien después, entre los años 1130 y
1140, hubo que rehacerlo de nuevo (3). Mientras, por
tanto, la prioridad de tiempo sea condición indispensa-
ble para distinguir á toda copia de su modelo, habrá
que admitir que, si entre las dos iglesias hubo copia y
hubo modelo, á la Iglesia de Santiago es á la que corres-
ponde este último dictado.
Pero, ¿las analogías que se advierten entre las dos
(1) La Catedral compostelana estaba terminada, por lo menos, en el
año 1117; como lo demuestra el hecho de convertirla los rebeldes composte-
lanos en fortaleza y en depósito para guardar su ajuar y sus haberes. Un
edificio en construcción era muy poco á propósito para dichos objetos. En
dicha fecha estaban ya levantados nada menos que los primeros cuerpos de
las torres de la fachada occidental.
(2) Note..., pág. 11.
(3) Note.,., pág. M.
APÉNDICES
117
iglesias son tan claras y manifiestas, que acusen en la
de Santiago una flagrante copla de la de San Saturni-
no? (1) Muy lejos de eso. Es cierto que en las líneas ge-
nerales la analogía es patente; mas en muchos detalles
las discrepancias son tales, que denuncian diverso estilo,
diversa escuela, distinta inspiración. En San Saturni-
no todos los pilares son cruciformes y carecen de colum-
nas empotradas, ó cuando más, sólo las tienen por uno ó
dos lados. En Santiago alternan rigurosamente los pila-
res de planta cuadrada con los de planta cuadrifolia, y
todos tienen columnas empotradas por los cuatro lados.
Las impostas de las columnas de Santiago no dañan
á la esbeltez de los capiteles; las de San Saturnino son
altas y pesadas (2). Las columnas que dicen á la nave
mayor en Santiago, todas son anilladas; en San Satur-
nino están desprovistas de este adorno.
Las torres de la Basílica compostelana eran nueve,
contando con la torre central; las de la Basílica tolosa-
na, cinco. A la Basílica de Santiago daban entrada ca-
torce puertas; á la de Tolosa ocho.
El sistema de contrafuertes era, como hemos visto,
especial de Santiago.
La galería no está precisamente interrumpida en
San Saturnino alrededor del ábside; pero se continúa
por un corredor estrecho y obscuro, hoy incomunicado
con el presbiterio.
Las seis puertas de las tres fachadas en San Satur-
nino carecían de tímpanos; las de Santiago los tenían
maravillosamente esculpidos.
Muchos de estos miembros, como los pilares, las to-
rres, las puertas y los contrafuertes, debían entrar en el
primitivo trazado de la planta; por consiguiente, alejan
en ambas iglesias la idea de mera repetición ó copia
servil.
(1) Copie flagrante, dice Mr. Anthyme Saint-Paul en la Note, pág. 5.
(2) íls sont peut-étre im peu lourds. (Álbum..., pág. 83).
ii8 APÉNDICES
En la página 19 de la Note, expone Mr. Anthyme
Saint-Paul una teoría, que explica cómo dos ó más igle-
sias pueden guardar entro sí notable semejanza, sin que
sus respectivos constructores hayan pretendido copiarse.
Hallada hacia el año lOOO, según Quicherat, la fórmula
románica, ó probablemente antes, como quiere Mr. An-
thyme Saint-Paul, se fué extendiendo entre los maestros
de obras hasta constituir un fondo común en muchos de
los países del Occidente de Europa. De este fondo común
cada Arquitecto, ó cada demandante, tomaba lo que
mejor le parecía, pero siempre dentro de la fórmula
usual y corriente. Esto no quita que á veces los maes-
tros, al trazar los planos, consultasen las formas y la es-
tructura de algún edificio que con preferencia le agra-
dase. Esto hizo, sin duda, el Arquitecto de la célebre
iglesia de San Martín de Tours, la cual, como se lee en
el libro V del Códice Callxtlno, se fabricaba á semejanza
de la Iglesia de Santiago (ad slmílitudínem Ecclesiae Btí, Ja-
cóbi) (1). Lo mismo podríamos decir acaso de la Catedral
Vieja de Coimbra, que tantos puntos de semejanza ofre-
ce con la de Santiago.
Pero volviendo á San Saturnino, hay un dato que
parece demostrar que alguno de los constructores de
dicha Basílica conocía á la de Santiago, y que aún se
propuso imitarla en algunos detalles. La puerta de Mié-
geville, abierta en el centro del muro meridional del
cuerpo de la iglesia, de todas las de San Saturnino, es
la labrada con mayor esmero (la mieux soignée). Labróse
entre los años 1185 y 1160 (2). En el tímpano está re-
presentada, de relieve, la Ascensión del Señor; en el din-
tel los doce Apóstoles acompañados de dos Angeles. A
los lados de las archivoltas, hay dos estatuas, una de
(1) El coro de San Martín de Tours rfe terminó en 1 125.
(2) Mr. Anthyme Saint-Paul, en el Álbum des monuments, etc. ..,tom. I,
pá,g. 86, coloca esta puerta hacia el año 1135. En la Note, pág. 16, retrasa
au construcción hasta el año 1150 ó 1160,
APÉNDICES 119
San Pedro y otra de Santiago. Esta vese, como en la
pórtala, conapostelana de las Platerías, entre dos nudosos
cipreses (1). Esto es demasiado significativo para que
insistamos en ello; y por lo mismo, nos abstendremos de
extender el paralelo á otros detalles labrados en la mis-
ma puerta. En ninguna de las de Santiago consta que
estuviese representada la imagen de San Saturnino (2).
II
En la Revue de París (número de 1." de Septiembre
do 1895, pág. 220), decía Mr. Emilio Male: «Es en el Me-
diodía en donde la escultura románica llegó á su más al-
ta perfección. La escuela del Sudoeste fué, sin duda, la
más rica de todas. Tolosa fué la maravilla del siglo XII.»
Por su parte Mr. Anth3aiie Saint-Paul en la Note (pági-
nas 19-20), sienta: «que la escuela tolosana puede erguir
ufana su cabeza ante la escuela de Auvernia, porque lo
que pueda perder en lo que se refiere á la estructura,
lo desquita con exceso en la escultura monumental. »
Mas cuando en concreto se propone Mr. Anthyme
Saint-Paul precisar las excelencias escultóricas de San
(1) Véase la lámina XXIX del Álbum. — El escultor tolosano inter-
pretó mal los cipreses. En vez de árboles, puso como en Santiago dos grue-
sos y nudosos bastones, pero transformó la copa en una enorme cabeza de
león.
(2) Respecto de la iglesia de Santa Fe de Conques, que fué considerada
como germen del tipo que recibió su líltimo complemento en Santiago, dire-
mos que, á nuestro juicio, no se han alegado pruebas suficientes para tal
pretensión. Viollet-le-Duc atribuye esta iglesia al siglo XII; 3^ aunque
alguno ha afirmado que debió construirse hacia el año 1065, ó antes, dos
eruditos Escritores Mrs. A. Bouillet y L. Servieres en la interesantísima
historia de este Monasterio, intitulada: Savtte Foy, Vierge et Martyre,
publicada en Rodezen el presente año, confiesan (pág. 151), que el coro y
aún parte del transepto debieron ser reedificados cuando ya las obras d©
San Saturnino se hallaban bastante adelantadas.
120 APÉNDICES
Saturnino, entonces se expresa de esta manera: «En la
hábil combinación de las líneas y en su multiplicación,
más bien que en la abundancia de la escultura, buscó
los efectos estéticos el Maestro de San Saturnino. La
escultura en el interior es rara, como que casi está limi-
tada á sólo los capiteles, los cuales tampoco están pro-
digados, por cuanto las columnas se ven empleadas con
cierta discreción» (1). En Santiago todos los pilares, sin
excepción, tienen empotradas cuatro columnas con sus
correspondientes capiteles. Todas las ventanas de la
planta baja, tanto interior, como exteriormente, apare-
cen inscriptas en un cuerpo arquitectónico compuesto
de columnas, capiteles y archivoltas tóricas.
Pero en el exterior es en donde resalta más la infe-
rioridad escultórica de San Saturnino, respecto de la
Basílica de Santiago. Como ya hemos dicho, las seis
puertas de las fachadas de San Saturnino carecían de
tímpano; las de las tres fachadas de Santiago estaban
cubiertas de esculturas de cuyo relevante mérito pode-
mos juzgar por los restos que aún nos quedan (2). Si á
pesar de esto se pretende que en el siglo XII era Tolosa
una maravilla en escultura, ¿que no deberá decirse de
Santiago?
(1) Álbum des monuments, etc...., tom. I, pág. 83.— Véase también la
lámina XXX. — Como ya hemos visto, en los pilares de San Saturnino no
hay uniformidad, como en Santiago. Unos tienen una sola columna empo-
trada, otros dos, y otros carecen de tan importante miembro ornamental.
En la Catedral corapostelana tal es la unidad, tal la armonía, tal la compe-
netración de unas partes en otras, que se diría que el Arquitecto conforme
iba dibujando la traza del monumento, así iba haciendo el despiezo de todos
y cada uno de los miembros.
(2) Basta comparar la puerta de MügeviUe con la de las Platerías.
LAUS DEO
ElUSQUE
EXIMIO APOSTÓLO BTO. I A COBO. '
IlsTIDiaE
Pá ginas
C.APÍTrr.o I. — Continúa el Pontificado de D. Diego Peláez.
— Reformas que introdujo en su Iglesia. — Donaciones
de las Infantas D.* Urraca y D.* Elvira 7
Cap. II. — Emprende D. Diego Peláez la construcción de
la actual Basílica compostelana. —Concordia con San
Fagildo, Abad de Antealtares. — Muerte de este santo
Abad en el año 1084 19
Cap. III. — Descripción de la Bisílioa trazada y comen-
zada á edificar en tiempo de D. Diego Peláez. . , . 47
vj. I. —Preliminar 49
vj. II. — La planta 58
§. III. — El Crucero ó transepto 64
§. IV. — Las bóvedas 69
§. V. — Pilares. — Columnas anilladas.— Bases. ... 73
§. VI.— Capiteles 77
§. VIL -Canecillos.— Billetes 82
§. VIII.— Galería 86
§. IX.— Contrafuertes 90
§. X.— Torres 94
§. XI. —La portada del Mediodía ó de las Platerías. . 96
§. XII. — La portada del Norte ó de la Azabachería . . 115
J:^. XIII. — La fachada occidental 121
§. XIV.— Puertas menores y ventanas 124
§. XV. — La cabecera de la iglesia vista exteriormente. 133
vj. XVI. -Altares y coro de la Basílica 137
§. XVII. — Pavimento y tejado de la iglesia 140
§. XVIII. -El claustro 141
§. XIX.— Signos lapidarios 143
§. XX.— Mobiliario 145
§. XXL— Conclusión 147
122 ÍNDICE
Páginas.
Cap. IV.— Prisión y anticanónica deposición de D. Diego
Peláez en el Conaiiio de Husillos.— Intrusión de Don
Pedro, Abad de Cárdena 151
Cap. V. — Nombra D. Alfonso VI Condes y Señores de Ga-
licia á la Infanta D.* Urraca y á su esposo D. fíimón
de Borgoña. — Concilio de Santiago en que fué electo
Administrador de la Diócesis D. Diego Grelmírez, . . 169
Cap. VI. — Elección canónica de D. Dalmacio para Obispo
de Compostela.— La Iglesia de Santiago es declarada
inmediatamente sujeta á la Santa Sede 181
Cap. VII. - Segunda prepositura de D. Diego Gelmírez. —
Donaciones de D. Enrique de Portugal, D. Pedro I de
Aragón y D. Alfonso VI. — Bulas de Pascual II acer-
ca de la provisión de la Mitra compostelana. ... 191
Cap. VIII. — Elección y consagración de D. Diego Gelmí-
rez. ^-Concilio nacional de Palencia del año 1100. . . 203
Cap. IX. — Cómo D. Diego Gelmírez inauguró su Ponti-
ficado 217
Cap. X. — El Cabildo compostelano en tiempo de Gelmí-
rez.— Pleito con el Obispo de Mondoñedo sobre los
Arciprestazgos de Seaya, Besoucos, Trasancos, Laba-
cengos y Arros. — Segundo viaje de Gelmírez á Boma.
— Obtiene de Pascual II la dignidad del Palio. . . . 249
Cap. XI. — Franquicias otorgadas por D. Alfonso VI á la
Casa de moneda compostelana. — Reconoce el Conde
D. llamón, y consigna en un Diploma los fueros otor-
gados á los ciudadanos de Santiago 277
Cap. XII.— Pompa y esplendor con que se celebraban las
fiestas en la Catedral compostelana. — Gestiones de
Gelmírez para obtener el título de Metropolitano. . . 301
Cap. XIII. -Fallecimiento de D.Alfonso VI.— El Conde
de Traba hace proclamar Rey de Galicia á D. Alfon-
so VII 317
Cap. XIV. — Invasión de D. Alfonso de Aragón en Galicia.
— El Papa Pascual II declara nulo el matrimonio cele-
brado entre D. Alfonso y D.* Urraca. — Prisión de
ÍNDICE 12B
Páginas.
D. Diego Gelmírez y del Príncipe D. Alfonso en Cás-
trelo de Miño. — Coronación de D. Alfonso en Santia-
go.—Batalla de Viadangos 333
Cap. XV. — Espantosa anarquía que en los Estados cris-
tianos se siguió á la ilícita unión de D.* Urraca con
D. Alfonso de Aragón. — Actitud de Gelmírez en tan
terrible crisis 369
Cap. XVI. Actitud de la Iglesia ante los trastornos y
calamidades que sufrió España durante este período.
— Concilios de Burgos, Falencia, León y Santiago. —
Creciente prestigio de D. Diego Gelmírez en esta épo-
ca.— Consagración de los Obispos deMondoñedo,Opor-
to y Lugo 423
Cap. XVII. - Es declarado D. Alfonso VII de mayor edad
en la Basílica compostelana, y reconocido como Rey
de Galicia. — Guerra civil en Galicia entre los partida-
rios de D. Alfonso y los de D.* Urraca. — Sublevación
en Santiago contra D.* Urraca y D. Diego Gelmírez. . 447
Cap. XVIII. —Prosiguen los hechos deD. Diego Gelmírez.
— Sus líl timas gestiones hasta obtener para su Iglesia
la dignidad Metropolítica 497
N."— Años de C. PApinas.
I. — 1077. — Concordia del Obispo D. Diego Peláez con el
Abad de Antealtares, San Fagildo 3
II. — Capítulos IX, X y XI del libro V del Códice de
Calixto II, que contiene la descripción de la ciudad é
Iglesia de Santiago 8
III. — 1087.- La Infanta D.*^ Elvira dona á la Santa Igle-
sia de Santiago el Monasterio de Pilono 2o
IV.— 1087. — La Infanta D.* Urraca dona á la Santa Igle-
sia de Santiago varias propiedades cerca de Toro. . . 28
1*24: ÍNDICE
N.»— Años de C. Páginas.
V.— 1090. —Privilegio de D. Alfonso VI en favor del
Monasterio de Picosagro 31
VI. — 1092.— Fundación de la iglesia de San Isidro de
Callobre 34
VII. — 1095. -Salvoconducto del Conde D. Ramón á los
mercaderes de Santiago 36
VIII. — 1095. —D. Alfonso VI confirma el salvoconducto
anterior y además el fuero de que gozaban los ciuda- '
danos de no ser juzgados más que por los Jueces de
su ciudad 38
IX. — 1097. — La Infanta D.^ Elvira dona á Celanova un
cortijo en Compostela 40
X. — 1097. — Privilegio concedido por D. Enrique, Conde
de Portugal, á los habitantes de Corneliana. .... 41
XI. — 1098.— D. Pedro I de Aragón dona a la Santa Igle-
sia de Santiago unas casas en Huesca 43
XII.— 1099. — D. Pedro I de Aragón dona á la Santa
Iglesia de Santiago unas heredades en términos de
Barbastro 44
XIII. —1100? — Subscripciones de un Diploma otorgado
al Monasterio de Ante-Altares por D. Alfonso VI. . 45
XIV. — 1100. — D. Alfonso VI dona á la Santa Iglesia de
Santiago la mitad de los Monasterios de Pilono y
Brandariz 47
XV. — 1100. — La Infanta D.* Elvira estando para morir
hace varias donaciones á la Santa Iglesia de Santiago. 50
XVI. — 1101? — Privilegio de D. Diego Gelmírez á la igle-
sia de San Esteban de Piadela 52
XVII. — 1103. — D. Alfonso VI dona á Santiago el burfjo
de Trabadelo. 54
XVIII.— 1105.— Donación de D. Pedro Fróilaz al Monas-
terio de Santo Tomé de Nemeño 56
XIX. — 1105.— El Conde de Galicia, D. llamón, confirma
los antiguos fueros de Santiago 61
XX. — » — Aclaración sobre los Santos Susana, Silvestre
y Cucufate, cuyos cuerpos trajo Gelmírez de Portugal. 64
ÍNDICE 125
N." — Años de C. Páginas.
XXI. — ■ » — Bula de Pascual II á D. Diego Gelmírez. , 67
XXII.— 1107. — El Conde de Galicia permuta con Gel-
mírez la mitad de la villa de Villar 69
XXIII.— 1107. -Diploma de D. Alfonso VI acerca de la
Casa de moneda de Santiago 70
XXIV. — 1107. — El Conde de Galicia dona á Santiago el
Monasterio de San Mamed de Piñeiro 73
XXV. — 1107. — La Infanta D."" Urraca dona á Santiago
el Monasterio de San Andrés de Trobe 75
XXVI. — 1110.— Bula de Pascual II por la cual confirma
las posesiones de la Iglesia de Santiago 77
XXVII.— 1112.— La Eeina D.* Urraca dona á Santiago
lo de realengo é infantazgo entre el Ulla y el Tambre. 79
XXVIII. — 1112. — Donación que hizo D.* Urraca al Con-
de de Traba 81
XXIX. — » — El Cardenal Gregorio dedica á Gelmírez
su Colección canónica 83
XXX.— 1113— Concilio compostelano VI 86
XXXI.— 1114.- Concilio compostelano VII 93
XXXII. — 1115. — D.* Urraca dona á Santiago el Monas-
terio de Camanzo y otras posesiones cerca del LTlla. . 96
XXXIII.- 11 15.— Privilegio de D. Diego Gelmírez al
Monasterio de San Martín Pinario 97
XXXIV. — 1115. — D.* Urraca dona á Santiago la mitad
de la villa de Caneda y la del Monasterio de Ledesma. 104
XXXV. — 1116. — D.* Urraca dona á Santiago la iglesia de
San Julián de Cuntís 106
XXXVI.— 1119.-Donación hecha por D. Alfonso VII al
Monasterio de San Julián de Moraime 107
XXXVII.— 1120.— Eenueva D.* Urraca el Privilegio otor-
gado en 14 de Mayo de 1112, y hace nuevas donaciones
á Santiago 110
XXXVIII. — » — La Iglesia de Santiago de Compostela y
la de San Saturnino de To losa 113
ERRATAS MAS NOTABLES.
Pág. Lin. Dice. Lóase.
407
19
512
última
528
14
no tuvo, en efecto, cosa no tuvo en efecto cosa
Lib. III Lib. II
nueva mera
APÉNDICES
11 7, 8, o Ad unumquodque haben- Ad unumquodque altare,
tur (1). In celum uero basilice quod est in corona, tres ha-
circa bti. lacobi altare quod bentur (1). In celum uero ba-
est in corona tres altare quin- silice circa bti. lacobi altare
que fenestre quinqué fenestre
perlustiatur perlustratur
filicus filius
sucessoribus successoribus
denotus deuotus
ecclesi ecclesie
Doujart Doujat
Era MCL 1112? Era MCLI 1113
Camonzo Camanzo
Dorinea Dormeá
terminus términos
^ regio dominis regio dominio
11
10
27
12
39
7
47
20
80
7
85
1
86
2
95
5
no
5
111
10
»
17
/
♦ é^
♦\ . ^
DP
402-
.S236
L6
Whitehill
V.3
IMS
López Ferreirc,
Antonio , 1837-1910.
Historia de la Santa
a .m. ^ iglesia de
Santiago de Compostela.
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Canadá
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